El roce suave de una sábanacontra mi piel desnuda me sacó de la oscuridad. Un gemido escapó de migarganta, denso y confuso, mientras mis ojos parpadeaban contra una luz tenue.¿Luz? ¿Ya era de día? La cabeza me zumbaba, un tamborileo sordo que resonaba enmis sienes. Intenté moverme, pero un peso familiar, cálido y blando, se apoyabacontra mi costado. No era una almohada.
Abrí los ojos por completo, eltecho blanco de mi habitación girando lentamente antes de asentarse. Gire lacabeza con lentitud, el cuello crujiendo en protesta. Y entonces la vi.
Natalia.
Estaba a mi lado, tambiéndesnuda, su cuerpo una silueta suave y curvada bajo la luz grisácea que sefiltraba por la ventana. Su cabello castaño, una cascada ondulada hasta loshombros, se extendía sobre la almohada, enmarcando un rostro que, inclusodormido, poseía una belleza salvaje. ¿Natalia? ¿Aquí? Y ¿por qué no recordabanada? Un vacío se extendía en mi memoria, un agujero negro que devoraba lasúltimas horas.
Mis ojos recorrieron su cuerpo,deteniéndose en la curva de su cadera, el leve montículo de su vientre, laexuberancia de sus pechos, que se alzaban y caían con cada respiración. Unescalofrío me recorrió, no de frío, sino de una excitación. Sentí cómo miverga, aún blanda y adormilada, empezaba a reaccionar.
Ella se removió. Un pequeñosuspiro escapó de sus labios entreabiertos. Sus ojos, del color miel, seabrieron lentamente, parpadeando con la misma confusión que sentía yo. Me miró,una ceja arqueada en una pregunta silenciosa. No había sorpresa, solo unacuriosidad mezclada con algo más, algo primitivo y hambriento.
El silencio en la habitaciónera espeso, cargado de preguntas no formuladas y de una tensión que crecía concada segundo. Ni uno de los dos habló. Sus ojos se fijaron en los míos, unachispa de picardía encendiéndose en sus profundidades.
De repente, se acercó. Sumovimiento fue fluido, felino, y antes de que pudiera procesarlo, sus labios yaestaban sobre los míos. No fue un beso tierno, ni exploratorio. Fue un asalto,una declaración. Su boca se abrió, succionando mi labio inferior, su lenguacaliente y ávida buscó la mía. El beso era profundo, húmedo, con un sabor aalcohol y a despertador deseo. Mis manos se alzaron por inercia, aferrándose asu cintura, atrayéndola más cerca, sintiendo la suavidad de su piel contra lamía.
Mientras su boca me poseía, unade sus manos, de dedos largos y delicados, se deslizó por mi muslo. Unescalofrío me recorrió. Su toque era ligero al principio, casi una caricia,pero luego se volvió más firme, más intencional. Su palma se posó en mi verga,ya dura y palpitante, y la apretó con una seguridad sorprendente. Un gemidoahogado escapó de mi garganta, y ella lo absorbió con su boca, intensificandoel beso.
Sus dedos comenzaron a moverse,un ritmo lento y experto, acariciando la base, luego subiendo por el tronco,haciendo que mi verga se hinchara aún más, la cabeza sensible y vibrante bajosu tacto. El placer era una descarga eléctrica que se extendía por todo micuerpo, concentrándose en mi entrepierna.
De repente, se separó de mislabios. El aire entró a mis pulmones con un jadeo ruidoso. Sus ojos, ahoraoscuros de deseo, se fijaron en los míos. Una sonrisa lenta y lasciva seextendió por su rostro.
–¿No recuerdas nada, verdad?–Su voz era un susurro ronco, apenas audible, pero cargado de una maliciajuguetona.
Negué con la cabeza, incapaz dearticular palabra, hipnotizado por la forma en que su mano seguía trabajando enmi polla. Arriba y abajo, arriba y abajo, con una presión perfecta.
–¡No importa!– continuó, susonrisa se ensanchaba. –Lo importante es lo que está pasando ahora.–
Y entonces, se movió. Su cuerpose deslizó hacia abajo por el mío, su pecho rozando mi abdomen, sus pezonesduros y erectos dejando un rastro de fuego a su paso. Mis ojos siguieron cadamovimiento, mi respiración se aceleró. Su cabeza se inclinó, su cabello sedosorozó mi piel, y un suspiro escapó de mis labios cuando sentí el calor de suboca.
Su lengua, suave y húmeda,lamió la punta de mi polla, enviando una sacudida de placer directo a misentrañas. Un gemido profundo escapó de mí. Sus labios se abrieron, y la sentí.El calor envolvente de su boca, la presión suave de su garganta, succionando mipolla con una maestría que me dejó sin aliento. Sus mejillas se hundieron ligeramentemientras me tomaba más profundamente, la textura aterciopelada de su lenguarecorriendo el glande, luego subiendo y bajando por el tronco.
–Mmm... así.– gemí, mis dedosse enredaron en su cabello, tirando suavemente.
