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37: Auto para compañía




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Compendio III


37: AUTO DE COMPAÑÍA

El trabajo se sentía pesado el día después del colapso de Edith. Me sentía como un fantasma moviéndose por la oficina, firmando permisos y revisando informes, mi mente en otro lugar por completo. La sala de juntas había estado tensa: cada jefe de departamento de repente imponiendo su autoridad, compitiendo por posición como buitres esperando que un cadáver se enfriara. Sin el puño de hierro de Edith, toda la operación arriesgaba convertirse en un concurso de machos, y yo no estaba de humor para arbitrar.

Mientras bajaba en el ascensor del piso 12 al estacionamiento subterráneo, me sentí perdido. Las puertas del elevador se abrieron con un zumbido cansado, revelando el garaje mal iluminado… un laberinto de concreto que siempre olía ligeramente a gasolina y humedad. Mis zapatos hicieron eco mientras caminaba hacia mi camioneta, el sonido rebotando contra los pilares como disparos lejanos.

Entonces lo vi: el Audi amarillo de Isabella, elegante y depredador, estacionado deliberadamente torcido sobre dos espacios al lado de mi camioneta.

37: Auto para compañía

Ella se apoyaba contra el capó, una pierna cruzada sobre la otra, el dobladillo de su falda subiéndose lo suficiente para ser una pregunta. La pintura amarilla del Audi brillaba bajo las luces parpadeantes del garaje, haciéndola parecer como si hubiera salido de un anuncio de lujo: el tipo donde el auto apenas era el punto. Esa sonrisa suya me golpeó como un puñetazo en las costillas.

• ¡Hola, cariño! ¡Te he estado esperando! - susurró, su voz goteando con ese ritmo Marilyn Monroe que siempre enviaba un escalofrío por mi espina dorsal.

- ¡Hola, Izzie! ¡Qué bueno verte! —logré decir, mi ánimo levantándose a pesar del peso del día.

La vista de ella (esas piernas interminables, ese trozo de muslo provocador, cómo su pelo oscuro atrapaba la luz tenue) fue suficiente para hacerme olvidar, al menos por un segundo, la silla vacía de Edith y los lobos merodeando arriba.

- ¡Tu flamante auto se ve increíble! —añadí, asintiendo hacia el Audi.

Ella rió, divertida.

• ¡Lo sé! ¡Y el interior es increíble! ¿Quieres dar una vuelta? —preguntó en ese tono juguetón y caprichoso suyo.

Los asientos de cuero del Audi exhalaban ese olor a auto nuevo (sintético pero embriagador) mientras me deslizaba al asiento del pasajero. El perfume de Isabella (algo caro y elegante, típico de ella) se mezcló con él, espesando el aire. Aceleró el motor solo para verme agarrar el tirador de la puerta, sus labios color carmesí curvándose.

• ¡Relájate, jefecito! - susurró, golpeando el volante. - Solo choco cuando quiero.

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Los fluorescentes parpadeantes del garaje rayaron su rostro mientras retrocedía, los neumáticos chillando como un gato arrastrado sobre concreto. Mi agarre al cinturón se apretó instintivamente, los nudillos blanqueándose cuando giró el volante bruscamente a la izquierda, evitando por poco un pilar de concreto. El Audi se lanzó hacia adelante, su motor gruñendo como algo hambriento, e Isabella rió: un sonido brillante y temerario que rebotó en las paredes del garaje.

• ¿Ves? Como enhebrar una aguja.

El aire frío salió de las rejillas de ventilación mientras ascendíamos por la rampa, cortando el calor rancio del garaje como un cuchillo. El crepúsculo de Melbourne era cálido y tranquilo afuera, la ciudad bañada en ese resplandor dorado donde incluso el concreto parecía más suave. El motor del Audi ronroneaba (un contraste marcado con los teatros anteriores de Isabella) mientras ella lo guiaba hacia la calle principal con una mano, sus dedos flojos alrededor del volante como si sostuviera una copa de champán en algún evento de alta sociedad. Ella conducía como hacía todo lo demás: sin esfuerzo, deliberadamente, como si el auto fuera solo otra extensión de ella.

• ¿Y cómo está todo? —preguntó, sondeando juguetonamente—. Escuché por ahí que fuiste a Japón con la esposa y los niños.

Los neumáticos del Audi vibraban contra el asfalto mientras nos incorporábamos a la calle. Los dedos de Isabella golpeteaban un ritmo impaciente en el volante, sus uñas (pintadas de ese tono carmesí característico) atrapando el resplandor dorado del sol poniente. La ciudad pasaba frente a nosotros en franjas de cromo y vidrio, el zumbido del tráfico un gruñido bajo el ronroneo de su motor.

