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Daniela (la MILF de la familia) Cap 1


Daniela (la MILF de la familia) Cap 1


Era una tarde calurosa de sábado en la ciudad. Daniela se miró una última vez en el espejo antes de salir. Los leggings cafés de lycra se adherían a su cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva de sus piernas torneadas, sus muslos gruesos y, especialmente, elevando y separando sus pompas redondas y firmes de una forma casi obscena. Cada paso hacía que la tela se tensara y brillara suavemente bajo la luz.


Arriba llevaba una blusa blanca sin mangas, tan escotada que el profundo valle entre sus pechos generosos quedaba expuesto, casi hasta el borde de sus areolas. Los tacones altos con plataforma la hacían lucir más alta y contoneaba sus caderas de manera irresistible al caminar. Su piel blanca brillaba, su cabello negro caía suelto sobre sus hombros, y sus labios gruesos estaban pintados de un rojo intenso. Sus ojos verdes contrastaban de forma hipnótica con su piel.


Mauricio, su esposo de 50 años, moreno y de rasgos poco agraciados, esperaba en la puerta con el niño de 10 años. No decía nada, pero sabía perfectamente que su mujer vestía así para llamar la atención… y eso le molestaba y excitaba a partes iguales.


Llegaron a la casa de los hermanos de Mauricio: Diana y Alfonso vivían en la misma casa compartida.


Cuando Daniela bajó del coche, el sol de la tarde iluminó su figura. Los leggings se pegaban tanto que se marcaba claramente la forma de sus nalgas y hasta el contorno de su tanga debajo. La blusa se movía con cada movimiento, dejando entrever el borde de sus senos pesados.


Diana de 45 años de edad era fea y de complexión gruesa como su hermano, abrió la puerta. Su rostro se tensó al ver a Daniela vestida de esa manera tan provocativa.


—Qué bueno que llegaron… —dijo con tono seco, aunque sus ojos no podían evitar bajar hacia el escote y las caderas de su cuñada.


Detrás de ella apareció Alfonso de 40 años, el menos feo de los hermanos: atlético, con buen cuerpo gracias al gimnasio. Sus ojos se abrieron ligeramente al ver a Daniela, y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro mientras recorría con la mirada todo su cuerpo voluptuoso. No dijo nada, pero su mirada se detuvo más tiempo del necesario en sus pompas marcadas por los leggings y en el escote.


Del fondo salió también Severo (el esposo de Diana), robusto, machista y mujeriego, con esa sonrisa confiada que usaba para conquistar. Fernando, el hijo de 18 años, apareció poco después, un adolescente alto y lujurioso como su padre. Al ver a su tía Daniela, sus ojos se clavaron directamente en sus nalgas y en cómo la lycra se hundía entre ellas al caminar.


El niño de Daniela corrió a jugar al patio, ajeno a todo.


Daniela sonrió con inocencia fingida, sabiendo perfectamente el efecto que causaba, y saludó con dos besos a cada uno, inclinándose lo suficiente para que su escote se abriera más y sus pechos se movieran con suavidad.


Una vez dentro de la casa, en el amplio salón con ventiladores de techo, se sentaron. Daniela cruzó las piernas con naturalidad. La lycra de los leggings brillaba bajo la luz, marcando claramente la forma de sus muslos y la curva de sus glúteos al sentarse. No buscaba llamar la atención de forma exagerada, pero era imposible no notarla.


Severo y Fernando no podían apartar la vista. No les importaba que fuera la esposa de Mauricio ni que fuera familia política. La deseaban con una lujuria cruda y directa. Severo ya imaginaba cómo se sentiría esa piel clara bajo sus manos gruesas, mientras Fernando fantaseaba con la idea de agarrar esas nalgas tan perfectas que se marcaban bajo la tela.


Alfonso, sentado frente a ella, también la miraba. Le parecía extremadamente atractiva: ese cuerpo voluptuoso pero armonioso, los labios gruesos, los ojos claros… Sin embargo, apretó la mandíbula y desvió la mirada hacia la ventana. Es la mujer de mi hermano, se repetía mentalmente. Luchaba contra el impulso de seguir recorriendo sus curvas con los ojos. No quería ser como su cuñado Severo.


Daniela, por su parte, charlaba con naturalidad sobre el clima y los niños. Pero por dentro era muy consciente de todo:


Severo la miraba con deseo descarado, casi animal.


Fernando la observaba con esa excitación torpe y juvenil que no sabía disimular.


Alfonso intentaba ser correcto, pero sus miradas fugaces delataban que le gustaba mucho más de lo que quería admitir.