Ella gruñó en respuesta, unsonido gutural que resonó en mi entrepierna. Sus manos se aferraron a mismuslos, empujándose más abajo, tomando mi polla por completo hasta donde podía.El movimiento era rítmico, experto, y el placer era tan intenso que mis piernastemblaban. Escuché el sonido húmedo y pegajoso de su boca trabajando, elshlicking de su lengua contra mi piel, el aire siendo succionado y expulsado.
Mis manos, por sí solas,bajaron por su espalda, recorriendo la suave curva de su columna, deteniéndoseen la base de su espalda. Mis dedos se deslizaron por la raja de su culo,sintiendo la suavidad de su piel. Ella gimió, un sonido ahogado que me hizosonreír. Mis dedos continuaron su viaje, buscando, hasta que encontré elmontículo húmedo de su coño.
Estaba caliente, mojado y vibrante.Mis dedos se deslizaron en la entrada, sintiendo la suavidad de sus labiosmayores, luego los menores. Ella se arqueó contra mí, su boca aún en mi polla,pero su cuerpo se tensó con una nueva urgencia.
–Ah... sí... más.– murmuró, suvoz apenas inteligible.
Mis dedos se adentraron más,explorando la entrada, sintiendo el clítoris hinchado y palpitante bajo mipulgar. La estimulé con movimientos suaves y circulares, mientras ella seguíacon su trabajo. El contraste de sensaciones era abrumador: el placer ardientede su boca en mi polla, la humedad y el calor de su coño bajo mis dedos.
De repente, se incorporó,separándose de mi con un sonido húmedo. Mi verga, empapada y palpitante, sealzó en el aire. Sus ojos, enrojecidos por el deseo, se encontraron con losmíos.
–Ahora, tú.– jadeó, y antes deque pudiera responder, se movió.
Se subió a horcajadas sobre mí,dándome la espalda, y se deslizó hacia abajo. Su vagina, mojada y resbaladiza,se apoyó sobre mi boca. El olor a sexo, a sudor y a ella misma me invadió lossentidos.
–¡Cómemela!– ordenó, su voz unmurmullo urgente.
Y lo hice. Mi lengua seproyectó hacia afuera, lamiendo sus labios mayores, sintiendo la humedad que seescapaba de ella. El sabor era salado y dulce a la vez, embriagador. Mis manosse aferraron a sus caderas, levantándola ligeramente para tener mejor acceso.Mi lengua se deslizó por su clítoris, rozándolo suavemente, luego lo succionócon avidez.
–Ohhh... Charli...– gimió, suscaderas se movían en un ritmo frenético contra mi boca.
Mis dedos, que aún estaban ensu coño, se movieron con más fuerza, masajeando la entrada, mientras mi lenguase concentraba en su clítoris, lamiéndolo, succionándolo, mordisqueándolosuavemente. Ella se retorcía sobre mí, sus gemidos se volvían más agudos, másdesesperados.
–Sí... así... más... oh, Dios,sí– jadeó, su cuerpo se tensaba.
Mis dedos se adentraron más,buscando el punto G, presionando y frotando con ritmo. Su respiración se volvióerrática, sus músculos se contrajeron. Un temblor la recorrió, y luego, con ungrito ahogado que resonó en la habitación, se corrió. Su cuerpo se arqueó, susmuslos se apretaron contra mi cabeza, y un torrente de calor y humedad inundómi boca. El sabor era intenso, delicioso, y lo tragué sin dudar.
Sus espasmos disminuyeronlentamente, y su cuerpo se relajó sobre el mío. Se quedó allí un momento,jadeando, su cabeza apoyada junto a mi polla, mientras yo seguía lamiendo losrestos de su placer.
Después de un momento, seincorporó, su rostro todavía sonrojado y sus ojos brillantes. Me miró con unasonrisa satisfecha, pero aún hambrienta.
–¡Otra vez!– dijo, su vozronca. –¡Quiero más!–
Y se movió, guiando mi cabezade nuevo hacia su coño, que aún goteaba con los fluidos de su orgasmo. No tuveque pensarlo dos veces. Volví a lamerla, con la misma avidez, la mismadedicación. Mis dedos volvieron a trabajar en su interior, y mi lengua seconcentró en su clítoris, llevándola de nuevo al borde. Los gemidos volvieron,más fuertes, más urgentes que antes. Sus caderas se movían sin control,empujándose contra mi boca, buscando el placer que le ofrecía.
–¡Charli! ¡Sí! ¡Más! ¡Oh, Dios,me corro! ¡Me corro otra vez!– gritó, y su cuerpo se tensó de nuevo, sus muslosse apretaron contra mi cabeza, y otro torrente de placer me inundó. Esta vez,fue aún más intenso, más prolongado. El sabor de su orgasmo llenó mi boca, y losaboreé, disfrutando cada gota.
Cuando sus espasmos finalmentecesaron, se enderezó de nuevo, pero esta vez no se levantó. Se quedó sentada ahorcajadas sobre mi cintura, dándome la espalda. Mi polla, aún dura ypalpitante, se alzaba entre sus nalgas. Con un movimiento lento y deliberado,agarró mi verga con una mano y la guió hacia su concha, que seguía goteando.
