Soy don Hilario.
Sesenta y tres años bien vividos, con el cuerpo marcado por el sol del campo y las manos callosas de tanto jalar riendas y torcer alambres. Bigote grueso, sombrero siempre ladeado, y una verga que, aunque ya no se para sola como a los veinte, responde cuando huele hembra fresca. He visto de todo en este rancho: vacas pariendo, caballos montándose, tormentas que arrasan todo. Pero nada como Tania. Esa morra de 28 con culo de diosa cubana, tetas que rebosan cualquier blusa, y una cara de puta inocente que me pone la polla tiesa solo de recordarla.

Llevo trabajando aquí desde que vivia el abuelo. Era su mano derecha, el que mandaba cuando él se iba a la ciudad a beber. Cuando murió y el nieto ese, Cristian, heredó todo, pensé que me iban a correr. El chamaco es un pendejo urbano, con sus ideas de ciudad y sus lentes de nerd. No sabe diferenciar una vaca de una yegua. Así que me dejó quedarme como capataz. “Siga como siempre, don”, me dijo con voz temblorosa. Y yo sonreí por dentro. Porque desde que vi bajar del carro a su mujer, supe que este rancho iba a ser mío de otra forma.

Tania llegó con ese vestido pegado, el culo balanceándose como si estuviera pidiendo que lo azotaran. La miré fijo, sin disimular. Ella me devolvió la mirada con un poco de miedo, un poco de asco. “Es rudo este viejo”, pensé que pensaba. Y me gustó. Me gusta romper hembras así, casadas, con maridos débiles que no las llenan. Cristian la ama, eso se ve. Pero amar no es lo mismo que cogérsela como se debe: duro, sucio, hasta que griten y pidan más.
Al principio la ignoré. Me dedicaba a enseñarle al patrón cómo se maneja el campo, pero él era un inútil. Tania empezó a salir conmigo. “Muéstreme las cercas, don”, decía con esa voz dulce. Y yo la llevaba en la troca, rebotando por los caminos de tierra, viéndole las tetas saltar en cada bache. Hablábamos poco. Yo soy de pocas palabras. Pero notaba cómo me miraba las manos, el bulto en los jeans. Un día, mientras veíamos un semental negro con la verga colgando, solté:
—Ese animal tiene más de cuarenta cuando se para, muchacha.
Ella se rió nerviosa, toda coqueta.
—No creo, don. Apuesto que ni treinta.
Ganar fue fácil. Sabía el número exacto porque yo mismo lo había medido una vez, por curiosidad morbosa. Y mi premio… no pedí plata.
—Enséñame ese culo en tanga. En el granero. Hoy.
Se puso roja, pense que se rajaría , realmente le dije eso para ver que pasaba , pero vino. Entró temblando, se bajó los jeans despacio, como en una película porno barata. Se agachó un poco, abriéndose las nalgas sin que yo se lo pidiera. La tanga violeta se le metía entre los cachetes, y vi el brillo de humedad en la tela. No la toqué. Solo miré. Olí su aroma a hembra en calor. Mi verga se endureció tanto que dolió. Cuando se vistió y se fue, me quedé ahí, me saqué la polla y me jalé pensando en cómo se vería con mi semen chorreando de ese culo. Me corrí en el piso de tierra, gruñendo su nombre.


Desde ese día, la cosa se calentó lento, como un fuego que se aviva con leña seca. La espiaba en el arroyo. Me escondía en los matorrales y la veía quitarse la ropa. Primero la blusa, liberando esas tetas grandes, pezones oscuros y duros por el frío. Luego los shorts, dejando ver la tanga. Se metía al agua desnuda, se enjabonaba despacio, pasándose las manos por el coño rasurado, gimiendo bajito como si supiera que la veía. Una vez se tocó ahí mismo, metiéndose dos dedos mientras el agua le corría por las piernas. Yo me masturbaba desde mi escondite, imaginando mi lengua en ese clítoris hinchado. Me vine viéndola correrse, sus gemidos ahogados por el ruido del río.


