You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Deseo en silencio

Deseo en Silencio

Deseo en silencio

Soy una maestra de 35 años, con una vida ordenada y predecible, pero todo cambia cuando ella entra en mi aula. Mi estudiante indígena, esa belleza morena de curvas imposibles que me enciende el fuego en las venas cada vez que la veo. La primera vez que la noté, fue como si un rayo me atravesara el coño; su piel olivácea, su cabello negro y largo cayendo como una cascada, y esos ojos profundos que parecen guardar secretos ancestrales. Pero es su cuerpo lo que me obsesiona, lo que me hace perder el control. Dos veces por semana, los martes y jueves, llega a clase y mi mundo se reduce a ella, a su presencia que me humedece las bragas antes siquiera de que se siente.

Hoy es martes, y ya estoy ansiosa, sentada en mi escritorio con las piernas cruzadas para disimular el calor que sube desde mi entrepierna. La veo entrar, vestida con esa ropa tradicional que me vuelve loca. Lleva una blusa blanca, casi transparente, de esas que abrazan su torso como una segunda piel. Bajo la tela fina, se transparenta su sostén sexy, negro y con encaje, que apenas contiene sus tetas enormes, redondas y firmes. Dios, esas tetas me matan; se mueven con cada paso que da, rebotando ligeramente, y juro que puedo ver el contorno de sus pezones endurecidos contra la tela. Me imagino arrancándole esa blusa, liberando esos pechos pesados para chuparlos, morderlos, hasta que ella gima mi nombre. Mi coño palpita solo de pensarlo, y tengo que apretar los muslos para no tocarme ahí mismo, en medio de la clase.

Ella se sienta en la primera fila, como siempre, inocente de lo que provoca en mí. Mientras explico la lección, mis ojos se desvían a su escote, a cómo la blusa se abre un poco cuando se inclina para escribir, dejando ver más de esa piel suave y morena. Quiero meter mi mano ahí, acariciar esos senos grandes, pellizcar sus pezones hasta que se pongan duros como piedras. Siento cómo mi clítoris se hincha, y un chorrito de jugos me moja las bragas. No puedo evitarlo; cada vez que la miro, mi cuerpo traiciona mi profesionalismo. Dos veces por semana, esto es una tortura deliciosa. La veo tomar notas, con esa concentración que hace que muerda su labio inferior, y yo solo pienso en besarla, en meter mi lengua en su boca mientras mis manos exploran su cuerpo.

Pero lo peor –o lo mejor– es cuando se levanta para irse, o para preguntar algo. Ahí es cuando gira y camina de espaldas hacia la puerta. Esa falda negra larga, ajustada en la cintura y cayendo hasta los tobillos, pero oh, cómo se mueve. Sus nalgas grandes, redondas y carnosas, se balancean con cada paso, como si me invitaran a seguirlas. La falda se pega a sus curvas, marcando el vaivén hipnótico de su culo, ese culo indígena perfecto que parece hecho para ser agarrado, azotado, follado. Me imagino detrás de ella, levantándole la falda, bajándole las bragas –si es que lleva– y hundiendo mi cara entre esas nalgas suaves, lamiendo su coñito húmedo mientras ella se arquea. Siento que mis jugos corren por mis muslos; estoy tan mojada que tengo que fingir que toso para no gemir en voz alta.
Al final de la clase, cuando todos se van, me quedo sola en el aula, con el corazón latiendo fuerte y el coño ardiendo. Camino a casa con las piernas temblorosas, reviviendo cada detalle: sus tetas rebosantes en esa blusa translúcida, su culo moviéndose como una promesa de placer infinito. Llego a mi apartamento, cierro la puerta y me tiro en la cama sin siquiera quitarme la ropa. Me bajo las bragas empapadas, y mis dedos van directo a mi clítoris hinchado. Me masturbo furiosamente, imaginando que la traigo aquí, a mi cama. La veo desnuda, con solo esa falda negra subida hasta la cintura, sus tetas grandes balanceándose mientras se monta sobre mí. "Ven, mi indígena preciosa", le susurro en mi mente, "déjame follarte como mereces".


Profesora

En mi fantasía, la tumbo boca arriba, le abro las piernas y hundo mi lengua en su coño jugoso, saboreando su miel dulce mientras ella grita de placer. Sus nalgas se aprietan contra las sábanas, y yo las agarro fuerte, metiendo un dedo en su culo apretado para hacerla enloquecer. Luego, me imagino con un strap-on, penetrándola profundo, follando su coño indígena con embestidas salvajes, mientras sus tetas rebotan y ella me araña la espalda. "¡Más, profe, fóllame más!", la oigo gemir en mi cabeza. Mi mano vuela sobre mi clítoris, meto dos dedos en mi coño chorreante, y exploto en un orgasmo que me deja temblando, gritando su nombre en la soledad de mi habitación.

Pero noes suficiente. Mañana es jueves, y volverá con esa ropa que me enciende. Volveré a mojarme en clase, a desearla con un hambre que no se sacia. Algún día, tal vez, convierta esta fantasía en realidad. Por ahora, vivo de estos momentos ardientes, de este deseo que me consume. Mi estudiante indígena, mi obsesión secreta, la que hace que mi coño arda solo con mirarla.