Sentí la punta de mi vergapresionar contra sus labios. Un escalofrío me recorrió. Ella se inclinóligeramente hacia atrás, permitiendo que se deslizara, lenta y suavemente, ensu interior. El calor y la humedad me envolvieron, una sensación apretada ydeliciosa.
–Mmm... ahhh...– gimió, suscaderas se movían con un vaivén suave, ajustándose a la longitud de mi polla.
Me apretó. El placer eraexquisito. Mis manos se alzaron, aferrándose a sus caderas, guiando susmovimientos. Ella se inclinó más hacia atrás, apoyándose en mi pecho, abriendoun poco más sus piernas. Mi verga se adentró más profundamente, hasta el fondo,y sentí el roce de su cérvix.
–Ohhh... sí... eso es...–murmuró, su voz apenas un jadeo.
Mi mano fue subiendo por suespalda, hasta llegar y detenerse en sus pechos. Los apreté, sintiendo la suavidadde su piel, la firmeza de sus pezones, que se endurecieron bajo mis pulgares.Mientras tanto, mi otra mano encontró su clítoris, que sobresalía, hinchado ysensible. Lo acaricié, con movimientos suaves y rítmicos, mientras ella semovía sobre mí, sus caderas girando, subiendo y bajando, cabalgando mi vergacon una urgencia creciente.
–Ahhh... sí... más fuerte.–jadeó, y sus movimientos se volvieron más rápidos, más enérgicos.
El sonido de nuestros cuerposchocando llenó la habitación: el shlicking de mi verga entrando y saliendo desu coño, el golpeteo de sus nalgas contra mi pelvis, sus gemidos y mis propiosgruñidos de placer. Mis dedos apretaron sus pechos, mis pulgares masajearon suclítoris, y ella se retorcía sobre mí, buscando más.
–¡Me corro! ¡Charli, me corrootra vez!– gritó, y sus músculos se contrajeron a mi alrededor. Un temblor larecorrió, y su cuerpo se arqueó, sus caderas se apretaron contra las mías,exprimiendo hasta la última gota de placer de mi polla. Sus gemidos seconvirtieron en un grito prolongado, su cuerpo se tensó, y sentí los espasmosde su orgasmo a mi alrededor.
Cuando sus tembloresdisminuyeron, la empujé suavemente. Ella se deslizó de mi verga, que seguíadura y goteando. Con un movimiento rápido, la giré, colocándola boca abajosobre la cama, sus nalgas redondas y firmes se alzaban invitadoramente. Melevanté, arrodillándome detrás de ella.
–¿Lista para más?– le susurréal oído, mi voz ronca de deseo.
Ella gimió en respuesta, sucuerpo temblaba ligeramente. –¡Siempre!– murmuró, su voz ahogada por laalmohada.
Sus piernas se abrieron unpoco, invitándome. Mi verga, aún palpitante, se deslizó entre sus nalgas,buscando la entrada de su coño. La punta se encontró con la humedad, y con unempuje lento y firme, me adentré en ella.
–Ahhh...– un suspiro escapó desus labios.
La sentí apretada, caliente,envolvente. Sus músculos se contrajeron a mi alrededor, un placer exquisito queme hizo gruñir. Mis manos se apoyaron en sus caderas, empujando, marcando unritmo lento al principio, luego más rápido, más fuerte. El sonido de nuestroscuerpos chocando era música para mis oídos: el squelching de mi verga en sucoño, el golpeteo de mi pelvis contra sus nalgas.
Sus gemidos se volvieron másurgentes, más desesperados. Sus caderas se alzaban para encontrarse con misembestidas.
–¡Más! ¡charli, más fuerte!–jadeó, su voz temblaba.
Y le di más. Mis embestidas sevolvieron salvajes, sin control, la cama crujía bajo nuestros movimientos. Mipolla se hundía una y otra vez en su coño, llenándola por completo,estirándola, haciéndola gemir y gritar de placer. Sentía el roce de su clítoriscontra la base de mi polla con cada embestida, y eso solo aumentaba suexcitación.
–¡Sí! ¡Oh, sí! ¡No pares!–gritó, y su cuerpo se arqueó, sus nalgas se alzaban hacia mí.
La volví a mover, esta vez lacoloqué a cuatro patas en el borde de la cama, sus manos agarradas al colchón.Me puse de pie detrás de ella, mi polla aún dura y goteando. El ángulo eraperfecto.
Con un empuje suave, mi vergase deslizó de nuevo en su coño, que estaba aún más mojado y apretado. El placerera abrumador. Me incliné, mis manos se apoyaron en sus caderas, y misembestidas se volvieron más profundas, más potentes. El sonido de la carnechocando era ensordecedor.
–Ahhh... charlii...– gimió, suvoz se rompió.
Mientras la follaba, mi pulgarse deslizó hacia abajo, buscando su culo. La punta de mi pulgar presionó contrasu ano. Ella se tensó.
