2 - algo inesperado
Daniel conducía por la avenida principal con el GPS indicándole cada giro. El asiento del conductor se sentía extraño bajo su nuevo cuerpo. La falda lápiz le apretaba los muslos, el brasier lo tenía incómodo y los tacones... Dios, los tacones eran una tortura.
Se detuvo en un semáforo en rojo, respirando hondo mientras tamborileaba con los dedos sobre el volante. No aguantaba más. Con un gesto rápido, se inclinó y se quitó uno de los tacones, luego el otro. El alivio fue inmediato, como si hubiera dejado caer un peso muerto de cada pie.
Apoyó el talón descalzo en la alfombra del auto y se recostó levemente hacia atrás. Sus piernas se relajaron y, sin pensarlo mucho, deslizó una mano por su muslo, por encima de las medias negras. Se estremeció. La textura era suave, tersa, y la curva bajo sus dedos era mucho más pronunciada de lo que estaba preparado para sentir.
-Santo cielo... -murmuró, bajando la mirada.
Acarició el muslo por puro impulso, sorprendido por lo grueso y firme que era. Era el cuerpo de su madre, lo sabía, pero sentirlo desde dentro lo hacía más real que nunca. Más íntimo. Más confuso.
El claxon de un auto lo sacó de su trance. El semáforo había cambiado a verde. Se sobresaltó, soltó rápidamente el muslo y volvió a calzarse los tacones con torpeza. Apretó el volante y aceleró, con el rostro encendido de vergüenza y el corazón latiéndole con fuerza.
Cuando finalmente llegó al edificio de oficinas, ya no quedaba rastro del aire tranquilo con el que había salido de casa. Al bajar del auto, los tacones volvían a parecer cuchillas. Se tambaleó ligeramente y caminó hacia la entrada, tratando de imitar la seguridad que había visto en su madre.
Pero no era fácil.
Apenas cruzó el vestíbulo, las miradas empezaron a clavarse en él. Hombres y mujeres se giraban, algunos con sonrisas, otros con comentarios a media voz:
-¿Ya vieron cómo viene hoy?
-No sé cómo lo hace, pero se ve cada día más...
-Yo no podría concentrarme si trabajara al lado de eso...
Daniel tragó saliva. Se esforzó por ignorarlos, pero sentía la piel arder bajo la ropa, especialmente en el escote. Cada paso sobre los tacones se sentía como un desfile, y no tenía idea de cómo ocultar el tambaleo de sus caderas.
Finalmente, llegó a su escritorio. Se dejó caer en la silla giratoria con un suspiro, bajándose la falda que se había subido un poco. Encendió la computadora y, sin mirar a nadie, murmuró para sí mismo:
-Y apenas es el inicio del día...
Apenas tuvo tiempo de encender la computadora cuando el celular que su madre le había entregado vibró sobre el escritorio. La pantalla se encendió con varias notificaciones.
3 mensajes nuevos - Mamá (Daniel)
Tomó el teléfono con manos temblorosas. Ver su propio nombre en la pantalla le provocaba una extraña incomodidad. Abrió los mensajes.
> "Recuerda encender la computadora y revisar tu correo del trabajo."
"No hables con nadie a menos que te hablen primero. Sonríe y asiente."
"Tu almuerzo está en el cajón inferior del escritorio. No vayas a comer en otro lado."
Daniel suspiró. Su madre estaba siendo extremadamente precisa, como si supiera que cualquier descuido podría arruinarlo todo.
Dejó el teléfono sobre la mesa, pero luego lo tomó de nuevo, dudando. Era el celular personal de su madre, después de todo. Su curiosidad le picaba por dentro. No podía evitar preguntarse qué más habría allí. ¿Fotos? ¿Notas? ¿Secretos?
Abrió la galería de imágenes. Lo primero que encontró fueron fotos normales: selfies discretas, algunos almuerzos en la oficina, capturas de pantalla de conversaciones. Pero al deslizar más abajo, su pulgar se detuvo de golpe.
Una carpeta oculta. El nombre: "Privado".