Llego a casa con el cuerpo todavía vibrando, como si su presencia siguiera pegada a mi piel. Cierro la puerta con llave, apoyo la espalda contra ella un segundo y respiro hondo, pero el aire no me calma: solo hace que sienta más fuerte el latido entre mis piernas. Mis bragas están empapadas desde hace horas, desde que la vi caminar de espaldas con esa falda negra ondeando sobre sus nalgas grandes y firmes. Mequito los zapatos de un puntapié, me arranco la blusa sin cuidado y me bajo la falda y las bragas de un solo movimiento. Están tan mojadas que se pegan a mis muslos; las dejo caer al suelo y camino desnuda hacia el dormitorio, sintiendo cómo mis jugos resbalan por el interior de mis piernas con cada paso.

Me tiro en la cama boca arriba, abro las piernas de par en par y me quedo mirando el techo un instante, imaginándola a ella. Todavía llevo su imagen grabada: la blusa blanca casi transparente, sus tetas enormes apretadas contra el encaje negro del sostén, los pezones marcados como si pidieran ser chupados. Y ese culo… Dios, ese culo moviéndose bajo la falda larga, balanceándose como si me estuviera invitando a morderlo.

Mis manos van solas. Primero acaricio mis tetas, pellizco mis pezones duros hasta que duele rico, imaginando que son sus manos morenas las que me tocan. Bajo una mano despacio por mi vientre, rozo el monte de Venus y llego al clítoris hinchado, sensible, palpitante. Lo toco apenas con la yema de los dedos y ya gimo fuerte, porque está tan inflamado que cada roce es electricidad pura. Empiezo a frotarlo en círculos lentos, muy lentos al principio, mientras con la otra mano me abro los labios del coño para sentir el aire fresco contra la carne caliente y mojada.

En mi cabeza ella está aquí, arrodillada entre mis piernas. La veo quitándose esa blusa blanca despacio, dejando caer la tela y liberando esas tetas pesadas que rebotan frente a mis ojos. Me imagino agarrándolas con las dos manos, apretándolas, hundiendo la cara entre ellas mientras huelo su piel morena, ese olor a tierra y a mujer que me enloquece. “Chúpame las tetas, profe”, la escucho susurrar en mi fantasía, y yo obedezco: me llevo un pezón a la boca, lo succiono fuerte, lo muerdo suave, y siento cómo mi coño se contrae solo de imaginar su sabor.

Acelero el movimiento en mi clítoris, ahora froto más rápido, más fuerte. Meto dos dedos dentro de mí de golpe; estoy tan mojada que entran sin resistencia, resbaladizos, calientes. Empiezo a follarme con ellos, profundo, curvándolos para rozar ese punto que me hace arquear la espalda. “Sí, así, mi indígena preciosa… fóllame con tus dedos gruesos”, le digo en voz alta a la habitación vacía, mientras mi imaginación la pone encima de mí, montándome, frotando su coño peludito y húmedo contra el mío.

Me giro de lado, levanto una pierna y meto un tercer dedo, abriéndome más, sintiendo cómo mi coño se estira alrededor de ellos. Con el pulgar sigo machacando mi clítoris, en círculos rápidos, casi brutales. La veo de espaldas otra vez, con la falda subida hasta la cintura, las nalgas grandes abiertas frente a mí. Me imagino lamiéndole el culo, metiendo la lengua en su agujerito apretado mientras mis dedos la penetran por delante. “Métemela toda, profe… méteme la lengua en el culo y fóllame el coño al mismo tiempo”, gime en mi mente, y yo empujo más fuerte, más rápido.

Mi respiración se vuelve jadeos entrecortados. Siento el orgasmo subiendo como una ola desde lo más profundo de mi vientre. Aprieto los músculos alrededor de mis dedos, los meto hasta el fondo y los saco rápido, una y otra vez, mientras mi pulgar no para de frotar el clítoris hinchado. “¡Ven, córrete conmigo, mi amor indígena! ¡Córrete en mi boca!”, grito, y exploto.

El orgasmo me atraviesa entera. Mi coño se contrae violentamente alrededor de mis dedos, chorros calientes salen de mí, mojan las sábanas, mi mano, mi muslo. Tiembla todo mi cuerpo, las piernas se me cierran solas atrapando mi mano, y sigo frotando despacio, exprimiendo cada ola de placer hasta que me quedo temblando, jadeando, con el corazón en la garganta.

lesbiana

Me quedo tirada un rato, con los dedos todavía dentro, sintiendo los últimos espasmos. Mi coño late, sensible, satisfecho… pero no del todo. Porque sé que el jueves la volveré a ver, con esa misma blusa casi transparente, ese mismo culo moviéndose bajo la falda negra, y todo empezará de nuevo. Este deseo no se apaga; solo crece. Y yo, cada vez que me corro pensando en ella, solo quiero más. Mucho más.

0 comentarios - Deseo en silencio