Y eso, extrañamente, le empezaba a gustar.


La conversación fluía de forma superficial: el clima, la escuela del niño, los problemas del tráfico en la ciudad. Daniela participaba con naturalidad, sonriendo de vez en cuando y asintiendo, sin buscar protagonismo. Sin embargo, era imposible que pasara desapercibida.


Después de unos minutos, se inclinó ligeramente hacia adelante y dijo con voz suave:


—Disculpen un momento… voy a buscar un vaso de agua. ¿Alguien quiere algo?


Nadie respondió de inmediato. Todos los ojos estaban fijos en ella mientras se levantaba del sofá.


Daniela se puso de pie con elegancia, girando ligeramente el cuerpo. En ese instante, los leggings cafés de lycra hicieron su efecto más poderoso: la tela se tensó perfectamente sobre sus nalgas redondas y firmes, marcando cada curva, separándolas ligeramente y delineando la forma de su tanga por debajo. La lycra brillaba bajo la luz del salón, acentuando la redondez y el movimiento natural de sus pompas al caminar. Sus tacones altos hicieron que sus caderas se contonearan de forma hipnótica con cada paso hacia la cocina.


El silencio fue casi palpable durante los primeros segundos.


Severo no disimuló en absoluto. Sus ojos se clavaron directamente en su trasero, devorándolo con la mirada. Una sonrisa lenta y lasciva se dibujó en su rostro feo y robusto. En su mente ya no había dudas: quería agarrar esas nalgas, apretarlas y follarla sin importar nada. Miró de reojo a su hijo Fernando y ambos compartieron una mirada cargada de complicidad masculina y sucia.


Fernando, el chico de 18 años, se removió incómodo en su asiento. Su erección empezó a notarse bajo los pantalones mientras seguía con la vista el movimiento de las pompas de su tía política. Tragó saliva y no apartó los ojos ni un segundo. El deseo era tan fuerte que ya imaginaba cómo sería tocarla, olerla, hundirse entre esas curvas. Se atrevió a sacar su teléfono y discretamente tomó un par de fotos retratando el hermoso trasero de su tía.


Alfonso intentó resistirse. Bajó la mirada hacia el suelo, apretando la mandíbula. Es la esposa de mi hermano, se repetía una y otra vez. Pero fue inútil. Sus ojos traicioneros volvieron a subir y se quedaron fijos en el trasero de Daniela mientras ella caminaba. Sintió una punzada de culpa mezclada con una excitación que no podía controlar del todo. Su respiración se volvió un poco más pesada.


Diana,observaba a Daniela con una atención diferente. Reconocía, casi a regañadientes, lo hermosa que era su cuñada: esa piel blanca, los labios gruesos, la forma en que los leggings se adherían a su cuerpo voluptuoso pero armonioso. Aunque Diana nunca se había sentido atraída por una mujer, algo en la sensualidad natural de Daniela empezaba a despertarle una curiosidad extraña y perturbadora. Sentía calor en el pecho y un cosquilleo incómodo entre las piernas. Apartaba la mirada, pero volvía a ella una y otra vez. ¿Qué me pasa? pensaba, molesta consigo misma.


Mauricio, el esposo de Daniela, también miró. Notó cómo todos observaban a su mujer y sintió esa mezcla familiar de irritación y un extraño orgullo posesivo. No dijo nada.


Daniela llegó a la cocina, consciente de todas las miradas quemándole el trasero. Sabía perfectamente el espectáculo que estaba dando, pero fingió inocencia. Abrió la nevera, se inclinó un poco para tomar la jarra de agua (lo que hizo que sus nalgas se marcaran aún más), y regresó caminando con el mismo contoneo suave.


Daniela regresó de la cocina con el vaso de agua en la mano, caminando con ese mismo contoneo suave y natural. Los leggings cafés seguían marcando sus nalgas de forma imposible de ignorar, y la blusa blanca se movía ligeramente dejando entrever el movimiento de sus pechos.


El ambiente en el salón seguía cargado. Daniela estaba sentada con las piernas cruzadas, conversando tranquilamente sobre temas inocentes, ajena (o fingiendo estarlo) a la tormenta de deseos que despertaba.


Fernando, sacó disimuladamente su celular del bolsillo y lo colocó sobre su pierna, inclinándolo ligeramente hacia Daniela. Con el corazón latiéndole fuerte, empezó a tomar fotos rápidas y discretas. Primero un par de su escote, luego varias de sus muslos enfundados en los leggings cafés. La mejor serie fue cuando ella se acomodó en el sofá: las nalgas se marcaron perfectamente contra la tela brillante.


