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el lobo y la oveja incestuosa

el lobo y la oveja incestuosa




Ethel era una tentación encarnadaen suavidad y luz prohibida, a sus 18 años rebosante de una feminidad queexudaba inocencia corrompida por un erotismo innato. Su piel clara y tersa,como seda virgen bajo un sol lascivo, parecía siempre envuelta en un resplandorcálido, un brillo que invitaba a rozarla, a profanarla con dedos ansiosos. Susojos grandes y oscuros, delineados con un trazo elegante que acentuaba suprofundidad, eran hipnóticos pozos de deseo reprimido: dulces en la superficie,pero cargados de una sensualidad involuntaria que desarmaba, revelandoemociones crudas, vulnerables, como si su alma se desnudara con cada parpadeo.En ellos convivían la pureza de una virgen y el fuego latente de una seductora,prometiendo placeres que uno no debería anhelar. Su cabello rubio claro, lacioy sedoso como hilos de oro erótico, caía con una gracia pecaminosa sobre sushombros, moviéndose con cada paso tímido como una invitación a enredar losdedos en él, a tirar suavemente y dominar. Sus labios carnosos, pintados enrosados suaves o fucsias intensos que evocaban frutos maduros listos para sermordidos, eran una obra maestra de sensualidad: perfectos en su forma hinchada,transmitiendo ternura en sonrisas que ocultaban promesas de besos húmedos,calientes, prohibidos. Su figura femenina y armoniosa, con curvas suaves que securvaban en promesas de éxtasis -pechos firmes que se elevaban con cadarespiración, caderas que se mecían con un ritmo hipnótico, un vientre plano quepedía ser explorado- no era agresiva, sino romántica y perversa, despertandoinstintos protectores... y deseos oscuros, incestuosos, que ardían en loprofundo del alma.
Iván, a sus 22 años, era unabestia de magnetismo crudo y dominación sexual, una presencia que exudaba podery lujuria contenida. Su cuerpo atlético, esculpido por años de sudor ydisciplina en el gimnasio, era un templo de fuerza pecaminosa: hombros anchoscomo para cargar pecados ajenos, pecho poderoso que se hinchaba con cadaaliento, brazos marcados con venas que palpitaban como promesas de controlbrutal. Su piel ligeramente bronceada, tensa sobre músculos definidos, le dabaun aire salvaje, animal, como un depredador listo para devorar. Su rostro eraintensamente masculino y perverso: mandíbula fuerte que sugería mordidasposesivas, pómulos marcados que acentuaban una expresión ruda, una barbarecortada que raspaba la imaginación con pensamientos de fricción erótica. Suslabios firmes, curvados en una seriedad que ocultaba sonrisas lascivas, lohacían ver peligroso, como un hombre que no pide permiso para reclamar cuerpos,para penetrar almas. Pero su mirada era el arma definitiva: oscura, profunda,dominante como una orden silenciosa de sumisión, no solo observaba, sino queposeía, violaba con los ojos, transmitiendo deseo crudo, control absoluto ypromesas de placeres dolorosos, exquisitos. Su cabello oscuro, corto y peinadohacia atrás, reforzaba su aura de macho alfa perverso: elegante en lasuperficie, pero varonil e intimidante, atrayendo como un imán a lo prohibido.Iván no era solo atractivo; era sexualidad pura, energía peligrosa burbujeandobajo la piel, lista para estallar en actos de dominación erótica.
Como hermanos, el contraste entreEthel e Iván era un tormento brutal, una tensión sexual palpable queelectrificaba el aire cada vez que sus cuerpos se acercaban, sin tocarse, perorozando el abismo del incesto. Vivían con su madre en la casa antigua y algodecadente que les prestaba su abuelo materno, un refugio modesto desde eldivorcio de sus padres, donde las paredes delgadas amplificaban cada susurro,cada movimiento nocturno. Ethel, con su dulzura luminosa y belleza suave queevocaba fragilidad erótica, parecía aún más delicada y tentadora junto a lapresencia dominante de Iván, como una flor lista para ser aplastada bajo supeso. Él, con su fuerza oscura y magnetismo animal que rezumaba testosterona,se veía más poderoso y protector -casi posesivo- al lado de su fragilidadromántica, como un guardián que anhela corromper lo que protege. Su relaciónera cercana, incestuosamente íntima en su cotidianidad: compartían risas sobrelas manías de su madre, confidencias en la penumbra de la cocina donde susmiradas se enredaban, y un apoyo mutuo quemaba la corriente subterránea dedeseo. Iván, el mayor, asumía un rol protector con un matiz perverso,aconsejándola sobre chicos con esa voz grave que vibraba en su vientre,advirtiéndole de peligros mientras sus ojos la devoraban en secreto. Ethel loadmiraba con una devoción que rozaba la idolatría erótica, viéndolo como unancla en su caos hormonal, pero en sus edades -ella en el florecimiento de lalujuria adolescente, él en la cima de su virilidad- el revoltijo hormonal eraun infierno latente. Se habían "notado" físicamente con unaintensidad pecaminosa: miradas que se demoraban en curvas y músculos, roces"accidentales" que enviaban descargas de calor prohibido, un aromacompartido en el baño que despertaba fantasías húmedas. Nada traspasaba límitesexplícitos -ningún toque prohibido, ninguna confesión- pero la atracción erauna tortura exquisita, manifestándose en silencios cargados de tensión sexual,en excusas para estar cerca como cuando Iván la ayudaba con tareas, sus cuerposrozándose lo suficiente para encender fuegos internos. Visualmente, eran unafantasía prohibida hecha carne: la inocencia junto al pecado, la ovejatemblando ante el lobo hambriento, la princesa anhelando la violación delrebelde. Sus cuerpos tan distintos -ella pequeña, suave, curvilínea con senosque pedían ser apretados y caderas que invitaban a ser agarradas; él grande,duro, dominante con un torso que prometía aplastarla y manos que ansiabanmarcarla- parecían diseñados para encajar en un abrazo pecaminoso, aunque eltabú lo mantuviera en el reino de las fantasías nocturnas.
Iván había empezado a forjar suindependencia a los 18 con una ambición feroz y perversa, ahorrando paraescapar del nido familiar que ahora le parecía una jaula de tentaciones. Vendiótodo lo superfluo de su cuarto -juguetes olvidados, ropa que olía aadolescencia, hasta reliquias sentimentales- juntando un capital que invirtiócon un amigo en Bitcoin, justo antes de un ascenso explosivo que multiplicó suinversión por 20 en un orgasmo financiero de suerte y audacia. Retiraronganancias y pivotaron a bienes raíces, comprando en un complejo que estalló envalor durante un boom, vendiendo en el clímax para ahora vivir de rendimientosestables en bonos nacionales e internacionales, una riqueza que lo hacía aúnmás imponente, como un rey en su propio reino de deseos reprimidos. Ethel loveía como un dios pecaminoso, admirando cómo transformaba riesgos en dominio,preguntándose en secreto si esa misma audacia lo llevaría a reclamar lo que nodebía.
