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El Entrenador... (parte 2/4)

Aquella tarde Mariana entró en casa más tarde de lo habitual. No dijo nada al principio. Dejó la bolsa de deporte junto a la puerta, se quitó las zapatillas con un movimiento lento, casi distraído, y se quedó allí parada un momento, mirándome. Yo estaba en el sofá, con el teléfono en la mano pero sin verlo realmente. Levanté la vista y la vi. Llevaba el conjunto que le había comprado: leggings negros que se le pegaban a la piel todavía húmeda por el sudor, el top corto gris que dejaba ver un trozo de abdomen y marcaba sus tetas de una manera que me aceleraba el pulso. Se veía distinta. No era solo el cansancio del gimnasio. Había algo en la forma en que respiraba, en cómo evitaba mis ojos un segundo antes de volver a mirarme.

—Hola —dijo por fin, con voz suave, casi tímida.

—Hola —contesté yo, y me levanté para acercarme.

La besé en la mejilla. Olía a esfuerzo, a su perfume mezclado con sudor fresco. Ese olor que siempre me ha vuelto loco.

Se separó un poco, se pasó la mano por el pelo húmedo y me miró de frente.

—Carlos me ayudó mucho hoy —dijo, como si estuviera probando las palabras antes de soltarlas—. Me corrigió las sentadillas. Sus manos… se quedaron en mis caderas más tiempo del necesario. No fue solo una corrección. Me apretó. Me abrió un poco las nalgas por encima de la tela. Y yo… no me aparté.

Las palabras me golpearon como un puñetazo suave pero profundo. Sentí la sangre subir a la cara y al mismo tiempo bajar a la entrepierna. No dije nada. Solo la miré. Ella bajó la vista un momento, luego volvió a levantarla.

—Me sentí… expuesta. Acalorada. Me mojé. Me mojé tanto que tuve miedo de que se notara en los leggings.

Se acercó más. Se sentó a horcajadas sobre mí. Sus muslos contra los míos. El calor de su cuerpo a través de la tela fina. Me besó lento, con lengua, y su boca sabía a deseo contenido, a gimnasio, a ella. Le bajé los leggings despacio. La tanga negra estaba pegada a su piel, húmeda, caliente. Olía a ella. A ganas. A algo que no podía nombrar todavía.

Le separé las piernas. Bajé la boca. Lamí despacio, saboreando cada pliegue, cada gota que se escapaba. Ella gimió bajito, me agarró el pelo.

—Alfredo… —susurró—… hoy me sentí puta. Por él.

Esa palabra se me clavó en el pecho. Seguí lamiendo, más fuerte, metiendo la lengua dentro, pensando en cómo él la habría tocado, en cómo sus manos grandes la habían apretado. Ella empujaba las caderas contra mi boca, jadeando.

—Cuando me apretó el culo… me abrió un poco… no me moví. Dejé que lo hiciera. Me mojé por él.

Metí un dedo en su ano. Estaba caliente, apretado, resbaladizo por sus jugos. Ella jadeó, pero empujó hacia atrás, metiéndolo más profundo.

—Imagínalo… Carlos metiéndome los dedos así… abriéndome mientras tú miras.

La giré. La puse boca abajo en el sofá. Culo arriba. Le abrí las nalgas con las dos manos. Vi su ano rosado, pequeño y palpitando. Lamí alrededor, pensando en cómo él lo lameria, en cómo ella se abriria para él. Ella se retorcía, gemía contra el cojín.

—Más… —suplicó—. Quiero sentirlo… quiero que me abra como nunca me abriste tú.

Metí dos dedos en su coño, curvándolos, frotando ese punto que la hace temblar. Con la otra mano seguí en su ano, moviendo despacio, abriéndola. Ella empujaba hacia atrás, desesperada.

—Dime que quieres que Carlos te coja por el culo —gruñí—. Dímelo.

Ella levantó la cabeza, con el pelo pegado a la cara.

—Quiero que Carlos me coja por el culo. Quiero que me meta su vergota gorda… que me abra… que me haga gritar mientras tú miras y no puedes hacer nada.

Eso me rompió. Saqué los dedos. Me puse de rodillas detrás de ella. Escupí en su ano. Lo froté con el glande. Entré despacio. Ella se tensó, jadeó, pero empujó hacia atrás. Entré hasta la mitad. Estaba caliente. Prohibido.

—Más… —gimió—. Fóllame el culo como él lo haría.

Embestí más fuerte. Sus nalgas temblaban con cada golpe. El sonido de piel contra piel. El olor a sexo y sudor llenando la sala. Ella metió una mano debajo. Se frotaba el clítoris con furia.

—Piensa en él… en su verga más grande… en cómo te rompería —gruñí.

Ella se corrió gritando muy fuerte. El coño chorreando sobre el sofá. No aguanté más. Saqué la verga y me corrí sobre su culo. Mis chorros calientes salpicando sus nalgas. Goteando por su ano abierto.

Quedamos jadeando. Ella temblaba. Yo me quedé de rodillas, mirando mi leche correr por su piel.

—Alfredo… —susurró después de un rato, con la voz rota—. Hoy en el gimnasio… cuando me tocó… me mojé tanto que tuve miedo de que se notara.

No dije nada. Solo la abracé por detrás. Sentí su cuerpo temblar contra el mío.

Y pensé: ella ya no es solo mía.

Y me puse duro otra vez.

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