Fernando cerró la puerta detrás de él y se acercó a la cama, sin poder apartar los ojos de las pompas de su tía, que se movían ligeramente cada vez que ella ajustaba su postura.
Se sentó en el borde de la cama, muy cerca de sus piernas.
—Estás… muy guapa hoy, tía —dijo, ya sin poder disimular del todo su deseo—. Esos leggings te quedan increíbles.
Daniela sonrió con languidez y movió ligeramente las caderas, haciendo que sus nalgas se tensaran aún más bajo la lycra.
—¿Te gusta como me arregle hoy? —preguntó con voz baja y provocadora—. Porque no te subes a la cama… aquí conmigo.
Fernando sintió que su verga palpitaba. La oportunidad estaba ahí, servida en bandeja de plata.
Fernando no esperó una segunda invitación. Se quitó los zapatos rápidamente y se subió a la cama, acostándose justo detrás de Daniela en la posición de cucharita. Su cuerpo joven y delgado se pegó al de ella, encajando perfectamente contra sus curvas.
—Así podemos ver la película mejor… —murmuró con voz ronca, intentando sonar casual.
Su brazo pasó por encima de la cintura de Daniela y la abrazó con suavidad, pero firme. En esa posición, su pecho quedó pegado a la espalda de su tía, y lo más importante: su erección, ya completamente dura dentro de los pantalones, se presionó directamente contra las pompas redondas y firmes de Daniela, separadas solo por la fina tela de los leggings grises de lycra y su propia ropa.
Daniela sintió claramente el bulto caliente y rígido clavándose entre sus nalgas. Era una erección joven, dura y ansiosa que palpitaba contra ella. En lugar de apartarse, soltó un suspiro entrecortado y empujó ligeramente sus pompas hacia atrás, frotándose contra él de forma casi imperceptible.
Estaba tan caliente que cualquier contacto la encendía más. Su tanga ya estaba empapada y sentía un palpitar constante entre las piernas.
Fernando, al notar que ella no se alejaba, se volvió más valiente. Acercó su boca al cuello y la espalda descubierta de Daniela y empezó a darle besos suaves, lentos y húmedos. Primero en el hombro, luego en la nuca y cuello, rozando la piel con los labios y la lengua.
—Mmm… tía… hueles tan rico —susurró contra su piel.
Daniela cerró los ojos y dejó escapar los primeros gemidos leves de placer. Eran suaves, casi como suspiros entrecortados:
—Ahh… Fernando…
Cada beso en su espalda enviaba descargas de placer directo a su clítoris. Sentía la verga dura de su sobrino presionando insistentemente entre sus nalgas, frotándose ligeramente cada vez que él se movía. La posición de cucharita era perfecta para sentirlo todo: el calor de su cuerpo, su respiración agitada en la nuca y esa erección juvenil que no dejaba de palpitar contra su culo.
Fernando siguió besándola, ahora con más intensidad, subiendo una mano por su cintura hasta rozar la parte inferior de uno de sus pechos por encima del top. No se atrevía a tocarla directamente todavía, pero su mano temblaba de deseo.
—Estás muy caliente, tía… —susurró contra su oído, rozando su oreja con los labios—. Se te nota… y se siente.
Daniela respondió con otro gemido suave, más largo esta vez, y movió sus caderas lentamente hacia atrás, frotando sus pompas contra la erección de Fernando de forma deliberada.

—Fernando… —susurró ella con voz entrecortada y llena de deseo—. Para… esto está mal…
Pero su cuerpo decía todo lo contrario. Seguía frotándose contra él, disfrutando del roce de esa verga dura contra sus nalgas, mientras los besos en su espalda la hacían estremecer.
Fernando estaba en el paraíso. Su tía, la mujer más deseada que conocía, estaba gimiendo suavemente en sus brazos, permitiendo que su erección se restregara contra su culo perfecto.
La película seguía reproduciéndose en el televisor, pero ninguno de los dos le prestaba la más mínima atención.
Fernando ya no podía contenerse más. Mientras seguían en posición de cucharita, su mano derecha empezó a moverse con más confianza. Primero acarició la cintura de Daniela, luego subió lentamente hasta tomar uno de sus pechos por encima del top negro. Lo apretó con suavidad, sintiendo su peso y firmeza, y rozó el pezón endurecido con los dedos.
—Joder, tía… tus tetas se sienten tan ricas… —susurró contra su cuello, mientras seguía besando y lamiendo su piel.
Daniela gimió más fuerte, arqueando la espalda y presionando su culo contra la erección de Fernando. Su cuerpo ardía. Cada toque la hacía humedecerse más.
La mano de Fernando bajó después por su cadera, recorriendo la curva de sus pompas. Las apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne suave pero firme a través de la lycra. Empezó a frotar su verga dura contra ella con movimientos más evidentes, simulando el acto sexual.
—No aguanto más… —gruñó el chico.
De repente, se incorporó un poco, giró a Daniela hacia él y la besó en la boca con hambre. Fue un beso intenso, torpe pero lleno de deseo juvenil. Su lengua buscó la de ella mientras una mano seguía apretando su culo y la otra le acariciaba un pecho.
Daniela respondió al beso por unos segundos, gimiendo contra sus labios, pero luego apartó la cara ligeramente, respirando agitada.
—Fernando… para… —susurró con voz entrecortada—. No estamos solos en la casa… tu mamá está abajo. Nos pueden escuchar.
Fernando no quería parar. Volvió a besarla, más desesperado.
En ese preciso momento, la puerta de la habitación se abrió sigilosamente.
Diana estaba allí, parada en el umbral. Había subido sin hacer ruido, atraída por los gemidos que había empezado a escuchar desde abajo. Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver la escena: su hijo Fernando besando apasionadamente a Daniela, una mano metida entre sus pompas y la otra en uno de sus pechos.
Por un segundo, Diana sintió una punzada de celos… pero también una fuerte excitación. Ver a su propio hijo siendo el primero en tocar y besar a la mujer que tanto deseaba, la sorprendió y la encendió al mismo tiempo.
“Mi hijo va a ser el primero…” pensó con una mezcla extraña de orgullo maternal retorcido y deseo.
Diana sonrió para sí misma y decidió no interrumpir. Cerró la puerta con mucho cuidado, sin que ellos se dieran cuenta de que había estado allí.
Unos segundos después, desde el pasillo, gritó con voz normal y casual:
—¡Hijo! ¡Daniela! Voy a salir a hacer unas compras. Regreso en un rato. ¡Pórtense bien!
Fernando levantó la cabeza, sorprendido pero rápido de reacción.
—Está bien, mamá. No te preocupes —respondió en voz alta, intentando que no se notara su agitación.
Se escuchó la puerta principal cerrarse.
Fernando miró a Daniela con una sonrisa triunfante y lujuriosa.
—Ya escuchaste… mi mamá salió. Ahora sí estamos solos en la casa.
Se acercó de nuevo a ella y volvió a besarla en la boca, esta vez con más confianza.
—Ya no tienes por qué preocuparte, tía… —susurró contra sus labios, mientras su mano bajaba entre sus piernas y empezaba a frotar su coño por encima de los leggings—. Podemos hacer lo que queramos…
Daniela gimió más fuerte, sabiendo que ya no había excusas. Su cuerpo estaba completamente rendido al deseo.
En cuanto escucharon la puerta principal cerrarse y supieron que Diana había salido, la tensión se rompió por completo.
Fernando ya no quiso esperar más. Se puso encima de Daniela con más decisión, separándole las piernas con una rodilla y besándola con hambre salvaje. Su lengua entró en su boca sin pedir permiso, mientras sus manos recorrían su cuerpo con avidez.
—Te deseo tanto, tía… —gruñó contra sus labios—. Llevo todo el día pensando en cogerte.
Daniela ya no opuso resistencia. El deseo acumulado de las últimas horas era demasiado fuerte. Se entregó al placer sin pensar en nada más. Abrió más las piernas y rodeó el cuello de Fernando con los brazos, devolviéndole el beso con la misma intensidad, gimiendo dentro de su boca.
—Hazlo… —susurró ella con voz entrecortada y llena de necesidad—. Necesito a un hombre… tócame.
Fernando sonrió con triunfo y bajó la mano directamente entre las piernas de Daniela. Frotó con fuerza su coño por encima de los leggings grises, sintiendo la humedad caliente que traspasaba la tela.
—Estás empapada, tía… —dijo con excitación—. Toda mojada por mí.
Le bajó el top negro con brusquedad, dejando sus pechos generosos al descubierto. Se lanzó a chuparlos con ansia, succionando los pezones duros mientras apretaba las tetas con ambas manos. Daniela arqueó la espalda y soltó un gemido más fuerte:
—Ahhh… sí… así…
Fernando se quitó rápidamente toda su ropa, quedando totalmente desnudo frente a ella. Su verga joven, dura y goteante apuntaba hacia arriba, palpitando de excitación.
Se acercó de nuevo a Daniela y la empujó suavemente hacia atrás para que quedara acostada. Luego se colocó a horcajadas sobre su pecho, acercando su pene a la cara de ella.
