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La doctora elena y los indigentes 2 - Hospital

Sorpresa en el Hospital
Elena estaba en medio de su ronda nocturna en el Hospital Central, revisando fichas en un pasillo secundario del ala de emergencias, uno de esos corredores poco transitados donde solo pasaban camilleros ocasionales o enfermeras apuradas. Era casi la una de la madrugada, y el lugar olía a desinfectante mezclado con el leve hedor a sudor de turnos largos. Llevaba el guardapolvo abierto, revelando su blusa ajustada, y sus pies, aún con el recuerdo de olores acumulados de días anteriores, la hacían caminar con un leve cosquilleo de anticipación reprimida.
De repente, una sombra grande y familiar se materializó al final del pasillo. Era él: el indigente principal, el anciano negro obeso y asqueroso que la había iniciado en todo esto. Vestía la misma campera rota, oliendo a calle húmeda y sudor rancio incluso desde lejos. ¿Cómo había entrado? Probablemente por la puerta de servicio, sobornando a algún guardia con una historia cualquiera. Elena se congeló, el corazón le saltó a la garganta. Estaba aterrorizada. Si alguien la veía con él —un vagabundo mugriento en medio del hospital— su reputación, su carrera, todo se iría al carajo. Nadie en su entorno laboral o social podía enterarse de sus fetiches sucios, de cómo se arrodillaba en callejones para lamer pies podridos y dejarse romper el culo por viejos repulsivos.
—¿Qué mierda hacés acá? —susurró ella, acercándose rápido con los ojos desorbitados, mirando a todos lados para asegurarse de que estaban solos—. ¡Andate ahora mismo! Esto es una locura, no podés estar en el hospital.



La doctora elena y los indigentes 2 - Hospital


Él soltó una risa baja y gutural, acercándose con su cojera característica, el olor a alcohol viejo y pies sin lavar golpeándola como una ola. —Viniste a mi callejón, colorada. Ahora yo vengo al tuyo. Quiero mi dosis de doctora puta. Mirá cómo me tenés... —Se rascó la entrepierna con descaro, el bulto marcado bajo los pantalones sucios.
Elena intentó controlarlo, poniéndole una mano en el pecho para empujarlo hacia atrás, pero su piel estaba caliente y pegajosa bajo la camisa rota. —Por favor... no ahora. No acá. Si nos ven, estoy jodida. Volvamos al callejón mañana, te prometo que iré con los pies bien sudados, sin lavar, como te gusta. Pero andate ya.
Él no la escuchó. En cambio, la agarró por la cintura con sus manos grandes y ásperas, tirándola contra la pared fría del pasillo. —Callate, zorra blanca. Sabés que lo querés. Huelo tu coño mojado desde acá.
Elena forcejeó un poco, aterrorizada pero sintiendo ese calor traicionero entre las piernas. Intentó razonar: —¡No! Esperá, alguien puede venir...
Pero de improviso, en medio de la conversación susurrada, él la sorprendió inclinándose y plantándole un beso de lengua sucio y salivoso. Su boca era un desastre: aliento a tabaco rancio y dientes podridos, saliva espesa y amarillenta invadiendo la de ella como un torrente. La lengua gorda y babosa se metió profunda, explorando con rudeza, chorros de baba resbalando por la barbilla de Elena mientras ella se debatía entre el asco y el deseo. El beso duró segundos eternos, húmedo y obsceno, con él gruñendo en su boca como un animal.
Justo entonces, un ruido de pasos. Elena abrió los ojos horrorizada y vio a su mejor amiga, la doctora Carla Mendoza, una morena de 29 años con curvas pronunciadas y un guardapolvo impecable, parada al final del pasillo con una carpeta en la mano. Carla había presenciado todo: el beso repulsivo, el indigente mugriento pegado a Elena como una lapa.
Elena se apartó de un tirón, limpiándose la boca con el dorso de la mano, el rostro rojo de vergüenza y terror. —¡Vete! —le siseó al indigente, disimulando lo mejor que pudo—. Nos vemos después... en el lugar de siempre. Pero andate ya, por favor.
Él rio de nuevo, escupiendo un gargajo al suelo del pasillo antes de girarse y cojear hacia la salida de emergencia. —No tardes, perra. Te espero con mis amigos.
Elena se quedó sola con Carla, que la miraba con los ojos muy abiertos, una mezcla de shock y confusión en la cara. —Elena... ¿qué carajo fue eso? ¿Un beso con un vagabundo asqueroso en el hospital? ¿Estás loca?
Elena intentó mentir al principio, el pánico nublando su mente. —No... no fue nada. Solo un paciente confundido, borracho. Le estaba diciendo que se fuera. Olvidalo, Carla, fue un malentendido.
Pero Carla no era tonta. Cruzó los brazos, acercándose. —Mentira. Vi cómo te besaba, cómo le metía la lengua. Y lo que dijo de "te espero con mis amigos". Elena, somos amigas desde la facultad. Contame la verdad o llamo a seguridad.
Elena suspiró, derrotada. Miró a ambos lados del pasillo para asegurarse de que estaban solas, y luego lo soltó todo en un torrente bajo y avergonzado. Le contó sobre el primer encuentro en el callejón, cómo el anciano la había pervertido lamiéndole los pies sudados, follándola analmente sin piedad. Le describió los olores fuertes a sudor rancio y pies podridos que la volvían loca, los besos salivosos y repulsivos, las humillaciones en grupo con otros indigentes gordos y feos, cómo la penetraban doble en coño y culo en poses brutales hasta dejarla chorreando semen y saliva. —Me gusta ser su puta blanca... me excita la suciedad, el asco, la humillación. No puedo parar, Carla. Es mi adicción.
Al principio, Carla sintió repulsión pura. Su cara se arrugó en una mueca de asco, retrocediendo un paso. —Dios, Elena... eso es asqueroso. ¿Indigentes negros viejos y sucios? ¿Lamiendo pies podridos y dejándote romper el culo en callejones? ¿Estás enferma? Podrías contagiarte de cualquier mierda, perder tu licencia... es repugnante.
Elena bajó la cabeza, lágrimas de vergüenza en los ojos. —Lo sé... pero no puedo controlarlo.
Carla se quedó callada un momento, procesando. Pero entonces, algo cambió. Sintió un calor inesperado entre las piernas, un cosquilleo traicionero al imaginar las escenas que Elena describía: el olor fuerte, los cuerpos obesos y mugrientos, la humillación cruda. Su coño se humedeció ligeramente bajo la falda, y se mordió el labio, sorprendida de su propia reacción. ¿Repulsión? Sí, pero mezclada con una excitación curiosa, prohibida. Miró a Elena con ojos nuevos, una media sonrisa formándose en sus labios.
—Joder... no sé qué decir. Es asqueroso, pero... me estás haciendo pensar en eso. Tal vez... no sé, quizás necesite entenderlo mejor.
Elena levantó la vista, notando el rubor en las mejillas de Carla. El pasillo parecía más cargado de repente, el aire espeso con posibilidades.
Y ahí supieron las dos que esto no terminaba. Iba a continuar...