Pero quería más. Quería probarla.
Un día, en el gallinero, la acorralé. Le agarré la cara y la besé con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta. Sabía a dulce, a juventud. Ella se resistió un segundo, luego se derritió. Le subí la blusa, le saqué una teta y se la chupé como ternero hambriento, mordiendo el pezón hasta que chilló. Le metí la mano en el short, encontré el coño empapado. Dos dedos adentro, fáciles, resbalosos. La froté duro, sintiendo cómo se contraía. “Estás mojada por mí, puta”, le dije al oído. Ella gemía, asintiendo. Casi me la cojo ahí, pero oímos al cornudo llamando. Nos separamos, jadeando.
La espera me ponía loco. Soñaba con ella todas las noches: la imaginaba de rodillas, chupándome la verga hasta las bolas, tragando mi leche espesa. Me despertaba con la polla dura, y me jalaba recordando su olor.
La primera vez real fue cuando el patrón se enfermó. Fiebre alta, el pendejo en cama como niño. Tania lo cuidaba, pero yo la veía nerviosa, mirándome de reojo. Esa noche la esperé en el granero. Entró con un vestido corto, sin sostén. Las tetas rebotando libres.
—Quítatelo todo menos la tanga —le ordené.
Lo hizo despacio, mirándome a los ojos. Se quedó ahí, expuesta, el cuerpo perfecto brillando bajo la luz tenue. Me acerqué, le agarré el culo con ambas manos, lo abrí como si fuera mío. Le escupí directo en el ano, viéndolo brillar.
—Te voy a romper por atrás primero, para que sepas quién manda.
Ella gimió, asintiendo. La puse contra las pacas, de espaldas. Le bajé la tanga de un tirón, exponiendo ese culo enorme, redondo, con estrías que lo hacían más real, más morboso. Mi verga ya estaba fuera, tiesa, venosa, la cabeza morada de excitación. La presioné contra su ano apretado. Empujé lento. Dolió, se notaba en sus quejidos, pero ella empujaba hacia atrás, queriéndolo. Entré centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba como virgen. Cuando estuve todo adentro, empecé a moverme. Lento al principio, sintiendo cada arruga de su interior. Luego más rápido. Mis bolas chocaban contra su coño, que chorreaba jugos por las piernas. Le hablaba sucio:
—Siente cómo te abro, Tania… este culo es mío ahora. Tu maridito no te da esto, ¿verdad? Él te deja seca, pero yo te lleno como puta.
Ella lloraba de placer, mordiéndose el brazo. Le metí tres dedos en el coño mientras la sodomizaba, frotando su punto G. Se vino fuerte, temblando, su ano contrayéndose alrededor de mi verga. No aguanté más. Me hinché y me vacié dentro, chorros calientes que la llenaban. Gruñí como bestia, agarrándola del pelo.
Después la abracé por detrás, todavía enterrado. Le besé el cuello sudado. “Esto no para, muchacha. Vas a ser mi puta personal”.
Y no paró.
Ahora la cojo cuando quiero. En el río: la mando mensaje y voy. La encuentro desnuda en el agua, esperándome. Me meto con ella, la levanto por el culo y se la entierro de pie, el agua salpicando mientras la bombeo. Le chupo las tetas mojadas, le muerdo los pezones hasta que sangran un poco. Ella grita, pero el río tapa los sonidos. Me la cojo por el coño ahí, rápido y duro, hasta que se corre y yo la lleno de leche que flota en el agua.


En la troca: la subo a la caja, la pongo en cuatro sobre la paja. Le abro las nalgas y le como el culo primero, metiendo la lengua profundo, saboreando su sabor salado. Luego se la meto por atrás otra vez, porque sé que le encanta el dolor. La azoto las nalgas hasta que se ponen rojas, marcadas con mis manos. “Grita, puta… dile al mundo que eres mía”. Y cuando me corro, le saco la verga y le pinto la espalda con mi semen espeso.