-¿En serio...? -susurró.
Al presionar la carpeta, le pedía la huella para poder abrirse. Puso su dedo con algo de nervios, y la carpeta se abrió. Su corazón dio un brinco.
Allí estaban: varias fotos claramente sensuales. Algunas tomadas en el espejo del baño, en ropa interior ajustada; otras en poses sugerentes con lencería que apenas dejaba algo a la imaginación. En una incluso levantaba levemente la falda, dejando ver la liga de una media y una mirada coqueta dirigida al lente.
Daniel tragó saliva. Se sintió completamente incómodo y, al mismo tiempo, sorprendido por el atrevimiento de su madre. Lo primero que pensó fue: "Seguramente se las mandó a papá..."
Salió de la galería y abrió WhatsApp. Buscó la conversación con su padre.
Pero no había nada. Ninguna imagen. Ningún corazón. Solo mensajes normales, rutinarios:
> "¿Compraste pan?"
"Hoy llego tarde, hay reunión."
"Daniel no se ha levantado, despiértalo por favor."
Nada sugerente. Ni una palabra de tono íntimo.
Daniel frunció el ceño. ¿Entonces a quién iban dirigidas esas fotos? ¿A su jefe? ¿A otro hombre? ¿A nadie?
El teléfono vibró nuevamente.
> "No olvides ir al baño antes del almuerzo. Solo usa el de mujeres del piso 4. Evita el del piso 3."
La notificación le provocó un escalofrío. Como si su madre supiera que, en su cuerpo, él podía cometer cualquier error.
Pero ya no podía concentrarse. La galería seguía abierta en su mente. El cuerpo que ahora habitaba... había sido fotografiado así. Mostrado así. ¿Qué significaba eso?
Se quedó mirando su reflejo en la pantalla del celular, con el escote apenas visible desde su perspectiva, las medias bien ajustadas a sus muslos y los labios aún con brillo.
Y por primera vez en el día, no supo si quería seguir descubriendo más... o cerrar todo de inmediato.
Daniel cerró la galería de fotos y dejó el celular boca abajo sobre el escritorio. Se pasó una mano por la frente, tratando de despejar su mente.
-Le estoy dando demasiadas vueltas a esto... -murmuró-. Tal vez esas fotos eran solo para ella. ¿Quién no se toma algo sexy a veces?
Intentó convencerse de que no había nada raro. Tal vez su madre simplemente tenía una carpeta privada como cualquier otra mujer. Y aunque su padre no recibiera esas imágenes... eso no significaba nada. O eso quería creer.
Sacudió la cabeza y respiró hondo.
-Enfócate. Vamos con lo del correo.
Abrió la bandeja de entrada del trabajo. Por suerte, los mensajes eran sencillos: un par de informes por revisar, responder un par de correos con acuse de recibido, y reenviar un archivo adjunto a otra secretaria. Nada complicado. Todo lo que tenía que hacer era seguir los pasos que su madre le había enviado.
Estaba escribiendo una respuesta automática cuando escuchó unos pasos acercándose. Tacones masculinos. Zapatos bien lustrados. Y una voz.
-Buenos días, Lucía. Como siempre, impecable.
Daniel alzó la vista lentamente. Un hombre de unos treinta y tantos, alto, de traje gris claro y sonrisa falsa, estaba apoyado en su escritorio con una taza de café en la mano. Era Yair, el mejor amigo del jefe, según los datos que Lucía le había pasado en los mensajes.

"Cuidado con Yair," le había advertido. "No es tonto, pero le gusta coquetear."
-Ah... buenos días, Yair -respondió Daniel, intentando imitar el tono suave de su madre.
El hombre lo miró de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo más de la cuenta en el escote.
-Te ves radiante hoy. ¿Nuevo labial?
Daniel sintió que se le apretaba el estómago, pero sonrió forzadamente.
-Algo discreto. Solo para estar presentable -dijo, bajando la mirada hacia su monitor.
Yair se rió entre dientes.
