
Llevábamos siete años casados. Yo, Alfredo, 32 años, ingeniero de sistemas, turno de oficina de 9 a 6, y ella, Mariana, 29, profesora de primaria. Para mí, Mariana era perfecta. No solo guapa, sino de esas que te hacen sentir que ganaste la lotería. Piel blanca como porcelana, cabello castaño que le caía en ondas hasta la mitad de la espalda, ojos verdes grandes que parecían siempre estar sonriendo. Y el cuerpo… Dios, el cuerpo. Tetona natural (copa D que se mantenía firme sin sostén), cintura marcada de tanto yoga, y ese culo… un culo redondo, grande, firme, de los que hacen que cualquier falda o legging parezca pintado encima. Cuando caminaba por la calle, los hombres se giraban como si les hubieran dado un golpe en la nuca. Y ella ni se enteraba, o fingía no enterarse.
En la cama éramos buenos. No espectaculares, pero buenos. Sexo frecuente, cariñoso, a veces salvaje cuando salíamos de copas. Pero nunca había sido el típico “follamos como animales cada noche”. Con los años se volvió cómodo, predecible. Y yo… yo tenía un secreto que nunca le había dicho.
Me ponía como loco imaginarla con otro. No cualquiera: un tipo que la dominara, que la hiciera gemir de formas que yo no lograba, que la llenara hasta el fondo mientras yo miraba. Lo descubrí hace años viendo porno amateur. Cornudos grabando a sus esposas siendo folladas por amigos, por negros con vergas enormes, por ex novios. Me corría como loco solo de imaginar que Mariana era la que estaba ahí, de rodillas, con la boca llena, o en cuatro con las nalgas temblando al ritmo de embestidas brutales.
Nunca se lo conté. ¿Cómo le dices a tu esposa santa, que va a misa los domingos y da clases a niños de primaria, que fantaseas con verla siendo la puta de otro? Así que lo guardé. Me masturbaba en el baño del trabajo, en el coche, viendo videos con auriculares. Y cuando follábamos, cerraba los ojos y me imaginaba que era otro el que la tenía.
Hasta esa tarde de viernes.
Llegué tarde del trabajo, Mariana ya estaba en casa preparando cena. Me había olvidado el celular en la mesita de su lado de la cama esa mañana, cuando salí corriendo porque se me había hecho tarde. No le di importancia. Cenamos pizza, vimos una serie, nos fuimos a la cama. Sexo rápido, cariñoso, me corrí en su vientre como siempre (nunca adentro, ella no tomaba pastillas y odiaba el riesgo). Nos dormimos abrazados.
Al día siguiente, sábado, me levanté temprano para ir al súper. Mariana seguía dormida. Revisé la mesita: el celular no estaba. Pensé que lo había dejado en la cocina o en el sofá. No lo encontré. Me fui al súper igual, compré lo que hacía falta y volví.
Cuando entré, Mariana estaba en la cocina, de espaldas, preparando café. Llevaba una bata de satén corta, de esas que apenas le cubren el culo, y se le marcaban las nalgas perfectas cada vez que se movía. Me acerqué por detrás, le di un beso en el cuello y le apreté una nalga.
—Buenos días, preciosa.
Ella se giró sonriendo, pero había algo raro en su mirada. Nervios. Curiosidad. ¿Miedo? No supe identificarlo.
—Buenos días, amor… ¿dormiste bien?
—Sí, ¿y tú?
—Bien… —hizo una pausa, me miró fijo—. Oye, Alfredo… ¿te puedo preguntar algo?
—Claro.
Se mordió el labio inferior, ese gesto que siempre me ponía duro.
—¿Por qué tienes tantos videos de… eso?
Mi corazón se detuvo un segundo.
—¿De qué?
—No te hagas el tonto. Cornudos. Esposas folladas por otros. Hombres grabando mientras otro se coge a su mujer. —Bajó la voz, aunque estábamos solos—. Vi tu celular anoche. No quise mirar, pero se abrió solo cuando lo conecté al cargador. Y… abrí la carpeta de descargas.