- ¡Sí! —dije, ajustando el cinturón de seguridad donde se clavaba en mi hombro—. Osaka. Templos, onsen, okonomiyaki, todo el asunto para los recuerdos. —Lancé una mirada a su perfil: el ángulo marcado de su mandíbula, cómo sus pestañas proyectaban sombras delicadas al parpadear—. A las niñas les encantó. A Marisol también.

Isabella sonrió con ironía, reduciendo la marcha para deslizarse alrededor de un sedán lento.

• ¡Marisol es tan rara como tú! ¡No me extraña que sean la pareja perfecta! - Bufó, con un dejo de celos…como si hubiera mordido algo inesperadamente agrio.

Sus dedos se flexionaron en la palanca de cambios, los nudillos apretándose brevemente antes de relajarse de nuevo, echando los hombros hacia atrás en esa postura despreocupada suya. El Audi respondió como si estuviera conectado directamente a sus nervios, suave y depredador.

- ¿Y tú? ¿Cómo está Lily? —pregunté.

Izzie brilló como el sol, todo su rostro suavizándose de una manera que hacía que las luces de la ciudad parecieran más tenues en comparación.

• ¡Aww, mi princesa está genial! ¡Gracias por preguntar! - Sus dedos se aflojaron en el volante, olvidando momentáneamente la carretera mientras se volvía hacia mí con esa sonrisa rara y sin reservas (la que reservaba solo para su hija). - Teníamos el dinero para viajar a algún lugar elegante... pero no quiso perderse la escuela de verano. (Una risa brotó de su pecho, rica y cálida.) Algo sobre un chico llamado Bastián y él nadando en la piscina sin camiseta.

Tragué saliva. Ahora mi hijo Bastián estaba oficialmente en el equipo de natación de la escuela, y durante la última reunión de padres, habían hecho un gran escándalo al respecto.

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Maya, la entrenadora de natación hindú, elogió a mi niño por heredar mi espíritu incansable, inquieto y luchador, diciendo que tenía "los hombros de un joven Phelps" mientras me golpeaba la espalda con suficiente fuerza para dejar moretones. No ayudó que yo hubiera aceptado su desafío de natación después (orgullo paternal mezclado con su necesidad de demostrarse): un choque de titanes donde mi chico aguantó siete vueltas en la piscina olímpica, mientras yo nadé el kilómetro completo por pura voluntad. Marisol había grabado todo, su risa sonando más fuerte que los chapoteos.

- ¡Carajos, Izzie! - mascullé, apoyándome en el tablero mientras ella esquivaba un camión lento.

• Pero ¿Cómo está el sexo con tu esposa? - preguntó abruptamente, cambiando de marcha mientras tomábamos la autopista.

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El motor del Audi rugió cuando Isabella pisó el acelerador, incorporándose con un tirón que me aplastó contra el asiento. Mi estómago cayó: mitad adrenalina, mitad el peso de su pregunta flotando entre nosotros. Afuera, las luces de la ciudad se desdibujaron en franjas doradas contra el crepúsculo invasor. Parpadeé, desprevenido. Así era Isabella: directa como una bala, sin aviso.

- ¡Rayos, Izzie! ¡Sutil como un martillo!

Ella rió (esa carcajada ronca y sin remordimientos) y lanzó su cabello sobre un hombro. El aroma de su champú (algo con vainilla y un toque de cítricos) cortó la niebla de cuero y perfume.

• ¡Ay, por favor! ¡Me has visto en peores estados que curiosa! - Su rodilla rozó la mía mientras ajustaba su agarre al volante. A propósito. Siempre de forma deliberada.

El reloj del tablero marcó las 6:47 PM. El tráfico se adelgazó más adelante, los autos dispersándose como cuentas esparcidas. Bajé la ventana un poco, dejando entrar el viento y el lejano claxón de un camión. El aire olía a escape y al olor salado de la bahía.

- Marisol y yo estamos... increíbles—. Admití—. Sabes cómo es después de doce años. Algunos meses son brasas. Otros, es…

•¿Un maldito incendio forestal? —terminó Isabella, sonriendo. El sonido del señalizador, mientras cambiaba de pista (clic clic clic) sonó como un cronometro marcando mi vacilación.

Exhalé por la nariz.

- Algo así.

El camión se alzó en el carril adyacente como un acantilado de acero, su volumen proyectando una sombra dentada sobre el capó del Audi. El conductor tocó el claxón (un sonido estridente e indignado), pero Isabella no se inmutó. Sus dedos apenas se tensaron en el volante, su sonrisa irónica inalterable mientras miraba el rostro fruncido del camionero a través de la ventana del pasajero.

• ¡Ay, por favor! - se burló, girando los ojos.

El Audi avanzó bruscamente, cortándole el paso con centímetros de sobra. Mis dedos se clavaron en el asiento de cuero.