-Siempre tan modesta. Pero sabes perfectamente el efecto que causas por aquí... -dio un sorbo a su café, sin apartar la mirada.
Daniel sintió que se le erizaba la piel. Estaba fingiendo, sí, pero algo en esa sonrisa, en esa mirada, le hizo estremecerse. El cuerpo que ahora habitaba... era deseado. Era observado. Era codiciado.
-¿Hay... algo en lo que pueda ayudarte? -preguntó, intentando sonar natural.
-No, no... Solo vine a saludar. Aunque, si tienes tiempo libre, podríamos tomar un café más tarde. Como en los viejos tiempos.
"¿Viejos tiempos...?" pensó Daniel. Su madre no le había dicho nada sobre eso.
-Claro, si me desocupo te aviso -respondió, con una sonrisa diplomática, buscando la salida más educada posible.
Yair se inclinó ligeramente, como si se despidiera en secreto.
-Estaré esperando. No tardes.
Y se alejó, dejando tras de sí una nube de perfume caro y tensión invisible.
Daniel soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sus piernas temblaban un poco. Su corazón aún latía acelerado.
-No sé cómo mamá lidia con esto todos los días... -susurró, y volvió la vista al monitor, tratando de enfocarse en los correos otra vez.
Pero algo había cambiado. La oficina ya no era solo un lugar de trabajo. Era un escenario donde el cuerpo que ahora usaba, el de su madre, atraía miradas, desequilibrios y peligros sutiles.
Pasaron las horas lentamente, pero para Daniel fueron como una pequeña victoria tras otra. A medida que completaba tareas sencillas, revisaba correos y respondía con respuestas breves -tal como su madre le indicó-, comenzaba a sentir que lo peor ya había pasado.
Había sobrevivido.
La tensión inicial fue cediendo, y aunque seguía sintiéndose raro con el brasier clavándose en sus hombros o la falda ajustada cada vez que se movía, al menos no había metido la pata. Nadie lo había descubierto. Nadie lo había cuestionado.
Miró el reloj en la esquina inferior derecha del monitor: 6:41 p.m.
-Ya casi... -murmuró con una sonrisa, acomodándose en la silla. Estaba a menos de veinte minutos de escapar de esa oficina, de esos tacones, de ese escote.
Tal vez, si tenía suerte, al volver a casa todo volvería a la normalidad. Quizás esto era solo una broma cósmica de un solo día.
Pero justo en ese instante, el celular vibró. Al ver la pantalla, la sonrisa desapareció de su rostro.
Mensaje nuevo - Sr. Méndez (Jefe)
> Lucía, necesito verte en mi oficina. Es urgente.
El corazón de Daniel dio un salto. Sus ojos se abrieron y un escalofrío le recorrió la espalda.
-No... no puede ser -susurró.
Recordó claramente la advertencia de su madre aquella mañana: "Por nada del mundo vayas a la oficina de mi jefe, aunque él te llame."
Pero la curiosidad lo carcomía por dentro. ¿Qué podía ser tan urgente? ¿Qué tenía su madre con ese hombre? ¿Y por qué le pidió evitarlo?
Dudó unos segundos, mordiéndose el labio inferior. Finalmente, con el pulso acelerado y la garganta seca, se levantó.
Caminó por el pasillo con pasos medidos, intentando no tambalearse sobre los tacones. La oficina del jefe estaba al fondo, una gran puerta de madera con una placa dorada: "Sr. Esteban Méndez - Dirección General"
Tocó suavemente.
-Adelante -respondió la voz grave desde dentro.
Daniel empujó la puerta. El jefe lo esperaba sentado tras el escritorio, con una expresión seria. Al levantar la vista, su rostro pareció suavizarse.

-Lucía... pasa. Cierra la puerta. Y ponle seguro, por favor.
Daniel tragó saliva.
Sin decir una palabra, obedeció. El clic del seguro retumbó como una campana en su cabeza. El ambiente se sentía más denso de lo normal, cargado de una tensión que no sabía cómo manejar.