–No... por ahí no...– murmuró,su voz apenas audible.
Pero yo no la escuché. Con unempuje suave, mi pulgar se adentró en su culo. Ella se resistió, sus músculosse contrajeron, pero con las embestidas de mi verga en su coño, no podíaarticular palabra. El placer y el dolor se mezclaban en su rostro, unaexpresión de sorpresa y de deseo.
Mis embestidas se volvieron másrápidas, más furiosas. Mi pulgar se movía dentro de su culo, explorando,estirando, mientras mi verga seguía golpeando el fondo de su coño. Los gemidosde Natalia se convirtieron en gritos, su cuerpo temblaba sin control.
–¡Me corro! ¡Me corro!¡Ahhhhhh!– gritó, y sus músculos se contrajeron a mi alrededor, tanto en sucoño como en su culo. Un torrente de fluidos, calientes y espesos, se derramóde ella. Sus espasmos me apretaron, exprimiendo mi polla con una fuerzaincreíble.
Aproveché el momento, losmúsculos de su culo aún relajados por el orgasmo. Con un movimiento rápido ydecidido, saqué mi verga de su coño, y la presioné contra su culo. Natalia seincorporó un poco, sus ojos se abrieron de par en par, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
La punta de mi verga se deslizóen su culo. Sentí una ligera resistencia, un dolor agudo para ella, pero luegoun estiramiento. Un gemido de sorpresa escapó de sus labios.
–¡Ah!– gritó, su cuerpo setensó.
Pero no la dejé pensar. Con unempuje firme, mi verga se adentró más, estirando sus músculos. El dolor inicialdio paso a una sensación extraña, una mezcla de incomodidad y de un placernuevo, prohibido.
–No... Char...– murmuró, perosu voz ya no tenía la misma convicción.
Comencé a follarla por el culo,sin miramientos. Mis embestidas eran profundas, potentes, estirando su culo concada empuje. El sonido era más seco, más contundente que antes. Mis manos seaferraron a sus caderas, empujándola más cerca, y mi otra mano se alzó,apretando sus tetas, sus pezones duros y sensibles bajo mis dedos.
–Ahhh... sí...– gimió, su vozse elevaba con cada embestida.
Con cada embestida mis huevoschocaban contra su coño, el punto de placer que la hacía jadear. Ella se movíacon mis embestidas, sus caderas se alzaban para encontrarse con las mías, suculo se apretaba a mi alrededor.
De repente, sus manos sedeslizaron hacia abajo, buscando su coño, que aún goteaba y estaba sensible porlos orgasmos anteriores. Empezó a masturbarse, sus dedos frotando su clítoris,estimulándose a sí misma mientras yo la follaba por el culo.
La vi. La visión de ella, acuatro patas, su culo siendo penetrado por mi verga, y sus propias manostrabajando en su coño, me llevó al límite. Un rugido escapó de mi garganta. Misembestidas se volvieron aún más salvajes, más profundas, más rápidas.
–¡Natalia! ¡Eso es! ¡Córretepara mí!– le grité, mi voz ronca de deseo.
Ella gimió, sus ojos cerrados,su rostro contraído por el placer. Sus dedos se movían con una frenéticaurgencia.
–¡Sí! ¡Oh, Dios! ¡Me corro! ¡Mecorro!– gritó, y su cuerpo se tensó por última vez. Sus músculos anales secontrajeron con una fuerza increíble, exprimiendo mi polla. La sensación fueabrumadora. Un escalofrío me recorrió, y el placer se concentró en mientrepierna.
Un gemido gutural escapó de mí,y mi propio cuerpo se arqueó. Mis músculos se contrajeron, y sentí el torrentede mi semen, caliente y espeso, brotar de mi verga. Lo hice dentro de su culo.La sensación de mi esperma llenando su interior, combinado con la contracciónde sus músculos anales, fue el orgasmo más explosivo de mi vida.
Me quedé allí un momento,jadeando, mi polla aún pulsando dentro de ella. Natalia también estaba inmóvil,su cuerpo temblaba, sus manos aún aferradas a su coño. El silencio volvió a lahabitación, pero esta vez, estaba lleno de la resonancia de nuestros gemidos,de nuestros gritos, de la lujuria que habíamos compartido. El olor a sexo, asudor, a fluidos corporales, llenaba el aire.
Lentamente, saqué mi verga desu culo, un sonido húmedo y pegajoso llenó el silencio. Natalia se desplomó enla cama, su cuerpo exhausto, pero una sonrisa satisfecha se extendió por surostro. Me senté a su lado, mi cuerpo temblaba, mi respiración era irregular.
Ella giró la cabeza paramirarme, sus ojos brillantes, su cabello pegado a su frente por el sudor.
–¡Ha...– jadeó, su voz aúnronca. –...estado genial!–
Me incliné y la besé, un besosuave y tierno esta vez, saboreando el dulce sabor del sexo en sus labios.
–¡Lo fue!– murmuré, mi voz aúntemblaba.
