El salón del refugio estaba lleno como siempre a la hora del almuerzo. Miranda se movía entre las mesas largas con el delantal blanco puesto sobre una remera ajustada blanca y unos jeans que se le pegaban como una segunda piel. Cada vez que se inclinaba para servir una porción de guiso o un pedazo de pan, sus tetas enormes presionaban contra la tela, marcando claramente los pezones que ya empezaban a endurecerse. El culo redondo y carnoso se contoneaba con cada paso, los jeans metiéndose entre las nalgas y delineando perfectamente esa curva que volvía locos a los hombres.
Y ella lo sentía.
Sabía que la estaban mirando. No era una mirada inocente. Eran miradas de hambre pura, de hombres que hace años no tocaban a una mujer.
Paco estaba sentado en su lugar de siempre, al fondo. Sus ojos pequeños y hundidos no se despegaban de su culo cada vez que ella se daba vuelta. La verga ya se le marcaba groseramente en el pantalón roto. A su lado, los tres amigos que había invitado también la devoraban con la mirada:

Don Julio, el flaco alto, se pasaba la lengua por los labios resecos mientras miraba cómo rebotaban sus tetas.
El Negro Ramón, gordo y fuerte, tenía la mano debajo de la mesa, acomodándose la verga gruesa que ya estaba dura solo de verla.
Don Luis, el más viejo y sucio, respiraba pesado por la boca abierta, los ojos clavados en su culo como si quisiera comérselo.
Todos disimulaban… pero mal. Algunos bajaban la vista cuando ella los miraba, otros simplemente se quedaban congelados con la cuchara a medio camino, la baba casi cayéndoles.
Miranda sintió un calor intenso subirle desde el coño hasta el estómago. El tanga negro que llevaba debajo ya estaba empapado. Cada vez que se inclinaba y sentía todas esas miradas sucias clavadas en sus tetas y en su culo, su concha palpitaba más fuerte.
“En unas horas… estos mismos viejos apestosos me van a tener contra los contenedores de basura… me van a bajar los jeans y me van a follar uno tras otro como animales…” pensó, mordiéndose el labio inferior.
La idea la estaba volviendo loca. Imaginar sus vergas viejas, sucias y grandes entrando en su coño y en su culo mientras el olor a basura y a cuerpos sin lavar la rodeaba… hacía que su concha se contrajera y soltara más jugos. Los pezones se le marcaban claramente contra la remera blanca.
Miró disimuladamente hacia la cocina. Eduardo estaba allí, lavando platos, pero sus ojos no se apartaban de ella. Sabía perfectamente lo que estaba pasando. Y eso la mojaba aún más.
Se inclinó un poco más de lo necesario para servirle sopa extra a Don Luis, dejando que sus tetas casi se salieran del escote del delantal. El viejo soltó un suspiro ronco que casi se oyó.
Miranda sintió un escalofrío de placer.
“En unas horas… estos mismos ojos que me miran ahora como perros hambrientos van a verme abierta, gimiendo y llena de verga sucia… y yo voy a dejar que me usen como la puta más baja del refugio.”
Su coño estaba ardiendo.
Se enderezó, respiró hondo y siguió sirviendo con su sonrisa dulce de siempre… pero por dentro ya estaba completamente empapada y ansiosa por el momento en que los cuatro viejos la arrastraran al patio trasero para follársela sin piedad al lado de los contenedores de basura.
El salón del refugio ya estaba casi vacío. Los últimos indigentes recogían sus bandejas y salían arrastrando los pies. Solo quedaban dos voluntarios terminando de limpiar mesas al fondo y el olor a guiso frío flotando en el aire.
Miranda se quitó el delantal blanco y lo dobló sobre una silla. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y el coño palpitando debajo del jean. Eduardo se acercó desde la cocina, secándose las manos, la jaula de castidad apretándole fuerte con cada paso.
Se miraron un segundo en silencio. Luego Miranda lo tomó de la mano y lo llevó a un rincón apartado, detrás de una columna, donde nadie podía verlos.
—Amor… —susurró ella, apoyando la frente contra la de él—. Ya está. Los cuatro están esperando en el patio trasero, junto a los contenedores. Paco me escribió hace un rato: “Estamos listos”.
Eduardo respiró hondo, temblando. La jaula le dolía de lo dura que intentaba ponerse su pichita.
—Estoy nervioso… —admitió en voz muy baja—. Me calienta como nunca imaginarte con ellos… pero también me da miedo. Si alguien nos ve… si alguno habla después…
Miranda le tomó la cara con las dos manos y lo miró fijamente, con ternura y decisión.
—Shhh… yo también tengo miedo, cornudito. Cuatro indigentes sucios y apestosos… si uno se va de boca, todo puede explotar. Pero… también estoy empapada solo de pensarlo. Quiero hacerlo. Quiero sentirme usada por ellos, quiero que me llenen de verga vieja y rancia contra los tachos de basura… y quiero que vos lo veas. Te amo demasiado para echarme atrás ahora. ¿Vos seguís queriendo?