Para Ethel, las revelacionessobre la potencia física de Iván llegaron en momentos que la dejaron empapadaen un deseo indescriptible, un calor líquido que se extendía desde su vientrehasta sus muslos, un anhelo perverso que no podía nombrar pero que la hacíaapretar las piernas en la soledad de su cama. La primera vez fue en un fin desemana de verano sofocante, cuando limpiaban el garaje atestado de recuerdospolvorientos. Iván, sin camisa, su torso desnudo brillando con sudor quetrazaba ríos eróticos sobre sus músculos definidos -pecho ancho palpitando,abdominales contraídos como cuerdas tensas, brazos venosos flexionándose concada levantada-, alzaba cajas pesadas con una facilidad brutal, gruñendosuavemente en un sonido que resonaba en su clítoris como una vibraciónprohibida. Ethel, con objetos livianos en manos temblorosas, no pudo evitardevorarlo con la mirada: la forma en que su espalda se arqueaba, el olormasculino de su transpiración invadiendo el aire, el bulto sutil en suspantalones que sugería una virilidad masiva. Sintió un pulso acelerado entresus piernas, una humedad traicionera que la hizo sonrojar, mirando fijamentehasta que él se giró y le guiñó un ojo, ajeno al torrente de fantasíasincestuosas que la inundaban -imaginándolo sobre ella, aplastándola con esafuerza, penetrándola con salvajismo. La segunda ocasión fue en una noche detormenta furiosa, cuando un árbol caído bloqueaba la entrada como un obstáculofálico. Iván salió solo, con una linterna que iluminaba su silueta semidesnudabajo la lluvia, sierra en mano, cortando ramas gruesas con golpes potentes yrítmicos que evocaban embestidas sexuales. Ethel lo espió desde la ventana,hipnotizada por los relámpagos que delineaban su cuerpo: espalda ancha chorreandoagua, brazos dominando la herramienta con autoridad animal, músculos tensos yrelucientes como si estuviera follando la naturaleza misma. El crujido de lamadera cediendo bajo su poder la hizo gemir internamente, despertando uncosquilleo profundo en su núcleo, un deseo vago pero intenso de ser partida poresa misma fuerza, envuelta en sus brazos protectores que prometían violaciónexquisita. No podía describirlo -era como si su cuerpo traicionara el tabú,respondiendo a él con espasmos involuntarios, dejándola despierta en laoscuridad, tocándose en secreto mientras imaginaba su peso sobre ella.
Iván, por su parte, se habíapercatado de la belleza física de Ethel en instantes que lo endurecíaninstantáneamente, avivando un fuego interno perverso que contenía con esfuerzosobrehumano, consciente de los límites que ansiaba romper. La primera vez fueen una mañana perezosa y cargada de tensión, cuando Ethel salió de la duchaenvuelta en una toalla corta que apenas cubría sus curvas pecaminosas, cabellorubio húmedo pegado a su piel clara como gotas de rocío erótico, perlado deagua que trazaba caminos tentadores sobre sus senos firmes y visiblementeerectos bajo la tela delgada. Buscaba algo en la cocina, ajena a su presencia,y cuando se inclinó para alcanzar un estante, la toalla se levantó losuficiente para revelar el inicio de sus nalgas redondas y suaves, sus piernasesbeltas separándose en una pose involuntaria que invitaba a la penetración.Iván, con su café en mano, sintió su polla endurecerse al instante: labioscarnosos entreabiertos en concentración húmeda, ojos oscuros parpadeando con inocenciaque contrastaba con la sensualidad de su cuerpo expuesto, el aroma a jabónfloral mezclado con su esencia femenina invadiendo sus sentidos. Tuvo queajustar su postura para ocultar su erección, pero el magnetismo lo dejó con unatensión que palpitaba, un deseo prohibido de arrancar la toalla y reclamarlaallí mismo, follando su inocencia hasta corromperla. La segunda ocasión fuedurante una cena familiar casual, cuando Ethel se probó un vestido nuevo yajustado que abrazaba sus curvas como una segunda piel lasciva: tela ceñida asus pechos que delineaba pezones endurecidos por el roce, caderas mecidas en unvaivén hipnótico, el dobladillo subiendo lo suficiente para mostrar muslossuaves que pedían ser separados. Se giró frente al espejo del pasillo, preguntandoopiniones con una sonrisa tímida que curvaba sus labios fucsia en una promesade besos succionantes, su cabello sedoso ondeando como una cortina detentación. Iván la vio de reojo, pero su mirada dominante se clavó en ellademasiado tiempo: percibiendo la promesa de afecto en su expresión vulnerable,la forma en que su cuerpo se movía con sensualidad natural, evocando imágenesde ella gimiendo bajo él. Sintió un calor ascender a su entrepierna, unaposesividad perversa que lo inquietaba, recordándole lo cerca que estaban detraspasar el tabú -imaginándola de rodillas, su boca alrededor de él, o abiertapara su dominación total.
En la quietud sofocante de lacasa antigua, donde las sombras de la madrugada se filtraban por las rendijasde las persianas como dedos lascivos explorando secretos prohibidos, Iván sedespertó con esa erección matutina que lo atormentaba como un demonio interno,una verga tiesa y enorme que palpitaba con una urgencia primitiva, gruesa comoun antebrazo y venosa, con el saco de testículos bien cargado y pesado, listopara derramar su carga pecaminosa. Aún somnoliento, pero consciente de supotencia viril, se levantó de la cama con solo un bóxer ajustado que apenascontenía la bestia entre sus piernas, el tejido tenso delineando cada pulgadade su masculinidad endurecida, el bulto protuberante como una promesa dedominación brutal. El pasillo estrecho, con sus paredes delgadas que habíanpresenciado tantos susurros cargados de tensión sexual, era un corredor detentaciones donde el aire parecía cargado de feromonas incestuosas.
Justo al abrir la puerta de suhabitación, Iván se topó de frente con Ethel, quien salía de la suya en uncamisón corto y translúcido que abrazaba sus curvas suaves como una segundapiel lasciva, sus pezones endurecidos visibles bajo la tela fina, sus piernasesbeltas expuestas en una inocencia que invitaba a la profanación. El choquefue accidental, un roce de cuerpos que envió descargas eléctricas de deseoreprimido: su hombro rozó el pecho de ella, y en ese instante, los ojos grandesy oscuros de Ethel bajaron involuntariamente, atraídos por el imán perverso deesa erección monumental que se erguía orgullosa bajo el bóxer, el contornogrueso y largo presionando contra la tela como si quisiera romperla, el glandehinchado marcando una silueta obscena que hacía imposible ignorarla. Ethel sequedó pasmada, paralizada en un trance de miedo y curiosidad lujuriosa, su bocaentreabierta en un jadeo silencioso, sus mejillas ruborizándose con un calorque se extendía hasta su vientre, donde un pulso húmedo comenzaba a despertarentre sus muslos. No podía apartar la vista: esa verga parecía viva,palpitante, un arma de placer prohibido que la hipnotizaba, haciendo que suimaginación se desbocara en fantasías de ser invadida, rellena por esaenormidad incestuosa.
