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El asado de Pachi

Era un sábado soleado en Santiago, uno de esos días en que el calor del verano chileno invita a encender la parrilla y abrir unas cervezas frías. María Paz, o Pachi como la llamaban sus amigos y familia, había recibido una invitación casual de un grupo de conocidos del barrio. "Ven al asado, Pachi, va a estar piola", le dijo uno de ellos por WhatsApp.
Ella, con sus 37 años y su espíritu libre, no lo pensó dos veces. Le encantaba socializar, especialmente si involucraba tomar, fumar hierba y, quién sabe, quizás un poco de coca para animar la noche.Pachi medía apenas 1,52, pero su presencia llenaba cualquier habitación. Su piel era blanca como la nieve, inusual para una latina como ella, y contrastaba con su pelo castaño claro, largo y un poco ondulado, que nunca lograba peinar a la perfección. No era un desastre, solo un toque desordenado que le daba un aire casual y sexy. Sus tatuajes eran su marca personal: uno en la teta izquierda, un diseño abstracto en acuarela que asomaba con cualquier escote mínimo, como si invitara a miradas curiosas.
Brazos y piernas estaban cubiertos de más ink, desde flores estilizadas hasta frases feministas que proclamaban su ideología ultra progresista. "El patriarcado se cae", decía uno en su antebrazo, pero nadie sabía que detrás de esa fachada, a Pachi le encantaba que le dieran duro, que la dominaran en la cama.Llegó al asado vestida simple: una polera ajustada que marcaba sus tetas un poco más grandes que el promedio, increíblemente firmes y paradas para su edad. Sus pezones grandes y oscuros siempre estaban erectos, creando "pokies" notorios que atraían ojos indiscretos.
Abajo, unos jeans cortos que realzaban su culo redondo y grande, pero no exagerado, justo en el punto perfecto. Su cara era una contradicción hermosa: ojos oscuros que transmitían inocencia, labios carnosos que prometían pecado. Se veía como una chica buena, pero todos sabían que era buena para la pichula.
El asado empezó inocente. Había unas 15 personas: familias, amigos, música de fondo con reggaetón y cumbia. Pachi se integró rápido, riendo con todos, sirviéndose un piscola tras otro. "¡Salud, cabros!", gritaba mientras prendía un pito de hierba que alguien le pasó.
La coca apareció más tarde, en el baño, donde un par de líneas la pusieron en modo fiesta total. Su feminismo no le impedía disfrutar; al contrario, lo usaba como escudo para hacer lo que le diera la gana.A medida que avanzaba la tarde, la gente empezó a irse. Los que tenían hijos se retiraron temprano, las parejas se despidieron.
Quedaron solo los solteros y los que no tenían planes: Pachi y cinco hombres del grupo. Eran tipos comunes, del barrio: dos mecánicos, un constructor, un vendedor y un amigo de la universidad de uno de ellos. Todos en sus treinta y tantos, con cervezas en mano y ojos que ya habían escaneado el cuerpo de Pachi más de una vez."Quedémonos un rato más, Pachi. Hay más birra y un poco de perico", dijo uno de ellos, el más alto, con una sonrisa que no era del todo inocente. Ella accedió, ¿por qué no? Estaba eufórica, el alcohol y las drogas la tenían volando.
El patio ya estaba oscuro, solo iluminado por la luz amarilla de un foco viejo y el resplandor naranja de las brasas que aún ardían en la parrilla. Pachi estaba sentada en una silla de plástico, con las piernas abiertas por el relax del alcohol y las drogas, la polera sudada pegada al cuerpo, los pokies de sus pezones grandes y oscuros marcándose como si pidieran atención.
Había esnifado la última línea hace minutos y su risa era más fuerte, más descontrolada.Los cinco hombres ya no fingían. Habían dejado de reírse de sus chistes feministas. Ahora la miraban como lobos que ya olían sangre.
El mecánico, el más grande, se levantó primero. Se llamaba Claudio. Se paró detrás de ella, le puso las manos pesadas en los hombros y apretó.
—Tranquila, Pachi… solo vamos a jugar un rato —dijo con voz baja, casi ronca.Ella intentó girarse, todavía riendo nerviosa.
—¿Qué weá, Claudio? Suéltame, hueón, no me toques así.Pero él no soltó.
Bajó las manos directo a sus tetas, las apretó con fuerza por encima de la polera. Pachi dio un respingo y trató de pararse, pero otro, el constructor flaco llamado Nico, ya la tenía agarrada de las muñecas desde el frente.
—¡Suéltenme, conchetumare! ¿Qué les pasa? —gritó, pero su voz salió entrecortada por la coca y el miedo que empezaba a subirle.Claudio se rio, una risa fea.
—¿Qué nos pasa? Que llevamos toda la tarde mirando cómo te mueves esa zorra, hablando de feminismo y con los pezones parados como perra en celo.
