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Jugando fuerte con mi hermana. XIX

Jugando fuerte con mi hermana. XIX
El despertador sonó a las seis y media, ese pitido seco y cabrón que siempre parece más fuerte cuando has dormido sin nada en el cuerpo que te nuble la cabeza. Segunda noche seguida sin porro antes de acostarnos. Yo esperaba resaca mental, insomnio o al menos dar vueltas como un perro en la cama, pero nada. Dormí de un tirón, profundo, sin sueños raros ni despertares a las cuatro de la mañana mirando el techo. Marta tampoco se quejó; al contrario, cuando abrí los ojos ya estaba estirándose como un gato, con la sábana enredada en las piernas y el pelo revuelto cayéndole sobre la cara.
—Buenos días, ingeniero —dijo con voz ronca de recién despertada—. ¿Cómo has dormido sin tu ritual?
—Como un tronco. Ni me enteré de que no fumaba. ¿Y tú?
—Igual. Creo que estamos curándonos solos —sonrió, pero había un punto de ironía en los ojos. Se incorporó y el piercing en el pezón izquierdo brilló un segundo bajo la luz gris que entraba por la persiana entreabierta—. Vamos, que hoy toca series de potencia. Marea baja en La Concha, arena perfecta para marcar distancias.
Me froté la cara con las manos.
—¿Series? ¿En serio? Lo mío no es la velocidad, ya lo sabes.
Marta soltó una carcajada corta y me dio un manotazo suave en el pecho.
—Ya lo sé, ya lo sé. Tú aguantas. Mucho. Muchísimo. —Hizo una pausa teatral y bajó la voz—: Por eso te quiero tanto.
Los dos nos reímos, esa risa cómplice que sale cuando sabes que la broma es vieja pero sigue funcionando porque es verdad. Nos vestimos rápido: leggins, camiseta técnica, zapatillas de correr. Ella con el pelo recogido en una coleta alta que ya se le escapaban mechones rebeldes. Yo con el chándal viejo que uso para sudar sin remordimientos. Bajamos las escaleras del ático en silencio, solo el eco de nuestros pasos y el rumor lejano del mar que se colaba por las ventanas del portal.
La Concha a esa hora estaba casi desierta. Marea baja, la arena extendida como una alfombra húmeda y compacta hasta donde llegaba la vista. El agua se había retirado lo suficiente para dejar unos cincuenta metros buenos de playa plana, sin piedras ni charcos traicioneros. Marta calculó con el ojo entrenado: pisó la arena, midió con pasos grandes y marcó dos líneas paralelas con el talón, separadas por unos cincuenta metros exactos.
—Aquí y aquí. Tú primero. Yo te doy la salida.
Hice las primeras series sin forzar demasiado. Salida, aceleración corta, llegada jadeando pero entero. Ella cronometraba con el móvil y gritaba "¡venga, coño, aprieta!" cada vez que veía que me relajaba. Cambiamos: ahora ella corría y yo daba la salida. Marta es explosiva; sale como un tiro, piernas fuertes, brazos acompasados, el culo firme moviéndose bajo los leggins. En la tercera o cuarta repetición noté un pinchazo leve en el gemelo derecho. No era nada grave, pero suficiente para parar.
—Para mí ya está. Me ha dado un tirón tonto. No quiero joderlo.
Ella asintió sin discutir, se acercó y me dio un beso rápido cerca de la boca.
—Vale, campeón. Tú descansa. Yo hago un par más.
Hizo tres o cuatro series más, cada una más limpia que la anterior. Cuando terminó estaba colorada, respirando fuerte por la nariz, gotas de sudor resbalándole por el cuello. Se acercó caminando despacio, se paró delante de mí y, sin decir nada, empezó a quitarse la ropa. Primero la camiseta técnica, que dejó caer en mis manos. Luego los leggins, despacio, bajándolos por las caderas. Quedó en ropa interior deportiva, pero ni eso duró: se desprendió del sujetador deportivo y de las bragas en un movimiento fluido. Desnuda, con la piel erizada por el frío de la mañana, los tatuajes brillando bajo la luz pálida —el sol con ojo en el abdomen, la rosa abierta en el pecho—, y los piercings en los pezones endurecidos por el aire.
Me miró con esa sonrisa traviesa que pone cuando sabe que me está volviendo loco.
—Procura que no se manche de arena la ropa, ¿eh? La arena es lo peor. Se mete en todo.

amor filial


Asentí como un idiota, recogiendo cada prenda con cuidado, doblándolas lo mejor que pude sobre mi brazo. Ella se giró hacia el mar, caminó descalza sobre la arena húmeda hasta que el agua le llegó a los tobillos, luego a las rodillas, y se zambulló de golpe. Nadó un rato corto, brazadas potentes, cabeza fuera del agua cada pocas metros. Desde donde estaba la veía perfecta: el cuerpo cortando el agua fría, los tatuajes asomando cada vez que levantaba un brazo, los piercings reluciendo cuando salía a respirar. Me encantaba verla así, cruda, sin nada entre ella y el mar, fuerte y vulnerable a la vez. El frío le ponía la piel de gallina, pero no dudaba; nadaba como si el agua fuera suya.
Salió al cabo de unos minutos, temblando un poco, el pelo pegado a la cara y al cuello, gotas resbalándole por la espalda y los pechos. Se acercó corriendo de puntillas sobre la arena para no enfriarse más.
—Ayúdame, por favor. Los pies son lo peor.
Me arrodillé delante de ella. Primero le limpié la arena de los pies con las manos, sacudiéndolos con cuidado. Ella se apoyó en mis hombros para no perder el equilibrio, una pierna levantada mientras yo le pasaba los dedos entre los dedos del pie, quitando cada grano. Luego la otra pierna. Era íntimo, casi tierno: el frío de su piel contra mis manos calientes, su respiración aún agitada rozándome la cara. Cuando terminó de vestirse —primero calcetines, luego leggins, sujetador, camiseta— ya estaba recuperando color en las mejillas.
