La cárcel de mujeres de máxima seguridad en el estado —un bloque de concreto gris y acero oxidado que parecía absorber el calor del verano como un horno lento— bullía esa tarde bajo un sol implacable. Era julio, y el termómetro en el pasillo principal marcaba 38°C, pero dentro de las celdas, con paredes de bloques sin aislamiento, ventiladores rotos y ventanas enrejadas que solo dejaban pasar aire caliente y estancado, la sensación era de más de 40°. El sudor pegaba la ropa naranja uniforme a la piel, los cuerpos brillaban, el olor a humanidad mezclada con jabón barato y desinfectante flotaba pesado. Las presas sudaban sin parar: gotas rodaban por cuellos, espaldas, entrepiernas. Muchas se habían quitado la camisa del uniforme, quedando solo en brasier deportivo o camiseta recortada, pantalones anchos bajados hasta las caderas para dejar que el aire rozara la piel húmeda.
El guardia —un tipo de unos 35 años, fornido, uniforme caqui empapado en axilas y espalda, macana colgando del cinturón, radio crepitando en el hombro— empujaba el carrito de lavandería por el pasillo del bloque C. Era un contenedor grande de metal con ruedas chirriantes, pintado de gris institucional, con tapa abatible. El anuncio había sido rutinario, gritado al inicio del pasillo:
—¡Día de lavandería, señoras! ¡Todo lo que quieran lavar al contenedor! ¡Uniformes, ropa interior, toallas, sábanas! ¡No hay segunda vuelta! ¡Si no lo tiran ahora, se quedan oliendo a culo hasta la próxima semana!
Las celdas eran de dos personas, barrotes verticales gruesos, puertas de acero que se abrían con llave pesada. A lo largo del pasillo, mujeres asomaban bolsas de malla blanca con su ropa sucia: calcetines grises, bragas desgastadas, camisetas manchadas de sudor, sábanas arrugadas. Algunas gritaban coqueteos al guardia mientras él recogía:
—Oye, guapo, ¿me traes de vuelta algo limpio o solo vas a oler mi tanga?
Él respondía con risas forzadas, pero seguía empujando el carrito, recogiendo bolsas, anotando números de celda en un clipboard. El calor lo tenía irritado, el sudor le escurría por la frente, pero también lo ponía cachondo: el pasillo entero olía a mujeres sudadas, feromonas en el aire denso.
Llegó al final del pasillo, la última celda a la derecha. Ahí estaban Samantha y Sarah.
Samantha, caucásica, cabello castaño largo y lacio pegado a la nuca por el sudor, acostada boca arriba en el catre inferior. Llevaba solo el brasier deportivo naranja del uniforme (recortado para que mostrara más piel) y los pantalones anchos bajados hasta medio muslo, dejando ver el borde de unas bragas blancas empapadas. Leía un libro viejo de bolsillo, piernas abiertas para que el poco aire circulara, pezones marcados contra la tela húmeda.
Sarah, negra, cabello afro muy rizado y esponjoso (húmedo, brillando), haciendo dominadas en la barra horizontal que habían improvisado con tubos de la litera superior. Solo llevaba el pantalón del uniforme (bajado en la cintura) y un top corto improvisado con una camiseta rasgada, abdomen marcado sudando ríos, músculos flexionándose con cada repetición. Gotas caían de su frente al piso de concreto.
El guardia golpeó los barrotes con la macana —¡clang! clang! clang!— fuerte, eco retumbando.
—¿Qué no oyeron, putas? ¡Es día de lavandería! ¡Bolsa al contenedor, ahora!
Samantha dejó el libro a un lado, se incorporó despacio, estirándose como gata. Sarah bajó de la barra de un salto, aterrizando con pies descalzos en el piso caliente. Ambas se miraron, sonrieron con complicidad. El calor las tenía ardiendo por dentro también —días sin tocarse decentemente, cuerpos hipersensibles por el sudor y la frustración acumulada.
Sarah se acercó a los barrotes primero, pechos subiendo y bajando con la respiración agitada.