Fernando imaginaba ya cómo presumiría con sus amigos:


—“Miren a mi tía política… está buenísima, ¿verdad? Miren ese culo que tiene…”


Guardó las fotos en una carpeta oculta y sintió una oleada de excitación al pensar en masturbarse más tarde viéndolas.


Nadie pareció notar lo que hacía el adolescente. O al menos eso creyó él.


Unos minutos después, Fernando se levantó con una idea que le pareció brillante. Fue hasta el equipo de sonido del salón, conectó su teléfono y puso una playlist de reggaetón actual, subiendo un poco el volumen. La música sensual y rítmica llenó el ambiente: beats pesados, letras cargadas de doble sentido.


— ¿Por qué no bailamos un rato? —dijo Fernando con voz casual, pero mirando directamente a Daniela—. Tía, ¿quieres bailar?.


Diana levantó una ceja, sorprendida por la osadía de su hijo. Sandra apretó los labios con más fuerza, claramente molesta. Alfonso frunció el ceño, pero no dijo nada. Severo sonrió por dentro, disfrutando de la idea de ver ese cuerpo moverse.


Daniela parpadeó, un poco sorprendida por la invitación tan directa del sobrino político. No era tonta: sabía que Fernando la deseaba, y que esas miradas no eran inocentes. Sin embargo, no quería crear un conflicto directo. Sonrió con suavidad y respondió con tono amable pero cauteloso:


—Ay, Fernando… estoy un poco cansada del viaje. Quizás más tarde.
Pero el chico no se rindió fácilmente. Insistió con una sonrisa pícara:
—Solo una canción, tía. Para animar la tarde. Prometo no pisarte.
Severo, desde su asiento, intervino con su voz gruesa y machista:
—Ándale, Daniela. No seas aburrida. Un baile no le hace daño a nadie.


Mauricio miró a su mujer con expresión neutra, esperando su reacción. Diana observaba la escena con esa mezcla extraña de celos y la nueva atracción que sentía hacia su cuñada.


Daniela dudó unos segundos. Sabía que aceptar significaba exponerse más, permitir que Fernando se acercara y probablemente intentara tocarla “sin querer”. Por otro lado, una parte de ella sentía curiosidad… y un cosquilleo de excitación ante la idea de moverse al ritmo del reggaetón frente a todos esos ojos hambrientos.


Finalmente, suspiró con una sonrisa resignada y se levantó lentamente.
—Está bien… solo una canción.


Cuando se puso de pie, los leggings volvieron a marcar sus pompas de forma deliciosa. Fernando sonrió triunfante y subió un poco más el volumen. La música reggaetón sonaba fuerte: “Perreo” intenso, ritmo pegajoso.


El chico se acercó a Daniela en el centro del salón, dejando un espacio pequeño entre ellos al principio. Pero conforme avanzaba la canción, Fernando empezó a moverse más cerca, buscando cualquier excusa para rozar su cuerpo: una mano “casual” en la cintura, un acercamiento cuando ella giraba, intentando sentir el calor de sus nalgas contra él.


Daniela bailaba con elegancia, moviendo las caderas al ritmo, pero sin entregarse del todo. Sin embargo, era imposible no notar cómo su trasero se movía de forma sensual con la lycra ajustada.


Fernando, por su parte, estaba en el paraíso. Cada roce, cada movimiento, alimentaba su fantasía de querer más que solo bailar con su tía política.


La canción de reggaetón seguía sonando fuerte, con un beat más lento y sensual. Daniela intentaba mantener cierta distancia, moviendo las caderas con elegancia y control, pero Fernando ya no tenía intención de ser discreto.


El chico se fue acercando cada vez más. En un momento, cuando Daniela giró ligeramente, Fernando se pegó a su espalda y colocó ambas manos en sus caderas, “guiándola” al ritmo. Sus dedos presionaron con más fuerza de la necesaria sobre la lycra ajustada, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Bajó un poco las manos, casi rozando la parte superior de sus pompas redondas mientras perreaba contra ella.



MILF


tia y sobrino




Daniela sintió claramente cómo el cuerpo joven y excitado de Fernando se presionaba contra su trasero. Notó la dureza de su erección rozando sutilmente contra ella con cada movimiento. Se tensó un poco, pero no quiso hacer una escena frente a todos. Solo giró la cabeza y le dijo en voz baja, con tono suave pero firme:


—Fernando… cuidado con las manos.


El chico sonrió con picardía y fingió inocencia, pero no se apartó del todo. Siguió bailando pegado, dejando que sus manos subieran y bajaran por los costados de Daniela, rozando los lados de sus pechos cuando ella levantaba los brazos.


