
Las fantasías del profesor y su esposa
A las 2:37 de la tarde del jueves, Daniel empujó la puerta del departamento con el hombro. El pasillo todavía conservaba el aroma cítrico de su colonia matutina mezclado con el café que se había derramado en el termo durante el trayecto en bus. Cerró la puerta con el talón, dejó caer la mochila de lona que olía a libros viejos y a tiza, y se quitó los zapatos. El suelo de madera fría le mordió las plantas de los pies a través de los calcetines finos.
Subió las escaleras pisando solo los bordes para evitar los crujidos. El corazón le latía fuerte en los oídos, un tambor sordo y acelerado. Entró al dormitorio matrimonial, cerró la puerta con un clic suave del pestillo y sintió el aire acondicionado rozarle la nuca con un aliento fresco y seco.
Abrió la laptop. El ventilador interno zumbó al despertar. La pantalla se iluminó con un brillo azulado que le dolió un instante en los ojos. Ingresó la contraseña compartida—el día de su aniversario seguido del año— y el teclado hizo clic-clic bajo sus dedos sudorosos.
Entró a _2024-2→ Jueves 7-9.
Allí estaban las capturas: la chica del vestido crema plisado cuya tela, en la foto ampliada, mostraba arrugas donde se había adherido al sudor de la mañana; la de leggings negros que brillaban con lustre sintético bajo las luces del aula; la de blusa blanca cuyos botones parecían a punto de saltar cada vez que respiraba hondo para hablar. Daniel podía oler mentalmente el perfume dulzón de vainilla que flotaba cerca de su pupitre cada vez que ella pasaba a entregar un trabajo.
Se desabrochó el cinturón. El metal tintineó. Bajó el cierre con un siseo lento. El bóxer ya estaba húmedo en la punta. Se acomodó en la silla de cuero sintético que chirrió bajo su peso y empezó a acariciar su pene con la mano derecha, la palma caliente y ligeramente áspera por el roce constante del marcador en la pizarra.
El recuerdo llegó con todos los sentidos: el roce suave del cabello largo de la de crema contra su brazo cuando le pasó el USB esa mañana (con olor a champú de coco); el crujido elástico de los leggings de la otra al sentarse y cruzar las piernas; el leve jadeo ronco que soltó la de blusa blanca cuando entendió por fin el argumento y exclamó “¡ah, claro!” con voz somnolienta.
No alcanzó a terminar.
La puerta de abajo se abriócon un chirrido familiar. Pasos rápidos y ligeros en la escalera —tacones bajos que golpeaban la madera como gotas—. La voz de Valeria, cálida y un poco ronca por las tres clases seguidas:
—¿Ya empezaste sin mí profesor? Huelo el café rancio en ti desde aquí.
Entró trayendo consigo el aroma de jazmín mezclado con sudor limpio y libros nuevos. Se quitó la chaqueta de lana fina —el roce de la tela hizo un susurro— y la dejó caer sobre la cama. Se descalzó los zapatos con dos clacs secos.
Se acercó al escritorio. El aire se movió con ella, trayendo una ráfaga tibia de su cuerpo. Miró la pantalla por encima del hombro de él, su aliento mentolado rozándole la oreja.
—Esta… la del vestido crema—dijo, señalando con la uña roja oscura—. Hoy la vi en tu storie. ¿Fue la que se estiró al final? Sentí el crujido de la tela desde donde estaba corrigiendo exámenes.
Daniel asintió. Su mano seguía moviéndose despacio bajo el escritorio.
—Se estiró y la tela se le pegó justo aquí —murmuró, trazando la curva en el aire—. Olía a vainilla y a calor de piel. No pude dejar de olerla.
Valeria se sentó en el borde del escritorio. La madera crujió. Abrió ligeramente las piernas; la falda lápiz se subió con un roce sedoso, dejando ver el encaje negro de la media con liga. El aire se llenó de su aroma íntimo: jazmín, sudor suave y la humedad que ya empezaba a formarse entre sus muslos.
—¿Y con quién fantaseaste hoy? —preguntó con voz baja, casi un ronroneo—. ¿Con la de crema o con la deleggings?
—Con las dos —admitió él, la respiración entrecortada—. Pero más con la de crema. Me imaginé que se quedaba después de clase, que cerraba la puerta con ese clic lento, que se sentaba en mi escritorio y se subía el vestido despacio… el roce de la tela contra sus muslos sonando como papel arrugado.
Valeria sonrió. Se quitó la chaqueta del todo. Empezó a desabrocharse la blusa de seda: cada botón salía con un pequeño pop. El encaje del sostén negro apareció; sus senos ya tenían los pezones endurecidos marcándose contra la tela fina.
