El lunes amaneció con un cielo gris que parecía cargar el peso de lo que había pasado la noche anterior. Me levanté temprano, como siempre, pero el cuerpo se movía por inercia: ducha fría para espabilarme, café negro que sabía a nada, beso en la frente de Mariana mientras ella aún dormía, envuelta en las sábanas que todavía olían a sudor y a él. Salí de casa con el estómago revuelto, no de náuseas, sino de esa mezcla extraña de vergüenza, excitación y miedo que ya se había convertido en mi nuevo normal.
En la oficina fue peor. El cubículo, el monitor, los correos infinitos… todo parecía irreal, como si estuviera viendo mi vida desde fuera. Abría un archivo Excel y de pronto volvía la imagen: Mariana en cuatro, con las nalgas rojas por las nalgadas, gimiendo “soy tu perra” mientras Rodrigo la embestía como animal. Cerraba los ojos y ahí estaba el plaf plaf constante, el semen escurriendo por sus muslos, su risa ordenándome ir a la cocina. Y luego ese silencio al final de la noche, con su mirada que decía que esto no había terminado.
¿Qué podría venir ahora? ¿Un desconocido que la cogiera duro en nuestra cama? ¿Otro amigo que ya había mirado su culo con ganas y ahora lo haría de verdad? ¿Alguien con una verga monstruosa que la haría gritar de formas que yo nunca logré? Me imaginaba escenarios absurdos, cada uno más humillante que el anterior, pero ninguno me preparaba para lo que realmente vendría. El amor se había vuelto cómodo, predecible, y yo lo sabía. ¿Y si la siguiente sorpresa era exactamente eso: algo que me hiciera cuestionar lo que quedaba entre nosotros?
Intenté trabajar. Respondí un mail, revisé un reporte, pero cada cinco minutos la verga se me ponía dura bajo el escritorio al recordar su mirada sádica. Me imaginaba un tipo cualquiera llegando a casa, Mariana abriendo la puerta con lencería, llevándolo directo al dormitorio mientras yo aún estaba en el trabajo. O peor: alguien que ella hubiera conocido en secreto, alguien que la hiciera sentir viva de nuevo. El dolor no era solo físico; era la idea de que yo había dejado de ser suficiente en algún momento.
A las once recibí su mensaje: “llega temprano, amor. Te tengo una sorpresa que te va a doler rico”. Sin corazón, sin beso. Solo esas palabras que me hicieron apretar el teléfono hasta que los nudillos se pusieron blancos. Contesté “ok, salgo a las 3”. Ella puso “perfecto”. Nada más.
El trayecto de vuelta fue eterno. El metro lleno de gente anónima, el aire viciado, y yo ahí, sentado con la mente en llamas. Recordaba nuestras primeras veces: besos de horas en el sofá, caricias sin prisa, susurros de “te amo” que sonaban eternos. ¿Cuándo se había vuelto rutina? ¿Cuándo dejé de mirarla como si fuera la única mujer del mundo? El dolor no era solo por imaginarla con otro; era por darme cuenta de que yo también había dejado de darle eso.
Llegué a casa a las cuatro y media. Abrí la puerta con la llave temblorosa. El olor me envolvió de inmediato: vainilla suave, el perfume que usaba en nuestras citas, mezclado con una colonia masculina elegante – madera, cítricos, algo cálido y masculino – y el aroma sutil de velas de cera de abeja encendidas. La sala estaba en penumbra, solo iluminada por la luz ámbar de varias velas repartidas en la mesita, el aparador, el piso. Música salía del dormitorio: una balada vieja, de esas que ponía cuando éramos novios, cuando nos besábamos hasta que amanecía.
El corazón me golpeaba en los oídos. Avancé por el pasillo como si cada baldosa pudiera romperse bajo mis pies. Desde la puerta entreabierta del dormitorio se filtraban sonidos: besos lentos, respiraciones entrecortadas, susurros que no eran de furia ni de dominación, sino de entrega absoluta, de cariño acumulado.
Empujé la puerta apenas. Y ahí estaba.
Mariana recostada sobre las almohadas, con una lencería negra de encaje delicado que nunca le había visto: corpiño que le elevaba las tetas como una ofrenda suave, tanga sutil que dejaba ver el contorno de su coño, medias hasta el muslo que le daban un aire de vulnerabilidad elegante. Frente a ella, sentado al borde de la cama, Eduardo. Alto, moreno, ojos profundos. Me tomó un segundo procesarlo.