Mientras tanto, los demás no estaban completamente atentos al baile:


Severo estaba sentado en el sillón, con las piernas abiertas. Sus ojos estaban fijos en el trasero de Daniela y en cómo su hijo la tocaba. Ver esas nalgas firmes moverse y ser manoseadas lo estaba excitando enormemente. Su verga gruesa ya estaba completamente dura dentro de los pantalones. No decía nada, solo respiraba más pesado y disfrutaba del espectáculo, imaginando que era él quien estaba detrás de ella en lugar de su hijo.


Diana observaba todo desde su asiento. Ya no era solo celos. Se dio cuenta claramente de lo atraído que estaba su hijo hacia Daniela. Veía cómo Fernando la tocaba con deseo descarado y cómo su cuerpo reaccionaba. Eso despertó en ella una mezcla extraña: por un lado, la incomodidad de ver a su hijo tan excitado con su cuñada, y por otro, esa atracción nueva y confusa que ella misma sentía hacia el cuerpo voluptuoso de Daniela. Sus mejillas se sonrojaron ligeramente y cruzó las piernas, sintiendo un calor incómodo entre ellas.


Alfonso fingía revisar algo en su teléfono, luchando internamente. Cada vez que levantaba la vista veía las manos de Fernando sobre las caderas de Daniela y sentía una punzada de celos mezclada con deseo.


Mauricio, el esposo de Daniela, sí estaba prestando atención. Veía cómo su sobrino político se estaba poniendo demasiado atrevido: las manos bajando peligrosamente cerca del culo de su mujer, los roces constantes. Sintió un nudo de celos en el estómago. Aunque él mismo sabía que Daniela vestía provocativa, ver a otro hombre (aunque fuera un adolescente de la familia) tocándola de esa forma le molestaba profundamente. Apretó la mandíbula y se removió en su asiento, pero aún no intervenía.


Fernando, aprovechando que nadie lo detenía directamente, se volvió aún más osado. En un movimiento, giró a Daniela hacia él y la pegó contra su cuerpo, colocando una mano en la parte baja de su espalda, casi sobre la curva de sus nalgas, mientras seguían bailando cara a cara. Su respiración agitada rozaba el cuello de Daniela.


Daniela sentía el corazón latiéndole rápido. Sabía que el chico estaba muy excitado y que el baile se estaba saliendo de control. Una parte de ella quería apartarse… pero otra parte, más oscura y curiosa, se preguntaba hasta dónde llegaría Fernando si nadie lo detenía.


La canción estaba por terminar, pero el ambiente en el salón se había vuelto mucho más denso y peligroso.


La canción terminó por fin. Daniela se apartó suavemente de Fernando con una sonrisa educada pero firme, diciendo que ya estaba cansada y que hacía demasiado calor para seguir bailando. El chico, con la cara roja y la respiración agitada, no tuvo más remedio que aceptar. Todos fingieron que la tarde había sido normal, pero el aire del salón estaba espeso de deseo reprimido.


Poco después, la reunión familiar se disolvió.El hijo de Daniela ya dormía en una habitación asignada para él. Los adultos decidieron que era hora de descansar. Cada pareja se dirigió a sus habitaciones.


En la habitación de Fernando:


El adolescente cerró la puerta con llave apenas entró. Su corazón latía con fuerza. Se tiró en la cama y sacó rápidamente su celular. Abrió la carpeta oculta donde había guardado las fotos que le tomó a Daniela a escondidas.


Ahí estaba ella: caminando hacia la cocina con esos leggings que le marcaban el culo de forma perfecta, sentada en el sofá con las piernas cruzadas, y las mejores… las que capturó mientras bailaba, cuando sus pompas se movían y la lycra se tensaba.


Fernando se bajó los pantalones y los boxers de un tirón. Su verga joven y dura saltó libre, ya goteando de anticipación. Empezó a masturbarse con furia, pasando las fotos una tras otra. En su mente reproducía el baile: cómo había sentido las nalgas de su tía contra él, cómo había rozado su cuerpo.


—Joder, tía Daniela… qué rico culo tienes… —susurraba mientras su mano subía y bajaba rápido por su pene.


Se corrió con fuerza, imaginando que estaba perreando con ella desnuda, agarrándola por detrás y metiéndosela. El orgasmo fue intenso y dejó un desastre sobre su abdomen. Se quedó jadeando, mirando las fotos de su tía política con una sonrisa satisfecha. Sabía que no sería la última vez que se masturbaría pensando en ella.


