
Me fuí del patio trasero, el agua fría aún goteando por mi cuerpo, el culo dolorido por el arnés de Marta. El sol ya empezaba a pegar fuerte, convirtiendo el aire en una sopa pegajosa. Entré en la casa, me sequé con una toalla vieja y me puse el bóxer y la camiseta. El salón estaba vacío, pero oí ruido en la cocina: platos, el siseo de la cafetera, el olor a café y a pan tostado.

Entré. Mamá y Marta estaban allí, las dos desnudas aún, como si no hubiera pasado nada. Mamá removía huevos en una sartén, el cuerpo delgado moviéndose con gracia, el culo firme tensándose con cada paso. Marta untaba mantequilla en unas tostadas, las tetas operadas balanceándose ligeramente, los piercings brillando bajo la luz de la ventana. Me miraron al entrar y sonrieron, como si fuéramos una familia normal preparando el desayuno.
—Ven, siéntate —dijo mamá, señalando la mesa—. Desayuno listo.
Me senté, el cuerpo pesado, la cabeza aún zumbando por el cristal y todo lo demás. El craving de coca arañaba por dentro, un vacío que me hacía sentir inquieto, pero lo ignoré. Mamá sirvió los huevos, tostadas, café negro para mí y té para ellas. Nos sentamos los tres alrededor de la mesa pequeña, desnudas ellas, como si fuera lo más normal del mundo.
Comimos en silencio al principio, el ruido de los cubiertos contra los platos. Yo no podía quitarme de la cabeza el arnés. Lo había sentido entrar en mí, grueso, implacable, y ahora quería saber.
—Mamá —dije al final, tragando un bocado de huevo—. ¿Cómo es que tienes un juguete como ese? El arnés…
Ella levantó la vista del plato, una sonrisa lenta extendiéndose por su cara. Marta se rió bajito, untando más mantequilla en su tostada.
—Ah, eso —dijo mamá, dejando el tenedor—. Tu padre y yo tenemos nuestros secretos, Carlos. Como todo matrimonio largo.
Bebió un sorbo de té, se recostó en la silla y empezó a contar, la voz tranquila pero con un brillo en los ojos que me puso la piel de gallina.
—Todo empezó por aburrimiento en la cama —dijo—. Tu padre siempre ha sido un hombre poco sexual. Fuerte, trabajador, pero en la cama… rutinario. Misionero, rápido, y a dormir. Al principio me bastaba, pero con los años empecé a necesitar más. Una noche, después de una cena con vino, le dije: “Vamos a experimentar”. Él se rió, pensó que era broma. Pero yo saqué un dedo lubricado y lo metí despacio en su culo mientras se la chupaba. Al principio se tensó, “qué coño haces, Mari”, gruñó. Pero luego gimió como nunca lo había oído. Se corrió en mi boca como un adolescente, fuerte, espasmos que le dejaron temblando.
Marta escuchaba atenta, comiendo su tostada despacio. Yo sentía la pija endureciéndose bajo la mesa, a pesar de todo.
—Descubrimos que a tu padre le gustaba que jugaran con su culo —continuó mamá—. Al principio era solo dedos. Yo lo ponía en cuatro, le lamía el ano hasta que se mojaba, metía uno, dos, tres dedos, bombeando despacio mientras le masturbaba. Él gemía, “más, Mari, dame más”, pero nunca lo admitía en voz alta. Luego compré un dildo pequeño. La primera vez lo até a mi mano y se lo metí mientras lo follaba con la mirada fija en sus ojos. Se corrió sin tocarse, semen salpicando la sábana. De vez en cuando lo seguimos haciendo. Lo ato a la cama, le vendo los ojos, le doy tortas en el culo hasta que se pone rojo, le insulto: “maricón, te gusta que te folle tu mujer, ¿verdad?”. Él asiente, gime, y yo lo follo con el dildo, profundo, rápido, hasta que se corre gritando.
Bebí un sorbo de café, la garganta seca. La imagen de mi padre sometido así me ponía cachondo y culpable al mismo tiempo.

