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Sexo con casada, no castrada.

Ella entró en la habitación con el corazón martilleándole en la garganta, esa mezcla de pánico y excitación que solo se siente cuando sabes que estás a punto de cruzar una línea de la que no se regresa. El anillo en su dedo brilló por última vez bajo la luz del pasillo antes de que yo cerrara la puerta y nos sumergiéramos en la penumbra. No hubo palabras, no hacían falta; el aire entre nosotros estaba tan cargado que se sentía espeso, casi eléctrico. Se quedó allí, de pie, con esa timidez que siempre la precede, apretando su bolso contra el cuerpo como un escudo, pero sus ojos delataban que estaba lista para ser desarmada.
​Me acerqué hasta que sentí el calor que emanaba de su piel. Le quité el bolso de las manos, dejándolo caer al suelo sin dejar de mirarla, y le puse una mano en la nuca, hundiendo los dedos en su pelo perfectamente peinado hasta deshacer el orden que traía de casa. Ella soltó un suspiro trémulo, un sonido que era mitad miedo y mitad alivio, y cerró los ojos cuando mi otra mano subió por su muslo, levantando lentamente la tela del vestido. Su piel estaba ardiendo, una superficie de seda que reaccionaba a cada milímetro de mi tacto, erizándose como si mis dedos fueran brasas.
​En cuanto mis labios rozaron su cuello, esa timidez se quebró. Se aferró a mi camisa con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en mi hombro y aspirando mi olor con un hambre que solo tienen quienes han pasado años en ayunas. La rutina de su vida desapareció en ese instante. Ya no era la esposa, la madre o la vecina perfecta; era una mujer reclamando su derecho a sentir, a ser deseada con la fuerza de un incendio. La empujé suavemente contra la pared y sentí cómo se arqueaba, buscando el contacto total, buscando que mi cuerpo llenara cada vacío que el aburrimiento había dejado en ella.
​El sexo no fue suave, fue una colisión de años de represión. Cuando la desnudé, lo hice con la urgencia de quien descubre un tesoro prohibido, admirando el contraste de su cuerpo maduro y prohibido bajo la luz tenue. Ella se entregó sin reservas, dejando que el morbo de lo secreto alimentara cada movimiento. Sus gemidos eran cortos, ahogados, como si todavía intentara guardar el secreto incluso estando a solas conmigo, hasta que la intensidad de la piel contra la piel la obligó a soltarlos, a gritar bajito mi nombre mientras sus uñas se clavaban en mi espalda, marcando el territorio de nuestra traición.
​Nos buscamos con una calentura cruda, sin los rodeos del romanticismo pero con toda la pasión de dos personas que saben que cada segundo cuenta. Sus manos recorrían mi cuerpo con una curiosidad eléctrica, redescubriendo el placer de lo desconocido, de lo que se hace a escondidas. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, veía en ella esa chispa de malicia, ese placer culpable de estar haciendo algo que nadie sospecharía de ella. La tomé con la fuerza que su cuerpo pedía, sintiendo cómo se deshacía entre mis brazos, vibrando con una intensidad que la dejó sin aliento, con los ojos nublados y la piel empapada de un sudor que sabía a pecado y a libertad.
Sexo por tener sexo, no. Tiene que existir esa piel, esa química. Creo que existe algo más. Que opinas

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