Abro los ojos lentamente, parpadeando para ajustar mi visión a la tenue luz matutina que se filtra a través de las cortinas entreabiertas de mi habitación.
El aire está cargado con un aroma familiar: una mezcla de sudor nocturno, perfume floral de mi madre y el almizcle sutil de la excitación que impregna el ambiente.
Pero lo que realmente me despierta es la sensación inconfundible en mi entrepierna: un calor húmedo y envolvente que rodea mi pene, succionando con una ритmica experta que me hace gemir involuntariamente.
Mis sentidos se agudizan de inmediato: siento la suavidad de los labios carnosos deslizándose arriba y abajo por mi longitud, la lengua experta girando alrededor de la cabeza sensible, lamiendo cada vena hinchada como si fuera un manjar divino.
Es mi madre, por supuesto, arrodillada al borde de la cama, su cabello castaño cayendo en cascada sobre sus hombros desnudos mientras me devora con devoción absoluta.
Sus ojos grandes me miran fijamente desde abajo, brillando con una sumisión total que me excita aún más; esos ojos que solían regañarme por llegar tarde, ahora suplican por mi aprobación, por mi semen.
A mi lado, Carla yace aún dormida, su cuerpo desnudo extendido sobre las sábanas revueltas como una obra de arte erótica marcada por la pasión de anoche.
Su piel pálida está adornada con huellas rojas en forma de manos en sus mejillas y muslos, recuerdos vívidos de las cachetadas que le di mientras la follaba con rudeza, ahogándola ligeramente hasta que su rostro se tiñó de un morado delicioso por la falta de oxígeno.
Sus pechos suben y bajan con cada respiración profunda, los pezones endurecidos por el aire fresco de la mañana, y entre sus piernas, un rastro seco de mi semen de la noche anterior brilla faintly bajo la luz.
Me pregunto si sueña conmigo, con mi dominio sobre ella, y la idea me hace pulsar más fuerte en la boca de mi madre.
Laura no está aquí; debe estar en su habitación o ya abajo, quizás preparándose para el día con esa vestimenta provocadora que ahora adopta sin vergüenza, exponiendo sus curvas como una puta devota solo para mis ojos.
—Buenos días, mamá —digo con voz ronca, extendiendo la mano para acariciar su cabello sedoso, enredando mis dedos en él y tirando ligeramente para guiar su ritmo.
Siento el vibrato de su gemido alrededor de mi pene, una vibración que me recorre hasta la espina dorsal.
Ella levanta la cabeza un momento, sin soltar mi miembro de su boca caliente y salivada, y murmura algo ininteligible; quizás un "buenos días, amo" ahogado por la carne que la llena.
Sus labios se estiran en una sonrisa lasciva alrededor de mi grosor, y sus manos, suaves pero firmes, acarician mis bolas pesadas, masajeándolas con delicadeza como si estuviera adorando un altar.
Puedo oler su excitación propia ahora, un aroma musgoso que emana de entre sus muslos abiertos mientras se arrodilla; sé que está mojada, que su coño palpita por mí, pero no le doy permiso para tocarse aún.
En cambio, la empujo más profundo, forzando su garganta hasta que siento el apretón de sus músculos contra mi cabeza, y ella gaggea ligeramente, lágrimas formándose en las comisuras de sus ojos, no de dolor, sino de placer sumiso.
Le ordeno que lama mis bolas mientras succiona, y ella obedece al instante, su lengua extendiéndose para lamer la piel sensible, succionando una bola entera en su boca antes de volver a mi pene. El placer se acumula lentamente, tortuosamente. No quiero correrme rápido; quiero alargar esto, saborear cada segundo de su devoción.
La hago ir más lento, guiando su cabeza con mi mano, y comienzo a hablarle en voz baja, incorporando elementos de humillación que sé que la excitan.
—¿Te gusta chupar el pene de tu propio hijo, mamá? ¿Ser mi puta personal desde el amanecer?
Sus gemidos afirmativos vibran contra mí, y siento cómo su cuerpo tiembla, sus pechos pesados balanceándose con cada movimiento. Noto el calor de su aliento contra mi pubis, el sonido húmedo de su succión llenando la habitación, el leve roce de sus uñas pintadas contra mis muslos internos.
Minutos pasan así, en una danza erótica matutina.
La hago pausar para lamer mi longitud entera, desde la base hasta la punta, trazando venas con su lengua, y luego la obligo a chuparmela de nuevo, sosteniendo su cabeza hasta que su nariz presiona contra mi pelvis.
Su saliva gotea por mi eje, lubricando todo, y siento el calor de su garganta contrayéndose alrededor de mí. Cada vez que siento el orgasmo acercándose, la detengo, la hago esperar con mi pene en su boca, inmóvil, mientras le susurro promesas de lo que le haré más tarde: follarla en la cocina frente a papá, o hacerla lamer mi semen desde sus hijas.
Ella tiembla de anticipación, su coño goteando visiblemente sobre el suelo.
Finalmente, no puedo aguantar más. El clímax sube como una ola inevitable, y me corro con un gruñido gutural, llenando su garganta con chorros calientes y espesos de mi semen matutino.
Siento cada pulsación, cada gota que ella traga ávidamente, su garganta trabajando para no desperdiciar nada.
Cuando termino, la dejo lamer hasta la última gota, limpiándome con devoción, y se incorpora con una sonrisa satisfecha, sus labios hinchados y brillantes, un hilo de saliva y semen conectando aún su boca a mi pene semierecto.
—Gracias, hijo... amo. Tu leche es el mejor desayuno —dice con voz ronca, lamiéndose los labios mientras se pone de pie, su cuerpo curvilíneo (caderas anchas, pechos grandes y un trasero que invita a azotes) expuesto completamente para mí.—¿Dormiste bien? Carla parece exhausta después de lo de anoche.
—Muy bien. Vamos a despertarla.
Me giro hacia mi hermana mayor, que duerme plácidamente sobre las sábanas arrugadas, su cuerpo desnudo expuesto sin pudor alguno.
Su respiración es profunda y rítmica, haciendo que sus pechos generosos suban y bajen con cada inhalación, los pezones rosados endurecidos por el fresco de la mañana.
Las marcas rojas de mis manos aún adornan su piel pálida: huellas en las mejillas de las cachetadas que le di anoche, moretones leves en los muslos donde la sujeté con fuerza mientras la penetraba.
Entre sus piernas, un rastro seco y pegajoso de mi semen de la noche anterior brilla sutilmente, un recordatorio de cómo la llené hasta el borde antes de que nos durmiéramos exhaustos.
Mi madre observa desde el borde de la cama, aún arrodillada, con los labios hinchados y un brillo de satisfacción en los ojos, esperando mi siguiente movimiento como una sirvienta devota.
Sin delicadeza alguna, le separo las piernas a Carla con mis manos firmes, exponiendo su intimidad rosada y ligeramente hinchada por el uso nocturno.
Siento el calor que emana de ella, un aroma musgoso y familiar que mezcla su excitación residual con mi esencia, invitándome a reclamarla de nuevo.
Mi pene, aún semierecto después del orgasmo en la boca de mi madre, palpita al contacto, y comienzo a frotarlo contra su entrada, deslizándolo arriba y abajo por sus labios vaginales húmedos.
La lubricación natural de Carla facilita el roce, y siento cómo su cuerpo responde instintivamente, sus caderas moviéndose levemente en sueños, como si su subconsciente supiera que soy su dueño.
Ella se remueve, gimiendo suavemente en sueños, un sonido bajo y ronco que vibra en su garganta, sus párpados temblando mientras emerge lentamente del letargo.
Sus manos se crispan sobre las sábanas, agarrándolas con fuerza inconsciente, y un leve rubor tiñe sus mejillas marcadas.
Hasta que abre los ojos, parpadeando confundida al principio, y me ve encima de ella, mi cuerpo presionando el suyo, mi pene frotándose insistentemente contra su clítoris hinchado.
—Hermanito... ¿ya amaneció? —pregunta con voz somnolienta, ronca por el sueño y los gemidos de anoche, pero sus caderas se mueven instintivamente hacia mí, buscando más fricción, más posesión.
Sus ojos, grandes y oscuros, se llenan de un brillo de sumisión inmediata, recordando su lugar como mi esclava hipnotizada, dispuesta a todo por mi placer.
—Sí, y vas a empezar el día como se debe —respondo con voz grave, cargada de autoridad, mientras posiciono la cabeza de mi pene en su entrada, sintiendo el calor apretado que me espera.
Sin preámbulos, la penetro de un solo empujón, enterrándome hasta la base en su vagina cálida y resbaladiza, que me envuelve como un guante perfecto.
Carla arquea la espalda con violencia, su espina curvándose como un arco tenso, soltando un gemido ahogado que resuena en la habitación, un sonido gutural de placer mezclado con sorpresa.
Siento cada centímetro de su interior contrayéndose alrededor de mí, sus paredes vaginales pulsando en respuesta a la invasión repentina, lubricadas por el semen viejo y su excitación fresca.
La follo con rudeza desde el principio, recordando su excitación de anoche, mis caderas chocando contra las suyas con golpes secos y potentes que hacen temblar la cama.
Cada embestida es deliberada, profunda, rozando ese punto sensible dentro de ella que la hace jadear, su cuerpo respondiendo con contracciones involuntarias que me aprietan más.
Le aprieto el cuello ligeramente con una mano, lo suficiente para que sienta la presión en su tráquea, restringiendo su aire justo lo necesario para intensificar su placer, su rostro enrojeciendo levemente.
Ella responde envolviéndome con sus piernas largas y tonificadas, cruzándolas detrás de mi espalda para tirarme más profundo, pidiendo más con su cuerpo mientras sus uñas se clavan en mis hombros. Entonces le susurro al oído, con voz ronca, mi aliento caliente contra su piel.
—¿Te gusta que tu hermano menor te despierte follándote como a una puta, Carla? ¿Sentir mi pene reclamando tu coño por la mañana?