—Gracias —dijo, y me dio otro beso cerca de la boca—. Vamos a casa antes de que me congele del todo.
Volvimos trotando por la playa para no quedarnos fríos.
Llegamos al ático empapados de sudor y mar. El frío de la mañana ya se había metido en los huesos, pero el subidón de la carrera y el baño improvisado de Marta todavía nos tenía acelerados. Subimos las escaleras sin hablar mucho, solo el sonido de nuestras zapatillas mojadas en los escalones y su respiración aún agitada.
En el baño nos duchamos uno detrás del otro. Primero ella: abrió el grifo, se metió bajo el chorro caliente y soltó un gemido de placer cuando el agua le cayó en la espalda. Yo me quedé en la puerta mirándola un rato, desnuda, el vapor subiendo, los tatuajes brillando con gotas. Los piercings en los pezones relucían como pequeñas joyas bajo el agua. No dije nada; solo la miré hasta que me pilló y me lanzó una sonrisa traviesa por encima del hombro.
—Venga, entra tú también o te vas a enfriar.
—No, que no cabemos los dos, ya lo hemos intentado y el agua acaba por cualquier sitio.
Se rio, cerró el grifo y salió envuelta en la toalla. Yo entré después, el agua todavía caliente con su olor a gel de barato. Me duché rápido, me sequé y salí en calzoncillos.
Desayunamos en la cocina pequeña, de pie junto a la encimera porque la mesa estaba llena de papeles y facturas. Café solo para mí, infusión para ella. Pan del día anterior tostado con tomate y un poco de aceite. Quedaba media docena de huevos, un paquete de jamón york casi vacío y leche para tres días .
—Se nos está acabando todo —dijo Marta mientras hacía la lista en el móvil—. Hay que ir al súper esta tarde o mañana.
Abrí la nevera para confirmar lo obvio: casi nada.
—Vale. Pero con cabeza. Nada de caprichos. Arroz, pasta, lentejas, huevos, leche, pan de molde barato, tomate en lata, atún...
—Y patatas —añadió ella—. Y cebolla. Con eso tiramos una semana.
Yo apunté en mi nota mental y, en broma, dije:—Oye, ¿y comida de perro? He leído por ahí que es consumible por humanos. Proteína barata, sin conservantes raros...
Marta me miró un segundo seria y luego soltó una carcajada triste.
—Joder, Carlos... Estamos llegando a eso, ¿eh?
Los dos nos reímos, pero fue una risa hueca, de esas que duelen un poco en el pecho. Solo quedaban dos semanas. Dos semanas más de números rojos y cenas tristes. Luego cobraríamos el primer sueldo completo como funcionarios en Donostia y saldríamos del pozo. O eso esperábamos.
Nos vestimos para el trabajo: yo con camisa y pantalón de pinzas decente, ella con blusa blanca y falda lápiz negra que le marcaba la curva de las caderas. Mochilas al hombro, paraguas por si volvía a llover, y bajamos a la calle.
En el control de seguridad del Gobierno Civil nos esperaba el sargento. Bigote recortado, uniforme impecable, expresión neutra pero con un brillo de complicidad en los ojos cuando nos vio llegar juntos. Nos paró un segundo y habló bajo.
—Hoy os van a “seleccionar voluntariamente” para un cursillo. Aceptad sin rechistar. Una de las profesoras es Nekane. Seguid con la relación como si nada. Y discreción, ¿eh?
Asentimos sin decir palabra y seguimos cada uno a su planta.
A media mañana, mientras revisaba unos expedientes de obras menores, se acercó el delegado de formación continuada. Un tipo de unos cincuenta, traje gris, voz melosa y falsa.
—Carlos, enhorabuena. Has sido seleccionado para el cursillo de adaptación al territorio. Cuatro tardes en la Diputación Foral de Gipuzkoa. Clases prácticas de euskera y charlas sobre instituciones vascas e... historia.
Me mosqueó el tono cuando dijo “historia”. Lo alargó un poco, como si la palabra pesara más de lo normal.
—¿Cuándo empieza?
—Hoy. De 16 a 20 horas. Para que tengas tiempo de comer, puedes salir a las 14 en vez de a las 15. Órdenes de arriba.
Asentí, anoté la info y seguí trabajando, pero con un nudo en el estómago. No me gustaba nada el rollo de “seleccionado voluntariamente”. Olía a movida.
A las 14 salí puntual. Bajé por las escaleras, crucé el patio interior y salí a la calle. En la parada del autobús 37 me encontré con Marta. Venía caminando rápido, coleta alta, gabardina ligera sobre la blusa. Nos saludamos con un beso en la mejilla, como siempre en público. Nada más. Nuestras cosas las hacíamos a escondidas: en el baño abandonado de la planta baja, en casa cuando no había nadie, en la batería oculta de Urgull. Estábamos un poco locos, sí, pero no suicidas. Solo Marijó nos había pillado porque habíamos follado los tres a la vez, y ella era de las que no se calla nada.
Allí estaba ella, esperando el bus. Gabardina beige abierta sobre un vestido verde que le marcaba la barriga enorme de siete-ocho meses. Mano en la tripa, pelo rubio revuelto por el viento, sonrisa enorme cuando nos vio. Parecía una diosa gaditana preñada, radiante y cansada a partes iguales.

incesto hermano y hermana


—Kaixo, tortolitos —dijo con su acento cantado—. ¿También os han jodido con el cursillo?
Nos acercamos, besos en la mejilla para cada uno. Marta le puso la mano en el hombro.
—¿A ti también?
Marijó soltó una risotada.
—Claro, coño. Los cabrones de mis compañeros dieron todos mis datos para fastidiarme. “Que vaya la embarazada al cursillo de los cojones”, pensaron. Pero ahora que sé que vais vosotros... ya no me parece tan mal.