Iván se percató al instante, susojos oscuros y dominantes clavándose en ella como una orden de sumisión, peroni se inmutó; al contrario, enderezó los hombros con un orgullo macho alfaperverso, ajustando sutilmente su postura para que el bulto se destacara aúnmás, exhibiéndolo como un trofeo de su virilidad cruda. No había vergüenza enél, solo una lujuria contenida que burbujeaba bajo su piel bronceada,disfrutando del poder que esa erección le confería sobre su hermana, la ovejacuriosa temblando ante el lobo hambriento. Ethel, con voz temblorosa y miedosa,rompió el silencio cargado de tensión sexual: "¿No te duele?",preguntó, sus ojos aún fijos en esa protuberancia masiva, imaginando el dolorde esa hinchazón, pero también sintiendo un cosquilleo traicionero en suclítoris al pensar en lo que esa verga podría hacerle.
Iván sonrió con una curvaturalasciva en sus labios firmes, su voz grave y resonante como un gruñido eróticoque vibró en el vientre de Ethel, despertando un anhelo líquido entre suspiernas. "No, hermanita", respondió el lobo, su mirada poseyéndolacomo si ya la estuviera follando con los ojos, "esto es natural, una señalde que mi cuerpo está listo para... liberar tensiones. Duele más contenerlo quedejarlo ser. Es como un músculo que necesita ejercicio, que ansía ser usadopara dar placer intenso, profundo, el tipo de placer que hace que una mujergrite y se retuerza". Sus palabras eran una caricia verbal perversa,cargadas de insinuaciones incestuosas que la hicieron apretar los muslos, sucoño humedeciéndose involuntariamente ante la imagen de esa verga tiesapenetrándola con salvajismo posesivo.
Entonces, con una audacia querozaba la depravación, Iván agregó, su voz bajando a un susurro dominante quela envolvió como una red de lujuria: "Si quieres, te la enseño de cerca.No muerde... al menos no al principio". Ethel reaccionó con un jadeoahogado, sus ojos abriéndose como platos en una mezcla de pánico y fascinaciónprohibida, retrocediendo un paso mientras su corazón latía desbocado, pero sucuerpo traicionándola con un calor ascendente que endurecía sus pezones y hacíaque su camisón se pegara a su piel sudorosa. "¡No, Iván! ¿Qué estásdiciendo? Eso... eso es malo", balbuceó, su voz temblorosa revelando nosolo miedo, sino una curiosidad perversa que la quemaba por dentro, imaginandoesa verga desnuda, gruesa y venosa, palpitando ante ella como una invitación alpecado.
Iván no insistió en ese momento,pero su sonrisa se amplió en una promesa de corrupción futura, sus ojosdevorándola con una posesividad animal. "Está bien, Ethel. Si algún díatienes dudas, solo pregúntame. Soy tu hermano mayor, ¿no? Puedo enseñarte todolo que necesites saber sobre... estas cosas. No hay nada de qué avergonzarse;es solo biología, pero una biología deliciosa, liberadora". Sus palabrasse clavaron en ella como ganchos de deseo, dejando un eco de tentación que lapersiguió todo el día, su mente reproduciendo la imagen de esa erecciónmonumental, el bulto tieso y orgulloso que prometía éxtasis prohibido.
Desde entonces, Iván cambió sucomportamiento cuando su madre no estaba presente, convirtiendo la casa en unescenario de exhibicionismo perverso y lujurioso. Se paseaba con menos ropa, amenudo solo en shorts holgados que no ocultaban nada, haciendo descaradas suserecciones: ajustando su postura para que el bulto se marcara obscenamente, latela tensándose sobre su verga endurecida cada vez que la veía, como si supresencia sola lo excitara a niveles incestuosos. En la cocina, mientraspreparaba el desayuno, se inclinaba sobre la encimera con una erección visibleque empujaba contra los shorts, el contorno grueso y largo invitando a lamirada de Ethel, quien no podía evitar fijarse, sintiendo un calor líquidoinvadir su coño cada vez que lo veía. En el sofá de la sala, se sentaba con laspiernas abiertas, su saco de testículos pesado delineado, y si sentía unapunzada de deseo, dejaba que su verga se endureciera sin disimulo, palpándolasutilmente sobre la tela como una provocación silenciosa.
Ethel llevaba grabada en la mentela imagen de su hermano en bóxer, esa verga tiesa y enorme como un falo divinode lujuria prohibida, gruesa y venosa, con el glande hinchado asomandoligeramente por el borde, el saco cargado balanceándose con cada paso comopromesas de semen espeso y abundante. Pensaba en ello obsesivamente: en ladureza que imaginaba bajo sus dedos, en el calor pulsante que irradiaba, encómo esa enormidad la partiría en dos si alguna vez la penetrara, unpensamiento que la aterrorizaba y excitaba a partes iguales, haciendo que susnoches fueran un tormento de masturbación furtiva, sus dedos explorando suclítoris hinchado mientras fantaseaba con Iván corrompiéndola, follando suinocencia con esa bestia incestuosa. Sentía un revoltijo de emociones: miedo altabú, pero una lujuria creciente que la hacía mojarse al solo recordarlo, sucuerpo traicionándola con espasmos involuntarios, anhelando ser dominada poresa potencia viril que exudaba poder sexual crudo.
Un día, en la sala donde el solfiltraba rayos lascivos sobre los muebles desgastados, Ethel encontró a Ivánrecostado en el sillón con otra erección descarada bajo sus shorts, la telaestirada al máximo por esa verga tiesa y gruesa que parecía lista paraestallar, el bulto obscenamente prominente mientras él fingía leer un libro,pero sus ojos dominantes la seguían con hambre perversa. Ethel, hipnotizada unavez más, no pudo contenerse y murmuró con voz temblorosa: "No puedo creerque no te duela... se ve doloroso, Iván. Tan... hinchado y grande". Suspalabras eran una mezcla de preocupación inocente y curiosidad lujuriosa, susojos fijos en esa protuberancia que la hacía salivar inconscientemente,imaginando su sabor salado y prohibido.
Iván dejó el libro a un lado, susonrisa lasciva curvándose en una expresión de depredador listo para cazar, yrespondió con esa voz grave que vibraba en su coño como una caricia interna:"Oh, Ethel, duele un poco, sí, pero es un dolor delicioso, el tipo que tehace sentir vivo, potente. Es como una tensión que necesita ser liberada, ycuando lo haces... es éxtasis puro, un orgasmo que te sacude el alma". Seincorporó ligeramente, su torso desnudo y musculoso reluciendo bajo la luz,abdominales contraídos en ondas de fuerza pecaminosa, y con una audaciaperversa, añadió: "Mira, si tanto te preocupa, déjame mostrarte cómo semaneja esto. No hay nada malo en aprender, ¿verdad? Somos familia, y esto essolo... educación sexual". Sin esperar respuesta, Iván se bajó el bóxerlentamente, revelando su vergota desnuda en toda su gloria obscena: enorme ygruesa, venas palpitantes como ríos de lujuria, el glande hinchado y rojizobrillando con una gota de semen que invitaba a lamer, el saco cargado colgandopesado como frutos maduros listos para ser ordeñados.