Eduardo cerró los ojos un segundo, luego asintió.
—Sí… te amo. Me calienta tanto que vayas a ser la puta de cuatro viejos rotos… que te abran, que te llenen, que te traten como carne… Te amo por ser tan valiente, por entregarte así por mí. Solo… prométeme que si en algún momento querés parar, lo hacemos.
Miranda lo besó suave en los labios.
—Te lo prometo. Si algo no me gusta, paramos. Pero ahora… quiero seguir. Quiero que me follen como la zorra caritativa que soy para ellos.
Se abrazaron fuerte un momento, respirando juntos, calmando los nervios. Miranda le acarició la jaula por encima del pantalón.
—Sentí cómo te aprieta… —susurró—. Hoy vas a estar encerrado mientras cuatro machos sucios me usan. Eso también me pone muy caliente.
Eduardo gimió bajito.
—Vamos… —dijo finalmente—. Ya es la hora.
Miranda miró hacia el fondo del salón. Los voluntarios ya estaban guardando cosas. Nadie les prestaba atención.
—Salgamos por la puerta lateral… como si fuéramos a tirar basura. Después rodeamos por afuera hasta el patio trasero. Ellos ya están ahí esperándome.
Eduardo tomó su mano.
—Te amo… pase lo que pase.
—Te amo más, mi cornudito enjaulado.
Salieron disimuladamente por la puerta lateral del refugio, el corazón latiéndoles a mil, sabiendo que en pocos minutos Miranda iba a estar rodeada de cuatro indigentes ancianos, sucios y hambrientos de carne, mientras su marido miraba con la jaula puesta.
El encuentro estaba a punto de comenzar.

El refugio era un viejo galpón municipal medio derruido, pintado de un gris sucio que se descascaraba por todos lados. Afuera había un cartel roto que decía “Centro de Ayuda Solidaria” y un olor permanente a comida hervida, basura húmeda y cuerpos sin lavar que se impregnaba en la ropa de cualquiera que entrara. Adentro, las mesas largas de plástico estaban siempre llenas de manchas, el piso de cemento agrietado y los ventiladores de techo giraban ruidosamente intentando mover el aire espeso.
El patio trasero era el lugar más apartado y peligroso del refugio: un espacio estrecho rodeado de paredes altas de ladrillo, lleno de maleza y con cuatro contenedores de basura grandes y oxidados apilados contra la pared del fondo. Allí casi nunca entraba nadie después del almuerzo. El suelo estaba lleno de charcos sucios, bolsas de residuos rotas y olor a orín y descomposición. Era el sitio perfecto para hacer algo prohibido: oscuro, aislado y apestoso.
Los cuatro indigentes que esperaban
Cuando Miranda y Eduardo llegaron al patio trasero después de servir el almuerzo, los cuatro ya estaban allí, escondidos entre los contenedores, fumando y hablando bajito.
Paco (el que ya conocía): 1.59, gordo, panza enorme colgando, barba gris larga y sucia con restos de comida. Dientes amarillos y faltantes, olor fuerte a basura y sudor viejo. Llevaba la misma ropa rota de siempre y una sonrisa ansiosa y torcida.
Don Julio: 68 años, flaco como un palo, muy alto (casi 1.85), piel arrugada y llena de manchas. Barba rala y blanca, ojos hundidos. Llevaba un abrigo roto que le quedaba grande. Tenía una verga larga y delgada pero muy venosa que ya se le marcaba en el pantalón.
El Negro Ramón: 62 años, piel muy oscura, calvo total, cara redonda y nariz ancha. Gordo pero fuerte, brazos gruesos. Olía a alcohol barato y a ropa húmeda. Su verga era la más gruesa de los cuatro, corta pero como un brazo, y ya estaba semi-dura solo de esperar.
Don Luis: 71 años, el más viejo y sucio. Bajo, encorvado, barba blanca larga y enredada con mugre. Le faltaban casi todos los dientes superiores. Llevaba una campera rota llena de manchas oscuras y un pantalón que apenas se sostenía. Tenía una verga larga y curva que se le notaba mucho cuando se excitaba.

Los cuatro estaban nerviosos pero con los ojos brillantes de lujuria. Cuando vieron a Miranda aparecer con su remera ajustada y el jean que marcaba su culo monumental, los cuatro se quedaron mudos un segundo… y luego sus vergas empezaron a endurecerse visiblemente dentro de los pantalones sucios.
Paco fue el primero en hablar, con voz ronca y ansiosa:
—Colorada… viniste… estos son mis amigos. Les conté lo buena que sos… y ya están locos por vos.
