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No consentido, Paseo por la playa

Hola pajeritos, le dejo un nuevo relato.
No sé olviden de comentar que le parece. La de la foto soy yo, obvio.

Ya que estamos lejos y sé que esto puede hacerte dudar, quiero que sepas lo mucho que me hacés falta. Lo que te voy a contar es algo que pasó cuando nos mudamos a la casa de la playa, antes de que fueras mi novio oficial. La verdad, tenía que contártelo porque cambió algo en mí.

Era una tarde perfecta. Tú tenías que trabajar y yo decidí caminar sola. La playa estaba desierta, solo el sonido del mar y la luz dorada que se desvanecía. Caminé por el borde del agua hasta que la arena me puso los pies nerviosos. Me quité el vestido, buscando esa sensación de libertad que tanto me gusta. Usaba ese bikini de rayas que tenés en la foto, la parte de atrás pequeña, lo sé, porque me la arreglás vos.

La verdad es que siempre he tenido un poco de fantasía con la idea de ser observada. Me encantaba que los turistas nos miraran, aunque vos seas lo único que me importa. El cielo se estaba volviendo negro y, aprovechando que nadie estaba cerca, decidí soltar el corpiño. Lo colgué de la cintura y dejé que mis pechos pesados descansaran en el aire fresco. Me puse de frente al mar y sentí cómo la brisa me hacía cosquillas en los pezones. Empecé a pensar en vos, en nuestra pasión, en lo húmeda que estaba. Mi entrepierna se mojó solo con la idea de vos, y me di cuenta de que me estaba acariciando ahí.

Fue entonces que noté algo a mis espaldas. Cuando me di vuelta, vi a tres tipos sentados cerca de las dunas. Eran fornidos, con el pecho enmusculado y la mirada fija en mí. Yo estaba tan enamorada de vos que no los miré con interés, pero ellos me habían estado observando. Cuando me puse a acariciarme, avanzaron hacia mí.

—Qué rico te tocas —dijo uno con voz ronca.

Estaba asustada, pero ellos no me dejaron escapar. Uno notó que mi bikini estaba mojado y sonrió.
—Vos provocaste esto, chicas —me dijo—. No hay nadie aquí, necesitamos una ayuda y vos nos la vas a dar.

No tenía teléfono, estaba sola, semi desnuda y ya no había nadie. Miré sus vergas duras y explotando por la tela de sus pantalones. No tenía otra opción. Prometí que sería buena y ellos sonrieron perversamente.

Me llevaron a los Médanos del fondo, donde ya había una manta y cervezas. Se miraron y se pelearon por quién iba primero, hasta que acordaron hacerlo todos a la vez.

Uno me separó las piernas con sus pies.
—Tranquila, te va a gustar.

Se agachó, me sacó la tanga y comenzó a pasarme un dedo por mi entrepierna, con mi propio flujo. Otro se puso atrás y abrió mis nalgas, lamiéndome con fuerza. El tercero se acercó y apretó mis pechos, como exprimiendo un fruto maduro. Me dolía un poco al principio, pero luego empezó a chupar. Suctionaba fuerte, como un bebé hambriento, hasta que mis pezones se enrojecieron y se inflaron. Me estaban tocando y lamiendo a la vez, y aunque intentaba disfrutar, no podía dejar de pensar en vos.

Uno me hizo arrodillar y dijo que quería que chupara bien.
—Relaja la boca, dijo.

Me agarró de la nuca y metió su verga en mi boca, profundo. Tenía una cabeza hinchada y recordé el sabor de tu pene. Traté de imaginar que cada uno de ellos era vos. Se cambiaron y el otro fue más suave, pasando su verga por mi cara, mientras el tercero todavía jugaba con mi cola.

El de atrás se dió cuenta de que mi concha estaba hinchada y excitada.
—Vos están disfrutando —me dijo—. Nos vamos a divertir.

Me acosté boca arriba y se puso en cuclillas sobre mi cara, ahogándome con su verga. Me sentía flexible, y él se movía arriba y abajo, mientras el de verga grande me castigaba introduciéndome los tres dedos y me fregaba el clítoris con la otra mano. Gritaba ahogada mientras el otro me estiraba los pezones y me decía que estaba bien.

Me llenaron la cara de leche. Parecía que no se les acababa nunca. Cada vez que uno terminaba, volvía a ponerme el dedo en la cola y se volvía a excitar. Finalmente, me acostaron boca abajo y uno a uno me cogieron la concha sin sentimiento alguno, sus testículos golpeando mi piel. Volví a tener que chupar, con los pechos y la concha dolidos.

Y luego fue el peor. Me dijeron que tenían que irse y me pusieron en cuatro. Me llevaron la leche de la cara con la mano y se la pasaron a mi cola para lubricarla. Me la metieron uno tras otro, golpeando con su cuerpo entero hasta que me la llenaron por completo. Mientras gritaba, me cubrieron la boca para que no escucharan.

—Vamos a romperla —me decían.

El final fue juntos. Uno se tendió en el suelo y me enterró su verga en la cola, el otro sosteniendo mis tobillos y entrando en mi concha profundo, y el tercero me hacía que chupara con fuerza. Entre los tres me enterraron sin parar. Me soltaron y me pusieron en cuatro nuevamente para vaciarme por completo, llenándome con la leche de todos.

Me quedé sola, sucia de semen, no pude limpiarme. Me tuve que masturbar pensando en vos. Cuando terminé, bañé mi cuerpo en el mar a oscuras y volví a casa a descansar.

Te amo, y espero que no me rechaces por esto. Yo solo fui buena chica.


y mis pajaritos, les gustó lo que le mandé a mi marido, esto pasó hace mucho y se los queríamos compartir. Dejen comentarios diciendo que parte les gustó más y sus puntos.

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