Continuación de https://www.poringa.net/posts/relatos/6308394/Cecilia-1.htmlLa imagenes son ilustrativas…
Nico sintió una mezcla de humillación y excitación brutal mientras seguía mamándosela con más dedicación, moviendo la cabeza de arriba abajo y succionando con fuerza.
Cecilia era muy abierta de mente, y tenía muy pocos prejuicios, pero le costaba salir de su asombro al ver a su marido completamente perdido en la mamada que le estaba dando a una travesti.
Camila empezó a respirar más agitada. Su mano se cerró con más fuerza en el cabello de Nico y sus caderas comenzaron a empujar suavemente hacia adelante.
—Así, amor… me encanta cómo me la chupás —dijo extasiada de placer—. Parece que hubieras nacido para chupar pija… La chupás mejor que tu mujer.
A Cecilia no le gustó mucho escuchar eso, pero todavía estaba demasiado cansada y sensible como para protestar.

Nico siguió chupando con más intensidad, succionando la cabeza gruesa mientras movía la lengua con dedicación. Desde siempre, su placer había estado muy ligado a complacer a los demás, y las palabras de Camila, lejos de ofenderlo, lo excitaban todavía más. Sentía que su misión en ese momento era exprimir hasta la última gota de leche de la pija que tenía en la boca.
De repente, Camila soltó un gemido profundo y su verga palpitó con fuerza dentro de su boca. El primer chorro fue abundante y caliente, llenándole la boca casi al instante. Nico no supo bien qué hacer y tuvo que reprimir una arcada. Tragó como pudo, pero no alcanzó: el segundo y tercer chorro salieron con la misma fuerza, escapándose por las comisuras de sus labios y cayendo sobre su barbilla y pecho. El sabor era fuerte, ligeramente salado y con un toque dulce. Camila siguió corriéndose varios segundos más, vaciándose completamente en la boca de Nico mientras gemía de placer.
Cuando terminó, sacó lentamente su verga de entre sus labios, dejando un hilo espeso de semen colgando de la boca de Nico. Luego se apretó la base de la verga y la acercó para ofrecerle las últimas gotas que quedaban. Nico, con total sumisión, las limpió con la lengua sin protestar.
Camila se levantó y se dirigió al baño sin decir nada más.
En ese momento, a Nico le cayó la ficha de todo lo que había hecho. La realidad lo golpeó de golpe. Tenía la pija nuevamente dura, pero al mismo tiempo sentía una mezcla de vergüenza y excitación. Miró con cierto temor a Cecilia, que todavía estaba acostada en la cama, desnuda y con las mejillas sonrojadas.
—Ya está por hoy —le dijo Cecilia con voz suave pero firme—. Vení, dame un beso.
Nico se acercó y la besó. Cecilia pudo sentir claramente el sabor fuerte del semen de Camila aún en sus labios y en su lengua. El beso fue largo, profundo y un poco extraño. Ninguno de los dos dijo nada al respecto.
Luego se vistieron en silencio y partieron de regreso a su casa.
Nico iba al volante. Viajaron en silencio casi todo el trayecto, hasta que Cecilia rompió el hielo con voz baja:
—¿Te gustó?
—Más de lo que imaginaba —respondió Nico sin mirarla—. ¿Y a vos?
Cecilia tardó unos segundos en contestar.
—Fue… raro. No sé. O sea, sí me gustó, pero todavía tengo que procesarlo.
Cuando llegaron a casa, Cecilia soltó el bolso y dijo sin rodeos:
—Me tengo que bañar.
—Me excita sentir el perfume de ella todavía en tu cuerpo —dijo Nico, acercándose.
Cecilia se detuvo y lo miró fijamente.
—¿El perfume… o la verga de ella?
Nico se quedó callado un instante, visiblemente incómodo.
—No es eso… Para mí el sexo es todo uno. A vos también te gustó, ¿no?
Cecilia soltó un suspiro.
—Fue raro. No te ofendas, pero vos me lo pediste… Yo ni sabía que existían pijas de ese tamaño.
(La de Camila no era inmensa, pero sí era claramente más larga —al menos tres centímetros— y bastante más gruesa que la de Nico).
—Sí, incluso más grandes —admitió él—. Pero no es solo la pija… es la situación completa. Poder soltar las inhibiciones, verte así…
Se acercó más a ella, con la pijita ya dura, y se la apoyó contra el muslo.
—Vos me seguís excitando como siempre.
Cecilia lo miró un momento, entre cansada y contrariada. Entendió perfectamente lo que quería, pero no estaba de humor. Aun así, empezó a pajearlo despacio con la mano.
—Quedaste muy caliente, veo… —dijo con tono seco—. Pero a mí, perdoná mi francés, me quedó la concha destrozada. No estoy acostumbrada a que me abran así.
—Me encantó verte cómo te cogía —murmuró Nico, excitado.
—A mí me agarró de sorpresa verte cómo se la chupabas —respondió ella, sin poder ocultar cierta molestia.
—Quiero que volvamos —dijo Nico, casi sin respirar.
—¿Cuándo?
—La semana que viene.
Cecilia detuvo un segundo la mano y lo miró a los ojos.
—No sé… Hay que ver si me recupero. Hoy casi ni puedo caminar bien.
—Me encantó verte acabar con su verga adentro tuyo —insistió él, cada vez más cerca del orgasmo—. Tocame un poco más… que acabo.
Cecilia aceleró el ritmo de su mano, masturbándolo con movimientos más firmes y rápidos. Nico soltó un gemido bajo y cerró los ojos, apoyando la frente contra el hombro de ella.
—Así… más fuerte —pidió él con voz entrecortada.
Cecilia obedeció, pero su tono seguía cargado de cansancio y un toque de fastidio.
—¿De verdad te calentó tanto verme cogida por ella? —preguntó sin dejar de pajearlo—. Porque yo todavía siento que me palpita todo.
