En el filo de la sierra norte de Oaxaca, donde los cerros se apilan como tortillas mal cocidas, estaba el pueblo de San Isidro Yaluni. Ahíla tierra no alcanza para todos. Ramiro y Karina se habían unido a los quince y trece años, como casi todos en esos rumbos. No hubo fiesta grande, solo un guajolote compartido y rezos en la iglesia de adobe. Al año siguiente nació José; dos años después, Javier. La casa era de bajareque y lámina, con piso de tierra que se levantaba en nubes cada vez que soplaba el norte.
Ramiro salía antes del alba con el machete al hombro.Sembraba maíz en las laderas que se deslavaban con las lluvias, recogía leña, ayudaba en tequios. Karina molía nixtamal en metate desde niña, lavaba en el arroyo, cuidaba gallinas y hacía crecer a los muchachos con lo que había:frijol, tortilla, a veces un huevo revuelto con hierba santa. Los años no trajeron más, solo más bocas que alimentar y más deudas con la tienda del pueblo.
Cuando José cumplió diecisiete, ya medía casi lo mismo que su padre. Empezó a decir que no quería terminar como Ramiro: “con la espalda doblada y sin un peso guardado”. Hablaba de la gente que se iba a las ciudades grandes, de fábricas, de jornales que sí pagaban. Javier, de quince, lo escuchaba con ojos grandes, sin entender del todo, pero sintiendo que algo se movía dentro de él como un río crecido.
Una noche, después de que Karina llorara porque no había ni para comprar maíz para el siguiente mes, José lo miró fijo.
—Nos vamos, carnal. Los dos. Si nos quedamos, nos vamos a pudrir aquí igual que ellos.
Javier pensó en su mamá, a quien secretamente amaba de otro modo, no solo eso admiraba cada que molía maíz, se quedaba un poco más de tiempo admirándola, pero inmediatamente se sentía apenado al mismo tiempo que notaba un cambio en su entrepierna tocándose después con culpa, pero por otra parte también se daba cuenta en cómo se le marcaban las manos de tanto moler, en cómo Ramiro tosía más fuerte cada invierno. Asintió una sola vez.
Partieron una madrugada de octubre, cuando la neblina todavía cubría los pinos. Llevaban una mochila vieja con dos camisas de cambio,un jabón, tres tortillas envueltas en hoja de plátano, un poco de sal y doscientos pesos que Karina había juntado de vender gallinas. No le dijeron nada a los papás.
Solo dejaron una nota escrita por José en un pedazo de cuaderno: “Vamos a trabajar. No se preocupen. Mandaremos dinero. Los queremos.”
Bajaron por veredas que solo conocían los que nacieron ahí.Caminaron hasta el camino de terracería donde pasan las combis. Subieron a una que iba a Oaxaca de Juárez. Ahí, en la capital del estado, preguntaron por trabajo. Un señor en la terminal les dijo que en el Bajío y más al norte había fábricas que contrataban rápido, sin tanto papeleo. “San Luis Potosí está creciendo, hay maquilas, construcción, todo”.
Con lo poco que les quedaba compraron boletos de autobús de segunda clase. Viajaron dos días enteros, parando en terminales polvorientas,comiendo tortas frías y durmiendo sentados. Javier se mareaba con el movimiento, pero José lo mantenía despierto contándole historias inventadas:que en San Luis había parques grandes, comida diferente, y que pronto tendrían su propia casa de block.
Llegaron a la central camionera de San Luis Potosí al amanecer, ambos que apenas habían podido terminar la primaria la cual les quedaba a kilómetros de casa. La ciudad era plana, seca, con edificios bajos y un cielo inmenso. El aire olía a humo de tráileres y a tortillas recién hechas. No conocían a nadie, pero la suerte les sonrió rápido. En la misma terminal, un hombre con playera de una constructora les preguntó si buscaban chamba. “Sí, lo que sea”, contestó José sin dudar.
