Los cuatro indigentes la vieron.
Y se avalanzaron como animales hambrientos.
Paco fue el primero en llegar. La agarró por la cintura con sus manos negras de mugre y le metió la lengua apestosa hasta el fondo de la boca en un beso baboso y salvaje. Su saliva espesa y caliente se mezcló con la de ella mientras le apretaba las tetas con fuerza bruta.
— ¡Por fin, puta…! —gruñó contra sus labios, babeándola.
Al mismo tiempo, Don Julio y El Negro Ramón la rodearon. Don Julio le levantó la remera de un tirón y le chupó una teta con desesperación, succionando el pezón como si quisiera tragárselo, dejando baba amarillenta sobre su piel blanca. El Negro Ramón se arrodilló detrás de ella, le bajó los jeans y las bragas de un solo movimiento y hundió la cara entre sus nalgas.
— ¡Qué culo… qué olor a hembra limpia…! —murmuró antes de meter la lengua directamente en su ano, lamiendo con hambre asquerosa, saboreando el sabor dulce y limpio de Miranda mezclado con su propia saliva rancia.
Don Luis, el más viejo y sucio, se tiró al piso y le agarró un pie. Le quitó la zapatilla y la media de un tirón y se metió los dedos en la boca, chupándolos con gemidos de placer enfermo.
— ¡Huele a mujer… huele a puta rica…! —balbuceaba mientras le lamía la planta del pie y entre los dedos, deleitándose con el sabor suave y perfumado de su piel.
Miranda gimió fuerte, la cabeza echada hacia atrás. Al principio sintió asco real: el olor a basura, a orín viejo, a cuerpos sin lavar durante años… pero el morbo la invadió como una ola. Cuatro bocas sucias y hambrientas devorándola al mismo tiempo: lengua en la boca, lengua en el ano, lengua en las axilas (que Don Julio ya había levantado para chupar), lengua en los pies… todos gimiendo y babeando sobre su cuerpo limpio y perfumado.
— ¡Qué rica sos… qué sabor a mujer…! —gruñía Paco entre beso y beso baboso—. Toda la vida soñando con una hembra como vos…
Miranda ya no podía pensar. El contraste la estaba volviendo loca: su piel suave y limpia contra cuatro bocas apestosas y salivosas que la lamían como perros desesperados. Sus tetas, su ano, sus axilas y sus pies estaban siendo devorados al mismo tiempo mientras las manos sucias le apretaban el culo y le metían dedos en el coño empapado.
Eduardo, escondido detrás de un contenedor a pocos metros, miraba todo con la jaula apretándole la pichita hasta doler. No se tocaba. Solo observaba cómo su esposa era atacada salvajemente por cuatro indigentes ancianos y asquerosos que se deleitaban con cada centímetro de su cuerpo como si fuera un banquete.
Miranda giró la cabeza hacia donde estaba Eduardo y, entre gemidos ahogados, susurró con voz ronca:
—Te amo… te amo mientras me comen estos viejos sucios… mirá cómo me chupan el culo y los pies… te amo…

Los cuatro indigentes rodearon a Miranda como perros hambrientos alrededor de un hueso. Ella estaba de pie contra la pared oxidada del contenedor, jeans bajados hasta los tobillos, remera levantada dejando las tetas enormes al aire, el delantal torcido colgando de un solo hombro. El olor a basura, orín y cuerpos sin lavar la envolvía por completo, pero el morbo ya la había vencido: su coño chorreaba jugos por los muslos, los pezones duros como piedras.
Paco fue el primero en actuar. La agarró por la mandíbula con dedos negros y sucios, le abrió la boca de un tirón y escupió un gargajo espeso y amarillento directo en su lengua. El escupitajo cayó pesado, caliente, con sabor a tabaco viejo y cerveza rancia.
—Abrí bien esa boquita limpia, puta… —gruñó—. Tomá mi saliva de indigente… tragátela como la zorra caritativa que sos.
Antes de que Miranda pudiera tragar, Paco le metió la lengua asquerosa hasta la garganta en un beso baboso y salvaje, empujando su propio escupitajo dentro de su boca. La saliva espesa se mezcló con la de ella, goteando por la comisura de sus labios mientras él le chupaba la lengua como si quisiera devorarla.
Don Julio se acercó por el lado, le agarró la cara con una mano arrugada y escupió también: un escupitajo largo y viscoso que cayó en su boca abierta mientras Paco seguía besándola. El viejo flaco le metió la lengua después, lamiéndole los dientes, el paladar, babeándola entera.
—Qué rica boca tenés… —murmuró con voz temblorosa—. Hace treinta años que no beso una mujer… y ahora te lleno de mi baba sucia…
El Negro Ramón se unió, empujando a los otros un poco para meter su lengua gorda y oscura. Escupió primero: un gargajo espeso que cayó directo en la boca de Miranda mientras ella gemía ahogada. Luego la besó con fuerza, chupándole la lengua, mordiéndole los labios hinchados, dejando hilos de saliva colgando entre sus bocas.