Nos miró con picardía, bajó la voz y se acercó un poco más.
—Y a ver si follamos un poco, ¿eh? Que las pajas no son lo mismo.
Marta y yo nos miramos un segundo, conteniendo la risa. El autobús dobló la esquina y se acercó a la parada. Marijó se recolocó la gabardina sobre la tripa y subió primero, con esa gracia torpe pero segura de quien lleva un mundo dentro. Nosotros detrás, sin tocarnos, pero sabiendo que esa tarde, o la siguiente, o la que fuera, encontraríamos un hueco para seguir siendo nosotros.
Llegamos al portal del ático más pronto de lo habitual, con el sol de la tarde todavía alto. Justo en la escalera nos topamos con Maite, la vecina de ochenta y pico, empujando su carrito de la compra con esfuerzo. El carrito iba cargado: bolsas de fruta, una barra de pan larga que asomaba, un tetrabrik de leche y un par de latas de conserva. Subía peldaño a peldaño, respirando fuerte.
—Kaixo, Maite —dijo Marta, deteniéndose—. ¿Te ayudo?
Maite levantó la vista, sonrió con esa calidez vasca que no se finge.—Ay, neska, si no es molestia...
No esperé: me acerqué, le quité el carrito de las manos con naturalidad y empezé a subirlo.
—Déjeme, Maite, que yo lo llevo hasta arriba.
La anciana protestó un poco por educación, pero se dejó. Subimos los tres en silencio, solo el ruido de las ruedas del carrito en los escalones y el eco de nuestros pasos. Al llegar a la puerta de su piso, dejé el carrito con cuidado.
—Mil esker, mutil —dijo Maite, abriendo la puerta—. Sois un encanto los dos. ¿Entráis un momento? Tengo pacharán casero.
Marta negó con la cabeza, sonriendo.
—Otro día, Maite. Hoy tenemos prisa. Por la tarde nos han metido en un cursillo en la Diputación.
—Ah, vaya. Pues nada, otro día entonces. Y gracias de nuevo, eh.
Nos despedimos con besos en la mejilla y subimos los dos pisos que quedaban hasta nuestro ático. En casa dejamos las mochilas, nos quitamos los zapatos y nos pusimos a comer lo que había: arroz con atún y tomate de lata, un plato triste pero rápido. Mientras masticábamos, Marta miró el móvil.
—Hacemos la compra al salir del cursillo, ¿no? Así llegamos a casa con todo fresco.
—Sí, mejor. Si salimos a las ocho, el Eroski de la Parte Vieja todavía está abierto.
Terminamos de comer en silencio, recogimos y salimos hacia la Diputación Foral. La plaza de Gipuzkoa estaba animada: gente saliendo de oficinas, turistas con cámaras, el viento trayendo olor a mar.
Llegamos casi al mismo tiempo que Marijó. Venía caminando desde el otro lado de la plaza, gabardina beige abierta sobre el vestido verde que le marcaba la barriga enorme, mano en la tripa como siempre, sonrisa enorme al vernos.
—Kaixo, tortolitos —dijo, acercándose para besarnos en la mejilla—. ¿Listos para aprender euskera y sufrir historia vasca?
Entramos los tres juntos al edificio. En la recepción preguntamos a un ertzaina por el aula del cursillo. El tipo era joven, pendientes en las orejas, barba de varios días, camisa un poco arrugada y barriguita incipiente. Nada que ver con los guardias civiles tiesos y bigotudos del Gobierno Civil. Nos miró con cara de "otro cursillo más" y nos guio por los pasillos sin decir casi nada.
Pensé: "Menuda diferencia. Aquí parecen personas normales. Allá parecen estatuas con placa".
El aula era amplia, mesas en U, proyector, pizarra digital. Ya había una docena de personas: compañeros del Gobierno Civil a los que conocíamos de vista (saludos rápidos con la cabeza), y otros cuatro o cinco con pinta clara de militares o policías: corte de pelo militar, posturas rectas, miradas que escaneaban el sitio como si esperaran una emboscada.
Llegó la profesora: mujer de unos cuarenta y cinco, pelo corto castaño, gafas, chaqueta de lana gris. No era Nekane. Pidió los DNI para controlar asistencia, repartió fichas y empezó sin preámbulos.
—Primera clase: euskera básico. Vamos a aprender a saludar, presentarnos y decir en qué trabajamos.
Fue amena, casi divertida. Nos enseñó "Kaixo" (hola), "Agur" (adiós), "Nola zaude?" (¿cómo estás?), "Ongi, eta zu?" (bien, ¿y tú?). Luego, lo básico: "Nire izena Carlos da" (me llamo Carlos), "Administrazioan lan egiten dut" (trabajo en administración).
Hicimos prácticas en parejas. Cuando me tocó, dijo con torpeza:
—Nire izena Carlos da. Administrazioan lan egiten dut.
La profesora sonrió y corrigió la pronunciación. A los que tenían pinta de militares les tocó decir "Ejércitoan lan egiten dut" o "Guardia Zibilean". Nadie se sorprendió.Tomamos un descanso de quince minutos. Marta y Marijó se fueron juntas al baño de mujeres. Yo entré al de hombres, me miré en el espejo mientras me lavaba las manos y me pregunté: "¿Estarán haciendo cositas ahí dentro? Con Marijó no se sabe nunca...". La idea me puso cachondo al instante. La erección llegó rápida, apretando contra el pantalón. Tuve que respirar hondo, pensar en expedientes aburridos y en facturas para que bajara.
Cuando volvimos al aula, Marijó se sentó a mi lado, se inclinó y le susurró al oído:
—Me encantan los piercings de tu hermana.
Me puse rojo como un tomate. Miré alrededor por si alguien había oído, pero todos estaban charlando o mirando el móvil.
