La brisa salada del Pacífico llegaba en ráfagas cálidas y caprichosas, rozando su piel expuesta como si fueran dedos invisibles. El bikini blanco era apenas un pretexto: los triángulos del top se habían deslizado un poco hacia los lados con el movimiento de su cuerpo, dejando que la curva inferior de sus pechos quedara al descubierto; la parte de abajo, tan mínima, se había hundido entre sus labios mayores hasta convertirse en una delgada línea que apenas cubría el clítoris hinchado.
Se había detenido bajo la palmera para tomar una foto, pero ahora la cámara ya no importaba. El sol quemaba suave sobre su vientre, el coco verde a sus pies todavía goteaba agua dulce, y el rumor constante de las olas parecía acompasarse con los latidos que empezaba asentir entre las piernas.
Miró a ambos lados de la playa desierta. Solo arena, palmeras inclinadas y, muy lejos, el tejado de zinc de una casita que parecía abandonada al mediodía. Nadie. Absolutamente nadie.
Dejó escapar un suspiro largo y tembloroso. La tela del bikini ya estaba húmeda, y no era solo por el mar. Se mordió el labio inferior, pintado de ese rojo intenso, y llevó una mano despacio hasta el nudo lateral de la braguita. No lo deshizo del todo: solo aflojó lo suficiente para que la tela se deslizara un poco más hacia adentro, presionando justo donde más lo necesitaba.
Un gemido pequeño se le escapó cuando la brisa volvió a pasar, fría esta vez, y le erizó los pezones hasta hacerlos doler de tan duros. Con la otra mano subió hasta uno de sus pechos, lo apretó con fuerza por encima del top y sintió cómo el pezón se endurecía aún más contra la palma. Lo pellizcó entre índice y pulgar, tirando suavemente, y su cadera se movió sola hacia adelante, buscando algo que no estaba ahí…todavía.
Caminó los pocos pasos que la separaban de la toalla que había extendido antes bajo la sombra moteada de la palmera. Se dejó caer de rodillas primero, luego se recostó boca arriba, abriendo las piernas sin pudor. La arena tibia se pegó a su espalda y a sus glúteos cuando levantó un poco la pelvis para acomodarse mejor.
Bajó la mano derecha directamente dentro del bikini. Los dedos encontraron piel caliente, resbaladiza, hinchada. Separó los labios con dos dedos y dejó que el dedo medio se deslizara lento por toda la longitud de su sexo, desde la entrada hasta el clítoris. Cuando lo rozó, su cuerpo entero se arqueó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Soltó un “ay, mierda…” entre dientes.
Empezó a dibujar círculos pequeños, lentos al principio, saboreando cada roce. La brisa seguía jugando: cada vez que pasaba entre sus muslos abiertos, sentía un escalofrío delicioso que le contraía el vientre. Con la mano izquierda se quitó del todo el top; los pechos grandes cayeron libres, pesados, y ella los agarró con fuerza, amasándolos mientras aceleraba el movimiento entre sus piernas.
El clítoris estaba tan sensible que cada pasada era casi demasiado. Cambió el ritmo: ahora dos dedos dentro, curvados hacia arriba, buscando ese punto que la hacía temblar, mientras el pulgar seguía presionando el botón hinchado en círculos rápidos. La humedad se deslizaba por sus dedos, por su entrepierna, empapando la tela blanca que ya no cubría nada.
Cerró los ojos. Imaginó que alguien la estaba mirando desde detrás de las palmeras. Que la veía abrirse así, jadeando, con los pezones duros apuntando al cielo y la mano hundida entre las piernas. La idea la excitó tanto que soltó un gemido más alto, casi un grito ahogado.
“Sí… justo ahí… joder…”
Los movimientos se volvieron frenéticos. Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo que se mezclaba con el romper de las olas. Su pelvis subía y bajaba contra su propia mano, follando el aire, buscando más. Los músculos de sus muslos temblaban, el vientre se contraía en espasmos cada vez más cortos.
Y entonces llegó.
Un orgasmo violento, de esos que empiezan en el clítoris y explotan hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo. Su espalda se arqueó tanto que solo los hombros y los talones tocaron la toalla. Un grito ronco se le escapó de la garganta mientras su sexo se contraía una y otra vez alrededor de los dedos que no dejaban de moverse. Chorros pequeños de humedad caliente escaparon, empapando la tela y la arena debajo.
Se quedó temblando varios segundos, respirando con la boca abierta, los pechos subiendo y bajando con violencia. Poco a poco bajó las piernas, dejó los brazos caer a los lados. La brisa volvió a pasar, ahora refrescante sobre su piel sudorosa y enrojecida.
Abrió los ojos al cielo azul.
Sonrió, satisfecha, con los labios todavía entreabiertos.
Y pensó que tal vez, solo tal vez, volvería a esa playa mañana… con el mismo bikini diminuto.
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