—Tomá… tomá mi escupitajo de negro sucio… —gruñía—. Te voy a llenar la garganta de baba antes de llenarte el coño…
Don Luis, el más viejo, se acercó último. Le temblaban las manos de excitación. Escupió un gargajo largo y amarillento que cayó en la boca abierta de Miranda mientras los otros tres seguían turnándose para besarla. Luego metió su lengua podrida (con dientes faltantes y aliento a podrido), lamiéndole el interior de la boca como si quisiera limpiarla con su propia suciedad.
—Qué sabor a puta fina… —balbuceaba—. Te escupo y te beso… te escupo y te beso… nunca pensé que iba a tener una hembra como vos…
Los cuatro se turnaban sin parar: uno escupía en su boca abierta, otro la besaba baboso y asqueroso empujando la saliva adentro, mientras los demás le lamían las tetas, el cuello, las axilas, los pies… todos babeando sobre su piel limpia y perfumada, deleitándose con el contraste enfermizo.
Miranda ya no sentía asco. Solo morbo puro. Gemía en sus bocas, correspondiendo los besos con pasión salvaje, tragando los escupitajos espesos y rancios mientras sus manos sucias le apretaban las tetas y le metían dedos en el coño y en el culo.
Eduardo, escondido detrás del contenedor, se masturbaba despacio con la jaula puesta, la pichita goteando sin poder endurecerse del todo. Miraba cómo su esposa era besada y babeada por cuatro indigentes ancianos y sucios, y susurraba para sí mismo:
—Te amo… te amo mientras te llenan la boca de escupitajos… te amo por ser tan puta… tan caritativa… te amo…
Miranda, entre beso y beso baboso, giraba la cabeza lo justo para mirarlo y susurrar:
—Te amo… mirá cómo me escupen y me besan estos viejos… te amo por dejarme… te amo…
Los cuatro seguían turnándose, escupiendo, besando, babeando, devorando su boca limpia con sus lenguas asquerosas, mientras el patio trasero apestaba a sexo inminente y a la perversión más baja que habían vivido nunca.

Miranda estaba apoyada contra la pared oxidada del contenedor, el cuerpo temblando, la cara y el pecho brillantes de saliva espesa y amarillenta de los cuatro indigentes. Tenía los labios hinchados y rojos, hilos de baba colgando de la comisura de su boca, el pelo pelirrojo pegado a la frente por el sudor y la saliva ajena. Sus tetas estaban cubiertas de marcas de dedos sucios y saliva seca, y su coño chorreaba jugos mezclados con los escupitajos que le habían metido.
Paco, Don Julio, El Negro Ramón y Don Luis seguían rodeándola, jadeando como animales, las vergas duras y sucias apuntando hacia ella, esperando su turno para follarla.
Miranda giró la cabeza hacia donde estaba Eduardo, escondido a pocos metros, y lo miró con ojos vidriosos de placer y amor absoluto.
—Cornudito… —susurró con voz ronca, casi quebrada—. Vení… vení acá. Quiero que me beses ahora.
Eduardo dudó solo un segundo. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Caminó hacia ella con las piernas temblorosas, la jaula de castidad apretándole la pichita inútilmente. Cuando llegó frente a su esposa, los cuatro indigentes se apartaron un poco, mirándolos con curiosidad y morbo.
Miranda lo tomó suavemente por la cara con ambas manos, mirándolo a los ojos con una ternura inmensa a pesar de estar cubierta de baba y saliva ajena.
—Besame, mi amor… —susurró—. Besame con todo el amor que tenés… mezclá tu boca con la mía… tragá lo que me dejaron estos viejos sucios… porque esto también es nuestro.
Eduardo se acercó. Sus labios se encontraron en un beso lento, profundo y lleno de amor. Al principio fue suave, casi reverente… pero luego sus lenguas se enredaron y el beso se volvió más intenso, más húmedo.
La boca de Miranda estaba llena del sabor asqueroso y salado de los escupitajos de los cuatro indigentes: tabaco viejo, cerveza rancia, aliento podrido, saliva espesa y amarillenta. Eduardo lo sintió todo al instante. La lengua de su esposa estaba bañada en esa mezcla repugnante y caliente, y él la chupó con devoción, tragando los restos de baba ajena mientras gemía bajito contra su boca.
Miranda gimió también, apretándolo más contra ella, metiendo su lengua más profundo para que él saboreara todo lo que le habían dejado.