Nos quedamos allí, en silencio,nuestros cuerpos entrelazados, la memoria de lo que habíamos hecho grabada afuego en nuestros sentidos. Aún no recordaba cómo habíamos llegado allí, peroen ese momento, no importaba. Lo único que importaba era la conexión, lalujuria, el placer que habíamos compartido.
Abrí los ojos por completo, eltecho blanco de mi habitación girando lentamente antes de asentarse. Gire lacabeza con lentitud, el cuello crujiendo en protesta. Y entonces la vi.
Natalia.
Estaba a mi lado, tambiéndesnuda, su cuerpo una silueta suave y curvada bajo la luz grisácea que sefiltraba por la ventana. Su cabello castaño, una cascada ondulada hasta loshombros, se extendía sobre la almohada, enmarcando un rostro que, inclusodormido, poseía una belleza salvaje. ¿Natalia? ¿Aquí? Y ¿por qué no recordabanada? Un vacío se extendía en mi memoria, un agujero negro que devoraba lasúltimas horas.
Mis ojos recorrieron su cuerpo,deteniéndose en la curva de su cadera, el leve montículo de su vientre, laexuberancia de sus pechos, que se alzaban y caían con cada respiración. Unescalofrío me recorrió, no de frío, sino de una excitación. Sentí cómo miverga, aún blanda y adormilada, empezaba a reaccionar.
Ella se removió. Un pequeñosuspiro escapó de sus labios entreabiertos. Sus ojos, del color miel, seabrieron lentamente, parpadeando con la misma confusión que sentía yo. Me miró,una ceja arqueada en una pregunta silenciosa. No había sorpresa, solo unacuriosidad mezclada con algo más, algo primitivo y hambriento.
El silencio en la habitaciónera espeso, cargado de preguntas no formuladas y de una tensión que crecía concada segundo. Ni uno de los dos habló. Sus ojos se fijaron en los míos, unachispa de picardía encendiéndose en sus profundidades.
De repente, se acercó. Sumovimiento fue fluido, felino, y antes de que pudiera procesarlo, sus labios yaestaban sobre los míos. No fue un beso tierno, ni exploratorio. Fue un asalto,una declaración. Su boca se abrió, succionando mi labio inferior, su lenguacaliente y ávida buscó la mía. El beso era profundo, húmedo, con un sabor aalcohol y a despertador deseo. Mis manos se alzaron por inercia, aferrándose asu cintura, atrayéndola más cerca, sintiendo la suavidad de su piel contra lamía.
Mientras su boca me poseía, unade sus manos, de dedos largos y delicados, se deslizó por mi muslo. Unescalofrío me recorrió. Su toque era ligero al principio, casi una caricia,pero luego se volvió más firme, más intencional. Su palma se posó en mi verga,ya dura y palpitante, y la apretó con una seguridad sorprendente. Un gemidoahogado escapó de mi garganta, y ella lo absorbió con su boca, intensificandoel beso.
Sus dedos comenzaron a moverse,un ritmo lento y experto, acariciando la base, luego subiendo por el tronco,haciendo que mi verga se hinchara aún más, la cabeza sensible y vibrante bajosu tacto. El placer era una descarga eléctrica que se extendía por todo micuerpo, concentrándose en mi entrepierna.
De repente, se separó de mislabios. El aire entró a mis pulmones con un jadeo ruidoso. Sus ojos, ahoraoscuros de deseo, se fijaron en los míos. Una sonrisa lenta y lasciva seextendió por su rostro.
–¿No recuerdas nada, verdad?–Su voz era un susurro ronco, apenas audible, pero cargado de una maliciajuguetona.
Negué con la cabeza, incapaz dearticular palabra, hipnotizado por la forma en que su mano seguía trabajando enmi polla. Arriba y abajo, arriba y abajo, con una presión perfecta.
–¡No importa!– continuó, susonrisa se ensanchaba. –Lo importante es lo que está pasando ahora.–
Y entonces, se movió. Su cuerpose deslizó hacia abajo por el mío, su pecho rozando mi abdomen, sus pezonesduros y erectos dejando un rastro de fuego a su paso. Mis ojos siguieron cadamovimiento, mi respiración se aceleró. Su cabeza se inclinó, su cabello sedosorozó mi piel, y un suspiro escapó de mis labios cuando sentí el calor de suboca.
Su lengua, suave y húmeda,lamió la punta de mi polla, enviando una sacudida de placer directo a misentrañas. Un gemido profundo escapó de mí. Sus labios se abrieron, y la sentí.El calor envolvente de su boca, la presión suave de su garganta, succionando mipolla con una maestría que me dejó sin aliento. Sus mejillas se hundieron ligeramentemientras me tomaba más profundamente, la textura aterciopelada de su lenguarecorriendo el glande, luego subiendo y bajando por el tronco.
–Mmm... así.– gemí, mis dedosse enredaron en su cabello, tirando suavemente.
Ella gruñó en respuesta, unsonido gutural que resonó en mi entrepierna. Sus manos se aferraron a mismuslos, empujándose más abajo, tomando mi polla por completo hasta donde podía.El movimiento era rítmico, experto, y el placer era tan intenso que mis piernastemblaban. Escuché el sonido húmedo y pegajoso de su boca trabajando, elshlicking de su lengua contra mi piel, el aire siendo succionado y expulsado.