—Sí… —admitió Nico, respirando agitado—. Me volvió loco verte la cara cuando te la metía… cómo gemías. Nunca te había visto así.
Cecilia soltó una risa corta, casi sarcástica.
—Claro, porque nunca me habían follado con una pija así.
Nico se mordió el labio. La mezcla de humillación y excitación lo estaba llevando al límite.
—Me gustó… me gustó mucho verte así —confesó casi en un susurro—. Y también me gustó chupársela después.
Cecilia detuvo la mano un segundo y lo miró directamente a los ojos.
—¿Te gustó chupársela? ¿En serio?
Nico asintió, avergonzado pero demasiado excitado como para mentir.
—Mucho…
Cecilia reanudó el movimiento, ahora más rápido y apretado, casi como si quisiera terminar rápido con aquello.
—Qué loco estás… —murmuró—. Primero me pedís que me coja una travesti y después terminás chupándose como si fuera lo más normal del mundo.
Nico empezó a jadear más fuerte, las piernas le temblaban ligeramente.
—Estoy por acabar… no pares…
Cecilia siguió pajéandolo con decisión, sintiendo cómo la verga de su marido se ponía aún más dura entre sus dedos.
—Dale, acabá —le dijo Cecilia con voz baja y un tono algo provocador—. ¿No te animaste a pedirle a Camila que te pajeara ella?
Eso fue suficiente. Nico soltó un gemido ahogado y se corrió con fuerza sobre la mano de Cecilia y sobre su propio vientre. Varios chorros calientes salieron mientras su cuerpo se sacudía.
Cuando terminó, se quedó unos segundos recuperando el aliento, con la respiración pesada.
Cecilia se limpió la mano en una remera que había cerca y se dejó caer de espaldas en la cama, exhausta.
—Ya está… —dijo con tono definitivo—. Me voy a dormir. Estoy destruida.
Nico se acostó a su lado, todavía con el corazón latiendo fuerte. Luego se levantó y fue al baño. Al volver, Cecilia ya estaba roncando suavemente. La abrazó en cucharita y se durmió con la mente todavía dando vueltas.
Durante la semana la tensión sexual entre ellos fue desapareciendo poco a poco y volvieron a la normalidad. El miércoles se echaron un polvo tranquilo y sin complicaciones. El jueves, Cecilia se dejó chupar la concha largo y tendido mientras Nico se masturbaba arrodillado entre sus piernas.
Cuando sintió que ella estaba llegando al clímax, con la respiración agitada y las manos apretando las sábanas, Nico levantó la cabeza y preguntó casi sin aliento:
—¿Vamos el sábado de nuevo?
Cecilia tardó unos segundos en responder. Todavía tenía los ojos entrecerrados y el cuerpo temblando por el orgasmo que se acercaba. Abrió la boca, dudó, y finalmente suspiró.
—No sé, Nico… —dijo con voz cansada—. Me gustó, pero… todavía me genera muchas dudas. Fue muy intenso. Me sentí rara después. No sé si estoy lista para repetirlo tan pronto.
Nico no dijo nada, solo siguió lamiendo más suave, esperando.
Cecilia soltó un gemido cuando la lengua de él volvió a tocar su clítoris.
—…Es que no sé qué me pasa cuando estoy ahí —continuó ella—. Me excita, pero después me quedo pensando. ¿Y si nos estamos metiendo en algo que no controlamos? ¿Y si cambia todo entre nosotros?
Hizo una pausa larga, respirando entrecortado.
—Además… Camila es muy dominante. Me gustó, pero me da un poco de miedo lo rápido que me dejé llevar.
Nico levantó la vista hacia ella, con los labios brillantes por su humedad.
—Solo si vos querés —dijo en voz baja—. No te voy a presionar.
Cecilia cerró los ojos un momento, disfrutando de las caricias de su lengua. Cuando estaba a punto de correrse de nuevo, murmuró casi sin pensar:
—…Está bien. Vamos el sábado. Pero esta vez quiero ir más despacio… y si en algún momento me siento incómoda, paramos. ¿Entendido?
Nico asintió rápidamente, con los ojos brillantes de excitación.
—Entendido.
Cecilia soltó un gemido más fuerte y se corrió en su boca, apretando la cabeza de Nico contra su concha peluda mientras temblaba.
El sábado por la noche volvieron al departamento de Camila. Apenas abrió la puerta, Camila les sonrió con esa mezcla de picardía y confianza que ya conocían.
—Buenooo, volvió mi parejita preferida… Veo que la pasaron bien la semana pasada.
Cecilia entró primero, más decidida que la vez anterior. Cerró la puerta detrás de Nico y, sin preámbulos, miró a Camila directamente a los ojos.
—Esta vez la que mira soy yo —dijo con voz firme—. Besense.
Nico y Camila se acercaron. Al principio fue un beso tímido, pero pronto se volvió más intenso. Sus lenguas se enredaron mientras Cecilia los observaba sentada en el sillón, con las piernas cruzadas.
—Ahora chupásela —ordenó Cecilia, mirando a su marido.
Nico se arrodilló sin protestar. Bajó la minifalda de Camila y sacó su verga, que ya estaba semierecta. Era notablemente más gruesa y larga que la suya. Empezó a chuparla con dedicación, moviendo la cabeza de arriba abajo mientras Camila gemía suavemente y le acariciaba el pelo.
Cecilia los miraba con atención, sintiendo cómo se le humedecía la concha. Al cabo de un rato, dijo con voz decidida:
—Ahora vos, Camila. Chupásela a Nico.
Camila sonrió, se arrodilló frente a Nico y tomó su pene entre los labios. Lo chupó con habilidad, aunque era evidente la diferencia de tamaño: la verga de Nico entraba completa en su boca sin esfuerzo. Nico gemía, pero su mirada iba constantemente hacia Cecilia, buscando su aprobación.