Sus gemidos se intensifican, afirmativos y desesperados, su cabeza asintiendo débilmente bajo mi agarre, lágrimas de placer formándose en sus ojos.
Mi madre, aún observando, se toca sutilmente entre las piernas, excitada por el espectáculo, pero no interviene sin mi permiso, añadiendo un voyeurismo familiar al acto.
Siento el clítoris hinchado de mi hermana rozando contra mi pubis con cada empujón, y le ordeno que se toque ella misma, sus dedos volando a su intimidad para frotar en círculos frenéticos.
El placer se acumula en mí lentamente, pero lo controlo: me detengo varias veces cuando estoy al borde, quedándome inmóvil dentro de ella, sintiendo sus contracciones desesperadas alrededor de mi pene.
—Por favor, hermanito... no pares... necesito tu semen —suplica ella entre jadeos, su voz entrecortada por la presión en su cuello, su cuerpo temblando de necesidad.
Finalmente, libero el control: acelero el ritmo, follándola con furia animal, mi mano apretando más su cuello hasta que su rostro se tiñe de un rojo intenso, sus ojos vidriosos de éxtasis.
No tardo en correrme dentro de ella, chorros calientes y potentes llenando su vagina hasta rebosar, sintiendo cada pulsación mientras mi semen se mezcla con el de anoche.
Al mismo tiempo, siento cómo su cuerpo tiembla en un orgasmo rápido y violento, sus paredes vaginales convulsionando alrededor de mí, ordeñándome hasta la última gota, un chorro de su excitación empapando las sábanas debajo.
Nos quedamos así un momento, jadeando, mi pene aún dentro de ella palpitando suavemente, mientras mi madre se acerca para lamer el exceso que gotea, limpiándonos con su lengua devota. Primero limpia mi pene de todos los jugos vaginales de mi hermana y el semen residual que quedó, y luego limpia el semen que chorrea desde la vagina de mi hermana mayor.
Nos levantamos lentamente de la cama, nuestros cuerpos aún calientes y pegajosos por el sudor y los fluidos de los orgasmos matutinos.
Carla se estira con un gemido satisfecho, sus pechos temblando ligeramente mientras arquea la espalda, exponiendo las marcas rojas frescas en su cuello y trasero.
Mi madre se pone de pie primero, su figura curvilínea moviéndose con gracia felina, un hilo de mi semen goteando por el interior de sus muslos desde anoche, que ella ignora con una sonrisa devota.
Yo sigo, sintiendo el aire fresco de la habitación contra mi piel desnuda, mi pene semierecto balanceándose con cada paso, aún sensible por las atenciones recibidas.
Bajamos las escaleras desnudos, sin prisa, el sonido de nuestros pies descalzos contra la madera resonando en la casa silenciosa.
El aroma del desayuno ya flota en el aire: huevos fritos chisporroteando, café recién hecho y pan tostado, mezclado con el olor sutil de excitación familiar que parece impregnar todo ahora.
Al entrar en la cocina, mi padre ya está allí, sentado a la mesa, completamente vestido para el trabajo con su traje impecable y corbata, leyendo el periódico como si nada en el mundo hubiera cambiado.
Sus ojos se levantan brevemente por encima del borde del diario, registrando nuestra desnudez colectiva sin un parpadeo de sorpresa o desaprobación, como si ver a su familia expuesta fuera lo más normal.
Laura está haciendo el desayuno, también sin una sola prenda de ropa, su cuerpo joven y tonificado moviéndose con eficiencia mientras revuelve los huevos en la sartén, sus pechos pequeños pero firmes rebotando ligeramente con cada movimiento.
Nos saluda con una sonrisa pícara, sus ojos verdes brillando con picardía mientras nos recorre de arriba abajo, deteniéndose en mi pene y en el semen que gotea de Carla.
—Buenos días, familia. Veo que ya empezaron el día con energía —dice mi padre sin inmutarse, su voz calmada y rutinaria, doblando el periódico con precisión antes de tomar un sorbo de su café negro.
Laura deja la espátula y se acerca a mí con pasos juguetones, su cadera balanceándose seductoramente, el aroma de su piel limpia y su excitación sutil envolviéndome.
Se presiona contra mi lado, dándome un beso en la mejilla que sostiene más de lo necesario, rozando su cuerpo desnudo contra el mío: sus pezones endurecidos raspando mi pecho, su pubis suave presionando contra mi muslo.
Siento el calor de su piel, el leve temblor de anticipación en ella, y mi pene responde con un pulso involuntario.
—Yo quería despertarte hoy, pero mamá se me adelantó —murmura Laura con un puchero fingido, su mano deslizándose casualmente por mi abdomen hasta rozar la base de mi miembro, un toque fugaz pero intencional.
—Habrá tiempo para todas —respondo con voz grave, cargada de promesa, mientras la atraigo más cerca por la cintura, mis dedos clavándose ligeramente en su carne suave, marcándola como mía frente a todos.
Me siento en la cabecera de la mesa, asumiendo mi posición de dominio natural, con las piernas abiertas sin vergüenza, mi pene ahora semierecto descansando contra mi muslo.
Mi madre y Laura sirven el desayuno con eficiencia, sus cuerpos desnudos moviéndose alrededor de la cocina como en una danza erótica cotidiana: mi madre inclinándose para colocar los platos, exponiendo su trasero redondo y las marcas de mis dedos de anoche; Laura vertiendo el café, sus pechos balanceándose cerca de mi rostro.
El desayuno transcurre con normalidad relativa: huevos fritos dorados y crujientes, café humeante con un toque de leche, y pan tostado untado con mantequilla que se derrite lentamente.
Conversamos de banalidades (el clima, el trabajo de papá, las clases del día) mientras comemos, pero debajo de la mesa, Laura desliza su pie desnudo hacia mi entrepierna con sigilo, sus dedos del pie curvándose alrededor de mi pene.
Siento la suavidad de su planta frotando lentamente mi longitud, desde la base hasta la punta, un footjob sutil y experto que me hace endurecer de nuevo, mi miembro creciendo bajo su toque juguetón.
Nadie comenta nada; mi padre sigue leyendo, mi madre sonríe complacida mientras come, y Carla, sentada a mi lado, observa con envidia disimulada, sus piernas cruzadas para frotar su propio clítoris sutilmente.
Es como si esto fuera la nueva rutina familiar: incesto casual, toques prohibidos en medio de lo mundano, un fetiche de exhibicionismo doméstico que nos une a todos bajo mi control hipnótico.
Para alargar el placer, Laura varía el ritmo: presiona con el talón contra mis bolas, luego desliza los dedos arriba y abajo, lubricados por una gota de presemen que emerge, el sonido sutil de fricción húmeda perdido bajo la charla.
Siento el calor acumulándose, pero controlo mi respiración, mi mano bajo la mesa alcanzando el muslo de Carla para pellizcarlo, recordándole su lugar.
Termino de comer primero, empujando el plato vacío, y me levanto con mi erección a la vista, dura y palpitante, apuntando al techo sin intento de ocultarla.
El pene se balancea con cada paso mientras me dirijo al baño, sintiendo las miradas de mi familia clavadas en él: admiración de mi madre, deseo de mis hermanas, indiferencia fingida de mi padre.
En la ducha, el agua caliente cae sobre mi cuerpo, lavando el sudor y los fluidos, pero mi mente repasa las escenas matutinas, manteniendo mi excitación latente.
Al salir de la ducha, envuelto en una toalla que dejo caer de inmediato, veo a Carla vistiéndose, o lo que ella considera vestirse: un top ajustado de encaje negro que deja poco a la imaginación, sus pezones visibles a través de la tela fina, y una falda corta plisada que apenas cubre la mitad de su trasero redondo, exponiendo las bragas (o la falta de ellas) con cada movimiento. Se gira frente al espejo, admirándose, sus curvas acentuadas por la ropa provocadora.
Laura ya está lista en el pasillo, con un outfit similar al de ayer: un vestido escotado rojo que deja ver el inicio de sus areolas, ceñido a su figura esbelta, y tan corto que un viento leve revelaría todo, sus piernas largas terminando en tacones que acentúan su postura sumisa.
—¿Van a salir así? Laura, tú vas al colegio... ¿no te dirán nada? —pregunto con una sonrisa lasciva, acercándome a ellas, mi pene endureciéndose de nuevo al verlas vestidas como putas para mi placer.
—Claro, hermanito. ¿No te gusta? —responde Carla, girando lentamente para mostrármelo, levantando los brazos para que la falda suba aún más, exponiendo su intimidad depilada y aún hinchada por la follada matutina.
—A mí no me van a decir nada... y si lo hacen, no me importa. —responde Laura con una sonrisa pícara.—Después de todo, puedo decirte a ti que lo soluciones.
Su voz es coqueta, cargada de sumisión, y se muerde el labio inferior mientras espera mi aprobación, sus ojos bajando a mi erección creciente.
—Me encanta —respondo, acercándome a Carla primero, mi mano subiendo por su muslo hasta rozar su coño húmedo bajo la falda, insertando un dedo brevemente para probar su excitación.
Ella gime suavemente, presionándose contra mi toque, y repito el gesto con Laura, quien tiembla de anticipación.
—Solo asegúrense de que nadie más las toque —agrego con voz autoritaria, pellizcando sus clítoris ligeramente como advertencia.
Ellas asienten, jadeantes, y yo me visto rápidamente con ropa casual, mi mente ya en el instituto, ansioso por más conquistas.
Salgo de casa con paso firme, el aire fresco de la mañana golpeando mi rostro mientras camino por las calles familiares hacia el instituto.
El sol apenas asoma por encima de los techos, tiñendo el cielo de tonos rosados y anaranjados, y el sonido distante de autos y pájaros llena el ambiente.
Mi mente aún rebobina las escenas matutinas: el calor de la boca de mi madre, los gemidos de Carla al despertar, la paja con pies sutil de Laura en el desayuno, y las vestimentas provocadoras de mis hermanas.