Te encanta provocar, ¿o no?Le arrancó la polera de un tirón violento. El sonido de la tela rasgándose se mezcló con el grito de Pachi.
Sus tetas saltaron libres, firmes, blancas, con el tatuaje acuarela en la izquierda brillando bajo la luz sucia. Los pezones estaban más duros que nunca.
—¡Nooo! ¡Para, cabrón! —intentó cubrirse, pero Nico le sujetó los brazos hacia atrás, clavándoselos en la espalda.
El tercero, el vendedor de autos llamado Diego, se acercó rápido y le bajó los jeans cortos de un jalón junto con la tanga. La zorra rapada al cero quedó expuesta, lisa, ya húmeda por la mezcla de sudor y excitación involuntaria que las drogas le provocaban.
—Mira esta concha, hueones… peladita y lista —dijo Diego, metiendo dos dedos sin aviso. Pachi se retorció, soltando un gemido que era mitad dolor, mitad algo que no quería admitir.
—¡Hijos de puta! ¡Los voy a denunciar a todos, mierda! —gritó, pero su voz se quebró cuando Claudio le agarró el pelo ondulado con una mano y le tiró la cabeza hacia atrás.
—¿Denunciar? ¿Con qué cara, Pachi? Vas a salir de acá con la concha llena de leche y la boca rota. Y te va a gustar, zorra.Le metió la verga ya dura directo a la boca, forzándole los labios carnosos.
Pachi intentó morder, pero otro, el más callado, un tal Matías, le dio una cachetada fuerte en la mejilla que le hizo ver estrellas.
—No muerdas, perra, o te rompo los dientes —le gruñó Matías, y le metió los dedos en la boca junto con la picha de Claudio, abriéndole la mandíbula a la fuerza.
Mientras tanto, Nico ya estaba detrás. Escupió en su mano, se lubricó la verga y se la clavó de una sola embestida en el culo.
Pachi soltó un alarido ahogado alrededor de la picha que le llenaba la garganta.
—¡Aaaahhh! ¡Nooo, por favor, ahí no! —suplicó entre arcadas.Nico se rio y le dio una nalgada que resonó en todo el patio.
—¿No? Pero si tienes el ojete apretado como virgen. Relájate, feminista, que te estamos liberando del patriarcado a puro pichazo.
Claudio salió de su boca un segundo, solo para que Diego entrara y le follara la garganta con violencia, agarrándola del pelo con las dos manos.
—Chupa bien, Pachi. Así, como buena zorra que eres. Hablabas de que los hombres somos opresores… ahora vas a tragar opresión hasta el fondo.
El quinto, el amigo universitario, un tal Rodrigo, se arrodilló delante y empezó a chuparle los pezones con fuerza, mordiéndolos hasta hacerla gritar.
Luego se paró, se bajó los pantalones y se la metió en la concha mientras Nico seguía en su culo. Doble penetración brutal, sin ritmo, solo embestidas salvajes que la hacían rebotar entre los dos cuerpos.
—¡Para, por favor! ¡Me están rompiendo! —lloraba Pachi, lágrimas negras de rímel corrido bajándole por la cara inocente.
—¿Rompiendo? —se burló Claudio, volviendo a meterle la picha en la boca—. Esto es lo que querías, puta.
Toda la tarde moviendo ese culo grande y hablando mierda. Ahora te callamos a pichazos.La rotaron como muñeca rota. Uno tras otro. En la concha, en el culo, en la boca. A veces dos al mismo tiempo, a veces tres. Manos por todos lados: pellizcando pezones, dándole cachetadas, apretándole el cuello hasta que se ponía roja.
Semen en la cara, en las tetas, en el pelo desordenado. Cada vez que intentaba hablar, le metían otra picha o una mano en la boca.
—Di que te gusta, zorra —le ordenó Nico mientras la follaba de nuevo en cuatro patas sobre la mesa, con la cara aplastada contra los restos de carne asada—. Di que eres una puta feminista que se moja cuando la violan.
Pachi sollozaba, pero entre los gemidos involuntarios salió un susurro roto:
—…me… me gusta… duro…Los cinco se rieron con ganas, triunfantes.
—Esa es mi perra —dijo Claudio, y le llenó la concha de leche una vez más.
Cuando terminaron, la dejaron tirada sobre la mesa, temblando, cubierta de semen y sudor, con los tatuajes brillando entre el desastre. Los hombres se subieron los pantalones, prendieron cigarros y se miraron entre ellos, satisfechos.
—Buena fiesta, Pachi —dijo Diego antes de irse—. Nos vemos pronto, feminista.Ella se quedó ahí, respirando agitada, con el cuerpo dolorido y la mente hecha pedazos.
Entre el terror, la humillación y ese fuego oscuro que nunca admitía en voz alta… algo dentro de ella ya sabía que esto no sería la última vez.

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