Después de unos minutos, Cecilia se levantó y se acercó a la cama.
—Camila, ponete en cuatro —ordenó.
Camila obedeció, apoyando las rodillas y las manos en la cama, levantando el culo redondo y firme. Cecilia se sentó al lado, muy cerca, y miró a su marido.
—Ahora vos, Nico. Penetrála.
Nico se posicionó detrás de Camila, se puso un forro que le pasó su mujer y, con algo de nervios, empujó su pene dentro de ella. Empezó a culiarla con movimientos torpes pero entusiastas. Cecilia observaba todo muy de cerca. En el fondo quería ver a su esposo actuando como un macho, dominando, cogiendo con fuerza. Quería sentirse orgullosa de él.
Pero su propia concha ya estaba empapada y palpitando de calor. Mirar no le alcanzaba. Quería más.
Mientras Nico embestía a Camila desde atrás, Cecilia se acercó aún más. Pasó la mano por la verga dura de Camila, que colgaba pesada y erecta debajo de su cuerpo. La acarició lentamente, sintiendo su grosor y calor. Buscó otro forro, y se lo colocó a la travesti.
Sin decir nada, se acostó de espaldas debajo de Camila, abrió las piernas y guió la gruesa verga de la travesti hacía su entrada peluda y mojada.
—Metémela —le susurró a Camila, con la voz cargada de deseo.
Camila sonrió y empujó lentamente. Cecilia soltó un gemido largo cuando sintió cómo esa verga más gruesa la abría y la llenaba por completo, mientras, Nico seguía bombeando a Camila desde atrás. Los tres cuerpos se movían en cadena: cada embestida de Nico hacía que la verga de Camila entrara más profundo en Cecilia.
Cecilia cerró los ojos y se dejó llevar, gimiendo sin control.
Nico estaba super caliente, pero el culo de Camila ya tenía bastante uso y no le apretaba la pijita lo suficiente. Eso, paradójicamente, le permitió durar más de lo que esperaba. Embistió durante un par de minutos con ritmo constante, mirando cómo su mujer recibía la gruesa verga de Camila al mismo tiempo.
Finalmente, con un gemido ahogado, Nico se corrió dentro del forro. Sus piernas temblaron un instante mientras vaciaba sus huevos. Cuando sacó la pija, el preservativo quedó colgando del culo de Camila, medio salido y lleno de semen.
Camila ni siquiera se detuvo. Siguió cogiendo a Cecilia con embestidas profundas y firmes, su verga gruesa entrando y saliendo de esa concha pelirroja y empapada.
Cecilia gemía cada vez más fuerte, con la cara hundida en la almohada y el culo levantado. Sentía perfectamente cómo la verga de Camila la llenaba mucho más de lo que jamás lo había hecho Nico.
—Ahh… sí… seguí… —suplicó entre jadeos.
Camila aceleró el ritmo, agarrándola fuerte de las caderas. Sus gemidos se volvieron más roncos y urgentes. Unos minutos después, soltó un gruñido profundo y se enterró hasta el fondo.
—Sentí, sentí, que te voy a dar toda mi leche… —avisó con voz entrecortada.
Cecilia sintió claramente cómo la verga de Camila palpitaba violentamente dentro de ella y cómo los chorros calientes de semen llenaban el forro. Camila siguió empujando varias veces más, vaciándose por completo mientras apretaba los dientes y temblaba.
Cuando terminó, se quedó unos segundos quieta, todavía enterrada en Cecilia, recuperando el aliento. Lentamente sacó su verga, dejando el preservativo bien lleno y colgando de su miembro.
Cecilia quedó tendida boca abajo, respirando agitada, con la concha palpitando y las piernas todavía abiertas. Tenía la cara roja y una expresión entre satisfecha y abrumada.
Camila salió lentamente de Cecilia y se tiró a su lado en la cama, toda transpirada y respirando agitada. Su verga todavía semi-dura seguía cubierta por el forro lleno de semen, y aún tenía el preservativo de Nico metido en el ano, colgando flojo.
—Vení a sacarme el forro que me dejaste —dijo Camila, sin ser cruel, pero con un tono claro de exigencia y autoridad.
Nico obedeció al instante. Se acercó y, con cuidado, sacó el preservativo del culo de Camila. Luego, sin que nadie se lo pidiera, también le quitó el forro que había usado para cogerse a Cecilia. Los dos preservativos quedaron en su mano: uno claramente más lleno y pesado que el otro.
Se dirigió al baño para tirarlos, pero antes de llegar se detuvo. No pudo evitar comparar la diferencia en la cantidad de semen. El de Camila era notablemente más abundante y espeso. Sintió una punzada de humillación y excitación al mismo tiempo.
En vez de tirarlos a la basura, los dejó escondidos dentro de su ropa, guardándolos como un trofeo secreto.
Cuando volvió a la habitación, Camila y Cecilia seguían acostadas en la cama, todavía recuperándose. Cecilia lo miró con una mezcla de cansancio y curiosidad, mientras Camila sonreía satisfecha, con las piernas ligeramente abiertas.
—Si quieren pueden quedarse un rato más… Después de ustedes tengo la noche libre —dijo Camila, todavía recostada en la cama, transpirada y relajada—. ¿Quieren tomar algo?
Nico miró a Cecilia, buscando su opinión.
—Como quieras… —respondió él.
—Bueno —aceptó Cecilia con una sonrisa tímida.
Camila señaló la puerta con la cabeza.
—Andá a la esquina, Nico, que venden cerveza. Traé un par de latas. La llave está colgada al lado de la puerta.
Nico obedeció, tomó la llave y salió. Cuando volvió unos minutos después con las cervezas frías, la escena que encontró lo dejó clavado en el lugar.