En la cocina: cuando el cornudo sale a la ciudad, entro sin avisar. La encuentro lavando, le levanto el vestido, le arranco la tanga. La doblo sobre la mesa, le abro las piernas y se la meto de un empujón en el coño. La follo mientras los platos tiemblan, sus tetas aplastadas contra la madera. Le tapo la boca con la mano para que no grite, pero la muerdo en el hombro hasta dejar marca. “Piensa en tu marido volviendo y oliéndote a mi verga”, le digo. Y se corre así, imaginándolo.
Una vez la cogí en el establo, al lado de los caballos. La até las manos con una cuerda, como a una yegua. Le metí la verga en la boca primero, hasta la garganta, viéndola babear y atragantarse. “Traga, puta… como la zorra que eres”. Luego la puse en cuatro y la monté por el culo, tirando de la cuerda como rienda. El olor a heno y mierda de animal nos envolvía, haciendo todo más sucio, más animal. Me corrí dentro, sintiendo cómo su ano me ordeñaba.
El cornudo lo sabe. Lo veo en sus ojos cuando me saluda. “Gracias, don”, dice con voz quebrada. Y yo le sonrío, sabiendo que se masturba pensando en nosotros. A veces dejo la tanga de Tania tirada a propósito, manchada de mi semen, para que la huela. Me excita imaginarlo jalándosela mientras yo le rompo el culo a su mujer en el granero.
Tania es adicta ahora. Me busca ella sola. “Don, cójame”, me dice por mensaje. Y yo voy, la uso, la lleno. Su culo enorme rebota con cada embestida, sus tetas saltan, su coño chorrea. Es mi puta perfecta. Y no pienso soltarla.
Este rancho es mío. El patrón es un cornudo feliz. Y Tania… Tania es mi hembra para siempre. Voy a seguir cogiéndomela hasta que no pueda más, y luego un poco más. Porque nada me pone más que romper una casada como ella, morbosa y pervertida, hasta que pida misericordia. Pero nunca la pide. Solo pide más.
FIN
Sesenta y tres años bien vividos, con el cuerpo marcado por el sol del campo y las manos callosas de tanto jalar riendas y torcer alambres. Bigote grueso, sombrero siempre ladeado, y una verga que, aunque ya no se para sola como a los veinte, responde cuando huele hembra fresca. He visto de todo en este rancho: vacas pariendo, caballos montándose, tormentas que arrasan todo. Pero nada como Tania. Esa morra de 28 con culo de diosa cubana, tetas que rebosan cualquier blusa, y una cara de puta inocente que me pone la polla tiesa solo de recordarla.

Llevo trabajando aquí desde que vivia el abuelo. Era su mano derecha, el que mandaba cuando él se iba a la ciudad a beber. Cuando murió y el nieto ese, Cristian, heredó todo, pensé que me iban a correr. El chamaco es un pendejo urbano, con sus ideas de ciudad y sus lentes de nerd. No sabe diferenciar una vaca de una yegua. Así que me dejó quedarme como capataz. “Siga como siempre, don”, me dijo con voz temblorosa. Y yo sonreí por dentro. Porque desde que vi bajar del carro a su mujer, supe que este rancho iba a ser mío de otra forma.