—Chúpamela, tía… —le pidió con voz temblorosa de deseo—. Quiero sentir tu boca.
Daniela no dudó. Abrió los labios gruesos y tomó la verga de Fernando en su boca. Empezó a chuparla con ganas, lamiendo la cabeza y bajando por el tronco mientras lo miraba a los ojos. Sus gemidos vibraban alrededor del pene mientras lo succionaba con hambre.
—Ahh… qué rica boca tienes… —gruñó Fernando.
Sin dejar de disfrutar de la mamada, Fernando estiró la mano hacia su pantalón tirado en el suelo, sacó su teléfono y lo puso a grabar. Apuntó la cámara directamente hacia abajo, capturando cómo su tía le chupaba la verga con los labios gruesos y rojos.
—Así… mírame a la cámara mientras me la chupas —dijo excitado, grabando cada detalle: los pechos de Daniela moviéndose, su cara de placer y cómo su boca subía y bajaba por su pene.
Daniela gimió más fuerte alrededor de su verga, claramente excitada por la situación. Sabía que la estaba grabando y, en lugar de molestarle, eso la puso aún más caliente. Chupaba con más entusiasmo, sacando la lengua para lamerle los huevos y volviendo a meterse toda la verga en la boca.
—Qué puta tan rica eres, tía… —susurró sin dejar de filmar—. Mira cómo me la chupas.
Daniela no dijo nada solo se limitó a chupar con más pasión. Le calentaba que la trataran y la llamaran con tal, como lo que estaba siendo en ese momento. Solo una puta podría estar intimando con el sobrino de su marido que por regla social pasaba a ser también sobrino de ella.
Fernando sonrió triunfante mientras seguía grabando. Su tía estaba completamente entregada.
Fernando estaba al límite. Su verga palpitaba dentro de la boca de Daniela. Ver a su tía chupándosela con tanta pasión lo estaba volviendo loco. Sabía que no iba a poder aguantar mucho tiempo más, se correría en su boca, y aunque eso también lo deseaba, ver como su tía se tragaba su leche, no podía permitirlo, quería cogerla antes de que eso sucediera, quería penetrarla, sentir cómo su coño apretado lo envolvía.
Sacó su pene de la boca de ella con un gemido y se colocó entre sus piernas, frotando la cabeza húmeda de su verga por encima de la tanga, podía sentir sus labios vaginales hinchados y mojados por debajo de la tela.
Daniela bajo su mano rozando la verga tomó su tanga y la hizo a un lado, su vagina ya era un charco de sus jugos que se estaban derramando.
Sin embargo Fernando se levantó rápidamente de la cama, buscó su mochila y sacó uno de los condones que había comprado en la farmacia esa misma tarde. Rasgó el paquete con los dientes y se lo colocó con manos temblorosas, cubriendo su verga dura y palpitante.
Daniela lo mira con un poco de angustia al ver que se ponía un látex pero no le dio tanta importancia, ella deseaba sentir ese trozo ya entrando y saliendo en su cuerpo.
—Ven… métemela ya —le pidió con voz entrecortada—. No seas suave. Quiero que me folles duro.
Fernando se colocó entre sus muslos, agarró su verga cubierta con el condón y frotó la cabeza contra la entrada mojada de Daniela. Luego, con un gemido profundo, empujó sus caderas hacia adelante y la penetró de una sola estocada profunda.
Ambos soltaron un gemido fuerte al mismo tiempo.
—Ahhh… sí… —gimió Daniela, arqueando la espalda y clavando las uñas en los hombros de Fernando—. Así… más profundo…
Fernando empezó a embestir con fuerza, follando a su tía con todo el deseo acumulado. La cama crujía violentamente con cada embestida. Daniela gemía sin control, moviendo sus caderas al encuentro de las de él, completamente entregada al placer.
—Más fuerte… —suplicó ella entre gemidos—. Cógeme como la puta que soy…
Fernando obedeció, agarrándola por las caderas y follándola con ritmo rápido y salvaje, mientras la tanga negra seguía puesta, moviéndose con cada embestida.
El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación.
Fernando follaba a Daniela con fuerza en la posición misionero, pero no estaba satisfecho. Quería verla desde atrás, quería ver cómo sus pompas se movían mientras la penetraba.
—Date la vuelta, tía —le ordenó con voz ronca—. Quiero cogerte de perrito.
Daniela, completamente entregada y jadeando de placer, obedeció sin protestar. Se puso de rodillas sobre la cama, se dio la vuelta, se puso a cuatro patas y levantó el culo, ofreciéndoselo de forma descarada.
Fernando se colocó detrás de ella. Con dos dedos apartó el fino hilo de la tanga negra hacia un lado, dejando completamente expuesto su coño mojado, abierto y escurriendo de liquidos. La tanga quedó tensada a un lado, marcando la curva de sus nalgas pero sin cubrir nada.
Agarró su verga con una mano, dio pequeños golpecitos en cada unas de las pompas de Daniela, luego tallo la verga enmedio de ellas, Daniela se movía intentando penetrar esa verga que tanto estaba disfrutando, luego Fernando colocó la punta de su pene en la entrada de su concha y, sin previo aviso, la penetró de una sola estocada profunda.
—Ahhhhh… ¡sí! —gimió Daniela con fuerza, sintiendo cómo la llenaba por completo.
Fernando empezó a embestir con ritmo salvaje. Sus caderas chocaban contra las pompas de Daniela con fuerza, haciendo que sus nalgas se sacudieran con cada golpe. El sonido húmedo y carnoso de la follada llenaba la habitación.
—Qué rico culo tienes… —gruñó él, agarrándola fuerte por las caderas.
Sin dejar de follarla, Fernando estiró la mano, tomó su teléfono y volvió a activar la grabación. Apuntó la cámara directamente hacia donde sus cuerpos se unían, capturando perfectamente cómo su verga entraba y salía del coño de su tía, cómo la tanga negra estaba corrida a un lado y cómo las pompas de Daniela rebotaban con cada embestida.
—¡Que rico!...dijo Daniela gimiendo sin control, empujando su culo hacia atrás para recibir cada estocada más profundo.
Fernando seguía grabando con una mano mientras con la otra le daba cachetadas suaves pero firmes en las nalgas, haciendo que la carne se sacudiera. Aceleró el ritmo, follándola más duro en posición de perrito, su verga estaba completamente erecta como un palo de acero, que entraba y salía sin ninguna dificultad debido a lo lubricada que esta esa rica puchita, disfrutaba de la vista que tenía frente a la cámara: el culo perfecto de Daniela, la tanga corrida a un lado y su verga desapareciendo una y otra vez dentro de ella.
—Estás tan mojada tía… pareciera que no te habían cogido en años… —dijo él, jadeando.
Daniela solo podía gemir y mover las caderas, completamente perdida en el placer. La posición de perrito hacía que Fernando llegara más profundo, tocando puntos que la hacían estremecer.
Fernando seguía follándola con fuerza en posición de perrito. Sus embestidas eran profundas, rápidas y constantes. El sonido de sus caderas chocando contra las nalgas de Daniela resonaba en la habitación junto con los gemidos cada vez más altos de ella.
Daniela estaba en otro mundo.
Nunca había sentido algo así con Mauricio. Su esposo nunca aguantaba más de cinco minutos. La penetraba con prisa, se corría rápido y luego se apartaba, dejándola frustrada y casi siempre insatisfecha. La mayoría de las veces ni siquiera llegaba al orgasmo.
Pero esto era completamente diferente.
Fernando era joven, estaba lleno de energía y tenía una potencia sexual que la estaba volviendo loca. Su verga entraba y salía de ella sin descanso, golpeando justo en el punto que la hacía estremecer. Cada embestida era fuerte, profunda y precisa.
—Ahhh… ¡sí! ¡Así! ¡No pares! —gemía Daniela sin control, empujando su culo hacia atrás para recibirlo más profundo.
La posición era completamente obscena: de rodillas, con el pecho pegado al colchón, el culo levantado y la tanga negra corrida a un lado, dejando todo expuesto. Se sentía como una verdadera zorra… y le encantaba.
Fernando la agarraba fuerte de las caderas, follándola sin piedad.
—¿Te gusta así, tía? —preguntó jadeando—. ¿Te gusta que te coja como una perra?
—S-sí… ¡me encanta! —respondió ella entre gemidos entrecortados—. Más fuerte… ¡cógeme más fuerte!
El placer fue creciendo rápidamente dentro de ella. Un calor intenso se concentró en su vientre bajo y empezó a extenderse por todo su cuerpo. Sus piernas comenzaron a temblar.
—Fernando… voy a… voy a correrme… —advirtió con voz quebrada.
—Hazlo… córrete para mí —gruñó él, acelerando aún más el ritmo y dándole una fuerte cachetada en una nalga.
Eso fue suficiente.
El orgasmo golpeó a Daniela con una intensidad que casi la hizo gritar. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga de Fernando mientras todo su cuerpo se sacudía.
— ¡Ahhhhhh! ¡Me corroooo! —gimió con fuerza, enterrando la cara en la almohada.