• ¡Marco! —continuó, voz goteando adrenalina. - ¡Yo te conozco! ¡Te conozco muy bien! … y honor a quien honor merece, eres un calenturiento.

Remarcó la palabra con un toque juguetón de sus uñas contra la palanca de cambios.

- ¡Izzie, estaba siendo educado! —dije, apoyándome mientras el Audi serpenteaba entre carriles como un cuchillo a través de mantequilla tibia.

Su forma de conducir era temeraria, precisa y extrañamente hermosa, como ver a una bailarina borracha hacer cada pirueta a la perfección.

• ¿Educado? —silbó ella, reduciendo la marcha con suficiente fuerza para hacer rugir el motor.

La aguja del velocímetro tembló cerca de los 140 km/h mientras se deslizaba entre dos semirremolques, lo suficientemente cerca como para leer la letra pequeña en sus guardabarros.

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• ¡Marco, me convenciste de dejarte follarme el culo! - Su voz era baja, casi teatral, como si narraba un documental escandaloso. —¡Luego me lavaste el cerebro para amar darte mamadas!

37: Auto para compañía

El Audi se sacudió hacia la derecha, los neumáticos chirriando mientras tomaba una rampa de salida a una velocidad que desafiaba la física. Mi hombro se estrelló contra la puerta, el cinturón bloqueándose con un clic.

Y para cuando realmente estábamos follando… - continuó, sin aliento. - ¡Casi te lo rogaba!

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Sus labios color carmesí se separaron alrededor de la última palabra, sus dientes brillando en la luz del tablero.

• ¿Educado? ¡Por favor!

El claxón del coche sonó: un bramido furioso y prolongado que cortó el ronroneo del motor del Audi como una motosierra. Isabella ni siquiera parpadeó. Solo apretó su agarre al volante, sus uñas color carmesí clavándose en el cuero mientras lo tiraba con fuerza hacia la izquierda. Los neumáticos del Audi gritaron en protesta, el caucho quemándose contra el asfalto mientras derrapábamos alrededor de un hatchback lento. La fuerza centrífuga me aplastó contra la puerta, mi codo golpeando la ventana con un golpe sordo. El dolor recorrió mi brazo, pero Isabella no miró. Sus ojos permanecieron fijos en la carretera, oscuros y brillantes con algo entre diversión y desafío.

- ¡Lo siento, Izzie!... pero ¿Qué querías que te dijera? —pregunté, aterrorizado, agarrando el cinturón como si fuera lo único que me ataba a la cordura mientras tomaba otra curva a velocidades que desafiaban las ordenanzas municipales.

Los neumáticos del Audi chillaron como un cerdo sacrificado.

• ¡No lo sé! - espetó, medio ruborizada, sus nudillos blanqueándose en el volante.

Las luces de la calle iluminaron su rostro como un estroboscopio: destellos de labios carmesí, ojos entrecerrados, el filo afilado de su mandíbula apretada.

• ¿Quizá que tuviste un trío? ¡Algo! ¡Es difícil creer que estás casado con la señorita santita y no follando como conejos en una licuadora! - El motor rugió cuando pisó a fondo en un semáforo en amarillo, el Audi arrancando hacia adelante como un depredador lanzándose por la muerte.

- ¡Izzie, mi esposa es todo menos inocente! - respondí, reconectando con mis oraciones a Dios.

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Afortunadamente, Izzie finalmente salió de la autopista. Los neumáticos del Audi crujieron sobre grava suelta mientras Isabella viró hacia un camino de servicio, apagando el motor abruptamente. El silencio repentino fue puntuado solo por nuestra respiración entrecortada y el lejano aullido de una sirena policial. Luces de vapor de sodio parpadearon sobre nosotros, pintando su rostro en sombras amarillentas. Se desabrochó el cinturón con un clic seco, girando para enfrentarme completamente.

• ¡Eres un chico tan malo! ¡Siempre haces esto! - exclamó, suspirando con fuerza. - ¡Nunca eres directo!... ¡Siempre rodeando! ...

Los dedos de Isabella golpearon el volante, el ritmo repetitivo sincronizándose con mi pulso acelerado. El interior del Audi repentinamente se sintió claustrofóbico, el aroma a cuero y su perfume tan denso que ahogaba. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, sin parpadear, como un gato observando un ratón acorralado.

- ¿Rodeando qué? - pregunté, mi corazón aún acelerado.

• ¡Nunca dices que me extrañas! - lo soltó, bruscamente.

Sus dedos dejaron de golpear, flotando en el aire como si acabara de lanzar una granada entre nosotros. La luz de sodio parpadeó de nuevo, capturando el brillo húmedo en sus ojos (solo por un segundo), antes de parpadear para borrarlo. El cuero del Audi crujió mientras se movía, su falda subiendo otro centímetro. Podía oler el salitre de su piel bajo el perfume, el mínimo rastro de adrenalina aún pegado a ella.