Tania llegó con ese vestido pegado, el culo balanceándose como si estuviera pidiendo que lo azotaran. La miré fijo, sin disimular. Ella me devolvió la mirada con un poco de miedo, un poco de asco. “Es rudo este viejo”, pensé que pensaba. Y me gustó. Me gusta romper hembras así, casadas, con maridos débiles que no las llenan. Cristian la ama, eso se ve. Pero amar no es lo mismo que cogérsela como se debe: duro, sucio, hasta que griten y pidan más.
Al principio la ignoré. Me dedicaba a enseñarle al patrón cómo se maneja el campo, pero él era un inútil. Tania empezó a salir conmigo. “Muéstreme las cercas, don”, decía con esa voz dulce. Y yo la llevaba en la troca, rebotando por los caminos de tierra, viéndole las tetas saltar en cada bache. Hablábamos poco. Yo soy de pocas palabras. Pero notaba cómo me miraba las manos, el bulto en los jeans. Un día, mientras veíamos un semental negro con la verga colgando, solté:
—Ese animal tiene más de cuarenta cuando se para, muchacha.
Ella se rió nerviosa, toda coqueta.
—No creo, don. Apuesto que ni treinta.
Ganar fue fácil. Sabía el número exacto porque yo mismo lo había medido una vez, por curiosidad morbosa. Y mi premio… no pedí plata.
—Enséñame ese culo en tanga. En el granero. Hoy.
Se puso roja, pense que se rajaría , realmente le dije eso para ver que pasaba , pero vino. Entró temblando, se bajó los jeans despacio, como en una película porno barata. Se agachó un poco, abriéndose las nalgas sin que yo se lo pidiera. La tanga violeta se le metía entre los cachetes, y vi el brillo de humedad en la tela. No la toqué. Solo miré. Olí su aroma a hembra en calor. Mi verga se endureció tanto que dolió. Cuando se vistió y se fue, me quedé ahí, me saqué la polla y me jalé pensando en cómo se vería con mi semen chorreando de ese culo. Me corrí en el piso de tierra, gruñendo su nombre.


Desde ese día, la cosa se calentó lento, como un fuego que se aviva con leña seca. La espiaba en el arroyo. Me escondía en los matorrales y la veía quitarse la ropa. Primero la blusa, liberando esas tetas grandes, pezones oscuros y duros por el frío. Luego los shorts, dejando ver la tanga. Se metía al agua desnuda, se enjabonaba despacio, pasándose las manos por el coño rasurado, gimiendo bajito como si supiera que la veía. Una vez se tocó ahí mismo, metiéndose dos dedos mientras el agua le corría por las piernas. Yo me masturbaba desde mi escondite, imaginando mi lengua en ese clítoris hinchado. Me vine viéndola correrse, sus gemidos ahogados por el ruido del río.


Pero quería más. Quería probarla.
Un día, en el gallinero, la acorralé. Le agarré la cara y la besé con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta. Sabía a dulce, a juventud. Ella se resistió un segundo, luego se derritió. Le subí la blusa, le saqué una teta y se la chupé como ternero hambriento, mordiendo el pezón hasta que chilló. Le metí la mano en el short, encontré el coño empapado. Dos dedos adentro, fáciles, resbalosos. La froté duro, sintiendo cómo se contraía. “Estás mojada por mí, puta”, le dije al oído. Ella gemía, asintiendo. Casi me la cojo ahí, pero oímos al cornudo llamando. Nos separamos, jadeando.
La espera me ponía loco. Soñaba con ella todas las noches: la imaginaba de rodillas, chupándome la verga hasta las bolas, tragando mi leche espesa. Me despertaba con la polla dura, y me jalaba recordando su olor.
La primera vez real fue cuando el patrón se enfermó. Fiebre alta, el pendejo en cama como niño. Tania lo cuidaba, pero yo la veía nerviosa, mirándome de reojo. Esa noche la esperé en el granero. Entró con un vestido corto, sin sostén. Las tetas rebotando libres.
—Quítatelo todo menos la tanga —le ordené.
Lo hizo despacio, mirándome a los ojos. Se quedó ahí, expuesta, el cuerpo perfecto brillando bajo la luz tenue. Me acerqué, le agarré el culo con ambas manos, lo abrí como si fuera mío. Le escupí directo en el ano, viéndolo brillar.
—Te voy a romper por atrás primero, para que sepas quién manda.
Ella gimió, asintiendo. La puse contra las pacas, de espaldas. Le bajé la tanga de un tirón, exponiendo ese culo enorme, redondo, con estrías que lo hacían más real, más morboso. Mi verga ya estaba fuera, tiesa, venosa, la cabeza morada de excitación. La presioné contra su ano apretado. Empujé lento. Dolió, se notaba en sus quejidos, pero ella empujaba hacia atrás, queriéndolo. Entré centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba como virgen. Cuando estuve todo adentro, empecé a moverme. Lento al principio, sintiendo cada arruga de su interior. Luego más rápido. Mis bolas chocaban contra su coño, que chorreaba jugos por las piernas. Le hablaba sucio:
—Siente cómo te abro, Tania… este culo es mío ahora. Tu maridito no te da esto, ¿verdad? Él te deja seca, pero yo te lleno como puta.
Ella lloraba de placer, mordiéndose el brazo. Le metí tres dedos en el coño mientras la sodomizaba, frotando su punto G. Se vino fuerte, temblando, su ano contrayéndose alrededor de mi verga. No aguanté más. Me hinché y me vacié dentro, chorros calientes que la llenaban. Gruñí como bestia, agarrándola del pelo.
Después la abracé por detrás, todavía enterrado. Le besé el cuello sudado. “Esto no para, muchacha. Vas a ser mi puta personal”.
Y no paró.
Ahora la cojo cuando quiero. En el río: la mando mensaje y voy. La encuentro desnuda en el agua, esperándome. Me meto con ella, la levanto por el culo y se la entierro de pie, el agua salpicando mientras la bombeo. Le chupo las tetas mojadas, le muerdo los pezones hasta que sangran un poco. Ella grita, pero el río tapa los sonidos. Me la cojo por el coño ahí, rápido y duro, hasta que se corre y yo la lleno de leche que flota en el agua.