—Oye, oficial... el calor está cabrón. No tengo ganas de moverme. ¿Por qué no entras y nos quitas la ropa tú mismo? —dijo con voz ronca, lamiéndose los labios salados—. Total, ya nos viste sudadas... ¿o te da miedo mancharte?
Samantha se paró detrás, pegando su cuerpo al de Sarah por atrás, manos en la cintura de ella.
—Sí, oficial... ven, quítanos todo. Estamos mojadas... y no solo de sudor.
El guardia miró alrededor: el pasillo ya se había vaciado un poco, pero las celdas cercanas tenían ojos curiosos. Tragó saliva, verga ya endureciéndose bajo el pantalón. Sacó la llave, abrió la puerta con mano temblorosa.
—Entren al fondo. Manos a la pared.
Entró, cerró la puerta detrás. El carrito quedó afuera.
Adentro, el calor era peor: dos cuerpos sudados, olor a sexo incipiente. Samantha y Sarah se pusieron contra la pared, manos arriba, culos en pompa.
Él empezó por Samantha: agarró el brasier por atrás, lo rasgó de un tirón (la tela cedió fácil por el sudor). Tetás libres, pezones duros y rosados brillando. Bajó los pantalones de un jalón, bragas blancas empapadas pegadas al coño hinchado. Metió dedos bajo la tela, frotó el clítoris empapado mientras ella gemía bajito.
—Joder... estás chorreando —gruñó.
Sarah se giró, se quitó el top sola, tetas grandes y firmes rebotando, pezones oscuros erectos. Se bajó los pantalones y bragas de golpe, coño depilado reluciendo de sudor y jugos.
—Mi turno, papi.
Él la empujó contra el catre. Samantha se arrodilló primero, le bajó el cierre del pantalón, sacó la verga dura, venosa, ya goteando. La chupó profundo mientras Sarah se sentaba en el borde del catre, abriendo piernas. El guardia metió la cara entre los muslos de Sarah, lamiendo el sudor salado mezclado con el sabor almizclado de su excitación, lengua hundiéndose en el coño hinchado.
Sarah agarró su cabeza, empujándolo más.
—Come, cabrón... lame todo este sudor de negra caliente.
Samantha se levantó, se sentó en la cara de Sarah mientras el guardia la follaba desde atrás. Sarah lamía el coño de Samantha, lengua plana contra el clítoris, mientras recibía embestidas brutales. El guardia alternaba: sacaba de Sarah, metía en Samantha, manos agarrando tetas, pellizcando pezones, palmadas en culos sudados que dejaban marcas rojas.
El sonido era obsceno: chapoteo de coños mojados, gemidos ahogados, carne chocando. El sudor volaba con cada movimiento.
Las celdas del pasillo empezaron a reaccionar. Voces femeninas gritando:
—¡Mira nomás al guardia! ¡Se está cogiendo a las dos!
—¡Pásala por aquí, papi! ¡Yo también estoy caliente!
—¡Chifla, perras! ¡Que se oiga!
Chiflidos, golpes en barrotes, risas sucias, algunas masturbándose en sus celdas al oír los gemidos.
El guardia se corrió primero dentro de Sarah, chorros calientes llenándola mientras ella gritaba, orgasmo apretando alrededor de él. Samantha se vino en la boca de Sarah, chorros en su cara. Luego él sacó, se masturbó sobre las tetas de Samantha, semen espeso mezclándose con sudor.
Se limpiaron rápido con una sábana sucia. Él se subió el pantalón, jadeando.
—Limpien esa mierda antes de que vuelva.
Salió, cerró la puerta, agarró el carrito. Mientras empujaba hacia la zona de lavado, el pasillo entero explotó:
—¡Oficial! ¡Ven aquí! ¡Yo también quiero!
—¡Entra a mi celda, papi!
—¡No seas egoísta, compártelo!
Él sonrió, verga aún semi-dura, empujando el carrito con bolsas de ropa sucia... y el olor de sexo impregnado en su uniforme.
En la última celda, Samantha y Sarah se miraron, sudadas, satisfechas, riendo bajito mientras se limpiaban con lo que quedaba.