medica




La Confesión de Carla y la Iniciación
Carla Mendoza llegó a su departamento esa noche con la cabeza hecha un torbellino. Era una mujer impecable: 29 años, morena con piel suave y curvas bien definidas, siempre con el pelo negro recogido en un moño perfecto, uñas manicureadas y un aroma sutil a perfume floral que contrastaba con el olor clínico del hospital. Inteligente, correcta, la típica doctora que seguía las reglas al pie de la letra: turnos puntuales, relaciones esporádicas con hombres "adecuados" que duraban poco porque nada la encendía de verdad. Pero esa noche, todo lo que Elena le había contado la perseguía como un fantasma sucio y excitante.
Se duchó como siempre, frotándose con jabón neutro hasta sentirse inmaculada, pero mientras se secaba, las imágenes volvían: indigentes negros viejos, gordos y repulsivos, con olores a sudor rancio y pies podridos, follándose a su amiga en callejones mugrientos. Carla se metió en la cama, las sábanas limpias y frescas contra su piel, pero no podía dormir. Dio vueltas durante horas, el cuerpo caliente, un cosquilleo insistente entre las piernas. Intentó ignorarlo, racionalizarlo: "Es asqueroso, repugnante, ¿cómo puede Elena rebajarse así?". Pero cuanto más lo pensaba, más se excitaba. Imaginó los besos salivosos, la saliva espesa resbalando por la barbilla; el sexo anal brutal sin preparación, el dolor mezclado con placer; los olores fuertes invadiendo sus sentidos, humillándola hasta el éxtasis.
Al final, avergonzada hasta las lágrimas, se tocó bajo las sábanas. Sus dedos resbalaron en jugos calientes mientras fantaseaba con ser ella la que se arrodillaba, lamiendo pies negros de mugre, dejando que viejos asquerosos la usaran como una puta. Admitió en su mente, con el rostro ardiendo: "Me gusta lo opuesto a mí. Lo limpio me aburre. Quiero esa suciedad, esa humillación... quiero probarlo".
Al día siguiente, en el hospital, Carla buscó a Elena durante la pausa del almuerzo. La encontró en la sala de descanso, tomando café. Elena la miró con cautela, recordando la conversación de la noche anterior.
—Elena... anoche no pude dormir por lo que me contaste —empezó Carla, su voz temblorosa, las mejillas sonrojadas bajo el maquillaje perfecto.
Elena se tensó. —¿Estás bien? Si es para juzgarme, no...
—No, no es eso —interrumpió Carla, bajando la voz y mirando alrededor para asegurarse de que estaban solas—. Al principio me dio asco, de verdad. Pero después... me excité. Mucho. Di vueltas en la cabeza toda la noche, y... joder, aunque me avergüenza admitirlo, quiero probar lo mismo. Llévame con esos indigentes sucios, por favor. Quiero que me usen como a ti.
Elena parpadeó, sorprendida, pero una sonrisa traviesa se formó en sus labios. —Carla... ¿estás segura? Es crudo, humillante, asqueroso de verdad.
Carla asintió, el pulso acelerado. —Sí. Me gusta lo opuesto a mí: lo sucio, lo repulsivo. Llévame esta noche.
Esa noche, después del turno, Elena guio a Carla al callejón detrás del hospital. El aire estaba cargado de olor a basura húmeda y orina rancia. Allí estaban ellos: el anciano principal, obeso y barbudo, con sus dos amigos igual de repulsivos —el flaco con barriga hinchada y el gordo con rollos temblorosos—. Los tres sentados alrededor de un barril oxidado, fumando cigarrillos liados, oliendo a sudor acumulado y pies sin lavar.
—Miren lo que traje —anunció Elena, empujando a Carla adelante—. Mi amiga doctora quiere probar. Es limpia y correcta, pero dice que le gusta lo opuesto: viejos negros sucios como ustedes.
Los tres rieron con voces roncas, evaluando a Carla con ojos hambrientos. El anciano se levantó, cojeando hacia ella. —Vení, morenita pija. Vamos a pervertirte como a tu amiga.
Carla temblaba de nervios y excitación, pero se dejó llevar. El anciano la agarró por la nuca y la besó de improviso: un beso sucio y salivoso, su lengua gorda invadiendo su boca con saliva espesa y amarillenta, sabor a tabaco rancio y dientes podridos. Chorros de baba resbalaron por su barbilla mientras ella gemía, sorprendida por lo mucho que le gustaba el asco.
Elena se unió, quitándose la ropa para animar. —Humíllenla, chicos. Es nueva, háganla adicta.
El flaco la tiró al colchón podrido, levantándole la falda. —Primero, olemos tu limpieza antes de ensuciarte. —Pero en vez de eso, le metió sus pies descalzos y negros de mugre en la cara. El olor era abrumador: sudor ácido, tierra incrustada, como queso fermentado. Carla inhaló profundo, lamiendo la planta sucia con avidez. —Dios... huele tan mal... tan bueno... soy una puta correcta que necesita esto.
El gordo se puso detrás, escupiendo un gargajo viscoso directo en su ano expuesto. Sin preparación, empujó su polla gorda y venosa adentro, rompiéndole el culo con embestidas brutales. Carla gritó, el dolor ardiente convirtiéndose en placer mientras sus paredes se estiraban. Al mismo tiempo, el anciano le folló el coño por delante, sus panzas chocando, sudando profusamente. El olor a sudor rancio los envolvía como una niebla tóxica.
Elena, no queriendo quedarse fuera, se arrodilló sobre la cara de Carla. —Lámeme el coño mientras te rompen, amiga. Prueba lo que nos hace adictas. —Carla sacó la lengua, lamiendo los jugos salados y viscosos de Elena, mientras los dos viejos la penetraban doble: coño y culo al mismo tiempo, en una pose de sándwich que la hacía sentir rellena y degradada.
Cambiarón de posición: Carla de rodillas, con el flaco follándole la boca, su polla sucia hasta la garganta, babeando saliva que caía en chorros sobre sus tetas. El anciano la penetró analmente por detrás, escupiendo más en la unión para lubricar, mientras el gordo le metía dedos gordos y mugrientos en el coño, frotando con rudeza. —Tragá mi baba, doctora limpia —gruñó el flaco, escupiendo directo en su boca abierta alrededor de su polla.
La sorpresa vino cuando rotaron a una pose más salvaje: la levantaron entre los tres, suspendida en el aire como una muñeca rota. El anciano en su coño por abajo, el gordo en el ano por atrás —doble penetración que la hacía gritar de éxtasis doloroso—, y el flaco metiéndole un pie sudado en la boca para que lo chupara mientras se masturbaba sobre su cara. Fluidos por todos lados: semen precoz goteando, jugos chorreando, saliva resbalando, sudor pegajoso cubriéndola entera. Carla se corrió temblando, un chorro caliente salpicando las piernas de ellos, humillada pero extasiada.
Al final, la dejaron en el colchón, cubierta de semen espeso y amarillento de los tres, mezclado con saliva y sudor, el olor a pies y cuerpos asquerosos pegado a su piel inmaculada. Elena la miró sonriendo. —Bienvenida al club, Carla.
Carla, jadeando, solo pudo asentir. Ya era adicta.