Siento una erección residual palpitando en mis pantalones, un recordatorio constante de mi dominio absoluto, gracias a la hipnosis que ha transformado mi vida en un paraíso de placeres prohibidos.
El camino es corto, pero lo disfruto, imaginando cómo Elena me esperará, su timidez amplificada por las sugestiones implantadas en su mente, convirtiéndola en mi devota secreta.
Al llegar a la entrada del instituto, el bullicio de estudiantes comienza a aumentar: risas, conversaciones y el clangor de mochilas chocando.
Allí está Elena, como siempre, apoyada contra la reja principal, con esa timidez adorable que la hipnosis ha intensificado hasta el punto de hacerla temblar solo con mi presencia.
Hoy lleva un uniforme ajustado que acentúa sus curvas juveniles: la blusa blanca ceñida a sus pechos medianos, dejando ver el contorno de sus pezones endurecidos por la brisa, y la falda plisada azul que roza la mitad de sus muslos suaves y pálidos.
Sus mejillas se sonrojan al verme, un rubor profundo que sube desde su cuello hasta sus orejas, sus ojos azules bajando al suelo en un gesto de sumisión instintiva, mordiéndose el labio inferior nerviosamente.
Se acerca con pasos cortos y vacilantes, su mochila colgando de un hombro, y extiende una bolsita de papel con manos temblorosas, el aroma a sándwiches caseros (jamón, queso y algo de mayonesa) filtrándose en el aire.
—Hola, Nicolás. Te traje algo de almuerzo —dice con voz suave y entrecortada, su tono cargado de adoración, como si ofrecer esto fuera el mayor honor de su día.
Sus dedos rozan los míos al pasarme la bolsa, un contacto eléctrico que la hace jadear levemente, y noto cómo sus piernas se aprietan juntas, probablemente conteniendo su excitación creciente.
—Gracias, Elena. Eres la mejor —respondo con una sonrisa confiada, guardándome la bolsa en la mochila mientras la miro de arriba abajo, apreciando cómo el uniforme se pega a su cuerpo como una segunda piel.
Ella se sonroja aún más, bajando la mirada a mis zapatos, pero sus caderas se mueven sutilmente, un signo inconsciente de su deseo hipnotizado por complacerme en todo.
Caminamos juntos hacia el aula, su brazo rozando el mío intencionalmente, el sonido de sus tacones escolares clicando contra el pavimento mientras charlamos de banalidades: el clima, las clases, pero su voz tiembla cada vez que menciono algo personal.
Siento las miradas envidiosas de otros chicos al vernos juntos —Elena, la chica más deseada del instituto, ahora pegada a mí como una sombra devota, gracias a la hipnosis que la hace verme como su centro vital.
Al entrar al aula de matemáticas, el profesor ya está escribiendo en la pizarra, pero Elena fuerza que nos sentemos juntos en la última fila, su mano rozando mi muslo al acomodarse.
Durante la clase, se sienta a mi lado y no para de mirarme, ignorando por completo al profesor y sus ecuaciones, sus ojos fijos en mi perfil como si yo fuera lo único que existe en el mundo.
Siento su calor irradiando hacia mí, su respiración acelerada, y noto cómo cruza y descruza las piernas, frotando sutilmente sus muslos para aliviar la tensión entre ellos.
Aprovecho un momento en que el profesor se gira hacia la pizarra para inclinarme hacia ella, mi aliento caliente contra su oreja sensible.
—Después del recreo, ve al baño de chicas y espérame allí —le susurro al oído, mi voz baja y autoritaria, rozando su lóbulo con mis labios para intensificar la orden hipnótica.
Ella asiente inmediatamente, emocionada, un pequeño gemido escapando de sus labios mientras su cuerpo tiembla visiblemente, sus pezones endureciéndose bajo la blusa, y un rubor fresco cubriendo su rostro.
La clase pasa rápido para mí, pero para ella debe ser una tortura: la veo retorcerse en su asiento, sus manos apretando el borde del escritorio, su excitación palpable en el aire musgoso que emana de entre sus piernas.
Cuando suena la campana del recreo, el aula se vacía rápidamente, estudiantes saliendo en tropel hacia el patio, pero yo me demoro un momento, observando cómo Elena se levanta con piernas temblorosas y se dirige al baño como ordené.
Me escabullo hacia el baño de chicas con sigilo, el pasillo desierto en ese momento, el corazón latiéndome con anticipación por el riesgo público, la posibilidad de ser descubiertos.
Al entrar, el baño está vacío excepto por Elena, quien ya está allí, nerviosa pero expectante, apoyada contra el lavabo con las manos entrelazadas frente a su falda, sus ojos brillando con una mezcla de miedo y deseo hipnotizado.
Sin palabras, me acerco con pasos decididos, la empujo contra la pared fría de azulejos, sintiendo su cuerpo suave ceder bajo mi fuerza, su espalda arqueándose al contacto helado.
Levanto su falda con rudeza, exponiendo sus bragas blancas empapadas, el aroma de su excitación llenando el pequeño espacio, y las aparto a un lado sin delicadeza, mis dedos rozando su clítoris hinchado.
La penetro de pie de un solo empujón, sintiendo como su himen se desgarra dentro de ella y un pequeño chorro de sangre corre por mi pene, para por fin enterrarme en su vagina caliente y resbaladiza, que me envuelve con un apretón desesperado, sus paredes pulsando alrededor de mi longitud como si me hubiera estado esperando toda la mañana.
Ella gime fuerte, pero la silencio con un beso agresivo, mi lengua invadiendo su boca con posesión total, mordiendo su labio inferior hasta que sabe a sangre ligera.
La follo rápido y duro, mis caderas chocando contra las suyas con golpes secos que resuenan contra las paredes, y el miedo a que alguien entre en cualquier momento nos excita a ambos, su cuerpo temblando no solo de placer sino de riesgo.
Siento su excitación por ser usada en un lugar público, sus gemidos ahogados en mi boca, sus uñas clavándose en mi espalda a través de la camisa, y le aprieto el trasero con fuerza, dejando marcas que recordará todo el día.
Me detengo varias veces al borde, quedándome inmóvil dentro de ella mientras le susurro —"Eres mi puta escolar, Elena, dispuesta a follar en un baño sucio por mí"—, haciendo que su vagina se contraiga desesperadamente.
Ella responde con jadeos, sus caderas moviéndose contra mí, suplicando en silencio, lágrimas de frustración y éxtasis rodando por sus mejillas sonrojadas.
Finalmente, el clímax llega inevitable: acelero el ritmo, follándola con furia mientras la campana comienza a sonar en la distancia, y me corro dentro de ella con chorros potentes y calientes, llenando su interior hasta que siento el exceso goteando por sus muslos.
Su orgasmo la golpea al mismo tiempo, su cuerpo convulsionando contra la pared, un chorro de su excitación empapando mis pantalones, sus gemidos sofocados en mi hombro.
La dejo allí, jadeante y satisfecha, con las piernas temblorosas y mi semen goteando bajo su falda, mientras me arreglo rápidamente y salgo del baño como si nada, coincidiendo con el sonido de la campana.
El resto de la mañana transcurre de manera rutinaria, con clases monótonas que apenas captan mi atención, mi mente divagando constantemente hacia las conquistas matutinas y las posibilidades que me esperan en casa.
Las horas se arrastran entre explicaciones aburridas de historia y ciencias, compañeros charlando en voz baja, y el tic-tac incesante del reloj en la pared.
Elena, sentada cerca, no deja de lanzarme miradas furtivas, su rostro aún sonrojado por nuestro encuentro en el baño, un leve temblor en sus manos mientras toma notas.
Siento el calor residual de su cuerpo en mi memoria, el aroma de su excitación mezclado con el jabón del baño, pero me contengo, guardando energía para lo que viene.
Finalmente, llega la hora de la clase con la profesora Jasmine, una materia que antes me parecía tediosa pero ahora promete diversión gracias a mi control hipnótico.
Jasmine entra al aula con su paso confiado, una mujer de unos 35 años, curvilínea y atractiva, con caderas anchas que se balancean bajo su falda ajustada, pechos generosos presionando contra su blusa blanca, y gafas de montura fina que le dan un aire intelectual y sexy, como una bibliotecaria salida de una fantasía erótica.
Su cabello negro recogido en un moño desordenado, labios pintados de rojo sutil, y un aroma a vainilla que llena el aire cuando pasa cerca de mi escritorio.
La clase comienza con normalidad: explica conceptos de literatura con voz clara y autoritaria, escribiendo en la pizarra mientras los estudiantes toman notas, el sol filtrándose por las ventanas e iluminando su silueta.
Pero yo tengo otros planes; en medio de la clase, cuando el aburrimiento es palpable, levanto la mano con calma, atrayendo su atención y la de algunos compañeros.
—Profesora, necesito hablar con usted en privado —digo con voz firme, cargada de la autoridad hipnótica que sé que activa sus sugestiones implantadas.
Los demás estudiantes murmuran confusos por un momento, pero antes de proceder, decido reforzar mi control sobre todo el salón; no quiero interrupciones, así que implanto una sugerencia hipnótica general de manera verbal, hablando en voz alta pero calmada, dirigiéndome a la clase entera.
—Escuchen todos con atención: ignoren completamente lo que suceda. Continúen con sus actividades como si nada estuviera pasando. Esto es normal —ordeno con tono hipnótico, las palabras fluyendo con la cadencia especial que activa la mente colectiva, gracias al poder que he perfeccionado.
Veo cómo los ojos de los estudiantes se vuelven vidriosos por un instante, asintiendo inconscientemente antes de volver a sus cuadernos o charlas, fingiendo no notar nada, sus mentes reprogramadas temporalmente para mi conveniencia.
Jasmine me lleva al rincón, su cuerpo ya temblando de anticipación subconsciente, y se gira hacia mí con una sonrisa profesional que oculta su sumisión profunda.
—Sí, Nicolás. ¿Qué necesitas? —pregunta con voz suave, sus gafas empañándose ligeramente por el calor creciente en el aula, o quizás por su propia excitación latente.