—¿Y yo? ¿Dónde estoy en esa fantasía?
—Mirando —dijo él—. Desde la puerta entreabierta. El corazón latiéndome en la garganta. Como la vez que hablamos de la chica de prácticas… pero oliendo tu perfume mientras las veo.
Ella se levantó. Bajó la cremallera lateral de la falda —un zumbido metálico largo y lento—. La tela cayó al suelo con un susurro pesado. Quedó en sostén, tanga y medias con liga. El aire se llenó del olor almizclado de su excitación.
Se acercó, se sentó ahorcajadas sobre él. La silla crujió. Sintió el calor húmedo de su vagina a través de la tanga rozándole el pene erecto. El roce fue eléctrico.
—¿Te gustaría que la invitáramos? —susurró, moviéndose apenas, el encaje raspando contra él—. Que viniera aquí, que se quitara ese vestido delante de los dos… que yo le pasara la lengua por el cuello y oliera su vainilla mientras tú miras.
Daniel gimió. Le bajó los tirantes del sostén. Sus senos se liberaron con un rebote suave; los pezones oscuros y duros rozaron su camisa. Los tomó en la boca, saboreando la sal ligera del sudor del día.
—O que se quedara solo en ropa interior… como tú ahora —dijo entre besos—. Y que se sentara en mi regazo igual que estás tú… oliendo a excitación y a tela caliente.
Valeria se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en el escritorio. La madera fría le erizó la piel dela espalda. Con una mano se apartó la tanga a un lado; el aire fresco le rozó la vagina expuesta y húmeda.
—Sácatelo todo —ordenó con voz ronca.
Daniel se levantó lo justo. Los pantalones y el bóxer cayeron con un ruido sordo. Ella lo guio: el pene duro entró en su vagina caliente, resbaladiza, apretada. Los dos jadearon al unísono. El olor de sexo empezó a llenar la habitación, mezclado con jazmín, vainilla imaginaria y sudor.
Mientras se movían —la silla chirriando rítmicamente, la respiración entrecortada, los gemidos bajos—,siguieron hablando.
—La de leggings… me imagino sus muslos apretándome la cintura, el nailon estirándose, el calor húmedo filtrándose —dijo él, empujando más profundo en la vagina de su esposa.
—Y la de crema… me imagino lamiéndole el cuello, saboreando el sudor dulce mientras tú la miras y te tocas—respondió ella, acelerando, las uñas clavándose en sus hombros a través de la camisa—. Me imagino que gime bajito, con miedo de que alguien la escuche… el sonido ahogado contra mi boca.
Daniel la tomó por las caderas, la piel caliente y resbaladiza bajo sus palmas. Empujó con fuerza. El escritorio tembló; un lápiz rodó y cayó al suelo con un tintineo.
—Y después las dos juntas…en nuestra cama —jadeó él—. Desnudas. Tocándose entre ellas, el roce de piel contra piel, gemidos mezclados, mientras nosotros las olemos, las tocamos, las probamos.
Valeria se tensó primero: un temblor profundo que empezó en su vientre y se extendió por todo el cuerpo. Su vagina se contrajo alrededor del pene de él en espasmos fuertes; soltó un gemido largo y ronco que vibró contra su cuello. El calor líquido la inundó.
Él la siguió segundos después: un gruñido gutural, el cuerpo temblando, enterrando el pene hasta el fondo mientras eyaculaba en pulsos calientes dentro de su vagina. El olor de semen y sexo se hizo denso, casi palpable.
Se quedaron así, unidos, respirando agitados. El sudor les pegaba la ropa a la piel. La frente de ella contra la de él, el aliento compartido.
Valeria sonrió, le dio un beso lento y húmedo en la comisura de la boca.
—¿Mañana viernes? —preguntó, la voz todavía ronca.
—Mañana viernes —confirmó él—. Seminario de posgrado a las diez. Hay una nueva alumna… falda muy corta en sus fotos de Instagram. Huele a vainilla desde la primera fila, estoy seguro.
Valeria se rió bajito, se levantó despacio. El semen de él resbaló cálido por el interior de sus muslos, dejando un rastro brillante. Caminó hacia el baño desnuda, las medias susurrando contra sus piernas.
—Guárdame las mejores capturas —dijo desde la puerta—. Quiero olerlas… quiero imaginarlas mientras las vemos juntos.
Daniel se quedó sentado, la laptop todavía abierta, la chica del vestido crema congelada en su estiramiento inocente.
Cerró la tapa con un clic suave.
Se levantó, sintiendo el aire fresco en la piel húmeda.
Fue tras su esposa.
Eran las 3:42 de la tarde.
Y el resto de la tarde olía a promesas, a cuerpos y a deseo compartido.
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