Marijó se rio bajito, tapándose la boca.—Que no hemos hecho nada, tonto. No daba tiempo. Pero me han entrado ganas solo de verlos...
Se rio más, esa risa gaditana cantada y sin filtro, y no pude evitar sonreír, aunque seguía colorado. La profesora volvió a entrar y dio por terminado el descanso. La siguiente clase era euskera técnico-administrativo. Pero ya no escuchaba del todo; mi cabeza estaba en otra parte, en el baño de mujeres, en los piercings de Marta brillando bajo la luz fluorescente, y en lo que podría pasar cuando encontraran un hueco de verdad.
En el siguiente descanso nos quedamos los tres en el pasillo, apoyados contra la pared cerca de las máquinas de café. Por una vez Marijó fue discreta: miró alrededor, se acercó un poco más y le susurró a Marta lo de la broma de los piercings.
—Le dije que me encantaban los tuyos y el pobre se puso como un tomate —contó con una risita baja.
Marta soltó una carcajada contenida, tapándose la boca.
—Joder, Marijó… Yo también tengo ganas de liarla entre los tres otra vez. Pero mejor en casa, ¿no? Como el viernes pasado. Quedamos a cenar el viernes, comemos algo rico, y luego… lo que surja.
Marijó puso los ojos en blanco de placer fingido.
—Apuntadísima. Y oye, que me estoy poniendo una crema en el ano para que se me cierren las fisuras esas del embarazo. Quiero que me la metas por detrás a pelo, Carlos. Odio los condones, le quitan toda la gracia.
Lo dijo con cara de asco exagerado, arrugando la nariz como si hablara de comer coliflor hervida. No pude evitar reírme, y Marta también, esa risa nerviosa que sale cuando sabes que estás cruzando una línea pero te da igual.
Justo entonces llegó Nekane. Esta vez no venía con pinta de montañera: vaqueros ajustados, jersey oversize rosa pálido que le quedaba grande pero no disimulaba su cuerpo delgado y tieso, pelo recogido en una coleta baja y esa cara de amargada perpetua que parecía tallada en piedra. Entró al aula sin saludar, dejó el bolso en la mesa del profesor y empezó la parte explicativa sin preámbulos.

espana


La clase en sí no estuvo mal: instituciones vascas, competencias forales, el tripartito Diputación-Ayuntamiento-Gobierno Vasco, algo de organigrama. Pero el tono… insoportable. Cada dos frases soltaba un comentario ácido: “Claro, porque en Madrid os enseñan que Euskadi es una provincia más, ¿verdad?”, o “Aquí las cosas se hacen de otra forma, no como en el resto de España donde todo es improvisado”. Miraba a los que tenían pinta de militares como si fueran cucarachas, y cuando alguien preguntaba algo inocente, respondía con un suspiro de superioridad que hacía que te entraran ganas de darle una hostia.
Al final de la clase Marijó levantó la mano.
—Perdón, tengo que ir al baño.
Nekane ni levantó la vista del proyector.
—Para eso están los descansos. Siéntese.
Marijó se quedó quieta un segundo, luego se levantó despacio, apoyando las manos en la tripa.
—¿Está ciega o qué? ¿No ve que estoy embarazada de casi ocho meses? La vejiga no espera a sus putos descansos.
El aula se quedó en silencio. Nekane levantó la cabeza por fin, ojos entrecerrados.
—No me hable así. Si no puede controlar su cuerpo, igual no debería estar aquí.
Marijó soltó una risa seca, sin humor.—Vaya hija de puta.- Dijo bajito.
Se dio la vuelta y salió del aula sin esperar respuesta. Nekane se quedó mirando la puerta, apretando los labios hasta que se pusieron blancos.
Cuando sonó el timbre del descanso, Marta y yo salimos rápidos. Encontramos a Marijó en una esquina del pasillo largo, sentada en un banco de madera, llorando en silencio. Lágrimas gruesas le resbalaban por las mejillas, la mano en la tripa como protegiéndola.
Marta se acercó primero, se sentó a su lado y la abrazó sin decir nada. Marijó se dejó caer contra su hombro.
—Joder… me ha apretado tanto la vejiga que no podía más. Y esa… esa zorra me ha tratado como si fuera una mierda. No sé qué me pasa, estoy muy sensible.
Marta le acarició el pelo.—Tranquila, cariño. Es una amargada. No le hagas caso.
Yo me quedé de pie, mirando la escena. Las lágrimas de Marijó me habían cabreado de verdad. No era solo por ella; era por todo: el cursillo impuesto, Nekane con su superioridad de mierda, el peso de llevar meses de mierda económica y emocional. Sentí la sangre subir a la cabeza.
Le dije a Marta en voz baja:—Atenta a cubrirme.
Marta me miró un segundo, entendió y asintió. Entré en el aula. Nekane seguía allí, recogiendo papeles, y uno de los militares estaba sentado en su pupitre revisando el móvil.
Me acerqué, la cogí del codo con fuerza pero sin gritar.—Acompáñame.
Nekane intentó zafarse, voz baja pero venenosa.—No voy a ninguna parte.
Apreté un poco más el codo, me incliné hasta que mi boca quedó pegada a su oreja.—Pues empiezo a ostias aquí mismo. Te desnudo delante de todos y que vean la especie de perra sumisa que eres.
Nekane se quedó rígida. Vi cómo le temblaba la mandíbula, pero cedió. Sabía que en el fondo le ponía la idea de un buen meneo, pero le encantaba mantener las apariencias de profesora intocable. Salimos del aula sin que nadie dijera nada; el militar ni levantó la vista.
Caminamos por el pasillo estrecho hasta el baño de mujeres al fondo. Marta y Marijó estaban allí, bloqueando la entrada como dos guardianas. Me dejaron pasar. Luego se colocaron de tal manera que nadie más podía entrar sin empujarlas.
Marta me miró a los ojos.—Todo despejado.