—Una ocasión que recuerdo bien —siguió mamá, riendo bajito— fue cuando lo vestí de mujer. Compré lencería barata: medias, sujetador, tanga rojo. Lo maquillé yo misma, pintalabios, rímel, peluca morena que tenía guardada de una fiesta. Él se resistió al principio, “qué coño es esto, Mari”, pero lo até a la cama y lo follé con el arnés nuevo. Le di tortas en la cara, “puta, te gusta ser mi zorra”, le decía mientras empujaba profundo, el arnés golpeando su próstata. Él gemía como una mujer, se corrió dentro del tanga, semen chorreando por sus muslos. Otra vez le puse un plug en el culo todo el día mientras trabajaba en la sucursal, y por la noche se lo saqué y lo follé con el dildo más grande, dándole pellizcos en los pezones hasta que lloraba de placer. Le domino, lo humillo, y él lo disfruta en silencio. Es mi secreto.
Marta se rió.—Vaya con papá —dijo—. Nunca lo habría imaginado.
Mamá se encogió de hombros.
—Tu padre es poco sexual en general. Por eso, con discreción, de vez en cuando le pongo los cuernos. Creo que lo sospecha, pero no dice nada. Prefiere mantener la situación: yo en casa, él trabajando, y de vez en cuando una sesión donde lo domino y lo hago sentir vivo.
La miré, la pija dura bajo la mesa.—¿Por qué le pones los cuernos? —pregunté.
—Porque necesito más —dijo simple—. Él me da estabilidad, pero en la cama soy yo la que domina. Con otros, dejo que me dominen a mí. Tortas, mordidas, insultos. Como lo que hicimos anoche y esta mañana.
El desayuno siguió en silencio después de eso. Yo no podía dejar de pensar en las anécdotas, la pija dura, el craving de coca arañando por dentro.
Pregunté: Si tanto le gusta que jueguen con su culo. ¿Alguna vez ha probado una pija de verdad?
Mamá se rió bajito, una risa ronca y llena de recuerdos, mientras se recostaba en la silla de la cocina, el cuerpo desnudo aún brillando por el sudor del desayuno que acababa de interrumpirse. Sus ojos se iluminaron con un brillo travieso, como si mi pregunta de hubiera abierto una puerta que llevaba tiempo cerrada.
—Vaya, Carlos, qué directo —dijo, cruzando las piernas y mirándome con una sonrisa torcida—. Sí, fue hace años, cuando aún teníamos dinero para lujos como esos. Tu padre y yo estábamos en una fase de experimentar todo lo posible, antes de que las deudas nos ahogaran. Yo quería ver cómo reaccionaba con algo real, con carne de verdad. Así que una noche, después de una cena con vino, le dije: “Si tanto te gusta que jueguen con tu culo, ¿alguna vez has probado una pija de verdad?” Él se rió al principio, pensó que era broma. Pero yo hablaba en serio. Le dije: “Vamos a contratar a una transexual. Quiero verte con una pija real dentro, quiero ver cómo te follan como a una puta”.
Al principio se negó, claro. “Estás loca, Mari”, me dijo, con esa voz de hombre duro que pone cuando se avergüenza. Pero yo insistí. Le prometí que sería discreto, que nadie lo sabría. Al final cedió, como siempre que le picaba la curiosidad. Buscamos en internet, en sitios de escorts de lujo. Encontramos a una brasileña preciosa llamada Sofia: alta, morena, tetas operadas grandes y firmes, culo redondo, y una pija de 20 cm que en las fotos se veía venosa y dura. Costaba una fortuna, 500 euros la hora, pero en esos tiempos podíamos permitírnoslo. Llamé, concerté la cita para un hotel discreto en Madrid, un fin de semana que vosotros estabais de campamento con el colegio.
Llegamos al hotel por la tarde. Tu padre estaba nervioso, sudando, pero excitado. Yo llevaba un vestido negro corto, sin nada debajo, y él una camisa y pantalones normales. Sofia llegó puntual: espectacular, con un top ajustado que marcaba sus tetas y una falda corta que dejaba ver sus piernas largas y tatuadas. Olía a perfume dulce y caro. Nos saludó con besos en las mejillas, como si fuéramos viejos amigos. “¿Quién es el afortunado?”, preguntó con acento brasileño suave, mirando a tu padre de arriba abajo.