En la habitación de Severo y Diana:


Apenas cerraron la puerta, Severo estaba encima de su esposa como un animal. No hubo preliminares suaves. La empujó contra la cama, le subió la falda con brusquedad y le arrancó las bragas. Diana apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando su esposo ya la penetraba con fuerza, gruñendo como nunca.


Follaba con una pasión salvaje, embistiendo profundo y rápido. Sus manos gruesas apretaban las caderas de Diana, pero sus ojos cerrados claramente imaginaban otro cuerpo: el voluptuoso de Daniela, esos leggings cafés, ese culo que se movía al bailar.


Diana lo sentía todo. Sabía perfectamente por qué su marido estaba tan excitado esa noche. No era por ella. Era por su cuñada. Aun así, no lo reclamó con enojo. En cambio, mientras recibía las fuertes estocadas, le susurró al oído con voz jadeante y un tono casi curioso:


—Estás muy caliente hoy, Severo… ¿eh?
Se mordió el labio y continuó:
—…Es por Daniela, ¿verdad? Por cómo se veía con esos leggings… por cómo bailaba…


Severo no lo negó. Solo gruñó más fuerte y aumentó el ritmo, follándola con más intensidad. Diana sintió una extraña excitación al decirlo en voz alta. No era solo celos. Recordar el cuerpo de Daniela mientras su esposo la penetraba le provocó un placer inesperado. Sus propias caderas empezaron a moverse contra él, acompañando las embestidas.


—Dime… —susurró Diana entre gemidos—, ¿te imaginaste cogiéndotela mientras me follas a mí?


Severo solo respondió con un gemido ronco y una embestida más profunda. Diana cerró los ojos y, por primera vez, dejó que la imagen de su hermosa cuñada llenara su mente mientras su marido la hacía llegar al orgasmo con una fuerza que hacía meses no sentía.


Ambos se corrieron casi al mismo tiempo, jadeando fuertemente. Cuando Severo se dejó caer a su lado, sudoroso, Diana solo sonrió con una mezcla de satisfacción y esa nueva curiosidad que Daniela había despertado en ella.


En la habitación de Daniela y Mauricio:


Mauricio estaba callado y tenso. Los celos todavía le rondaban por cómo Fernando había tocado a su esposa durante el baile. Daniela, en cambio, se quitó los tacones con calma y empezó a desvestirse para ducharse, como si nada hubiera pasado.


La casa quedó en silencio poco a poco. Las luces de las habitaciones se fueron apagando una tras otra, pero dentro de cada una de ellas, las mentes seguían muy despiertas.


En la habitación de Alfonso y Sandra, Alfonso estaba acostado de espaldas, mirando el techo. No podía dejar de imaginar a Daniela con esos leggings ajustados, moviendo las caderas al ritmo del reggaetón. Sentía una envidia profunda hacia su hermano Mauricio. En este momento seguro está cogiendo con ella, pensó con amargura. Tiene a esa mujer tan hermosa solo para él… Sandra, a su lado, dormía de espaldas, ajena a los pensamientos lujuriosos de su marido.


En la habitación de Severo y Diana, Severo todavía respiraba agitado después del intenso sexo que acababa de tener. Aun así, su mente seguía fija en Daniela. Se imaginaba que en ese preciso instante Mauricio estaría penetrando a su voluptuosa esposa, agarrando esas nalgas que tanto había deseado ver moverse. La envidia lo carcomía. Qué suerte tiene ese cabrón, pensó, mientras su verga volvía a endurecerse solo de imaginarlo.


Fernando, en su habitación, ya se había corrido una vez con las fotos, pero no era suficiente. Seguía despierto, tocándose lentamente de nuevo. En su cabeza, Mauricio estaba en ese momento follándose a su tía política, disfrutando de ese cuerpo que él solo había podido rozar. La envidia se mezclaba con su excitación juvenil.


Todos los hombres de la casa —Severo, Alfonso y Fernando— sentían lo mismo: una envidia ardiente hacia Mauricio. Estaban convencidos de que él, en ese preciso momento, estaba teniendo sexo salvaje con su hermosa y provocativa esposa.


Pero la realidad era muy distinta.


En la habitación de Daniela y Mauricio:


La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por una pequeña lámpara de noche. Daniela se había quitado los tacones y la blusa escotada, quedando solo con los leggings cafés de lycra y un sostén negro de encaje que apenas contenía sus pechos generosos. Se acercó a la cama donde Mauricio ya estaba acostado.


Estaba excitada. Muy excitada.