El silencio era tan denso que podía cortarse. Izzie y yo existíamos en ese espacio nebuloso: más que amigos, menos que amantes. El sexo era volcánico cuando ocurría, pero ¿El espacio entremedio? Complicado. Su belleza había adornado las páginas sociales cuando estaba casada con Victor, ese concejal corrupto con el apretón de manos de pescado muerto y la sonrisa depredadora.

Suspiró.

• He estado... excitándome...- confesó, mirando fijamente la luz intermitente del tablero. - ¡No sé por qué! Conducir mi coche... me moja... hace que mis dedos se enrosquen...

La luz del tablero pulsó un naranja tenue sobre sus pómulos, acentuando la tensión en su mandíbula. No me miró: solo deslizó una yema a lo largo de la costura del asiento de cuero, su uña enganchándose en una minúscula imperfección. El aroma de su excitación se mezcló con el olor a nuevo del auto, sutil pero inconfundible, como lluvia sobre asfalto caliente.

Tragué saliva.

- Izzie...

Me interrumpió con una risa cortante, finalmente girando su cabeza. Sus pupilas estaban dilatadas, tragándose el marrón oscuro de sus iris.

• ¡No me digas Izzie! ¡Sabes exactamente lo que es esto! - Su rodilla empujó la mía de nuevo, deliberada. - He estado pensando en esas escapadas en el hotel. ¿Recuerdas cómo solías tomarme?

El aire se volvía caliente, y no era por el aire acondicionado. La voz de Isabella bajó a un murmullo ronco, sus dedos trazando círculos ociosos en el volante como si reprodujera los movimientos de esas noches.

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• ¡Me agarrabas de la cintura y me follabas el culo hasta que te rogara por misericordia! — replicó, sus ojos reviviendo esos recuerdos como si viera una película detrás de sus párpados.

El asiento de cuero crujió mientras se movía, cruzando las piernas lentamente… deliberadamente… la tela de su falda susurrando contra sus muslos.

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• Luego, nos duchábamos y me follabas un poco más... - Su lengua se deslizó para humedecer sus labios, dejándolos brillantes bajo la luz parpadeante del techo. - Y finalmente, si me envolvía en una toalla justo así... (Su sonrisa burlona era un arma cargada.) Volvías a hacerlo una vez más.

Mis pantalones se encogían: un lento, inexorable apretón que no tenía nada que ver con los asientos de cuero del Audi y todo que ver con cómo los dedos de Isabella trepaban por mi muslo como un ladrón en la oscuridad.

• Así que puedes entender mi incredulidad… - murmuró, mordiendo su labio carmesí lo suficientemente fuerte como para dejar marcas de dientes. - cuando dices que solo han sido doce años...

Su uña siguió la costura de mi pantalón, un susurro de presión que me cortó la respiración.

• Sabiendo lo bueno que eres en la cama… - exhaló, caliente contra mi oído. - deben ser los doce años más espectaculares de la vida de tu esposa…

El cinturón de seguridad se retrajo con un clic seco al desabrocharlo, y luego mis manos estaban en su cabello (esos mechones oscuros y sedosos deslizándose entre mis dedos como agua), mientras la besaba con fuerza suficiente para dejar moretones. Isabella sabía a menta y el mínimo rastro de lápiz labial cereza, su boca cálida e insistente contra la mía. Emitió un sonido bajo en su garganta, mitad risa, mitad gemido, mientras apretaba su pecho a través de la delgada tela de su blusa, mi pulgar encontrando su pezón ya erecto bajo la seda.

- ¡Dios, eres impaciente! - murmuré, tirando de los botones de su blusa. Uno saltó, rebotando en el piso con un pequeño ping contra los pedales.

Ella rió, bajo y ronco, arqueándose bajo mi toque.

• Dice el hombre que…

Sus palabras se disolvieron en un jadeo cuando apoyé mi mano sobre su sostén de seda, mi pulgar rodeando el pezón ya tenso bajo la tela. El olor de ella (perfume de jazmín, el salitre del sudor, ese tenue rastro de deseo) inundó el auto, tan denso que podía saborearse. Afuera, el zumbido lejano del tráfico era un murmullo apagado, el ocasional barrido de faros pintando franjas fugaces en el techo como reflectores buscando fugitivos.

Isabella se arqueó bajo mí, sus caderas frotándose en silencio exigente.

• Menos hablar…- exhaló, uñas arañando mi espalda. - Más hacer…

(Less talking… more doing…)

Le levanté la falda por encima de sus muslos, la tela susurrando contra sus medias. Sus bragas estaban húmedas cuando enganché un dedo bajo el encaje, su jadeo cortante al apartarlas.