Yo pagué por adelantado y le expliqué las reglas: “Domínalo. Haz que suplique. Quiero verlo sometido”. Sofia sonrió, se quitó el top de un tirón y se quedó en sujetador rojo y falda. Tenía un cuerpazo: tetas perfectas, abdomen marcado con tatuajes de rosas y serpientes. Se acercó a tu padre, que estaba sentado en la cama, nervioso como un niño. “Desnúdate, perrito”, le ordenó, dándole una torta suave en la cara. Él dudó, miró hacia mí. Yo asentí, ya sentada en una silla al lado, con la mano entre las piernas, empezando a tocarme despacio por encima de la tela del vestido.
Tu padre se desnudó torpemente, la pija ya semi-dura por la anticipación. Sofia lo empujó contra la cama, le abrió las piernas de un tirón y le dio una palmada fuerte en los huevos. “No te muevas, puta”, gruñó. Él gimió, pero no se resistió. Ella se quitó la falda: llevaba un tanga negro que apenas contenía su pija, ya medio erecta. Se sentó en su cara, ahogándolo con su culo, moviéndose arriba y abajo. “Lame, maricón. Lame mi culo como si fuera tu vida”. Tu padre obedeció, lengua fuera, lamiendo el ano a través del tanga, manos agarrando sus glúteos. Sofia le dio tortas en la cara mientras se movía, “más profundo, zorra, o te parto la boca”. Yo me quité el vestido, me senté con las piernas abiertas y empecé a masturbarme despacio, metiendo un dedo en mi coño, mirando cómo mi marido se sometía.
Sofia se levantó, se quitó el tanga y le metió la pija semi-dura en la boca. “Chupa, perrito. Chupa mi pija como una buena puta”. Tu padre dudó, pero abrió la boca. Ella le agarró la cabeza y empujó profundo, follándole la garganta, lágrimas saliendo de sus ojos. “Traga, maricón, o te ahogo”. Él chupaba torpe al principio, lengua girando, pero poco a poco se acostumbró, gemía mientras la pija de Sofia se endurecía en su boca. Ella le pellizcaba los pezones con fuerza, girándolos hasta que se ponían rojos, “sí, te gusta chupar pija, ¿verdad? Eres una puta”. Yo me metí dos dedos en la vagina, bombeando rápido, el otro mano pellizcándome el clítoris, mirando cómo mi marido tragaba pija por primera vez.
Luego Sofia lo puso en cuatro en la cama, culo en pompa. Le dio tortas fuertes en las nalgas, una tras otra, hasta que se pusieron rojas como tomates. “Abre el culo, zorra”, ordenó. Tu padre obedeció, separando las nalgas con las manos temblorosas. Ella escupió en su ano, metió un dedo, luego dos, girándolos con rabia, estirándolo. “Te voy a romper, maricón. Te voy a follar como a una perra”.
Él gemía, “sí, por favor”, su pija dura colgando entre las piernas. Sofia se puso lubricante sobre el condón, su pija gruesa y venosa ahora completamente erecta, y se la metió de un empujón. Tu padre gritó, el dolor subiéndole por la columna, pero ella no paró: embestidas profundas, rápidas, follándolo como un pistón, dándole tortas en la espalda, insultándolo: “toma pija, puta, esto es lo que querías, ¿verdad? Ser mi zorra”.
Yo me metí tres dedos en la vagina, el otro mano en el clítoris, masturbándome con furia, mirando cómo mi marido se corría sin tocarse, semen salpicando la sábana, espasmos que lo dejaban temblando, el orgasmo más tremendo que le había visto nunca.
Sofia siguió follándolo un rato más, luego se corrió dentro del preservativo. Sacó la pija y le dio una última torta en la cara. “Buena puta”, dijo, y se fue al baño a limpiarse. Tu padre se quedó tumbado, exhausto, pero con una sonrisa que no le había visto antes. Yo me corrí mirándolo, el orgasmo subiéndome como una ola, gritando bajito, los dedos chorreando.