-Acércate- dijo su jefe, esta vez alzando la mirada. Oscura. Intensa.
Un paso. Otro. Hasta que estuvo a su lado.
Antes de que pudiera preguntar, unas manos grandes se cerraron en sus caderas, girando de espaldas contra el pecho del jefe. El aliento caliente le quemó la nuca.
-Te extrañé- gruñó, mientras una palma subía por su costado, despacio, provocativa, hasta cerrarse sobre un pecho.
*¡¿Qué mierda?!* El corazón le estallaba. *¿Esto era lo de la "urgencia"?* Pero antes de poder reaccionar, los labios del jefe se clavaron en su cuello, mordiendo, chupando, marcando.
-No... espera- intentó protestar, pero la voz le salió quebrada, *demasiado femenina*, y el jefe solo rió bajo.
-Calladita siempre me gusta más- susurró, mientras la otra mano deslizaba el escote del traje, dejando un seno al aire. Los dedos rudos lo apretaron, y un gemido escapó de sus labios. *Involuntario. Humillante. Excitable.*
El jefe sonrió contra su piel.
-Mmm... ya sabía que vendrías corriendo.
Y entonces, sin aviso, le hundió la mano entre las piernas, descubriendo lo húmedo que ya estaba ese cuerpo *que no era suyo... pero que ahora respondía como si lo fuera.*
**-¡Ah!... Espera, no puedo-** La voz le salió entrecortada, pero el jefe solo apretó más fuerte sus dedos allí, haciendo que las palabras se le convirtieran en un gemido.
**-Cállate-** le ordenó con un gruñido, hundiendo la cara en su cuello mientras masajeaba su clítoris con movimientos expertos. **-Solo relájate y disfruta, como siempre.**
Antes de que pudiera protestar, el jefe lo empujó bruscamente contra el escritorio, la falda ya subida, las nalgas al aire. Una mano le sujetó la cintura con fuerza mientras la otra apartaba la tanga a un lado, dejando su coño completamente expuesto.
**-Mierda... ya estás chorreando-** murmuró el hombre, pasando un dedo desde el clítoris hasta la entrada, provocando un escalofrío violento. **-¿Tanto me extrañaste?**
El hijo, atrapado en un cuerpo que no era el suyo, no entendía nada. *¿Por qué esto le estaba pasando? ¿Por qué su piel ardía? ¿Por qué cada roce lo hacía temblar?* Pero antes de que pudiera pensar más, sintió algo peor-o mejor-: **la lengua caliente del jefe recorriendo entero, lamiendo con lentitud tortuosa.**
**-¡Dios!-** gritó, los dedos aferrándose al borde del escritorio. Nunca había sentido algo así. **Era demasiado.** Demasiado húmedo, demasiado intenso, demasiado... *rápido.*
El jefe no se detuvo. Por el contrario, hundió la lengua más adentro mientras sus dedos seguían jugando con su clítoris, en un ritmo que lo llevaba directo al borde.
**-No... no voy a... ¡Ah!-** Intentó avisar, pero su cuerpo ya no le pertenecía. Las caderas le respondían solas, empujando contra esa boca como si buscaran más. **Y entonces, sin previo aviso, el orgasmo lo golpeó como un rayo.**
**-¡¡AHHH!!-** Los músculos se le tensaron, las piernas le temblaron sin control, y una oleada de placer lo arrasó por completo, dejándolo jadeante y deshecho contra el escritorio.
El jefe se apartó con una sonrisa satisfecha, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
**-Hoy estabas más sensible de lo normal-** comentó, como si acabaran de discutir el clima y no de hacerlo venir en menos de cinco minutos. **-Limpia esto. Tengo una reunión.**
Y así, sin más, salió de la oficina, dejándolo ahí **temblando, con las piernas abiertas y el traje desordenado, el escritorio manchado y su mente en blanco.**
*¿Qué demonios acababa de pasar?*
Pero lo peor-o lo mejor-era que **su cuerpo aún palpitaba, recordándole que, aunque él no lo hubiera querido... *nunca había sentido algo así en su vida*.**
Daniel conducía por la avenida principal con el GPS indicándole cada giro. El asiento del conductor se sentía extraño bajo su nuevo cuerpo. La falda lápiz le apretaba los muslos, el brasier lo tenía incómodo y los tacones... Dios, los tacones eran una tortura.
