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Mi novia y su prima me usaron como semental vivo

La verdad es que no quería contarlo nunca. Pero me quema el pecho cada puta noche, me revuelve las tripas y ya no aguanto más guardármelo. Meses enteros de esa tortura lenta y fría: “no tengo ganas”, “estoy cansada”, “mañana quizás”, “no me toques que me duele la cabeza”. Llegaba del trabajo hecho mierda, la polla latiendo dentro del pantalón solo de verla caminando por la casa en short corto, culo marcado, cintura perfecta que me volvía loco, y ella ni me miraba. Me encerraba en el baño a pajeármela como animal rabioso, mordiéndome el labio para no gemir fuerte, semen espeso saliendo a chorros contra la pared mientras imaginaba romperle el culo a cualquiera, a ella, a su prima, a quien sea. La calentura acumulada era una rabia que me quemaba el estómago, y cada rechazo me hacía sentir más sucio, más animal.
Hasta que una noche se tomó esas pastillas nuevas “para dormir mejor”. Quedó noqueada total, boca arriba en la cama, respirando profundo y lento como si estuviera muerta. El cuarto en penumbras, solo la luz tenue del celular mío iluminando su silueta. Le bajé el short despacio, sin hacer ruido. Le abrí las piernas suave. Toqué su coño jugoso: caliente como horno, labios gruesos ya un poco hinchados por el calor del cuerpo, humedad pegajosa que olía a sexo dormido, salado-dulce mezclado con sudor nocturno y un toque ácido de orina vieja. Metí dos dedos lento, sintiendo las paredes calientes, viscosas, contrayéndose alrededor aunque ella ni se enteraba. Chasquidos húmedos suaves llenando el silencio. Saqué y metí tres, el olor subiendo fuerte, íntimo, prohibido. Puta madre, está mojada aunque esté apagada… el cuerpo me quiere aunque la cabeza me rechace.
Saqué los dedos brillantes y los llevé al ano. Unté saliva mía y presioné. El esfínter resistió como anillo de acero caliente, duro, apretado… hasta que cedió con un “pop” suave que me erizó la piel entera. El calor sofocante me envolvió la cabeza, textura aterciopelada, algo blando y resbaladizo más adentro golpeando contra la punta. Empujé centímetro a centímetro, sintiendo cómo su culo me estrujaba cada vena, cada relieve, apretando brutal. El olor terroso subió fuerte, prohibido, mezclado con el sudor de su cuerpo. Esto es mío aunque ella no lo sepa… me lo debe después de tanto rechazo. La embestí más fuerte, huevos golpeando cachetes, chapoteos sucios, gemidos ahogados míos. Saqué y volví al coño: empujé hasta el fondo, paredes contrayéndose, y exploté dentro. Semen espeso, caliente, rebosando por los labios, mezclándose con jugos y cayendo en un hilo marrón claro por su perineo hasta las sábanas. La limpié con mi bóxer usado y dormí como si nada.
Al día siguiente me miró con ojos entrecerrados y me soltó:
—¿Tú me estás haciendo algo por las noches? Siento la vagina rara… hinchada… y el culo me duele un montón.
Mentí con cara de santo. “Será el estrés o las pastillas”. Pero esa pregunta se me clavó como espina. Ella sospechaba… y yo ya sabía que podía seguir. La culpa me mordía, pero la calentura era más fuerte.
El tiempo empeoró. Trabajo matándome, llegadas tarde, y en casa solo excusas frías. Hasta esa noche. Llegué y las escuché en la cocina: mi novia y su prima (22 años, casi como hermana para ella). La prima lloraba bajito, voz quebrada: “Ya estoy mayorcita… llevamos años intentando con mi novio y nada. Me siento rota, me atormenta día y noche”. Mi novia la consolaba. Hice ruido con la puerta. Se callaron de golpe.
Ella me miró casi amable (cosa rarísima en ella) y dijo:
—Estás estresado. Tómate una de mis pastillas, te va a relajar.