Ethel miró perpleja, con la bocaabierta en una "O" de asombro lujurioso, sus ojos abiertos comoplatos devorando cada centímetro de esa bestia incestuosa, sintiendo untorrente de humedad entre sus muslos que la hacía apretar las piernas paracontener el anhelo. Era más grande de lo que imaginaba, una verga que exudabapoder sexual crudo, haciendo que su coño palpitara con un deseo prohibido quela aterrorizaba. Iván, notando su trance, comenzó a masturbarse con movimientoslentos y deliberados, su mano grande envolviendo la base gruesa y subiendo hastael glande, gimiendo suavemente en un sonido que resonaba en el clítoris de ellacomo una vibración erótica. "Esta es la forma de liberarse, Ethel",explicó con voz ronca de lujuria, sus ojos poseyéndola mientras su polla seendurecía aún más bajo su toque. "Masturbarse es liberador, bueno para lasalud: reduce el estrés, fortalece el corazón, y produce proteínas naturalesque nutren el cuerpo. Y lo que suelto al final... es una mascarilla naturalpara antiarrugas, llena de colágeno, zinc y vitaminas que rejuvenecen la piel,haciendo que brille con una juventud eterna. Imagina, es como un elixir deplacer y belleza, algo que la naturaleza diseñó para compartir en momentosíntimos, para untar en caras suaves y hacerlas aún más deseables".
Ethel miraba atenta todo elmomento, con miedo y curiosidad entrelazados en una danza perversa, sus pezonesendurecidos bajo el camisón, su respiración acelerada mientras observaba cómola mano de Iván subía y bajaba por esa verga monumental, el glande hinchándosecon cada caricia, el líquido pre seminal goteando como néctar prohibido. Iván,al verla paralizada pero fascinada, le pidió con una orden suave perodominante: "Acércate, Ethel. No muerdo... solo mira de cerca. Eseducativo, ¿no? Ven, no te haré daño... al menos no el que no quieras".Ethel no quería al principio, retrocediendo con un "No, Iván, esto estámal... somos hermanos", pero él la animó con palabras seductoras: "Soloun poco más cerca, hermanita. Piensa en lo que puedes aprender, en cómo esto tehará más fuerte, más conocedora de los placeres del cuerpo. No hay nadapecaminoso en la curiosidad; es humano, es delicioso". Su voz la envolviócomo una red de lujuria, y Ethel, temblando de excitación prohibida, se acercóhasta estar junto a él en el sillón, su rostro a centímetros de esa vergapalpitante, oliendo el aroma masculino y almizclado que la hacía marear dedeseo.
Iván siguió masturbándose conritmo creciente, sus músculos tensándose en ondas de poder, y le preguntó:"¿Nunca habías visto una de cerca?". Ethel, con voz entrecortada porla lujuria, respondió: "Nunca... solo en revistas, pero nunca así degrande y gruesa. Es... impresionante, aterradora". Iván sintió unasatisfacción perversa hinchar su pecho, su polla palpitando con orgullo ante elhalago incestuoso, y preguntó: "¿Quieres sentirla? Solo un toque, para quesepas lo real que es, lo caliente y duro que se pone por... razonesnaturales". Ethel reaccionó con pánico inicial, "¡No! ¿Qué si mamános ve? Esto es loco", pero Iván la convenció con su mirada dominante ypalabras cargadas de lujuria: "Nadie nos verá, Ethel. Es nuestro secreto, unlazo que nos une más. Solo siente lo que la naturaleza hizo para dar placer.Imagina lo bien que se sentiría...". Finalmente, él mismo tomó su manotemblorosa y la puso encima de su verga, guiándola para que envolciera la basegruesa, caliente como un hierro al rojo, venosa y pulsante bajo sus dedosdelicados.
Ethel sintió la dureza como aceroenvuelto en terciopelo caliente, las venas latiendo contra su palma comopromesas de éxtasis, pensamientos inundándola: era tan gruesa que sus dedosapenas la rodeaban, tan caliente que quemaba su piel con un fuego prohibido,despertando en ella un anhelo de ser rellena por esa bestia, de ser corrompidapor su hermano en un acto de incesto lujurioso que la haría gritar de placerdoloroso. "Es... tan dura, tan viva", murmuró, su coño empapadoahora, goteando jugos por sus muslos mientras seguía las indicaciones de Iván:"Así, sube y baja, aprieta un poco... siente cómo responde". Bajo suguía, Ethel terminó masturbándolo con movimientos torpes pero crecientementeansiosos, su mano deslizándose por esa longitud enorme, el glande hinchándosebajo su toque hasta que Iván gruñó, su cuerpo contrayéndose en espasmos deplacer: abdominales definidos apretándose como cuerdas tensas, torso desnudo reluciendode sudor, músculos pectorales hinchándose mientras su verga se hinchaba en lamano de ella, estallando en un volcán de semen espeso y abundante, litrospareciendo surgir en chorros potentes que salpicaban su abdomen y el suelo, unorgasmo perverso que la dejó asombrada, sintiendo en su mano cómo la polla seexpandía y latía con cada eyección, el calor líquido cubriéndola en una marcade corrupción incestuosa. Ver el abdomen y torso desnudo de Iván contraerse enondas de éxtasis la excitó hasta el punto de casi venirse ella misma,imaginando ese cuerpo aplastándola, follando su coño virgen con salvajismoposesivo.
Ethel, curiosa y aún en trance,acercó su nariz al semen espeso que cubría el abdomen de Iván, oliendo su aromaalmizclado y salado que la hacía salivar de deseo prohibido. Iván, con unaorden dominante que no admitía rechazo, dijo: "Pruébalo, Ethel. Esnatural, delicioso... una proteína pura que te hará adicta". Ethel acató,lamiendo un poco con timidez, el sabor fascinante invadiéndola: salado con untoque dulce y terroso, como néctar prohibido que calentaba su garganta ydespertaba un hambre perversa por más, haciendo que su clítoris palpitara conurgencia. Luego, Iván tomó un poco de su abdomen con los dedos y se lo untó enla cara de Ethel, esparciéndolo como una crema lasciva sobre sus mejillassuaves y labios carnosos: "Déjalo 10 minutos y verás la magia, hermanita.Este semen es una mascarilla natural, llena de colágeno que hidrata yrejuvenece, zinc que combate arrugas, y enzimas que suavizan la piel como nadamás. Es por la composición biológica: proteínas que penetran los poros,antioxidantes que renuevan células, haciendo que la piel brille con unajuventud eterna, suave como seda virgen". Ethel, asombrada, esperó esos 10minutos en un silencio cargado de tensión post-orgásmica, sintiendo cómo supiel absorbía el elixir incestuoso, volviéndose increíblemente suave y genialal tacto, radiante con un brillo que la hacía verse aún más tentadora, máslista para ser corrompida. Era real: la ciencia detrás del semen como humectantenatural, con sus nutrientes penetrando y revitalizando, pero en este contexto,era una excusa perversa para profundizar su lazo prohibido, dejando a Ethelanhelando más lecciones de su lobo dominante.
Desde aquel día en la sala,cuando Ethel probó por primera vez el “elixir” de su hermano y sintió su pieltransformarse en algo más suave y luminoso, todo cambió de forma irreversible,aunque lenta y progresiva, como un veneno dulce que se filtra gota a gota.
Cada vez que la madre salía -alsupermercado, a visitar a una amiga, al médico, cualquier excusa-, Ivánaparecía con esa sonrisa torcida, medio depredadora, medio tierna, y le decíaen voz baja, casi ronroneando:
-¿Quieres que te ponga tu mascarilla, hermanita?