El baile con Fernando, las miradas descaradas de Severo, las miradas contenidas pero intensas de Alfonso, incluso la forma extraña en que Diana la había observado… todo eso había dejado su cuerpo caliente y húmedo. Sentía un palpitar insistente entre sus piernas. Se subió a la cama y se acercó a su esposo, rozando su cuerpo contra él.


—Mauricio… —susurró con voz suave y cargada de deseo, pasando una mano por su pecho—. Hoy todos me miraban mucho… me pusieron caliente.


Se inclinó y besó su cuello, presionando sus pechos contra él. Sus caderas se movieron lentamente, buscando fricción. Los leggings todavía se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel, marcando sus curvas.


Pero Mauricio se tensó. Estaba excitado también, su erección era evidente bajo los boxers, pero negó con la cabeza.


—No, Daniela… no ahora —murmuró, avergonzado y nervioso—. Estamos en casa de mi familia. Nos pueden escuchar. No quiero faltar al respeto… sería muy incómodo si alguien nos oye.


Daniela insistió suavemente, besándolo en los labios y bajando una mano hacia su entrepierna.


—Solo un poco… en silencio —le rogó con voz melosa—. Nadie va a oír nada si somos cuidadosos.


Mauricio la detuvo con gentileza pero firmeza, apartando su mano.


—Te dije que no. Respeto esta casa. Duérmete.


Se dio la vuelta, dándole la espalda, y apagó la lámpara por completo.


Daniela se quedó acostada boca arriba, frustrada y caliente. Su cuerpo pedía atención. Sentía los pezones duros contra el sostén y una humedad traicionera entre sus muslos. Las imágenes del día le daban vueltas en la cabeza: las manos de Fernando en sus caderas, la mirada hambrienta de Severo, los ojos de Alfonso intentando disimular…


Suspiró profundamente y apretó los muslos, tratando de calmar el deseo que la recorría. Pero no pudo dormir fácilmente. Una parte de ella estaba molesta con la timidez y el excesivo respeto de su esposo.


La noche avanzaba, y en la casa varias personas seguían despiertas, pensando en ella… mientras ella misma ardía en silencio a solo unos metros de su marido.


Daniela no podía dormir. El calor entre sus piernas y la frustración por el rechazo de Mauricio la mantenían completamente despierta. Después de varios minutos dando vueltas en la cama, escuchó claramente el sonido de pasos suaves en el pasillo y luego el ruido lejano de la puerta de la nevera abriéndose en la cocina.


Alguien más estaba despierto.


Se mordió el labio inferior, dudando solo un segundo. El deseo que había acumulado durante todo el día seguía latiendo en su cuerpo. No quería quedarse acostada sufriendo en silencio.


Se levantó con sigilo, se quitó el sostén negro y decidió vestirse de forma ligera y provocativa. Se dejó puesta la misma tanga negra diminuta que llevaba bajo los leggings (la tela fina apenas cubría su monte de Venus y se hundía entre sus nalgas redondas). Encima se puso un blusón negro semitransparente que apenas le llegaba a la mitad del muslo. La tela era ligera y dejaba entrever claramente la forma de sus pechos generosos y sus pezones oscuros. No se puso nada más abajo. Finalmente, se calzó de nuevo sus tacones altos con plataforma, porque sabía el efecto que causaban en su forma de caminar.


Se miró rápidamente en el espejo: el blusón negro contrastaba con su tez morena clara, y cada movimiento hacía que la tela se moviera, revelando más de lo que ocultaba. Satisfecha, salió de la habitación sin hacer ruido.


Al llegar a la cocina, la luz tenue de la nevera estaba encendida. Allí estaba Alfonso, solo, de espaldas a ella. Llevaba únicamente un short gris oscuro que le llegaba a medio muslo, sin playera. Su torso atlético y bien trabajado por el gimnasio se veía definido bajo la luz suave: hombros anchos, espalda musculosa y brazos fuertes. Estaba tomando un vaso de agua fría, ajeno a que alguien lo observaba.


Daniela se detuvo en la entrada de la cocina por un momento, admirando su cuñado. De todos los hombres de la casa, Alfonso era el único que realmente le atraía físicamente. Su cuerpo firme y su actitud más contenida le resultaban mucho más interesantes que la rudeza de Severo o la torpeza juvenil de Fernando.


Alfonso sintió su presencia y se giró lentamente.


Al verla, sus ojos se abrieron ligeramente. Daniela estaba allí, descalza en tacones, con ese blusón negro semitransparente que apenas cubría sus curvas. Se podía ver claramente el contorno de sus pechos pesados y la forma oscura de sus pezones a través de la tela. La tanga negra apenas se adivinaba bajo el blusón corto, dejando al descubierto gran parte de sus piernas torneadas y la curva inferior de sus nalgas.