Al día siguiente ya estaban en una obra en la zona industrial, cargando bultos de cemento y varilla. El capataz les pagó por día,en efectivo, sin preguntar papeles. Javier, más flaco y con cara de niño,empezó ayudando en la mezcla de mortero; José en los andamios, subiendo y bajando. Ganaban poco, pero más que en la milpa. Al mes ya habían rentado un cuarto en una vecindad cerca de la vía del tren: paredes de block, baño compartido, un foco colgando del techo. Cocían frijoles en una estufa de gas prestada y mandaban la mitad del dinero a San Isidro cada quince días.
La vida se asentó. José aprendió a manejar la revolvedora y subió un poco de sueldo. Javier, con el tiempo, empezó a soldar bajo supervisión y se volvió indispensable en el equipo. No era fácil: jornadas de sol a sol, polvo en la garganta, regaños del capataz cuando se equivocaban.Pero había estabilidad. Compraron una tele chiquita, un colchón decente, hasta una licuadora para hacer licuados de plátano.
Cada mes, cuando llegaban las llamadas de Karina, lloraba menos. Ramiro solo decía: “Sigan chambeando, muchachos. Aquí todo está igual,pero con lo que mandan compramos maíz y medicinas”.
Pasaron los meses. José y Javier lograron rentar una casita modesta en las afueras de la zona industrial: dos cuartos, una cocina diminuta,un patio con tendedero y un baño propio. Era un lujo comparado con la vecindad.Compartían gastos, cocinaban juntos, y planeaban ahorrar para traer a los papás algún día. Pero las cosas cambiaron cuando a José le ofrecieron un trabajo en Monterrey.
Un supervisor de la obra lo recomendó a una constructora grande allá, con sueldo casi el doble, bonos por horas extras y hasta capacitación para manejar maquinaria pesada. “Es la oportunidad, carnal”, le dijo José a Javier una noche, mientras comían tacos de carnitas comprados en la esquina.“Allá gano bien, mando más plata, y tal vez en un año nos juntamos todos”.
Javier se quedó solo en la casa. José partió en un autobús nocturno, prometiendo llamar cada semana. Al principio, el silencio pesaba,pero Javier siguió trabajando en la maquila, ensamblando piezas de auto partes en un turno diurno que le dejaba las noches libres. Mandaba dinero a José para que lo reenviara al pueblo, y poco a poco se acostumbró a la rutina solitaria.
Unas semanas después, llegó la noticia: Ramiro y Karina decidieron mudarse con Javier. El dinero que mandaban había ayudado, pero la sierra seguía dura, con sequías que mataban las milpas y deudas que no se iban.“Ya no aguantamos aquí solos”, dijo Ramiro en una llamada. “Vamos para allá,mijo. No queremos ser carga, pero tal vez podamos ayudar”. Javier los recibió en la central camionera, con el corazón latiéndole fuerte. Ramiro llegó más encorvado, con la tos seca del polvo acumulado en los pulmones; Karina, con el mismo rebozo desteñido, pero sus ojos seguían brillando con esa calidez que Javier recordaba de niño.
Se instalaron en la casita. Ramiro dormía en el sofá de la sala, Karina en la cama con Javier al principio, hasta que compraron un catre extra. Javier les mostró la ciudad: el mercado donde compraban verduras frescas, la iglesia cercana para que Karina rezara. Y pronto, le consiguió trabajo a su padre en la misma maquila: un turno nocturno limpiando maquinaria y pisos, nada pesado, pero suficiente para que Ramiro se sintiera útil. “Gracias, mijo”, le dijo Ramiro una noche, palmeándole la espalda.“No quería venir a pedir, pero aquí estamos”.