- ¿Sigues mojada solo por conducir? - murmuré contra su cuello, saboreando sal y Chanel.

Ella siseó entre dientes, sus muslos cerrándose alrededor de mi muñeca como un torno. Los asientos de cuero del Audi gimieron bajo nuestro peso cambiante, el aroma de su excitación tan denso que ahogaba.

Resoplando, mitad risa, mitad gemido…

• ¡Cállate y…!

Sus palabras se quebraron cuando entré en ella, su cuerpo ajustado y acogedor. Los asientos del Audi protestaron, el volante clavándose en mi cadera. La cabeza de Isabella golpeó el reposacabezas, labios entreabiertos, pestañas temblando antes de cerrarse.

• ¡Maldición! - bufó, muslos apretando mi cintura. - ¡Sí!

37: Auto para compañía

El ritmo era frenético, sin pulir: todo calor y hambre. Sus uñas se clavaron en mis hombros, su respiración llegando en ráfagas ásperas contra mi oído. Cada movimiento, cada embestida, hacía balancearse ligeramente el auto, la suspensión crujiendo. El olor a sexo se mezcló con el cuero, las luces del tablero pintando su rostro de oro parpadeante. El interior del Audi era de repente demasiado pequeño… demasiado caliente… nuestros cuerpos presionando contra cada superficie, la palanca de cambios clavándose en mi muslo, la consola central obligando su pierna en un ángulo incómodo. Pero a ninguno le importó. No cuando ella se arqueaba bajo mí, sus caderas encontrándose con las mías con una desesperación que rayaba en la violencia, sus gemidos tragados por el zumbido del tráfico lejano afuera.

• ¡Dios mío! ¡Extrañé este tamaño! - jadeó cuando entré hasta la mitad, su cuerpo apretándose alrededor mío como un puño de terciopelo.

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Se sentía ajustada, húmeda y caliente como un horno, sus músculos internos palpitando en bienvenida. El interior del Audi se había convertido en un mundo de respiros jadeantes y maldiciones susurradas, cada movimiento puntuado por el chirrido suave del cuero bajo nosotros. Los dedos de Isabella se enredaron en mi cabello, jalándome hacia otro beso que dejaba moretones mientras me movía dentro de ella, la fricción eléctrica. Sus caderas se levantaban para encontrar cada embestida, su cuerpo memorizando el mío como si no hubieran pasado meses desde la última vez.

Una gota de sudor deslizó por mi sien, deteniéndose en mi mandíbula antes de caer sobre la curva de su pecho. Ella siseó ante la sensación, arqueándose bajo mí.

• ¡Dios, sí! ... ¡Así! ¡Justo así! - jadeó, su voz deshilachándose en los bordes.

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El aire acondicionado del auto no podía contra el calor entre nosotros, los vidrios empañándose con cada exhalación. El interior del Audi se había convertido en un horno: cuero pegado a la piel, el aroma a sexo y su perfume tan denso que ahogaba. Las uñas de Isabella se clavaron profundamente en mis hombros mientras me movía dentro de ella, el ritmo desigual, desesperado, como si intentáramos huir de algo que ninguno quería nombrar.

El retumbar del camión se desvaneció, reemplazado por el chasquido húmedo de piel contra piel, la suspensión del Audi crujiendo bajo nuestro ritmo frenético. La demanda de Isabella retumbó en mi cráneo, sus dientes hundiéndose en mi hombro como para puntuarla. Accedí: empujando profundo, arrancando un jadeo ahogado de su garganta. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura, talones clavándose en mi espalda baja como espuelas.

• ¡Maldición, ahí! - bufó, su voz quebrándose cuando mis embestidas se volvieron ásperas, desiguales.

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El volante presionaba frío contra mi antebrazo, la palanca de cambios clavándose en mi muslo, pero la molestia apenas registraba: no cuando ella se deshacía bajo mí, su cuerpo tenso como un arco.

Las uñas de Isabella arañaron mi espalda como garras, lo bastante afiladas para hacerme gruñir… aunque el dolor era solo otra chispa en el incendio que ella había avivado. Su demanda:

• ¡Más fuerte!

No era solo una petición. Era un desafío, un guante arrojado entre jadeos y el sonido húmedo de piel contra piel. Los asientos de cuero del Audi gimieron bajo nosotros, protestando por la forma en que sus caderas se arqueaban para recibir cada embestida, su cuerpo doblándose como un arco tensado al límite. Afuera, el retumbar de otro camión se desvaneció, reemplazado por el chasquido húmedo de nuestros cuerpos moviéndose al unísono, la suspensión crujiendo como un barco en tormenta.