Miranda miró a Eduardo un segundo (que estaba parado atrás, temblando con la jaula puesta) y luego volvió a mirar a los cuatro viejos sucios y apestosos que la esperaban entre los contenedores de basura.
El aire olía a sexo inminente, a cuerpos sin lavar y a la perversión más baja.
Y ella lo sentía.
Sabía que la estaban mirando. No era una mirada inocente. Eran miradas de hambre pura, de hombres que hace años no tocaban a una mujer.
Paco estaba sentado en su lugar de siempre, al fondo. Sus ojos pequeños y hundidos no se despegaban de su culo cada vez que ella se daba vuelta. La verga ya se le marcaba groseramente en el pantalón roto. A su lado, los tres amigos que había invitado también la devoraban con la mirada:

Don Julio, el flaco alto, se pasaba la lengua por los labios resecos mientras miraba cómo rebotaban sus tetas.
El Negro Ramón, gordo y fuerte, tenía la mano debajo de la mesa, acomodándose la verga gruesa que ya estaba dura solo de verla.
Don Luis, el más viejo y sucio, respiraba pesado por la boca abierta, los ojos clavados en su culo como si quisiera comérselo.
Todos disimulaban… pero mal. Algunos bajaban la vista cuando ella los miraba, otros simplemente se quedaban congelados con la cuchara a medio camino, la baba casi cayéndoles.
Miranda sintió un calor intenso subirle desde el coño hasta el estómago. El tanga negro que llevaba debajo ya estaba empapado. Cada vez que se inclinaba y sentía todas esas miradas sucias clavadas en sus tetas y en su culo, su concha palpitaba más fuerte.
“En unas horas… estos mismos viejos apestosos me van a tener contra los contenedores de basura… me van a bajar los jeans y me van a follar uno tras otro como animales…” pensó, mordiéndose el labio inferior.
La idea la estaba volviendo loca. Imaginar sus vergas viejas, sucias y grandes entrando en su coño y en su culo mientras el olor a basura y a cuerpos sin lavar la rodeaba… hacía que su concha se contrajera y soltara más jugos. Los pezones se le marcaban claramente contra la remera blanca.
Miró disimuladamente hacia la cocina. Eduardo estaba allí, lavando platos, pero sus ojos no se apartaban de ella. Sabía perfectamente lo que estaba pasando. Y eso la mojaba aún más.
Se inclinó un poco más de lo necesario para servirle sopa extra a Don Luis, dejando que sus tetas casi se salieran del escote del delantal. El viejo soltó un suspiro ronco que casi se oyó.
Miranda sintió un escalofrío de placer.
“En unas horas… estos mismos ojos que me miran ahora como perros hambrientos van a verme abierta, gimiendo y llena de verga sucia… y yo voy a dejar que me usen como la puta más baja del refugio.”
Su coño estaba ardiendo.
Se enderezó, respiró hondo y siguió sirviendo con su sonrisa dulce de siempre… pero por dentro ya estaba completamente empapada y ansiosa por el momento en que los cuatro viejos la arrastraran al patio trasero para follársela sin piedad al lado de los contenedores de basura.
El salón del refugio ya estaba casi vacío. Los últimos indigentes recogían sus bandejas y salían arrastrando los pies. Solo quedaban dos voluntarios terminando de limpiar mesas al fondo y el olor a guiso frío flotando en el aire.
Miranda se quitó el delantal blanco y lo dobló sobre una silla. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y el coño palpitando debajo del jean. Eduardo se acercó desde la cocina, secándose las manos, la jaula de castidad apretándole fuerte con cada paso.
Se miraron un segundo en silencio. Luego Miranda lo tomó de la mano y lo llevó a un rincón apartado, detrás de una columna, donde nadie podía verlos.
—Amor… —susurró ella, apoyando la frente contra la de él—. Ya está. Los cuatro están esperando en el patio trasero, junto a los contenedores. Paco me escribió hace un rato: “Estamos listos”.
Eduardo respiró hondo, temblando. La jaula le dolía de lo dura que intentaba ponerse su pichita.
—Estoy nervioso… —admitió en voz muy baja—. Me calienta como nunca imaginarte con ellos… pero también me da miedo. Si alguien nos ve… si alguno habla después…
Miranda le tomó la cara con las dos manos y lo miró fijamente, con ternura y decisión.
—Shhh… yo también tengo miedo, cornudito. Cuatro indigentes sucios y apestosos… si uno se va de boca, todo puede explotar. Pero… también estoy empapada solo de pensarlo. Quiero hacerlo. Quiero sentirme usada por ellos, quiero que me llenen de verga vieja y rancia contra los tachos de basura… y quiero que vos lo veas. Te amo demasiado para echarme atrás ahora. ¿Vos seguís queriendo?
Eduardo cerró los ojos un segundo, luego asintió.