Sus pompas temblaban con cada espasmo. Un chorro de humedad caliente salió de su coño, mojando aún más la verga de Fernando y las sábanas. Fue un orgasmo largo, profundo y liberador, de esos que rara vez había experimentado en su vida.
Fernando siguió follándola sin detenerse, prolongando el placer de su tía mientras grababa todo con el teléfono.
—¡Uff que zorra eres!, Así… córrete bien rico… —dijo excitado, viendo cómo el cuerpo de Daniela se convulsionaba de placer—. Qué puta tan deliciosa eres…
Daniela seguía gimiendo y temblando, disfrutando de las últimas olas de su orgasmo mientras Fernando continuaba penetrándola sin piedad, todavía con mucha energía.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente satisfecha… y todavía quería más.
Fernando estaba al límite. Su verga palpitaba dentro de Daniela mientras la penetraba con fuerza. De pronto, sacó su verga erecta de ella con un gemido ronco y se arrodilló entre sus piernas, mostrando toda su dureza brillante.
—Acuéstate otra vez —le pidió con voz cargada de deseo—. Quiero verte la cara mientras te cojo.
Daniela, completamente entregada, se acostó de espaldas, abrió las piernas y levantó un poco las caderas, ofreciéndose.
Fernando tomo el hilo de la tanga negra en cada extremo y tiró de él hacia abajo. Con un movimiento rápido, le quitó completamente la tanga y la lanzó al suelo.
Ahora Daniela estaba totalmente desnuda sobre la cama. Su cuerpo voluptuoso brillaba de sudor, sus pechos se aplastaban contra las sábanas y su culo redondo se movía con cada embestida. No quedaba ninguna prenda sobre ella.
—Así te quiero… completamente desnuda para mí —gruñó Fernando, agarrándola de las caderas con más fuerza.
Fernando se colocó encima de ella y volvió a penetrarla con una estocada profunda, follándola de nuevo en posición de misionero.
Los gemidos de Daniela llenaban la habitación mientras él embestía con ritmo ansioso y fuerte.
Pero después de unos minutos, Daniela colocó una mano en el pecho de Fernando y lo detuvo.
—Espera… para —susurró con la voz entrecortada.
Fernando se quedó quieto, todavía dentro de ella, mirándola confundido.
Sin decir una palabra, Daniela metió la mano entre sus cuerpos, agarró la base de la verga de Fernando y, con dedos decididos, le quitó el condón con un movimiento rápido y seguro. Lo arrojó a un lado de la cama sin mirarlo.
Fernando abrió los ojos con sorpresa.
—Tía… ¿qué haces?
Daniela lo miró directamente a los ojos, respirando agitada, con pura lujuria en la mirada.
—Quiero que me des así… al natural —susurró con voz ronca y desesperada—. Sin nada. Quiero sentirte de verdad, tu verga caliente dentro de mí.
Fernando se quedó paralizado por un segundo, procesando lo que acababa de escuchar. Su tía le estaba pidiendo sexo sin protección.
La sorpresa duró poco.
La excitación ganó por completo. Sin decir nada más, agarró su verga desnuda, dura y goteando, y la frotó contra los labios hinchados y mojados de Daniela. Con un gemido profundo y animal, empujó sus caderas hacia adelante y la penetró de una sola estocada, piel con piel.
—Ahhhhh… ¡sí! —gimió Daniela con mucha más intensidad, arqueando la espalda al sentir la verga caliente y desnuda de Fernando llenándola completamente.
La sensación era totalmente diferente. Sin la barrera del látex, Daniela sentía cada vena, cada pulsación y el calor abrasador de su sobrino dentro de ella. Sus gemidos se volvieron más altos y desesperados.
—Así… uff… ¡qué rico se siente! —jadeó ella, clavando las uñas en la espalda de Fernando—. Cógeme así… quiero sentirte todo…
Fernando empezó a embestir con más fuerza y deseo, disfrutando de la nueva sensación de follar a su tía completamente al natural. Cada estocada era más placentera, más profunda y más prohibida.
Daniela comenzó a disfrutar aún más, moviendo sus caderas al encuentro de las de él, completamente perdida en el placer de sentirlo sin ninguna protección. En la casa retumbaban con mayor fuerza los gemidos de Daniela.
Llevaban casi dos horas cogiendo sin parar, cambiando de posiciones, pero esta última en misionero profundo era la más intensa. Daniela estaba empapada, sudada y completamente entregada.
De pronto, abajo en la planta baja, Diana regresó de sus “compras”. Apenas cerró la puerta principal, escuchó claramente los gemidos fuertes y continuos que venían desde la habitación de arriba.
Diana se quedó quieta en la sala, sorprendida. Pensaba que ya habrían terminado hacía rato. Pero los gemidos de Daniela eran claros, intensos y llenos de placer. Se mordió el labio, sintiendo una mezcla de excitación y celos. Su hijo y su cuñada seguían follando con pasión.
Su curiosidad fue más fuerte que cualquier prudencia. Subió las escaleras con sigilo, procurando no hacer ruido, y se acercó a la puerta de la habitación de invitados. Con mucho cuidado, giró la manija y abrió apenas una rendija.
Lo que vio la dejó sin aliento.
Daniela estaba completamente desnuda, con las piernas levantadas y apoyadas sobre los hombros de Fernando. Su hijo la estaba cogiendo con mucha fuerza, embistiendo profundo y rápido. La cama crujía violentamente con cada estocada. Daniela tenía la cara desfigurada de placer, la boca abierta y gemía sin control mientras su cuerpo se sacudía bajo las potentes embestidas de Fernando.
Diana se quedó allí, espiando en silencio, con el corazón latiéndole con fuerza. No podía apartar la mirada.
Arriba, Fernando y Daniela estaban llegando al límite.
—Estoy cerca… —gruñó Fernando, acelerando aún más el ritmo.
—Yo también… no pares —suplicó Daniela con voz rota—. Quiero que te corras dentro… ¡lléname!
Eso fue suficiente para Fernando. Con un último gruñido animal, empujó hasta el fondo y se corrió con fuerza dentro de Daniela. Chorros calientes y espesos de semen inundaron su coño mientras él seguía moviéndose.
Al sentir cómo Fernando se corría dentro de ella, Daniela explotó en un orgasmo intenso y prolongado. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga de su sobrino, ordeñándolo mientras ella gritaba de placer:
— ¡Ahhhhhhh! ¡Me corroooo! ¡Síííí!
Ambos llegaron al clímax al mismo tiempo, temblando y gimiendo juntos. Fernando siguió moviéndose suavemente dentro de ella, vaciándose por completo mientras Daniela se estremecía con las últimas olas de su orgasmo.
Diana, aún escondida detrás de la puerta entreabierta, observaba todo con los ojos muy abiertos. No se movió hasta que los gemidos comenzaron a bajar de intensidad. Entonces cerró la puerta con muchísimo cuidado y bajó las escaleras en silencio, con la mente hecha un torbellino.
Cuando finalmente se detuvieron, ambos jadeaban exhaustos. Fernando se dejó caer sobre ella, todavía con las piernas de Daniela sobre sus hombros. Su verga seguía dentro, palpitando con los últimos espasmos.
Daniela tenía una sonrisa de satisfacción absoluta en el rostro. Por primera vez en muchos años se sentía completamente mujer, follada y satisfecha.
Abajo, Diana seguía escuchando en silencio, con el corazón latiéndole fuerte.
Fernando y Daniela permanecieron varios minutos recuperando el aliento, todavía unidos. Poco a poco, Fernando salió de ella con cuidado. Un hilo de semen espeso escapó del coño de Daniela y manchó las sábanas.
Sin decir nada, Fernando se dejó caer a su lado. Daniela se acercó inmediatamente a él, completamente desnuda, y se recostó sobre su pecho. Cubrió sus cuerpos con la sábana hasta la cintura. Su cabeza descansaba sobre el pecho joven y sudoroso de Fernando, mientras una de sus piernas se enredaba entre las de él.
El silencio era cómodo, íntimo y cargado de complicidad.
Daniela pasó los dedos suavemente por el pecho de Fernando, trazando círculos perezosos sobre su piel morena.

—Nunca me habían follado así… —susurró ella con voz suave y ronca, todavía recuperándose—. Tu tío… Mauricio… nunca dura más de cinco minutos. Siempre se corre rápido y me deja a medias. Hoy… contigo… me corrí como nunca. Dos veces. Y la última… sentí cómo te vaciabas dentro de mí. Fue increíble.
Fernando sonrió con orgullo y pasó un brazo por debajo de ella, abrazándola contra su cuerpo. Su mano bajó hasta acariciar suavemente una de sus nalgas desnudas bajo la sábana.
—Estuviste deliciosa, tía —respondió él, dándole un beso en los labios—. La verdad es que he estado fantaseando contigo. Desde que te vi por primera vez, con esos leggings ajustados… no podía dejar de imaginar cómo sería cogerte. Y hoy… por fin pasó. Estuviste tan caliente, tan entregada… Te disfruté mucho.
Daniela levantó la cabeza y lo miró a los ojos, con una sonrisa pícara y satisfecha.
