Capítulo 8: Las llaves del paraíso.
Esa noche de sábado el departamento se sentía como un refugio antes de la tormenta. Martina estaba tirada en el sillón con una de mis remeras de básquet que le bailaba y las piernas cruzadas, mirando el techo mientras terminábamos la pizza. La luz del living estaba baja y el aire zumbaba suave, dándole al momento una paz que me hacía sentir un hijo de puta por lo que venía haciendo. Ella me miró de golpe, con esos ojos dulces que a veces me daban ganas de confesarle todo:
Marti—“Fede, me parte el alma dejarte un mes solo, gordo. Mis viejos están insoportables con los preparativos y yo siento que si no aprovecho esta última semana para estar con vos, me voy a ir a Europa con la cabeza en cualquier lado.”
Se sentó, se me acercó y me abrazó fuerte.
Marti—“Dejame quedarme acá con vos estos días, dale... hagamos de cuenta que nos mudamos juntos, que somos nosotros dos solos contra el mundo.”
Esa semana fue un oasis. Dormir con ella, despertarnos tarde, cocinar juntos. Reavivamos la chispa de una manera que me hacía olvidar por momentos el incendio que tenía con Mariela. En el sexo, Martina estaba más abierta, más curiosa, me pedía cosas que antes no se animaba y yo la complacía con una ternura que con su madre era imposible. Era amor puro, o al menos eso me decía a mí mismo para no volverme loco.
El domingo fue el almuerzo familiar en lo de mis suegros. Salimos hacia allá, con media hora de viaje por delante y Marti estaba más cariñosa que nunca, por lo que no podía desaprovechar la oportunidad, su mano en mi rodilla y mis pensamientos hicieron que se me empiece a parar y no podía disimular tanto con mi short, rápidamente ella se dio cuenta y esbozó una risa cómplice.
F-“Perdón gorda, estaba imaginando cosas jaja.”
Marti-“Ah si? Que imaginabas gordi?”
F-“Me imaginaba ir manejando a la casa de mis suegros y tener una novia morocha hermosa que me vaya dando unos besos… “
Rapidamente entendió todo, y su mano empezó a subir y acariciarme
Marti-“Mira que terrible que sos gordo eh!” Dijo mientras me bajaba el short y se mojaba la palma de su mano, para así lubricarla y empezar a tocarme con una suavidad impresionante. Unos pocos metros más adelante se saca el cinturón y se inclina, para empezar a chuparla casi con desesperación, como sabiendo que un mes solo y sin sexo podía ser muy peligroso para la relación.
Marti-“Te gusta amor? Vas a extrañar mis petes?” Mientras se volvía a llenar la boca
F-“Me encanta mi amor, mucho. Si seguís así te voy a llenar la boquita.” No terminé de decirlo que acelero el ritmo hasta hacerme explotar en su dulce boca y tomarse hasta la última gota antes de llegar al country.”
Al llegar Claudio estaba eufórico, ya se sentía en Madrid. Entre el asado y el vino, me tiró la llave de la casa sobre el mantel, un ruido metálico que sonó a sentencia.
C—“Fede, sos de confianza. Quedás a cargo de la casa. Tenés las llaves, podés quedarte a dormir si querés, usar la pileta, lo que sea. Si no te queres quedar, pegate una vuelta todos los días, que no vuele nada.”
Mariela me miraba desde la punta de la mesa mientras masticaba un trozo de carne, con esa mirada de quien sabe que me está entregando las llaves del paraíso.
El lunes a la mañana, mientras Martina seguía durmiendo en mi cama, me llegó un mensaje de Claudio: "Che Fede, el miércoles a las seis tenemos dobles en el club de tenis. Me viene tirando la rodilla... si no aguanto el ritmo, ¿te animás a entrar por mí? De paso te dejo el freezer lleno de asado y birra para el mes que viene. Confirmame". Acepté al toque e invité a Marti, pero prefirió ir al gimnasio antes del viaje ya que no iba a ir por mucho tiempo, así que el miércoles llegué solo al club. Y me encontré con que los rivales eran Rodolfo y Gisela.
El partido fue una batalla. Claudio aguantó el primer set que ganaron 6-4, pero en el segundo se derrumbó. 0-3 abajo.