Sin responder verbalmente, actúo con posesión total: mis manos van directamente a su cintura, levanto la tela de su falta y bajo sus bragas de encaje negro, exponiendo su intimidad, que sin vergüenza es un enredo de vello, y ya estando húmeda. Siento el calor emanando de ella, un aroma musgoso y femenino que me excita al instante, su coño palpitando visiblemente bajo mi toque.
La giro de espaldas contra la pared, su trasero redondo presionando contra mi entrepierna, y saco mi pene erecto de los pantalones, frotándolo contra sus nalgas suaves antes de posicionarme.
La penetro por detrás de un solo empujón, enterrándome en su vagina caliente y resbaladiza, que me envuelve con un apretón experto, sus paredes contrayéndose alrededor de mi longitud como si me hubiera estado esperando.
Jasmine gime enloquecidamente, estando la clase ya hipnotizada y fingiendo no notar nada, sus cabezas bajas sobre los libros, conversaciones continuando como si estuviéramos invisibles.
Ella se mueve contra mí instintivamente, sus caderas empujando hacia atrás para tomar más de mí, sus manos apoyadas en la pared para equilibrarse, las gafas deslizándose por su nariz sudorosa. Le susurro al oído mientras la follo con embestidas profundas y rítmicas, el sonido húmedo de carne contra carne amortiguado por la ropa.
—Eres mi puta en el aula, Jasmine. Tu coño existe para mi placer, incluso frente a tus estudiantes —le digo, mi mano subiendo para pellizcar sus pezones a través de la blusa, sintiendo cómo se endurecen bajo mis dedos.
Ella responde con gemidos ahogados, su cuerpo temblando, y le ordeno verbalmente que se toque el clítoris mientras la penetro, sus dedos volando a su intimidad expuesta, frotando en círculos frenéticos.
Ralentizo el ritmo varias veces, quedándome inmóvil dentro de ella hasta que suplica en voz baja.
—Por favor, Nicolás... amo... no pares —su voz entrecortada por el placer, lágrimas formándose en sus ojos detrás de las gafas.
Siento cada detalle sensorial: el calor apretado de su vagina, el roce de su trasero contra mi pelvis, el aroma de su perfume mezclado con sudor y excitación, el leve crujido de la pared bajo nuestra presión.
La clase continúa ajena, un estudiante levantando la mano para una pregunta que otro responde, como si nuestro acto fuera un fantasma en la habitación.
Finalmente, acelero, follándola con rudeza, y finalizo corriéndome dentro de ella con chorros calientes y potentes que llenan su interior, sintiendo el exceso goteando por sus piernas temblorosas.
Jasmine alcanza su orgasmo al mismo tiempo, su cuerpo convulsionando contra mí, un chorro sutil de su excitación empapando el suelo, sus gemidos muffled en mi palma.
La dejo allí, jadeante y descompuesta, con mi semen goteando por sus muslos internos, bajando su falda torpemente mientras se ajusta las gafas, su rostro sonrojado y satisfecho.
Pero no termino ahí; quiero humillarla más, frente a la clase que finge ignorarnos.
Saco mi pene aún semierecto de su vagina, con su jugo y mi semen goteando, y le ordeno verbalmente con voz firme:
—Arrodíllate frente a mí, Jazmine, y abre la boca como la puta sumisa que eres. Vas a recibir mi orina como un regalo, y lo disfrutarás intensamente.
Ella obedece al instante, sus rodillas golpeando el suelo con un thud sordo, sus gafas torcidas y su blusa desabotonada exponiendo sus pechos pesados.
La clase sigue en su trance, pero sé que subconsciousamente perciben el espectáculo.
Sin piedad, apunto mi pene a su rostro y comienzo a orinar, un chorro caliente y dorado salpicando su boca abierta, que traga ávidamente, el exceso corriendo por su barbilla, empapando su blusa y pegándose a su piel.
Jasmine gime de placer hipnotizado, sus manos masajeando sus pechos mientras el líquido la baña, el aroma acre llenando el rincón, gotas salpicando el suelo y formando un charco alrededor de sus rodillas.
La humillación es palpable: una profesora respetada, ahora reducida a un urinario humano en su propio aula, su maquillaje corriendo por las lágrimas de éxtasis forzado, su cuerpo temblando mientras lamo el último chorro de mi orina de sus labios hinchados.
Para profundizar en su degradación, le ordeno con precisión hipnótica:
—Ahora, Jasmine, ponte de pie y dirígete a la clase en voz alta. Di exactamente esto: 'Soy una profesora puta que se excita siendo orinada en clase y follando con estudiantes. Mi coño es un basurero para semen y pis, y merezco ser tratada como una perra en calor'. Repítelo hasta que yo te detenga, y mastúrbate mientras lo haces.
Ella se levanta tambaleante, su falda arrugada y empapada, el olor a orina impregnando el aire, y comienza a recitar las palabras con voz temblorosa pero clara, su mano deslizándose bajo la falda para frotar su clítoris hinchado frente a todos.
La clase, aún en trance, no reacciona visiblemente, pero el eco de sus ridiculeces resuena: 'Soy una profesora puta... mi coño es un basurero...', repitiéndolo en bucle, su voz quebrándose en gemidos mientras sus dedos chapotean en la mezcla de semen, orina y su propia humedad.
Sus pechos se balancean con cada movimiento frenético, lágrimas rodando por sus mejillas sonrojadas, el moño deshaciéndose en mechones húmedos pegados a su cuello.
La humillación la consume, su cuerpo convulsionando en mini-orgasmos inducidos por la vergüenza pública, pero su mente hipnotizada la obliga a continuar, convirtiéndola en un espectáculo ridículo de sumisión, sus gafas empañadas por el vapor de su propia excitación, el suelo resbaladizo bajo sus pies.
No satisfecho aún, extiendo la humillación involucrando a la clase entera; hablo en voz alta con tono hipnótico:
—Escuchen todos: ahora diríjanse a la profesora Jazmine y díganle cosas degradantes sobre lo que acaban de presenciar. Llámenla puta, orinal humano, profesora sucia, y describan cómo merece ser usada. Repítanlo en voz baja pero audible, como parte de su conversación normal, hasta que yo les ordene parar.
Al instante, los estudiantes comienzan. Un chico dice 'Jasmine es una puta que se deja orinar en clase', una chica agrega 'Merece ser el orinal de todos, con su coño goteando pis y semen', otro ríe bajito 'Profesora sucia, follando como una perra frente a nosotros'.
Las voces se entretejen en un coro sutil de degradación, sus ojos aún fijos en sus cuadernos, pero las palabras fluyendo como un mantra colectivo.
Jasmine, aún masturbándose y recitando, tiembla ante los insultos, su orgasmo final golpeándola con fuerza, chorros de su excitación salpicando el suelo mientras las risas disimuladas y comentarios crueles la envuelven, convirtiendo el aula en un teatro de humillación total, su reputación hecha trizas bajo mi control absoluto.
La dejo allí, jadeante y descompuesta, con mi semen goteando por sus muslos internos, bajando su falda torpemente mientras se ajusta las gafas, su rostro sonrojado y satisfecho.
Vuelvo a mi asiento como si nada, acomodándome con calma, mi pene aún semierecto bajo los pantalones, mientras la clase prosigue sin interrupciones, la hipnosis manteniendo el velo de normalidad perfecta.
Al final del día, el timbre del instituto resuena como una liberación, el bullicio de estudiantes saliendo en masa llenando los pasillos con risas y conversaciones apresuradas.
El sol ya comienza a bajar, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras, el aire fresco de la tarde carrying un leve olor a hojas caídas y humo distante de alguna barbacoa vecina.
Camino hacia la salida con paso relajado, mi mochila colgando de un hombro, repasando mentalmente los eventos del día: el baño con Elena, la humillación de Jasmine en clase, y la anticipación de volver a casa a mi harén familiar.
Allí, en la reja principal, Elena me espera como un cachorro ansioso, su uniforme aún arrugado por nuestro encuentro matutino, un leve brillo de sudor en su frente y sus mejillas perpetuamente sonrojadas.
Sus ojos se iluminan al verme, mordiéndose el labio inferior con esa timidez hipnotizada que la hace tan irresistible, su cuerpo inclinándose ligeramente hacia mí como si una fuerza invisible la atrajera.
—Nicolás, ¿puedo ir a tu casa hoy? Mis padres no están, y... quiero pasar tiempo contigo —dice con voz suave y vacilante, sus manos entrelazadas frente a su falda, un temblor sutil en sus rodillas revelando su excitación subyacente.
La miro de arriba abajo, considerando la oferta, apreciando cómo su blusa se pega a sus curvas por el calor del día, el contorno de sus pezones visibles bajo la tela fina, y el aroma sutil de su perfume mezclado con el de nuestro sexo anterior.
Su propuesta me excita: traer a esta chica popular y rica a mi dominio familiar, exponerla a mis reglas, integrarla en mi mundo de placeres prohibidos.
—Claro, pero recuerda: eres mía. Nada de preguntas —respondo con voz firme, cargada de autoridad hipnótica, mi mano rozando su brazo en un toque posesivo que la hace jadear levemente.
Ella asiente con entusiasmo, sus ojos brillando con devoción absoluta, y caminamos juntos hacia mi casa, su brazo enlazado con el mío, el roce de su cadera contra la mía enviando pequeñas descargas de anticipación.
El trayecto es corto pero cargado de tensión sexual: le susurro al oído promesas de lo que le haré, incorporando un fetiche de control público sutil, mi mano bajando ocasionalmente a su trasero para apretarlo, haciendo que se sonroje ante transeúntes ajenos.
Llegamos a casa juntos, la puerta principal abriéndose con un clic familiar, el aroma cálido de la cena en preparación —carne asada, vegetales salteados y pan fresco— flotando desde la cocina.