—Fui una zorra contigo, ¿verdad? —preguntó sin vergüenza—. Rogándote que me cogieras sin condón… pidiéndote que me llenaras… Nunca había hecho algo así con nadie. Me gustó mucho.
Fernando apretó suavemente su nalga y la acercó más.
—Pues me encantó que fueras mi zorra —dijo con voz baja y traviesa—. Y quiero que sigas siéndolo mientras estés aquí. Quiero cogerte otra vez… y otra… antes de que se vayan. ¿Te gustaría?
Daniela suspiró y volvió a recostar la cabeza en su pecho, escuchando los latidos acelerados de su corazón.
—Me gustaría repetirlo… —confesó—. Pero tenemos que tener cuidado. Tu mamá está en la casa, tu tío puede llegar en cualquier momento. Aunque… después de lo de hoy, creo que ya no voy a poder resistirme tan fácil jeje.
Se quedó callada un momento, luego añadió con tono más serio pero aún cariñoso:
—Esto tiene que quedar entre nosotros, Fernando. Nadie puede saberlo. Ni tu mamá, ni tu papá, ni mucho menos Mauricio. ¿Entendido?
Fernando asintió y volvió a darle otro beso en los labios.
—Entendido. Será nuestro secreto. Pero cuando estemos solos… te voy a follar cada vez que pueda.
Daniela sonrió contra su pecho y cerró los ojos, disfrutando del calor de su cuerpo joven y de la sensación de estar completamente satisfecha por primera vez en mucho tiempo.
Abajo, Diana seguía en la sala, sin atreverse a subir todavía, pero perfectamente consciente de que algo muy intenso acababa de pasar entre su hijo y su cuñada.
Después de varios minutos abrazados en silencio, Fernando suspiró.
—Debo vestirme antes de que mi mamá regrese —dijo en voz baja.
Daniela asintió con una sonrisa perezosa y satisfecha. Se quedaron unos segundos más mirándose, hasta que Fernando se incorporó. Se vistió rápidamente, poniéndose los boxer, pantalones y la camiseta.
Antes de salir de la habitación, se acercó de nuevo a la cama. Daniela todavía estaba desnuda bajo las sábanas, mirándolo con cariño y deseo. Fernando se inclinó sobre ella y le dio un beso profundo y apasionado en la boca, lento y rico, saboreando sus labios gruesos una última vez.
—Gracias, tía… —susurró contra sus labios—. Fue increíble.
Daniela sonrió y le acarició la mejilla.
—Fue más que increíble —respondió suavemente.
Fernando salió de la habitación con una sonrisa enorme en el rostro, cerrando la puerta con cuidado.
Bajó a la sala y encontró a su mamá, Diana, sentada en el sofá. Ella lo miró directamente, con una expresión calmada pero conocedora.
—Hola hijo —dijo Diana con voz tranquila.
—Hola mamá… —respondió Fernando, intentando actuar normal, aunque todavía tenía el rostro ligeramente sonrojado.
Diana lo observó unos segundos y luego habló sin rodeos:
—Fernando… me di cuenta de lo que pasó arriba.
Fernando se quedó callado un momento. No intentó negarlo. Bajó la mirada y luego la levantó de nuevo.
—Mamá… yo…—intento hablar.
Diana suspiró, pero no parecía enfadada. Más bien extrañamente comprensiva.
—Entiendo —dijo ella—. Tu tía Daniela es una mujer demasiado atractiva. Es difícil no fijarse en ella… y más cuando se viste de esa forma. Sé que eres joven y que tienes mucha calentura. No te voy a regañar.
Fernando se sorprendió por la reacción de su madre. No esperaba que fuera tan comprensiva.
—Solo dime una cosa —continuó Diana, mirándolo fijamente—. ¿Por lo menos se cuidaron… usaron condón?
Fernando dudó un segundo, pero decidió ser sincero.
—Hee, no… —respondió bajando la voz—.
Diana cerró los ojos un momento y soltó un suspiro más largo. Se pasó una mano por la cara, claramente preocupada, pero no explotó.
—Ay, Fernando… eso fue una imprudencia —dijo con tono serio pero sin gritar—. Daniela es una mujer adulta y casada. Si algo sale mal… podrías llegar a embarazarla y las consecuencias pueden ser muy graves. Tienes que tener más cuidado.
Luego suavizó un poco su expresión y añadió:
—Entiendo que en el calor del momento es difícil pensar… pero la próxima vez, si es que la hay, usa protección. ¿Entendido?
Fernando asintió, un poco avergonzado.
—Entendido, mamá.
Diana se quedó mirándolo unos segundos más. Había algo en sus ojos que Fernando no lograba descifrar del todo: una mezcla de preocupación maternal… y algo más que no supo identificar.
—Ve a lavarte y a cambiarte —dijo finalmente Diana—. Y por favor… sé discreto. Esto no puede salir de esta casa.
Fernando asintió de nuevo y subió a su habitación, dejando a su madre sola en la sala con sus propios pensamientos.
Diana se quedó sentada, mordiéndose el labio. La imagen de su hijo y su cuñada juntos no dejaba de dar vueltas en su cabeza… y, contra todo pronóstico, no le molestaba tanto como debería.
Mauricio no tardó mucho en llegar a la casa. Apenas media hora después de que Daniela regresara del supermercado, se escuchó el ruido de su coche aparcando afuera.
Entró por la puerta principal y encontró a Diana en la sala, ordenando unas cosas.
—Hola Diana —saludó con voz cansada pero tranquila.
—Hola Mauricio —respondió ella con una sonrisa—. ¿Cómo te fue?
—Bien, todo normal —dijo él, dejando las llaves sobre la mesa—. ¿Solo estás tú?
Diana, sin pensar en las consecuencias de sus palabras, contestó con naturalidad:
—Solo estamos Daniela, Fernando y yo. Los demás salieron. Daniela y Fernando están arriba en la habitación viendo una película.
En cuanto terminó de decirlo, se arrepintió. Pero ya era tarde.
Mauricio asintió sin darle mayor importancia. Pensó que era algo inocente: su esposa y su sobrino pasando el rato viendo algo en la tele.
—Ah, bueno… voy a subir a saludarlos —dijo con tono casual.
Subió las escaleras con paso normal, sin sospechar nada. En su mente solo imaginaba a Daniela y a Fernando sentados en la cama, viendo una película como cualquier otro día.
Abrió la puerta de la habitación de invitados sin tocar.
Lo que encontró lo dejó clavado en el lugar.
Daniela estaba completamente desnuda sobre la cama, cubierta solo hasta la cintura con una sábana ligera. Su cabello negro estaba revuelto, tenía las mejillas sonrojadas y una expresión de relajación y satisfacción que Mauricio conocía muy bien. La cama estaba totalmente deshecha, las sábanas arrugadas y la ropa de Daniela tirada por el suelo (el top negro, los leggings grises y la tanga).
No había nadie más en la habitación.
Mauricio se quedó inmóvil en la puerta. Su mente armó la escena al instante: Fernando cogiendose a su esposa. Sintió una mezcla brutal de celos, humillación y rabia… pero no dijo nada. No la confrontó directamente.
Intentó buscar una razón lógica, algo que explicara lo que veía, aunque en el fondo sabía perfectamente lo que había pasado.
Daniela se sobresaltó al verlo y se cubrió rápidamente los pechos con la sábana, claramente sorprendida.
—Mauricio… ya llegaste —dijo nerviosa, intentando sonreír—. ¿Cómo te fue?
Se incorporó un poco, intentando aparentar normalidad, aunque su corazón latía con fuerza.
—Estaba… descansando un rato —continuó ella, buscando una excusa convincente—. Hacía mucho calor y me quité la ropa para estar más cómoda.
Mauricio se quedó mirándola en silencio durante varios segundos. Su expresión era seria, pero no explotó. Solo apretó la mandíbula y asintió lentamente, como si estuviera procesando la información.
—¿Y Fernando? —preguntó con naturalidad, como si fuera una pregunta cualquiera.
—No lo he visto en todo el día. Después de llegar del supermercado subí y me acosté un rato. Debe estar en su habitación o por ahí.
Mauricio se quedó mirándola en silencio durante varios segundos. Esa respuesta fue como un cuchillo.
Ella está mintiendo… pensó. Diana me dijo que Fernando estaba aquí con ella… y ahora me dice que no lo ha visto en todo el día.
La mentira confirmó todas sus sospechas. Sintió una mezcla de dolor, humillación y rabia profunda, pero no explotó. Su rostro permaneció casi inexpresivo.
—Entiendo —dijo finalmente con voz neutra—.
Se quedó unos segundos más en la puerta, observando a su esposa desnuda bajo la sábana, como si estuviera grabando la imagen en su mente.
—Iré a revisar unos pendientes —murmuró antes de cerrar la puerta con suavidad.
Una vez fuera, Mauricio se detuvo en el pasillo. Apretó los puños con fuerza y cerró los ojos. La mentira de Daniela le había dolido más de lo que esperaba. No solo había confirmado que algo había pasado entre ella y Fernando, sino que además ella le estaba mintiendo descaradamente en la cara.