Fue una noche inolvidable. Desde entonces, lo hemos repetido un par de veces, pero con el dinero apretado ya no podemos permitirnos lujos como Sofia. Tu padre nunca lo admite, pero sé que le encantó. Y a mi también.
Miré a mi madre con curiosidad, la pija aún semi-dura bajo la mesa, el craving de coca arañando por dentro como un recordatorio constante de lo que no debía hacer. El desayuno se había convertido en una confesión inesperada, y ahora quería más. Quería entender esa parte de sus padres que nunca había imaginado.
—Mamá —dije, tragando saliva—. Cuéntame alguna otra anécdota como esa. ¿Habías consumido coca antes?
Mamá soltó una risa suave, casi nostálgica, mientras se servía otro café. Se recostó en la silla, cruzando las piernas, el cuerpo desnudo expuesto sin pudor.
—Claro que sí —dijo—. En la época de experimentación probamos esa y otras drogas. Coca, speed, éxtasis… lo que caía en las fiestas o cuando salíamos a buscar algo nuevo. Era emocionante al principio: el subidón, la desinhibición, el sexo que duraba horas. Pero nos dimos cuenta rápido de que era muy fácil engancharse. Te despiertas un día y lo único que piensas es en la siguiente raya. Hace años que no las pruebo, pero si te soy sincera, me gustaba mucho la coca y el speed. El speed te hace sentir invencible, como si pudieras follar toda la noche sin parar.
Marta se rió desde su lado de la mesa, terminando su tostada.
—Espera un momento —dijo, levantándose con una sonrisa traviesa.
Salió de la cocina desnuda, el culo moviéndose con cada paso, y volvió al rato con una bolsita pequeña de speed. La abrió sobre la mesa, preparó tres rayas gruesas con la tarjeta de crédito, rápidas y precisas
—Vamos a probar un poco, por los viejos tiempos.
Mamá dudó un segundo, mirando la raya.
—Joder, hija, hace años…

Pero se inclinó y esnifó la primera con un sonido seco, cerrando los ojos mientras el subidón le subía. Yo esnifé la segunda, el polvo entrando como fuego, borrando el cansancio, el craving transformándose en euforia inmediata. Marta esnifó la tercera, lamiéndose los labios.
—Ummm, sí que es buena —murmuró mamá, frotándose la nariz—. Ahora sí que puedo contar la anécdota bien.
Se recostó de nuevo, los ojos brillantes por el speed que empezaba a correr por sus venas.
—Fue una vez con un transexual callejero —empezó—. Después de una cena de empresa aburrida como la muerte. Tu padre tenía una cena de la caja de ahorros, de esas con jefes y discursos interminables. Yo fui con él, vestida de rojo, escote pronunciado, falda corta. La cena fue un coñazo: speeches sobre ventas, vino malo, comida fría. Salimos a medianoche, los dos un poco bebidos pero insatisfechos. “Necesitamos algo fuerte”, le dije. Él se rió, pero sabía que hablaba en serio. Caminamos por el centro de Madrid, por calles oscuras cerca de Gran Vía. Encontramos a uno: un transexual callejero, alto, moreno, con minifalda negra y top ajustado que marcaba sus tetas operadas. Se llamaba Alex, o eso dijo. Olía a perfume barato y cigarro, pero tenía un cuerpo espectacular: culo redondo, piernas largas, y una pija que se marcaba bajo la falda. Le ofrecimos 100 euros por una hora. Aceptó, “vamos a un motel cerca”, dijo con acento latino.
Fuimos a un motel cutre, de esos con neón rojo en la entrada y habitaciones por horas. Pagamos 40 euros por la habitación: cama grande con sábanas dudosas, espejos en el techo, luz roja tenue. Una vez dentro, saqué la bolsita de coca que llevaba en el bolso. Preparamos tres rayas sobre la mesita de noche. Esnifamos: primero yo, el subidón subiendo como un rayo, borrando el aburrimiento de la cena; luego tu padre, que cerró los ojos y sonrió por primera vez en la noche; y Alex, que esnifó la suya con un “gracias, guapos”, y se quitó la minifalda de un tirón.