Eduardo.
El ex de la ruptura de hace años. El que ella mencionaba a veces con una sonrisa nostálgico, como si fuera un capítulo cerrado pero bonito. Mi estómago se contrajo al instante. No lo esperaba. De todos los escenarios que había imaginado en el metro, este no estaba. No un amigo, no un desconocido, no un macho dominante. Sino él. El que la había hecho sentir viva antes de mí.
Mariana abrió los ojos y me vio en la puerta. Sonrió con dulzura, pero había un filo en esa dulzura, algo que me hizo temblar de anticipación y miedo.
—Ven, Alfredo… entra. Y mira el espectáculo. Pero quédate ahí, en la esquina. Solo mira, cornudito. Esto es por nosotros.
Obedecí. Me acerqué despacio y me senté en la silla del rincón, la misma donde a veces dejaba la ropa sucia. Mi verga ya estaba dura, palpitando contra el pantalón. Eduardo ni siquiera me miró; siguió besándola, bajando por el cuello hasta los pechos, lamiéndole los pezones con devoción lenta, como si cada lamida fuera una promesa. Ella arqueó la espalda, le enredó los dedos en el pelo y soltó un gemido suave, casi un suspiro.
—Siempre supiste cómo hacerme sentir deseada… como si el mundo se detuviera solo para nosotros —murmuró ella.
Él levantó la vista un segundo, solo para besarla en los labios: un beso largo, profundo, con lengua que se buscaba sin prisa, sin urgencia animal, sino con la calma de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Luego bajó más, besándole el vientre plano, los muslos internos, hasta llegar al coño. La lamió despacio, con adoración, la lengua recorriendo cada pliegue, deteniéndose en el clítoris con círculos suaves. Mariana gemía bajito, le acariciaba la cabeza, y de vez en cuando giraba la cabeza hacia mí, con los ojos brillantes.
—¿Ves, cornudito? Esto es lo extrañaba. Siempre lo extrañe… el cariño. El amor en cada toque, en cada mirada. Eduardo me hacía sentir viva así, antes. Y contigo… contigo se volvió cómodo. Pero ahora lo revivimos. Para ti. Para que sientas lo que yo siento cuando te veo sufrir.
Las lágrimas me picaron en los ojos. No de rabia ciega, sino de un dolor dulce, profundo, que se clavaba en el pecho. Verla así con él –entregada, vulnerable, hermosa– me dolía porque era exactamente lo que le daba al principio: besos de horas, caricias sin fin, susurros de amor que sonaban eternos. ¿Cuándo dejé de hacerlo? ¿Cuándo la rutina nos robó eso?
Eduardo la levantó con cuidado, se colocó encima de ella de misionero, y entró despacio, mirándola a los ojos todo el tiempo. Ella soltó un suspiro largo, le abrazó el cuello con ambas manos, y empezaron a moverse juntos: lentos, sincronizados, como si sus cuerpos recordaran cada ritmo de hace años. Cada embestida era suave, medida, acompañada de besos en la boca, en la frente, en el cuello.
—Te amo… nunca dejé de amarte —susurró él.
—Y yo a ti… —respondió ella, y giró la cabeza hacia mí—. Míranos cornudo. Mira y aprende.
Los vi moverse durante lo que parecieron horas. Besos interminables, caricias que recorrían cada centímetro de piel, orgasmos que llegaban en oleadas suaves, con abrazos fuertes y lágrimas compartidas. Cuando Eduardo se vino dentro de ella, profundo, se quedaron abrazados, respirando al unísono, él besándole la frente, ella acariciándole la espalda con ternura infinita. El semen se quedó dentro, cálido, como un secreto compartido que no necesitaba palabras.
Luego, Eduardo se levantó con calma. Se vistió sin prisa, besó a Mariana una última vez en los labios –suave, agradecido–.
—Gracias por esto —dijo—. Siempre serás especial para mí.
Ella sonrió, con los ojos húmedos.
—Cuídate, amor.
Él salió del dormitorio, cruzó la sala y cerró la puerta principal con cuidado. El clic del cerrojo resonó en el silencio. Y de pronto, solo quedamos nosotros.