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Evolución de la Adicción – Carla Toma el Control
Después de esa primera noche en el callejón, Carla no podía parar de pensar en ello. Al contrario de Elena, que había empezado tímida y aterrorizada, Carla —siempre la inteligente y correcta, la que planeaba todo con precisión quirúrgica— sintió que algo se despertaba en ella como un incendio. La suciedad, el asco, la humillación... era lo opuesto perfecto a su vida pulcra, y eso la volvía loca. Pasaron unos días en los que fingió normalidad en el hospital, pero por dentro bullía. Mandaba mensajes a Elena a escondidas: "¿Cuándo volvemos? Necesito más". Elena, sorprendida por la intensidad de su amiga, accedió, pero fue Carla quien tomó la iniciativa total.
Una noche, Carla no esperó a Elena. Terminó su turno temprano y, en vez de ir a casa, salió sola por la puerta trasera del hospital. Llevaba el guardapolvo en una bolsa, vestida con una falda corta y una blusa fina que se pegaba a su piel morena y curvilínea. Caminó por los callejones adyacentes, no al habitual, sino a uno más profundo, cerca de un puente abandonado donde sabía que se reunían más indigentes. El olor a orina rancia y basura podrida la golpeó de inmediato, excitándola. Encontró al anciano principal y sus dos amigos habituales, pero no se conformó. Con una sonrisa audaz, les dijo: —Traigan más. Quiero una pandilla de viejos negros sucios rompiéndome. Soy la doctora limpia que necesita ser ensuciada por completo.
Los tres rieron, impresionados por su iniciativa. El anciano mandó a uno de sus amigos a buscar refuerzos. Pronto llegaron dos nuevos: un negro de unos 75 años, extremadamente gordo con rollos de grasa colgando como cortinas, la piel llena de verrugas y costras, barba blanca enmarañada con restos de comida, y un hedor permanente a sudor axilar rancio mezclado con pies que no habían visto agua en meses. El otro era más flaco pero igual de repulsivo, 68 años, con la cara hundida por años de drogas, dientes negros y rotos, y pantalones sucios que olían a meadas secas. Ambos eran afroamericanos, ancianos, feos y asquerosos, perfectos para el fetiche de Carla.
Carla se arrodilló en el asfalto mugriento sin que se lo pidieran, quitándose la blusa para exponer sus tetas firmes y morenas. —Humíllenme, viejos podridos. Usen a esta doctora correcta como su puta callejera.
El nuevo gordo se acercó primero, agarrándola por el pelo negro y metiéndole la cara en su entrepierna sucia. El olor era abrumador: sudor concentrado, orina vieja, bolas húmedas y peludas. Carla inhaló profundo, gimiendo: —Dios, huelen tan mal... tan delicioso. Soy una perra limpia adicta a su mugre.
El anciano principal escupió un gargajo espeso directo en su boca abierta, iniciando un beso grupal salivoso. Los cinco se turnaron: lenguas gordas y babosas invadiendo su boca una tras otra, saliva amarillenta y viscosa chorreada por su cuello y tetas, sabores a alcohol rancio, dientes podridos y aliento fétido mezclándose en un beso colectivo obsceno que la dejó jadeando.
Carla tomó la iniciativa de nuevo, gateando hacia el nuevo flaco y lamiéndole los pies descalzos y negros de mugre acumulada. El sabor era amargo y salado, con tierra incrustada disolviéndose en su lengua. Mientras lo hacía, el gordo nuevo le levantó la falda y, sin aviso, escupió en su ano antes de penetrarla analmente de un tirón brutal. Su polla era gruesa y venosa, sin lavar, oliendo a sexo viejo. Carla gritó de dolor placentero, empujando hacia atrás: —¡Rómpanme el culo, asquerosos! ¡Soy su doctora sucia!
Elena llegó justo entonces, atraída por un mensaje de Carla, y se unió sonriendo. —Mirá quién toma el control ahora.
Los cinco la rodearon. Primero, en una pose de rueda: Carla en el centro, de rodillas, chupando pollas sucias una por una mientras los otros le escupían en la cara y le metían dedos mugrientos en coño y culo. Fluidos por todos lados: saliva resbalando, jugos chorreando de su coño excitado, semen precoz goteando de las pollas venosas.
Cambiarón a algo más salvaje: la levantaron como a una muñeca, el anciano principal en su coño por abajo, el nuevo gordo en el ano por atrás —doble penetración que la hacía sentir partida en dos, con panzas sudadas pegándose a su piel—. Uno de los habituales le follaba la boca, mientras los otros dos le frotaban sus pies podridos en las tetas, dejando huellas de mugre y sudor. Carla se corrió temblando, un chorro caliente salpicando las piernas de ellos, humillada por los gruñidos: —Toma, perra morena... doctora limpia llena de leche negra podrida.
La sorpresa vino en la siguiente pose: la pusieron bocarriba en el colchón apestoso, con Elena sentada en su cara para que lamiera su coño empapado mientras los cinco se turnaban para follarla. Uno en coño, otro en culo al mismo tiempo —doble de nuevo—, y los restantes masturbándose sobre ella, escupiendo gargajos en sus tetas y metiéndole dedos sucios en la boca. El nuevo flaco fue el más cruel: le metió un pie entero en la boca mientras la penetraban, obligándola a chupar los dedos negros y oliendo a vinagre rancio, todo mientras Elena gemía encima.
Carla dirigía todo: —Más sucio... escúpanme más... húndanme en su mugre. —Se corrió múltiples veces, el cuerpo convulsionando, fluidos mezclados cubriéndola: semen espeso y amarillento de los cinco vaciándose en chorros calientes dentro y fuera de ella, saliva pegajosa, sudor rancio goteando de sus cuerpos obesos.
Al final, Carla quedó tirada, cubierta de todo, riendo con éxtasis. Elena la miró impresionada. —Tomaste la iniciativa... y ahora somos dos adictas totales.
Pero Carla ya planeaba más: —Mañana traigo a más. Vamos a hacer de esto una rutina.