—Mañana es día de visita... pero hoy fue mejor.
El calor seguía, pero por un rato, el bloque C se sintió un poco menos infierno.

Pero bueno, eso es todo por hoy, síganme, den puntos, favoritos, comenten y todo eso, recuerden que subo post CASI todos los viernes. Nos vemos en el siguiente post, adiós.
Sobre los grupos de Whats, que mucha gente me ha estado preguntando, creo que Poringa ya no me deja publicarlos, pero si quieren unirse, pueden mandarme mensaje directo
El guardia —un tipo de unos 35 años, fornido, uniforme caqui empapado en axilas y espalda, macana colgando del cinturón, radio crepitando en el hombro— empujaba el carrito de lavandería por el pasillo del bloque C. Era un contenedor grande de metal con ruedas chirriantes, pintado de gris institucional, con tapa abatible. El anuncio había sido rutinario, gritado al inicio del pasillo:
—¡Día de lavandería, señoras! ¡Todo lo que quieran lavar al contenedor! ¡Uniformes, ropa interior, toallas, sábanas! ¡No hay segunda vuelta! ¡Si no lo tiran ahora, se quedan oliendo a culo hasta la próxima semana!
Las celdas eran de dos personas, barrotes verticales gruesos, puertas de acero que se abrían con llave pesada. A lo largo del pasillo, mujeres asomaban bolsas de malla blanca con su ropa sucia: calcetines grises, bragas desgastadas, camisetas manchadas de sudor, sábanas arrugadas. Algunas gritaban coqueteos al guardia mientras él recogía:
—Oye, guapo, ¿me traes de vuelta algo limpio o solo vas a oler mi tanga?
Él respondía con risas forzadas, pero seguía empujando el carrito, recogiendo bolsas, anotando números de celda en un clipboard. El calor lo tenía irritado, el sudor le escurría por la frente, pero también lo ponía cachondo: el pasillo entero olía a mujeres sudadas, feromonas en el aire denso.
Llegó al final del pasillo, la última celda a la derecha. Ahí estaban Samantha y Sarah.
Samantha, caucásica, cabello castaño largo y lacio pegado a la nuca por el sudor, acostada boca arriba en el catre inferior. Llevaba solo el brasier deportivo naranja del uniforme (recortado para que mostrara más piel) y los pantalones anchos bajados hasta medio muslo, dejando ver el borde de unas bragas blancas empapadas. Leía un libro viejo de bolsillo, piernas abiertas para que el poco aire circulara, pezones marcados contra la tela húmeda.
Sarah, negra, cabello afro muy rizado y esponjoso (húmedo, brillando), haciendo dominadas en la barra horizontal que habían improvisado con tubos de la litera superior. Solo llevaba el pantalón del uniforme (bajado en la cintura) y un top corto improvisado con una camiseta rasgada, abdomen marcado sudando ríos, músculos flexionándose con cada repetición. Gotas caían de su frente al piso de concreto.
El guardia golpeó los barrotes con la macana —¡clang! clang! clang!— fuerte, eco retumbando.
—¿Qué no oyeron, putas? ¡Es día de lavandería! ¡Bolsa al contenedor, ahora!
Samantha dejó el libro a un lado, se incorporó despacio, estirándose como gata. Sarah bajó de la barra de un salto, aterrizando con pies descalzos en el piso caliente. Ambas se miraron, sonrieron con complicidad. El calor las tenía ardiendo por dentro también —días sin tocarse decentemente, cuerpos hipersensibles por el sudor y la frustración acumulada.
Sarah se acercó a los barrotes primero, pechos subiendo y bajando con la respiración agitada.
—Oye, oficial... el calor está cabrón. No tengo ganas de moverme. ¿Por qué no entras y nos quitas la ropa tú mismo? —dijo con voz ronca, lamiéndose los labios salados—. Total, ya nos viste sudadas... ¿o te da miedo mancharte?
Samantha se paró detrás, pegando su cuerpo al de Sarah por atrás, manos en la cintura de ella.