Nekane entró detrás de mí. La puerta se cerró con un clic suave. El baño olía a lejía y a humedad antigua. Ella se quedó de pie, brazos cruzados, intentando recuperar el control.—¿Qué coño pretendes? —siseó.
Yo no contesté. Solo cerré la puerta con pestillo.
Mi respuesta fue directa, sin rodeos ni dudas:
—Te voy a dar lo que llevas buscando toda la puta clase.
Le solté una bofetada abierta, fuerte, que le giró la cara y le dejó la mejilla roja al instante. El sonido rebotó en las baldosas del baño como un latigazo. Nekane se llevó la mano al rostro, ojos muy abiertos, respiración entrecortada.
—¿Qué haces? ¿Estás loco? —susurró, voz temblorosa pero sin gritar.
No había indignación real; era más bien sorpresa fingida, como si estuviera probando hasta dónde llegaba el juego.
—Sé lo que hago. Mi hermana nos cubre. Ahora desnúdate y deja la ropa bien doblada en el lavabo.
Amagué con otra bofetada, mano en alto. Ella se encogió un poco, pero no retrocedió.
—En la cara no… que se nota demasiado —dijo bajito, casi suplicante, y empezó a desabrocharse el jersey rosa oversize.
Se quitó todo con movimientos precisos, metódicos, como si estuviera siguiendo un protocolo que ya conocía de memoria. Jersey doblado en cuatro pliegues perfectos. Vaqueros desabrochados despacio, bajados por las caderas, doblados con cuidado para que no se arrugaran. Sujetador negro de encaje, bragas a juego, todo colocado en una pila impecable sobre el lavabo. Desnuda, se quedó de pie con los brazos a los lados, pezones endurecidos, piel pálida erizada por el frío del baño y por la excitación que ya le subía por el cuello.
Empecé con los pezones. Los cogí entre pulgar e índice y retorcí con saña, girando despacio al principio, luego más fuerte. Nekane soltó un gemido ahogado, los ojos se le llenaron de lágrimas casi al instante, pero no se apartó. Al contrario: arqueó la espalda un poco, empujando el pecho hacia mis manos como si pidiera más. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas, pero la boca entreabierta dejaba escapar jadeos cortos, entrecortados. Bajé una mano a su coño: estaba empapado, los labios hinchados, el clítoris duro como una piedrecita. Lo pellizqué entre dos dedos, tiré de él con fuerza, luego de los labios mayores, estirándolos hasta que gimió alto. Más humedad le corrió por los muslos, un hilillo brillante que le llegaba casi a las rodillas.Yo ya estaba erecto, la polla apretando contra el pantalón. Oímos que alguien se acercaba: una mujer quería entrar.
—Está estropeado —dijo Marta desde fuera, voz firme—. Apesta a cloaca, mejor use el de la planta de arriba.
La mujer murmuró algo y se fue. Nekane puso cara de terror puro durante esos segundos, los ojos muy abiertos, el cuerpo temblando. Pero cuando se hizo el silencio, volvió a mirarme con esa mezcla de miedo y deseo que me ponía aún más.
La puse de rodillas. Me bajé la cremallera y saqué la polla, dura, venosa, ya con una gota en la punta. Se la metí en la boca sin preámbulos. Follé su garganta despacio al principio, luego más profundo, hasta que tuvo arcadas fuertes, saliva le chorreaba por la barbilla y lágrimas frescas le corrían por las mejillas. Tosió, se atragantó, pero no se apartó: al contrario, puso las manos en mis muslos como para sujetarse y abrió más la boca, dejando que la usara. No insistí hasta el final; no quería mancharme la ropa.
La levanté del suelo agarrándola por los brazos. Me puse un preservativo con calma, exprimiendo el tubo de jabón de manos y untándole el culo con él. No era lubricante de verdad; era jabón barato, que escocería después. Se lo metí de un empujón seco. Nekane soltó un grito ahogado, se mordió el labio hasta que le salió sangre fina, pero empujó las caderas hacia atrás para recibirme más adentro. La enculé con ritmo corto y fuerte, agarrándola por las caderas. No quise alargar: me corrí rápido, dentro del condón, sintiendo cómo su ano se contraía alrededor de mí en varios espasmos. Ella se había corrido tres o cuatro veces; el flujo le bajaba por los muslos en hilos gruesos, le llegaba a las rodillas y goteaba al suelo.
Me quité el preservativo con cuidado, lo até y se lo di.
—Guárdalo y llévalo hasta casa. No lo tires.
Nekane lo cogió con dedos temblorosos, lo metió en el bolsillo del jersey doblado sin protestar. Luego la puse de rodillas otra vez.
—Límpiala.
Se inclinó obediente, lengua plana recorriendo la polla desde la base hasta la punta, recogiendo cada resto de semen. Lo hizo despacio, con devoción, mirándome desde abajo con ojos vidriosos. Cuando terminé, me guardé la polla, me subí la cremallera y salí sin decir nada más.
Marta y Marijó seguían bloqueando la puerta. Me sonrieron al verme salir, caras de complicidad.
Marta me dio un beso rápido en la mejilla.—Mañana juego yo con ella.
Marijó se rio bajito, mano en la tripa.—Me apunto.
Cerramos la puerta y nos fuimos los tres por el pasillo, como si nada hubiera pasado. Nekane se quedó dentro, sola, con la ropa doblada, el condón usado en el bolsillo y el culo escociéndole como el infierno. Sabía que volvería mañana, con la misma cara de amargada y el mismo deseo oculto debajo.