Al principio Ethel bajaba la mirada, se sonrojaba hasta las orejas y murmuraba un “sí… pero rápido, por favor” mientras se retorcía las manos. Para la siguiente vez ya solo asentía con timidez, los labios entreabiertos, los ojos brillantes de anticipación culpable. Para más adelante ya ni siquiera contestaba con palabras: simplemente se acercaba a él, se arrodillaba frente al sillón sin que se lo pidiera y esperaba, con las mejillas ardiendo.

Esa ocasión Iván no se conformó con la mano.

Mientras Ethel lo masturbaba con los movimientos ya algo más seguros que había aprendido, él le acarició el cabello con una ternura posesiva y murmuró:

-Pruébala directamente, Ethel. El líquido previo también contiene nutrientes… es aún más concentrado. Tiene zinc, magnesio, calcio, potasio, vitamina C, fructosa como energía rápida… todo eso penetra mejor desde la lengua y la garganta. Es como tomarte un multivitamínico natural, pero mucho más rico y efectivo. Imagina lo bien que te va a sentar por dentro… suave, hidratado, brillante.

Ethel levantó la vista, asustada, los ojos muy abiertos.

-¿En… en la boca? Iván, eso es… demasiado.

Él le tomó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.

-No es demasiado. Es lo natural. Tú ya probaste lo que sale al final y te encantó, ¿verdad? Esto es solo el principio… más suave, más dulce. Solo un poquito. Por mí. Por tu piel. Por nosotros.

La convicción en su voz, esa mezcla de orden y cariño enfermo, la deshizo. Ethel tragó saliva, temblando, y se inclinó hacia adelante.
Se agachó con miedo, las rodillas hundiéndose en la alfombra gastada, el corazón golpeándole las costillas. La verga de Iván ya estaba completamente dura, gruesa, venosa, el glande brillante con esa gota transparente que se deslizaba lentamente. Olía fuerte, almizclado, masculino, un olor que le hacía girar la cabeza.