Cecilia y Camila seguían en la cama. Cecilia estaba recostada sobre el cuerpo de Camila, besándole las tetas con lentitud mientras le acariciaba suavemente la pija, que todavía estaba blanda y pesada después del orgasmo.
Nico guardó las cervezas en silencio en la heladera y se quedó de pie, mirando. Ambas parecían estar en una especie de trance íntimo y tranquilo.
Cecilia bajó lentamente por el torso de Camila hasta llegar a su verga. Empezó a jugar con ella del mismo modo en que jugaba con la de Nico cuando eran adolescentes: le corría el prepucio con los dedos, la olía con curiosidad, y luego pasó la lengua por la cabeza todavía pegajosa, sintiendo el gusto residual a semen.
Cuando se dio cuenta de que Nico estaba mirándolas, lo llamó con voz suave:
—Vení… acercate.
Nico se acercó a la cama. Cecilia tomó la verga semi-blanda de Camila con una mano y la acercó hacia la boca de su marido. Sin decir nada, los dos empezaron a chuparla juntos.
Sus lenguas se encontraban alrededor del tronco grueso, lamiendo y succionando con calma. Cecilia lamía un lado mientras Nico lamía el otro. A veces sus labios se rozaban en un beso húmedo sobre la cabeza de la verga. Camila soltó un suspiro de placer y les acarició la cabeza a los dos, disfrutando del doble trabajo.
Poco a poco, la verga de Camila empezó a endurecerse nuevamente entre sus bocas.
Cecilia se levantó de la cama con decisión y buscó una silla en la habitación. La colocó cerca de la cama y miró a Nico.
—Sentate —le ordenó con voz suave pero firme.
Nico obedeció y se sentó en la silla, con la pijita todavía dura y apuntando hacia arriba. Cecilia se acercó, se subió a horcajadas sobre él y, sin ponerse ningún forro, guio su pene hacia su concha peluda y mojada. Se dejó caer lentamente, pero apenas sintió la penetración. Su concha estaba demasiado abierta y sensible después de haber sido follada por Camila.
Con un suspiro de frustración, se levantó un poco, tomó la verga de Nico y la acomodó contra su ano. Apoyó las manos en los hombros de su marido y empezó a bajar muy despacio.
Nico soltó un gemido cuando sintió cómo su ano apretado lo envolvía centímetro a centímetro. Cecilia se mordió el labio y continuó descendiendo hasta que su culo tragó por completo la pijita de su marido. Una vez adentro, empezó a moverse con lentitud, subiendo y bajando con movimientos controlados.
Camila, que no había perdido el tiempo, se acercó con la verga ya dura y gruesa. Se paró frente a Cecilia y le puso la cabeza hinchada contra los labios.
Sin dudarlo, Cecilia abrió la boca y la recibió. Camila empujó suavemente, metiéndole varios centímetros mientras Cecilia gemía alrededor de la verga. Ahora estaba completamente llena: la pijita de Nico en el culo y la gruesa verga de Camila en la boca.
Camila le tomó la cabeza con ambas manos y empezó a follársela con movimientos suaves pero profundos, mientras Cecilia cabalgaba el ano sobre su marido con ritmo creciente. Los gemidos de ella quedaban amortiguados por la verga que tenía en la boca, y la habitación se llenaba del sonido húmedo de la carne y los jadeos de los tres.
Nico, sentado debajo de ella, sentía cada movimiento: cómo el ano de Cecilia se apretaba alrededor de su pene cada vez que Camila empujaba más profundo en su garganta.
Cecilia cabalgaba lentamente sobre la pijita de Nico, sintiendo cómo le llenaba el ano, mientras chupaba con dedicación la gruesa verga de Camila. De pronto, sin sacar la boca, miró a su marido y murmuró con voz ronca:
—Vení… ayudame…
Nico no necesitó que se lo repitiera. Se inclinó hacia adelante y unió su boca a la de Cecilia. Los dos empezaron a chupar juntos la verga de Camila: sus lenguas se rozaban, se lamían mutuamente y recorrían el tronco grueso y venoso. A veces uno succionaba la cabeza mientras el otro lamía los huevos pesados.
Camila gemía de placer, con una mano en la cabeza de cada uno.
—Que lindo que la chupan mis putitas… —susurró excitada—. Miren cómo se la comen juntos…
Mientras tanto, Cecilia seguía moviéndose arriba y abajo, follándose el ano con la pijita de Nico. El ritmo se volvió más rápido y desesperado. Los tres jadeaban y gemían al unísono.
Fue Camila la primera en largar la leche. Soltó un gruñido profundo y empujó su verga hasta el fondo de la boca de Cecilia. Chorros calientes y abundantes de semen llenaron su garganta. Cecilia tragó lo que pudo, pero parte se escapó por las comisuras de sus labios y cayó sobre la verga que Nico también lamía.
Casi al mismo tiempo, Nico sintió que no podía aguantar más. Con un gemido ahogado, se corrió dentro del ano de su mujer, llenándola con varios chorros. Cecilia, sintiendo cómo su marido se vaciaba en su culo y con el sabor fuerte del semen de Camila en la boca, tuvo un orgasmo intenso y tembloroso, apretando con fuerza el ano alrededor de la pijita de Nico.
Los tres quedaron unos segundos quietos, respirando agitadamente, unidos en un nudo de cuerpos sudorosos.
Cuando todo terminó, Cecilia se levantó lentamente. Al sacar la pijita de Nico de su ano, él pudo ver claramente un pequeño resto marrón en la cabeza de su pene y alrededor del prepucio. Un leve olor a mierda llegó a su nariz. Sintió una fuerte punzada de humillación y asco mezclado con una excitación enfermiza.
Cecilia, todavía jadeando, miró hacia abajo y se dio cuenta. Sonrió con cierta vergüenza y murmuró:
—Perdón… estaba muy caliente…
Nico no dijo nada. Solo se quedó mirando su propia verga sucia, con el corazón latiéndole fuerte.