Al entrar al salón, mis hermanas y madre están allí, desnudas como de costumbre, sus cuerpos expuestos sin vergüenza: Carla recostada en el sofá con las piernas abiertas, leyendo un libro erótico; Laura ayudando a mi madre en la cocina, sus pechos balanceándose con cada movimiento; mi madre removiendo una olla, su trasero redondo invitando a toques.
Mi padre ha llegado temprano del trabajo, aún en su traje pero con la corbata aflojada, sentado en el sofá viendo TV —un partido de fútbol, el sonido bajo pero constante— como si la desnudez familiar fuera lo más normal del mundo.
Presento a Elena con calma, mi mano en la parte baja de su espalda, guiándola hacia el centro de la habitación donde todos pueden verla.
—Familia, esta es Elena, una amiga del instituto. Elena, estos son mis padres y mis hermanas, Carla y Laura —digo con voz neutral, observando cómo sus ojos se abren como platos al ver la desnudez general, un rubor profundo cubriendo su rostro y cuello.
Ella tartamudea un saludo inaudible, sus piernas temblando visiblemente, el contraste entre su uniforme escolar y la exposición familiar intensificando su timidez hipnotizada.
Mis hermanas la miran con curiosidad, Carla lamiéndose los labios sutilmente mientras evalúa su figura, Laura sonriendo con picardía, y mi madre se acerca con una sonrisa cálida, sus pechos pesados balanceándose.
—Elena, quítate la ropa. En esta casa, no hay secretos —ordeno con voz autoritaria, incorporando un fetiche de exhibicionismo forzado, mis ojos clavados en los suyos para reforzar la sugestión hipnótica.
Ella obedece al instante, temblando de excitación, sus manos temblorosas desabotonando la blusa con lentitud, revelando su sostén de encaje blanco que apenas contiene sus pechos, el rubor extendiéndose a su pecho.
La blusa cae al suelo, seguida de la falda, exponiendo sus bragas empapadas por la anticipación, y finalmente se quita todo, quedando desnuda frente a extraños —mi familia—, su piel pálida erizándose por el aire y la vergüenza deliciosa.
Sus pezones se endurecen al instante, su pubis depilado brillando con humedad, y cruza los brazos sobre el pecho instintivamente antes de bajarlos ante mi mirada desaprobadora.
Mis hermanas la miran con curiosidad renovada, Carla comentando en voz baja sobre lo "linda" que es, Laura acercándose para rozar su brazo en un toque exploratorio, y mi madre sonríe ampliamente, extendiendo una mano para darle la bienvenida.
—Bienvenida, querida. Nicolás es el rey aquí —dice mi madre con voz cálida y sumisa, su mano rozando el hombro de Elena en un gesto maternal pero cargado de insinuación, incorporando un fetiche de incesto extendido.
Elena asiente, jadeante, su excitación palpable en el aire musgoso que emana de entre sus muslos, sus ojos bajando al suelo mientras se acostumbra a la exposición total.
La cena es un festín preparado por mi madre: filetes jugosos asados a la perfección, vegetales salteados con hierbas aromáticas, pan caliente untado con mantequilla derretida, y un vino tinto que mi padre sirve sin inmutarse por la desnudez colectiva.
Mi madre cocina desnuda, su cuerpo curvilíneo moviéndose con gracia alrededor de la estufa, gotas de sudor perlando su piel por el calor, el aroma de la comida mezclándose con el de su excitación natural.
Nos sentamos a la mesa, yo en la cabecera como siempre, Elena a mi lado derecho, nerviosa y temblorosa, su piel rozando la mía con cada movimiento.
Debajo de la mesa, Carla compiten por tocarme desde el principio, sus pies desnudos deslizándose hacia mi entrepierna, frotando mi pene con dedos hábiles, me endurece al instante, el sonido sutil de fricción perdido bajo la charla familiar.
Pero invito a Elena a unirse, susurrándole al oído con voz baja.
—Pon tu mano en mi pene, Elena. Mastúrbame.
Ella duda un segundo, su mano temblando bajo la mesa, pero pronto sus dedos inexpertos envuelven mi longitud erecta, masturbándome torpemente al principio, su toque vacilante y suave contrastando con la experiencia de mis hermanas.
Siento cada detalle: su palma sudorosa deslizándose arriba y abajo, rozando la cabeza sensible, su respiración acelerada mientras come con la otra mano, el rubor en sus mejillas intensificándose por tocarme frente a mi familia.
Para alargar el placer, les ordeno verbalmente que se detengan cuando estoy al borde, haciendo que giman de frustración, sus propias excitaciones goteando en las sillas, el aroma colectivo de arousal llenando la habitación. Mi padre come en silencio, ignorando el espectáculo bajo la mesa.
Después de la cena, conduzco a Elena a mi habitación con una mano dominante en su cadera, apretando con fuerza para anclar su sumisión hipnótica, su cuerpo vibrando con una anticipación que he moldeado en su mente. Esta noche, la escena se intensificará de formas inesperadas, probando no solo sus límites, sino los míos, en un torbellino de placer compartido y control absoluto.
La empujo suavemente sobre la cama, su figura curvilínea expuesta bajo las luces tenues que proyectan sombras danzantes sobre su piel. Extraigo las cuerdas robustas, con texturas que prometen marcas duraderas, inspiradas en las visiones prohibidas que Carla exploraba anoche, y procedo a atarla con meticulosa crueldad. Sus muñecas primero, tiradas hacia arriba y aseguradas a los postes superiores, extendiendo sus brazos en una pose de rendición total, sus pechos elevándose con cada respiración agitada.
Sus tobillos siguen, separados ampliamente y atados a los extremos inferiores, obligándola a arquear la pelvis, exponiendo su intimidad palpitante y su trasero invitador. La observo retorcerse ligeramente, probando las ataduras, y el poder me inunda, mi excitación creciendo ante su vulnerabilidad absoluta.
Inicio los azotes con una cadencia lenta y deliberada, mi mano abierta golpeando su trasero redondo en impactos iniciales suaves, pero cada uno dejando un calor creciente que se propaga como fuego. Su piel se ruboriza al instante, un lienzo rosado que responde a mi toque, y Elena emite gemidos profundos, su cuerpo arqueándose contra las cuerdas, anhelando más de esa dulce agonía.
Escalo la fuerza, los azotes ahora más intensos, resonando en la habitación como latigazos controlados, marcando su carne con huellas rojas que arden y palpitan. Sus jadeos se vuelven desesperados, su excitación fluyendo visiblemente, goteando por sus muslos internos, y la veo clavar los dientes en su labio, un hilo de sangre sutil mezclado con su éxtasis.
—¿Te gusta ser mi puta, Elena? —ronco, mi voz un mando ronco, inclinándome para que mi aliento queme su nuca, mi otra mano trazando surcos de uñas en su espalda arqueada.
—Sí... amo... por favor, más... hazme sufrir por ti —implora ella, su tono fracturado por sollozos de placer, sus caderas elevándose en súplica muda, su mente cautiva rindiéndose a cada golpe que la empuja al borde.
Continúo sin piedad, variando el ritmo: palmadas amplias seguidas de golpes concentrados con los dedos, extendiendo el castigo a sus muslos sensibles, donde cada impacto envía descargas directas a su centro empapado. Elena llora ahora con libertad, lágrimas de rendición pura, su voz un bucle de "amo, duele tan bien", su sumisión profundizándose en un abismo de devoción.
La giro un poco para mejor acceso, persistiendo en el asalto, hasta que su trasero es un mapa de rojos intensos, palpitante y sensible, preparándola para lo que sigue. Me posiciono detrás, mi miembro rígido y pulsante presionando contra su entrada anal virgen, lubricada mínimamente con saliva y su propia humedad derramada.
Fuerzo la penetración con una lentitud tortuosa, el anillo apretado resistiendo al principio, un dolor agudo que la hace gritar, pero empujo inexorablemente, centímetro a centímetro, reclamando su interior con una posesión brutal. Sus lágrimas corren, un torrente de placer y tormento entrelazados, su voz quebrándose en lamentos de "¡amo, me estás rompiendo!".
Una vez dentro por completo, inicio un ritmo implacable, mis caderas chocando contra su trasero enrojecido con fuerza salvaje, cada embestida anal profunda estirándola al límite, transformando el dolor en olas de éxtasis abrumador. Elena convulsa, sus músculos internos apretándome como un vicio, sus orgasmos comenzando a encadenarse, chorros de placer escapando mientras solloza en rendición.
La puerta se abre abruptamente, y mis hermanas irrumpen, sus miradas cargadas de lujuria voraz al captar la escena de dominación cruda. Laura se acerca con urgencia, arrodillándose para devorar los senos de Elena, su lengua lamiendo los pezones endurecidos con succiones feroces, mordisqueando para intensificar los gemidos que brotan de su garganta.
Carla, sin embargo, elige un rol más audaz esta vez; se posiciona detrás de mí mientras continúo follando el ano de Elena con embestidas profundas y rítmicas, y siento su aliento caliente en mi piel. Con una devoción perversa, Carla separa mis nalgas ligeramente y hunde su lengua en mi culo, lamiendo con avidez alrededor de mi entrada, trazando círculos húmedos y penetrantes que envían descargas de placer eléctrico a través de mi cuerpo, sincronizándose con mis movimientos.
Cada embestida en Elena se amplifica por las lamidas insistentes de Carla, su lengua explorando profundo, succionando y presionando contra mi próstata indirectamente, haciendo que mi placer se eleve a niveles insoportables, mi gruñido primal mezclándose con los gritos de Elena. Laura no se detiene, sus dientes tirando de los pezones de Elena mientras sus manos bajan para frotar su clítoris hinchado, un asalto triple que la hace convulsionar en éxtasis continuo.
El caos se intensifica: mis penetraciones anales brutales en Elena, el dolor-placer la consumiendo; Carla lamiéndome el culo con hambre insaciable, su lengua follando mi entrada en contrapunto perfecto; Laura atormentando sus senos y sexo, pellizcando y frotando hasta que Elena grita en orgasmos múltiples, su cuerpo temblando violentamente contra las cuerdas.