Continuara...
Se sentó en el borde de la cama, muy cerca de sus piernas.
—Estás… muy guapa hoy, tía —dijo, ya sin poder disimular del todo su deseo—. Esos leggings te quedan increíbles.
Daniela sonrió con languidez y movió ligeramente las caderas, haciendo que sus nalgas se tensaran aún más bajo la lycra.
—¿Te gusta como me arregle hoy? —preguntó con voz baja y provocadora—. Porque no te subes a la cama… aquí conmigo.
Fernando sintió que su verga palpitaba. La oportunidad estaba ahí, servida en bandeja de plata.
Fernando no esperó una segunda invitación. Se quitó los zapatos rápidamente y se subió a la cama, acostándose justo detrás de Daniela en la posición de cucharita. Su cuerpo joven y delgado se pegó al de ella, encajando perfectamente contra sus curvas.
—Así podemos ver la película mejor… —murmuró con voz ronca, intentando sonar casual.
Su brazo pasó por encima de la cintura de Daniela y la abrazó con suavidad, pero firme. En esa posición, su pecho quedó pegado a la espalda de su tía, y lo más importante: su erección, ya completamente dura dentro de los pantalones, se presionó directamente contra las pompas redondas y firmes de Daniela, separadas solo por la fina tela de los leggings grises de lycra y su propia ropa.
Daniela sintió claramente el bulto caliente y rígido clavándose entre sus nalgas. Era una erección joven, dura y ansiosa que palpitaba contra ella. En lugar de apartarse, soltó un suspiro entrecortado y empujó ligeramente sus pompas hacia atrás, frotándose contra él de forma casi imperceptible.
Estaba tan caliente que cualquier contacto la encendía más. Su tanga ya estaba empapada y sentía un palpitar constante entre las piernas.
Fernando, al notar que ella no se alejaba, se volvió más valiente. Acercó su boca al cuello y la espalda descubierta de Daniela y empezó a darle besos suaves, lentos y húmedos. Primero en el hombro, luego en la nuca y cuello, rozando la piel con los labios y la lengua.
—Mmm… tía… hueles tan rico —susurró contra su piel.
Daniela cerró los ojos y dejó escapar los primeros gemidos leves de placer. Eran suaves, casi como suspiros entrecortados:
—Ahh… Fernando…
Cada beso en su espalda enviaba descargas de placer directo a su clítoris. Sentía la verga dura de su sobrino presionando insistentemente entre sus nalgas, frotándose ligeramente cada vez que él se movía. La posición de cucharita era perfecta para sentirlo todo: el calor de su cuerpo, su respiración agitada en la nuca y esa erección juvenil que no dejaba de palpitar contra su culo.
Fernando siguió besándola, ahora con más intensidad, subiendo una mano por su cintura hasta rozar la parte inferior de uno de sus pechos por encima del top. No se atrevía a tocarla directamente todavía, pero su mano temblaba de deseo.
—Estás muy caliente, tía… —susurró contra su oído, rozando su oreja con los labios—. Se te nota… y se siente.
Daniela respondió con otro gemido suave, más largo esta vez, y movió sus caderas lentamente hacia atrás, frotando sus pompas contra la erección de Fernando de forma deliberada.

—Fernando… —susurró ella con voz entrecortada y llena de deseo—. Para… esto está mal…
Pero su cuerpo decía todo lo contrario. Seguía frotándose contra él, disfrutando del roce de esa verga dura contra sus nalgas, mientras los besos en su espalda la hacían estremecer.
Fernando estaba en el paraíso. Su tía, la mujer más deseada que conocía, estaba gimiendo suavemente en sus brazos, permitiendo que su erección se restregara contra su culo perfecto.
La película seguía reproduciéndose en el televisor, pero ninguno de los dos le prestaba la más mínima atención.
Fernando ya no podía contenerse más. Mientras seguían en posición de cucharita, su mano derecha empezó a moverse con más confianza. Primero acarició la cintura de Daniela, luego subió lentamente hasta tomar uno de sus pechos por encima del top negro. Lo apretó con suavidad, sintiendo su peso y firmeza, y rozó el pezón endurecido con los dedos.
—Joder, tía… tus tetas se sienten tan ricas… —susurró contra su cuello, mientras seguía besando y lamiendo su piel.
Daniela gimió más fuerte, arqueando la espalda y presionando su culo contra la erección de Fernando. Su cuerpo ardía. Cada toque la hacía humedecerse más.
La mano de Fernando bajó después por su cadera, recorriendo la curva de sus pompas. Las apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne suave pero firme a través de la lycra. Empezó a frotar su verga dura contra ella con movimientos más evidentes, simulando el acto sexual.
—No aguanto más… —gruñó el chico.
De repente, se incorporó un poco, giró a Daniela hacia él y la besó en la boca con hambre. Fue un beso intenso, torpe pero lleno de deseo juvenil. Su lengua buscó la de ella mientras una mano seguía apretando su culo y la otra le acariciaba un pecho.
Daniela respondió al beso por unos segundos, gimiendo contra sus labios, pero luego apartó la cara ligeramente, respirando agitada.
—Fernando… para… —susurró con voz entrecortada—. No estamos solos en la casa… tu mamá está abajo. Nos pueden escuchar.
Fernando no quería parar. Volvió a besarla, más desesperado.
En ese preciso momento, la puerta de la habitación se abrió sigilosamente.
Diana estaba allí, parada en el umbral. Había subido sin hacer ruido, atraída por los gemidos que había empezado a escuchar desde abajo. Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver la escena: su hijo Fernando besando apasionadamente a Daniela, una mano metida entre sus pompas y la otra en uno de sus pechos.
Por un segundo, Diana sintió una punzada de celos… pero también una fuerte excitación. Ver a su propio hijo siendo el primero en tocar y besar a la mujer que tanto deseaba, la sorprendió y la encendió al mismo tiempo.
“Mi hijo va a ser el primero…” pensó con una mezcla extraña de orgullo maternal retorcido y deseo.
Diana sonrió para sí misma y decidió no interrumpir. Cerró la puerta con mucho cuidado, sin que ellos se dieran cuenta de que había estado allí.
Unos segundos después, desde el pasillo, gritó con voz normal y casual:
—¡Hijo! ¡Daniela! Voy a salir a hacer unas compras. Regreso en un rato. ¡Pórtense bien!
Fernando levantó la cabeza, sorprendido pero rápido de reacción.
—Está bien, mamá. No te preocupes —respondió en voz alta, intentando que no se notara su agitación.
Se escuchó la puerta principal cerrarse.
Fernando miró a Daniela con una sonrisa triunfante y lujuriosa.
—Ya escuchaste… mi mamá salió. Ahora sí estamos solos en la casa.
Se acercó de nuevo a ella y volvió a besarla en la boca, esta vez con más confianza.
—Ya no tienes por qué preocuparte, tía… —susurró contra sus labios, mientras su mano bajaba entre sus piernas y empezaba a frotar su coño por encima de los leggings—. Podemos hacer lo que queramos…
Daniela gimió más fuerte, sabiendo que ya no había excusas. Su cuerpo estaba completamente rendido al deseo.
En cuanto escucharon la puerta principal cerrarse y supieron que Diana había salido, la tensión se rompió por completo.
Fernando ya no quiso esperar más. Se puso encima de Daniela con más decisión, separándole las piernas con una rodilla y besándola con hambre salvaje. Su lengua entró en su boca sin pedir permiso, mientras sus manos recorrían su cuerpo con avidez.
—Te deseo tanto, tía… —gruñó contra sus labios—. Llevo todo el día pensando en cogerte.
Daniela ya no opuso resistencia. El deseo acumulado de las últimas horas era demasiado fuerte. Se entregó al placer sin pensar en nada más. Abrió más las piernas y rodeó el cuello de Fernando con los brazos, devolviéndole el beso con la misma intensidad, gimiendo dentro de su boca.
—Hazlo… —susurró ella con voz entrecortada y llena de necesidad—. Necesito a un hombre… tócame.
Fernando sonrió con triunfo y bajó la mano directamente entre las piernas de Daniela. Frotó con fuerza su coño por encima de los leggings grises, sintiendo la humedad caliente que traspasaba la tela.
—Estás empapada, tía… —dijo con excitación—. Toda mojada por mí.
Le bajó el top negro con brusquedad, dejando sus pechos generosos al descubierto. Se lanzó a chuparlos con ansia, succionando los pezones duros mientras apretaba las tetas con ambas manos. Daniela arqueó la espalda y soltó un gemido más fuerte:
—Ahhh… sí… así…
Fernando se quitó rápidamente toda su ropa, quedando totalmente desnudo frente a ella. Su verga joven, dura y goteante apuntaba hacia arriba, palpitando de excitación.
Se acercó de nuevo a Daniela y la empujó suavemente hacia atrás para que quedara acostada. Luego se colocó a horcajadas sobre su pecho, acercando su pene a la cara de ella.
—Chúpamela, tía… —le pidió con voz temblorosa de deseo—. Quiero sentir tu boca.