—Así… tragátelo todo, mi amor… —susurró entre beso y beso, la voz temblorosa de emoción—. Tragá la saliva de esos viejos sucios que acaban de babearme… tragá lo que me escupieron en la boca mientras me besaban como perros… te amo por hacer esto… te amo por besarme con la boca llena de su baba… te amo por ser tan mío incluso cuando estoy sucia de otros…
Eduardo respondió el beso con más pasión, chupando su lengua, tragando los hilos espesos de saliva rancia, mezclando su propia saliva limpia con la de los indigentes. El sabor era fuerte, salado, ligeramente amargo, pero el morbo y el amor lo hacían delicioso para él.
—Te amo… —murmuró contra sus labios, la voz quebrada—. Te amo mientras saboreo lo que te dejaron… te amo por dejar que te babearan… te amo por ser tan puta y tan mía al mismo tiempo… te amo por compartir esto conmigo… te amo por tragarnos juntos su suciedad… te amo, Miranda… te amo más que nunca…
Se besaron largo rato, lento y profundo, intercambiando saliva, tragando los restos de los cuatro viejos, gimiendo bajito mientras sus lenguas se enredaban. Era un beso amoroso, íntimo y enfermo al mismo tiempo. Un beso que sellaba su conexión más allá de todo: amor, humillación, entrega y devoción absoluta.
Miranda le acariciaba la cara con ternura mientras seguían besándose, susurrando entre beso y beso:
—Te amo… te amo por no tener asco… por besarme con la boca llena de su baba… por ser mi cornudito perfecto… te amo por mirarme mientras me usan… te amo por quererme incluso cuando estoy sucia de indigentes… te amo… te amo para siempre…
Eduardo respondía con la misma intensidad, tragando todo lo que ella le daba, besándola con todo el amor que sentía.
—Te amo… te amo por ser tan valiente… por entregarte… por dejarme saborear lo que te hicieron… te amo por ser mi reina y mi puta… te amo por hacerme sentir esto… te amo…
Los cuatro indigentes miraban la escena en silencio, con las vergas duras, sorprendidos y excitados por ver cómo el marido besaba a su mujer después de que ellos la hubieran babeado y escupido.
Miranda y Eduardo siguieron besándose un rato más, lento, profundo, amoroso… compartiendo las babas y saliva de los cuatro viejos sucios como un ritual íntimo entre ellos dos.
Cuando finalmente se separaron, un hilo grueso de saliva mixta (de Miranda, de Eduardo y de los indigentes) colgaba entre sus labios.
Miranda le acarició la mejilla y le susurró con una sonrisa tierna y perversa:
—Ahora sí… estoy lista para que me follen.
Miranda se separó del beso con Eduardo, los labios hinchados y brillantes de saliva mezclada. Miró a los cuatro indigentes que la rodeaban como lobos hambrientos y luego giró la cabeza hacia su marido, con una sonrisa temblorosa pero llena de amor y morbo.
—Vení… —susurró—. Quedate cerca. Quiero que me beses mientras me follan.
Eduardo se acercó, todavía con la jaula apretándole la pichita inútilmente. Se colocó a un costado, muy cerca de la cara de su esposa, apoyando una mano en la pared oxidada del contenedor.
Paco fue el primero en avanzar. Agarró a Miranda por las caderas con sus manos sucias, la giró un poco y la apoyó de espaldas contra la pared. Le abrió las piernas con una rodilla y, sin decir una palabra, metió su verga gruesa y apestosa de un solo empujón brutal en su coño empapado.
— ¡Aaaahhh…! —gritó Miranda, arqueando la espalda.
Paco empezó a follarla con embestidas fuertes y torpes, la panza colgando golpeando contra su vientre, el olor a basura invadiéndolo todo.
Al mismo tiempo, Eduardo se inclinó y besó a su esposa en la boca. Fue un beso profundo, amoroso y desesperado, mientras Paco la penetraba vaginalmente sin piedad. Sus lenguas se enredaron, mezclando saliva limpia con los restos de los escupitajos anteriores.
—Te amo… —susurró Eduardo contra sus labios entre beso y beso—. Te amo mientras te coge este viejo sucio… te amo mientras te abre el coño con su verga apestosa… te amo por gemir para él…
Miranda gemía en su boca, el cuerpo sacudiéndose con cada embestida de Paco.
—Te amo… te amo, cornudito… —jadeaba ella, besándolo con pasión—. Sentilo… cómo me está rompiendo… cómo me llena… te amo por mirarme… te amo por besarme mientras me follan… te amo…
Paco gruñía como animal, acelerando las embestidas, sus huevos sucios golpeando contra el culo de Miranda.
—Qué concha apretada tenés, puta… —jadeaba—. Tomá verga de indigente… tomá toda…
Don Julio no aguantó más. Se acercó por el lado y le metió dos dedos callosos en la boca a Miranda mientras Paco seguía follándola. Ella chupaba los dedos sucios sin dejar de besar a Eduardo.
Luego fue el turno de El Negro Ramón. Empujó a Paco a un lado y metió su verga gruesa y oscura de un empujón en el coño de Miranda, follándola con fuerza mientras Eduardo seguía besándola.