En la troca: la subo a la caja, la pongo en cuatro sobre la paja. Le abro las nalgas y le como el culo primero, metiendo la lengua profundo, saboreando su sabor salado. Luego se la meto por atrás otra vez, porque sé que le encanta el dolor. La azoto las nalgas hasta que se ponen rojas, marcadas con mis manos. “Grita, puta… dile al mundo que eres mía”. Y cuando me corro, le saco la verga y le pinto la espalda con mi semen espeso.


En la cocina: cuando el cornudo sale a la ciudad, entro sin avisar. La encuentro lavando, le levanto el vestido, le arranco la tanga. La doblo sobre la mesa, le abro las piernas y se la meto de un empujón en el coño. La follo mientras los platos tiemblan, sus tetas aplastadas contra la madera. Le tapo la boca con la mano para que no grite, pero la muerdo en el hombro hasta dejar marca. “Piensa en tu marido volviendo y oliéndote a mi verga”, le digo. Y se corre así, imaginándolo.
Una vez la cogí en el establo, al lado de los caballos. La até las manos con una cuerda, como a una yegua. Le metí la verga en la boca primero, hasta la garganta, viéndola babear y atragantarse. “Traga, puta… como la zorra que eres”. Luego la puse en cuatro y la monté por el culo, tirando de la cuerda como rienda. El olor a heno y mierda de animal nos envolvía, haciendo todo más sucio, más animal. Me corrí dentro, sintiendo cómo su ano me ordeñaba.
El cornudo lo sabe. Lo veo en sus ojos cuando me saluda. “Gracias, don”, dice con voz quebrada. Y yo le sonrío, sabiendo que se masturba pensando en nosotros. A veces dejo la tanga de Tania tirada a propósito, manchada de mi semen, para que la huela. Me excita imaginarlo jalándosela mientras yo le rompo el culo a su mujer en el granero.
Tania es adicta ahora. Me busca ella sola. “Don, cójame”, me dice por mensaje. Y yo voy, la uso, la lleno. Su culo enorme rebota con cada embestida, sus tetas saltan, su coño chorrea. Es mi puta perfecta. Y no pienso soltarla.
Este rancho es mío. El patrón es un cornudo feliz. Y Tania… Tania es mi hembra para siempre. Voy a seguir cogiéndomela hasta que no pueda más, y luego un poco más. Porque nada me pone más que romper una casada como ella, morbosa y pervertida, hasta que pida misericordia. Pero nunca la pide. Solo pide más.
FIN
2 comentarios - Relato cornudo :El capataz y el rancho cornudo(don hilario)