Mis manos, por sí solas,bajaron por su espalda, recorriendo la suave curva de su columna, deteniéndoseen la base de su espalda. Mis dedos se deslizaron por la raja de su culo,sintiendo la suavidad de su piel. Ella gimió, un sonido ahogado que me hizosonreír. Mis dedos continuaron su viaje, buscando, hasta que encontré elmontículo húmedo de su coño.
Estaba caliente, mojado y vibrante.Mis dedos se deslizaron en la entrada, sintiendo la suavidad de sus labiosmayores, luego los menores. Ella se arqueó contra mí, su boca aún en mi polla,pero su cuerpo se tensó con una nueva urgencia.
–Ah... sí... más.– murmuró, suvoz apenas inteligible.
Mis dedos se adentraron más,explorando la entrada, sintiendo el clítoris hinchado y palpitante bajo mipulgar. La estimulé con movimientos suaves y circulares, mientras ella seguíacon su trabajo. El contraste de sensaciones era abrumador: el placer ardientede su boca en mi polla, la humedad y el calor de su coño bajo mis dedos.
De repente, se incorporó,separándose de mi con un sonido húmedo. Mi verga, empapada y palpitante, sealzó en el aire. Sus ojos, enrojecidos por el deseo, se encontraron con losmíos.
–Ahora, tú.– jadeó, y antes deque pudiera responder, se movió.
Se subió a horcajadas sobre mí,dándome la espalda, y se deslizó hacia abajo. Su vagina, mojada y resbaladiza,se apoyó sobre mi boca. El olor a sexo, a sudor y a ella misma me invadió lossentidos.
–¡Cómemela!– ordenó, su voz unmurmullo urgente.
Y lo hice. Mi lengua seproyectó hacia afuera, lamiendo sus labios mayores, sintiendo la humedad que seescapaba de ella. El sabor era salado y dulce a la vez, embriagador. Mis manosse aferraron a sus caderas, levantándola ligeramente para tener mejor acceso.Mi lengua se deslizó por su clítoris, rozándolo suavemente, luego lo succionócon avidez.
–Ohhh... Charli...– gimió, suscaderas se movían en un ritmo frenético contra mi boca.
Mis dedos, que aún estaban ensu coño, se movieron con más fuerza, masajeando la entrada, mientras mi lenguase concentraba en su clítoris, lamiéndolo, succionándolo, mordisqueándolosuavemente. Ella se retorcía sobre mí, sus gemidos se volvían más agudos, másdesesperados.
–Sí... así... más... oh, Dios,sí– jadeó, su cuerpo se tensaba.
Mis dedos se adentraron más,buscando el punto G, presionando y frotando con ritmo. Su respiración se volvióerrática, sus músculos se contrajeron. Un temblor la recorrió, y luego, con ungrito ahogado que resonó en la habitación, se corrió. Su cuerpo se arqueó, susmuslos se apretaron contra mi cabeza, y un torrente de calor y humedad inundómi boca. El sabor era intenso, delicioso, y lo tragué sin dudar.
Sus espasmos disminuyeronlentamente, y su cuerpo se relajó sobre el mío. Se quedó allí un momento,jadeando, su cabeza apoyada junto a mi polla, mientras yo seguía lamiendo losrestos de su placer.
Después de un momento, seincorporó, su rostro todavía sonrojado y sus ojos brillantes. Me miró con unasonrisa satisfecha, pero aún hambrienta.
–¡Otra vez!– dijo, su vozronca. –¡Quiero más!–
Y se movió, guiando mi cabezade nuevo hacia su coño, que aún goteaba con los fluidos de su orgasmo. No tuveque pensarlo dos veces. Volví a lamerla, con la misma avidez, la mismadedicación. Mis dedos volvieron a trabajar en su interior, y mi lengua seconcentró en su clítoris, llevándola de nuevo al borde. Los gemidos volvieron,más fuertes, más urgentes que antes. Sus caderas se movían sin control,empujándose contra mi boca, buscando el placer que le ofrecía.
–¡Charli! ¡Sí! ¡Más! ¡Oh, Dios,me corro! ¡Me corro otra vez!– gritó, y su cuerpo se tensó de nuevo, sus muslosse apretaron contra mi cabeza, y otro torrente de placer me inundó. Esta vez,fue aún más intenso, más prolongado. El sabor de su orgasmo llenó mi boca, y losaboreé, disfrutando cada gota.
Cuando sus espasmos finalmentecesaron, se enderezó de nuevo, pero esta vez no se levantó. Se quedó sentada ahorcajadas sobre mi cintura, dándome la espalda. Mi polla, aún dura ypalpitante, se alzaba entre sus nalgas. Con un movimiento lento y deliberado,agarró mi verga con una mano y la guió hacia su concha, que seguía goteando.