—Mirá cómo te cambian de verga… —susurró Eduardo entre besos—. Te amo mientras te usan como una puta… te amo por abrirte para ellos… te amo por gemir en mi boca mientras te rompen…
Miranda temblaba, besando a su marido con desesperación, las lágrimas de placer rodando por sus mejillas.
—Te amo… te amo tanto… —gemía contra sus labios—. Me están follando… uno tras otro… y yo te beso a vos… te amo por ser mi cornudo… te amo por estar acá… te amo mientras me llenan el coño de verga sucia…
Don Luis se unió después, penetrándola con su verga larga y curva, follándola contra la pared mientras Eduardo seguía besándola, susurrándole palabras de amor entre gemido y gemido.
—Te amo… te amo por ser tan puta… te amo por dejar que te usen… te amo por besarme mientras te cogen… te amo por ser mía incluso cuando estás llena de otros… te amo para siempre…
Miranda respondía cada beso con más pasión, gimiendo en la boca de su marido mientras los cuatro indigentes se turnaban para follarla vaginalmente uno tras otro, sin piedad, contra los contenedores de basura.
El patio trasero se llenaba de gemidos, sonidos húmedos de penetración y palabras de amor susurradas entre besos babosos.

Miranda se separó del beso con Eduardo, los labios hinchados y brillantes de saliva. Miró a los cuatro indigentes con los ojos vidriosos de morbo y deseo, y luego miró el suelo sucio del patio trasero: tierra húmeda, charcos de agua estancada, bolsas de basura rotas y olor a descomposición.
Sin decir una palabra, se acostó de espaldas sobre el piso mugriento. Abrió las piernas y levantó las rodillas hasta el pecho, exponiendo completamente su ano rosado y todavía lubricado de sus propios jugos.
—Vengan… —dijo con voz ronca y entregada—. Rómpanme el culo.
Los cuatro viejos no necesitaron más invitación.
Paco fue el primero. Se arrodilló entre sus piernas, escupió en su mano sucia y untó su verga gruesa. Apoyó el glande contra el ano de Miranda y empujó con fuerza. El ano se abrió con resistencia, pero Paco no se detuvo. Metió la verga de un solo empujón brutal hasta la mitad.
— ¡Aaaahhh… me estás partiendo el orto! —gritó Miranda, arqueando la espalda sobre el suelo sucio.
Paco empezó a follarla anal con embestidas cortas y fuertes, la panza colgando golpeando contra sus nalgas. El sonido húmedo y obsceno resonaba en el patio.
—Tomá por el culo, puta… —gruñía—. Este orto grande está hecho para verga de indigente…
Don Julio se arrodilló al lado de su cabeza y le metió la verga en la boca mientras Paco la reventaba por atrás. Miranda se ahogaba y gemía al mismo tiempo, babeando alrededor de la polla flaca y venosa.
El Negro Ramón y Don Luis esperaban su turno, pajeándose las vergas sucias y mirando cómo el culo de Miranda tragaba la verga de Paco.
Después cambiaron de posición. Pusieron a Miranda en cuatro sobre el suelo sucio. El Negro Ramón se colocó detrás y le metió su verga gruesa y oscura directamente en el ano de un empujón salvaje. Miranda gritó de placer y dolor, las manos hundidas en la tierra húmeda.
— ¡Sí… rómpeme el culo, negro sucio…! —gemía.
Ramón la follaba con fuerza bruta, sus huevos pesados golpeando contra su coño, mientras Paco le metía la verga en la boca, follándole la garganta.
Don Luis se acostó debajo de ella y le chupaba las tetas con desesperación, mordiendo los pezones mientras la penetraban anal y oralmente al mismo tiempo.
La última posición fue la más salvaje: la pusieron de lado, con una pierna levantada. Paco y Don Julio se turnaban para follarla anal, uno después del otro, sin sacarla del todo. Cada vez que uno salía, el siguiente entraba, manteniendo su ano abierto y chorreando saliva y precum.
Miranda gritaba y gemía sin control, el cuerpo cubierto de tierra, saliva y sudor, el culo rojo e hinchado siendo usado sin piedad.
Eduardo, a pocos metros, miraba todo con la jaula apretándole la pichita, temblando de morbo y amor.
—Te amo… te amo mientras te rompen el culo… —susurraba—. Te amo por entregarte así… te amo por ser mi puta…
Miranda, entre gemido y gemido, lo miró con ojos llenos de lágrimas de placer:
—Te amo… te amo por mirarme… te amo mientras me destrozan el orto…
Los cuatro viejos seguían turnándose, follándola anal en diferentes posiciones sobre el suelo sucio, gruñendo como animales, babeándola, escupiéndola y usándola como la puta más baja que jamás habían tenido.
El patio trasero olía a sexo, a basura y a degradación absoluta.