Mariana se levantó de la cama, desnuda, con el cuerpo todavía brillante de sudor y semen. Caminó hasta mí con pasos lentos, se arrodilló frente a la silla y me tomó el rostro entre las manos, cálidas, suaves.
—Ven aquí, mi cornudito… ahora es nuestro momento. Solo tú y yo.
Me levantó con ternura, me llevó a la cama que todavía conservaba el calor de sus cuerpos. Me besó despacio, con los mismos labios que habían besado a otro minutos antes, pero ahora solo para mí, con una intensidad que me hizo temblar. Me quitó la ropa con caricias suaves, dedo a dedo, besando cada centímetro que descubría. Me recostó sobre las sábanas tibias, se subió encima de mí, mirándome a los ojos con esa mezcla de amor y picardía.
—Te amo, Alfredo —susurró mientras bajaba despacio sobre mi verga, envolviéndome en su calor mezclado con el de él—. Esto no cambia nada. Tú eres mi hogar. Tú eres el que se queda. Tú eres el que me abraza después de todo.
Entré en ella, sintiendo el semen ajeno como una capa resbaladiza y caliente, y fue doloroso y hermoso al mismo tiempo. Nos movimos lento, besándonos profundo, mis manos en su espalda baja, las suyas en mi rostro, sosteniéndome como si temiera que me fuera a romper. Ella gemía bajito contra mi boca, me decía “te amo” entre cada embestida suave, “esto nos hace más fuertes”, “nos enciende más”, hasta que llegamos juntos, temblando, abrazados como si el mundo pudiera acabarse en ese instante.
Después nos quedamos así, piel contra piel, respiraciones calmadas sincronizándose. Ella me besó la frente, me acarició el pelo con los dedos, y susurró contra mi oído:
—Nunca te perderé, cornudito. Eduardo fue un recuerdo dulce que necesitaba revivir… pero tú eres mi presente, mi futuro, mi todo. Verte sufrir así, excitado y dolido, me hace amarte más profundo. Porque sé que te encanta. Porque sé que al final siempre vuelves a mis brazos.
Me dormí abrazado a ella, oliendo su perfume mezclado con todo lo que había pasado esa noche. El dolor seguía ahí, exquisito, profundo, latiendo como un segundo corazón. Pero también el amor. Fuerte. Inquebrantable. Y en ese silencio, supe que lo que viniera después sería una sorpresa… para los dos.
En la oficina fue peor. El cubículo, el monitor, los correos infinitos… todo parecía irreal, como si estuviera viendo mi vida desde fuera. Abría un archivo Excel y de pronto volvía la imagen: Mariana en cuatro, con las nalgas rojas por las nalgadas, gimiendo “soy tu perra” mientras Rodrigo la embestía como animal. Cerraba los ojos y ahí estaba el plaf plaf constante, el semen escurriendo por sus muslos, su risa ordenándome ir a la cocina. Y luego ese silencio al final de la noche, con su mirada que decía que esto no había terminado.
¿Qué podría venir ahora? ¿Un desconocido que la cogiera duro en nuestra cama? ¿Otro amigo que ya había mirado su culo con ganas y ahora lo haría de verdad? ¿Alguien con una verga monstruosa que la haría gritar de formas que yo nunca logré? Me imaginaba escenarios absurdos, cada uno más humillante que el anterior, pero ninguno me preparaba para lo que realmente vendría. El amor se había vuelto cómodo, predecible, y yo lo sabía. ¿Y si la siguiente sorpresa era exactamente eso: algo que me hiciera cuestionar lo que quedaba entre nosotros?
Intenté trabajar. Respondí un mail, revisé un reporte, pero cada cinco minutos la verga se me ponía dura bajo el escritorio al recordar su mirada sádica. Me imaginaba un tipo cualquiera llegando a casa, Mariana abriendo la puerta con lencería, llevándolo directo al dormitorio mientras yo aún estaba en el trabajo. O peor: alguien que ella hubiera conocido en secreto, alguien que la hiciera sentir viva de nuevo. El dolor no era solo físico; era la idea de que yo había dejado de ser suficiente en algún momento.
A las once recibí su mensaje: “llega temprano, amor. Te tengo una sorpresa que te va a doler rico”. Sin corazón, sin beso. Solo esas palabras que me hicieron apretar el teléfono hasta que los nudillos se pusieron blancos. Contesté “ok, salgo a las 3”. Ella puso “perfecto”. Nada más.
