Hola :
"Me llamo Diego, tengo 28 años y vivo en el departamento de al lado del de Ayelén. Siempre la veía pasar por el pasillo: morocha, curvilínea, con esa panza suave, tetas grandes y esa actitud de "soy la reina y vos un insecto".

En la foto que le saqué sin que se diera cuenta (sí, soy un enfermo), estaba en su cocina a la 1:31 de la mañana, con ese top dorado pegado al cuerpo, jeans negros ajustados y los pies descalzos sobre el piso mugriento. Tenía los brazos tatuados, aros grandes, y esa sonrisa de "sé que me mirás, perrito".Esa noche no pude dormir. La oí cocinando algo pesado: frituras, aceite hirviendo, olor a grasa y comida casera que se colaba por debajo de la puerta. Me pajee pensando en ella, pero no me corrí. Quería guardarme para algo real.
A la mañana siguiente, golpeé su puerta con una excusa boluda: "Ayelén, ¿tenés sal? Se me acabó". Me abrió en shortcito corto, remera ajustada y descalza. Los pies… Dios, los pies. Estaban negros de suciedad del piso, con restos de aceite frito pegados en las plantas, entre los dedos brillaban gotas de grasa amarillenta, y las uñas pintadas de negro tenían mugre acumulada. Olían fuerte: mezcla de sudor, aceite quemado y esa esencia femenina que me volvía loco.—¿Sal? —dijo riéndose—. Pasá, Diego, pero vas a tener que ganártela.Entré temblando. Cerró la puerta con llave.

Me miró de arriba abajo y me empujó contra la pared con una mano en el pecho.—Arrodillate, vecino. Sé que me espiás desde hace meses. Y hoy vas a pagar por eso.Caí de rodillas sin pensarlo.
Ella se sentó en una silla de la cocina, estiró las piernas y puso un pie sucio justo frente a mi cara.—Mirá lo que te preparé anoche mientras cocinaba. Aceite, grasa, pedacitos de comida quemada… todo para vos. Lamé. Comé. Y no pares hasta que yo diga.
El olor me golpeó como un puñetazo: rancio, salado, aceitoso. La planta estaba pegajosa, con una capa gruesa de grasa que se desprendía en hilos cuando la acercaba. Saqué la lengua y la pasé por el arco del pie. El sabor era asqueroso y delicioso al mismo tiempo: sal, aceite viejo, tierra del piso, sudor de todo el día. Chupé entre los dedos, donde había más acumulación. Pedacitos negros se me pegaban en la lengua, los tragaba sin masticar.
—Más profundo, puto. Meté la lengua entre los dedos como si fuera mi concha.Obedecí. Lamí, succioné, tragué todo. Ella gemía de placer, no por el lamido, sino por el poder. Me agarró del pelo y me aplastó la cara contra la planta. Sentí el peso de su pie empujándome contra el piso. Me pisó la mejilla, restregando la grasa por toda mi cara.—Mirá cómo te unto, Diego. Ahora sos mi trapo de cocina humano.Me obligó a abrir la boca y metió los cinco dedos. Los chupé como si fueran una verga.
La grasa se derretía en mi boca, me corría por la barbilla. Ella reía.—Tragá todo, cerdo. No quiero ni una gota en el piso.Después se paró sobre mí. Primero un pie en mi pecho, aplastándome contra el suelo frío de la cocina. Sentí sus 70-80 kilos (o lo que pese esa diosa) presionando mis costillas. Me costaba respirar, pero mi pija estaba dura como piedra.—Sacate la ropa, rápido.Me desnudé temblando. Ella se sentó en el sillón y me ordenó gatear hasta sus pies. Me pisó la verga con la planta grasienta, restregando arriba y abajo. El aceite lubricaba todo, pero dolía: pisaba fuerte, aplastaba mis huevos contra el piso.
—¿Te gusta que te rompa la pija con mis pies sucios? Decímelo.—Sí, Ayelén… por favor, rompeme…Me pisoteó los huevos, los aplastó despacio, me hizo gemir de dolor y placer. Después me ordenó ponerme boca arriba. Se paró sobre mi cara, un pie tapándome la nariz y boca. Respiraba su olor directo, tragando aire con grasa.—Abrí la boca, voy a limpiarte la garganta con mis dedos.Metió el pie entero en mi boca, lo más que pudo. Me ahogaba, las arcadas venían, pero ella empujaba más. Lágrimas corrían por mi cara mezcladas con aceite.—Buen chico. Ahora date vuelta.
Me puso en cuatro patas. Se sentó atrás mío y me pisó la nuca contra el piso. Con el otro pie me masturbaba brutalmente, pisando y restregando hasta que no aguanté más.—Corréte, pero en mis pies. Y después los vas a limpiar de nuevo.Eyaculé fuerte, chorros calientes sobre sus plantas ya sucias. El semen se mezcló con la grasa, blanco y viscoso. Ella restregó el pie en mi cara.—Limpialo todo, Diego. Comé tu leche mezclada con mi mugre.Lamí, tragué, me rompí del todo. Quedé tirado en el piso, cubierto de aceite, semen y humillación.
Ella se levantó, me miró con desprecio y dijo:—Mañana volvés a las 8.
Traé lengua limpia… porque voy a cocinar de nuevo.Y cerró la puerta.
"Me llamo Diego, tengo 28 años y vivo en el departamento de al lado del de Ayelén. Siempre la veía pasar por el pasillo: morocha, curvilínea, con esa panza suave, tetas grandes y esa actitud de "soy la reina y vos un insecto".