Y se avalanzaron como animales hambrientos.
Paco fue el primero en llegar. La agarró por la cintura con sus manos negras de mugre y le metió la lengua apestosa hasta el fondo de la boca en un beso baboso y salvaje. Su saliva espesa y caliente se mezcló con la de ella mientras le apretaba las tetas con fuerza bruta.
— ¡Por fin, puta…! —gruñó contra sus labios, babeándola.
Al mismo tiempo, Don Julio y El Negro Ramón la rodearon. Don Julio le levantó la remera de un tirón y le chupó una teta con desesperación, succionando el pezón como si quisiera tragárselo, dejando baba amarillenta sobre su piel blanca. El Negro Ramón se arrodilló detrás de ella, le bajó los jeans y las bragas de un solo movimiento y hundió la cara entre sus nalgas.
— ¡Qué culo… qué olor a hembra limpia…! —murmuró antes de meter la lengua directamente en su ano, lamiendo con hambre asquerosa, saboreando el sabor dulce y limpio de Miranda mezclado con su propia saliva rancia.
Don Luis, el más viejo y sucio, se tiró al piso y le agarró un pie. Le quitó la zapatilla y la media de un tirón y se metió los dedos en la boca, chupándolos con gemidos de placer enfermo.
— ¡Huele a mujer… huele a puta rica…! —balbuceaba mientras le lamía la planta del pie y entre los dedos, deleitándose con el sabor suave y perfumado de su piel.
Miranda gimió fuerte, la cabeza echada hacia atrás. Al principio sintió asco real: el olor a basura, a orín viejo, a cuerpos sin lavar durante años… pero el morbo la invadió como una ola. Cuatro bocas sucias y hambrientas devorándola al mismo tiempo: lengua en la boca, lengua en el ano, lengua en las axilas (que Don Julio ya había levantado para chupar), lengua en los pies… todos gimiendo y babeando sobre su cuerpo limpio y perfumado.
— ¡Qué rica sos… qué sabor a mujer…! —gruñía Paco entre beso y beso baboso—. Toda la vida soñando con una hembra como vos…
Miranda ya no podía pensar. El contraste la estaba volviendo loca: su piel suave y limpia contra cuatro bocas apestosas y salivosas que la lamían como perros desesperados. Sus tetas, su ano, sus axilas y sus pies estaban siendo devorados al mismo tiempo mientras las manos sucias le apretaban el culo y le metían dedos en el coño empapado.
Eduardo, escondido detrás de un contenedor a pocos metros, miraba todo con la jaula apretándole la pichita hasta doler. No se tocaba. Solo observaba cómo su esposa era atacada salvajemente por cuatro indigentes ancianos y asquerosos que se deleitaban con cada centímetro de su cuerpo como si fuera un banquete.
Miranda giró la cabeza hacia donde estaba Eduardo y, entre gemidos ahogados, susurró con voz ronca:
—Te amo… te amo mientras me comen estos viejos sucios… mirá cómo me chupan el culo y los pies… te amo…

Los cuatro indigentes rodearon a Miranda como perros hambrientos alrededor de un hueso. Ella estaba de pie contra la pared oxidada del contenedor, jeans bajados hasta los tobillos, remera levantada dejando las tetas enormes al aire, el delantal torcido colgando de un solo hombro. El olor a basura, orín y cuerpos sin lavar la envolvía por completo, pero el morbo ya la había vencido: su coño chorreaba jugos por los muslos, los pezones duros como piedras.
Paco fue el primero en actuar. La agarró por la mandíbula con dedos negros y sucios, le abrió la boca de un tirón y escupió un gargajo espeso y amarillento directo en su lengua. El escupitajo cayó pesado, caliente, con sabor a tabaco viejo y cerveza rancia.
—Abrí bien esa boquita limpia, puta… —gruñó—. Tomá mi saliva de indigente… tragátela como la zorra caritativa que sos.
Antes de que Miranda pudiera tragar, Paco le metió la lengua asquerosa hasta la garganta en un beso baboso y salvaje, empujando su propio escupitajo dentro de su boca. La saliva espesa se mezcló con la de ella, goteando por la comisura de sus labios mientras él le chupaba la lengua como si quisiera devorarla.
Don Julio se acercó por el lado, le agarró la cara con una mano arrugada y escupió también: un escupitajo largo y viscoso que cayó en su boca abierta mientras Paco seguía besándola. El viejo flaco le metió la lengua después, lamiéndole los dientes, el paladar, babeándola entera.
—Qué rica boca tenés… —murmuró con voz temblorosa—. Hace treinta años que no beso una mujer… y ahora te lleno de mi baba sucia…
El Negro Ramón se unió, empujando a los otros un poco para meter su lengua gorda y oscura. Escupió primero: un gargajo espeso que cayó directo en la boca de Miranda mientras ella gemía ahogada. Luego la besó con fuerza, chupándole la lengua, mordiéndole los labios hinchados, dejando hilos de saliva colgando entre sus bocas.