El trayecto de vuelta fue eterno. El metro lleno de gente anónima, el aire viciado, y yo ahí, sentado con la mente en llamas. Recordaba nuestras primeras veces: besos de horas en el sofá, caricias sin prisa, susurros de “te amo” que sonaban eternos. ¿Cuándo se había vuelto rutina? ¿Cuándo dejé de mirarla como si fuera la única mujer del mundo? El dolor no era solo por imaginarla con otro; era por darme cuenta de que yo también había dejado de darle eso.
Llegué a casa a las cuatro y media. Abrí la puerta con la llave temblorosa. El olor me envolvió de inmediato: vainilla suave, el perfume que usaba en nuestras citas, mezclado con una colonia masculina elegante – madera, cítricos, algo cálido y masculino – y el aroma sutil de velas de cera de abeja encendidas. La sala estaba en penumbra, solo iluminada por la luz ámbar de varias velas repartidas en la mesita, el aparador, el piso. Música salía del dormitorio: una balada vieja, de esas que ponía cuando éramos novios, cuando nos besábamos hasta que amanecía.
El corazón me golpeaba en los oídos. Avancé por el pasillo como si cada baldosa pudiera romperse bajo mis pies. Desde la puerta entreabierta del dormitorio se filtraban sonidos: besos lentos, respiraciones entrecortadas, susurros que no eran de furia ni de dominación, sino de entrega absoluta, de cariño acumulado.
Empujé la puerta apenas. Y ahí estaba.
Mariana recostada sobre las almohadas, con una lencería negra de encaje delicado que nunca le había visto: corpiño que le elevaba las tetas como una ofrenda suave, tanga sutil que dejaba ver el contorno de su coño, medias hasta el muslo que le daban un aire de vulnerabilidad elegante. Frente a ella, sentado al borde de la cama, Eduardo. Alto, moreno, ojos profundos. Me tomó un segundo procesarlo.
Eduardo.
El ex de la ruptura de hace años. El que ella mencionaba a veces con una sonrisa nostálgico, como si fuera un capítulo cerrado pero bonito. Mi estómago se contrajo al instante. No lo esperaba. De todos los escenarios que había imaginado en el metro, este no estaba. No un amigo, no un desconocido, no un macho dominante. Sino él. El que la había hecho sentir viva antes de mí.
Mariana abrió los ojos y me vio en la puerta. Sonrió con dulzura, pero había un filo en esa dulzura, algo que me hizo temblar de anticipación y miedo.
—Ven, Alfredo… entra. Y mira el espectáculo. Pero quédate ahí, en la esquina. Solo mira, cornudito. Esto es por nosotros.
Obedecí. Me acerqué despacio y me senté en la silla del rincón, la misma donde a veces dejaba la ropa sucia. Mi verga ya estaba dura, palpitando contra el pantalón. Eduardo ni siquiera me miró; siguió besándola, bajando por el cuello hasta los pechos, lamiéndole los pezones con devoción lenta, como si cada lamida fuera una promesa. Ella arqueó la espalda, le enredó los dedos en el pelo y soltó un gemido suave, casi un suspiro.
—Siempre supiste cómo hacerme sentir deseada… como si el mundo se detuviera solo para nosotros —murmuró ella.
Él levantó la vista un segundo, solo para besarla en los labios: un beso largo, profundo, con lengua que se buscaba sin prisa, sin urgencia animal, sino con la calma de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Luego bajó más, besándole el vientre plano, los muslos internos, hasta llegar al coño. La lamió despacio, con adoración, la lengua recorriendo cada pliegue, deteniéndose en el clítoris con círculos suaves. Mariana gemía bajito, le acariciaba la cabeza, y de vez en cuando giraba la cabeza hacia mí, con los ojos brillantes.
—¿Ves, cornudito? Esto es lo extrañaba. Siempre lo extrañe… el cariño. El amor en cada toque, en cada mirada. Eduardo me hacía sentir viva así, antes. Y contigo… contigo se volvió cómodo. Pero ahora lo revivimos. Para ti. Para que sientas lo que yo siento cuando te veo sufrir.