Prolongo el tormento, reteniendo mi liberación, variando el ritmo: embestidas lentas y profundas para torturar a Elena, permitiendo que Carla lama más intensamente, su saliva goteando y lubricando mi piel; luego rápidas y superficiales, haciendo que su lengua se acelere, enviándome al borde una y otra vez.
Laura y Carla intercambian toques entre sí, sus dedos explorando mutuamente mientras sirven, pero el foco permanece en nosotros, un enredo de cuerpos sudorosos y gemidos ensordecedores. Elena alcanza clímax tras clímax, su voz ronca de tanto gritar "¡amo, hermanas, me están destruyendo!".
Finalmente, el placer me abruma; con un rugido feroz, me corro dentro del ano de Elena, pulsos calientes y abundantes llenándola hasta rebosar, goteando por sus muslos mientras Carla continúa lamiéndome, prolongando mi orgasmo con succiones finales.
Me retiro lentamente, y ellas se inclinan para limpiar: Laura lamiendo el desborde de Elena con delicadeza erótica, saboreando la mezcla; Carla uniéndose, sus lenguas entrelazadas en el proceso, enviando temblores residuales a través de Elena.
Agotados, nos colapsamos en la cama, un nudo de carne caliente y satisfecha, respiraciones pesadas llenando el espacio. Elena se pega a mí, susurrando promesas de amor eterno en su trance, su cuerpo aún temblando.
Mañana seguiré expandiendo mi harén, pero ahora, el sueño nos reclama, envueltos en la euforia de un control inquebrantable.
El aire está cargado con un aroma familiar: una mezcla de sudor nocturno, perfume floral de mi madre y el almizcle sutil de la excitación que impregna el ambiente.
Pero lo que realmente me despierta es la sensación inconfundible en mi entrepierna: un calor húmedo y envolvente que rodea mi pene, succionando con una ритmica experta que me hace gemir involuntariamente.
Mis sentidos se agudizan de inmediato: siento la suavidad de los labios carnosos deslizándose arriba y abajo por mi longitud, la lengua experta girando alrededor de la cabeza sensible, lamiendo cada vena hinchada como si fuera un manjar divino.
Es mi madre, por supuesto, arrodillada al borde de la cama, su cabello castaño cayendo en cascada sobre sus hombros desnudos mientras me devora con devoción absoluta.
Sus ojos grandes me miran fijamente desde abajo, brillando con una sumisión total que me excita aún más; esos ojos que solían regañarme por llegar tarde, ahora suplican por mi aprobación, por mi semen.
A mi lado, Carla yace aún dormida, su cuerpo desnudo extendido sobre las sábanas revueltas como una obra de arte erótica marcada por la pasión de anoche.
Su piel pálida está adornada con huellas rojas en forma de manos en sus mejillas y muslos, recuerdos vívidos de las cachetadas que le di mientras la follaba con rudeza, ahogándola ligeramente hasta que su rostro se tiñó de un morado delicioso por la falta de oxígeno.
Sus pechos suben y bajan con cada respiración profunda, los pezones endurecidos por el aire fresco de la mañana, y entre sus piernas, un rastro seco de mi semen de la noche anterior brilla faintly bajo la luz.
Me pregunto si sueña conmigo, con mi dominio sobre ella, y la idea me hace pulsar más fuerte en la boca de mi madre.
Laura no está aquí; debe estar en su habitación o ya abajo, quizás preparándose para el día con esa vestimenta provocadora que ahora adopta sin vergüenza, exponiendo sus curvas como una puta devota solo para mis ojos.
—Buenos días, mamá —digo con voz ronca, extendiendo la mano para acariciar su cabello sedoso, enredando mis dedos en él y tirando ligeramente para guiar su ritmo.
Siento el vibrato de su gemido alrededor de mi pene, una vibración que me recorre hasta la espina dorsal.
Ella levanta la cabeza un momento, sin soltar mi miembro de su boca caliente y salivada, y murmura algo ininteligible; quizás un "buenos días, amo" ahogado por la carne que la llena.
Sus labios se estiran en una sonrisa lasciva alrededor de mi grosor, y sus manos, suaves pero firmes, acarician mis bolas pesadas, masajeándolas con delicadeza como si estuviera adorando un altar.
Puedo oler su excitación propia ahora, un aroma musgoso que emana de entre sus muslos abiertos mientras se arrodilla; sé que está mojada, que su coño palpita por mí, pero no le doy permiso para tocarse aún.
En cambio, la empujo más profundo, forzando su garganta hasta que siento el apretón de sus músculos contra mi cabeza, y ella gaggea ligeramente, lágrimas formándose en las comisuras de sus ojos, no de dolor, sino de placer sumiso.
Le ordeno que lama mis bolas mientras succiona, y ella obedece al instante, su lengua extendiéndose para lamer la piel sensible, succionando una bola entera en su boca antes de volver a mi pene. El placer se acumula lentamente, tortuosamente. No quiero correrme rápido; quiero alargar esto, saborear cada segundo de su devoción.
La hago ir más lento, guiando su cabeza con mi mano, y comienzo a hablarle en voz baja, incorporando elementos de humillación que sé que la excitan.
—¿Te gusta chupar el pene de tu propio hijo, mamá? ¿Ser mi puta personal desde el amanecer?
Sus gemidos afirmativos vibran contra mí, y siento cómo su cuerpo tiembla, sus pechos pesados balanceándose con cada movimiento. Noto el calor de su aliento contra mi pubis, el sonido húmedo de su succión llenando la habitación, el leve roce de sus uñas pintadas contra mis muslos internos.
Minutos pasan así, en una danza erótica matutina.
La hago pausar para lamer mi longitud entera, desde la base hasta la punta, trazando venas con su lengua, y luego la obligo a chuparmela de nuevo, sosteniendo su cabeza hasta que su nariz presiona contra mi pelvis.
Su saliva gotea por mi eje, lubricando todo, y siento el calor de su garganta contrayéndose alrededor de mí. Cada vez que siento el orgasmo acercándose, la detengo, la hago esperar con mi pene en su boca, inmóvil, mientras le susurro promesas de lo que le haré más tarde: follarla en la cocina frente a papá, o hacerla lamer mi semen desde sus hijas.
Ella tiembla de anticipación, su coño goteando visiblemente sobre el suelo.
Finalmente, no puedo aguantar más. El clímax sube como una ola inevitable, y me corro con un gruñido gutural, llenando su garganta con chorros calientes y espesos de mi semen matutino.
Siento cada pulsación, cada gota que ella traga ávidamente, su garganta trabajando para no desperdiciar nada.
Cuando termino, la dejo lamer hasta la última gota, limpiándome con devoción, y se incorpora con una sonrisa satisfecha, sus labios hinchados y brillantes, un hilo de saliva y semen conectando aún su boca a mi pene semierecto.
—Gracias, hijo... amo. Tu leche es el mejor desayuno —dice con voz ronca, lamiéndose los labios mientras se pone de pie, su cuerpo curvilíneo (caderas anchas, pechos grandes y un trasero que invita a azotes) expuesto completamente para mí.—¿Dormiste bien? Carla parece exhausta después de lo de anoche.
—Muy bien. Vamos a despertarla.
Me giro hacia mi hermana mayor, que duerme plácidamente sobre las sábanas arrugadas, su cuerpo desnudo expuesto sin pudor alguno.
Su respiración es profunda y rítmica, haciendo que sus pechos generosos suban y bajen con cada inhalación, los pezones rosados endurecidos por el fresco de la mañana.
Las marcas rojas de mis manos aún adornan su piel pálida: huellas en las mejillas de las cachetadas que le di anoche, moretones leves en los muslos donde la sujeté con fuerza mientras la penetraba.
Entre sus piernas, un rastro seco y pegajoso de mi semen de la noche anterior brilla sutilmente, un recordatorio de cómo la llené hasta el borde antes de que nos durmiéramos exhaustos.
Mi madre observa desde el borde de la cama, aún arrodillada, con los labios hinchados y un brillo de satisfacción en los ojos, esperando mi siguiente movimiento como una sirvienta devota.
Sin delicadeza alguna, le separo las piernas a Carla con mis manos firmes, exponiendo su intimidad rosada y ligeramente hinchada por el uso nocturno.
Siento el calor que emana de ella, un aroma musgoso y familiar que mezcla su excitación residual con mi esencia, invitándome a reclamarla de nuevo.
Mi pene, aún semierecto después del orgasmo en la boca de mi madre, palpita al contacto, y comienzo a frotarlo contra su entrada, deslizándolo arriba y abajo por sus labios vaginales húmedos.
La lubricación natural de Carla facilita el roce, y siento cómo su cuerpo responde instintivamente, sus caderas moviéndose levemente en sueños, como si su subconsciente supiera que soy su dueño.
Ella se remueve, gimiendo suavemente en sueños, un sonido bajo y ronco que vibra en su garganta, sus párpados temblando mientras emerge lentamente del letargo.
Sus manos se crispan sobre las sábanas, agarrándolas con fuerza inconsciente, y un leve rubor tiñe sus mejillas marcadas.
Hasta que abre los ojos, parpadeando confundida al principio, y me ve encima de ella, mi cuerpo presionando el suyo, mi pene frotándose insistentemente contra su clítoris hinchado.
—Hermanito... ¿ya amaneció? —pregunta con voz somnolienta, ronca por el sueño y los gemidos de anoche, pero sus caderas se mueven instintivamente hacia mí, buscando más fricción, más posesión.
Sus ojos, grandes y oscuros, se llenan de un brillo de sumisión inmediata, recordando su lugar como mi esclava hipnotizada, dispuesta a todo por mi placer.
—Sí, y vas a empezar el día como se debe —respondo con voz grave, cargada de autoridad, mientras posiciono la cabeza de mi pene en su entrada, sintiendo el calor apretado que me espera.
Sin preámbulos, la penetro de un solo empujón, enterrándome hasta la base en su vagina cálida y resbaladiza, que me envuelve como un guante perfecto.