—Daniela… —murmuró Alfonso, con la voz un poco ronca. Tragó saliva y trató de mantener la compostura—. No podía dormir… ¿tú tampoco?


Daniela sonrió con suavidad, caminando lentamente hacia la isla de la cocina. Cada paso hacía que sus caderas se contonearan y que el blusón se moviera, dejando ver más piel.


—Hace mucho calor… y la verdad es que tampoco lograba conciliar el sueño —respondió con voz baja y dulce, deteniéndose a solo un metro de él—. ¿Me das un poco de agua?


Alfonso le sirvió un vaso con manos que intentaban no temblar. Mientras se lo entregaba, sus ojos no pudieron evitar bajar: primero al escote improvisado del blusón, luego a la forma en que la tela se pegaba ligeramente a sus pezones, y finalmente a sus piernas y al borde del blusón que amenazaba con subir más con cada movimiento.


El ambiente en la cocina se volvió inmediatamente más denso. Alfonso luchaba internamente con todas sus fuerzas por mantener el respeto hacia su hermano… pero tener a Daniela casi desnuda frente a él, oliendo a perfume y deseo, estaba poniendo a prueba todos sus límites.


Daniela tomó el vaso y bebió un sorbo, mirándolo directamente a los ojos por encima del borde. Sabía perfectamente el efecto que estaba causando.


Daniela dio un paso más cerca de Alfonso, acortando la distancia entre ellos. La luz fría de la nevera iluminaba su figura de forma casi irreal: el blusón negro semitransparente se movía con cada respiración, dejando entrever claramente sus pechos pesados y los pezones oscuros que ya estaban endurecidos por la excitación y el aire fresco.


Tomó el vaso de agua que él le ofrecía, pero en lugar de beberlo, lo dejó sobre la isla con lentitud. Luego levantó la mirada y le sonrió con esa mezcla de dulzura y picardía que solo ella sabía usar.


—Gracias… —susurró con voz baja y ronca—. La verdad es que no era solo el calor lo que no me dejaba dormir.


Se acercó un poco más, hasta que sus cuerpos casi se rozaban. El blusón corto subió ligeramente con el movimiento, revelando aún más la curva inferior de sus nalgas y la fina tela de la tanga negra que apenas las cubría.


Alfonso tragó saliva con dificultad. Su torso musculoso se tensó visiblemente. Podía oler el perfume suave de Daniela mezclado con el calor de su piel.


—Daniela… —murmuró él, con la voz grave y contenida—. Esto no está bien. Mauricio es mi hermano.


Ella no se apartó. Al contrario, levantó una mano y la posó suavemente sobre el pecho desnudo de Alfonso, sintiendo el calor de su piel y el latido acelerado de su corazón. Sus dedos trazaron una línea lenta hacia abajo, rozando los músculos definidos de su abdomen.


—Lo sé… —respondió ella en voz muy baja, casi un susurro—. Pero no estamos haciendo nada malo. Solo estamos hablando… ¿o no?


Sus ojos claros se clavaron en los de él con intensidad. Se mordió el labio inferior de forma deliberada, luego se inclinó un poco hacia adelante, permitiendo que el blusón se abriera más en el escote y que sus pechos casi rozaran el torso de Alfonso.


—Todo el día sentí tus miradas… —continuó Daniela, bajando la voz aún más—. Y la verdad… me gustaron.


Alfonso cerró los ojos un segundo, respirando profundamente. Su short gris ya mostraba una erección evidente que luchaba por contener. Sus manos se cerraron en puños a los costados, resistiendo el impulso de tocarla.


—Daniela, por favor… —dijo con esfuerzo, la voz ronca por el deseo—. Eres la mujer de mi hermano.


A pesar de sus palabras, no se apartó. Su cuerpo traicionero se mantenía allí, rígido, disfrutando del contacto de la mano de Daniela sobre su pecho.


Ella sonrió con suavidad, sin rendirse. Se puso de puntillas sobre sus tacones y acercó su boca al oído de Alfonso, sus labios gruesos rozando apenas el lóbulo de su oreja mientras susurraba:


—No te estoy pidiendo nada que no quieras, sabes…, Mauricio ni siquiera me tocó esta noche…


Su mano bajó un poco más, deteniéndose justo en el borde del short de Alfonso, sin llegar a tocar su erección, pero lo suficientemente cerca como para que él sintiera el calor de sus dedos.