Alex era dominante desde el principio. Miró a tu padre y dijo: “Desnúdate, perrito. Vas a ser mi puta esta noche”. Tu padre dudó, pero la coca ya le corría por las venas, y obedeció. Se quitó la camisa, los pantalones, el bóxer. Su pija ya estaba semi-dura. Alex lo empujó contra la pared, le dio una torta fuerte en la cara, “más rápido, maricón”. Luego le abrió las piernas de un patadón y le metió un dedo en el culo seco, girándolo con saña. Tu padre gimió, “joder”, pero no se resistió. Alex le escupió en la boca, “abre, puta, y traga”. Yo me senté en la cama, me quité la falda y empecé a tocarme despacio, metiendo un dedo en mi coño, mirando cómo dominaban a mi marido.
Alex se quitó el top: tetas grandes y firmes, pezones oscuros. Luego el tanga: su pija era grande, 18 cm fácil, venosa y ya dura por la coca. Le metió la pija en la boca a tu padre, agarrándole la cabeza y empujando profundo, follándole la garganta. “Chupa, zorra, chupa mi pija como si fuera tu vida”. Tu padre se atragantaba, lágrimas en los ojos, pero chupaba: lengua girando, metiéndola lo más profundo posible. Alex le daba tortas en la cara, “más profundo, maricón, o te parto los dientes”. Le pellizcaba los pezones con fuerza, girándolos hasta que se ponían morados, “te gusta, ¿verdad? Ser mi puta”. Tu padre gemía, la pija dura colgando entre las piernas. Yo me metí dos dedos en la vagina, bombeando rápido, el otro mano pellizcándome el clítoris, excitada al ver a mi marido sometido.
Luego Alex lo puso en cuatro en la cama, culo en pompa. Le dio tortas fuertes en las nalgas, una tras otra, hasta que se pusieron rojas y temblaban. “Abre el culo, puta”, ordenó. Tu padre obedeció, separando las nalgas con las manos. Alex escupió en su ano, metió un dedo, luego dos, tres, girándolos con rabia, estirándolo. “Te voy a romper, maricón. Te voy a follar como a una perra en celo”. Tu padre gemía, “sí, por favor, fóllame”, la coca borrando toda vergüenza.
Alex puso lubricante en el culo de vuestro padre y se la metió de un empujón brutal. Tu padre gritó, el dolor subiéndole por la columna, pero Alex no paró: embestidas profundas, rápidas, como un pistón, dándole tortas en la espalda, insultándolo: “toma pija, zorra, siente cómo te lleno el culo de hombre”. Le pellizcaba los huevos desde abajo, apretando fuerte hasta que tu padre lloraba de placer y dolor, “sí, sí, más, rómpeme”.
Yo no aguanté más. Me acerqué y me puse delante de tu padre, abriendo las piernas. “Chúpame el coño, puta, mientras te follan”. Él obedeció, lengua fuera, lamiéndome el clítoris con furia mientras Alex lo follaba por detrás. Formamos un trenecito: Alex follándolo a él, él lamiéndome a mí. Alex le daba tortas en el culo, “muévete, maricón, lame mejor a tu mujer o te parto”. Yo le agarraba el pelo a tu padre, empujando su cara contra mi coño, “chupa, puta, chupa como si fueras mi perra”. Metí un dedo en mi ano mientras él me lamía, masturbándome con la otra mano. Alex aceleró, follándolo más duro, el sonido de carne contra carne resonando en la habitación. Tu padre se corrió sin tocarse, semen salpicando la sábana, espasmos que lo dejaban temblando, gritando contra mi coño. Yo me corrí poco después, líquidos chorreando por su cara, un orgasmo que me hizo gritar. Alex se corrió al final, semen caliente llenando el preservativo.
Nos quedamos los tres tirados en la cama un rato, jadeando, sudorosos. Alex se limpió, se vistió y se fue con una sonrisa: “Buenas putas, volved cuando queráis”. Tu padre no dijo nada, pero esa noche dormimos como bebés. Fue una de las mejores experiencias, pero también nos dimos cuenta de lo peligroso que era: la coca nos tenía despiertos hasta el amanecer, nos hacía querer más y más. Por eso lo dejamos.
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