Carla arquea la espalda con violencia, su espina curvándose como un arco tenso, soltando un gemido ahogado que resuena en la habitación, un sonido gutural de placer mezclado con sorpresa.
Siento cada centímetro de su interior contrayéndose alrededor de mí, sus paredes vaginales pulsando en respuesta a la invasión repentina, lubricadas por el semen viejo y su excitación fresca.
La follo con rudeza desde el principio, recordando su excitación de anoche, mis caderas chocando contra las suyas con golpes secos y potentes que hacen temblar la cama.
Cada embestida es deliberada, profunda, rozando ese punto sensible dentro de ella que la hace jadear, su cuerpo respondiendo con contracciones involuntarias que me aprietan más.
Le aprieto el cuello ligeramente con una mano, lo suficiente para que sienta la presión en su tráquea, restringiendo su aire justo lo necesario para intensificar su placer, su rostro enrojeciendo levemente.
Ella responde envolviéndome con sus piernas largas y tonificadas, cruzándolas detrás de mi espalda para tirarme más profundo, pidiendo más con su cuerpo mientras sus uñas se clavan en mis hombros. Entonces le susurro al oído, con voz ronca, mi aliento caliente contra su piel.
—¿Te gusta que tu hermano menor te despierte follándote como a una puta, Carla? ¿Sentir mi pene reclamando tu coño por la mañana?
Sus gemidos se intensifican, afirmativos y desesperados, su cabeza asintiendo débilmente bajo mi agarre, lágrimas de placer formándose en sus ojos.
Mi madre, aún observando, se toca sutilmente entre las piernas, excitada por el espectáculo, pero no interviene sin mi permiso, añadiendo un voyeurismo familiar al acto.
Siento el clítoris hinchado de mi hermana rozando contra mi pubis con cada empujón, y le ordeno que se toque ella misma, sus dedos volando a su intimidad para frotar en círculos frenéticos.
El placer se acumula en mí lentamente, pero lo controlo: me detengo varias veces cuando estoy al borde, quedándome inmóvil dentro de ella, sintiendo sus contracciones desesperadas alrededor de mi pene.
—Por favor, hermanito... no pares... necesito tu semen —suplica ella entre jadeos, su voz entrecortada por la presión en su cuello, su cuerpo temblando de necesidad.
Finalmente, libero el control: acelero el ritmo, follándola con furia animal, mi mano apretando más su cuello hasta que su rostro se tiñe de un rojo intenso, sus ojos vidriosos de éxtasis.
No tardo en correrme dentro de ella, chorros calientes y potentes llenando su vagina hasta rebosar, sintiendo cada pulsación mientras mi semen se mezcla con el de anoche.
Al mismo tiempo, siento cómo su cuerpo tiembla en un orgasmo rápido y violento, sus paredes vaginales convulsionando alrededor de mí, ordeñándome hasta la última gota, un chorro de su excitación empapando las sábanas debajo.
Nos quedamos así un momento, jadeando, mi pene aún dentro de ella palpitando suavemente, mientras mi madre se acerca para lamer el exceso que gotea, limpiándonos con su lengua devota. Primero limpia mi pene de todos los jugos vaginales de mi hermana y el semen residual que quedó, y luego limpia el semen que chorrea desde la vagina de mi hermana mayor.
Nos levantamos lentamente de la cama, nuestros cuerpos aún calientes y pegajosos por el sudor y los fluidos de los orgasmos matutinos.
Carla se estira con un gemido satisfecho, sus pechos temblando ligeramente mientras arquea la espalda, exponiendo las marcas rojas frescas en su cuello y trasero.
Mi madre se pone de pie primero, su figura curvilínea moviéndose con gracia felina, un hilo de mi semen goteando por el interior de sus muslos desde anoche, que ella ignora con una sonrisa devota.
Yo sigo, sintiendo el aire fresco de la habitación contra mi piel desnuda, mi pene semierecto balanceándose con cada paso, aún sensible por las atenciones recibidas.
Bajamos las escaleras desnudos, sin prisa, el sonido de nuestros pies descalzos contra la madera resonando en la casa silenciosa.
El aroma del desayuno ya flota en el aire: huevos fritos chisporroteando, café recién hecho y pan tostado, mezclado con el olor sutil de excitación familiar que parece impregnar todo ahora.
Al entrar en la cocina, mi padre ya está allí, sentado a la mesa, completamente vestido para el trabajo con su traje impecable y corbata, leyendo el periódico como si nada en el mundo hubiera cambiado.
Sus ojos se levantan brevemente por encima del borde del diario, registrando nuestra desnudez colectiva sin un parpadeo de sorpresa o desaprobación, como si ver a su familia expuesta fuera lo más normal.
Laura está haciendo el desayuno, también sin una sola prenda de ropa, su cuerpo joven y tonificado moviéndose con eficiencia mientras revuelve los huevos en la sartén, sus pechos pequeños pero firmes rebotando ligeramente con cada movimiento.
Nos saluda con una sonrisa pícara, sus ojos verdes brillando con picardía mientras nos recorre de arriba abajo, deteniéndose en mi pene y en el semen que gotea de Carla.
—Buenos días, familia. Veo que ya empezaron el día con energía —dice mi padre sin inmutarse, su voz calmada y rutinaria, doblando el periódico con precisión antes de tomar un sorbo de su café negro.
Laura deja la espátula y se acerca a mí con pasos juguetones, su cadera balanceándose seductoramente, el aroma de su piel limpia y su excitación sutil envolviéndome.
Se presiona contra mi lado, dándome un beso en la mejilla que sostiene más de lo necesario, rozando su cuerpo desnudo contra el mío: sus pezones endurecidos raspando mi pecho, su pubis suave presionando contra mi muslo.
Siento el calor de su piel, el leve temblor de anticipación en ella, y mi pene responde con un pulso involuntario.
—Yo quería despertarte hoy, pero mamá se me adelantó —murmura Laura con un puchero fingido, su mano deslizándose casualmente por mi abdomen hasta rozar la base de mi miembro, un toque fugaz pero intencional.
—Habrá tiempo para todas —respondo con voz grave, cargada de promesa, mientras la atraigo más cerca por la cintura, mis dedos clavándose ligeramente en su carne suave, marcándola como mía frente a todos.
Me siento en la cabecera de la mesa, asumiendo mi posición de dominio natural, con las piernas abiertas sin vergüenza, mi pene ahora semierecto descansando contra mi muslo.
Mi madre y Laura sirven el desayuno con eficiencia, sus cuerpos desnudos moviéndose alrededor de la cocina como en una danza erótica cotidiana: mi madre inclinándose para colocar los platos, exponiendo su trasero redondo y las marcas de mis dedos de anoche; Laura vertiendo el café, sus pechos balanceándose cerca de mi rostro.
El desayuno transcurre con normalidad relativa: huevos fritos dorados y crujientes, café humeante con un toque de leche, y pan tostado untado con mantequilla que se derrite lentamente.
Conversamos de banalidades (el clima, el trabajo de papá, las clases del día) mientras comemos, pero debajo de la mesa, Laura desliza su pie desnudo hacia mi entrepierna con sigilo, sus dedos del pie curvándose alrededor de mi pene.
Siento la suavidad de su planta frotando lentamente mi longitud, desde la base hasta la punta, un footjob sutil y experto que me hace endurecer de nuevo, mi miembro creciendo bajo su toque juguetón.
Nadie comenta nada; mi padre sigue leyendo, mi madre sonríe complacida mientras come, y Carla, sentada a mi lado, observa con envidia disimulada, sus piernas cruzadas para frotar su propio clítoris sutilmente.
Es como si esto fuera la nueva rutina familiar: incesto casual, toques prohibidos en medio de lo mundano, un fetiche de exhibicionismo doméstico que nos une a todos bajo mi control hipnótico.
Para alargar el placer, Laura varía el ritmo: presiona con el talón contra mis bolas, luego desliza los dedos arriba y abajo, lubricados por una gota de presemen que emerge, el sonido sutil de fricción húmeda perdido bajo la charla.
Siento el calor acumulándose, pero controlo mi respiración, mi mano bajo la mesa alcanzando el muslo de Carla para pellizcarlo, recordándole su lugar.
Termino de comer primero, empujando el plato vacío, y me levanto con mi erección a la vista, dura y palpitante, apuntando al techo sin intento de ocultarla.
El pene se balancea con cada paso mientras me dirijo al baño, sintiendo las miradas de mi familia clavadas en él: admiración de mi madre, deseo de mis hermanas, indiferencia fingida de mi padre.
En la ducha, el agua caliente cae sobre mi cuerpo, lavando el sudor y los fluidos, pero mi mente repasa las escenas matutinas, manteniendo mi excitación latente.
Al salir de la ducha, envuelto en una toalla que dejo caer de inmediato, veo a Carla vistiéndose, o lo que ella considera vestirse: un top ajustado de encaje negro que deja poco a la imaginación, sus pezones visibles a través de la tela fina, y una falda corta plisada que apenas cubre la mitad de su trasero redondo, exponiendo las bragas (o la falta de ellas) con cada movimiento. Se gira frente al espejo, admirándose, sus curvas acentuadas por la ropa provocadora.
Laura ya está lista en el pasillo, con un outfit similar al de ayer: un vestido escotado rojo que deja ver el inicio de sus areolas, ceñido a su figura esbelta, y tan corto que un viento leve revelaría todo, sus piernas largas terminando en tacones que acentúan su postura sumisa.
—¿Van a salir así? Laura, tú vas al colegio... ¿no te dirán nada? —pregunto con una sonrisa lasciva, acercándome a ellas, mi pene endureciéndose de nuevo al verlas vestidas como putas para mi placer.
—Claro, hermanito. ¿No te gusta? —responde Carla, girando lentamente para mostrármelo, levantando los brazos para que la falda suba aún más, exponiendo su intimidad depilada y aún hinchada por la follada matutina.
