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Familia México-Colombiana 5

Héctor
Me llamo Héctor, 50 años, mexicano. Morenito, barba recortada, manos grandes y esa verga que nunca falla: 19 cm bien gruesos, venosos, con una cabeza ancha y morada que se hincha cuando estoy a punto de reventar. Me encanta ver cómo las mujeres reaccionan la primera vez que la ven dura: los ojos se les abren, la boca se les humedece y casi siempre sueltan un “no mames” o un “está muy gruesa” antes de abrirla para tragársela hasta el fondo.
Mi esposa Alejandra es la colombiana más caliente y desinhibida que existe. Tetona, culona, con esos pezones oscuros enormes y areolas anchas que se arrugan cuando está cachonda. Pero lo que más me enciende es su mente: no tiene celos, al contrario, se moja más cuando sabe que estoy rompiendo otros coños. Y de todas las que me he cogido gracias a ella, ninguna me pone tan loco como Raquel, su sobrina de 26 años. Cuerpo joven, tetas grandes y firmes que se paran solas, culo redondo que pide nalgadas y un coño rosado, apretado y siempre empapado cuando me ve llegar.
La primera vez con Raquel fue inolvidable, después de muchas provocaciones de ella, finalmente me gano la calentura y me la cogí una vez que Ale estaba fuera por trabajo, y después de una muy buena mamada, la puse a cuatro patas en la sala, le metí la verga despacio hasta las bolas mientras ella gemía “tíito, me estás abriendo toda… duele rico… más profundo”. Se corrió temblando, apretándome tan fuerte que casi me vengo ahí mismo. Eso fue mucho antes de que la misma Alejandra me pudiera follarmela para ella, cunado me la tire en el cuarto de visitas y después Alejandra entró, limpió mi verga con la boca saboreando el coño de su sobrina, y las cogí alternadamente hasta venirme en sus caras. Pero eso fue solo el principio. Desde entonces, Raquel se volvió adicta. Y yo también.
La segunda vez fue una semana después, en su departamento. Erika me había dicho que Raquel “necesitaba más terapia con la verga del tío”. Alejandra me mandó con un mensaje de voz: “Ve y pártela otra vez, papi… grábame algo para que me masturbe viéndolo”. Llegué a las 8 de la noche. Raquel abrió la puerta en tanga negra y una camiseta corta sin sostén. Sus pezones ya estaban duros marcándose en la tela.
—Tíito… te extrañé —dijo con voz dulce pero cachonda—. Mi mamá dice que eres el mejor… y yo quiero comprobarlo otra vez.
La jalé hacia mí, le metí la mano dentro de la tanga y encontré su coño ya chorreando. La besé fuerte mientras le metía dos dedos y le frotaba el clítoris con el pulgar. Ella gemía en mi boca:
—Ay… ya estoy mojada desde que me dijiste que venías… métemela ya, tíito… no aguanto.
La llevé al sofá, le bajé la tanga de un tirón y la puse a cuatro patas con el culo en pompa. Le di varias nalgadas fuertes que dejaron marcas rojas. Ella se arqueaba pidiendo más:
—Pégame más duro… me encanta cuando me tratas como puta… métemela, por favor.
Le puse la cabeza en la entrada y empujé de una. Entró hasta las bolas de un solo golpe. Raquel gritó y se mordió el brazo para no hacer tanto ruido:
—¡No mames… está muy adentro… me estás partiendo… sí, así… bombea fuerte!
La agarré del pelo y empecé a embestir como loco. Mis bolas golpeaban contra su clítoris con cada empujón. Ella chillaba:
—Tíito… me vas a hacer venir… ¡más rápido! ¡Rómpeme el coño… quiero que me dejes abierta para que mi tía vea lo que me haces!
Se corrió dos veces seguidas, chorreando jugos por mis huevos. Saqué la verga brillante y le dije:
—Ahora chúpamela… limpia tu coño de mí.
Se giró, se arrodilló y me la metió hasta la garganta. Lamía la base, succionaba la cabeza y me miraba con ojos llorosos de placer:
—Sabe a mí… me encanta saborearme en tu verga… ¿quieres que te la chupe hasta que te vengas en mi boca?