—Tomá… tomá mi escupitajo de negro sucio… —gruñía—. Te voy a llenar la garganta de baba antes de llenarte el coño…
Don Luis, el más viejo, se acercó último. Le temblaban las manos de excitación. Escupió un gargajo largo y amarillento que cayó en la boca abierta de Miranda mientras los otros tres seguían turnándose para besarla. Luego metió su lengua podrida (con dientes faltantes y aliento a podrido), lamiéndole el interior de la boca como si quisiera limpiarla con su propia suciedad.
—Qué sabor a puta fina… —balbuceaba—. Te escupo y te beso… te escupo y te beso… nunca pensé que iba a tener una hembra como vos…
Los cuatro se turnaban sin parar: uno escupía en su boca abierta, otro la besaba baboso y asqueroso empujando la saliva adentro, mientras los demás le lamían las tetas, el cuello, las axilas, los pies… todos babeando sobre su piel limpia y perfumada, deleitándose con el contraste enfermizo.
Miranda ya no sentía asco. Solo morbo puro. Gemía en sus bocas, correspondiendo los besos con pasión salvaje, tragando los escupitajos espesos y rancios mientras sus manos sucias le apretaban las tetas y le metían dedos en el coño y en el culo.
Eduardo, escondido detrás del contenedor, se masturbaba despacio con la jaula puesta, la pichita goteando sin poder endurecerse del todo. Miraba cómo su esposa era besada y babeada por cuatro indigentes ancianos y sucios, y susurraba para sí mismo:
—Te amo… te amo mientras te llenan la boca de escupitajos… te amo por ser tan puta… tan caritativa… te amo…
Miranda, entre beso y beso baboso, giraba la cabeza lo justo para mirarlo y susurrar:
—Te amo… mirá cómo me escupen y me besan estos viejos… te amo por dejarme… te amo…
Los cuatro seguían turnándose, escupiendo, besando, babeando, devorando su boca limpia con sus lenguas asquerosas, mientras el patio trasero apestaba a sexo inminente y a la perversión más baja que habían vivido nunca.

Miranda estaba apoyada contra la pared oxidada del contenedor, el cuerpo temblando, la cara y el pecho brillantes de saliva espesa y amarillenta de los cuatro indigentes. Tenía los labios hinchados y rojos, hilos de baba colgando de la comisura de su boca, el pelo pelirrojo pegado a la frente por el sudor y la saliva ajena. Sus tetas estaban cubiertas de marcas de dedos sucios y saliva seca, y su coño chorreaba jugos mezclados con los escupitajos que le habían metido.
Paco, Don Julio, El Negro Ramón y Don Luis seguían rodeándola, jadeando como animales, las vergas duras y sucias apuntando hacia ella, esperando su turno para follarla.
Miranda giró la cabeza hacia donde estaba Eduardo, escondido a pocos metros, y lo miró con ojos vidriosos de placer y amor absoluto.
—Cornudito… —susurró con voz ronca, casi quebrada—. Vení… vení acá. Quiero que me beses ahora.
Eduardo dudó solo un segundo. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Caminó hacia ella con las piernas temblorosas, la jaula de castidad apretándole la pichita inútilmente. Cuando llegó frente a su esposa, los cuatro indigentes se apartaron un poco, mirándolos con curiosidad y morbo.
Miranda lo tomó suavemente por la cara con ambas manos, mirándolo a los ojos con una ternura inmensa a pesar de estar cubierta de baba y saliva ajena.
—Besame, mi amor… —susurró—. Besame con todo el amor que tenés… mezclá tu boca con la mía… tragá lo que me dejaron estos viejos sucios… porque esto también es nuestro.
Eduardo se acercó. Sus labios se encontraron en un beso lento, profundo y lleno de amor. Al principio fue suave, casi reverente… pero luego sus lenguas se enredaron y el beso se volvió más intenso, más húmedo.
La boca de Miranda estaba llena del sabor asqueroso y salado de los escupitajos de los cuatro indigentes: tabaco viejo, cerveza rancia, aliento podrido, saliva espesa y amarillenta. Eduardo lo sintió todo al instante. La lengua de su esposa estaba bañada en esa mezcla repugnante y caliente, y él la chupó con devoción, tragando los restos de baba ajena mientras gemía bajito contra su boca.
Miranda gimió también, apretándolo más contra ella, metiendo su lengua más profundo para que él saboreara todo lo que le habían dejado.