La última clase fue peor de lo que imaginábamos. Si tuviera que titularla, sería: “La historia vista por un vasco resentido con el mundo”. Nekane entró con la misma coleta baja y el jersey rosa, pero algo había cambiado en su postura: ya no estaba tan tiesa, como si el cuerpo se le hubiera aflojado un poco después de lo del baño. Empezó con el mismo tono monocorde, pero esta vez fue peor: los vascos eran los mejores, siempre habían sido sometidos y despreciados por los españoles, los castellanos eran invasores, los reyes católicos unos genocidas culturales, el fuerismo pisoteado, la industrialización robada, el euskera prohibido… Todo un rosario de agravios históricos que soltaba sin respirar, como si llevara décadas ensayándolo delante del espejo.
Uno de los militares —el que tenía pinta de sargento, corte militar y mirada de acero— aguantó lo que pudo. Pero cuando Nekane llegó a decir que “los vascos nunca tuvieron oportunidad de brillar porque siempre les aplastaron”, el tipo levantó la mano y soltó:
—Perdone, pero eso es una simplificación burda. Aquí tiene un listado rápido: Juan Sebastián Elcano, primer circunnavegador del mundo; Andrés de Urdaneta, descubridor de la ruta de vuelta de Filipinas; Blas de Lezo, el héroe de Cartagena de Indias, que defendió la plaza con una pierna, un ojo y un brazo menos contra los ingleses; Cosme Damián Churruca, marino y científico en Trafalgar; Fermín Muguruza no, pero sí Tomás de Zumalacárregui, que fue un genio militar; o el almirante Oquendo, que comandó la Armada Invencible en su parte vasca… ¿Quiere que siga? Porque hay más nobles, conquistadores, militares y marinos vascos de los siglos XVI al XIX que cualquier otra región de España.
Hizo una pausa, miró a Nekane a los ojos y remató bajito, casi para sí mismo:—Si don Blas de Lezo levantara cabeza la haría…
Se calló de golpe. Seguramente alguien le había avisado antes del cursillo: “No digas nada que pueda interpretarse mal”. Pero el daño estaba hecho. El aula se quedó en silencio pesado. Nekane se quedó quieta un segundo, los labios apretados, y por primera vez en toda la tarde no soltó un comentario ácido. Solo dijo:
—Reconozco que hubo excepciones. Algunos vascos llegaron muy lejos en esos siglos.
Y soltó el resto de la clase sin más veneno. Explicó el Concierto Económico, el Estatuto de Gernika, las transferencias, el lehendakari… Todo correcto, sin pullas. Parecía que la sesión en el baño la había calmado de verdad; o al menos le había quitado el filo. Cuando sonó el timbre final, recogió sus cosas rápido y salió sin mirar a nadie.
Salimos los tres —Marta, Marijó y yo— y acompañamos a Marijó hasta la parada del bus. La barriga le pesaba más que nunca, caminaba despacio, pero sonreía.
—Mañana te toca a ti, Marta —dijo Marijó—. Dale lo que se merece a esa amargada. Yo asistiré como alumna aplicada.
Marta asintió, con una sonrisa fría.—Tranquila. Mañana la pongo en su sitio.
Yo intervine:—Y yo me busco la vida para que nadie os pille. Sugiero un cartel de “baño averiado” en la puerta. O algo así. Lo pego con celo y listo.
Marijó se rio, se tocó la tripa.
—Perfecto.
Con unas risas nos despedimos de ella. El bus llegó, Marijó subió con cuidado y nos hizo un gesto con la mano desde la ventana. Marta y yo nos quedamos un segundo mirándonos.
—Vamos al Eroski antes de que cierren —dijo ella.
Llegamos a casa con bolsas llenas: arroz, pasta, lentejas, huevos, leche, pan de molde, tomate en lata, atún, patatas, cebolla, un poco de queso Idiazábal barato que nos dimos el capricho. Cenamos sencillo: tortilla de patatas con cebolla (yo la hice, Marta puso la mesa) y una ensalada de tomate con aceite. Comimos en silencio, pero no era silencio incómodo; era de esos que se comparten cuando sabes que el día ha sido largo y jodido, pero que al final has sobrevivido.
Después de cenar, Marta desapareció un momento y volvió con una chancleta en la mano. La dejó sobre la mesa con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.
—Venga, me toca.
Yo me quedé mirándola, serio.—Marta… hoy no me apetece eso. Me apetece sexo amoroso. Besos, caricias, despacio. Ya he cubierto mi cupo de dominador.
Ella se quedó quieta un segundo, chancleta en la mano, y luego sonrió suave. Dejó la chancleta y se acercó, me puso las manos en las mejillas.
—Vale. Pero si me das lo que quiero… te cuento una anécdota que incluye a papá.
Me miró a los ojos, seria pero juguetona.
—¿Trato hecho?
Asentí despacio.—Trato hecho.
Marta se desnudó despacio, sin prisa, dejando caer cada prenda al suelo como si estuviera haciendo un ritual. Cuando quedó en cueros, se acercó a la cama, me miró a los ojos y se colocó sobre mis piernas, boca abajo, el culo alzado, las piernas ligeramente abiertas. La piel todavía olía a jabón de la ducha de la mañana y a sudor seco de la tarde.—Sé que prefieres darme con la mano —susurró—, pero hoy quiero que me des como me daban cuando me portaba muy mal. Con la chancleta.
Yo solo podía darle lo que quería. Prefiero la mano porque se calcula mejor el daño, se controla la fuerza, se siente cada impacto en la palma. La chancleta es más imprevisible, más cruda, y eso me pone nervioso.
Pero ella lo pidió, así que la cogí del suelo —una de esas chancletas de goma baratas, duras, con la suela gastada— y empecé despacio.
El primer golpe fue suave, casi un toque, el sonido seco contra la carne. Luego uno un poco más fuerte. Y alterné, como hacía mamá cuando éramos pequeños y nos portábamos fatal: un golpe, una caricia suave con la palma abierta; otro golpe, otra caricia que bajaba por la espalda, por los costados, por los muslos. Marta no decía nada. Solo respiraba profundo, el cuerpo temblando ligeramente cada vez que la goma chocaba. Al principio dudé si lo estaba haciendo bien; los golpes eran más fuertes de lo que calculaba, la chancleta dejaba marcas rojas en forma de media luna que se iban encendiendo. Casi perdí la erección por la preocupación.