Sentí la punta de mi vergapresionar contra sus labios. Un escalofrío me recorrió. Ella se inclinóligeramente hacia atrás, permitiendo que se deslizara, lenta y suavemente, ensu interior. El calor y la humedad me envolvieron, una sensación apretada ydeliciosa.
–Mmm... ahhh...– gimió, suscaderas se movían con un vaivén suave, ajustándose a la longitud de mi polla.
Me apretó. El placer eraexquisito. Mis manos se alzaron, aferrándose a sus caderas, guiando susmovimientos. Ella se inclinó más hacia atrás, apoyándose en mi pecho, abriendoun poco más sus piernas. Mi verga se adentró más profundamente, hasta el fondo,y sentí el roce de su cérvix.
–Ohhh... sí... eso es...–murmuró, su voz apenas un jadeo.
Mi mano fue subiendo por suespalda, hasta llegar y detenerse en sus pechos. Los apreté, sintiendo la suavidadde su piel, la firmeza de sus pezones, que se endurecieron bajo mis pulgares.Mientras tanto, mi otra mano encontró su clítoris, que sobresalía, hinchado ysensible. Lo acaricié, con movimientos suaves y rítmicos, mientras ella semovía sobre mí, sus caderas girando, subiendo y bajando, cabalgando mi vergacon una urgencia creciente.
–Ahhh... sí... más fuerte.–jadeó, y sus movimientos se volvieron más rápidos, más enérgicos.
El sonido de nuestros cuerposchocando llenó la habitación: el shlicking de mi verga entrando y saliendo desu coño, el golpeteo de sus nalgas contra mi pelvis, sus gemidos y mis propiosgruñidos de placer. Mis dedos apretaron sus pechos, mis pulgares masajearon suclítoris, y ella se retorcía sobre mí, buscando más.
–¡Me corro! ¡Charli, me corrootra vez!– gritó, y sus músculos se contrajeron a mi alrededor. Un temblor larecorrió, y su cuerpo se arqueó, sus caderas se apretaron contra las mías,exprimiendo hasta la última gota de placer de mi polla. Sus gemidos seconvirtieron en un grito prolongado, su cuerpo se tensó, y sentí los espasmosde su orgasmo a mi alrededor.
Cuando sus tembloresdisminuyeron, la empujé suavemente. Ella se deslizó de mi verga, que seguíadura y goteando. Con un movimiento rápido, la giré, colocándola boca abajosobre la cama, sus nalgas redondas y firmes se alzaban invitadoramente. Melevanté, arrodillándome detrás de ella.
–¿Lista para más?– le susurréal oído, mi voz ronca de deseo.
Ella gimió en respuesta, sucuerpo temblaba ligeramente. –¡Siempre!– murmuró, su voz ahogada por laalmohada.
Sus piernas se abrieron unpoco, invitándome. Mi verga, aún palpitante, se deslizó entre sus nalgas,buscando la entrada de su coño. La punta se encontró con la humedad, y con unempuje lento y firme, me adentré en ella.
–Ahhh...– un suspiro escapó desus labios.
La sentí apretada, caliente,envolvente. Sus músculos se contrajeron a mi alrededor, un placer exquisito queme hizo gruñir. Mis manos se apoyaron en sus caderas, empujando, marcando unritmo lento al principio, luego más rápido, más fuerte. El sonido de nuestroscuerpos chocando era música para mis oídos: el squelching de mi verga en sucoño, el golpeteo de mi pelvis contra sus nalgas.
Sus gemidos se volvieron másurgentes, más desesperados. Sus caderas se alzaban para encontrarse con misembestidas.
–¡Más! ¡charli, más fuerte!–jadeó, su voz temblaba.
Y le di más. Mis embestidas sevolvieron salvajes, sin control, la cama crujía bajo nuestros movimientos. Mipolla se hundía una y otra vez en su coño, llenándola por completo,estirándola, haciéndola gemir y gritar de placer. Sentía el roce de su clítoriscontra la base de mi polla con cada embestida, y eso solo aumentaba suexcitación.
–¡Sí! ¡Oh, sí! ¡No pares!–gritó, y su cuerpo se arqueó, sus nalgas se alzaban hacia mí.
La volví a mover, esta vez lacoloqué a cuatro patas en el borde de la cama, sus manos agarradas al colchón.Me puse de pie detrás de ella, mi polla aún dura y goteando. El ángulo eraperfecto.
Con un empuje suave, mi vergase deslizó de nuevo en su coño, que estaba aún más mojado y apretado. El placerera abrumador. Me incliné, mis manos se apoyaron en sus caderas, y misembestidas se volvieron más profundas, más potentes. El sonido de la carnechocando era ensordecedor.
–Ahhh... charlii...– gimió, suvoz se rompió.
Mientras la follaba, mi pulgarse deslizó hacia abajo, buscando su culo. La punta de mi pulgar presionó contrasu ano. Ella se tensó.
–No... por ahí no...– murmuró,su voz apenas audible.
Pero yo no la escuché. Con unempuje suave, mi pulgar se adentró en su culo. Ella se resistió, sus músculosse contrajeron, pero con las embestidas de mi verga en su coño, no podíaarticular palabra. El placer y el dolor se mezclaban en su rostro, unaexpresión de sorpresa y de deseo.