—Sí, oficial... ven, quítanos todo. Estamos mojadas... y no solo de sudor.
El guardia miró alrededor: el pasillo ya se había vaciado un poco, pero las celdas cercanas tenían ojos curiosos. Tragó saliva, verga ya endureciéndose bajo el pantalón. Sacó la llave, abrió la puerta con mano temblorosa.
—Entren al fondo. Manos a la pared.
Entró, cerró la puerta detrás. El carrito quedó afuera.
Adentro, el calor era peor: dos cuerpos sudados, olor a sexo incipiente. Samantha y Sarah se pusieron contra la pared, manos arriba, culos en pompa.
Él empezó por Samantha: agarró el brasier por atrás, lo rasgó de un tirón (la tela cedió fácil por el sudor). Tetás libres, pezones duros y rosados brillando. Bajó los pantalones de un jalón, bragas blancas empapadas pegadas al coño hinchado. Metió dedos bajo la tela, frotó el clítoris empapado mientras ella gemía bajito.
—Joder... estás chorreando —gruñó.
Sarah se giró, se quitó el top sola, tetas grandes y firmes rebotando, pezones oscuros erectos. Se bajó los pantalones y bragas de golpe, coño depilado reluciendo de sudor y jugos.
—Mi turno, papi.
Él la empujó contra el catre. Samantha se arrodilló primero, le bajó el cierre del pantalón, sacó la verga dura, venosa, ya goteando. La chupó profundo mientras Sarah se sentaba en el borde del catre, abriendo piernas. El guardia metió la cara entre los muslos de Sarah, lamiendo el sudor salado mezclado con el sabor almizclado de su excitación, lengua hundiéndose en el coño hinchado.
Sarah agarró su cabeza, empujándolo más.
—Come, cabrón... lame todo este sudor de negra caliente.
Samantha se levantó, se sentó en la cara de Sarah mientras el guardia la follaba desde atrás. Sarah lamía el coño de Samantha, lengua plana contra el clítoris, mientras recibía embestidas brutales. El guardia alternaba: sacaba de Sarah, metía en Samantha, manos agarrando tetas, pellizcando pezones, palmadas en culos sudados que dejaban marcas rojas.
El sonido era obsceno: chapoteo de coños mojados, gemidos ahogados, carne chocando. El sudor volaba con cada movimiento.
Las celdas del pasillo empezaron a reaccionar. Voces femeninas gritando:
—¡Mira nomás al guardia! ¡Se está cogiendo a las dos!
—¡Pásala por aquí, papi! ¡Yo también estoy caliente!
—¡Chifla, perras! ¡Que se oiga!
Chiflidos, golpes en barrotes, risas sucias, algunas masturbándose en sus celdas al oír los gemidos.
El guardia se corrió primero dentro de Sarah, chorros calientes llenándola mientras ella gritaba, orgasmo apretando alrededor de él. Samantha se vino en la boca de Sarah, chorros en su cara. Luego él sacó, se masturbó sobre las tetas de Samantha, semen espeso mezclándose con sudor.
Se limpiaron rápido con una sábana sucia. Él se subió el pantalón, jadeando.
—Limpien esa mierda antes de que vuelva.
Salió, cerró la puerta, agarró el carrito. Mientras empujaba hacia la zona de lavado, el pasillo entero explotó:
—¡Oficial! ¡Ven aquí! ¡Yo también quiero!
—¡Entra a mi celda, papi!
—¡No seas egoísta, compártelo!
Él sonrió, verga aún semi-dura, empujando el carrito con bolsas de ropa sucia... y el olor de sexo impregnado en su uniforme.
En la última celda, Samantha y Sarah se miraron, sudadas, satisfechas, riendo bajito mientras se limpiaban con lo que quedaba.
—Mañana es día de visita... pero hoy fue mejor.
El calor seguía, pero por un rato, el bloque C se sintió un poco menos infierno.

Pero bueno, eso es todo por hoy, síganme, den puntos, favoritos, comenten y todo eso, recuerden que subo post CASI todos los viernes. Nos vemos en el siguiente post, adiós.
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