Pero entonces lo noté: su humedad caliente goteando en mi muslo derecho. Un hilillo lento, viscoso, que se extendía por mi piel. Eso me encendió de golpe. La polla se me puso dura al instante, rozando contra su vientre. Aumenté la intensidad: golpes más secos, más rápidos, cubriendo las nalgas, la parte alta de los muslos, incluso rozando el borde del coño. Con la mano izquierda bajé a sus pezones: estaban duros como piedras, hinchados, sensibles. Los pellizqué, tiré de ellos, los retorcí un poco. Las tetas enteras estaban tensas, llenas, como si el cuerpo entero se hubiera hinchado de deseo. Marta estaba muy, muy cachonda; la humedad ya le chorreaba por los muslos, dejando un charquito en mi pierna.
Seguí así: chancletazo fuerte, caricia en la espalda, pellizco en el pezón izquierdo, otro golpe en la nalga derecha, mano bajando por el culo para abrirlo un poco y rozar el ano con la yema. Ella empezó a gemir bajito, el cuerpo temblando.
Hasta que por fin susurró, voz ronca:—Más… más, por favor… más duro.
Le di lo que pedía. Golpes seguidos, sin caricias intermedias, la chancleta silbando en el aire antes de impactar. Las nalgas se pusieron rojas intensas, casi moradas en algunos puntos. Marta se corrió así, sin que yo la tocara el coño: solo con la azotaina y los pellizcos en las tetas. El cuerpo se le arqueó, un grito ahogado salió de su garganta, las piernas temblaron y sentí cómo el flujo caliente se derramaba sobre mi muslo en oleadas. Se quedó desmadejada, jadeando, la cara hundida.
La levanté con cuidado —estaba floja, como si le hubieran quitado los huesos— y la tiré boca arriba en la cama. Me quité la ropa en dos segundos y me tiré encima. Mi polla entró como si nada; su coño estaba más que lubricado, abierto, caliente, acogedor. La penetré con fuerza, como un pistón: entra y sale rápido, profundo, sintiendo cómo sus paredes me apretaban. Marta empezó a reaccionar, las caderas subiendo para encontrar cada embestida.
—Aprieta tu coño —le dije, voz ronca.
Ella sonrió, esa sonrisa traviesa que pone cuando sabe que me tiene loco, y lo hizo. Contrajo la vagina con fuerza, abriendo y cerrando alrededor de mi polla mientras yo seguía bombeando. Lo había aprendido en Barcelona, en aquellas clases privadas que alguna puta amiga de rosa le había dado; no se le había olvidado. Cada contracción me apretaba como un puño caliente, me hacía ver estrellas.
Dudé si correrme dentro o no. Quería llenarla, marcarla, pero al final como se corrió, decidí otra cosa. Me levanté, la incorporé a ella también. Le hice poner las manos juntas debajo de mi polla, palmas abiertas como un cuenco.
—Aquí —le dije.
Me corrí fuerte, chorros calientes que le cayeron en las manos, cubriéndolas de semen espeso y blanco. Cuando acabé, Marta levantó las manos hacia su boca, dispuesta a tragar como siempre. Pero se lo impedí con suavidad.
—Espera.
Me incliné, lamí sus manos despacio, recogiendo mi propio semen con la lengua. Luego, sin tragar, la besé profundo. El sabor salado, cálido, se mezcló entre nuestras bocas. Nos besamos largo rato, lento, amoroso, con el semen pasando de mi lengua a la suya y vuelta. Hasta que lo tragamos los dos juntos, en un beso que sabía a nosotros, a lo que somos.
Cuando nos separamos, Marta me miró con ojos brillantes.
—Ahora te toca a ti escuchar la anécdota de papá.
Marta se quedó callada un momento, respirando despacio contra mi pecho. Luego siguió, voz baja, casi como si estuviera reviviendo cada detalle en su cabeza.
—Como recordarás, a partir de cierta edad empezaron a tratarme distinto. Ya no me dejaban ser un chicazo. Mamá insistió en que me vistiera como una señorita: faldas plisadas hasta la rodilla, blusas con cuello Peter Pan, calcetines altos blancos, zapatos de charol negro que me apretaban los dedos. Nada de pantalones vaqueros rotos, ni camisetas de fútbol, ni zapatillas sucias. Decía que ya era “demasiado mayor para ir como un niño”, que tenía que aprender a comportarme “como una niña decente”. Y con las azotainas pasó lo mismo. Dejó de darme con la mano o con la zapatilla. Si hacía algo malo —llegar tarde del colegio, contestar mal, suspender un examen, o simplemente no recoger la habitación— me castigaban a reflexionar.
Me miró un segundo, como comprobando que la seguía escuchando.
—Me encerraba en mi habitación sin móvil, sin tele, sin libros, sin música, sin nada. Solo la pared, la cama y yo. Horas y horas mirando al techo o al suelo, sin poder hacer nada. Me moría de aburrimiento. Al principio me rebelaba: golpeaba la puerta, gritaba, lloraba. Pero mamá no abría hasta que yo dijera “lo siento, mamá, no lo volveré a hacer”. Y cuando salía, me abrazaba fuerte, me besaba la frente y me decía: “Ya está, mi niña. Reflexiona y aprende. Las chicas buenas no necesitan azotes, necesitan pensar”.
Hizo una pausa, se mordió el labio inferior.—Y funcionó. Me porté mejor. Mucho mejor. Porque el castigo era peor que cualquier azotaina. El aburrimiento me comía por dentro. Empecé a hacer los deberes sin que me lo pidieran, a llegar puntual, a doblar la ropa, a decir “por favor” y “gracias” sin que me lo recordaran. Mamá estaba orgullosa. Papá también.