Evolución de la Adicción – El Riesgo en la Oficina
Carla Mendoza no solo era una doctora impecable en su vida profesional; como ginecóloga especializada en embarazos de alto riesgo, era conocida por su calidez y empatía. Sus pacientes la adoraban: siempre con una sonrisa suave, una mano gentil en el vientre de las embarazadas durante las ecografías, y palabras de aliento que calmaban los miedos de las futuras madres. "Todo va a salir bien, mi amor", les decía con esa voz cariñosa que hacía sentir a cada una como si fuera la única en el mundo. Pero debajo de esa fachada de corrección y cuidado, bullía una adicción que contrastaba brutalmente con su rol: el deseo insaciable por lo sucio, lo prohibido, lo opuesto a su pulcritud diaria. Cada consulta con una paciente embarazada, sintiendo la vida latiendo bajo sus manos, solo avivaba su hambre secreta por la degradación, como si el equilibrio entre pureza y mugre la excitara aún más.
Después de tomar la iniciativa en los callejones, Carla sintió que necesitaba escalar la aventura. El riesgo la llamaba como una sirena: ¿por qué limitarse a la calle cuando podía llevar la suciedad al corazón de su mundo limpio? Una noche, durante su horario de descanso a las 2 a.m., cuando el hospital estaba casi desierto —solo algún enfermero lejano y los monitores pitando en la distancia—, Carla mandó un mensaje discreto al anciano principal desde un teléfono burner. "Vengan a mi oficina. Traigan a los nuevos. Puerta trasera, silencio absoluto". Su corazón latía con una mezcla de terror y euforia: el miedo a ser descubierta la aterrorizaba, pero esa misma adrenalina hacía que su coño palpitara, empapando su tanga bajo la bata blanca. Era una aventura prohibida, un desafío a su propia identidad, y eso la hacía sentir viva, poderosa en su vulnerabilidad.
Los cinco indigentes llegaron sigilosos: el anciano obeso y barbudo, sus dos amigos habituales (el flaco con barriga hinchada y el gordo con rollos temblorosos), más los dos nuevos (el verrugoso ultra-gordo y el flaco hundido por drogas). Olían fuerte incluso en el pasillo esterilizado: sudor rancio, pies podridos, orina seca impregnada en ropa rota. Carla los metió en su oficina pequeña, cerrando la puerta con llave y bajando las persianas. El espacio era clínico —escritorio con fichas ordenadas, silla ginecológica en una esquina, posters de anatomía fetal en las paredes—, pero pronto se transformó en un antro de depravación. Carla se quitó la bata con manos temblorosas, revelando su cuerpo curvilíneo moreno, desnudo debajo salvo por la tanga. "Rápido y sucio", susurró, el miedo a un ruido traicionero mezclándose con el deseo ardiente que le quemaba el vientre.
Empezaron con besos salivosos grupales: los cinco la rodearon, lenguas gordas y babosas invadiendo su boca una tras otra, saliva espesa y amarillenta chorreada por su cuello, sabores a alcohol podrido y aliento fétido que la hacían gemir bajito. Carla sentía una oleada de vergüenza deliciosa —"Soy una ginecóloga cariñosa, ¿cómo puedo hacer esto aquí?"— pero eso solo la excitaba más, como si cada beso repulsivo borrara su fachada profesional. El anciano la sentó en la silla ginecológica, abriéndole las piernas como en una consulta, pero en vez de examinar, escupió un gargajo viscoso en su coño expuesto y la penetró de un tirón, su polla venosa y sucia llenándola mientras gruñía: "Doctora puta, toma mi mugre en tu oficina limpia".
Los otros se unieron en una orgía caótica: el nuevo verrugoso le rompió el ano por detrás sin preparación, el dolor ardiente enviando ondas de placer masoquista por su cuerpo; el flaco hundido le follaba la boca, babeando saliva que caía en chorros sobre sus tetas; los habituales frotaban sus pies podridos en su cara y axilas, el olor ácido y rancio invadiendo el aire esterilizado. Carla cabalgaba entre embestidas brutales, cambiando poses con iniciativa febril: de la silla al escritorio, donde la pusieron bocabajo con doble penetración (coño y culo al mismo tiempo, panzas sudadas pegándose a su espalda), mientras lamía bolas húmedas y mugrientas. Sus sentimientos eran un torbellino —euforia por el riesgo, culpa por profanar su santuario profesional, pero sobre todo un placer abrumador que la hacía correrse en chorros calientes, fluidos salpicando el suelo limpio—. "Más sucio... humíllenme en mi propio espacio", suplicaba en susurros, el corazón latiéndole con la aventura de lo prohibido.
Lo que Carla no sabía era que no estaban solos. Una de sus pacientes, María López, una embarazada de 32 años en su séptimo mes —una mujer curvilínea con vientre redondo, cabello castaño y ojos grandes, siempre agradecida por la calidez de Carla—, había regresado al hospital por un dolor leve que no podía esperar al día siguiente. Al ver la puerta de la oficina entreabierta (un descuido en el apuro), María se acercó curiosa y, al oír gemidos bajos, espió por la rendija. Lo que vio la dejó petrificada: su doctora buena y cariñosa, la que le había sostenido la mano durante las ecografías, arrodillada en el suelo siendo follada por cinco indigentes repulsivos —embestidas brutales, saliva chorreada, olores fuertes que llegaban hasta ella—. María sintió shock puro: "¿Cómo? ¿Mi doctora angelical haciendo esto?". Pero no huyó; se quedó oculta, el corazón latiéndole fuerte, sorprendida por el calor inesperado entre sus piernas. Su marido la había descuidado meses, ignorando su libido aumentada por el embarazo, y esa escena cruda despertaba algo dormido en ella.
Al día siguiente, durante una consulta rutinaria, María entró al consultorio con el rostro serio. Carla, aún con el eco de la noche en su cuerpo —dolores placenteros y un secreto que la hacía sentir invencible—, la recibió con su sonrisa habitual: "Hola, mi amor, ¿cómo está ese bebé?". Pero María cerró la puerta y soltó: "Doctora... anoche vi todo. En su oficina. Con esos hombres... sucios".
Carla se aterrorizó al instante: el mundo se le vino abajo. El pánico le apretó el pecho, las manos le temblaron, imaginando el escándalo, la pérdida de su licencia, el fin de su carrera. "¿Q-qué viste? No... por favor, no digas nada. Fue un error, yo...". Lágrimas de miedo le nublaron los ojos, el sentimiento de vulnerabilidad absoluta la golpeó como nunca —su aventura se volvía pesadilla.
Pero María la miró con ojos brillantes, un rubor en las mejillas. "Al principio me horroricé, doctora. Usted es tan buena conmigo, tan cariñosa... pero después, no pude dejar de pensar en eso. Mi marido no me toca hace meses, estoy caliente todo el tiempo por el embarazo, y... quiero unirme. Quiero probar esa... aventura sucia. Por favor, lléveme con ellos".



mendigo


Carla parpadeó, el terror dando paso a una sorpresa excitada. El giro la dejó sin aliento: su paciente, esa mujer vulnerable que ella cuidaba, ahora compartía su secreto. Una sonrisa lenta se formó en sus labios, el miedo transformándose en complicidad. "Está bien... pero será nuestro secreto. Prepárate para lo sucio, mi amor".
Y así, la adicción se expandía.