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Accedí, agarrando su cintura con más fuerza, el cuero de su falda arrugándose bajo mis dedos como papel de regalo arrugado. El olor a su excitación era denso ahora (almizclado y primitivo) mezclándose con el perfume caro que había aplicado en sus puntos de pulso horas antes, algo floral y engañoso, como una rosa escondiendo espinas. Sus piernas se enroscaron alrededor de mí, talones clavándose en mi espalda baja con una presión que coqueteaba con el dolor y el placer, empujándome más profundo con una insistencia silenciosa y desesperada. El volante del Audi presionaba frío contra mi antebrazo, la llave de contacto clavándose en mi cadera, pero la molestia era ruido de fondo comparado con la sinfonía de sus jadeos.

• ¡Maldición, Marco! - Su voz se quebró al inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea delicada de su garganta.

37: Auto para compañía

Mordisqueé la piel, saboreando cómo su pulso saltaba bajo mis labios. El olor de ella (jazmín enredado con sudor y algo más almizclado) inundó mis sentidos mientras se arqueaba bajo mí, su cuerpo tenso como un arco. El cuero del Audi chirrió en protesta, el volante clavándose en mis costillas, pero a ninguno le importó. No cuando jadeaba mi nombre como una oración, sus uñas grabando lunares crecientes en mis hombros.

• ¡No pares! - bufó, sus muslos cerrándose alrededor de mi cintura como un torno. - ¡No te atrevas a parar, maldición!

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El auto se balanceó con nuestro ritmo, la suspensión gimiendo en protesta. La respiración de Isabella llegaba en ráfagas ásperas, su cuerpo apretándose alrededor mío mientras titubeaba al borde.

• ¡Cerca! - carraspeó, dedos aferrándose a mis hombros. - ¡Tan cerca! ...

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Un pitido repentino y agudo de un claxon afuera nos congeló a ambos. Los ojos de Isabella se abrieron de par en par, sorprendidos, antes de estallar en una risa sin aliento.

• ¡Dios! - jadeó, apoyando su frente en mi hombro. - ¡Estamos en una vía de servicio!

Reí, quitando un mechón húmedo de su rostro.

- ¿Y de quién es la culpa?...

Ella sonrió con malicia, balanceando sus caderas deliberadamente, arrancándome un gruñido.

• ¡Tuya! - susurró. - ¡Siempre tuya!

Las ventanas del Audi estaban completamente empañadas ahora, el mundo exterior reducido a franjas borrosas de luz de sodio. La piel de Isabella brillaba en el interior brumoso, húmeda de sudor, su pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón. Sus dedos trazaron líneas por mi columna, uñas rascando levemente… justo lo suficiente para hacerme estremecer.

• ¡Admítelo! - murmuró, su aliento caliente contra mi oído. - ¡Tú también extrañaste esto!

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El Audi se balanceó como un bote en tormenta, su suspensión gimiendo bajo la fuerza de nuestro follaje. Los senos de Isabella rebotaban con cada embestida: esas manadas redondas y perfectas, apenas contenidas por su sujetador de seda, la tela tensándose mientras se arqueaba hacia mí. Eran el tipo de tetas sobre las que los hombres escribían sonetos, el tipo que te hacía olvidar tu propio nombre cuando se movían así, hipnóticas como un péndulo marcando el ritmo de nuestra respiración agitada. Sus pezones se endurecieron contra la seda húmeda, y no pude resistir atrapar uno entre mis dientes a través de la tela, haciéndola jadear y clavar sus uñas más profundo en mi espalda.

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¡Bip! Otro claxon impaciente de un vehículo que pasaba cortó la bruma. Isabella apenas lo registró, demasiado perdida en cómo mis dedos agarraban su muslo, abriéndola más. Su respiración se cortó cuando arrastré mi lengua por la piel sensible de su parte interna del muslo, el sabor a sal y loción cara inundando mis sentidos. Las ventanas del Audi estaban completamente empañadas ahora, el mundo exterior reducido a formas vagas y sonidos apagados: luces pasando como cometas, algún grito perdido bajo los sonidos húmedos de su excitación y el crujido del cuero bajo nuestro peso.

• ¡Marco! - Su voz se quebró, uñas rascando mi espalda. - ¡No te atrevas a parar!...

No lo hice. El volante se clavaba en mi cadera, la costura de cuero dejando marcas en mi piel mientras empujaba dentro de ella, más profundo cada vez. Sus muslos temblaban alrededor mío, húmedos de sudor, la seda de sus medias rozando mi cintura. Los vidrios del Audi se habían empañado por completo, encerrándonos en un mundo privado de calor compartido y desesperación. Afuera, el zumbido distante del tráfico era un ruido sordo, algún destello de faros cortando la condensación como reflectores fugaces.

Entonces… su cuerpo se tensó. Un jadeo ahogado se escapó de su garganta mientras su espalda se arqueaba del asiento, sus músculos apretándose alrededor mío en pulsos rítmicos. Las luces del tablero parpadearon en su rostro, iluminando cómo sus labios se abrían en éxtasis silencioso, sus pestañas aleteando contra sus mejillas.