—No… quiero llenarte el coño otra vez.
La puse boca arriba en el sofá, le abrí las piernas en forma de V y se la metí profundo. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran. Le pellizcaba los pezones mientras le decía:
—Mira cómo te entra toda… ¿te gusta que tu tío te coja como perra?
—Sí… me encanta… soy tu putita… lléname… quiero sentir tu leche caliente dentro.
Me vine fuerte, bombeando chorros espesos dentro de ella. Cuando salí, el semen blanco empezó a chorrear de su coño abierto. Saqué el celular y grabé un close-up: su coño palpitando, mi semen saliendo lento. Se lo mandé a Alejandra con un audio: “Mira cómo dejé a tu sobrina, mi amor… todavía tiembla”.
Raquel, jadeando, me dijo:
—Quiero más… quiero que me cojas por el culo la próxima vez.
Y lo hicimos. La tercera vez fue en nuestra casa, con Alejandra presente. Era un sábado por la tarde. Raquel llegó con un vestido corto sin nada debajo. Alejandra la recibió besándola en la boca y metiéndole mano por debajo del vestido.
—Ven, sobrina… hoy te vamos a romper las dos entradas.
La desnudamos entre los dos. La puse a cuatro patas en la cama. Alejandra le abrió las nalgas y empezó a lamerle el ano, metiendo la lengua profundo mientras yo le metía tres dedos en el coño. Raquel gemía:
—Tía… lame más… tíito… métemela ya… quiero las dos cosas al mismo tiempo.
Primero le metí la verga en el coño para lubricarla bien. La embestí fuerte unos minutos hasta que estuvo chorreando. Después Alejandra escupió en su ano y me ayudó a poner la cabeza en la entrada trasera.
—Despacio al principio, papi… ábrela bien para que entre toda.
Entré centímetro a centímetro. Raquel apretaba los dientes y gemía:
—Ay… duele… pero no pares… me gusta… métemela toda… ¡sí, hasta los huevos!
Cuando estuve completamente adentro, empecé a moverme despacio. Alejandra se metió debajo y le lamía el clítoris mientras yo la sodomizaba. Raquel gritaba sin control:
—Tíito… me estás partiendo el culo… tía… chúpame más fuerte… ¡me vengo… me vengo por el culo!
Se corrió temblando, su ano apretándome tan fuerte que casi me saca la leche. Salí, la verga brillante de saliva y jugos, y Alejandra me la limpió con la boca delante de Raquel.
—Mira, sobrina… así limpio a tu tío después de cogerte… ahora te toca a ti probar su leche.
Puse a Raquel de rodillas al lado de Alejandra. Me la jale rápido y me vine en la boca a las dos. Ellas se besaron compartiendo mi semen, lenguas enredadas, mientras yo les decía:
—Mis dos putas favoritas… la próxima vez las quiero a las tres con Erika… quiero verlas chupándomela juntas antes de partirles el culo una por una.
Raquel sonrió con los labios todavía brillantes:
—Cuando quieras, tíito… mi culo ya es tuyo… y mi coño también.
Desde entonces, Raquel viene casi cada fin de semana. A veces sola, a veces con Erika. A veces me la cojo en el carro mientras Alejandra maneja y mira por el retrovisor. Otras veces en el baño de la oficina donde trabaja, rápido y duro contra la pared, tapándole la boca para que no griten tanto.
Cada vez que termino con ella, vuelvo a casa oliendo a su coño joven. Alejandra me recibe arrodillada, me baja el pantalón y me la chupa limpiándome mientras me dice:
—Cuéntame cómo gritó esta vez… dime cómo apretó cuando te viniste dentro… quiero olerla en ti antes de que me cojas a mí pensando en mi sobrina.
Y yo se lo cuento todo, embistiéndola fuerte, sabiendo que Raquel ya está mandándome mensajes: “Tíito… ya me estoy tocando pensando en la próxima… tráeme esa verga pronto”.
Porque con Raquel no hay límite. Es joven, cachonda y adicta a mi vergota. Y gracias a Alejandra, puedo romperla todas las veces que quiera.
Y siempre habrá una próxima.

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