Las lágrimas me picaron en los ojos. No de rabia ciega, sino de un dolor dulce, profundo, que se clavaba en el pecho. Verla así con él –entregada, vulnerable, hermosa– me dolía porque era exactamente lo que le daba al principio: besos de horas, caricias sin fin, susurros de amor que sonaban eternos. ¿Cuándo dejé de hacerlo? ¿Cuándo la rutina nos robó eso?
Eduardo la levantó con cuidado, se colocó encima de ella de misionero, y entró despacio, mirándola a los ojos todo el tiempo. Ella soltó un suspiro largo, le abrazó el cuello con ambas manos, y empezaron a moverse juntos: lentos, sincronizados, como si sus cuerpos recordaran cada ritmo de hace años. Cada embestida era suave, medida, acompañada de besos en la boca, en la frente, en el cuello.
—Te amo… nunca dejé de amarte —susurró él.
—Y yo a ti… —respondió ella, y giró la cabeza hacia mí—. Míranos cornudo. Mira y aprende.
Los vi moverse durante lo que parecieron horas. Besos interminables, caricias que recorrían cada centímetro de piel, orgasmos que llegaban en oleadas suaves, con abrazos fuertes y lágrimas compartidas. Cuando Eduardo se vino dentro de ella, profundo, se quedaron abrazados, respirando al unísono, él besándole la frente, ella acariciándole la espalda con ternura infinita. El semen se quedó dentro, cálido, como un secreto compartido que no necesitaba palabras.
Luego, Eduardo se levantó con calma. Se vistió sin prisa, besó a Mariana una última vez en los labios –suave, agradecido–.
—Gracias por esto —dijo—. Siempre serás especial para mí.
Ella sonrió, con los ojos húmedos.
—Cuídate, amor.
Él salió del dormitorio, cruzó la sala y cerró la puerta principal con cuidado. El clic del cerrojo resonó en el silencio. Y de pronto, solo quedamos nosotros.
Mariana se levantó de la cama, desnuda, con el cuerpo todavía brillante de sudor y semen. Caminó hasta mí con pasos lentos, se arrodilló frente a la silla y me tomó el rostro entre las manos, cálidas, suaves.
—Ven aquí, mi cornudito… ahora es nuestro momento. Solo tú y yo.
Me levantó con ternura, me llevó a la cama que todavía conservaba el calor de sus cuerpos. Me besó despacio, con los mismos labios que habían besado a otro minutos antes, pero ahora solo para mí, con una intensidad que me hizo temblar. Me quitó la ropa con caricias suaves, dedo a dedo, besando cada centímetro que descubría. Me recostó sobre las sábanas tibias, se subió encima de mí, mirándome a los ojos con esa mezcla de amor y picardía.
—Te amo, Alfredo —susurró mientras bajaba despacio sobre mi verga, envolviéndome en su calor mezclado con el de él—. Esto no cambia nada. Tú eres mi hogar. Tú eres el que se queda. Tú eres el que me abraza después de todo.
Entré en ella, sintiendo el semen ajeno como una capa resbaladiza y caliente, y fue doloroso y hermoso al mismo tiempo. Nos movimos lento, besándonos profundo, mis manos en su espalda baja, las suyas en mi rostro, sosteniéndome como si temiera que me fuera a romper. Ella gemía bajito contra mi boca, me decía “te amo” entre cada embestida suave, “esto nos hace más fuertes”, “nos enciende más”, hasta que llegamos juntos, temblando, abrazados como si el mundo pudiera acabarse en ese instante.
Después nos quedamos así, piel contra piel, respiraciones calmadas sincronizándose. Ella me besó la frente, me acarició el pelo con los dedos, y susurró contra mi oído:
—Nunca te perderé, cornudito. Eduardo fue un recuerdo dulce que necesitaba revivir… pero tú eres mi presente, mi futuro, mi todo. Verte sufrir así, excitado y dolido, me hace amarte más profundo. Porque sé que te encanta. Porque sé que al final siempre vuelves a mis brazos.
Me dormí abrazado a ella, oliendo su perfume mezclado con todo lo que había pasado esa noche. El dolor seguía ahí, exquisito, profundo, latiendo como un segundo corazón. Pero también el amor. Fuerte. Inquebrantable. Y en ese silencio, supe que lo que viniera después sería una sorpresa… para los dos.
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