—Así… tragátelo todo, mi amor… —susurró entre beso y beso, la voz temblorosa de emoción—. Tragá la saliva de esos viejos sucios que acaban de babearme… tragá lo que me escupieron en la boca mientras me besaban como perros… te amo por hacer esto… te amo por besarme con la boca llena de su baba… te amo por ser tan mío incluso cuando estoy sucia de otros…
Eduardo respondió el beso con más pasión, chupando su lengua, tragando los hilos espesos de saliva rancia, mezclando su propia saliva limpia con la de los indigentes. El sabor era fuerte, salado, ligeramente amargo, pero el morbo y el amor lo hacían delicioso para él.
—Te amo… —murmuró contra sus labios, la voz quebrada—. Te amo mientras saboreo lo que te dejaron… te amo por dejar que te babearan… te amo por ser tan puta y tan mía al mismo tiempo… te amo por compartir esto conmigo… te amo por tragarnos juntos su suciedad… te amo, Miranda… te amo más que nunca…
Se besaron largo rato, lento y profundo, intercambiando saliva, tragando los restos de los cuatro viejos, gimiendo bajito mientras sus lenguas se enredaban. Era un beso amoroso, íntimo y enfermo al mismo tiempo. Un beso que sellaba su conexión más allá de todo: amor, humillación, entrega y devoción absoluta.
Miranda le acariciaba la cara con ternura mientras seguían besándose, susurrando entre beso y beso:
—Te amo… te amo por no tener asco… por besarme con la boca llena de su baba… por ser mi cornudito perfecto… te amo por mirarme mientras me usan… te amo por quererme incluso cuando estoy sucia de indigentes… te amo… te amo para siempre…
Eduardo respondía con la misma intensidad, tragando todo lo que ella le daba, besándola con todo el amor que sentía.
—Te amo… te amo por ser tan valiente… por entregarte… por dejarme saborear lo que te hicieron… te amo por ser mi reina y mi puta… te amo por hacerme sentir esto… te amo…
Los cuatro indigentes miraban la escena en silencio, con las vergas duras, sorprendidos y excitados por ver cómo el marido besaba a su mujer después de que ellos la hubieran babeado y escupido.
Miranda y Eduardo siguieron besándose un rato más, lento, profundo, amoroso… compartiendo las babas y saliva de los cuatro viejos sucios como un ritual íntimo entre ellos dos.
Cuando finalmente se separaron, un hilo grueso de saliva mixta (de Miranda, de Eduardo y de los indigentes) colgaba entre sus labios.
Miranda le acarició la mejilla y le susurró con una sonrisa tierna y perversa:
—Ahora sí… estoy lista para que me follen.
Miranda se separó del beso con Eduardo, los labios hinchados y brillantes de saliva mezclada. Miró a los cuatro indigentes que la rodeaban como lobos hambrientos y luego giró la cabeza hacia su marido, con una sonrisa temblorosa pero llena de amor y morbo.
—Vení… —susurró—. Quedate cerca. Quiero que me beses mientras me follan.
Eduardo se acercó, todavía con la jaula apretándole la pichita inútilmente. Se colocó a un costado, muy cerca de la cara de su esposa, apoyando una mano en la pared oxidada del contenedor.
Paco fue el primero en avanzar. Agarró a Miranda por las caderas con sus manos sucias, la giró un poco y la apoyó de espaldas contra la pared. Le abrió las piernas con una rodilla y, sin decir una palabra, metió su verga gruesa y apestosa de un solo empujón brutal en su coño empapado.
— ¡Aaaahhh…! —gritó Miranda, arqueando la espalda.
Paco empezó a follarla con embestidas fuertes y torpes, la panza colgando golpeando contra su vientre, el olor a basura invadiéndolo todo.
Al mismo tiempo, Eduardo se inclinó y besó a su esposa en la boca. Fue un beso profundo, amoroso y desesperado, mientras Paco la penetraba vaginalmente sin piedad. Sus lenguas se enredaron, mezclando saliva limpia con los restos de los escupitajos anteriores.
—Te amo… —susurró Eduardo contra sus labios entre beso y beso—. Te amo mientras te coge este viejo sucio… te amo mientras te abre el coño con su verga apestosa… te amo por gemir para él…
Miranda gemía en su boca, el cuerpo sacudiéndose con cada embestida de Paco.
—Te amo… te amo, cornudito… —jadeaba ella, besándolo con pasión—. Sentilo… cómo me está rompiendo… cómo me llena… te amo por mirarme… te amo por besarme mientras me follan… te amo…
Paco gruñía como animal, acelerando las embestidas, sus huevos sucios golpeando contra el culo de Miranda.
—Qué concha apretada tenés, puta… —jadeaba—. Tomá verga de indigente… tomá toda…
Don Julio no aguantó más. Se acercó por el lado y le metió dos dedos callosos en la boca a Miranda mientras Paco seguía follándola. Ella chupaba los dedos sucios sin dejar de besar a Eduardo.
Luego fue el turno de El Negro Ramón. Empujó a Paco a un lado y metió su verga gruesa y oscura de un empujón en el coño de Miranda, follándola con fuerza mientras Eduardo seguía besándola.