El Inicio de María – Domingo en la Oficina
Carla miró a María con una mezcla de complicidad y cuidado profesional. La consulta había terminado, pero ninguna de las dos se movió de la silla. El aire del consultorio aún olía a desinfectante y a la crema que Carla usaba para las ecografías.
—Escuchame bien, mi amor —dijo Carla en voz baja, inclinándose hacia adelante—. No podemos hacer nada hoy ni mañana. Es demasiado arriesgado con el movimiento del hospital. Pero el domingo por la tarde… hay muy poca gente. La mayoría del personal está en franco, las consultas son mínimas, y el ala de ginecología queda casi desierta después de las 15 hs. Ese día te espero aquí, en mi oficina, a las 16 en punto.
María tragó saliva, el vientre redondo subiendo y bajando con respiración acelerada. Asintió.
Carla continuó, bajando aún más la voz, casi un susurro protector:
—Voy a traer solo a dos de ellos. No más. No quiero que esto sea demasiado intenso para vos en tu estado. Estás de ocho meses, y aunque el embarazo avanza bien, tu cuerpo está sensible. Todo va a ser consentido, suave en la medida de lo posible, sin violencia. Ellos saben que no pueden lastimarte. Yo voy a estar presente todo el tiempo, dirigiendo, cuidando que te sientas bien y segura. ¿Entendiste?
—Sí… —susurró María, las mejillas encendidas.
—Y una cosa más —agregó Carla, con una sonrisa pequeña pero traviesa—. Durante estos días que faltan hasta el domingo… no te laves los pies. Nada. Ni siquiera un remojo. Quiero que llegues con los pies bien sudados, con ese olor fuerte, un poco a queso, a encierro. A ellos les encanta eso. Les va a volver locos el contraste: una embarazada tan linda, tan limpia en apariencia, pero con los pies oliendo a mujer que se dejó llevar. ¿Lo vas a hacer por mí?
María sintió un escalofrío de vergüenza y excitación recorrerle la espalda. Asintió lentamente.
—Bien. Entonces nos vemos el domingo. Y recordá: si en cualquier momento querés parar, solo decís la palabra. Yo paro todo al instante.
María salió del consultorio con las piernas temblorosas y una sonrisa nerviosa. Durante los días siguientes cumplió al pie de la letra: zapatos cerrados todo el día, calcetines puestos incluso para dormir. Cada vez que se quitaba los zapatos en casa, el olor fuerte y ácido le subía a la nariz y le hacía apretar los muslos. Se sentía sucia de una manera nueva, prohibida, y eso la mantenía mojada casi todo el tiempo.
El domingo llegó.
A las 16:03, María entró a la oficina de Carla con el corazón en la garganta. Llevaba un vestido amplio de algodón que le cubría el vientre prominente, sandalias planas y nada más. Carla ya estaba allí, con la bata blanca puesta pero desabrochada, y una expresión serena pero cargada de deseo.
Los dos indigentes esperaban sentados en las sillas de pacientes: uno era el anciano principal —obeso, barba enmarañada, olor denso a sudor y calle—, el otro un hombre de unos 68 años, más delgado pero igual de sucio, con pies descalzos negros de mugre y un hedor permanente a axilas y entrepierna sin lavar. Ambos se levantaron cuando vieron entrar a María.
Carla cerró la puerta con llave y bajó las persianas del todo.
—Tranquila, mi amor —le dijo a María, tomándola de las manos—. Vamos despacio. Vos mandás el ritmo. Yo estoy acá para que todo sea placentero.
Primero, Carla hizo que María se sentara en la silla ginecológica, con las piernas abiertas pero cómodas, el vestido subido hasta la cintura. Le pidió que se quitara las sandalias.
El olor salió de inmediato: pies sudados, calientes, con ese aroma fuerte a queso fermentado, a encierro de varios días. Los dos hombres inhalaron profundo, gruñendo de placer.
—Miren lo que trajo la embarazada —dijo Carla con voz suave pero firme—. Pies bien olorosos, tal como les gusta. Pero cuidado: nada brusco. Ella está de ocho meses. Solo lo que ella quiera.
María, temblando de nervios y excitación, extendió un pie hacia el anciano. Él lo tomó con reverencia, acercó la nariz y olió largo rato, los ojos cerrados de éxtasis. Luego sacó la lengua y lamió despacio la planta, saboreando la sal y el sabor ácido. María soltó un gemido largo, sorprendida por lo bien que se sentía.
El otro hombre hizo lo mismo con el segundo pie, chupando los dedos uno por uno, la saliva mezclándose con el sudor. Carla se acercó y besó a María en los labios suavemente, acariciándole el vientre.
—Estás preciosa así —le susurró—. ¿Querés que sigamos?
María asintió, los ojos brillantes.
Carla dirigió todo con cuidado. Primero, los hombres se desnudaron parcialmente. Sus cuerpos olían fuerte: sudor rancio en las axilas, bolas húmedas, pies sucios. Carla los hizo acercarse uno a cada lado de la silla. El anciano se inclinó y besó a María en la boca: un beso lento, salivoso, lengua gorda explorando con calma, saliva espesa pero sin violencia. María gimió dentro de su boca, saboreando el aliento áspero y alcohólico.
Mientras tanto, el otro hombre se arrodilló entre sus piernas abiertas. Carla le indicó que fuera suave. Él lamió primero el coño de María, despacio, saboreando los jugos dulces del embarazo, mientras su barba sucia rozaba los muslos. María arqueó la espalda, el placer subiéndole por la columna.
Luego vino la penetración vaginal: el anciano se colocó frente a ella, su polla gruesa y venosa, sin lavar, oliendo fuerte. Carla lo lubricó con saliva y lo guió despacio dentro de María. Entró centímetro a centímetro, llenándola sin prisa. María jadeó, pero era placer puro: la sensación de estar tan abierta, tan llena, con ese olor corporal envolviéndola.
—Más despacio… sí, así… —susurraba Carla, acariciando el vientre de su paciente para que se relajara.
El segundo hombre se colocó detrás, en la silla reclinable. Carla le indicó que usara mucho escupitajo. Escupió varias veces en el ano de María, masajeándolo con los dedos hasta que estuviera relajado. Luego entró despacio, solo la punta primero, dejando que María se acostumbrara. Cuando estuvo dentro, ambos comenzaron a moverse con ritmo suave, sincronizado, sin embestidas fuertes. María sentía las dos pollas dentro, el roce constante, los olores intensos de sudor, pies y sexo viejo llenándole los sentidos.
Carla se sentó a un lado, acariciando los pechos hinchados de María, besándola en el cuello, susurrándole palabras cariñosas:
—Estás hermosa… mirá cómo te cuidan… disfrutá todo, mi amor…
María se corrió dos veces: la primera en oleadas suaves, temblando y gimiendo bajito; la segunda más intensa, un chorro caliente escapando mientras los dos hombres seguían moviéndose dentro de ella. Ellos se vaciaron casi al mismo tiempo, chorros calientes y espesos llenándola por delante y por detrás, pero sin brusquedad. El semen goteó despacio cuando salieron, mezclándose con sus jugos.
Al final, María quedó recostada en la silla, respirando agitada, el cuerpo brillante de sudor y fluidos, el olor de los hombres pegado a su piel. Sonreía, los ojos vidriosos de placer.
—Fue… increíble —susurró—. Nunca sentí algo así. Quiero… quiero volver a hacerlo.
Carla le acarició el pelo, orgullosa y aliviada.
—Cuando vos digas, mi amor. Pero siempre con cuidado. Siempre conmigo cuidándote.
María asintió, todavía temblando de las réplicas del orgasmo. Ya estaba enganchada.