Con manos temblorosas la tomó por la base -aún le costaba rodearla del todo- y acercó los labios. Primero solo un roce tímido, un beso cerrado en la punta, como si probara algo caliente y peligroso. Iván soltó un gruñido bajo de aprobación.

-Así, despacito… abre un poco más.

Ethel entreabrió los labios, insegura, y dejó que el glande entrara apenas. La sensación fue abrumadora: caliente, suave como terciopelo pero duro debajo, salado, ligeramente dulce del líquido pre seminal. Su lengua tocó la ranura por instinto y sintió el líquido espeso deslizarse. Cerró los ojos con fuerza, avergonzada de lo mucho que le gustaba.

Empezó a mover la cabeza con torpeza, solo los primeros centímetros, succionando con suavidad como si chupara un caramelo muy grande. Los dientes rozaban un poco al principio; se disculpaba con murmullos ahogados cada vez que pasaba. Iván le acariciaba el pelo, paciente pero firme.

-Sin dientes, mi vida… relaja la mandíbula… usa más lengua, envuélvela… sí, así…
Ethel obedecía, torpe pero aplicada. Lamía en círculos alrededor del glande, subía y bajaba con la boca como había visto en algún video prohibido que miró a escondidas semanas atrás. A veces se atragantaba cuando intentaba bajar más, la garganta se contraía, los ojos se le llenaban de lágrimas. Saliva le corría por la barbilla, mezclándose con el pre-semen, goteando sobre sus muslos desnudos bajo el camisón corto. Respiraba por la nariz en jadeos cortos, ruidosos, infantiles.

Intentaba succionar más fuerte, las mejillas hundidas, pero no tenía ritmo: subía demasiado rápido, bajaba con miedo de ahogarse. Iván gemía de todas formas, disfrutando la inexperiencia, la sumisión absoluta de su hermanita arrodillada frente a él.

-Más profundo… puedes, Ethel… relájate la garganta… déjame entrar…

Ella lo intentó. Bajó hasta que el glande tocó el fondo de su boca, sintió arcadas, retrocedió tosiendo, pero volvió inmediatamente, terca, queriendo complacerlo. Las manos de Iván se cerraron en su pelo, no con violencia, pero sí con control. Empezó a guiarla, moviendo sus caderas en embestidas suaves al principio, luego más profundas.

Ethel gemía alrededor de la verga, sonidos ahogados, vibrantes. Lágrimas le rodaban por las mejillas, pero no se apartaba. Su coño estaba empapado, palpitando sin que nadie lo tocara.

De pronto Iván gruñó fuerte, los músculos de su abdomen se contrajeron como cuerdas, y sujetó la cabeza de Ethel con ambas manos.

-No te muevas… trágatelo todo, mi amor…

Ethel abrió mucho los ojos, asustada, pero no pudo escapar. El primer chorro fue caliente, espeso, golpeó el fondo de su garganta. Tosió, se atragantó, pero él no la soltó. Siguió eyaculando en pulsos potentes, llenándole la boca. Ethel tragó por instinto, una y otra vez, ahogándose un poco, el semen escapando por las comisuras de sus labios, pero consiguió tragarse casi todo. Cuando Iván la soltó por fin, ella cayó hacia atrás tosiendo, jadeando, con la cara roja, los labios hinchados y brillantes.

-¡Iván! ¡Casi me ahogo! ¡Eso fue… fue mucho! -reclamó con voz ronca, indignada pero todavía temblando de excitación.

Él se inclinó, le limpió una lágrima con el pulgar y sonrió con esa calma dominante.

-No te enojes, mi vida. Lo hiciste perfecto. Tragaste casi todo… eso es de valientes. De mujeres de verdad. Estoy orgulloso de ti.

La besó en la frente, luego en la nariz, y murmuró:

-Tenemos tiempo… mamá no vuelve hasta la tarde. Déjame enseñarte algo nuevo ahora.

Sin esperar respuesta, la tomó por las muñecas y la tumbó boca arriba en el sillón, el mismo donde acababa de masturbarse. Le subió el camisón hasta la cintura, le abrió las piernas con suavidad pero sin permitir resistencia.

-Iván… no… espera… -susurró ella, pero ya estaba temblando de anticipación.

Él se arrodilló entre sus muslos, miró su coñito virgen -rosado, brillante de humedad, los labios pequeños e hinchados- y suspiró como si viera algo sagrado y profano al mismo tiempo.

-Tan perfecto… tan mío.

Bajó la boca y lamió despacio, desde abajo hacia arriba, la lengua plana cubriendo todo el sexo de Ethel en una caricia larga y húmeda.

Ella dio un grito ahogado.

-¡No! ¡Iván… eso es… sucio! -pero sus caderas se alzaron solas hacia su boca.

Él succionó el clítoris con delicadeza al principio, luego más fuerte, la lengua girando en círculos pequeños. Ethel se retorció, las manos en su pelo, primero intentando apartarlo, luego jalándolo más cerca.

-No… por favor… aaah… ¡no pares!… ¡Iván!

Gemía cada vez más alto, los muslos temblando alrededor de su cabeza. Pensaba: “esto está mal, está mal, pero es tan bueno… tan bueno…”. Iván lamía con hambre, saboreando cada gota de sus jugos, metiendo la lengua dentro, follándola con ella mientras el pulgar frotaba el clítoris en círculos rápidos.

Cuando Ethel se corrió fue violento: arqueó la espalda, gritó su nombre, los jugos le inundaron la boca a Iván. Él bebió todo, gimiendo de placer.

-Gracias, mi amor… tus jugos son proteína pura, antioxidantes, enzimas que me mantienen fuerte, hidratado… me dan energía para cuidarte mejor y para lo que sigue...

Se incorporó, la besó en los labios con fuerza, metiéndole la lengua para que probara su propio sabor. Ethel se quedó pasmada, inmóvil, los ojos muy abiertos, sintiendo su propia esencia en la boca de su hermano.

Desde ese día Iván empezó a saludarla cada mañana con un beso en los labios, profundo, lento, aunque la madre estuviera en la cocina preparando café. Al principio Ethel se ponía rígida, susurraba “para… mamá va a oír”, pero él solo sonreía contra su boca y seguía.