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Nico sintió una mezcla de humillación y excitación brutal mientras seguía mamándosela con más dedicación, moviendo la cabeza de arriba abajo y succionando con fuerza.
Cecilia era muy abierta de mente, y tenía muy pocos prejuicios, pero le costaba salir de su asombro al ver a su marido completamente perdido en la mamada que le estaba dando a una travesti.
Camila empezó a respirar más agitada. Su mano se cerró con más fuerza en el cabello de Nico y sus caderas comenzaron a empujar suavemente hacia adelante.
—Así, amor… me encanta cómo me la chupás —dijo extasiada de placer—. Parece que hubieras nacido para chupar pija… La chupás mejor que tu mujer.
A Cecilia no le gustó mucho escuchar eso, pero todavía estaba demasiado cansada y sensible como para protestar.

Nico siguió chupando con más intensidad, succionando la cabeza gruesa mientras movía la lengua con dedicación. Desde siempre, su placer había estado muy ligado a complacer a los demás, y las palabras de Camila, lejos de ofenderlo, lo excitaban todavía más. Sentía que su misión en ese momento era exprimir hasta la última gota de leche de la pija que tenía en la boca.
De repente, Camila soltó un gemido profundo y su verga palpitó con fuerza dentro de su boca. El primer chorro fue abundante y caliente, llenándole la boca casi al instante. Nico no supo bien qué hacer y tuvo que reprimir una arcada. Tragó como pudo, pero no alcanzó: el segundo y tercer chorro salieron con la misma fuerza, escapándose por las comisuras de sus labios y cayendo sobre su barbilla y pecho. El sabor era fuerte, ligeramente salado y con un toque dulce. Camila siguió corriéndose varios segundos más, vaciándose completamente en la boca de Nico mientras gemía de placer.
Cuando terminó, sacó lentamente su verga de entre sus labios, dejando un hilo espeso de semen colgando de la boca de Nico. Luego se apretó la base de la verga y la acercó para ofrecerle las últimas gotas que quedaban. Nico, con total sumisión, las limpió con la lengua sin protestar.
Camila se levantó y se dirigió al baño sin decir nada más.
En ese momento, a Nico le cayó la ficha de todo lo que había hecho. La realidad lo golpeó de golpe. Tenía la pija nuevamente dura, pero al mismo tiempo sentía una mezcla de vergüenza y excitación. Miró con cierto temor a Cecilia, que todavía estaba acostada en la cama, desnuda y con las mejillas sonrojadas.
—Ya está por hoy —le dijo Cecilia con voz suave pero firme—. Vení, dame un beso.
Nico se acercó y la besó. Cecilia pudo sentir claramente el sabor fuerte del semen de Camila aún en sus labios y en su lengua. El beso fue largo, profundo y un poco extraño. Ninguno de los dos dijo nada al respecto.
Luego se vistieron en silencio y partieron de regreso a su casa.
Nico iba al volante. Viajaron en silencio casi todo el trayecto, hasta que Cecilia rompió el hielo con voz baja:
—¿Te gustó?
—Más de lo que imaginaba —respondió Nico sin mirarla—. ¿Y a vos?
Cecilia tardó unos segundos en contestar.
—Fue… raro. No sé. O sea, sí me gustó, pero todavía tengo que procesarlo.
Cuando llegaron a casa, Cecilia soltó el bolso y dijo sin rodeos:
—Me tengo que bañar.
—Me excita sentir el perfume de ella todavía en tu cuerpo —dijo Nico, acercándose.
Cecilia se detuvo y lo miró fijamente.
—¿El perfume… o la verga de ella?
Nico se quedó callado un instante, visiblemente incómodo.
—No es eso… Para mí el sexo es todo uno. A vos también te gustó, ¿no?
Cecilia soltó un suspiro.
—Fue raro. No te ofendas, pero vos me lo pediste… Yo ni sabía que existían pijas de ese tamaño.
(La de Camila no era inmensa, pero sí era claramente más larga —al menos tres centímetros— y bastante más gruesa que la de Nico).
—Sí, incluso más grandes —admitió él—. Pero no es solo la pija… es la situación completa. Poder soltar las inhibiciones, verte así…
Se acercó más a ella, con la pijita ya dura, y se la apoyó contra el muslo.
—Vos me seguís excitando como siempre.
Cecilia lo miró un momento, entre cansada y contrariada. Entendió perfectamente lo que quería, pero no estaba de humor. Aun así, empezó a pajearlo despacio con la mano.
—Quedaste muy caliente, veo… —dijo con tono seco—. Pero a mí, perdoná mi francés, me quedó la concha destrozada. No estoy acostumbrada a que me abran así.
—Me encantó verte cómo te cogía —murmuró Nico, excitado.
—A mí me agarró de sorpresa verte cómo se la chupabas —respondió ella, sin poder ocultar cierta molestia.
—Quiero que volvamos —dijo Nico, casi sin respirar.
—¿Cuándo?
—La semana que viene.
Cecilia detuvo un segundo la mano y lo miró a los ojos.
—No sé… Hay que ver si me recupero. Hoy casi ni puedo caminar bien.
—Me encantó verte acabar con su verga adentro tuyo —insistió él, cada vez más cerca del orgasmo—. Tocame un poco más… que acabo.
Cecilia aceleró el ritmo de su mano, masturbándolo con movimientos más firmes y rápidos. Nico soltó un gemido bajo y cerró los ojos, apoyando la frente contra el hombro de ella.
—Así… más fuerte —pidió él con voz entrecortada.
Cecilia obedeció, pero su tono seguía cargado de cansancio y un toque de fastidio.
—¿De verdad te calentó tanto verme cogida por ella? —preguntó sin dejar de pajearlo—. Porque yo todavía siento que me palpita todo.