M—“¡Basta amor, sos boludo? Te vas a romper antes de subir al avión! ¡Fede, entrá vos! “—gritó Mariela.
Entré a la cancha con la sangre hirviendo. Remontamos un 4-0 abajo, nos pusimos 5-5 y al final ganamos 7-5. Estaba exhausto, empapado en sudor, con la remera pegada al cuerpo como una segunda piel. Saludé a Rodolfo en la red que dijo gritándole a Claudio
R-“Recupérate Claudito que este pendejo te saca el lugar!”
Y esquivé la invitación a la cantina:
F—“No, gracias, Rodo.. me espera Marti para cenar, tengo que volver..”
Me fui a los vestuarios de hombres a ducharme. Cuando salí, ya cambiado pero todavía con el pelo húmedo y el bolso al hombro, me crucé a Mariela en el pasillo largo que divide los vesturarios del buffet. Ella venía caminando rápido, con el raquetero al hombro y mirando su celular.
M—“¡Epa, qué puntería!” —me dijo frenándose en seco—. “Che, Fede, haceme una gamba. Claudio ya se fue al buffet con Rodolfo a pedir las cervezas y yo me olvidé el neceser con las cremas en el banco del vestuario de mujeres... ¿Me aguantás el bolso acá en el pasillo un toque mientras entro? Me da cosa dejarlo solo.”
Me quedé ahí parado, agarrando su bolso de tenis. Al minuto, Mariela asomó la cabeza por la puerta del vestuario de damas.
M—“Fede, vení... no lo encuentro, fijate si está atrás del casillero donde estábamos sentadas hoy, capaz se cayó al fondo.”
Miré para los dos lados del pasillo; no pasaba un alma, estaban todos en el tercer tiempo de la cantina. Entré un metro, lo justo para ver el banco de madera. Gisela estaba ahí, sentada en el banco, todavía con la pollerita de tenis pero en top, con el pelo suelto y una expresión de nervios que le desencajaba la cara de "señora bien".
Mariela cerró la puerta de un manotazo y se puso de espaldas contra ella, bloqueando cualquier entrada.
M—“No me mires así, Gise... me dijiste que querías ver si el video era IA” —soltó Mariela con esa voz ronca, sin vueltas.
El lugar olía a talco y laca para el pelo, un ambiente pesadísimo. Gisela me miró de arriba a abajo, clavando la vista en mis abdominales que se traslucían bajo la remera.
F—“Mariela, estás loca” —le dije, pero con una sonrisa de quien sabe que ya está en el juego—, “me encanta que estés tan sacada, pero nos van a rajar a todos.”
M-“Shhh pendejo respeta a las mayores, dale Gise, toca.”
Gisela estiró la mano, temblando como si fuera a tocar un cable de alta tensión, y me empezó a tocar por encima del short. Mi pija dio un salto y ella soltó un quejido bajito, cerrando los ojos al sentir la dureza.
G—“No... no es inteligencia artificial” —balbuceó Gisela—, “es... es impresionante, amiii...”
Y sin dudarlo, me metió la mano adentro, directo sobre mi pija bien gorda, venosa y caliente por el esfuerzo del partido, jadeando mientras la acariciaba con una desesperación que mezclaba el miedo y el hambre que Rodolfo claramente no despertaba en ella hace años.
Ahí fue cuando Mariela me agarró de la nuca y me plantó un beso apasionado, reclamando su territorio frente a su amiga, mientras Gisela me seguía pajeando con desesperación.
M—“Esta es mi despedida, nene “—me siseó Mariela contra los labios—, “porque el finde no voy a tener tiempo ni de respirar con los preparativos y las valijas.”
Y se arrodilló ahí mismo, en medio del vestuario de mujeres vacío, con el olor a talco y a perfume caro, olvidándose de Claudio, de Rodolfo, de la moral y del club. Me empezó a chupar la pija con un hambre y una técnica que me dejaron sin aliento, mientras Gisela miraba sin poder creerlo, mordiéndose el labio inferior hasta lastimarse. Su amiga de toda la vida le estaba comiendo la pija a su yerno, en frente de ella, en el club de tenis, y lo peor es que le encantaba la situación, la perversión de estar atrapada en ese secreto con su amiga.