Con los papás en casa, la rutina cambió. Karina se encargaba de la cocina, molía maíz para tortillas frescas que olían a hogar, lavaba la ropa en el patio bajo el sol seco de San Luis. Javier empezó a notarla de otra manera. A sus treinta y tantos, Karina conservaba una figura que el tiempo no había maltratado del todo: curvas generosas moldeadas por años de trabajo duro,caderas anchas que se mecían con gracia al caminar, pechos plenos que se marcaban bajo las blusas delgadas y gastadas que usaba en casa. Su piel morena,suave en los brazos y el cuello, contrastaba con las manos ásperas de tanto laborar. Tenía el cabello negro y largo, que se soltaba por las noches al peinarse frente al espejo roto de la cocina, y unos labios carnosos que se curvaban en sonrisas tímidas cuando Javier la elogiaba por la comida.

Al principio, era solo admiración. Javier la veía inclinarse sobre la estufa, el sudor perlando su escote, y sentía un calor extraño en el estómago. Por las noches, cuando Ramiro salía al turno y la casa quedaba en silencio, Javier se quedaba hablando con ella en la cocina. Karina contaba historias del pueblo, riendo con esa voz suave que lo arrullaba de niño. Pero pronto, el deseo se coló como una corriente subterránea. Javier se sorprendía mirándole las piernas cruzadas bajo la mesa, imaginando la suavidad de sus muslos; o cómo su blusa se pegaba a la espalda húmeda después de lavar,delineando la curva de su cintura. Una noche, al ayudarla a tender la ropa, sus manos se rozaron, y Javier sintió un pulso eléctrico que lo dejó despierto hasta el amanecer, fantaseando con tocarla más allá de lo filial.
No decía nada, pero el aire en la casa se cargaba de tensión. Karina parecía notarlo a veces, bajando la mirada con un rubor que solo avivaba el fuego en Javier. Ramiro, exhausto del trabajo nocturno, dormía de día y no veía nada. Javier luchaba con el remordimiento, pero el deseo crecía, un secreto que lo consumía en las sombras de la casita rentada.

José prosperaba en Monterrey,mandando dinero que ayudaba a todos. Javier ascendió en la maquila, Ramiro siguió en su turno nocturno, y Karina mantenía el hogar. Pero entre Javier y su madre, algo latía en silencio, un anhelo prohibido que amenazaba con romper la frágil paz que habían construido lejos de la sierra
Ramiro salía antes del alba con el machete al hombro.Sembraba maíz en las laderas que se deslavaban con las lluvias, recogía leña, ayudaba en tequios. Karina molía nixtamal en metate desde niña, lavaba en el arroyo, cuidaba gallinas y hacía crecer a los muchachos con lo que había:frijol, tortilla, a veces un huevo revuelto con hierba santa. Los años no trajeron más, solo más bocas que alimentar y más deudas con la tienda del pueblo.
Cuando José cumplió diecisiete, ya medía casi lo mismo que su padre. Empezó a decir que no quería terminar como Ramiro: “con la espalda doblada y sin un peso guardado”. Hablaba de la gente que se iba a las ciudades grandes, de fábricas, de jornales que sí pagaban. Javier, de quince, lo escuchaba con ojos grandes, sin entender del todo, pero sintiendo que algo se movía dentro de él como un río crecido.
Una noche, después de que Karina llorara porque no había ni para comprar maíz para el siguiente mes, José lo miró fijo.
—Nos vamos, carnal. Los dos. Si nos quedamos, nos vamos a pudrir aquí igual que ellos.
Javier pensó en su mamá, a quien secretamente amaba de otro modo, no solo eso admiraba cada que molía maíz, se quedaba un poco más de tiempo admirándola, pero inmediatamente se sentía apenado al mismo tiempo que notaba un cambio en su entrepierna tocándose después con culpa, pero por otra parte también se daba cuenta en cómo se le marcaban las manos de tanto moler, en cómo Ramiro tosía más fuerte cada invierno. Asintió una sola vez.