Tomé solo la mitad esa primera vez. Me tumbé. Pero esa noche… fingí todo.
En la madrugada sentí peso. Abrí los ojos una rendija. La luz tenue de la cocina entraba por la puerta entreabierta, iluminando siluetas. Mi novia estaba arrodillada entre mis piernas, chupándome la polla como si fuera la última del mundo. Después de meses sin tocarme, ahora me usaba como un puto juguete. Lengua caliente rodeando la cabeza, sorbidos húmedos, saliva chorreando por mis huevos. Se subió, se quitó la tanga blanca y se sentó encima. Su coño caliente y resbaladizo me tragó entero con un chapoteo húmedo. Movimientos desesperados, arriba y abajo, chapoteos fuertes, gemidos ahogados que intentaba contener. Pechos saltando, pezones duros rozando mi pecho. Se corrió temblando, coño contrayéndose alrededor de mi polla como puño caliente. Luego bajó a chuparme otra vez. Mi polla explotó en su boca: chorros espesos que tragó casi todo, el resto escurriéndose por su barbilla, sabor salado-dulce en el aire. Al día siguiente me preguntó si había sentido algo. Le dije que no. Vi su sonrisa de victoria. No dije nada.
Pasaron días. Seguía fría como siempre. Ese fin de semana llegué igual de estresado. Ella sonrió raro:
—Compré las pastillas más fuertes. Tómate una, verás.
Fingí tragarla. La escupí cuando se dio vuelta. Me tiré en la cama haciendo como que me noqueaba. Pero estaba alerta. Polla ya medio dura de anticipación y miedo.
Escuché su voz en el teléfono:
—Ven rápido al cuarto, ya preparé todo.
La prima llegó. Jeans apretadísimo marcando ese culo redondo y apetecible, polo ajustado con pezones duros asomando como piedritas. Olía a perfume dulce de vainilla mezclado con sudor fresco del camino y algo más profundo… olor a hembra en celo, salado-dulce, animal.
Puerta entreabierta. Luz tenue. Las dos se acercaron a la cama.
Mi novia susurró:
—¿Estás dormido?
No respondí. Respiración lenta, controlada. Polla flácida al principio para no delatarme. El corazón retumbándome en los oídos.
Me bajaron el bóxer. Mi novia la cogió, la besó suave, la lamió despacio. La sangre bajó rápido y se puso dura, venosa, brillante de saliva. Luego le hizo señal a la prima.
La prima se quitó todo. Quedó solo con una tanga blanca abierta justo en el coño. Subió a la cama temblando. Mi novia la guió:
—Ponlo despacio en tu entrada.
Vi todo aunque fingía dormir. La prima colocó la cabeza hinchada contra sus labios hinchados, mojados, brillantes de jugos. Bajó centímetro a centímetro. Su vagina era más apretada que la de mi novia: paredes calientes, elásticas, succionándome la cabeza con un “schlurp” húmedo. Calor brutal envolvió la punta, como meterla en un horno vivo y viscoso. Jugós espesos chorrearon de inmediato por mi tronco, mojándome los huevos, pegajosos, calientes. El olor explotó: sexo fuerte, salado-dulce, hembra ovulando al máximo, perra en celo.
Bajó más. Las paredes se contrajeron violentamente alrededor de mi tronco, succionándome, ordeñándome. Está usando mi polla para preñarse… y yo aquí fingiendo dormir, despierto, sintiendo cada contracción, cada gota de jugo caliente. La humillación me golpeó como rayo en el pecho, rabia y placer mezclados, y mi verga se hinchó aún más dentro de ella, palpitando contra sus paredes.
Se movió arriba y abajo, lento al principio, luego desesperada. Culo redondo rebotando contra mis huevos con chapoteos húmedos que llenaban el cuarto. Se tocaba los pechos, pellizcaba pezones duros como piedritas, gemía bajito mordiéndose el labio: “ahh… qué grueso… me llena tanto…”. El olor animal subía fuerte, dulce-terroso, mezclado con sudor y perfume.