Se detuvo en un semáforo en rojo, respirando hondo mientras tamborileaba con los dedos sobre el volante. No aguantaba más. Con un gesto rápido, se inclinó y se quitó uno de los tacones, luego el otro. El alivio fue inmediato, como si hubiera dejado caer un peso muerto de cada pie.
Apoyó el talón descalzo en la alfombra del auto y se recostó levemente hacia atrás. Sus piernas se relajaron y, sin pensarlo mucho, deslizó una mano por su muslo, por encima de las medias negras. Se estremeció. La textura era suave, tersa, y la curva bajo sus dedos era mucho más pronunciada de lo que estaba preparado para sentir.
-Santo cielo... -murmuró, bajando la mirada.
Acarició el muslo por puro impulso, sorprendido por lo grueso y firme que era. Era el cuerpo de su madre, lo sabía, pero sentirlo desde dentro lo hacía más real que nunca. Más íntimo. Más confuso.
El claxon de un auto lo sacó de su trance. El semáforo había cambiado a verde. Se sobresaltó, soltó rápidamente el muslo y volvió a calzarse los tacones con torpeza. Apretó el volante y aceleró, con el rostro encendido de vergüenza y el corazón latiéndole con fuerza.
Cuando finalmente llegó al edificio de oficinas, ya no quedaba rastro del aire tranquilo con el que había salido de casa. Al bajar del auto, los tacones volvían a parecer cuchillas. Se tambaleó ligeramente y caminó hacia la entrada, tratando de imitar la seguridad que había visto en su madre.
Pero no era fácil.
Apenas cruzó el vestíbulo, las miradas empezaron a clavarse en él. Hombres y mujeres se giraban, algunos con sonrisas, otros con comentarios a media voz:
-¿Ya vieron cómo viene hoy?
-No sé cómo lo hace, pero se ve cada día más...
-Yo no podría concentrarme si trabajara al lado de eso...
Daniel tragó saliva. Se esforzó por ignorarlos, pero sentía la piel arder bajo la ropa, especialmente en el escote. Cada paso sobre los tacones se sentía como un desfile, y no tenía idea de cómo ocultar el tambaleo de sus caderas.
Finalmente, llegó a su escritorio. Se dejó caer en la silla giratoria con un suspiro, bajándose la falda que se había subido un poco. Encendió la computadora y, sin mirar a nadie, murmuró para sí mismo:
-Y apenas es el inicio del día...
Apenas tuvo tiempo de encender la computadora cuando el celular que su madre le había entregado vibró sobre el escritorio. La pantalla se encendió con varias notificaciones.
3 mensajes nuevos - Mamá (Daniel)
Tomó el teléfono con manos temblorosas. Ver su propio nombre en la pantalla le provocaba una extraña incomodidad. Abrió los mensajes.
> "Recuerda encender la computadora y revisar tu correo del trabajo."
"No hables con nadie a menos que te hablen primero. Sonríe y asiente."
"Tu almuerzo está en el cajón inferior del escritorio. No vayas a comer en otro lado."
Daniel suspiró. Su madre estaba siendo extremadamente precisa, como si supiera que cualquier descuido podría arruinarlo todo.
Dejó el teléfono sobre la mesa, pero luego lo tomó de nuevo, dudando. Era el celular personal de su madre, después de todo. Su curiosidad le picaba por dentro. No podía evitar preguntarse qué más habría allí. ¿Fotos? ¿Notas? ¿Secretos?
Abrió la galería de imágenes. Lo primero que encontró fueron fotos normales: selfies discretas, algunos almuerzos en la oficina, capturas de pantalla de conversaciones. Pero al deslizar más abajo, su pulgar se detuvo de golpe.
Una carpeta oculta. El nombre: "Privado".