—Sí… —admitió Nico, respirando agitado—. Me volvió loco verte la cara cuando te la metía… cómo gemías. Nunca te había visto así.
Cecilia soltó una risa corta, casi sarcástica.
—Claro, porque nunca me habían follado con una pija así.
Nico se mordió el labio. La mezcla de humillación y excitación lo estaba llevando al límite.
—Me gustó… me gustó mucho verte así —confesó casi en un susurro—. Y también me gustó chupársela después.
Cecilia detuvo la mano un segundo y lo miró directamente a los ojos.
—¿Te gustó chupársela? ¿En serio?
Nico asintió, avergonzado pero demasiado excitado como para mentir.
—Mucho…
Cecilia reanudó el movimiento, ahora más rápido y apretado, casi como si quisiera terminar rápido con aquello.
—Qué loco estás… —murmuró—. Primero me pedís que me coja una travesti y después terminás chupándose como si fuera lo más normal del mundo.
Nico empezó a jadear más fuerte, las piernas le temblaban ligeramente.
—Estoy por acabar… no pares…
Cecilia siguió pajéandolo con decisión, sintiendo cómo la verga de su marido se ponía aún más dura entre sus dedos.
—Dale, acabá —le dijo Cecilia con voz baja y un tono algo provocador—. ¿No te animaste a pedirle a Camila que te pajeara ella?
Eso fue suficiente. Nico soltó un gemido ahogado y se corrió con fuerza sobre la mano de Cecilia y sobre su propio vientre. Varios chorros calientes salieron mientras su cuerpo se sacudía.
Cuando terminó, se quedó unos segundos recuperando el aliento, con la respiración pesada.
Cecilia se limpió la mano en una remera que había cerca y se dejó caer de espaldas en la cama, exhausta.
—Ya está… —dijo con tono definitivo—. Me voy a dormir. Estoy destruida.
Nico se acostó a su lado, todavía con el corazón latiendo fuerte. Luego se levantó y fue al baño. Al volver, Cecilia ya estaba roncando suavemente. La abrazó en cucharita y se durmió con la mente todavía dando vueltas.
Durante la semana la tensión sexual entre ellos fue desapareciendo poco a poco y volvieron a la normalidad. El miércoles se echaron un polvo tranquilo y sin complicaciones. El jueves, Cecilia se dejó chupar la concha largo y tendido mientras Nico se masturbaba arrodillado entre sus piernas.
Cuando sintió que ella estaba llegando al clímax, con la respiración agitada y las manos apretando las sábanas, Nico levantó la cabeza y preguntó casi sin aliento:
—¿Vamos el sábado de nuevo?
Cecilia tardó unos segundos en responder. Todavía tenía los ojos entrecerrados y el cuerpo temblando por el orgasmo que se acercaba. Abrió la boca, dudó, y finalmente suspiró.
—No sé, Nico… —dijo con voz cansada—. Me gustó, pero… todavía me genera muchas dudas. Fue muy intenso. Me sentí rara después. No sé si estoy lista para repetirlo tan pronto.
Nico no dijo nada, solo siguió lamiendo más suave, esperando.
Cecilia soltó un gemido cuando la lengua de él volvió a tocar su clítoris.
—…Es que no sé qué me pasa cuando estoy ahí —continuó ella—. Me excita, pero después me quedo pensando. ¿Y si nos estamos metiendo en algo que no controlamos? ¿Y si cambia todo entre nosotros?
Hizo una pausa larga, respirando entrecortado.
—Además… Camila es muy dominante. Me gustó, pero me da un poco de miedo lo rápido que me dejé llevar.
Nico levantó la vista hacia ella, con los labios brillantes por su humedad.
—Solo si vos querés —dijo en voz baja—. No te voy a presionar.
Cecilia cerró los ojos un momento, disfrutando de las caricias de su lengua. Cuando estaba a punto de correrse de nuevo, murmuró casi sin pensar:
—…Está bien. Vamos el sábado. Pero esta vez quiero ir más despacio… y si en algún momento me siento incómoda, paramos. ¿Entendido?
Nico asintió rápidamente, con los ojos brillantes de excitación.
—Entendido.
Cecilia soltó un gemido más fuerte y se corrió en su boca, apretando la cabeza de Nico contra su concha peluda mientras temblaba.
El sábado por la noche volvieron al departamento de Camila. Apenas abrió la puerta, Camila les sonrió con esa mezcla de picardía y confianza que ya conocían.
—Buenooo, volvió mi parejita preferida… Veo que la pasaron bien la semana pasada.
Cecilia entró primero, más decidida que la vez anterior. Cerró la puerta detrás de Nico y, sin preámbulos, miró a Camila directamente a los ojos.
—Esta vez la que mira soy yo —dijo con voz firme—. Besense.
Nico y Camila se acercaron. Al principio fue un beso tímido, pero pronto se volvió más intenso. Sus lenguas se enredaron mientras Cecilia los observaba sentada en el sillón, con las piernas cruzadas.
—Ahora chupásela —ordenó Cecilia, mirando a su marido.
Nico se arrodilló sin protestar. Bajó la minifalda de Camila y sacó su verga, que ya estaba semierecta. Era notablemente más gruesa y larga que la suya. Empezó a chuparla con dedicación, moviendo la cabeza de arriba abajo mientras Camila gemía suavemente y le acariciaba el pelo.
Cecilia los miraba con atención, sintiendo cómo se le humedecía la concha. Al cabo de un rato, dijo con voz decidida:
—Ahora vos, Camila. Chupásela a Nico.
Camila sonrió, se arrodilló frente a Nico y tomó su pene entre los labios. Lo chupó con habilidad, aunque era evidente la diferencia de tamaño: la verga de Nico entraba completa en su boca sin esfuerzo. Nico gemía, pero su mirada iba constantemente hacia Cecilia, buscando su aprobación.