Mis embestidas se volvieron másrápidas, más furiosas. Mi pulgar se movía dentro de su culo, explorando,estirando, mientras mi verga seguía golpeando el fondo de su coño. Los gemidosde Natalia se convirtieron en gritos, su cuerpo temblaba sin control.
–¡Me corro! ¡Me corro!¡Ahhhhhh!– gritó, y sus músculos se contrajeron a mi alrededor, tanto en sucoño como en su culo. Un torrente de fluidos, calientes y espesos, se derramóde ella. Sus espasmos me apretaron, exprimiendo mi polla con una fuerzaincreíble.
Aproveché el momento, losmúsculos de su culo aún relajados por el orgasmo. Con un movimiento rápido ydecidido, saqué mi verga de su coño, y la presioné contra su culo. Natalia seincorporó un poco, sus ojos se abrieron de par en par, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
La punta de mi verga se deslizóen su culo. Sentí una ligera resistencia, un dolor agudo para ella, pero luegoun estiramiento. Un gemido de sorpresa escapó de sus labios.
–¡Ah!– gritó, su cuerpo setensó.
Pero no la dejé pensar. Con unempuje firme, mi verga se adentró más, estirando sus músculos. El dolor inicialdio paso a una sensación extraña, una mezcla de incomodidad y de un placernuevo, prohibido.
–No... Char...– murmuró, perosu voz ya no tenía la misma convicción.
Comencé a follarla por el culo,sin miramientos. Mis embestidas eran profundas, potentes, estirando su culo concada empuje. El sonido era más seco, más contundente que antes. Mis manos seaferraron a sus caderas, empujándola más cerca, y mi otra mano se alzó,apretando sus tetas, sus pezones duros y sensibles bajo mis dedos.
–Ahhh... sí...– gimió, su vozse elevaba con cada embestida.
Con cada embestida mis huevoschocaban contra su coño, el punto de placer que la hacía jadear. Ella se movíacon mis embestidas, sus caderas se alzaban para encontrarse con las mías, suculo se apretaba a mi alrededor.
De repente, sus manos sedeslizaron hacia abajo, buscando su coño, que aún goteaba y estaba sensible porlos orgasmos anteriores. Empezó a masturbarse, sus dedos frotando su clítoris,estimulándose a sí misma mientras yo la follaba por el culo.
La vi. La visión de ella, acuatro patas, su culo siendo penetrado por mi verga, y sus propias manostrabajando en su coño, me llevó al límite. Un rugido escapó de mi garganta. Misembestidas se volvieron aún más salvajes, más profundas, más rápidas.
–¡Natalia! ¡Eso es! ¡Córretepara mí!– le grité, mi voz ronca de deseo.
Ella gimió, sus ojos cerrados,su rostro contraído por el placer. Sus dedos se movían con una frenéticaurgencia.
–¡Sí! ¡Oh, Dios! ¡Me corro! ¡Mecorro!– gritó, y su cuerpo se tensó por última vez. Sus músculos anales secontrajeron con una fuerza increíble, exprimiendo mi polla. La sensación fueabrumadora. Un escalofrío me recorrió, y el placer se concentró en mientrepierna.
Un gemido gutural escapó de mí,y mi propio cuerpo se arqueó. Mis músculos se contrajeron, y sentí el torrentede mi semen, caliente y espeso, brotar de mi verga. Lo hice dentro de su culo.La sensación de mi esperma llenando su interior, combinado con la contracciónde sus músculos anales, fue el orgasmo más explosivo de mi vida.
Me quedé allí un momento,jadeando, mi polla aún pulsando dentro de ella. Natalia también estaba inmóvil,su cuerpo temblaba, sus manos aún aferradas a su coño. El silencio volvió a lahabitación, pero esta vez, estaba lleno de la resonancia de nuestros gemidos,de nuestros gritos, de la lujuria que habíamos compartido. El olor a sexo, asudor, a fluidos corporales, llenaba el aire.
Lentamente, saqué mi verga desu culo, un sonido húmedo y pegajoso llenó el silencio. Natalia se desplomó enla cama, su cuerpo exhausto, pero una sonrisa satisfecha se extendió por surostro. Me senté a su lado, mi cuerpo temblaba, mi respiración era irregular.
Ella giró la cabeza paramirarme, sus ojos brillantes, su cabello pegado a su frente por el sudor.
–¡Ha...– jadeó, su voz aúnronca. –...estado genial!–
Me incliné y la besé, un besosuave y tierno esta vez, saboreando el dulce sabor del sexo en sus labios.
–¡Lo fue!– murmuré, mi voz aúntemblaba.
Nos quedamos allí, en silencio,nuestros cuerpos entrelazados, la memoria de lo que habíamos hecho grabada afuego en nuestros sentidos. Aún no recordaba cómo habíamos llegado allí, peroen ese momento, no importaba. Lo único que importaba era la conexión, lalujuria, el placer que habíamos compartido.
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