—Mirá cómo te cambian de verga… —susurró Eduardo entre besos—. Te amo mientras te usan como una puta… te amo por abrirte para ellos… te amo por gemir en mi boca mientras te rompen…
Miranda temblaba, besando a su marido con desesperación, las lágrimas de placer rodando por sus mejillas.
—Te amo… te amo tanto… —gemía contra sus labios—. Me están follando… uno tras otro… y yo te beso a vos… te amo por ser mi cornudo… te amo por estar acá… te amo mientras me llenan el coño de verga sucia…
Don Luis se unió después, penetrándola con su verga larga y curva, follándola contra la pared mientras Eduardo seguía besándola, susurrándole palabras de amor entre gemido y gemido.
—Te amo… te amo por ser tan puta… te amo por dejar que te usen… te amo por besarme mientras te cogen… te amo por ser mía incluso cuando estás llena de otros… te amo para siempre…
Miranda respondía cada beso con más pasión, gimiendo en la boca de su marido mientras los cuatro indigentes se turnaban para follarla vaginalmente uno tras otro, sin piedad, contra los contenedores de basura.
El patio trasero se llenaba de gemidos, sonidos húmedos de penetración y palabras de amor susurradas entre besos babosos.

Miranda se separó del beso con Eduardo, los labios hinchados y brillantes de saliva. Miró a los cuatro indigentes con los ojos vidriosos de morbo y deseo, y luego miró el suelo sucio del patio trasero: tierra húmeda, charcos de agua estancada, bolsas de basura rotas y olor a descomposición.
Sin decir una palabra, se acostó de espaldas sobre el piso mugriento. Abrió las piernas y levantó las rodillas hasta el pecho, exponiendo completamente su ano rosado y todavía lubricado de sus propios jugos.
—Vengan… —dijo con voz ronca y entregada—. Rómpanme el culo.
Los cuatro viejos no necesitaron más invitación.
Paco fue el primero. Se arrodilló entre sus piernas, escupió en su mano sucia y untó su verga gruesa. Apoyó el glande contra el ano de Miranda y empujó con fuerza. El ano se abrió con resistencia, pero Paco no se detuvo. Metió la verga de un solo empujón brutal hasta la mitad.
— ¡Aaaahhh… me estás partiendo el orto! —gritó Miranda, arqueando la espalda sobre el suelo sucio.
Paco empezó a follarla anal con embestidas cortas y fuertes, la panza colgando golpeando contra sus nalgas. El sonido húmedo y obsceno resonaba en el patio.
—Tomá por el culo, puta… —gruñía—. Este orto grande está hecho para verga de indigente…
Don Julio se arrodilló al lado de su cabeza y le metió la verga en la boca mientras Paco la reventaba por atrás. Miranda se ahogaba y gemía al mismo tiempo, babeando alrededor de la polla flaca y venosa.
El Negro Ramón y Don Luis esperaban su turno, pajeándose las vergas sucias y mirando cómo el culo de Miranda tragaba la verga de Paco.
Después cambiaron de posición. Pusieron a Miranda en cuatro sobre el suelo sucio. El Negro Ramón se colocó detrás y le metió su verga gruesa y oscura directamente en el ano de un empujón salvaje. Miranda gritó de placer y dolor, las manos hundidas en la tierra húmeda.
— ¡Sí… rómpeme el culo, negro sucio…! —gemía.
Ramón la follaba con fuerza bruta, sus huevos pesados golpeando contra su coño, mientras Paco le metía la verga en la boca, follándole la garganta.
Don Luis se acostó debajo de ella y le chupaba las tetas con desesperación, mordiendo los pezones mientras la penetraban anal y oralmente al mismo tiempo.
La última posición fue la más salvaje: la pusieron de lado, con una pierna levantada. Paco y Don Julio se turnaban para follarla anal, uno después del otro, sin sacarla del todo. Cada vez que uno salía, el siguiente entraba, manteniendo su ano abierto y chorreando saliva y precum.
Miranda gritaba y gemía sin control, el cuerpo cubierto de tierra, saliva y sudor, el culo rojo e hinchado siendo usado sin piedad.
Eduardo, a pocos metros, miraba todo con la jaula apretándole la pichita, temblando de morbo y amor.
—Te amo… te amo mientras te rompen el culo… —susurraba—. Te amo por entregarte así… te amo por ser mi puta…
Miranda, entre gemido y gemido, lo miró con ojos llenos de lágrimas de placer:
—Te amo… te amo por mirarme… te amo mientras me destrozan el orto…
Los cuatro viejos seguían turnándose, follándola anal en diferentes posiciones sobre el suelo sucio, gruñendo como animales, babeándola, escupiéndola y usándola como la puta más baja que jamás habían tenido.
El patio trasero olía a sexo, a basura y a degradación absoluta.
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