Marta se quedó callada un momento, respirando despacio contra mi pecho. Luego siguió, voz baja, casi como si estuviera reviviendo cada detalle en su cabeza.
—Recordarás que en el último año antes de ir a la uni bajé mucho las notas. No es que hiciera nada malo. Yo era una buena chica. De casa al colegio, del colegio a casa. Entrenar con papá y poco más. Solo que todas las clases me parecían muy aburridas. No me entraban en la cabeza. Matemáticas, historia, literatura… todo se me hacía bola. Me sentaba a estudiar y al rato ya estaba mirando por la ventana, contando coches o pensando en cualquier mierda.
Hizo una pausa, se mordió el labio inferior como si le costara seguir.
—Entonces un día, cuando íbamos caminando para casa después del entrenamiento —yo con el chándal sudado, él con la bolsa del gimnasio al hombro—, papá me miró de reojo y me dijo: “Parece que los estímulos negativos no funcionan”. Hizo una pausa larga, como si estuviera eligiendo las palabras. Y continuó: “Vamos a intentar con los estímulos positivos. Si apruebas todo en la próxima evaluación, te doy una buena azotaina. Por cada sobresaliente que saques, te doy otra”.
Se quedó callada un segundo, esperando mi reacción. Yo ya sabía por dónde iba, pero oírlo de su boca me puso la piel de gallina.
—No sé cómo adivinó que eso era lo que más deseaba. Como ya te he dicho alguna vez, no soy buena para las pajas. Me cuesta correrme sola. Pero imaginarme azotada… me ponía cachondísima. El calor en las nalgas, el sonido seco de la mano, el escozor que sube por la espalda, el saber que alguien me está castigando de verdad… Era como si mi cuerpo entero se encendiera.
Así que me volví hacia papá, en mitad de la calle, y le dije sin pensar: “Una azotaina extra por cada notable. Y si apruebo todo, dos azotainas”.
Papá se paró en seco. Me miró fijamente, como si no se creyera lo que acababa de oír. Luego, después de unos segundos que parecieron eternos, extendió la mano.
—Tenemos un trato.
Y me la estrechó, fuerte, como si cerráramos un negocio serio. 
A partir de ahí estudié como nunca. Cuando me aburría en el escritorio, cerraba los ojos y pensaba en la recompensa: papá sentado en la silla, yo inclinada sobre sus rodillas, el pantalón bajado, la mano cayendo una y otra vez. Eso me daba más ganas de estudiar que cualquier café o pastilla. Preguntaba a los profesores dudas que antes me daba vergüenza preguntar. Pedía apuntes a los compañeros más listos. Hacía esquemas de colores, mapas mentales, resúmenes interminables. Hasta me tomé pastillas para mejorar la memoria que compré en la farmacia —nada fuerte, solo vitaminas y ginkgo biloba, pero yo me convencía de que ayudaban.
Y aprobé todo, además tres con notable. Llevé las notas a casa muy contenta, casi temblando de anticipación. Papá las miró en la cocina, guiñó un ojo y dijo bajito:
—Esta tarde la primera.
Ese día salimos de entrenar más pronto. Me llevó a casa de la abuela sabiendo que ella no estaba —había ido a visitar a una tía en el pueblo—. Entramos en el salón, olía a cerrado y a cera de muebles. Papá se sentó en la silla de respaldo alto, y me dijo:
—Ven.
Me puse sobre sus rodillas, el corazón latiéndome en la garganta. Me bajó el pantalón del chándal hasta las rodillas. Yo llevaba bragas blancas de algodón, las normales de entonces.
—¿Y las bragas? —pregunté, voz temblorosa.
—También —dijo él, y me las bajó despacio, dejándolas enredadas en los muslos.
Me dio una buena zurra. Era incluso mejor de lo que recordaba. La mano abierta, fuerte pero controlada, cayendo en las nalgas una y otra vez. El escozor subía rápido, caliente, delicioso. Noté su erección contra mi vientre, dura, pero no me importó. Al contrario: me excitó más. Después de un rato largo —no sé cuántos golpes, pero fueron muchos—, me dijo:
—Vete al baño y haz lo que tengas que hacer.
Salí corriendo, los pantalones y las bragas todavía bajados, el culo ardiendo. No sabía si subírmelos o no; al final me senté en el inodoro tal cual. Fue tocarme el clítoris y casi desmayarme del placer. Estaba empapada, los labios hinchados, todo sensible. Me corrí en menos de un minuto, mordiéndome el puño para no gritar.
Cuando salí, papá seguía sentado. Me miró con calma.
—Tienes derecho a cuatro azotainas más. Tú me dirás cuándo las quieres.
Me dieron ganas de decirle que quería otra ya mismo, allí mismo. Pero me contuve. Dije:—Una a la semana.
Y así lo hicimos. Yo estudié aún más duro para la siguiente evaluación. Cada vez que me aburría, pensaba en la próxima zurra y me ponía a repasar. Papá nunca falló. Siempre en casa de la abuela, siempre solo nosotros dos, siempre con la misma silla. Y siempre, después, me dejaba ir al baño sola. Nunca me tocó más allá de los golpes. Nunca dijo nada sobre su erección. Solo cumplió el trato.
Marta levantó la cabeza y me miró a los ojos.—La última vez que papá me “castigó” fue cuando saqué la EBAU.
Mi hermana no habló en un rato. Luego continuó.
-Después entré en la uni y papá se negó a seguir “castigandome”. Pero nunca olvidé ese año. Fue cuando entendí que necesitaba el dolor para sentirme viva. Y que papá, a su manera, me lo dio. Sin juzgarme. Sin pedir nada a cambio.
Yo sabía que la uni había sido traumática para Marta de otra manera. Que por eso vino a Barcelona. Pero no era el momento para hablar de eso. Nos pusimos los “pijamas” y nos acostamos a dormir.

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