M—“Amiga, Fede va a cuidarnos la casa todo este mes que nos vamos, si necesita algo ayúdalo” —sentenció Mariela mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano y me daba un beso sucio antes de hacerme salir rápido por la puerta lateral.
El lunes siguiente fue ajetreado. Ayudé a Martina con su valija, la subimos al auto y fuimos para lo de sus viejos. El ambiente en Ezeiza era esa mezcla densa de adrenalina por el viaje y angustia por la partida. Claudio chequeaba los pasaportes cada cinco minutos; Martina me apretaba la mano con fuerza, como si quisiera llevarse un poco de mi piel pegada a la suya.
F—“Llamame apenas aterrices, por favor” —le dije, dándole un beso en la frente.
Marti-“Te voy a extrañar tanto, Fede... cuidate, no hagas locuras. Te amo” —me contestó ella con los ojos vidriosos.
F-“Chau amor, disfruta mucho, te amo”
Llegó el momento del anuncio del vuelo. Claudio me dio un abrazo de esos de "hombre a hombre", fuerte, golpeándome la espalda.
C—“Quedas a cargo, “hijo”. Disfrutá la paz de la casa” —me dijo con una sonrisa cómplice que me quemó por dentro.
Entonces fue el turno de Mariela. Se acercó con una calma que me dio escalofríos. Me rodeó el cuello con un abrazo cálido, maternal para cualquier espectador distraído, pero sentí cómo sus uñas se clavaban apenas un milisegundo en mi nuca. Se pegó a mi oreja, y con un hilo de voz que fue más una vibración que un sonido, me dijo muy imperceptible:
M—“Te quiero, Fe.”
Me quedé helado. El corazón me dio un vuelco. Fue un golpe seco a la mandíbula. "Te quiero, Fe", ese código que ella sabía que me iba a descolocar, que mezclaba el afecto real con la perversión de lo que habíamos hecho días atrás en el vestuario. Me soltó con una sonrisa angelical, saludó con la mano y se perdió con Claudio, Martina y sus hermanos tras la puerta de embarque.
Me quedé parado en el hall central de Ezeiza viendo cómo se alejaban. El "te quiero" me rebotaba en la cabeza como un eco sucio.
El viaje de vuelta fue eterno. La autopista Riccheri estaba desierta y la madrugada se sentía como un vacío inmenso. Cuando llegué a la casa de ellos, a las tres de la mañana, el silencio era absoluto. Estacioné mi auto en el garaje de ellos, como si ya viviera ahí. Entré, puse la llave, cerré con el cerrojo y me quedé parado en el living.
La casa olía a ellos, pero ahora era mi territorio. El silencio era tan pesado que hasta los pasos sobre el parquet sonaban como disparos. Subí las escaleras, entré al cuarto de Martina y vi su cama tendida, todo en orden. Entré al baño de mis suegros y ahí estaba el aroma de Mariela flotando todavía, el mismo perfume que sentí en el vestuario.
Me serví un whisky del bar de Claudio y salí al balcón que daba al patio trasero. La pileta brillaba bajo la luna, mansa, esperando. Y allá, pasando el cerco vivo, la casa de al lado. La casa de Rodolfo y Gisela.
Me quedé ahí, apoyado en la baranda del balcón de la habitación principal, sintiendo cómo el frío del hielo del whisky chocaba con el calor que me subía por el cuello. La casa de Claudio y Mariela ahora era mi búnker, mi terreno liberado.
Miré de reojo hacia la medianera. La silueta de Gisela en la ventana de al lado no se movía; era una sombra estática, una mancha oscura tras el vidrio que parecía estar cronometrando mi llegada. Me toqué la nuca, justo donde Mariela me había clavado las uñas en Ezeiza, y todavía podía sentir la vibración de su voz: “Te quiero, Fe”. Hija de puta. Me lo dijo para que no pudiera pegar un ojo en toda la noche, para que supiera que aunque estuviera a diez mil metros de altura, ella seguía siendo la dueña de mis ganas.
Sentí un tirón eléctrico abajo. El recuerdo del vestuario, de Mariela arrodillada y Gisela tocándome con esa desesperación de "señora bien", me puso la pija como un garrote contra el jean. Estaba dura, venosa, exigiendo el final que en el club no habíamos podido tener por los tiempos de Claudio.