Partieron una madrugada de octubre, cuando la neblina todavía cubría los pinos. Llevaban una mochila vieja con dos camisas de cambio,un jabón, tres tortillas envueltas en hoja de plátano, un poco de sal y doscientos pesos que Karina había juntado de vender gallinas. No le dijeron nada a los papás.
Solo dejaron una nota escrita por José en un pedazo de cuaderno: “Vamos a trabajar. No se preocupen. Mandaremos dinero. Los queremos.”
Bajaron por veredas que solo conocían los que nacieron ahí.Caminaron hasta el camino de terracería donde pasan las combis. Subieron a una que iba a Oaxaca de Juárez. Ahí, en la capital del estado, preguntaron por trabajo. Un señor en la terminal les dijo que en el Bajío y más al norte había fábricas que contrataban rápido, sin tanto papeleo. “San Luis Potosí está creciendo, hay maquilas, construcción, todo”.
Con lo poco que les quedaba compraron boletos de autobús de segunda clase. Viajaron dos días enteros, parando en terminales polvorientas,comiendo tortas frías y durmiendo sentados. Javier se mareaba con el movimiento, pero José lo mantenía despierto contándole historias inventadas:que en San Luis había parques grandes, comida diferente, y que pronto tendrían su propia casa de block.
Llegaron a la central camionera de San Luis Potosí al amanecer, ambos que apenas habían podido terminar la primaria la cual les quedaba a kilómetros de casa. La ciudad era plana, seca, con edificios bajos y un cielo inmenso. El aire olía a humo de tráileres y a tortillas recién hechas. No conocían a nadie, pero la suerte les sonrió rápido. En la misma terminal, un hombre con playera de una constructora les preguntó si buscaban chamba. “Sí, lo que sea”, contestó José sin dudar.
Al día siguiente ya estaban en una obra en la zona industrial, cargando bultos de cemento y varilla. El capataz les pagó por día,en efectivo, sin preguntar papeles. Javier, más flaco y con cara de niño,empezó ayudando en la mezcla de mortero; José en los andamios, subiendo y bajando. Ganaban poco, pero más que en la milpa. Al mes ya habían rentado un cuarto en una vecindad cerca de la vía del tren: paredes de block, baño compartido, un foco colgando del techo. Cocían frijoles en una estufa de gas prestada y mandaban la mitad del dinero a San Isidro cada quince días.
La vida se asentó. José aprendió a manejar la revolvedora y subió un poco de sueldo. Javier, con el tiempo, empezó a soldar bajo supervisión y se volvió indispensable en el equipo. No era fácil: jornadas de sol a sol, polvo en la garganta, regaños del capataz cuando se equivocaban.Pero había estabilidad. Compraron una tele chiquita, un colchón decente, hasta una licuadora para hacer licuados de plátano.
Cada mes, cuando llegaban las llamadas de Karina, lloraba menos. Ramiro solo decía: “Sigan chambeando, muchachos. Aquí todo está igual,pero con lo que mandan compramos maíz y medicinas”.
Pasaron los meses. José y Javier lograron rentar una casita modesta en las afueras de la zona industrial: dos cuartos, una cocina diminuta,un patio con tendedero y un baño propio. Era un lujo comparado con la vecindad.Compartían gastos, cocinaban juntos, y planeaban ahorrar para traer a los papás algún día. Pero las cosas cambiaron cuando a José le ofrecieron un trabajo en Monterrey.
Un supervisor de la obra lo recomendó a una constructora grande allá, con sueldo casi el doble, bonos por horas extras y hasta capacitación para manejar maquinaria pesada. “Es la oportunidad, carnal”, le dijo José a Javier una noche, mientras comían tacos de carnitas comprados en la esquina.“Allá gano bien, mando más plata, y tal vez en un año nos juntamos todos”.