-¿En serio...? -susurró.
Al presionar la carpeta, le pedía la huella para poder abrirse. Puso su dedo con algo de nervios, y la carpeta se abrió. Su corazón dio un brinco.
Allí estaban: varias fotos claramente sensuales. Algunas tomadas en el espejo del baño, en ropa interior ajustada; otras en poses sugerentes con lencería que apenas dejaba algo a la imaginación. En una incluso levantaba levemente la falda, dejando ver la liga de una media y una mirada coqueta dirigida al lente.
Daniel tragó saliva. Se sintió completamente incómodo y, al mismo tiempo, sorprendido por el atrevimiento de su madre. Lo primero que pensó fue: "Seguramente se las mandó a papá..."
Salió de la galería y abrió WhatsApp. Buscó la conversación con su padre.
Pero no había nada. Ninguna imagen. Ningún corazón. Solo mensajes normales, rutinarios:
> "¿Compraste pan?"
"Hoy llego tarde, hay reunión."
"Daniel no se ha levantado, despiértalo por favor."
Nada sugerente. Ni una palabra de tono íntimo.
Daniel frunció el ceño. ¿Entonces a quién iban dirigidas esas fotos? ¿A su jefe? ¿A otro hombre? ¿A nadie?
El teléfono vibró nuevamente.
> "No olvides ir al baño antes del almuerzo. Solo usa el de mujeres del piso 4. Evita el del piso 3."
La notificación le provocó un escalofrío. Como si su madre supiera que, en su cuerpo, él podía cometer cualquier error.
Pero ya no podía concentrarse. La galería seguía abierta en su mente. El cuerpo que ahora habitaba... había sido fotografiado así. Mostrado así. ¿Qué significaba eso?
Se quedó mirando su reflejo en la pantalla del celular, con el escote apenas visible desde su perspectiva, las medias bien ajustadas a sus muslos y los labios aún con brillo.
Y por primera vez en el día, no supo si quería seguir descubriendo más... o cerrar todo de inmediato.
Daniel cerró la galería de fotos y dejó el celular boca abajo sobre el escritorio. Se pasó una mano por la frente, tratando de despejar su mente.
-Le estoy dando demasiadas vueltas a esto... -murmuró-. Tal vez esas fotos eran solo para ella. ¿Quién no se toma algo sexy a veces?
Intentó convencerse de que no había nada raro. Tal vez su madre simplemente tenía una carpeta privada como cualquier otra mujer. Y aunque su padre no recibiera esas imágenes... eso no significaba nada. O eso quería creer.
Sacudió la cabeza y respiró hondo.
-Enfócate. Vamos con lo del correo.
Abrió la bandeja de entrada del trabajo. Por suerte, los mensajes eran sencillos: un par de informes por revisar, responder un par de correos con acuse de recibido, y reenviar un archivo adjunto a otra secretaria. Nada complicado. Todo lo que tenía que hacer era seguir los pasos que su madre le había enviado.
Estaba escribiendo una respuesta automática cuando escuchó unos pasos acercándose. Tacones masculinos. Zapatos bien lustrados. Y una voz.
-Buenos días, Lucía. Como siempre, impecable.
Daniel alzó la vista lentamente. Un hombre de unos treinta y tantos, alto, de traje gris claro y sonrisa falsa, estaba apoyado en su escritorio con una taza de café en la mano. Era Yair, el mejor amigo del jefe, según los datos que Lucía le había pasado en los mensajes.

"Cuidado con Yair," le había advertido. "No es tonto, pero le gusta coquetear."
-Ah... buenos días, Yair -respondió Daniel, intentando imitar el tono suave de su madre.
El hombre lo miró de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo más de la cuenta en el escote.
-Te ves radiante hoy. ¿Nuevo labial?
Daniel sintió que se le apretaba el estómago, pero sonrió forzadamente.
-Algo discreto. Solo para estar presentable -dijo, bajando la mirada hacia su monitor.
Yair se rió entre dientes.