En la foto que le saqué sin que se diera cuenta (sí, soy un enfermo), estaba en su cocina a la 1:31 de la mañana, con ese top dorado pegado al cuerpo, jeans negros ajustados y los pies descalzos sobre el piso mugriento. Tenía los brazos tatuados, aros grandes, y esa sonrisa de "sé que me mirás, perrito".Esa noche no pude dormir. La oí cocinando algo pesado: frituras, aceite hirviendo, olor a grasa y comida casera que se colaba por debajo de la puerta. Me pajee pensando en ella, pero no me corrí. Quería guardarme para algo real.
A la mañana siguiente, golpeé su puerta con una excusa boluda: "Ayelén, ¿tenés sal? Se me acabó". Me abrió en shortcito corto, remera ajustada y descalza. Los pies… Dios, los pies. Estaban negros de suciedad del piso, con restos de aceite frito pegados en las plantas, entre los dedos brillaban gotas de grasa amarillenta, y las uñas pintadas de negro tenían mugre acumulada. Olían fuerte: mezcla de sudor, aceite quemado y esa esencia femenina que me volvía loco.—¿Sal? —dijo riéndose—. Pasá, Diego, pero vas a tener que ganártela.Entré temblando. Cerró la puerta con llave.

Me miró de arriba abajo y me empujó contra la pared con una mano en el pecho.—Arrodillate, vecino. Sé que me espiás desde hace meses. Y hoy vas a pagar por eso.Caí de rodillas sin pensarlo.
Ella se sentó en una silla de la cocina, estiró las piernas y puso un pie sucio justo frente a mi cara.—Mirá lo que te preparé anoche mientras cocinaba. Aceite, grasa, pedacitos de comida quemada… todo para vos. Lamé. Comé. Y no pares hasta que yo diga.
El olor me golpeó como un puñetazo: rancio, salado, aceitoso. La planta estaba pegajosa, con una capa gruesa de grasa que se desprendía en hilos cuando la acercaba. Saqué la lengua y la pasé por el arco del pie. El sabor era asqueroso y delicioso al mismo tiempo: sal, aceite viejo, tierra del piso, sudor de todo el día. Chupé entre los dedos, donde había más acumulación. Pedacitos negros se me pegaban en la lengua, los tragaba sin masticar.
—Más profundo, puto. Meté la lengua entre los dedos como si fuera mi concha.Obedecí. Lamí, succioné, tragué todo. Ella gemía de placer, no por el lamido, sino por el poder. Me agarró del pelo y me aplastó la cara contra la planta. Sentí el peso de su pie empujándome contra el piso. Me pisó la mejilla, restregando la grasa por toda mi cara.—Mirá cómo te unto, Diego. Ahora sos mi trapo de cocina humano.Me obligó a abrir la boca y metió los cinco dedos. Los chupé como si fueran una verga.
La grasa se derretía en mi boca, me corría por la barbilla. Ella reía.—Tragá todo, cerdo. No quiero ni una gota en el piso.Después se paró sobre mí. Primero un pie en mi pecho, aplastándome contra el suelo frío de la cocina. Sentí sus 70-80 kilos (o lo que pese esa diosa) presionando mis costillas. Me costaba respirar, pero mi pija estaba dura como piedra.—Sacate la ropa, rápido.Me desnudé temblando. Ella se sentó en el sillón y me ordenó gatear hasta sus pies. Me pisó la verga con la planta grasienta, restregando arriba y abajo. El aceite lubricaba todo, pero dolía: pisaba fuerte, aplastaba mis huevos contra el piso.
—¿Te gusta que te rompa la pija con mis pies sucios? Decímelo.—Sí, Ayelén… por favor, rompeme…Me pisoteó los huevos, los aplastó despacio, me hizo gemir de dolor y placer. Después me ordenó ponerme boca arriba. Se paró sobre mi cara, un pie tapándome la nariz y boca. Respiraba su olor directo, tragando aire con grasa.—Abrí la boca, voy a limpiarte la garganta con mis dedos.Metió el pie entero en mi boca, lo más que pudo. Me ahogaba, las arcadas venían, pero ella empujaba más. Lágrimas corrían por mi cara mezcladas con aceite.—Buen chico. Ahora date vuelta.
Me puso en cuatro patas. Se sentó atrás mío y me pisó la nuca contra el piso. Con el otro pie me masturbaba brutalmente, pisando y restregando hasta que no aguanté más.—Corréte, pero en mis pies. Y después los vas a limpiar de nuevo.Eyaculé fuerte, chorros calientes sobre sus plantas ya sucias. El semen se mezcló con la grasa, blanco y viscoso. Ella restregó el pie en mi cara.—Limpialo todo, Diego. Comé tu leche mezclada con mi mugre.Lamí, tragué, me rompí del todo. Quedé tirado en el piso, cubierto de aceite, semen y humillación.
Ella se levantó, me miró con desprecio y dijo:—Mañana volvés a las 8.
Traé lengua limpia… porque voy a cocinar de nuevo.Y cerró la puerta.
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