Por un instante, ella pareció casi inocente… vulnerable de una manera que Isabella nunca se permitía a la luz del día. Luego, sus uñas arañaron mi espalda con fuerza suficiente para dejar marcas, sus caderas elevándose para exprimir cada último temblor de ambos. Los asientos de cuero del Audi estaban resbaladizos bajo nosotros, el olor a sexo y su perfume de jazmín tan denso que casi podía saborearse.

37: Auto para compañía

Yo caí momentos después, mordiendo su hombro para ahogar mi gruñido mientras el calor corría por mí. Las réplicas nos dejaron a ambos sin aliento, miembros enredados, piel pegajosa de sudor. El pecho de Isabella subía y bajaba rápidamente, su pulso visible en la base de su garganta donde había dejado un moretón desplegándose como tinta en agua.

Isabella exhaló temblorosamente, su frente húmeda contra mi hombro mientras intentaba recuperar el aliento. Creo que me abrazó más como un agradecimiento… o quizá solo porque mi verga aún estaba atrapada dentro de ella, negándose a perder territorio incluso mientras bajábamos del éxtasis. Sus pechos se aplastaron contra mi pecho, aún agitados, la seda de su blusa arruinada pegada a su piel donde el sudor se había acumulado entre ellos. El aire acondicionado del Audi libraba una batalla perdida contra el calor que habíamos generado, los vidrios tan empañados que bien podríamos haber estado en un sauna.

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• ¡Realmente necesitaba esto...! - susurró en el hueco de mi oído, su voz áspera de una manera que no tenía que ver con los gritos que había soltado hace un momento.

Sus dedos trazaron patrones por mi espalda, uñas rascando justo lo suficiente para erizar mi piel. Era el tipo de toque que podría haber sido casual si no fuera por cómo sus muslos aún temblaban alrededor de los míos, si no fuera por los ocasionales pequeños espasmos de sus músculos internos apretándome, como si su cuerpo se resistiera a dejarme ir.

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El éxtasis se desvaneció como una marea retrocediendo, dejándonos a ambos sin aliento y enredados en las secuelas. Los ojos oscuros de Isabella se clavaron en los míos, más profundos de lo que los había visto en meses: sin bromas, sin esa agudeza verbal que la caracterizaba, solo algo crudo y desprotegido. Exhaló suavemente, sus labios rozando los míos en un beso tan dulce que parecía ajeno viniendo de ella.

• ¡Extrañé esto! ...- murmuró, las palabras cálidas contra mi boca. Sus dedos trazaron la línea de mi mandíbula, deteniéndose como si la memorizara. - ¡Realmente quería bautizar mi auto contigo!

Nos reímos, aún juntos. El interior del Audi olía a sudor, sexo y el perfume desvanecido de Isabella: una mezcla embriagadora que se aferraba a los asientos de cuero. Su aliento hizo cosquillas en mi oído mientras exhalaba, sus dedos trazando perezosamente círculos en mi nuca. Afuera, algún destello fugaz de faros cruzó los vidrios empañados, proyectando sombras fugaces sobre nuestros miembros enredados.

Isabella se movió debajo de mí, haciendo una mueca al separarnos.

• ¡Uf! - murmuró, tirando de su blusa arrugada. - ¡Arruinada!

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Un botón faltaba, la seda húmeda de sudor pegada a las curvas de sus senos… Arrugó la nariz, pero no parecía genuinamente molesta… más bien entretenida, sus labios carmesí temblando en una esquina mientras golpeaba el hilo colgante del botón con una uña.

• ¡Esto era Dior, animal!

Alcancé la caja de pañuelos descartada en el asiento trasero, entregándole unos cuantos. Ella secó su clavícula con eficiencia, sus movimientos precisos incluso en la luz tenue.

• ¡Eres un desastre! — observó, lanzando una mirada a mi camisa desaliñada.

La esquina de su boca se contrajo…no exactamente una sonrisa burlona, pero cerca. Sus uñas carmesí tiraron de la tela arrugada, alisando arrugas inexistentes con un suspiro teatral.

• Honestamente, Marco. Pensaría que después de doce años de matrimonio, habrías aprendido a desvestirte como un caballero...

- ¡Dijo la sartén a la olla! - repliqué, acomodándome en mis pantalones.

El cierre sonó obscenamente fuerte en el auto silencioso: un siseo metálico que hizo que los ojos oscuros de Isabella bajaran con alegría indisimulada. Ella se estiró como un gato en el asiento del conductor, su blusa de seda abierta revelando las marcas rojas que mis dientes habían dejado a lo largo de su clavícula.

Isabella rió despacio y ronca, antes de girar para ver su reflejo en el espejo retrovisor. Alisó su cabello, recogiendo un mechón rebelde detrás de su oreja.