Dejé el vaso de whisky sobre la mesa ratona de la terraza y, sin sacar la vista de la ventana de Gisela, me bajé el cierre. La saqué al aire frío de la madrugada, palpitando, roja de tanta tensión acumulada. El contraste del frío con el calor de mi mano me hizo soltar un gruñido bajo. Empecé a pajearme ahí mismo, en el balcón del suegro, mirando hacia la casa del vecino, desafiando a esa silueta a que dejara de esconderse.
De pronto, la oscuridad de la ventana de al lado se rompió.
Un destello blanco, seco y potente, me dio de lleno en la cara. Flash.
Me quedé congelado con la pija en la mano, el corazón me dio un vuelco. Un segundo de oscuridad y otra vez: Flash, flash. Tres ráfagas cortas, rítmicas, desde la penumbra del cuarto de Gisela. No era una foto, era un código. Era ella, avisándome desde su trinchera que me estaba mirando fijo, que no se perdía ni un movimiento de mi mano sobre mi verga.
La timidez de la "señora esposa" se estaba haciendo pedazos en esa señal de luces. Pude imaginarla del otro lado, mordiéndose el labio, con el celular en la mano y la respiración agitada, excitada por el espectáculo prohibido que yo le estaba regalando desde el balcón de su mejor amiga.
Aceleré el ritmo, clavándole la mirada a la ventana oscura que ahora volvía a estar en silencio. El "Te quiero, Fe" de Mariela todavía me zumbaba en el oído, pero la luz de Gisela me estaba quemando la vista.
Justo antes de acabar, vi que ella apagaba la luz del patio de su casa, dejando todo en una penumbra total. El mensaje estaba claro: la función de hoy terminaba, pero la puerta de la medianera acababa de quedar sin llave.
Me limpié, guardé la pija que todavía latía con furia y me tomé el último fondo de whisky. La fortaleza de Claudio estaba profanada, y yo ya sabía quién iba a ser la primera en cruzar el límite mañana mismo.
Esa noche de sábado el departamento se sentía como un refugio antes de la tormenta. Martina estaba tirada en el sillón con una de mis remeras de básquet que le bailaba y las piernas cruzadas, mirando el techo mientras terminábamos la pizza. La luz del living estaba baja y el aire zumbaba suave, dándole al momento una paz que me hacía sentir un hijo de puta por lo que venía haciendo. Ella me miró de golpe, con esos ojos dulces que a veces me daban ganas de confesarle todo:
Marti—“Fede, me parte el alma dejarte un mes solo, gordo. Mis viejos están insoportables con los preparativos y yo siento que si no aprovecho esta última semana para estar con vos, me voy a ir a Europa con la cabeza en cualquier lado.”
Se sentó, se me acercó y me abrazó fuerte.
Marti—“Dejame quedarme acá con vos estos días, dale... hagamos de cuenta que nos mudamos juntos, que somos nosotros dos solos contra el mundo.”
Esa semana fue un oasis. Dormir con ella, despertarnos tarde, cocinar juntos. Reavivamos la chispa de una manera que me hacía olvidar por momentos el incendio que tenía con Mariela. En el sexo, Martina estaba más abierta, más curiosa, me pedía cosas que antes no se animaba y yo la complacía con una ternura que con su madre era imposible. Era amor puro, o al menos eso me decía a mí mismo para no volverme loco.
El domingo fue el almuerzo familiar en lo de mis suegros. Salimos hacia allá, con media hora de viaje por delante y Marti estaba más cariñosa que nunca, por lo que no podía desaprovechar la oportunidad, su mano en mi rodilla y mis pensamientos hicieron que se me empiece a parar y no podía disimular tanto con mi short, rápidamente ella se dio cuenta y esbozó una risa cómplice.
F-“Perdón gorda, estaba imaginando cosas jaja.”
Marti-“Ah si? Que imaginabas gordi?”