Pronto Ethel dejó de resistirse. Cuando Iván la abordaba en el pasillo, la arrinconaba contra la pared y la besaba con pasión, lengua invadiendo, manos apretándole el culo bajo la falda, ella se entregaba: abría la boca, gemía bajito, se pegaba a su cuerpo.

Empezó a llamarla “mi amor” todo el tiempo.

-No me digas así… mamá puede oír -susurraba Ethel, nerviosa.

Iván reía bajito, divertido con su pánico.

-¿Y qué? Que oiga. Algún día va a tener que aceptarlo.

Un día, solo para jugar con sus nervios, mientras la madre estaba de espaldas lavando platos, Iván se acercó por detrás, le rodeó la cintura y le estampó un beso largo y húmedo en los labios. Ethel se congeló, los ojos desorbitados mirando a la nuca de su madre, el corazón a mil. Cuando se separaron, la madre ni se inmutó -había música de fondo-, pero Ethel estaba roja como tomate, temblando.

Otra vez, en la sala viendo televisión con la madre presente, Iván la jaló disimuladamente y la sentó en sus piernas “como si fuera una hermanita pequeña”. Pero no era inocente: la acomodó de lado, una mano en su muslo subiendo despacio por debajo de la falda, la otra en su cintura. Ethel intentaba mantener la cara de nada, pero sentía la erección dura contra su culo y se le escapaban pequeños jadeos. Iván le mordía el lóbulo de la oreja y susurraba “tranquila, mi amor… solo estoy cuidando a mi hembra”. Ethel se retorcía, muerta de miedo y excitada hasta el delirio, mientras la madre comentaba algo del noticiero sin sospechar nada.

Las noches en la casa antigua se volvieron un ritual silencioso y cargado de electricidad prohibida. Al principio, Iván solo entraba cuando el reloj marcaba pasadas las dos de la madrugada y el ronquido leve de la madre llegaba desde el fondo del pasillo como una garantía de sueño profundo.

La primera vez que cruzó el umbral de la habitación de Ethel, ella no dormía del todo: estaba despierta, con los ojos abiertos en la penumbra, el corazón acelerado porque había sentido los pasos pesados y sigilosos acercándose. Iván cerró la puerta con cuidado, sin hacer clic, y se acercó a la cama.

—No deberías estar aquí… —susurró ella, más por costumbre que por convicción.

Iván no respondió con palabras. Se arrodilló al borde del colchón, le separó las piernas con suavidad pero con esa autoridad natural que ya la hacía obedecer sin pensar, y bajó la cabeza entre sus muslos. Ethel soltó un jadeo ahogado cuando sintió la primera lamida larga y lenta, la lengua plana recorriendo toda su raja virgen desde el perineo hasta el clítoris hinchado.

—Iván… ¡aaah!… no… —intentó protestar, pero sus caderas se alzaron solas hacia esa boca caliente.

Él no tenía prisa. Lamía con devoción perversa, succionando los labios menores, metiendo la punta de la lengua dentro de su entrada estrecha, saboreando la humedad dulce y abundante que ya manaba sin control. Cuando centró la atención en el clítoris, succionándolo con pequeños tirones rítmicos mientras dos dedos acariciaban la entrada sin penetrar, Ethel se arqueó entera. Sus manos volaron al pelo de él, primero para apartarlo, luego para apretarlo contra su sexo.

—Dios… Iván… por favor… —gemía bajito, los dientes clavados en el labio inferior para no gritar.- hasta que un orgasmo la partió en dos: un espasmo profundo que la hizo arquear la espalda, soltar un gemido largo y entrecortado, y derramar un chorro caliente de jugos vaginales directamente en la boca de Iván. Él bebió todo, gimiendo de placer contra su carne, lamiendo cada gota como si fuera néctar sagrado.

—Así, mi amor… dame todo lo que tienes… —murmuró contra su coño palpitante.

Cuando Ethel dejó de temblar, Iván se incorporó, la besó con fuerza para que probara su propio sabor, y luego se puso de pie junto a la cama.

—Ahora tú —ordenó con voz ronca.

Ethel, todavía mareada por el clímax, se arrodilló en la cama. Tomó la verga ya dura y goteante con ambas manos, la besó en la punta como había aprendido, y empezó a chuparla con más confianza que la primera vez. Iván le sujetó el pelo con una mano, guiándola sin violencia, pero marcando el ritmo. No tardó mucho: el calor de la boca de su hermanita, la lengua torpe pero ansiosa, los gemiditos ahogados que vibraban alrededor de su glande… todo lo llevó al borde rápido.

—Traga, Ethel… todo… —gruñó.

El primer chorro fue espeso y caliente, golpeándole la garganta. Ella tosió un poco, pero tragó por instinto, una y otra vez, hasta que Iván se vació por completo. Cuando terminó, la atrajo hacia su pecho, la abrazó fuerte y se quedó así un rato, respirando contra su pelo.

—Buena chica —susurró—. Ahora duerme.

La arropó, le dio un último beso en la frente y se fue tan silenciosamente como había llegado.

Las visitas se hicieron casi diarias.

Con el tiempo, las visitas relámpago se transformaron. Una noche Iván simplemente entró, la levantó en brazos como si no pesara nada, el camisón subido hasta la cintura, y se la llevó caminando por el pasillo oscuro hasta su propia habitación. La depositó en su cama grande, cerró la puerta con llave y la abrazó desnuda contra su pecho después del sexo oral.

Ethel, acurrucada contra él, temblaba un poco.

—Iván… tienes que tener más cuidado… si mamá se entera…

Él rió bajito, divertido, acariciándole la espalda.

—¿Y qué? Tarde o temprano se va a enterar, mi amor. Sino, ¿quién nos va a cuidar a los niños cuando salgamos de noche?

Ethel se quedó helada. Las palabras cayeron como plomo caliente en su estómago: ¿Hijos? Su mente se llenó de imágenes terroríficas: un vientre creciendo, la madre gritando, el escándalo, la vergüenza pública, el tabú roto para siempre.

Días después, una noche Ethel lo detuvo en la puerta de su cuarto, susurrando avergonzada:

—Estoy en mis días… no podemos…

Iván la miró un segundo, sonrió con calma y respondió:

—Perfecto.