-Siempre tan modesta. Pero sabes perfectamente el efecto que causas por aquí... -dio un sorbo a su café, sin apartar la mirada.
Daniel sintió que se le erizaba la piel. Estaba fingiendo, sí, pero algo en esa sonrisa, en esa mirada, le hizo estremecerse. El cuerpo que ahora habitaba... era deseado. Era observado. Era codiciado.
-¿Hay... algo en lo que pueda ayudarte? -preguntó, intentando sonar natural.
-No, no... Solo vine a saludar. Aunque, si tienes tiempo libre, podríamos tomar un café más tarde. Como en los viejos tiempos.
"¿Viejos tiempos...?" pensó Daniel. Su madre no le había dicho nada sobre eso.
-Claro, si me desocupo te aviso -respondió, con una sonrisa diplomática, buscando la salida más educada posible.
Yair se inclinó ligeramente, como si se despidiera en secreto.
-Estaré esperando. No tardes.
Y se alejó, dejando tras de sí una nube de perfume caro y tensión invisible.
Daniel soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sus piernas temblaban un poco. Su corazón aún latía acelerado.
-No sé cómo mamá lidia con esto todos los días... -susurró, y volvió la vista al monitor, tratando de enfocarse en los correos otra vez.
Pero algo había cambiado. La oficina ya no era solo un lugar de trabajo. Era un escenario donde el cuerpo que ahora usaba, el de su madre, atraía miradas, desequilibrios y peligros sutiles.
Pasaron las horas lentamente, pero para Daniel fueron como una pequeña victoria tras otra. A medida que completaba tareas sencillas, revisaba correos y respondía con respuestas breves -tal como su madre le indicó-, comenzaba a sentir que lo peor ya había pasado.
Había sobrevivido.
La tensión inicial fue cediendo, y aunque seguía sintiéndose raro con el brasier clavándose en sus hombros o la falda ajustada cada vez que se movía, al menos no había metido la pata. Nadie lo había descubierto. Nadie lo había cuestionado.
Miró el reloj en la esquina inferior derecha del monitor: 6:41 p.m.
-Ya casi... -murmuró con una sonrisa, acomodándose en la silla. Estaba a menos de veinte minutos de escapar de esa oficina, de esos tacones, de ese escote.
Tal vez, si tenía suerte, al volver a casa todo volvería a la normalidad. Quizás esto era solo una broma cósmica de un solo día.
Pero justo en ese instante, el celular vibró. Al ver la pantalla, la sonrisa desapareció de su rostro.
Mensaje nuevo - Sr. Méndez (Jefe)
> Lucía, necesito verte en mi oficina. Es urgente.
El corazón de Daniel dio un salto. Sus ojos se abrieron y un escalofrío le recorrió la espalda.
-No... no puede ser -susurró.
Recordó claramente la advertencia de su madre aquella mañana: "Por nada del mundo vayas a la oficina de mi jefe, aunque él te llame."
Pero la curiosidad lo carcomía por dentro. ¿Qué podía ser tan urgente? ¿Qué tenía su madre con ese hombre? ¿Y por qué le pidió evitarlo?
Dudó unos segundos, mordiéndose el labio inferior. Finalmente, con el pulso acelerado y la garganta seca, se levantó.
Caminó por el pasillo con pasos medidos, intentando no tambalearse sobre los tacones. La oficina del jefe estaba al fondo, una gran puerta de madera con una placa dorada: "Sr. Esteban Méndez - Dirección General"
Tocó suavemente.
-Adelante -respondió la voz grave desde dentro.
Daniel empujó la puerta. El jefe lo esperaba sentado tras el escritorio, con una expresión seria. Al levantar la vista, su rostro pareció suavizarse.

-Lucía... pasa. Cierra la puerta. Y ponle seguro, por favor.
Daniel tragó saliva.
Sin decir una palabra, obedeció. El clic del seguro retumbó como una campana en su cabeza. El ambiente se sentía más denso de lo normal, cargado de una tensión que no sabía cómo manejar.
-Acércate- dijo su jefe, esta vez alzando la mirada. Oscura. Intensa.