Daniela no dudó. Abrió los labios gruesos y tomó la verga de Fernando en su boca. Empezó a chuparla con ganas, lamiendo la cabeza y bajando por el tronco mientras lo miraba a los ojos. Sus gemidos vibraban alrededor del pene mientras lo succionaba con hambre.
—Ahh… qué rica boca tienes… —gruñó Fernando.
Sin dejar de disfrutar de la mamada, Fernando estiró la mano hacia su pantalón tirado en el suelo, sacó su teléfono y lo puso a grabar. Apuntó la cámara directamente hacia abajo, capturando cómo su tía le chupaba la verga con los labios gruesos y rojos.
—Así… mírame a la cámara mientras me la chupas —dijo excitado, grabando cada detalle: los pechos de Daniela moviéndose, su cara de placer y cómo su boca subía y bajaba por su pene.
Daniela gimió más fuerte alrededor de su verga, claramente excitada por la situación. Sabía que la estaba grabando y, en lugar de molestarle, eso la puso aún más caliente. Chupaba con más entusiasmo, sacando la lengua para lamerle los huevos y volviendo a meterse toda la verga en la boca.
—Qué puta tan rica eres, tía… —susurró sin dejar de filmar—. Mira cómo me la chupas.
Daniela no dijo nada solo se limitó a chupar con más pasión. Le calentaba que la trataran y la llamaran con tal, como lo que estaba siendo en ese momento. Solo una puta podría estar intimando con el sobrino de su marido que por regla social pasaba a ser también sobrino de ella.
Fernando sonrió triunfante mientras seguía grabando. Su tía estaba completamente entregada.
Fernando estaba al límite. Su verga palpitaba dentro de la boca de Daniela. Ver a su tía chupándosela con tanta pasión lo estaba volviendo loco. Sabía que no iba a poder aguantar mucho tiempo más, se correría en su boca, y aunque eso también lo deseaba, ver como su tía se tragaba su leche, no podía permitirlo, quería cogerla antes de que eso sucediera, quería penetrarla, sentir cómo su coño apretado lo envolvía.
Sacó su pene de la boca de ella con un gemido y se colocó entre sus piernas, frotando la cabeza húmeda de su verga por encima de la tanga, podía sentir sus labios vaginales hinchados y mojados por debajo de la tela.
Daniela bajo su mano rozando la verga tomó su tanga y la hizo a un lado, su vagina ya era un charco de sus jugos que se estaban derramando.
Sin embargo Fernando se levantó rápidamente de la cama, buscó su mochila y sacó uno de los condones que había comprado en la farmacia esa misma tarde. Rasgó el paquete con los dientes y se lo colocó con manos temblorosas, cubriendo su verga dura y palpitante.
Daniela lo mira con un poco de angustia al ver que se ponía un látex pero no le dio tanta importancia, ella deseaba sentir ese trozo ya entrando y saliendo en su cuerpo.
—Ven… métemela ya —le pidió con voz entrecortada—. No seas suave. Quiero que me folles duro.
Fernando se colocó entre sus muslos, agarró su verga cubierta con el condón y frotó la cabeza contra la entrada mojada de Daniela. Luego, con un gemido profundo, empujó sus caderas hacia adelante y la penetró de una sola estocada profunda.
Ambos soltaron un gemido fuerte al mismo tiempo.
—Ahhh… sí… —gimió Daniela, arqueando la espalda y clavando las uñas en los hombros de Fernando—. Así… más profundo…
Fernando empezó a embestir con fuerza, follando a su tía con todo el deseo acumulado. La cama crujía violentamente con cada embestida. Daniela gemía sin control, moviendo sus caderas al encuentro de las de él, completamente entregada al placer.
—Más fuerte… —suplicó ella entre gemidos—. Cógeme como la puta que soy…
Fernando obedeció, agarrándola por las caderas y follándola con ritmo rápido y salvaje, mientras la tanga negra seguía puesta, moviéndose con cada embestida.
El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación.
Fernando follaba a Daniela con fuerza en la posición misionero, pero no estaba satisfecho. Quería verla desde atrás, quería ver cómo sus pompas se movían mientras la penetraba.
—Date la vuelta, tía —le ordenó con voz ronca—. Quiero cogerte de perrito.
Daniela, completamente entregada y jadeando de placer, obedeció sin protestar. Se puso de rodillas sobre la cama, se dio la vuelta, se puso a cuatro patas y levantó el culo, ofreciéndoselo de forma descarada.
Fernando se colocó detrás de ella. Con dos dedos apartó el fino hilo de la tanga negra hacia un lado, dejando completamente expuesto su coño mojado, abierto y escurriendo de liquidos. La tanga quedó tensada a un lado, marcando la curva de sus nalgas pero sin cubrir nada.
Agarró su verga con una mano, dio pequeños golpecitos en cada unas de las pompas de Daniela, luego tallo la verga enmedio de ellas, Daniela se movía intentando penetrar esa verga que tanto estaba disfrutando, luego Fernando colocó la punta de su pene en la entrada de su concha y, sin previo aviso, la penetró de una sola estocada profunda.
—Ahhhhh… ¡sí! —gimió Daniela con fuerza, sintiendo cómo la llenaba por completo.
Fernando empezó a embestir con ritmo salvaje. Sus caderas chocaban contra las pompas de Daniela con fuerza, haciendo que sus nalgas se sacudieran con cada golpe. El sonido húmedo y carnoso de la follada llenaba la habitación.
—Qué rico culo tienes… —gruñó él, agarrándola fuerte por las caderas.
Sin dejar de follarla, Fernando estiró la mano, tomó su teléfono y volvió a activar la grabación. Apuntó la cámara directamente hacia donde sus cuerpos se unían, capturando perfectamente cómo su verga entraba y salía del coño de su tía, cómo la tanga negra estaba corrida a un lado y cómo las pompas de Daniela rebotaban con cada embestida.
—¡Que rico!...dijo Daniela gimiendo sin control, empujando su culo hacia atrás para recibir cada estocada más profundo.
Fernando seguía grabando con una mano mientras con la otra le daba cachetadas suaves pero firmes en las nalgas, haciendo que la carne se sacudiera. Aceleró el ritmo, follándola más duro en posición de perrito, su verga estaba completamente erecta como un palo de acero, que entraba y salía sin ninguna dificultad debido a lo lubricada que esta esa rica puchita, disfrutaba de la vista que tenía frente a la cámara: el culo perfecto de Daniela, la tanga corrida a un lado y su verga desapareciendo una y otra vez dentro de ella.
—Estás tan mojada tía… pareciera que no te habían cogido en años… —dijo él, jadeando.
Daniela solo podía gemir y mover las caderas, completamente perdida en el placer. La posición de perrito hacía que Fernando llegara más profundo, tocando puntos que la hacían estremecer.
Fernando seguía follándola con fuerza en posición de perrito. Sus embestidas eran profundas, rápidas y constantes. El sonido de sus caderas chocando contra las nalgas de Daniela resonaba en la habitación junto con los gemidos cada vez más altos de ella.
Daniela estaba en otro mundo.
Nunca había sentido algo así con Mauricio. Su esposo nunca aguantaba más de cinco minutos. La penetraba con prisa, se corría rápido y luego se apartaba, dejándola frustrada y casi siempre insatisfecha. La mayoría de las veces ni siquiera llegaba al orgasmo.
Pero esto era completamente diferente.
Fernando era joven, estaba lleno de energía y tenía una potencia sexual que la estaba volviendo loca. Su verga entraba y salía de ella sin descanso, golpeando justo en el punto que la hacía estremecer. Cada embestida era fuerte, profunda y precisa.
—Ahhh… ¡sí! ¡Así! ¡No pares! —gemía Daniela sin control, empujando su culo hacia atrás para recibirlo más profundo.
La posición era completamente obscena: de rodillas, con el pecho pegado al colchón, el culo levantado y la tanga negra corrida a un lado, dejando todo expuesto. Se sentía como una verdadera zorra… y le encantaba.
Fernando la agarraba fuerte de las caderas, follándola sin piedad.
—¿Te gusta así, tía? —preguntó jadeando—. ¿Te gusta que te coja como una perra?
—S-sí… ¡me encanta! —respondió ella entre gemidos entrecortados—. Más fuerte… ¡cógeme más fuerte!
El placer fue creciendo rápidamente dentro de ella. Un calor intenso se concentró en su vientre bajo y empezó a extenderse por todo su cuerpo. Sus piernas comenzaron a temblar.
—Fernando… voy a… voy a correrme… —advirtió con voz quebrada.
—Hazlo… córrete para mí —gruñó él, acelerando aún más el ritmo y dándole una fuerte cachetada en una nalga.
Eso fue suficiente.
El orgasmo golpeó a Daniela con una intensidad que casi la hizo gritar. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga de Fernando mientras todo su cuerpo se sacudía.
— ¡Ahhhhhh! ¡Me corroooo! —gimió con fuerza, enterrando la cara en la almohada.
Sus pompas temblaban con cada espasmo. Un chorro de humedad caliente salió de su coño, mojando aún más la verga de Fernando y las sábanas. Fue un orgasmo largo, profundo y liberador, de esos que rara vez había experimentado en su vida.