Alfonso soltó un suspiro tembloroso. Su autocontrol estaba colgando de un hilo. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Daniela, ver la sombra de sus pezones duros a través del blusón, y oler su excitación. Luchaba con todas sus fuerzas contra el deseo de agarrarla por la cintura, levantarla sobre la isla y follarla allí mismo.


—Daniela… —repitió, esta vez con la voz más débil—. Eres una mujer muy hermosa…


Pero tampoco la detuvo. Se quedó allí, respirando agitado, con el cuerpo tenso y la mente dividida entre el respeto a su hermano y la mujer más deseable que había tenido tan cerca en mucho tiempo.


Daniela esperó, mirándolo fijamente, dejando que el silencio y la tensión sexual hablaran por sí solos.


Alfonso permaneció inmóvil durante varios segundos, respirando con dificultad. Su pecho subía y bajaba bajo la mano de Daniela. El deseo era demasiado fuerte y, por primera vez, su resistencia comenzó a quebrarse.


Lentamente, como si le costara un esfuerzo sobrehumano, levantó una mano y la posó en la cintura de Daniela, justo donde terminaba el blusón negro. Sus dedos tocaron la piel morena clara, cálida y suave. No la apretó con fuerza, solo la sostuvo allí, sintiendo el calor de su cuerpo.


—Solo… un momento —susurró Alfonso con voz ronca, casi derrotada—. No podemos ir más lejos.


Daniela sonrió con suavidad, victoriosa en esa pequeña rendición. No dijo nada. Siguió deslizando su mano por el torso musculoso de su cuñado, bajando lentamente por sus abdominales definidos hasta llegar al borde del short gris. Sus dedos rozaron la piel justo por encima de la tela, sintiendo cómo los músculos de Alfonso se contraían bajo su toque.


Alfonso, animado por su propio avance, dejó que su otra mano subiera un poco más por la espalda de Daniela, por debajo del blusón. Sus dedos acariciaron la curva de su cintura y subieron hacia las costillas, muy cerca del costado de uno de sus pechos. No se atrevió a tocarlo directamente, pero el roce fue suficiente para que ambos sintieran una descarga eléctrica.


Daniela se acercó aún más, hasta que sus pechos rozaron el torso desnudo de Alfonso a través de la tela semitransparente. Levantó la cara hacia él, sus labios gruesos entreabiertos, los ojos claros brillando de deseo.


—Alfonso… —susurró, y se puso de puntillas sobre sus tacones para besarlo.
Sus labios estaban a solo centímetros de los de él cuando…


—¿Alfonso?
La voz de Sandra cortó el aire como un cuchillo.


Ambos se separaron de golpe. Daniela retrocedió un paso rápidamente, mientras Alfonso giraba la cabeza hacia la entrada de la cocina con los ojos muy abiertos.


Sandra estaba allí, parada en la puerta, con su bata de dormir conservadora abotonada hasta el cuello. Su rostro delgado y feo estaba desencajado por la sorpresa y la furia. Sus ojos pasaron de su esposo semidesnudo y excitado a Daniela, casi desnuda con ese blusón transparente y tanga, tacones altos y el cabello ligeramente revuelto.


—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Sandra con voz baja pero temblorosa de rabia contenida. Sus manos se cerraron en puños—. ¿Por eso no estabas en la cama?


Alfonso abrió la boca, pero no le salieron las palabras. Su erección todavía era visible bajo el short, y su mano aún conservaba el calor de la cintura de Daniela.


Daniela, aunque sorprendida, mantuvo la compostura mejor. Se cruzó de brazos sobre el pecho, intentando cubrirse un poco, pero el gesto solo hizo que el blusón se tensara más sobre sus curvas.


—Solo vine a tomar agua, Sandra —dijo con voz calmada, aunque su corazón latía con fuerza—. No podía dormir.


Sandra no le creyó ni por un segundo. Sus ojos se clavaron en Daniela con un odio puro y celoso, luego volvieron a su esposo. 


Alfonso miró a Daniela por un último segundo, una mezcla de culpa, deseo frustrado y alivio por la interrupción. Luego bajó la cabeza y salió de la cocina sin decir una palabra, pasando junto a su esposa.


Sandra se quedó unos segundos más, mirando a Daniela de arriba abajo con desprecio.


—No sé qué crees que estás haciendo en esta casa… pero no lo vas a lograr —siseó antes de darse la vuelta y seguir a su esposo.


Daniela se quedó sola en la cocina, apoyada contra la isla. Su cuerpo todavía ardía de deseo insatisfecho. Suspiró profundamente, sintiendo cómo la adrenalina y la excitación se mezclaban con una extraña satisfacción.


Continuara...

0 comentarios - Daniela (la MILF de la familia) Cap 1