• ¡Dios! ¡Parezco arrasada!

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El espejo retrovisor enmarcó su rostro perfectamente: labios manchados de carmesí, una tira de su sujetador de seda colgando de su hombro, un chupetón desplegándose como un moretón en su clavícula. Inclinó la barbilla, inspeccionando los daños con una mezcla de orgullo y exasperación.

- ¡Lo has sido! - dije, sonriendo.

Ella giró los ojos, pero no discutió, en lugar de eso alcanzando su bolso en el suelo. El tintineo de un compacto abriéndose, el suave sonido de un cepillo pasando por su cabello: metódico, familiar. La observé arreglar su lápiz labial en la luz tenue del tablero, el carmesí reapareciendo trazo a trazo. Su reflejo en el espejo era un estudio en contradicciones: el delineador manchado dándole una elegancia libertina, la precisión cuidadosa de sus dedos mientras secaba sus labios no revelando nada de la desesperación que había mostrado minutos antes. Afuera, un camión pasó retumbando, sus faros iluminando brevemente el sudor que aún brillaba en sus sienes antes de que lo limpiara con el dorso de su mano.

Isabella enderezó su falda con un resoplido teatral, alisando la tela sobre sus muslos mientras lanzaba una mirada desdeñosa al interior del Audi.

• El único problema con este auto es que le falta espacio… - murmuró descontenta.

Parpadeé, mis dedos deteniéndose a mitad de camino mientras abotonaba mi camisa arrugada.

- ¿En serio, Izzie? ¡Es un auto nuevo y carísimo!

Sus labios carmesí se torcieron en una sonrisa burlona mientras se inclinaba sobre la consola central, lo suficientemente cerca como para que percibiera el olor a sexo que aún se aferraba a su piel.

• ¡Lo sé! - susurró, sus dedos deslizándose por mi antebrazo con lentitud deliberada. - Pero no tiene suficiente espacio para que me des por el culo como se debe, ¿Verdad?

(I know!... But it doesn’t have enough room for you to fuck my ass properly, does it?)

37: Auto para compañía

Su tono era clínico, como si criticara el sistema de suspensión o el rendimiento de combustible.

En realidad, estaba de acuerdo con ella. La luz interior parpadeó cuando Isabella cerró su compacto con un clic decisivo. Enderezó su falda con un tirón experto, luego se inclinó para ajustar mi cuello torcido, sus dedos quedándose un segundo de más en mi cuello. Su esmalte de uñas (ese mismo carmesí) estaba descascarado en los bordes.

• ¡Tienes lápiz labial en la mandíbula! – me indicó, pasando su pulgar por el lugar.

La yema de su dedo estaba cálida. Dejó un fantasma de fricción contra mi piel, como si me hubiera marcado sin pretenderlo. El interior del Audi aún olía a nosotros (sudor, sexo y el jazmín desvanecido de su perfume), pero el aire había cambiado. Algo más silencioso ahora. Pesado.

El motor zumbó de nuevo al girar la llave, el tablero del Audi iluminándose en un resplandor azul suave. El aire frío siseó desde las rejillas, despejando los últimos rastros de vaho del parabrisas. Afuera, el camino de servicio seguía desierto, aunque luces lejanas atravesaban ocasionalmente la oscuridad. Isabella ajustó el espejo retrovisor con un movimiento brusco de su muñeca, su reflejo mirando fijamente: labios recientemente repintados, cabello alisado, la única evidencia de lo que acabábamos de hacer siendo el leve rubor rosado que aún persistía en su garganta.

Isabella ajustó el espejo retrovisor, su reflejo nítido en el cristal. Las luces de sodio captaron los destellos dorados en sus ojos oscuros mientras me miró de reojo, los dedos golpeteando el volante.

• Entonces… - dijo, voz casual mientras revisaba el punto ciego. - tal vez deberíamos hacer esto al menos una vez al mes. ¿Qué opinas?

tetona

El motor del Audi funcionaba en ralentí suavemente, vibrando bajo nosotros como un animal dormido.

La risa se me escapó antes de poder sofocarla, baja y ronca por el esfuerzo.

- ¡Trato hecho! - respondí, asintiendo hacia el volante. - ¡Ahora llévame de vuelta antes de que alguien envíe un grupo de búsqueda!

(Nota de Marco: Y aquí, mi muy estimado lector, le voy a pedir un poco de paciencia, puesto que pienso crear 2 entregas en donde explico los cambios radicales que hubo en la junta que terminaron haciéndome la vida de cuadritos (Y que de hecho, todavía sigo bajo su “soberanía inglesa y militar”) por lo que me tomaré un par de días extra para redactar ambas entregas. De antemano, gracias por su paciencia y lealtad.)


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