Fernando siguió follándola sin detenerse, prolongando el placer de su tía mientras grababa todo con el teléfono.
—¡Uff que zorra eres!, Así… córrete bien rico… —dijo excitado, viendo cómo el cuerpo de Daniela se convulsionaba de placer—. Qué puta tan deliciosa eres…
Daniela seguía gimiendo y temblando, disfrutando de las últimas olas de su orgasmo mientras Fernando continuaba penetrándola sin piedad, todavía con mucha energía.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente satisfecha… y todavía quería más.
Fernando estaba al límite. Su verga palpitaba dentro de Daniela mientras la penetraba con fuerza. De pronto, sacó su verga erecta de ella con un gemido ronco y se arrodilló entre sus piernas, mostrando toda su dureza brillante.
—Acuéstate otra vez —le pidió con voz cargada de deseo—. Quiero verte la cara mientras te cojo.
Daniela, completamente entregada, se acostó de espaldas, abrió las piernas y levantó un poco las caderas, ofreciéndose.
Fernando tomo el hilo de la tanga negra en cada extremo y tiró de él hacia abajo. Con un movimiento rápido, le quitó completamente la tanga y la lanzó al suelo.
Ahora Daniela estaba totalmente desnuda sobre la cama. Su cuerpo voluptuoso brillaba de sudor, sus pechos se aplastaban contra las sábanas y su culo redondo se movía con cada embestida. No quedaba ninguna prenda sobre ella.
—Así te quiero… completamente desnuda para mí —gruñó Fernando, agarrándola de las caderas con más fuerza.
Fernando se colocó encima de ella y volvió a penetrarla con una estocada profunda, follándola de nuevo en posición de misionero.
Los gemidos de Daniela llenaban la habitación mientras él embestía con ritmo ansioso y fuerte.
Pero después de unos minutos, Daniela colocó una mano en el pecho de Fernando y lo detuvo.
—Espera… para —susurró con la voz entrecortada.
Fernando se quedó quieto, todavía dentro de ella, mirándola confundido.
Sin decir una palabra, Daniela metió la mano entre sus cuerpos, agarró la base de la verga de Fernando y, con dedos decididos, le quitó el condón con un movimiento rápido y seguro. Lo arrojó a un lado de la cama sin mirarlo.
Fernando abrió los ojos con sorpresa.
—Tía… ¿qué haces?
Daniela lo miró directamente a los ojos, respirando agitada, con pura lujuria en la mirada.
—Quiero que me des así… al natural —susurró con voz ronca y desesperada—. Sin nada. Quiero sentirte de verdad, tu verga caliente dentro de mí.
Fernando se quedó paralizado por un segundo, procesando lo que acababa de escuchar. Su tía le estaba pidiendo sexo sin protección.
La sorpresa duró poco.
La excitación ganó por completo. Sin decir nada más, agarró su verga desnuda, dura y goteando, y la frotó contra los labios hinchados y mojados de Daniela. Con un gemido profundo y animal, empujó sus caderas hacia adelante y la penetró de una sola estocada, piel con piel.
—Ahhhhh… ¡sí! —gimió Daniela con mucha más intensidad, arqueando la espalda al sentir la verga caliente y desnuda de Fernando llenándola completamente.
La sensación era totalmente diferente. Sin la barrera del látex, Daniela sentía cada vena, cada pulsación y el calor abrasador de su sobrino dentro de ella. Sus gemidos se volvieron más altos y desesperados.
—Así… uff… ¡qué rico se siente! —jadeó ella, clavando las uñas en la espalda de Fernando—. Cógeme así… quiero sentirte todo…
Fernando empezó a embestir con más fuerza y deseo, disfrutando de la nueva sensación de follar a su tía completamente al natural. Cada estocada era más placentera, más profunda y más prohibida.
Daniela comenzó a disfrutar aún más, moviendo sus caderas al encuentro de las de él, completamente perdida en el placer de sentirlo sin ninguna protección. En la casa retumbaban con mayor fuerza los gemidos de Daniela.
Llevaban casi dos horas cogiendo sin parar, cambiando de posiciones, pero esta última en misionero profundo era la más intensa. Daniela estaba empapada, sudada y completamente entregada.
De pronto, abajo en la planta baja, Diana regresó de sus “compras”. Apenas cerró la puerta principal, escuchó claramente los gemidos fuertes y continuos que venían desde la habitación de arriba.
Diana se quedó quieta en la sala, sorprendida. Pensaba que ya habrían terminado hacía rato. Pero los gemidos de Daniela eran claros, intensos y llenos de placer. Se mordió el labio, sintiendo una mezcla de excitación y celos. Su hijo y su cuñada seguían follando con pasión.
Su curiosidad fue más fuerte que cualquier prudencia. Subió las escaleras con sigilo, procurando no hacer ruido, y se acercó a la puerta de la habitación de invitados. Con mucho cuidado, giró la manija y abrió apenas una rendija.
Lo que vio la dejó sin aliento.
Daniela estaba completamente desnuda, con las piernas levantadas y apoyadas sobre los hombros de Fernando. Su hijo la estaba cogiendo con mucha fuerza, embistiendo profundo y rápido. La cama crujía violentamente con cada estocada. Daniela tenía la cara desfigurada de placer, la boca abierta y gemía sin control mientras su cuerpo se sacudía bajo las potentes embestidas de Fernando.
Diana se quedó allí, espiando en silencio, con el corazón latiéndole con fuerza. No podía apartar la mirada.
Arriba, Fernando y Daniela estaban llegando al límite.
—Estoy cerca… —gruñó Fernando, acelerando aún más el ritmo.
—Yo también… no pares —suplicó Daniela con voz rota—. Quiero que te corras dentro… ¡lléname!
Eso fue suficiente para Fernando. Con un último gruñido animal, empujó hasta el fondo y se corrió con fuerza dentro de Daniela. Chorros calientes y espesos de semen inundaron su coño mientras él seguía moviéndose.
Al sentir cómo Fernando se corría dentro de ella, Daniela explotó en un orgasmo intenso y prolongado. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga de su sobrino, ordeñándolo mientras ella gritaba de placer:
— ¡Ahhhhhhh! ¡Me corroooo! ¡Síííí!
Ambos llegaron al clímax al mismo tiempo, temblando y gimiendo juntos. Fernando siguió moviéndose suavemente dentro de ella, vaciándose por completo mientras Daniela se estremecía con las últimas olas de su orgasmo.
Diana, aún escondida detrás de la puerta entreabierta, observaba todo con los ojos muy abiertos. No se movió hasta que los gemidos comenzaron a bajar de intensidad. Entonces cerró la puerta con muchísimo cuidado y bajó las escaleras en silencio, con la mente hecha un torbellino.
Cuando finalmente se detuvieron, ambos jadeaban exhaustos. Fernando se dejó caer sobre ella, todavía con las piernas de Daniela sobre sus hombros. Su verga seguía dentro, palpitando con los últimos espasmos.
Daniela tenía una sonrisa de satisfacción absoluta en el rostro. Por primera vez en muchos años se sentía completamente mujer, follada y satisfecha.
Abajo, Diana seguía escuchando en silencio, con el corazón latiéndole fuerte.
Fernando y Daniela permanecieron varios minutos recuperando el aliento, todavía unidos. Poco a poco, Fernando salió de ella con cuidado. Un hilo de semen espeso escapó del coño de Daniela y manchó las sábanas.
Sin decir nada, Fernando se dejó caer a su lado. Daniela se acercó inmediatamente a él, completamente desnuda, y se recostó sobre su pecho. Cubrió sus cuerpos con la sábana hasta la cintura. Su cabeza descansaba sobre el pecho joven y sudoroso de Fernando, mientras una de sus piernas se enredaba entre las de él.
El silencio era cómodo, íntimo y cargado de complicidad.
Daniela pasó los dedos suavemente por el pecho de Fernando, trazando círculos perezosos sobre su piel morena.

—Nunca me habían follado así… —susurró ella con voz suave y ronca, todavía recuperándose—. Tu tío… Mauricio… nunca dura más de cinco minutos. Siempre se corre rápido y me deja a medias. Hoy… contigo… me corrí como nunca. Dos veces. Y la última… sentí cómo te vaciabas dentro de mí. Fue increíble.
Fernando sonrió con orgullo y pasó un brazo por debajo de ella, abrazándola contra su cuerpo. Su mano bajó hasta acariciar suavemente una de sus nalgas desnudas bajo la sábana.
—Estuviste deliciosa, tía —respondió él, dándole un beso en los labios—. La verdad es que he estado fantaseando contigo. Desde que te vi por primera vez, con esos leggings ajustados… no podía dejar de imaginar cómo sería cogerte. Y hoy… por fin pasó. Estuviste tan caliente, tan entregada… Te disfruté mucho.
Daniela levantó la cabeza y lo miró a los ojos, con una sonrisa pícara y satisfecha.