Javier se quedó solo en la casa. José partió en un autobús nocturno, prometiendo llamar cada semana. Al principio, el silencio pesaba,pero Javier siguió trabajando en la maquila, ensamblando piezas de auto partes en un turno diurno que le dejaba las noches libres. Mandaba dinero a José para que lo reenviara al pueblo, y poco a poco se acostumbró a la rutina solitaria.
Unas semanas después, llegó la noticia: Ramiro y Karina decidieron mudarse con Javier. El dinero que mandaban había ayudado, pero la sierra seguía dura, con sequías que mataban las milpas y deudas que no se iban.“Ya no aguantamos aquí solos”, dijo Ramiro en una llamada. “Vamos para allá,mijo. No queremos ser carga, pero tal vez podamos ayudar”. Javier los recibió en la central camionera, con el corazón latiéndole fuerte. Ramiro llegó más encorvado, con la tos seca del polvo acumulado en los pulmones; Karina, con el mismo rebozo desteñido, pero sus ojos seguían brillando con esa calidez que Javier recordaba de niño.
Se instalaron en la casita. Ramiro dormía en el sofá de la sala, Karina en la cama con Javier al principio, hasta que compraron un catre extra. Javier les mostró la ciudad: el mercado donde compraban verduras frescas, la iglesia cercana para que Karina rezara. Y pronto, le consiguió trabajo a su padre en la misma maquila: un turno nocturno limpiando maquinaria y pisos, nada pesado, pero suficiente para que Ramiro se sintiera útil. “Gracias, mijo”, le dijo Ramiro una noche, palmeándole la espalda.“No quería venir a pedir, pero aquí estamos”.
Con los papás en casa, la rutina cambió. Karina se encargaba de la cocina, molía maíz para tortillas frescas que olían a hogar, lavaba la ropa en el patio bajo el sol seco de San Luis. Javier empezó a notarla de otra manera. A sus treinta y tantos, Karina conservaba una figura que el tiempo no había maltratado del todo: curvas generosas moldeadas por años de trabajo duro,caderas anchas que se mecían con gracia al caminar, pechos plenos que se marcaban bajo las blusas delgadas y gastadas que usaba en casa. Su piel morena,suave en los brazos y el cuello, contrastaba con las manos ásperas de tanto laborar. Tenía el cabello negro y largo, que se soltaba por las noches al peinarse frente al espejo roto de la cocina, y unos labios carnosos que se curvaban en sonrisas tímidas cuando Javier la elogiaba por la comida.

Al principio, era solo admiración. Javier la veía inclinarse sobre la estufa, el sudor perlando su escote, y sentía un calor extraño en el estómago. Por las noches, cuando Ramiro salía al turno y la casa quedaba en silencio, Javier se quedaba hablando con ella en la cocina. Karina contaba historias del pueblo, riendo con esa voz suave que lo arrullaba de niño. Pero pronto, el deseo se coló como una corriente subterránea. Javier se sorprendía mirándole las piernas cruzadas bajo la mesa, imaginando la suavidad de sus muslos; o cómo su blusa se pegaba a la espalda húmeda después de lavar,delineando la curva de su cintura. Una noche, al ayudarla a tender la ropa, sus manos se rozaron, y Javier sintió un pulso eléctrico que lo dejó despierto hasta el amanecer, fantaseando con tocarla más allá de lo filial.
No decía nada, pero el aire en la casa se cargaba de tensión. Karina parecía notarlo a veces, bajando la mirada con un rubor que solo avivaba el fuego en Javier. Ramiro, exhausto del trabajo nocturno, dormía de día y no veía nada. Javier luchaba con el remordimiento, pero el deseo crecía, un secreto que lo consumía en las sombras de la casita rentada.

José prosperaba en Monterrey,mandando dinero que ayudaba a todos. Javier ascendió en la maquila, Ramiro siguió en su turno nocturno, y Karina mantenía el hogar. Pero entre Javier y su madre, algo latía en silencio, un anhelo prohibido que amenazaba con romper la frágil paz que habían construido lejos de la sierra
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