Después de unos minutos, Cecilia se levantó y se acercó a la cama.
—Camila, ponete en cuatro —ordenó.
Camila obedeció, apoyando las rodillas y las manos en la cama, levantando el culo redondo y firme. Cecilia se sentó al lado, muy cerca, y miró a su marido.
—Ahora vos, Nico. Penetrála.
Nico se posicionó detrás de Camila, se puso un forro que le pasó su mujer y, con algo de nervios, empujó su pene dentro de ella. Empezó a culiarla con movimientos torpes pero entusiastas. Cecilia observaba todo muy de cerca. En el fondo quería ver a su esposo actuando como un macho, dominando, cogiendo con fuerza. Quería sentirse orgullosa de él.
Pero su propia concha ya estaba empapada y palpitando de calor. Mirar no le alcanzaba. Quería más.
Mientras Nico embestía a Camila desde atrás, Cecilia se acercó aún más. Pasó la mano por la verga dura de Camila, que colgaba pesada y erecta debajo de su cuerpo. La acarició lentamente, sintiendo su grosor y calor. Buscó otro forro, y se lo colocó a la travesti.
Sin decir nada, se acostó de espaldas debajo de Camila, abrió las piernas y guió la gruesa verga de la travesti hacía su entrada peluda y mojada.
—Metémela —le susurró a Camila, con la voz cargada de deseo.
Camila sonrió y empujó lentamente. Cecilia soltó un gemido largo cuando sintió cómo esa verga más gruesa la abría y la llenaba por completo, mientras, Nico seguía bombeando a Camila desde atrás. Los tres cuerpos se movían en cadena: cada embestida de Nico hacía que la verga de Camila entrara más profundo en Cecilia.
Cecilia cerró los ojos y se dejó llevar, gimiendo sin control.
Nico estaba super caliente, pero el culo de Camila ya tenía bastante uso y no le apretaba la pijita lo suficiente. Eso, paradójicamente, le permitió durar más de lo que esperaba. Embistió durante un par de minutos con ritmo constante, mirando cómo su mujer recibía la gruesa verga de Camila al mismo tiempo.
Finalmente, con un gemido ahogado, Nico se corrió dentro del forro. Sus piernas temblaron un instante mientras vaciaba sus huevos. Cuando sacó la pija, el preservativo quedó colgando del culo de Camila, medio salido y lleno de semen.
Camila ni siquiera se detuvo. Siguió cogiendo a Cecilia con embestidas profundas y firmes, su verga gruesa entrando y saliendo de esa concha pelirroja y empapada.
Cecilia gemía cada vez más fuerte, con la cara hundida en la almohada y el culo levantado. Sentía perfectamente cómo la verga de Camila la llenaba mucho más de lo que jamás lo había hecho Nico.
—Ahh… sí… seguí… —suplicó entre jadeos.
Camila aceleró el ritmo, agarrándola fuerte de las caderas. Sus gemidos se volvieron más roncos y urgentes. Unos minutos después, soltó un gruñido profundo y se enterró hasta el fondo.
—Sentí, sentí, que te voy a dar toda mi leche… —avisó con voz entrecortada.
Cecilia sintió claramente cómo la verga de Camila palpitaba violentamente dentro de ella y cómo los chorros calientes de semen llenaban el forro. Camila siguió empujando varias veces más, vaciándose por completo mientras apretaba los dientes y temblaba.
Cuando terminó, se quedó unos segundos quieta, todavía enterrada en Cecilia, recuperando el aliento. Lentamente sacó su verga, dejando el preservativo bien lleno y colgando de su miembro.
Cecilia quedó tendida boca abajo, respirando agitada, con la concha palpitando y las piernas todavía abiertas. Tenía la cara roja y una expresión entre satisfecha y abrumada.
Camila salió lentamente de Cecilia y se tiró a su lado en la cama, toda transpirada y respirando agitada. Su verga todavía semi-dura seguía cubierta por el forro lleno de semen, y aún tenía el preservativo de Nico metido en el ano, colgando flojo.
—Vení a sacarme el forro que me dejaste —dijo Camila, sin ser cruel, pero con un tono claro de exigencia y autoridad.
Nico obedeció al instante. Se acercó y, con cuidado, sacó el preservativo del culo de Camila. Luego, sin que nadie se lo pidiera, también le quitó el forro que había usado para cogerse a Cecilia. Los dos preservativos quedaron en su mano: uno claramente más lleno y pesado que el otro.
Se dirigió al baño para tirarlos, pero antes de llegar se detuvo. No pudo evitar comparar la diferencia en la cantidad de semen. El de Camila era notablemente más abundante y espeso. Sintió una punzada de humillación y excitación al mismo tiempo.
En vez de tirarlos a la basura, los dejó escondidos dentro de su ropa, guardándolos como un trofeo secreto.
Cuando volvió a la habitación, Camila y Cecilia seguían acostadas en la cama, todavía recuperándose. Cecilia lo miró con una mezcla de cansancio y curiosidad, mientras Camila sonreía satisfecha, con las piernas ligeramente abiertas.
—Si quieren pueden quedarse un rato más… Después de ustedes tengo la noche libre —dijo Camila, todavía recostada en la cama, transpirada y relajada—. ¿Quieren tomar algo?
Nico miró a Cecilia, buscando su opinión.
—Como quieras… —respondió él.
—Bueno —aceptó Cecilia con una sonrisa tímida.
Camila señaló la puerta con la cabeza.
—Andá a la esquina, Nico, que venden cerveza. Traé un par de latas. La llave está colgada al lado de la puerta.
Nico obedeció, tomó la llave y salió. Cuando volvió unos minutos después con las cervezas frías, la escena que encontró lo dejó clavado en el lugar.
Cecilia y Camila seguían en la cama. Cecilia estaba recostada sobre el cuerpo de Camila, besándole las tetas con lentitud mientras le acariciaba suavemente la pija, que todavía estaba blanda y pesada después del orgasmo.
