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Con mamá y papá 2

Aquella mañana, después de que mi madre soltara esa bomba sobre querer que la penetráramos los dos a la vez, por delante y por detrás, el aire en la cocina se cargó de una electricidad palpable. Mi padre levantó la vista del periódico, con una sonrisa pícara que no había visto en años, y yo me quedé allí, de pie, con el café en la mano, sintiendo cómo mi polla empezaba a endurecerse solo de imaginarlo. "Bueno, hijo", dijo mi padre, doblando el periódico con cuidado, como si estuviera planeando una estrategia de guerra, "si tu madre lo quiere así, ¿quiénes somos nosotros para negárselo? Pero vamos a hacerlo bien. No queremos que sea algo apresurado. Hay que prepararlo todo para que sea inolvidable". Mi madre se rio suavemente, sorbiendo su café, y me miró con esos ojos que ahora veía de una forma completamente diferente: no como los de una madre protectora, sino como los de una mujer deseosa, hambrienta de placer. "Exacto", añadió ella, cruzando las piernas bajo la mesa, lo que hizo que su bata se abriera ligeramente, revelando un atisbo de sus muslos suaves y bronceados por el sol del verano. "Quiero que sea especial. Nada de prisas. Esta noche, después de la cena, lo haremos. Pero durante el día, mantengamos la tensión. No os acerquéis a mí hasta entonces. Quiero que estéis desesperados".El resto del día fue una tortura deliciosa. Tuve que ir a la universidad, sentarme en clases interminables sobre economía y matemáticas, pero mi mente no paraba de vagar hacia esa promesa. Imaginaba cada detalle: cómo sería tocarla por detrás mientras mi padre la tomaba por delante, cómo sus gemidos se multiplicarían, cómo su cuerpo se arquearía entre los dos, sudando, temblando de éxtasis. En el almuerzo, me senté solo en la cafetería, mordisqueando un sándwich que apenas probé, porque cada bocado me recordaba la forma en que su boca había envuelto mi polla la noche anterior. Recordaba el calor húmedo de su lengua, cómo se había tragado todo, cómo sus labios se habían estirado alrededor de mi grosor. Me excité tanto que tuve que ir al baño a masturbarme rápidamente, imaginando que era ella quien me tocaba. Salí de allí con las piernas temblorosas, pero decidido a no correrme del todo; quería guardar toda mi energía para la noche.
Mientras tanto, en casa, mi padre no estaba ocioso. Cuando volví por la tarde, lo encontré en el garaje, rebuscando en unas cajas viejas. "Hijo, ven aquí", me llamó. Entré y vi que había sacado una botella de lubricante que parecía nueva, junto con unos condones y un par de juguetes que no reconocí inmediatamente. "Esto es para prepararla bien", explicó con un guiño. "Tu madre ha mencionado lo de por detrás, pero no queremos hacerle daño. Hay que ir despacio, lubricar todo. Yo lo he hecho con ella un par de veces en el pasado, pero nunca con dos al mismo tiempo. Va a ser épico". Me enseñó un plug anal pequeño, de silicona suave, negro y brillante. "Esto la ayudará a relajarse. Lo usaremos antes de empezar". Sentí un escalofrío de excitación mezclado con nervios. ¿Y si no estaba a la altura? ¿Y si mi inexperiencia arruinaba todo? Pero mi padre me dio una palmada en el hombro. "Relájate, Juanma. Eres joven, tienes stamina. Yo te guiaré. Recuerda: el secreto es escucharla a ella. Si gime, sigue; si se tensa, para y lubrica más".Mi madre, por su parte, pasó la tarde en el salón, leyendo un libro, pero noté cómo nos lanzaba miradas cargadas de anticipación cada vez que pasábamos por allí. Llevaba un vestido ligero, de algodón floreado, que se pegaba a sus curvas de una forma provocativa. Sus pechos, esos pechos grandes y firmes que había lamido la noche anterior, se marcaban bajo la tela, y sus caderas se balanceaban con un ritmo hipnótico cuando iba a la cocina a por un vaso de agua. En un momento, cuando mi padre salió a comprar algo, se acercó a mí y me susurró al oído: "No pienses en nada más que en complacerme esta noche. Quiero sentirte dentro de mí, hijo. Por detrás, despacio al principio, pero luego fuerte, como un hombre de verdad". Su aliento cálido en mi oreja me puso la piel de gallina, y tuve que contenerme para no tocarla allí mismo. "Mamá...", murmuré, pero ella se apartó riendo. "Paciencia. La espera hará que sea mejor".