Aventuras Progresivas – La Escalada de Carla y María
Después del domingo en la oficina, Carla y María se volvieron inseparables en su adicción compartida. Carla, siempre la ginecóloga cariñosa, vigilaba de cerca la salud de María, asegurándose de que cada encuentro fuera consentido y no pusiera en riesgo el embarazo. Pero a medida que pasaban los días, las aventuras se volvían más intensas, más centradas en el sexo crudo y los detalles sensoriales de la suciedad. Aquí un resumen de cuatro de ellas, cada una más asquerosa y morbosa que la anterior, con nuevos indigentes uniéndose al círculo.
Aventura 1: El Trío en el Baño del Hospital
Carla organizó el primer encuentro post-iniciación en un baño de servicio abandonado en el sótano del hospital, un lugar húmedo y olvidado que olía a moho y orina vieja. Trajo a dos nuevos indigentes: un negro de 62 años, flaco pero con panza hinchada por alcohol, y otro de 70, obeso con piel grasienta y costras en las axilas. María, con los pies aún olorosos de la semana, se arrodilló en el piso pegajoso mientras Carla dirigía.
El sexo empezó con lamidas mutuas: los hombres chuparon los pies de María, saboreando el sudor ácido y quesoso acumulado, mientras ella succionaba sus pollas sucias, el prepucio retraído dejando un sabor salado y amargo en su lengua. Carla se unió lamiendo el coño de María, húmedo y dulce por el embarazo, mientras el flaco la penetraba vaginalmente despacio, su polla venosa rozando cada pared interna. El obeso entró analmente con escupitajos como lubricante, el ano de María estirándose alrededor de su grosor, fluidos resbalando por sus muslos. Cambiaron a una doble penetración suave, pollas chocando dentro de ella, olores a sudor rancio y bolas húmedas envolviéndolas. María se corrió gimiendo, semen caliente llenándola por ambos lados, dejando un charco viscoso en el piso. Fue morboso, pero controlado, con besos salivosos finales que las dejaron babeadas y satisfechas.
Aventura 2: El Cuarteto en el Callejón con Lluvia
La segunda aventura escaló en un callejón bajo lluvia torrencial, el agua mezclándose con basura podrida y meadas acumuladas, creando un hedor más intenso a cloaca húmeda. Carla invitó a tres indigentes: el flaco de antes, más dos nuevos —un gordo de 65 con barba llena de migas y un flaco arrugado de 72 con olor permanente a orina seca en los pantalones. María, ahora con axilas y pies sin lavar por días, se excitó con el contraste de la lluvia fría en su vientre caliente.
El foco fue el sexo oral y penetración múltiple: María chupó pollas en cadena, saboreando el prepucio sucio y bolas peludas empapadas de lluvia y sudor, el sabor amargo intensificado por la mugre. Carla lamió el ano de María mientras el gordo la follaba vaginalmente, su panza golpeando suave contra el vientre embarazado, polla gruesa pulsando dentro. El arrugado entró analmente, escupiendo gargajos espesos para lubricar, el roce áspero de su piel curtida enviando ondas de placer. En una pose de rueda, María fue doblemente penetrada mientras lamía el culo sudado del tercero, olores fuertes a trasero rancio y pies mojados llenando el aire. Fluidos chorrearon: jugos de María salpicando con la lluvia, semen espeso escapando de sus agujeros, besos babosos dejando hilos de saliva amarillenta. María tembló en orgasmos múltiples, la morbosidad del agua sucia resbalando por sus cuerpos amplificando todo.
Aventura 3: El Quinteto en un Basural Abandonado
La tercera se volvió más asquerosa en un basural abandonado al atardecer, rodeadas de pilas de basura fermentada, ratas husmeando y un olor abrumador a podredumbre, sudor y excrementos viejos. Carla trajo a cuatro indigentes: los dos anteriores más dos nuevos —un obeso de 68 con rollos grasientos cubiertos de tierra y un flaco de 75 con llagas en las piernas y olor a pies podridos como queso rancio mezclado con vinagre. María, sin ducharse por completo esa semana, llegó con el coño y axilas oliendo fuerte, excitada por la degradación ambiental.
El sexo fue un festín de penetraciones y lamidas intensas: María fue lamida por todos, lenguas babosas explorando su coño jugoso y ano sudado, saboreando sus olores femeninos acumulados. Carla dirigió una doble vaginal: dos pollas gruesas y sucias entrando juntas en su coño estirado, venas rozando y pulsando, mientras otra le follaba el ano con escupitajos viscosos. Besos salivosos grupales: bocas abiertas intercambiando baba espesa y amarillenta, sabores a aliento podrido y semen viejo. En una pose invertida, María cabalgó una polla analmente mientras chupaba bolas húmedas y lamía axilas peludas y rancias, fluidos goteando por todos lados —semen precoz, jugos chorreando, sudor pegajoso—. La morbosidad alcanzó pico con olores intensos de basura invadiendo cada inhalación, haciendo que María se corriera gritando, el cuerpo convulsionando en éxtasis sucio, dejando un rastro viscoso en la tierra mugrienta.
Aventura 4: El Sexteto en un Refugio Subterráneo
La cuarta y más asquerosa fue en un refugio subterráneo abandonado bajo un puente, un antro oscuro con charcos de orina fresca, paredes con moho negro y un hedor sofocante a excrementos, sudor concentrado y cuerpos sin lavar durante meses. Carla reunió a cinco indigentes: los cuatro previos más un nuevo ultra-repulsivo de 74, ciego de un ojo, con piel escamosa llena de pus y un olor a podredumbre corporal que mareaba. María, completamente sin higiene por días, llegó con pies, axilas y coño oliendo a queso fermentado y sudor ácido, su vientre embarazado temblando de anticipación morbosa.
El sexo fue una orgía total de inmersión sucia: María fue penetrada en todos los agujeros simultáneamente —doble anal con pollas gruesas estirando su ano al límite, escupitajos y semen viejo como lubricante; doble vaginal con venas pulsando y rozando profundo; y una polla en la boca, follándola la garganta con babeos espesos. Carla lamió y chupó por turnos, dirigiendo para que no fuera violento, pero la morbosidad era extrema: lamidas de culos rancios, bolas sudadas metidas en bocas, pies podridos frotados en coños y anos mientras penetraban. Fluidos por doquier: chorros de jugos de María salpicando, semen espeso y amarillento vaciándose en pulsaciones calientes dentro de ella, saliva viscosa resbalando por cuerpos, mezclado con orina accidental de la excitación. Besos babosos interminables, lenguas explorando bocas con sabores a pus y mugre. María se corrió en cascada, orgasmos encadenados que la dejaron temblando en un charco de fluidos corporales, el hedor asfixiante amplificando el placer hasta lo insoportable, deseando más de esa degradación absoluta.
Cada aventura las unía más, pero también las hundía en un vicio que ya no podían —ni querían— abandonar.