Nico guardó las cervezas en silencio en la heladera y se quedó de pie, mirando. Ambas parecían estar en una especie de trance íntimo y tranquilo.
Cecilia bajó lentamente por el torso de Camila hasta llegar a su verga. Empezó a jugar con ella del mismo modo en que jugaba con la de Nico cuando eran adolescentes: le corría el prepucio con los dedos, la olía con curiosidad, y luego pasó la lengua por la cabeza todavía pegajosa, sintiendo el gusto residual a semen.
Cuando se dio cuenta de que Nico estaba mirándolas, lo llamó con voz suave:
—Vení… acercate.
Nico se acercó a la cama. Cecilia tomó la verga semi-blanda de Camila con una mano y la acercó hacia la boca de su marido. Sin decir nada, los dos empezaron a chuparla juntos.
Sus lenguas se encontraban alrededor del tronco grueso, lamiendo y succionando con calma. Cecilia lamía un lado mientras Nico lamía el otro. A veces sus labios se rozaban en un beso húmedo sobre la cabeza de la verga. Camila soltó un suspiro de placer y les acarició la cabeza a los dos, disfrutando del doble trabajo.
Poco a poco, la verga de Camila empezó a endurecerse nuevamente entre sus bocas.
Cecilia se levantó de la cama con decisión y buscó una silla en la habitación. La colocó cerca de la cama y miró a Nico.
—Sentate —le ordenó con voz suave pero firme.
Nico obedeció y se sentó en la silla, con la pijita todavía dura y apuntando hacia arriba. Cecilia se acercó, se subió a horcajadas sobre él y, sin ponerse ningún forro, guio su pene hacia su concha peluda y mojada. Se dejó caer lentamente, pero apenas sintió la penetración. Su concha estaba demasiado abierta y sensible después de haber sido follada por Camila.
Con un suspiro de frustración, se levantó un poco, tomó la verga de Nico y la acomodó contra su ano. Apoyó las manos en los hombros de su marido y empezó a bajar muy despacio.
Nico soltó un gemido cuando sintió cómo su ano apretado lo envolvía centímetro a centímetro. Cecilia se mordió el labio y continuó descendiendo hasta que su culo tragó por completo la pijita de su marido. Una vez adentro, empezó a moverse con lentitud, subiendo y bajando con movimientos controlados.
Camila, que no había perdido el tiempo, se acercó con la verga ya dura y gruesa. Se paró frente a Cecilia y le puso la cabeza hinchada contra los labios.
Sin dudarlo, Cecilia abrió la boca y la recibió. Camila empujó suavemente, metiéndole varios centímetros mientras Cecilia gemía alrededor de la verga. Ahora estaba completamente llena: la pijita de Nico en el culo y la gruesa verga de Camila en la boca.
Camila le tomó la cabeza con ambas manos y empezó a follársela con movimientos suaves pero profundos, mientras Cecilia cabalgaba el ano sobre su marido con ritmo creciente. Los gemidos de ella quedaban amortiguados por la verga que tenía en la boca, y la habitación se llenaba del sonido húmedo de la carne y los jadeos de los tres.
Nico, sentado debajo de ella, sentía cada movimiento: cómo el ano de Cecilia se apretaba alrededor de su pene cada vez que Camila empujaba más profundo en su garganta.
Cecilia cabalgaba lentamente sobre la pijita de Nico, sintiendo cómo le llenaba el ano, mientras chupaba con dedicación la gruesa verga de Camila. De pronto, sin sacar la boca, miró a su marido y murmuró con voz ronca:
—Vení… ayudame…
Nico no necesitó que se lo repitiera. Se inclinó hacia adelante y unió su boca a la de Cecilia. Los dos empezaron a chupar juntos la verga de Camila: sus lenguas se rozaban, se lamían mutuamente y recorrían el tronco grueso y venoso. A veces uno succionaba la cabeza mientras el otro lamía los huevos pesados.
Camila gemía de placer, con una mano en la cabeza de cada uno.
—Que lindo que la chupan mis putitas… —susurró excitada—. Miren cómo se la comen juntos…
Mientras tanto, Cecilia seguía moviéndose arriba y abajo, follándose el ano con la pijita de Nico. El ritmo se volvió más rápido y desesperado. Los tres jadeaban y gemían al unísono.
Fue Camila la primera en largar la leche. Soltó un gruñido profundo y empujó su verga hasta el fondo de la boca de Cecilia. Chorros calientes y abundantes de semen llenaron su garganta. Cecilia tragó lo que pudo, pero parte se escapó por las comisuras de sus labios y cayó sobre la verga que Nico también lamía.
Casi al mismo tiempo, Nico sintió que no podía aguantar más. Con un gemido ahogado, se corrió dentro del ano de su mujer, llenándola con varios chorros. Cecilia, sintiendo cómo su marido se vaciaba en su culo y con el sabor fuerte del semen de Camila en la boca, tuvo un orgasmo intenso y tembloroso, apretando con fuerza el ano alrededor de la pijita de Nico.
Los tres quedaron unos segundos quietos, respirando agitadamente, unidos en un nudo de cuerpos sudorosos.
Cuando todo terminó, Cecilia se levantó lentamente. Al sacar la pijita de Nico de su ano, él pudo ver claramente un pequeño resto marrón en la cabeza de su pene y alrededor del prepucio. Un leve olor a mierda llegó a su nariz. Sintió una fuerte punzada de humillación y asco mezclado con una excitación enfermiza.
Cecilia, todavía jadeando, miró hacia abajo y se dio cuenta. Sonrió con cierta vergüenza y murmuró:
—Perdón… estaba muy caliente…
Nico no dijo nada. Solo se quedó mirando su propia verga sucia, con el corazón latiéndole fuerte.
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