Mi novia se acercó a mi oído:
—Le di la dosis más fuerte. No se va a despertar.
La hija de puta me había engañado. Quería mi semen dentro de su prima. Y yo, sintiendo cada rebote, cada apretón, estaba a punto de explotar de rabia y placer animal.
Mi novia se fue un momento a la cocina. La prima aceleró: culo rebotando fuerte, coño apretando como puño caliente y viscoso. Se sujetó de mis pies, clavó uñas, se clavó hasta el fondo y se corrió temblando entero. Sus paredes me ordeñaron violentamente, contrayéndose. Yo no aguanté más: eyaculé profundo, chorros calientes y espesos disparados directo contra su cervix. Sentí cómo chocaban adentro, cómo su coño lo tragaba con contracciones ansiosas, ordeñándome hasta la última gota. Ella soltó un gemidito ahogado largo, apretando más para no perder ni una. El olor a semen fresco mezclado con su sexo inundó el cuarto.
Mi novia volvió rápido. La ayudó a acostarse a mi lado, piernas abiertas y elevadas:
—No te muevas. Que no se pierda nada.
Ahí entendí todo. Me estaban usando como semental dormido.
Pero no terminó.
La prima quedó a mi lado, pechos subiendo y bajando agitados, todavía cachonda. Mi novia vio mi polla aún dura, brillante de jugos y semen de su prima. Se arrodilló y la chupó con hambre salvaje, saboreando la mezcla salada-dulce-terrosa, lengua recorriendo cada vena. Luego se metió dos dedos en su propio ano, los sacó brillantes y untó toda mi verga. Se puso de espaldas, culo en pompa, y guió la cabeza directamente a su entrada anal.
Empujó despacio. El esfínter cedió con ese “pop” fuerte que ya conocía. Calor seco brutal al principio, apretón inhumano envolviendo la cabeza. Bajó centímetro a centímetro, gimiendo como loca: “¡Joder… cómo abre… qué rico!”. Su ano me estrujaba cada vena, seco pero volviéndose resbaladizo por la mezcla de jugos y semen. Cada movimiento era tortura deliciosa: sentía cómo se abría para mí, cómo me ordeñaba, cómo su culo caliente me tragaba entero. Me está usando otra vez… y yo aquí fingiendo dormir mientras le meto por el culo como puta desesperada. Rabia y placer explotando en mi pecho.
Se movió más fuerte, arriba y abajo, ano apretándome brutal, culo rebotando contra mí con chapoteos sucios y húmedos. Fluidos calientes de su coño caían sobre mi pecho, gotas espesas y pegajosas. El olor terroso fuerte subió cuando mi polla salía cubierta de mierda marrón clara, espesa, mezclada con semen y jugos. Cuando se corrió fuerte, su ano se contrajo violentamente alrededor de mí, ordeñándome. Saqué la polla de golpe y estaba cubierta: marrón claro, espeso, olor terroso prohibido inundando todo. Mi novia trajo paños húmedos y papel, me limpió todo con cuidado, dejó el cuarto como si nunca hubiera pasado.
La prima se levantó después, se tocó la barriga y susurró:
—Mañana salgo con mi novio… y le haré responsable.
Se fue.
Mi novia se acostó a mi lado satisfecha.
Al día siguiente actué normal. Desayunamos. La prima me rozó “accidentalmente” la mano bajo la mesa y sonrió con complicidad. Mi novia se quejó de que le dolía el culo “como si hubiera dormido mal”. Yo solo sonreí por dentro.
Meses después sigo viendo cómo me evita en la cama. Pero cada vez que miro a su prima, o que ella menciona pastillas, la polla se me para sola.
Porque ahora sé la verdad: me usaron. Me convirtieron en toro semental dormido. Y lo peor… me encantó cada segundo de esa humillación perfecta.
El morbo de estar despierto mientras me follaban, el olor a sexo y mierda en el aire, los chorros calientes, los gemidos ahogados, la rabia mezclada con placer animal… me persigue y me calienta más cada día.

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