Me quedé helado. No sabía qué decir. Parte de mí quería morirme de vergüenza. La otra parte… la otra parte sintió cómo la verga se me ponía dura al instante dentro del pantalón.
—¿Y… qué pensaste? —pregunté con la voz ronca.
Mariana se acercó un paso. Olía a shampoo de vainilla y a ella.
—Al principio me dio asco. Pensé: “¿mi marido ve esto? ¿le gusta que me imaginen con otro?”. Luego… me puse a leer foros. Historias. Vi videos. Y… —se acercó más, hasta que sus tetas rozaron mi pecho— me mojé. Mucho. Me toqué pensando en eso. En mí. Contigo mirando.
Tragué saliva. Mi verga ya estaba dolorosamente dura.
—¿Te excitó?
—Mucho —susurró—. Tanto que me corrí dos veces anoche mientras tú dormías. Y esta mañana, cuando te fuiste al súper… me volví a tocar pensando en contártelo.
La besé con desesperación. Nos comimos la boca ahí mismo, en la cocina. Le bajé la bata de un tirón. Quedó desnuda, preciosa, con los pezones duros y la piel erizada. La subí a la encimera, le abrí las piernas y me arrodillé. Su coño ya estaba empapado. Lo lamí como loco, metiendo la lengua hasta el fondo, chupándole el clítoris mientras ella gemía y me agarraba del pelo.
—Dime… —jadeó— ¿te gustaría que pasara de verdad?
Le metí dos dedos mientras le lamía el ano.
—S-sí… joder, sí…
—¿Con quién? —preguntó, tirándome más del pelo para que la mirara a los ojos.
—No sé… con alguien que te haga gritar. Alguien con una verga más grande que la mía. Alguien que te trate como puta mientras yo miro.
Mariana se mordió el labio otra vez. Sus caderas se movían contra mi boca.
—Anoche pensé en Rodrigo… —susurró.
Rodrigo. Mi mejor amigo desde la universidad. El que viene a casa cada fin de semana a tomar cervezas. El que siempre le ha mirado el culo a Mariana cuando ella se agacha a sacar algo del horno, y yo siempre he fingido no darme cuenta. El que mide 1.90, es moreno, fornido, y siempre ha tenido fama de tener “buen paquete”.
—¿En serio? —gemí contra su coño.
—S-sí… me imaginé que llegaba una noche, que te ibas a dormir temprano porque estabas cansado… y que él y yo nos quedábamos hablando en la sala. Que me manoseaba el culo mientras me besaba el cuello. Que me bajaba las bragas ahí mismo, en el sofá… y que me la metía mientras tú dormías en la habitación de al lado.
Me puse de pie de un salto. Me bajé el pantalón. Mi verga salió dura, goteando. La penetré de un solo empujón. Mariana soltó un gemido largo.
—Sigue… cuéntame…
—Que me ponía en cuatro… que me jalaba el pelo… que me daba nalgadas mientras me decía “mira cómo te cojo, puta, mientras tu cornudo duerme”… que me llenaba de leche adentro, porque contigo nunca lo hago…
La embestí con fuerza. La cocina se llenó de sonidos húmedos, plaf plaf plaf, sus gemidos subiendo de volumen.
—Dime que te gustaría… —jadeé.
—Me encantaría… —gimió ella, clavándome las uñas en la espalda—. Me encantaría que me vieras… que grabaras… que te pajearas mientras Rodrigo me rompe el coño y el culo…
Me corrí como nunca. Dentro de ella. Por primera vez en siete años. Sin condón. Sin preguntar. Solo eyaculé profundo, temblando, mientras ella también llegaba al orgasmo, apretándome con las piernas, gritando mi nombre mezclado con “sí… sí… así…”.
Nos quedamos jadeando, abrazados en la encimera. Mi semen empezó a escurrir por sus muslos.
Mariana me miró a los ojos, con una sonrisa pícara que nunca le había visto.
—¿Sabes qué día viene Rodrigo a casa?
—Mañana… domingo de cervezas, como siempre.
Ella se lamió los labios lentamente.
—Pues mañana… vamos a ver qué tan valiente eres, cornudo.
Me besó profundo. Y yo supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.
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