F-“Me imaginaba ir manejando a la casa de mis suegros y tener una novia morocha hermosa que me vaya dando unos besos… “
Rapidamente entendió todo, y su mano empezó a subir y acariciarme
Marti-“Mira que terrible que sos gordo eh!” Dijo mientras me bajaba el short y se mojaba la palma de su mano, para así lubricarla y empezar a tocarme con una suavidad impresionante. Unos pocos metros más adelante se saca el cinturón y se inclina, para empezar a chuparla casi con desesperación, como sabiendo que un mes solo y sin sexo podía ser muy peligroso para la relación.
Marti-“Te gusta amor? Vas a extrañar mis petes?” Mientras se volvía a llenar la boca
F-“Me encanta mi amor, mucho. Si seguís así te voy a llenar la boquita.” No terminé de decirlo que acelero el ritmo hasta hacerme explotar en su dulce boca y tomarse hasta la última gota antes de llegar al country.”
Al llegar Claudio estaba eufórico, ya se sentía en Madrid. Entre el asado y el vino, me tiró la llave de la casa sobre el mantel, un ruido metálico que sonó a sentencia.
C—“Fede, sos de confianza. Quedás a cargo de la casa. Tenés las llaves, podés quedarte a dormir si querés, usar la pileta, lo que sea. Si no te queres quedar, pegate una vuelta todos los días, que no vuele nada.”
Mariela me miraba desde la punta de la mesa mientras masticaba un trozo de carne, con esa mirada de quien sabe que me está entregando las llaves del paraíso.
El lunes a la mañana, mientras Martina seguía durmiendo en mi cama, me llegó un mensaje de Claudio: "Che Fede, el miércoles a las seis tenemos dobles en el club de tenis. Me viene tirando la rodilla... si no aguanto el ritmo, ¿te animás a entrar por mí? De paso te dejo el freezer lleno de asado y birra para el mes que viene. Confirmame". Acepté al toque e invité a Marti, pero prefirió ir al gimnasio antes del viaje ya que no iba a ir por mucho tiempo, así que el miércoles llegué solo al club. Y me encontré con que los rivales eran Rodolfo y Gisela.
El partido fue una batalla. Claudio aguantó el primer set que ganaron 6-4, pero en el segundo se derrumbó. 0-3 abajo.
M—“¡Basta amor, sos boludo? Te vas a romper antes de subir al avión! ¡Fede, entrá vos! “—gritó Mariela.
Entré a la cancha con la sangre hirviendo. Remontamos un 4-0 abajo, nos pusimos 5-5 y al final ganamos 7-5. Estaba exhausto, empapado en sudor, con la remera pegada al cuerpo como una segunda piel. Saludé a Rodolfo en la red que dijo gritándole a Claudio
R-“Recupérate Claudito que este pendejo te saca el lugar!”
Y esquivé la invitación a la cantina:
F—“No, gracias, Rodo.. me espera Marti para cenar, tengo que volver..”
Me fui a los vestuarios de hombres a ducharme. Cuando salí, ya cambiado pero todavía con el pelo húmedo y el bolso al hombro, me crucé a Mariela en el pasillo largo que divide los vesturarios del buffet. Ella venía caminando rápido, con el raquetero al hombro y mirando su celular.
M—“¡Epa, qué puntería!” —me dijo frenándose en seco—. “Che, Fede, haceme una gamba. Claudio ya se fue al buffet con Rodolfo a pedir las cervezas y yo me olvidé el neceser con las cremas en el banco del vestuario de mujeres... ¿Me aguantás el bolso acá en el pasillo un toque mientras entro? Me da cosa dejarlo solo.”
Me quedé ahí parado, agarrando su bolso de tenis. Al minuto, Mariela asomó la cabeza por la puerta del vestuario de damas.
M—“Fede, vení... no lo encuentro, fijate si está atrás del casillero donde estábamos sentadas hoy, capaz se cayó al fondo.”
Miré para los dos lados del pasillo; no pasaba un alma, estaban todos en el tercer tiempo de la cantina. Entré un metro, lo justo para ver el banco de madera. Gisela estaba ahí, sentada en el banco, todavía con la pollerita de tenis pero en top, con el pelo suelto y una expresión de nervios que le desencajaba la cara de "señora bien".
Mariela cerró la puerta de un manotazo y se puso de espaldas contra ella, bloqueando cualquier entrada.