Aun así se la llevó a su habitación. Esa noche solo le dio a mamar: la sentó entre sus piernas, le enseñó a lamerle los testículos mientras le acariciaba el pelo, y se corrió en su boca con un gruñido largo. Después la abrazó toda la noche, su verga semidura pegada a su culo, respirando contra su nuca.

Sin que Ethel lo supiera, Iván había empezado a contar los días del ciclo con precisión obsesiva. Cada mañana, cuando preparaba el jugo de naranja o el café, echaba una pastilla de ácido fólico triturada en la bebida de ella (y también en la suya propia, porque él quería maximizar las probabilidades). Lo hacía con naturalidad, como quien echa azúcar. A veces añadía zinc extra en forma de gotas disimuladas, alegando que “es bueno para el sistema inmune de los dos”.

Llegó el día en que Ethel estaba en su pico de fertilidad —Iván lo sabía por la app que llevaba en secreto y por los signos sutiles del cuerpo de ella: pezones más sensibles, más húmeda de lo normal, olor ligeramente más dulce—. Esa noche entró sin pedir permiso, la encontró ya despierta esperándolo con los ojos brillantes.

Se besaron hasta que les dolió la boca, lenguas enredadas, jadeos compartidos. Ethel se arrodilló por iniciativa propia, le bajó el bóxer y se metió la verga hasta donde pudo, chupando con hambre, gimiendo alrededor de la carne gruesa. Cuando pensó que sería otra noche de mamada y semen tragado, Iván la detuvo.

—No, mi amor. Hoy no.

La tumbó boca arriba en la cama, le abrió las piernas con firmeza, se colocó encima y frotó el glande hinchado contra su entrada empapada.

—Iván… espera… duele… es muy grande… —susurró ella, asustada de verdad.

—Shhh… respira… te voy a abrir despacito… vas a sentir todo, pero después solo placer… confía en mí.

Empujó despacio. El glande grueso separó los labios virgenes, estirándolos al máximo. Ethel soltó un gemido agudo, mezcla de dolor y placer extraño. Las paredes estrechas se resistían, pero estaban tan mojadas que cedieron centímetro a centímetro. Iván sentía cada anillo de carne apretándolo como un puño caliente, la virginidad de su hermanita rindiéndose ante él.

—Joder… estás tan apretada… tan mía… —gruñó, conteniéndose para no embestir de golpe.

Ethel lloriqueaba, lágrimas en las comisuras de los ojos.

—Duele… pero… no pares… por favor… quiero sentirte todo…

Él siguió entrando, lento, implacable. Cuando la mitad estuvo dentro, ella arqueó la espalda y gimió fuerte. Iván se detuvo, besándole el cuello, los pechos, chupándole los pezones hasta que se relajó un poco más. Luego empujó hasta el fondo: el glande golpeó el cérvix, los testículos pesados pegados a su culo.

Ethel soltó un grito ahogado.

—Dios… estás… dentro… tan profundo… me llenas entera…

Iván empezó a moverse: embestidas lentas al principio, saliendo casi por completo y volviendo a entrar hasta chocar contra el fondo. Cada roce hacía que Ethel jadeara, el dolor inicial transformándose en un placer abrasador, lleno, abrumador.

—Te estoy follando, Ethel… mi hermanita… mi mujer… —gruñía él, acelerando—. Vas a llevar mi semen directo al útero… vas a quedar preñada de mí…

Ella gemía sin control, las uñas clavadas en su espalda.

—Sí… sí… fóllame… hazme tuya… quiero… quiero tu bebé…

Las palabras la sorprendieron incluso a ella misma, pero eran verdad en ese momento: el tabú, el riesgo, el amor enfermo, todo se fundía en un placer devastador.

Iván embistió más fuerte, los testículos golpeando rítmicamente contra su culo, la cama crujiendo. Ethel se corrió primero: un orgasmo violento que le apretó la verga como un torno, jugos chorreando por sus muslos. Eso lo llevó al límite.

—Ahí va… toma todo… —gruñó.

Se hundió hasta el fondo y eyaculó: chorros potentes, calientes, espesos, golpeando directamente contra el cérvix, inundando el útero virgen. Ethel sintió cada pulsación, el calor expandiéndose dentro, la promesa de vida prohibida. Iván se quedó dentro, palpitando, vaciándose por completo.

Cuando terminó, se derrumbó a su lado, aún dentro, y le susurró al oído:

—Pronto seremos papás, mi amor. Lo vas a sentir crecer aquí —le puso la mano en el vientre plano—. Y va a ser nuestro.

Ethel no pudo dormir esa noche. El coñito le dolía, ardía, estaba hinchado y sensible después de haber sido abierto por semejante verga. El miedo la atenazaba: ¿y si era verdad? ¿y si ya estaba…? Pero al mismo tiempo no podía separarse de él. Se pegó a su pecho, escuchando su corazón, y terminó durmiéndose abrazada, con el semen todavía goteando lentamente de su interior.

Antes del amanecer, Iván la despertó con besos suaves y la puso en posición fetal: de lado, una pierna levantada, él detrás, penetrándola despacio otra vez. Embistió lento, profundo, asegurándose de que cada gota quedara lo más cerca posible del cérvix.

—Así… que corran directo a donde deben… —susurró—. Quiero que te preñes esta noche.

Ethel solo gimió, entregada, sintiendo cómo volvía a llenarla.

Esa mañana la madre salió temprano. Iván preparó el desayuno favorito de Ethel: hot cakes con mucha miel, fresas frescas, jugo de naranja recién exprimido (con su dosis extra de ácido fólico, por supuesto), café con leche. Se sentaron a la mesa de la cocina, uno frente al otro, pero Iván la jaló para que se sentara a su lado, pegada a él. Le daba de comer trocitos de hot cake con los dedos, le limpiaba miel de la comisura de los labios con el pulgar y luego se lo metía en la boca para que lo chupara.

—Come bien, mi amor —le decía con voz baja y cariñosa—. Ahora tienes que alimentarte por dos.

La trataba ya como su mujer: le acariciaba el pelo, le besaba la sien, le ponía la mano posesiva en el muslo bajo la mesa.

Ya no había vuelta atrás.


sexo

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