Un paso. Otro. Hasta que estuvo a su lado.
Antes de que pudiera preguntar, unas manos grandes se cerraron en sus caderas, girando de espaldas contra el pecho del jefe. El aliento caliente le quemó la nuca.
-Te extrañé- gruñó, mientras una palma subía por su costado, despacio, provocativa, hasta cerrarse sobre un pecho.
*¡¿Qué mierda?!* El corazón le estallaba. *¿Esto era lo de la "urgencia"?* Pero antes de poder reaccionar, los labios del jefe se clavaron en su cuello, mordiendo, chupando, marcando.
-No... espera- intentó protestar, pero la voz le salió quebrada, *demasiado femenina*, y el jefe solo rió bajo.
-Calladita siempre me gusta más- susurró, mientras la otra mano deslizaba el escote del traje, dejando un seno al aire. Los dedos rudos lo apretaron, y un gemido escapó de sus labios. *Involuntario. Humillante. Excitable.*
El jefe sonrió contra su piel.
-Mmm... ya sabía que vendrías corriendo.
Y entonces, sin aviso, le hundió la mano entre las piernas, descubriendo lo húmedo que ya estaba ese cuerpo *que no era suyo... pero que ahora respondía como si lo fuera.*
**-¡Ah!... Espera, no puedo-** La voz le salió entrecortada, pero el jefe solo apretó más fuerte sus dedos allí, haciendo que las palabras se le convirtieran en un gemido.
**-Cállate-** le ordenó con un gruñido, hundiendo la cara en su cuello mientras masajeaba su clítoris con movimientos expertos. **-Solo relájate y disfruta, como siempre.**
Antes de que pudiera protestar, el jefe lo empujó bruscamente contra el escritorio, la falda ya subida, las nalgas al aire. Una mano le sujetó la cintura con fuerza mientras la otra apartaba la tanga a un lado, dejando su coño completamente expuesto.
**-Mierda... ya estás chorreando-** murmuró el hombre, pasando un dedo desde el clítoris hasta la entrada, provocando un escalofrío violento. **-¿Tanto me extrañaste?**
El hijo, atrapado en un cuerpo que no era el suyo, no entendía nada. *¿Por qué esto le estaba pasando? ¿Por qué su piel ardía? ¿Por qué cada roce lo hacía temblar?* Pero antes de que pudiera pensar más, sintió algo peor-o mejor-: **la lengua caliente del jefe recorriendo entero, lamiendo con lentitud tortuosa.**
**-¡Dios!-** gritó, los dedos aferrándose al borde del escritorio. Nunca había sentido algo así. **Era demasiado.** Demasiado húmedo, demasiado intenso, demasiado... *rápido.*
El jefe no se detuvo. Por el contrario, hundió la lengua más adentro mientras sus dedos seguían jugando con su clítoris, en un ritmo que lo llevaba directo al borde.
**-No... no voy a... ¡Ah!-** Intentó avisar, pero su cuerpo ya no le pertenecía. Las caderas le respondían solas, empujando contra esa boca como si buscaran más. **Y entonces, sin previo aviso, el orgasmo lo golpeó como un rayo.**
**-¡¡AHHH!!-** Los músculos se le tensaron, las piernas le temblaron sin control, y una oleada de placer lo arrasó por completo, dejándolo jadeante y deshecho contra el escritorio.
El jefe se apartó con una sonrisa satisfecha, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
**-Hoy estabas más sensible de lo normal-** comentó, como si acabaran de discutir el clima y no de hacerlo venir en menos de cinco minutos. **-Limpia esto. Tengo una reunión.**
Y así, sin más, salió de la oficina, dejándolo ahí **temblando, con las piernas abiertas y el traje desordenado, el escritorio manchado y su mente en blanco.**
*¿Qué demonios acababa de pasar?*
Pero lo peor-o lo mejor-era que **su cuerpo aún palpitaba, recordándole que, aunque él no lo hubiera querido... *nunca había sentido algo así en su vida*.**
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