M—“No me mires así, Gise... me dijiste que querías ver si el video era IA” —soltó Mariela con esa voz ronca, sin vueltas.
El lugar olía a talco y laca para el pelo, un ambiente pesadísimo. Gisela me miró de arriba a abajo, clavando la vista en mis abdominales que se traslucían bajo la remera.
F—“Mariela, estás loca” —le dije, pero con una sonrisa de quien sabe que ya está en el juego—, “me encanta que estés tan sacada, pero nos van a rajar a todos.”
M-“Shhh pendejo respeta a las mayores, dale Gise, toca.”
Gisela estiró la mano, temblando como si fuera a tocar un cable de alta tensión, y me empezó a tocar por encima del short. Mi pija dio un salto y ella soltó un quejido bajito, cerrando los ojos al sentir la dureza.
G—“No... no es inteligencia artificial” —balbuceó Gisela—, “es... es impresionante, amiii...”
Y sin dudarlo, me metió la mano adentro, directo sobre mi pija bien gorda, venosa y caliente por el esfuerzo del partido, jadeando mientras la acariciaba con una desesperación que mezclaba el miedo y el hambre que Rodolfo claramente no despertaba en ella hace años.
Ahí fue cuando Mariela me agarró de la nuca y me plantó un beso apasionado, reclamando su territorio frente a su amiga, mientras Gisela me seguía pajeando con desesperación.
M—“Esta es mi despedida, nene “—me siseó Mariela contra los labios—, “porque el finde no voy a tener tiempo ni de respirar con los preparativos y las valijas.”
Y se arrodilló ahí mismo, en medio del vestuario de mujeres vacío, con el olor a talco y a perfume caro, olvidándose de Claudio, de Rodolfo, de la moral y del club. Me empezó a chupar la pija con un hambre y una técnica que me dejaron sin aliento, mientras Gisela miraba sin poder creerlo, mordiéndose el labio inferior hasta lastimarse. Su amiga de toda la vida le estaba comiendo la pija a su yerno, en frente de ella, en el club de tenis, y lo peor es que le encantaba la situación, la perversión de estar atrapada en ese secreto con su amiga.
M—“Amiga, Fede va a cuidarnos la casa todo este mes que nos vamos, si necesita algo ayúdalo” —sentenció Mariela mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano y me daba un beso sucio antes de hacerme salir rápido por la puerta lateral.
El lunes siguiente fue ajetreado. Ayudé a Martina con su valija, la subimos al auto y fuimos para lo de sus viejos. El ambiente en Ezeiza era esa mezcla densa de adrenalina por el viaje y angustia por la partida. Claudio chequeaba los pasaportes cada cinco minutos; Martina me apretaba la mano con fuerza, como si quisiera llevarse un poco de mi piel pegada a la suya.
F—“Llamame apenas aterrices, por favor” —le dije, dándole un beso en la frente.
Marti-“Te voy a extrañar tanto, Fede... cuidate, no hagas locuras. Te amo” —me contestó ella con los ojos vidriosos.
F-“Chau amor, disfruta mucho, te amo”
Llegó el momento del anuncio del vuelo. Claudio me dio un abrazo de esos de "hombre a hombre", fuerte, golpeándome la espalda.
C—“Quedas a cargo, “hijo”. Disfrutá la paz de la casa” —me dijo con una sonrisa cómplice que me quemó por dentro.
Entonces fue el turno de Mariela. Se acercó con una calma que me dio escalofríos. Me rodeó el cuello con un abrazo cálido, maternal para cualquier espectador distraído, pero sentí cómo sus uñas se clavaban apenas un milisegundo en mi nuca. Se pegó a mi oreja, y con un hilo de voz que fue más una vibración que un sonido, me dijo muy imperceptible:
M—“Te quiero, Fe.”
Me quedé helado. El corazón me dio un vuelco. Fue un golpe seco a la mandíbula. "Te quiero, Fe", ese código que ella sabía que me iba a descolocar, que mezclaba el afecto real con la perversión de lo que habíamos hecho días atrás en el vestuario. Me soltó con una sonrisa angelical, saludó con la mano y se perdió con Claudio, Martina y sus hermanos tras la puerta de embarque.
Me quedé parado en el hall central de Ezeiza viendo cómo se alejaban. El "te quiero" me rebotaba en la cabeza como un eco sucio.