La Expansión del Círculo – Confesiones y la Orgía de Iniciación
María entró al consultorio de Carla un martes por la mañana, con el vientre de ocho meses y medio ya pesándole, pero una sonrisa pícara en los labios que hizo que Carla levantara una ceja. La consulta era de rutina —chequeo del bebé, latidos fuertes y estables—, pero cuando terminaron, María se quedó sentada, jugueteando con el dobladillo de su vestido.
—Doctora… Carla… tengo que contarte algo —dijo María en voz baja, los ojos brillantes de excitación y un poco de culpa—. Le conté todo a dos amigas mías. Ambas embarazadas, como yo. Una está de seis meses, la otra de siete. Al principio fue solo para desahogarme, pero… ellas también quieren unirse. Dicen que sus maridos las ignoran, que están calientes todo el tiempo por las hormonas, y que la idea de algo sucio y prohibido las vuelve locas.
Carla sintió un nudo en el estómago. El pánico la golpeó como un balde de agua fría: su secreto, esa adicción que había empezado como un capricho personal y ahora involucraba a una paciente, saliendo de control. Imaginó el rumor esparciéndose por el hospital, por la ciudad —su licencia revocada, su reputación destruida—. "No… María, ¿cómo pudiste? Esto es peligroso. Si se filtra, estamos jodidas todas". Su voz tembló, las manos apretando el borde del escritorio, el miedo real y paralizante.
Pero María la miró suplicante, extendiendo una mano para tocar la de Carla. —Por favor, no te enojes. Son de confianza, amigas de años. Ellas también necesitan esto. Y… pensá en lo excitante que sería. Más cuerpos, más olores, más todo.
Carla respiró hondo, el miedo dando paso a un calor familiar entre las piernas. La idea de más mujeres uniéndose, compartiendo esa degradación sucia, la excitó de inmediato. Su coño palpitó bajo la bata, y una sonrisa lenta se formó en sus labios. —Está bien… pero con cuidado. Las traés acá mañana, solas. Quiero conocerlas primero, oír sus historias. Nada de indigentes hasta que yo diga.
Al día siguiente, las dos amigas de María llegaron discretamente al consultorio después de las horas pico. La primera era Sofía, 28 años, de seis meses, una rubia curvilínea con piel pálida y tetas hinchadas por el embarazo, vestida con un top ajustado que marcaba sus pezones duros. La segunda, Laura, 30 años, de siete meses, morena con caderas anchas y un vientre redondo que la hacía caminar con un balanceo sensual, ojos oscuros llenos de curiosidad.
Carla las hizo sentar en círculo, cerrando la puerta. Al principio, el ambiente era tenso —ellas nerviosas, Carla evaluándolas con su mirada profesional pero cargada de deseo—. Pero Carla rompió el hielo con su calidez habitual: "Cuéntenme todo, mis amores. ¿Por qué quieren esto? Sin filtros".
Sofía habló primero, ruborizándose. —Mi marido es un imbécil. Desde que quedé embarazada, no me toca. Dice que le da "cosa" el vientre. Pero yo estoy ardiendo todo el día, hormonas locas, sueños húmedos con cosas sucias que nunca hice. María me contó lo de los indigentes… el olor, la mugre… me moja solo pensarlo. Quiero sentirme usada, pero segura.
Laura asintió, mordiéndose el labio. —A mí me pasa igual. Mi pareja viaja por trabajo, me deja sola con el deseo acumulado. Siempre fui la "buena chica", pero ahora quiero lo opuesto: cuerpos asquerosos, olores fuertes, sexo crudo. María dice que vos cuidás todo… que es adictivo.
Carla escuchaba, el calor creciendo entre sus muslos. Compartió un poco de su propia historia —cómo empezó con un beso salivoso en un pasillo, cómo la suciedad la liberaba de su vida pulcra—. Las mujeres se abrieron más: risas nerviosas, confesiones de masturbaciones pensando en lo prohibido, debates sobre límites. "¿Y si duele el anal?", preguntó Sofía. Carla explicó con gentileza: "Lo hacemos despacio, con escupitajos y cuidado, especialmente por sus embarazos". Planeaban juntas: el sábado por la noche en una sala de recuperación vacía del hospital, con cinco indigentes traídos por Carla —el anciano principal y cuatro más, todos sucios y ansiosos—. "Nada violento", insistió Carla. "Consentido, morboso, pero seguro. Y olores… traigan pies y axilas sin lavar, como María".
La confianza creció rápido: toques en las manos, abrazos, un beso suave entre Carla y Sofía para "probar". Al final, el plan estaba listo, y todas salían mojadas y excitadas.
El sábado llegó. La sala de recuperación era perfecta: camas anchas, luces bajas, puertas cerradas. Carla y María esperaban con las nuevas, todas en batas de hospital abiertas, vientres expuestos. Los cinco indigentes entraron: cuerpos obesos y flacos, olores fuertes a sudor rancio, pies podridos, pollas venosas ya medio duras.
Carla dirigió todo con mano firme, pero el foco era el sexo puro, morboso y asqueroso. Empezó con lamidas: los hombres arrodillados, oliendo y chupando los pies sudados de las embarazadas —el de Sofía olía a queso ácido, el de Laura a vinagre rancio, María's a encierro húmedo—. Ellas gemían, lamiendo a su vez bolas peludas y húmedas, sabores salados y amargos invadiendo sus bocas.
La orgía escaló: Sofía fue la primera en doble penetración, acostada en una cama con un obeso en su coño (polla gruesa entrando despacio, venas rozando sus paredes hinchadas por el embarazo), y un flaco en el ano (escupitajos viscosos lubricando, el estiramiento ardiente pero placentero). Gritó de éxtasis, fluidos chorreando mientras Carla lamía su clítoris, agregando saliva espesa.
Laura se unió en una pose grupal: de rodillas, chupando una polla sucia mientras otro la follaba vaginalmente por detrás, panza golpeando contra su vientre, olores a axilas rancias envolviéndola. María, más avanzada, optó por suave: un indigente en su coño, otro lamiendo su ano sudado, besos salivosos con Sofía —lenguas babosas intercambiando saliva amarillenta y sabores a mugre.
Carla rotaba, follando analmente con un gordo (su ano apretando alrededor de la polla venosa, semen viejo goteando), mientras dirigía: "Más despacio con ellas… sí, escupan más". La sala se llenó de sonidos húmedos —carne chocando, gemidos, fluidos salpicando— y olores intensos: sudor concentrado, pies podridos, coños jugosos, semen espeso.
Culminó en un círculo: las cuatro mujeres en camas adyacentes, cada una doblemente penetrada (coños y anos llenos de pollas sucias, pulsando y vaciándose en chorros calientes), besándose entre sí con babas resbalando, lamiendo semen de tetas hinchadas. Orgasmos en cadena: Sofía temblando primero, chorros calientes; Laura gritando, ano contraído; María gimiendo suave; Carla corriéndose última, cubierta de fluidos.
Al final, exhaustas y pegajosas, las embarazadas sonrieron: "Queremos más". Carla, excitada por el control, asintió.