La cena fue una agonía de tensión sexual. Mi madre preparó paella, su especialidad, con mariscos frescos y arroz dorado, pero apenas pude comer. Cada vez que levantaba la vista, veía cómo mi padre le rozaba la mano, o cómo ella me sonreía con picardía. Hablamos de tonterías: del tiempo, de mi trabajo como camarero, de cómo mi padre estaba enviando currículos para encontrar empleo. Pero debajo de todo eso, el subtexto era claro. "Juanma, ¿estás listo para ser el hombre de la casa esta noche?", preguntó mi padre de repente, con una ceja arqueada. Tragué saliva y asentí. "Más que nunca". Mi madre se mordió el labio inferior, un gesto que me volvió loco. "Bien, porque yo estoy ardiendo. Termina tu plato y vamos al grano".Después de la cena, mi padre abrió otra botella de vino, pero esta vez bebimos todos con moderación. No queríamos que nadie estuviera demasiado borracho; la idea era disfrutar plenamente, con todos los sentidos alerta. Mi madre se levantó primero y nos llevó a la habitación principal, la que compartía con mi padre. Encendió unas velas aromáticas, de vainilla y jazmín, que llenaron el aire con un olor dulce y embriagador. "Desnudémonos despacio", sugirió ella, quitándose el vestido por encima de la cabeza. Debajo no llevaba nada: ni sujetador ni bragas. Su cuerpo desnudo era una obra de arte: piel suave, curvas perfectas, pezones erguidos por la excitación, y un pubis bien recortado que invitaba a tocar. Mi padre y yo nos quitamos la ropa rápidamente, nuestras pollas ya duras como rocas, apuntando hacia ella como si fueran imanes.
Pero mi padre la detuvo antes del orgasmo. "No tan pronto. Queremos que dure". Sacó el plug con cuidado, y ahora su ano estaba más relajado, listo. "Juanma, tú por detrás. Yo por delante". Nos posicionamos en la cama: mi padre se tumbó boca arriba, y mi madre se montó encima de él, introduciendo su polla en su coño con un gemido largo. "Ahhh, sí, mi hombre... fóllame". Empezaron a moverse despacio, y yo me coloqué detrás de ella, untando mi polla con lubricante. Apunté a su ano, presionando la punta contra el agujero. "Despacio, hijo", me guió mi padre. Empujé suavemente, y sentí cómo entraba, el calor apretado envolviéndome. Era increíble: estrecho, caliente, como un guante de terciopelo. Mi madre gritó de placer. "¡Los dos! ¡Oh, dios, los dos dentro de mí!".Empezamos a movernos en sincronía. Yo empujaba cuando mi padre se retiraba, y viceversa, creando un ritmo perfecto que la llenaba completamente. Sus gemidos se convirtieron en gritos: "¡Más fuerte! ¡Folladme como animales!". Sudábamos, el sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con el olor a sexo y velas. Sentía su culo apretándome, masajeando mi polla con cada contracción. Mi padre la besaba, mordiendo sus labios, mientras yo le pellizcaba los pezones desde atrás. Duramos así minutos eternos, cambiando ritmos: a veces lento y profundo, otras veces rápido y frenético. Ella tuvo su primer orgasmo así, convulsionándose entre nosotros, su coño y ano apretando nuestras pollas como un torno. "¡Me corro! ¡Sí, sí, sí!".
No paramos. Cambiamos posiciones: ahora yo me tumbé, y ella se montó en mí por el coño, mientras mi padre la tomaba por detrás. "Ahora tú sientes lo que es estar debajo", dijo él, riendo. Entró en su culo con facilidad ahora, y empezamos de nuevo. Esta vez, pude ver su cara: ojos cerrados en éxtasis, boca abierta en gemidos constantes. "Juanma, tu polla es tan buena... tan joven y dura". Bombeábamos sin piedad, y ella se corrió otra vez, empapándome con sus jugos. Mi padre gruñó y se corrió dentro de su culo, llenándola de semen caliente. "Toma, zorra... todo para ti".Yo aguanté un poco más. La pusimos a cuatro patas, y mientras mi padre descansaba, la follé por el coño, luego por el culo, alternando. "Elige, mamá... ¿dónde quieres que me corra?". Ella jadeó: "En mi boca. Quiero probarte". Me saqué y me arrodillé delante de ella. Chupó mi polla con avidez, lamiendo los sabores mezclados, hasta que exploté en su garganta. Tragó todo, lamiéndose los labios. "Delicioso, hijo".
Pasamos la noche así, descansando y volviendo a empezar. Exploramos todo: ella nos chupó a los dos al mismo tiempo, frotando nuestras pollas juntas; la follamos en el suelo, en la ducha, incluso en la cocina a medianoche. Al amanecer, exhaustos pero satisfechos, nos dormimos enredados. Aquello no fue el final; fue el comienzo de una nueva dinámica familiar. Mi padre encontró trabajo semanas después, pero seguíamos compartiéndola, turnándonos o juntos. Ella era nuestra reina, y nosotros sus hombres. La vida nunca volvió a ser la misma, pero era infinitamente mejor.

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1 comentarios - Con mamá y papá 2

Maatiaas25
tremendo!! se merece al menos un relato mas! van 10