—Fui una zorra contigo, ¿verdad? —preguntó sin vergüenza—. Rogándote que me cogieras sin condón… pidiéndote que me llenaras… Nunca había hecho algo así con nadie. Me gustó mucho.
Fernando apretó suavemente su nalga y la acercó más.
—Pues me encantó que fueras mi zorra —dijo con voz baja y traviesa—. Y quiero que sigas siéndolo mientras estés aquí. Quiero cogerte otra vez… y otra… antes de que se vayan. ¿Te gustaría?
Daniela suspiró y volvió a recostar la cabeza en su pecho, escuchando los latidos acelerados de su corazón.
—Me gustaría repetirlo… —confesó—. Pero tenemos que tener cuidado. Tu mamá está en la casa, tu tío puede llegar en cualquier momento. Aunque… después de lo de hoy, creo que ya no voy a poder resistirme tan fácil jeje.
Se quedó callada un momento, luego añadió con tono más serio pero aún cariñoso:
—Esto tiene que quedar entre nosotros, Fernando. Nadie puede saberlo. Ni tu mamá, ni tu papá, ni mucho menos Mauricio. ¿Entendido?
Fernando asintió y volvió a darle otro beso en los labios.
—Entendido. Será nuestro secreto. Pero cuando estemos solos… te voy a follar cada vez que pueda.
Daniela sonrió contra su pecho y cerró los ojos, disfrutando del calor de su cuerpo joven y de la sensación de estar completamente satisfecha por primera vez en mucho tiempo.
Abajo, Diana seguía en la sala, sin atreverse a subir todavía, pero perfectamente consciente de que algo muy intenso acababa de pasar entre su hijo y su cuñada.
Después de varios minutos abrazados en silencio, Fernando suspiró.
—Debo vestirme antes de que mi mamá regrese —dijo en voz baja.
Daniela asintió con una sonrisa perezosa y satisfecha. Se quedaron unos segundos más mirándose, hasta que Fernando se incorporó. Se vistió rápidamente, poniéndose los boxer, pantalones y la camiseta.
Antes de salir de la habitación, se acercó de nuevo a la cama. Daniela todavía estaba desnuda bajo las sábanas, mirándolo con cariño y deseo. Fernando se inclinó sobre ella y le dio un beso profundo y apasionado en la boca, lento y rico, saboreando sus labios gruesos una última vez.
—Gracias, tía… —susurró contra sus labios—. Fue increíble.
Daniela sonrió y le acarició la mejilla.
—Fue más que increíble —respondió suavemente.
Fernando salió de la habitación con una sonrisa enorme en el rostro, cerrando la puerta con cuidado.
Bajó a la sala y encontró a su mamá, Diana, sentada en el sofá. Ella lo miró directamente, con una expresión calmada pero conocedora.
—Hola hijo —dijo Diana con voz tranquila.
—Hola mamá… —respondió Fernando, intentando actuar normal, aunque todavía tenía el rostro ligeramente sonrojado.
Diana lo observó unos segundos y luego habló sin rodeos:
—Fernando… me di cuenta de lo que pasó arriba.
Fernando se quedó callado un momento. No intentó negarlo. Bajó la mirada y luego la levantó de nuevo.
—Mamá… yo…—intento hablar.
Diana suspiró, pero no parecía enfadada. Más bien extrañamente comprensiva.
—Entiendo —dijo ella—. Tu tía Daniela es una mujer demasiado atractiva. Es difícil no fijarse en ella… y más cuando se viste de esa forma. Sé que eres joven y que tienes mucha calentura. No te voy a regañar.
Fernando se sorprendió por la reacción de su madre. No esperaba que fuera tan comprensiva.
—Solo dime una cosa —continuó Diana, mirándolo fijamente—. ¿Por lo menos se cuidaron… usaron condón?
Fernando dudó un segundo, pero decidió ser sincero.
—Hee, no… —respondió bajando la voz—.
Diana cerró los ojos un momento y soltó un suspiro más largo. Se pasó una mano por la cara, claramente preocupada, pero no explotó.
—Ay, Fernando… eso fue una imprudencia —dijo con tono serio pero sin gritar—. Daniela es una mujer adulta y casada. Si algo sale mal… podrías llegar a embarazarla y las consecuencias pueden ser muy graves. Tienes que tener más cuidado.
Luego suavizó un poco su expresión y añadió:
—Entiendo que en el calor del momento es difícil pensar… pero la próxima vez, si es que la hay, usa protección. ¿Entendido?
Fernando asintió, un poco avergonzado.
—Entendido, mamá.
Diana se quedó mirándolo unos segundos más. Había algo en sus ojos que Fernando no lograba descifrar del todo: una mezcla de preocupación maternal… y algo más que no supo identificar.
—Ve a lavarte y a cambiarte —dijo finalmente Diana—. Y por favor… sé discreto. Esto no puede salir de esta casa.
Fernando asintió de nuevo y subió a su habitación, dejando a su madre sola en la sala con sus propios pensamientos.
Diana se quedó sentada, mordiéndose el labio. La imagen de su hijo y su cuñada juntos no dejaba de dar vueltas en su cabeza… y, contra todo pronóstico, no le molestaba tanto como debería.
Mauricio no tardó mucho en llegar a la casa. Apenas media hora después de que Daniela regresara del supermercado, se escuchó el ruido de su coche aparcando afuera.
Entró por la puerta principal y encontró a Diana en la sala, ordenando unas cosas.
—Hola Diana —saludó con voz cansada pero tranquila.
—Hola Mauricio —respondió ella con una sonrisa—. ¿Cómo te fue?
—Bien, todo normal —dijo él, dejando las llaves sobre la mesa—. ¿Solo estás tú?
Diana, sin pensar en las consecuencias de sus palabras, contestó con naturalidad:
—Solo estamos Daniela, Fernando y yo. Los demás salieron. Daniela y Fernando están arriba en la habitación viendo una película.
En cuanto terminó de decirlo, se arrepintió. Pero ya era tarde.
Mauricio asintió sin darle mayor importancia. Pensó que era algo inocente: su esposa y su sobrino pasando el rato viendo algo en la tele.
—Ah, bueno… voy a subir a saludarlos —dijo con tono casual.
Subió las escaleras con paso normal, sin sospechar nada. En su mente solo imaginaba a Daniela y a Fernando sentados en la cama, viendo una película como cualquier otro día.
Abrió la puerta de la habitación de invitados sin tocar.
Lo que encontró lo dejó clavado en el lugar.
Daniela estaba completamente desnuda sobre la cama, cubierta solo hasta la cintura con una sábana ligera. Su cabello negro estaba revuelto, tenía las mejillas sonrojadas y una expresión de relajación y satisfacción que Mauricio conocía muy bien. La cama estaba totalmente deshecha, las sábanas arrugadas y la ropa de Daniela tirada por el suelo (el top negro, los leggings grises y la tanga).
No había nadie más en la habitación.
Mauricio se quedó inmóvil en la puerta. Su mente armó la escena al instante: Fernando cogiendose a su esposa. Sintió una mezcla brutal de celos, humillación y rabia… pero no dijo nada. No la confrontó directamente.
Intentó buscar una razón lógica, algo que explicara lo que veía, aunque en el fondo sabía perfectamente lo que había pasado.
Daniela se sobresaltó al verlo y se cubrió rápidamente los pechos con la sábana, claramente sorprendida.
—Mauricio… ya llegaste —dijo nerviosa, intentando sonreír—. ¿Cómo te fue?
Se incorporó un poco, intentando aparentar normalidad, aunque su corazón latía con fuerza.
—Estaba… descansando un rato —continuó ella, buscando una excusa convincente—. Hacía mucho calor y me quité la ropa para estar más cómoda.
Mauricio se quedó mirándola en silencio durante varios segundos. Su expresión era seria, pero no explotó. Solo apretó la mandíbula y asintió lentamente, como si estuviera procesando la información.
—¿Y Fernando? —preguntó con naturalidad, como si fuera una pregunta cualquiera.
—No lo he visto en todo el día. Después de llegar del supermercado subí y me acosté un rato. Debe estar en su habitación o por ahí.
Mauricio se quedó mirándola en silencio durante varios segundos. Esa respuesta fue como un cuchillo.
Ella está mintiendo… pensó. Diana me dijo que Fernando estaba aquí con ella… y ahora me dice que no lo ha visto en todo el día.
La mentira confirmó todas sus sospechas. Sintió una mezcla de dolor, humillación y rabia profunda, pero no explotó. Su rostro permaneció casi inexpresivo.
—Entiendo —dijo finalmente con voz neutra—.
Se quedó unos segundos más en la puerta, observando a su esposa desnuda bajo la sábana, como si estuviera grabando la imagen en su mente.
—Iré a revisar unos pendientes —murmuró antes de cerrar la puerta con suavidad.
Una vez fuera, Mauricio se detuvo en el pasillo. Apretó los puños con fuerza y cerró los ojos. La mentira de Daniela le había dolido más de lo que esperaba. No solo había confirmado que algo había pasado entre ella y Fernando, sino que además ella le estaba mintiendo descaradamente en la cara.
Continuara...
0 comentarios - Daniela (la MILF de la familia) Cap 3