indigente


La Orgía de la Semana Siguiente – Expectación y EsMegma Acumulado
La semana siguiente al sábado de iniciación, la expectación era palpable en el grupo. Carla, siempre la organizadora meticulosa, había mandado mensajes discretos a todas: "Sábado noche, misma sala. Traigan pies y axilas sin lavar. Yo me encargo de los hombres... y de algo especial". María, Sofía y Laura no podían concentrarse en nada más; las hormonas del embarazo las tenían calientes todo el día, masturbándose en secreto mientras imaginaban la suciedad que vendría. Carla, excitada por el control, seleccionó a seis indigentes esta vez: el anciano principal y sus habituales, más dos nuevos ultra-sucios —un gordo de 72 con piel grasienta y un flaco de 69 con prepucio largo y sin lavar durante semanas, perfectos para el fetiche que había planeado: esmegma acumulado, esa capa blanquecina y espesa bajo el prepucio, olorosa a queso rancio y sexo viejo, que sabía volvería locas a las mujeres con su morbosidad cruda.
Llegaron a la sala de recuperación vacía a las 22 hs, el hospital en silencio sepulcral. Las cuatro mujeres —Carla en bata abierta, María con su vientre de casi nueve meses, Sofía y Laura con tetas hinchadas y coños ya chorreando— se desnudaron ansiosas, oliendo fuerte a sudor femenino acumulado. Los seis indigentes entraron, cuerpos obesos y flacos oliendo a sudor rancio, pies podridos y, especialmente, pollas sin lavar con prepucio repleto de esmegma espeso, blanquecino y pegajoso, un olor denso a queso fermentado que llenaba el aire como una niebla tóxica.
Carla dio la orden: "Empecemos con el especial. Muéstrenles el esmegma, chicos. Ellas lo van a limpiar con la lengua". Las mujeres se arrodillaron en un semicírculo, expectantes y temblando. El anciano principal se acercó primero a Carla, retrayendo el prepucio para revelar una capa gruesa de esmegma blanquecina, acumulada como crema rancia, oliendo fuerte a orina seca y sudor concentrado. Carla sacó la lengua y lamió despacio, saboreando el amargor cremoso, gimiendo mientras lo chupaba limpio, el sabor pegándose a su paladar como un vicio prohibido.
María, al lado, tomó la polla del gordo nuevo: prepucio largo repleto de esmegma espesa y amarillenta, con grumos que se desprendían al retraerlo. Inhaló profundo el olor a queso podrido mezclado con bolas sudadas, luego succionó, la lengua recorriendo bajo el glande para limpiar cada pliegue, el sabor salado y cremoso haciéndola gemir mientras su coño chorreaba jugos por los muslos. "Dios, es tan asqueroso... tan delicioso", susurró, tragando los restos.
Sofía y Laura se unieron: Sofía con el flaco de 69, cuyo esmegma era abundante y pegajoso, como mantequilla rancia, oliendo a vinagre y sexo viejo; lo lamió con avidez, metiendo la punta de la lengua en los pliegues para sacar más, mientras el hombre gruñía y babeaba saliva espesa sobre sus tetas hinchadas. Laura chupó al obeso de 72, esmegma gruesa y blanquecina cubriendo todo el glande, sabor amargo e intenso que le llenó la boca; succionó fuerte, dejando que se mezclara con su saliva antes de tragar, su vientre temblando de excitación.
La orgía escaló a un caos de cuerpos entrelazados en las camas hospitalarias. Carla dirigió, pero el sexo fluía libre: María fue la primera en doble penetración, acostada con las piernas abiertas, un indigente en su coño (polla ahora limpia pero venosa, embistiendo despacio para no lastimar el vientre, rozando sus paredes hinchadas), y otro en el ano (escupitajos viscosos lubricando, el estiramiento ardiente enviando ondas de placer). Mientras, lamía esmegma residual de una tercera polla, el sabor cremoso mezclándose con besos salivosos de Sofía, lenguas babosas intercambiando saliva amarillenta y restos blanquecinos.
Sofía se montó en una pose de vaquera inversa: cabalgando una polla gruesa en su coño, sintiendo cada vena pulsando profundo, mientras otro le follaba el ano por detrás, panzas sudadas pegándose a su espalda, olores a axilas rancias y esmegma viejo envolviéndola. Laura lamió su clítoris durante eso, agregando jugos dulces del embarazo, hasta que Sofía se corrió en chorros calientes, salpicando las sábanas.
Laura optó por un trío anal-vaginal-oral: de rodillas, una polla en su boca (chupando restos de esmegma pegajosos, tragando saliva espesa), otra en su coño (embestidas rítmicas, glande rozando su punto G hinchado), y una tercera en el ano (entrando con gargajos amarillos, el roce áspero haciendo que su vientre tiemble). Carla se unió frotando sus tetas contra las de Laura, lamiendo sudor rancio de sus axilas, gemidos ahogados en besos babosos.
La sorpresa vino en el centro: las cuatro mujeres formaron un círculo en el piso, vientres tocándose, mientras los seis indigentes las rodeaban. Cada una fue follada en rotación: pollas sucias (con esmegma fresco retraído) entrando y saliendo de coños y anos, fluidos chorreando —semen espeso y caliente vaciándose en pulsaciones, jugos salpicando, saliva resbalando por cuerpos—. María chupó una polla mientras era doblemente vaginal (dos gruesas dentro, estirando su coño al límite, venas frotando juntas); Sofía en anal doble (anos apretado alrededor de dos venosas, escupitajos goteando); Laura lamiendo culos rancios mientras la penetraban; Carla en una triple (coño, ano y boca, llena por completo, sabores a esmegma y sudor en la garganta).
Orgasmos en cadena: María temblando primero, chorros empapando pollas; Sofía gritando, ano contraído expulsando semen; Laura gimiendo con la boca llena; Carla corriéndose última, cubierta de fluidos viscosos. Los indigentes se vaciaron en chorros abundantes, semen amarillento mezclándose con esmegma residual, dejando a las mujeres pegajosas, oliendo a sexo crudo y mugre.
Al final, exhaustas en las camas, se besaron entre sí, saboreando los restos. "Más la próxima semana", susurró María. Todas asintieron, adictas.


sucio




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