El viaje de vuelta fue eterno. La autopista Riccheri estaba desierta y la madrugada se sentía como un vacío inmenso. Cuando llegué a la casa de ellos, a las tres de la mañana, el silencio era absoluto. Estacioné mi auto en el garaje de ellos, como si ya viviera ahí. Entré, puse la llave, cerré con el cerrojo y me quedé parado en el living.
La casa olía a ellos, pero ahora era mi territorio. El silencio era tan pesado que hasta los pasos sobre el parquet sonaban como disparos. Subí las escaleras, entré al cuarto de Martina y vi su cama tendida, todo en orden. Entré al baño de mis suegros y ahí estaba el aroma de Mariela flotando todavía, el mismo perfume que sentí en el vestuario.
Me serví un whisky del bar de Claudio y salí al balcón que daba al patio trasero. La pileta brillaba bajo la luna, mansa, esperando. Y allá, pasando el cerco vivo, la casa de al lado. La casa de Rodolfo y Gisela.
Me quedé ahí, apoyado en la baranda del balcón de la habitación principal, sintiendo cómo el frío del hielo del whisky chocaba con el calor que me subía por el cuello. La casa de Claudio y Mariela ahora era mi búnker, mi terreno liberado.
Miré de reojo hacia la medianera. La silueta de Gisela en la ventana de al lado no se movía; era una sombra estática, una mancha oscura tras el vidrio que parecía estar cronometrando mi llegada. Me toqué la nuca, justo donde Mariela me había clavado las uñas en Ezeiza, y todavía podía sentir la vibración de su voz: “Te quiero, Fe”. Hija de puta. Me lo dijo para que no pudiera pegar un ojo en toda la noche, para que supiera que aunque estuviera a diez mil metros de altura, ella seguía siendo la dueña de mis ganas.
Sentí un tirón eléctrico abajo. El recuerdo del vestuario, de Mariela arrodillada y Gisela tocándome con esa desesperación de "señora bien", me puso la pija como un garrote contra el jean. Estaba dura, venosa, exigiendo el final que en el club no habíamos podido tener por los tiempos de Claudio.
Dejé el vaso de whisky sobre la mesa ratona de la terraza y, sin sacar la vista de la ventana de Gisela, me bajé el cierre. La saqué al aire frío de la madrugada, palpitando, roja de tanta tensión acumulada. El contraste del frío con el calor de mi mano me hizo soltar un gruñido bajo. Empecé a pajearme ahí mismo, en el balcón del suegro, mirando hacia la casa del vecino, desafiando a esa silueta a que dejara de esconderse.
De pronto, la oscuridad de la ventana de al lado se rompió.
Un destello blanco, seco y potente, me dio de lleno en la cara. Flash.
Me quedé congelado con la pija en la mano, el corazón me dio un vuelco. Un segundo de oscuridad y otra vez: Flash, flash. Tres ráfagas cortas, rítmicas, desde la penumbra del cuarto de Gisela. No era una foto, era un código. Era ella, avisándome desde su trinchera que me estaba mirando fijo, que no se perdía ni un movimiento de mi mano sobre mi verga.
La timidez de la "señora esposa" se estaba haciendo pedazos en esa señal de luces. Pude imaginarla del otro lado, mordiéndose el labio, con el celular en la mano y la respiración agitada, excitada por el espectáculo prohibido que yo le estaba regalando desde el balcón de su mejor amiga.
Aceleré el ritmo, clavándole la mirada a la ventana oscura que ahora volvía a estar en silencio. El "Te quiero, Fe" de Mariela todavía me zumbaba en el oído, pero la luz de Gisela me estaba quemando la vista.
Justo antes de acabar, vi que ella apagaba la luz del patio de su casa, dejando todo en una penumbra total. El mensaje estaba claro: la función de hoy terminaba, pero la puerta de la medianera acababa de quedar sin llave.
Me limpié, guardé la pija que todavía latía con furia y me tomé el último fondo de whisky. La fortaleza de Claudio estaba profanada, y yo ya sabía quién iba a ser la primera en cruzar el límite mañana mismo.
3 comentarios - Me garcho a mi suegra en Pinamar (8)