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La primer pija que probe

Era un sábado por la tarde del verano del 2000, y el calor sofocante había dejado las calles del barrio desiertas. Mi pelo largo y desprolijo me obligó a visitar la peluquería de Carlos, mi peluquero de confianza desde hacía tres años. El lugar estaba vacío, con el aroma a loción para después de afeitar impregnando el aire y el murmullo de un partido de fútbol en la tele como único sonido de fondo. El zumbido de las tijeras eléctricas y el crujir de la silla de cuero me dieron la bienvenida.

—Buenas tardes, Carlos, vengo a cortarme el pelo —dije, dejando mi mochila en una silla.

—Javier, ¡cuánto tiempo, amigo! —respondió con una sonrisa cálida, sus ojos brillando con esa chispa que siempre me hacía sentir a gusto—. ¡Ese pelo está pidiendo un cambio! ¿Cómo anda Sabrina?

—Bien, en casa, esperando que vuelva con un corte decente —bromeé, acomodándome frente al espejo.

Carlos, de unos cincuenta y pico de años, tenía una presencia magnética, curtida por el tiempo. Sus movimientos eran seguros, casi calculados, y siempre había notado que, al cortar, su cuerpo rozaba el mío de una manera que parecía casual. Pero ese día, la atmósfera se sentía cargada, diferente. Mientras ajustaba la capa alrededor de mi cuello, sus dedos rozaron mi nuca con una suavidad que me erizó la piel.

Empezó a cortar, y charlábamos sobre el partido en la tele, los gritos de los relatores colándose entre nuestras palabras. Pero entonces, mientras cortaba el lateral de mi cabeza, sentí un roce inconfundible: su pija, dura bajo la tela suave de su jogging gris, presionó contra mi mano derecha, que descansaba en el apoyabrazos. No fue un toque accidental; fue un contacto lento y firme, la cabeza de su pija marcándose claramente contra mis dedos a través de la tela delgada y elástica, que permitía sentir cada contorno, cada vena palpitante. El calor que desprendía atravesaba el material, y mi respiración se entrecortó. Lo miré por el espejo, pero él seguía cortando, con una expresión neutra que no engañaba.

El juego de roces continuó, cada vez más descarado. Sentía la dureza, el calor, la forma completa de su pija presionando contra mis dedos, y mi cuerpo respondía sin que pudiera controlarlo. Cuando terminó el corte, la tensión en el aire era casi insoportable.

En el lavadero, el agua tibia corría por mi cabello mientras sus manos masajeaban mi cuero cabelludo con una lentitud casi erótica. Cuando terminó, me dijo:

—Párate, te seco.

Me levanté y me coloqué frente al espejo. Entonces, sin previo aviso, se posicionó detrás de mí, tan cerca que sentí su pija erecta presionando con fuerza contra mi cola. A través de mis pantalones deportivos de River, podía sentir la forma completa, dura y caliente, apretándose contra mi cola con una presión posesiva.

—Espera, voy a cerrar la puerta —dijo, y el clic del cerrojo resonó como una sentencia.

Volvió y me guio hacia el fondo de la peluquería, a un pequeño cuarto trasero con una cortina que apenas ofrecía intimidad. Pero antes de entrar, se detuvo y volvió a presionar su pija contra mi cola, esta vez con más fuerza. La presión era abrumadora, su pija marcándose contra mí, y por un momento, pensé que intentaría algo más. Mi cuerpo temblaba de deseo, pero también de nervios.

—Quiero cogerte —susurró, su voz cargada de deseo, mientras su pija seguía presionando contra mi cola.

—No, nada de eso —respondí, con el corazón acelerado—. Solo quiero… probar otra cosa, pero no eso. No estoy listo.

—Tranquilo, vos marcás el ritmo —dijo, retrocediendo un poco, aunque su mirada seguía encendida.

Pero entonces, con un movimiento decidido, Carlos bajó su jogging, liberando su pija erecta al aire. Era imponente, gruesa y larga, con la piel tensa y venas marcadas. Sin darme tiempo a reaccionar, se acercó de nuevo y apoyó su pija desnuda directamente contra mi cola, piel contra tela. Luego, con audacia, metió las manos por la cintura elástica de mis pantalones deportivos y de un tirón firme bajó tanto el pantalón como el bóxer de un solo movimiento, dejándome completamente desnudo de la cintura para abajo. El aire fresco del cuartito rozó mi piel expuesta y mi propia pija, ya dura y goteando, quedó al descubierto. Sentí la vergüenza y la excitación mezclarse mientras Carlos volvía a presionar su pija caliente y suave directamente contra mi cola desnuda, piel contra piel.

La cabeza de su pija, húmeda por la excitación, se deslizó varias veces por el surco de mi cola, rozando con lentitud deliberada, y luego la dirigió con precisión contra mi ano, presionando con firmeza pero sin penetrar. El contacto directo, caliente, resbaladizo, me hizo temblar de pies a cabeza; sentía cada latido de su pija contra mi entrada, la humedad que dejaba en mi piel, y esa presión insistente me volvió loco de ganas, me transformó en una putita total, ansiosa por más aunque el miedo aún me retenía.

—Sentilo bien —murmuró, moviéndose rítmicamente, apoyando la cabeza de su pija contra mi ano una y otra vez, cada roce enviando oleadas de placer que me debilitaban las rodillas.

