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El Incendio de la Rendición: Deshacerse en la Piel

El Incendio de la Rendición: Deshacerse en la Piel
En esa habitación, el aire no se respiraba; se consumía. El oxígeno había sido reemplazado por un vapor denso y eléctrico que vibraba sobre la piel desnuda. Ya no se miraban: se invadían.
Él supo que el abismo no era un lugar, sino la profundidad de esos ojos que prometían una perdición absoluta. Ella, sin moverse, le recorrió el cuerpo con una mirada que quemaba más que el acero fundido, desnudando cada uno de sus instintos antes de que el primer roce siquiera ocurriera.
—Viniste —susurró ella, y su voz fue un roce de seda húmeda contra su oído—. Buscabas el fuego, pero todavía temblás ante la idea de que te consuma.
Ella acortó la distancia con la lentitud letal de quien sabe que la presa ya ha caído. Sus manos, como brasas vivas, se posaron en los hombros de él, reclamando territorio. Él sintió cómo su voluntad se derretía, transformándose en una urgencia líquida que le nublaba el juicio. Ya no era deseo; era una necesidad animal, el jadeo desesperado de quien lucha por aire bajo el agua.
—No tengo miedo de quemarme —logró articular él, con la voz quebrada por la tensión de contenerse—. Tengo miedo de que, después de vos, ya no quede nada de quien soy.
Ella sonrió, una invitación carnal y definitiva, pegando su cuerpo al de él hasta que no quedó espacio ni para un suspiro. El calor que emanaban era una hoguera compartida; él sentía el galope salvaje del corazón de ella golpeando contra su pecho, una rítmica exigencia de entrega total.
—Esa es la promesa —murmuró ella sobre sus labios, compartiendo su aliento caliente—. No quiero que regreses. Quiero que te deshagas en mí, que te pierdas en el tacto.
Él hundió los dedos en su cabello con una posesividad desesperada, atrayéndola hacia sí con una fuerza que ya no conocía límites. Ella soltó un gemido profundo, un sonido que vibró entre la rendición y el triunfo absoluto, mientras sus manos bajaban por la espalda de él, aferrándose a su piel como si fuera su único anclaje en un mundo que se desvanecía.
—Mírame —le exigió ella, obligándolo a sostener ese incendio visual mientras sus labios rozaban los de él, torturándolo con la cercanía—. Sentí cómo tu cuerpo me reconoce. Olvidá las reglas. Aquí solo existe este hambre que nos devora.
El beso finalmente estalló. No fue un encuentro, fue una colisión de tormentas. Sabía a pecado, a sudor y a alivio. Fue la explosión de los sentidos alimentada en las sombras, donde la razón se rinde ante la urgencia de la carne. Cada caricia era una confesión eléctrica, cada respiración agitada una verdad desnuda que reclamaba más piel, más contacto, más entrega.
En la penumbra, el tiempo se detuvo. Solo existía el roce de la humedad, el pulso acelerado en las sienes y ese espacio sagrado donde el deseo se convierte en el único dueño absoluto de la noche.

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