—Sí… te amo. Me calienta tanto que vayas a ser la puta de cuatro viejos rotos… que te abran, que te llenen, que te traten como carne… Te amo por ser tan valiente, por entregarte así por mí. Solo… prométeme que si en algún momento querés parar, lo hacemos.
Miranda lo besó suave en los labios.
—Te lo prometo. Si algo no me gusta, paramos. Pero ahora… quiero seguir. Quiero que me follen como la zorra caritativa que soy para ellos.
Se abrazaron fuerte un momento, respirando juntos, calmando los nervios. Miranda le acarició la jaula por encima del pantalón.
—Sentí cómo te aprieta… —susurró—. Hoy vas a estar encerrado mientras cuatro machos sucios me usan. Eso también me pone muy caliente.
Eduardo gimió bajito.
—Vamos… —dijo finalmente—. Ya es la hora.
Miranda miró hacia el fondo del salón. Los voluntarios ya estaban guardando cosas. Nadie les prestaba atención.
—Salgamos por la puerta lateral… como si fuéramos a tirar basura. Después rodeamos por afuera hasta el patio trasero. Ellos ya están ahí esperándome.
Eduardo tomó su mano.
—Te amo… pase lo que pase.
—Te amo más, mi cornudito enjaulado.
Salieron disimuladamente por la puerta lateral del refugio, el corazón latiéndoles a mil, sabiendo que en pocos minutos Miranda iba a estar rodeada de cuatro indigentes ancianos, sucios y hambrientos de carne, mientras su marido miraba con la jaula puesta.
El encuentro estaba a punto de comenzar.

El refugio era un viejo galpón municipal medio derruido, pintado de un gris sucio que se descascaraba por todos lados. Afuera había un cartel roto que decía “Centro de Ayuda Solidaria” y un olor permanente a comida hervida, basura húmeda y cuerpos sin lavar que se impregnaba en la ropa de cualquiera que entrara. Adentro, las mesas largas de plástico estaban siempre llenas de manchas, el piso de cemento agrietado y los ventiladores de techo giraban ruidosamente intentando mover el aire espeso.
El patio trasero era el lugar más apartado y peligroso del refugio: un espacio estrecho rodeado de paredes altas de ladrillo, lleno de maleza y con cuatro contenedores de basura grandes y oxidados apilados contra la pared del fondo. Allí casi nunca entraba nadie después del almuerzo. El suelo estaba lleno de charcos sucios, bolsas de residuos rotas y olor a orín y descomposición. Era el sitio perfecto para hacer algo prohibido: oscuro, aislado y apestoso.
Los cuatro indigentes que esperaban
Cuando Miranda y Eduardo llegaron al patio trasero después de servir el almuerzo, los cuatro ya estaban allí, escondidos entre los contenedores, fumando y hablando bajito.
Paco (el que ya conocía): 1.59, gordo, panza enorme colgando, barba gris larga y sucia con restos de comida. Dientes amarillos y faltantes, olor fuerte a basura y sudor viejo. Llevaba la misma ropa rota de siempre y una sonrisa ansiosa y torcida.
Don Julio: 68 años, flaco como un palo, muy alto (casi 1.85), piel arrugada y llena de manchas. Barba rala y blanca, ojos hundidos. Llevaba un abrigo roto que le quedaba grande. Tenía una verga larga y delgada pero muy venosa que ya se le marcaba en el pantalón.
El Negro Ramón: 62 años, piel muy oscura, calvo total, cara redonda y nariz ancha. Gordo pero fuerte, brazos gruesos. Olía a alcohol barato y a ropa húmeda. Su verga era la más gruesa de los cuatro, corta pero como un brazo, y ya estaba semi-dura solo de esperar.
Don Luis: 71 años, el más viejo y sucio. Bajo, encorvado, barba blanca larga y enredada con mugre. Le faltaban casi todos los dientes superiores. Llevaba una campera rota llena de manchas oscuras y un pantalón que apenas se sostenía. Tenía una verga larga y curva que se le notaba mucho cuando se excitaba.

Los cuatro estaban nerviosos pero con los ojos brillantes de lujuria. Cuando vieron a Miranda aparecer con su remera ajustada y el jean que marcaba su culo monumental, los cuatro se quedaron mudos un segundo… y luego sus vergas empezaron a endurecerse visiblemente dentro de los pantalones sucios.
Paco fue el primero en hablar, con voz ronca y ansiosa:
—Colorada… viniste… estos son mis amigos. Les conté lo buena que sos… y ya están locos por vos.
Miranda miró a Eduardo un segundo (que estaba parado atrás, temblando con la jaula puesta) y luego volvió a mirar a los cuatro viejos sucios y apestosos que la esperaban entre los contenedores de basura.
El aire olía a sexo inminente, a cuerpos sin lavar y a la perversión más baja.
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