Después de aquella noche en la mesa de cartas, todo cambió. Mi esposa ya no era la misma. Sus rizos rojizos seguían cayendo salvajes sobre sus hombros, sus pecas seguían brillando como estrellas en su piel voluptuosa, pero ahora había un fuego nuevo en sus ojos. Yo seguía perdiendo, pero ya no me importaba tanto el dinero. Me importaba verla. Verla rota, usada, convertida en lo que nunca imaginamos.Una semana después, caímos en lo más bajo: un juego callejero en un callejón oscuro del barrio, detrás de un bar clandestino donde los tipos duros mandaban. Yo apostaba lo poco que nos quedaba, y ella estaba ahí, vestida como una hotwife de verdad. Llevaba un vestido negro corto, ajustadísimo, con escote profundo que apenas contenía sus tetas grandes y un dobladillo tan arriba que se le veía el borde de un tanga rojo de encaje cada vez que se movía. Medias negras con liguero visible, tacones altos que la hacían caminar como una puta de lujo. Se había maquillado fuerte, labios rojos, y en el cuello llevaba un collar de “propiedad” que ella misma se había puesto esa mañana, susurrándome al oído: “Esta noche quiero que me miren como tuya… pero que me usen como de todos”.Los dos hombres que mandaban en la zona aparecieron de la nada. Eran los jefes del barrio, armados, con miradas que no admitían negativas. Uno era alto y fornido, el otro más bajo pero con una presencia que helaba la sangre. Nos vieron jugando y se acercaron. El más grande sonrió al fijarse en mi esposa.—Vaya… ¿esta es la prenda que estás apostando esta vez, perdedor? —dijo, señalándola con la barbilla.Yo asentí, la voz me temblaba. Ella se quedó quieta, pero vi cómo se le endurecían los pezones bajo la tela del vestido. Los tipos nos rodearon. El más bajo sacó un arma y la apoyó contra mi pecho.—Juega. Pero si pierdes esta mano, nosotros nos la llevamos. Gratis. Y tú miras.Perdí. Claro que perdí.—No… por favor —murmuró ella al principio, retrocediendo un paso, los ojos llenos de miedo real. Pero el grandote la agarró del brazo y la empujó contra la pared del callejón.—Cállate, puta. Tu marido ya apostó. Ahora obedeces.Me obligaron a sentarme en una caja de madera a dos metros. “Mira y no te muevas”, me ordenaron. Ella temblaba, pero cuando el grandote le subió el vestido y le rasgó el tanga de un tirón, algo cambió en su cara. Le escribieron con marcador negro permanente en el cuerpo, justo ahí, delante de mí. En las tetas: “Hotwife gratis”. En el vientre: “Puta del barrio”. En los muslos, con flechas apuntando hacia su coño y su culo: “Usar sin permiso”. Ella jadeaba, las pecas enrojecidas por la vergüenza y la excitación.El grandote tenía una verga enorme, gruesa como mi muñeca. La sacó y la frotó contra su cara mientras el otro le sujetaba los rizos rojizos.—Ábrela, zorra —gruñó.Al principio ella giró la cara, asustada por las armas, por los dos hombres que mandaban en la zona. Pero cuando él le metió dos dedos en el coño y vio lo mojada que ya estaba, se rio.—Mírala… ya está chorreando. Le gusta que la humillen.La empujaron de rodillas. El grandote le metió la verga hasta la garganta mientras el otro le pellizcaba los pezones y le escribía más: “Anal solo hoy” en la nalga izquierda. Yo solo miraba, el corazón latiéndome en la garganta, la polla dura dentro del pantalón. Ella se ahogaba, babas corriendo por su barbilla, pero sus ojos… sus ojos ya no tenían miedo. Tenían hambre.Entonces el grandote la levantó, la giró contra la pared y le separó las piernas.—Ahora te voy a romper el culo, hotwife.Ella negó con la cabeza, susurrando “no… es demasiado grande… tengo miedo”. Pero él escupió en su agujero, presionó y empujó. Entró de un solo golpe. Ella gritó, las piernas le temblaron, y en menos de diez segundos se corrió como una loca. Un chorro le salpicó las medias, el cuerpo entero convulsionando mientras él la follaba el culo sin piedad, profundo, salvaje.—Joder… mira cómo aprieta —gruñó él—. Esta puta ya es nuestra.El otro se unió. Se turnaron. Uno en el culo, el otro en la boca. La humillaban entre empujones:—¿Te gusta que tu marido vea cómo te usamos gratis?—Sí… sí… —gemía ella ya sin control, los rizos pegados a la cara por el sudor y las babas.Invitaron a más. Tres tipos más del barrio que pasaban por el callejón se acercaron al oír los gemidos. Los jefes les hicieron señas.—Vengan. La hotwife está abierta esta noche. Gratis para todos los que mandan aquí.La rodearon. Uno le escribió “Puta pública” en la frente con el marcador. Otro le pintó flechas en las tetas apuntando a su boca. La pusieron a cuatro patas en el suelo sucio del callejón. El grandote siguió follándole el culo mientras otro le metía la verga en la boca y los demás se masturbaban sobre ella, corriéndose en sus rizos rojizos, en sus pecas, en su espalda. Ella se corría una y otra vez, gritando, suplicando más, completamente ida.Yo solo miraba. No hice nada. No dije nada. Me limité a ver cómo mi esposa se volvía una verdadera puta callejera, usada por hombres armados que ni siquiera pagaban. Y lo peor… lo mejor… es que ella ya no fingía miedo. Lo pedía.Cuando terminaron, la dejaron tirada en el suelo, el vestido roto, el cuerpo lleno de escritura y semen, jadeando con una sonrisa rota. Se acercó a mí gateando, me miró a los ojos y susurró:—Perdiste otra vez… pero yo gané. Quiero más. Quiero que la próxima vez sean más hombres. Quiero que me veas convertida en esto para siempre.Y yo, el perdedor eterno, solo asentí. Porque ahora también yo estaba enganchado. Enganchado a verla degradada, usada, rota… y feliz de serlo. La apuesta había subido al siguiente nivel. Y ya no había vuelta atrás.
1 comentarios - Pierdo a mi esposa en una apuesta #2
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