Gemí como putita, un gemido agudo y entrecortado que no pude contener, y las palabras se me escaparon solas:

—No… no, para… nunca hice nada gay… nunca… —decía, pero mi voz sonaba débil, temblorosa, y mi cuerpo se arqueaba hacia atrás involuntariamente, empujando mi cola contra su pija, buscando más contacto a pesar de mis palabras.

Carlos soltó una risa baja, ronca, y se alejó apenas lo suficiente para mirarme a los ojos. Su pija seguía dura, apuntando hacia mí como una promesa.

—Tranquila, putita… si nunca hiciste nada, hoy vas a empezar bien —dijo, y con un gesto suave pero firme me tomó de los hombros y me hizo girar.

Me arrodillé casi sin darme cuenta, las rodillas tocando el piso frío del cuartito trasero. Mi cara quedó a la altura de su pija, que palpitaba frente a mí, la cabeza brillante por la excitación. Carlos me miró desde arriba, con esa sonrisa pícara y dominante.

—Besala primero… despacito… como si fuera lo único que existe ahora.

Me acerqué, inseguro, y apoyé los labios en la punta. Un beso suave, apenas rozando la piel cálida y suave de la cabeza. El calor que desprendía era intenso, y el leve aroma masculino me envolvió, despertando un hambre inesperada. Volví a besarla, esta vez con más intención, dejando que mis labios se presionaran contra la cabeza, sintiendo la textura lisa y la leve humedad de las gotas de excitación que perlaban la punta. Cada beso era más prolongado, más curioso; planté besos húmedos alrededor de la cabeza, dejando que mis labios se deslizaran lentamente, explorando el borde sensible donde la piel se unía al tronco. Mis movimientos eran torpes, vacilantes por la inexperiencia, pero cargados de muchas ganas, de una curiosidad febril que me impulsaba a presionar más, a saborear más.

Pasé la lengua con cuidado, primero alrededor de la cabeza, sintiendo su suavidad y las venas que palpitaban bajo la piel, lamiendo con lenguetazos tímidos pero ansiosos, como si no pudiera resistirme. Luego, me animé a lamer más abajo, siguiendo el contorno de su pija, desde la base hasta la punta, dejando que mi lengua se deslizara lentamente, explorando cada centímetro con torpeza inicial —a veces demasiado rápido, a veces dudando—, pero con un entusiasmo creciente que me hacía repetir los lenguetazos, saboreando el sabor salado y cálido que me hacía temblar de nervios y deseo. Chupé la punta con suavidad, dejando que mis labios la envolvieran, sintiendo cómo se endurecía aún más en mi boca. Mis movimientos eran inexpertos, con succiones irregulares y lenguetazos erráticos, pero las ganas lo compensaban todo; lamía con avidez, dejando que mi lengua jugara con la cabeza, rodeándola en círculos torpes pero apasionados, mientras mis labios se deslizaban hacia abajo, luchando por abarcar más.

Carlos gemía bajo, sus manos en mi pelo, guiándome sin apuro.

—Así, putita… justo así… nunca lo hiciste y ya chupás como si hubieras nacido para esto.

Sus palabras me encendieron más. Lo miré desde abajo, con los labios todavía alrededor de su pija, y seguí con más intensidad, moviendo la cabeza con ritmo, dejando que mi boca lo envolviera por completo. De repente, un gemido profundo escapó de su garganta, y su liberación me inundó la boca, caliente, abundante, con un sabor salado que me sorprendió y me excitó al mismo tiempo. Traté de tragar algo de esa leche espesa y cálida, pero era demasiada; parte se escapó por las comisuras de mis labios, y en ese instante, sin tocarme, mi cuerpo explotó en un orgasmo intenso, dejando una mancha húmeda en el piso y en mis pantalones que seguían a medio bajar. Abrumado por la vergüenza —no dejaba de ser mi primera pija, mi primera vez rindiéndome así—, me levanté de golpe, me subí el bóxer y el pantalón a toda prisa, me limpié la boca con el dorso de la mano y salí corriendo del cuarto trasero, sin darle tiempo a decir nada.

Me lavé la cara en el lavadero a toda prisa, tratando de procesar lo que acababa de pasar, pero los restos de su leche aún se sentían en mis labios y en mi barbilla. Carlos me miró con una sonrisa cómplice mientras terminaba de secarme el pelo rápidamente.

—Volvé cuando quieras, Javier —dijo, guiñándome un ojo.

Salí de la peluquería con las piernas temblorosas, el calor del verano pegándose a mi piel. Cuando llegué a casa, Sabrina me recibió con una mirada traviesa.

—Hola, amor —dije, intentando sonar normal.

—Hola, putito —respondió, riendo, mientras se acercaba y pasaba un dedo por una mancha húmeda en mi camiseta, cerca del cuello—. ¿Eso es leche? —preguntó, llevándose el dedo a la boca y probándolo con curiosidad, saboreando los restos del semen de Carlos que se habían escapado—. Mmm, sabe raro... ¿Qué anduviste haciendo?

Me reí, nervioso, y cambié de tema. Pero ese sábado en la peluquería se quedó grabado en mi memoria, un secreto que aún me hace estremecer.

2 comentarios - La primer pija que probe

megak_0
y por que la epsosa le dice putito?agrega una segund aparte donde ella sabia lo que iba a pasar
megak_0
y por que la epsosa le dice putito?agrega una segund aparte donde ella sabia lo que iba a pasar