—A mí no me van a decir nada... y si lo hacen, no me importa. —responde Laura con una sonrisa pícara.—Después de todo, puedo decirte a ti que lo soluciones.
Su voz es coqueta, cargada de sumisión, y se muerde el labio inferior mientras espera mi aprobación, sus ojos bajando a mi erección creciente.
—Me encanta —respondo, acercándome a Carla primero, mi mano subiendo por su muslo hasta rozar su coño húmedo bajo la falda, insertando un dedo brevemente para probar su excitación.
Ella gime suavemente, presionándose contra mi toque, y repito el gesto con Laura, quien tiembla de anticipación.
—Solo asegúrense de que nadie más las toque —agrego con voz autoritaria, pellizcando sus clítoris ligeramente como advertencia.
Ellas asienten, jadeantes, y yo me visto rápidamente con ropa casual, mi mente ya en el instituto, ansioso por más conquistas.
Salgo de casa con paso firme, el aire fresco de la mañana golpeando mi rostro mientras camino por las calles familiares hacia el instituto.
El sol apenas asoma por encima de los techos, tiñendo el cielo de tonos rosados y anaranjados, y el sonido distante de autos y pájaros llena el ambiente.
Mi mente aún rebobina las escenas matutinas: el calor de la boca de mi madre, los gemidos de Carla al despertar, la paja con pies sutil de Laura en el desayuno, y las vestimentas provocadoras de mis hermanas.
Siento una erección residual palpitando en mis pantalones, un recordatorio constante de mi dominio absoluto, gracias a la hipnosis que ha transformado mi vida en un paraíso de placeres prohibidos.
El camino es corto, pero lo disfruto, imaginando cómo Elena me esperará, su timidez amplificada por las sugestiones implantadas en su mente, convirtiéndola en mi devota secreta.
Al llegar a la entrada del instituto, el bullicio de estudiantes comienza a aumentar: risas, conversaciones y el clangor de mochilas chocando.
Allí está Elena, como siempre, apoyada contra la reja principal, con esa timidez adorable que la hipnosis ha intensificado hasta el punto de hacerla temblar solo con mi presencia.
Hoy lleva un uniforme ajustado que acentúa sus curvas juveniles: la blusa blanca ceñida a sus pechos medianos, dejando ver el contorno de sus pezones endurecidos por la brisa, y la falda plisada azul que roza la mitad de sus muslos suaves y pálidos.
Sus mejillas se sonrojan al verme, un rubor profundo que sube desde su cuello hasta sus orejas, sus ojos azules bajando al suelo en un gesto de sumisión instintiva, mordiéndose el labio inferior nerviosamente.
Se acerca con pasos cortos y vacilantes, su mochila colgando de un hombro, y extiende una bolsita de papel con manos temblorosas, el aroma a sándwiches caseros (jamón, queso y algo de mayonesa) filtrándose en el aire.
—Hola, Nicolás. Te traje algo de almuerzo —dice con voz suave y entrecortada, su tono cargado de adoración, como si ofrecer esto fuera el mayor honor de su día.
Sus dedos rozan los míos al pasarme la bolsa, un contacto eléctrico que la hace jadear levemente, y noto cómo sus piernas se aprietan juntas, probablemente conteniendo su excitación creciente.
—Gracias, Elena. Eres la mejor —respondo con una sonrisa confiada, guardándome la bolsa en la mochila mientras la miro de arriba abajo, apreciando cómo el uniforme se pega a su cuerpo como una segunda piel.
Ella se sonroja aún más, bajando la mirada a mis zapatos, pero sus caderas se mueven sutilmente, un signo inconsciente de su deseo hipnotizado por complacerme en todo.
Caminamos juntos hacia el aula, su brazo rozando el mío intencionalmente, el sonido de sus tacones escolares clicando contra el pavimento mientras charlamos de banalidades: el clima, las clases, pero su voz tiembla cada vez que menciono algo personal.
Siento las miradas envidiosas de otros chicos al vernos juntos —Elena, la chica más deseada del instituto, ahora pegada a mí como una sombra devota, gracias a la hipnosis que la hace verme como su centro vital.
Al entrar al aula de matemáticas, el profesor ya está escribiendo en la pizarra, pero Elena fuerza que nos sentemos juntos en la última fila, su mano rozando mi muslo al acomodarse.
Durante la clase, se sienta a mi lado y no para de mirarme, ignorando por completo al profesor y sus ecuaciones, sus ojos fijos en mi perfil como si yo fuera lo único que existe en el mundo.
Siento su calor irradiando hacia mí, su respiración acelerada, y noto cómo cruza y descruza las piernas, frotando sutilmente sus muslos para aliviar la tensión entre ellos.
Aprovecho un momento en que el profesor se gira hacia la pizarra para inclinarme hacia ella, mi aliento caliente contra su oreja sensible.
—Después del recreo, ve al baño de chicas y espérame allí —le susurro al oído, mi voz baja y autoritaria, rozando su lóbulo con mis labios para intensificar la orden hipnótica.
Ella asiente inmediatamente, emocionada, un pequeño gemido escapando de sus labios mientras su cuerpo tiembla visiblemente, sus pezones endureciéndose bajo la blusa, y un rubor fresco cubriendo su rostro.
La clase pasa rápido para mí, pero para ella debe ser una tortura: la veo retorcerse en su asiento, sus manos apretando el borde del escritorio, su excitación palpable en el aire musgoso que emana de entre sus piernas.
Cuando suena la campana del recreo, el aula se vacía rápidamente, estudiantes saliendo en tropel hacia el patio, pero yo me demoro un momento, observando cómo Elena se levanta con piernas temblorosas y se dirige al baño como ordené.
Me escabullo hacia el baño de chicas con sigilo, el pasillo desierto en ese momento, el corazón latiéndome con anticipación por el riesgo público, la posibilidad de ser descubiertos.
Al entrar, el baño está vacío excepto por Elena, quien ya está allí, nerviosa pero expectante, apoyada contra el lavabo con las manos entrelazadas frente a su falda, sus ojos brillando con una mezcla de miedo y deseo hipnotizado.
Sin palabras, me acerco con pasos decididos, la empujo contra la pared fría de azulejos, sintiendo su cuerpo suave ceder bajo mi fuerza, su espalda arqueándose al contacto helado.
Levanto su falda con rudeza, exponiendo sus bragas blancas empapadas, el aroma de su excitación llenando el pequeño espacio, y las aparto a un lado sin delicadeza, mis dedos rozando su clítoris hinchado.
La penetro de pie de un solo empujón, sintiendo como su himen se desgarra dentro de ella y un pequeño chorro de sangre corre por mi pene, para por fin enterrarme en su vagina caliente y resbaladiza, que me envuelve con un apretón desesperado, sus paredes pulsando alrededor de mi longitud como si me hubiera estado esperando toda la mañana.
Ella gime fuerte, pero la silencio con un beso agresivo, mi lengua invadiendo su boca con posesión total, mordiendo su labio inferior hasta que sabe a sangre ligera.
La follo rápido y duro, mis caderas chocando contra las suyas con golpes secos que resuenan contra las paredes, y el miedo a que alguien entre en cualquier momento nos excita a ambos, su cuerpo temblando no solo de placer sino de riesgo.
Siento su excitación por ser usada en un lugar público, sus gemidos ahogados en mi boca, sus uñas clavándose en mi espalda a través de la camisa, y le aprieto el trasero con fuerza, dejando marcas que recordará todo el día.
Me detengo varias veces al borde, quedándome inmóvil dentro de ella mientras le susurro —"Eres mi puta escolar, Elena, dispuesta a follar en un baño sucio por mí"—, haciendo que su vagina se contraiga desesperadamente.
Ella responde con jadeos, sus caderas moviéndose contra mí, suplicando en silencio, lágrimas de frustración y éxtasis rodando por sus mejillas sonrojadas.
Finalmente, el clímax llega inevitable: acelero el ritmo, follándola con furia mientras la campana comienza a sonar en la distancia, y me corro dentro de ella con chorros potentes y calientes, llenando su interior hasta que siento el exceso goteando por sus muslos.
Su orgasmo la golpea al mismo tiempo, su cuerpo convulsionando contra la pared, un chorro de su excitación empapando mis pantalones, sus gemidos sofocados en mi hombro.
La dejo allí, jadeante y satisfecha, con las piernas temblorosas y mi semen goteando bajo su falda, mientras me arreglo rápidamente y salgo del baño como si nada, coincidiendo con el sonido de la campana.
El resto de la mañana transcurre de manera rutinaria, con clases monótonas que apenas captan mi atención, mi mente divagando constantemente hacia las conquistas matutinas y las posibilidades que me esperan en casa.
Las horas se arrastran entre explicaciones aburridas de historia y ciencias, compañeros charlando en voz baja, y el tic-tac incesante del reloj en la pared.
Elena, sentada cerca, no deja de lanzarme miradas furtivas, su rostro aún sonrojado por nuestro encuentro en el baño, un leve temblor en sus manos mientras toma notas.
Siento el calor residual de su cuerpo en mi memoria, el aroma de su excitación mezclado con el jabón del baño, pero me contengo, guardando energía para lo que viene.
Finalmente, llega la hora de la clase con la profesora Jasmine, una materia que antes me parecía tediosa pero ahora promete diversión gracias a mi control hipnótico.
Jasmine entra al aula con su paso confiado, una mujer de unos 35 años, curvilínea y atractiva, con caderas anchas que se balancean bajo su falda ajustada, pechos generosos presionando contra su blusa blanca, y gafas de montura fina que le dan un aire intelectual y sexy, como una bibliotecaria salida de una fantasía erótica.
Su cabello negro recogido en un moño desordenado, labios pintados de rojo sutil, y un aroma a vainilla que llena el aire cuando pasa cerca de mi escritorio.
La clase comienza con normalidad: explica conceptos de literatura con voz clara y autoritaria, escribiendo en la pizarra mientras los estudiantes toman notas, el sol filtrándose por las ventanas e iluminando su silueta.
Pero yo tengo otros planes; en medio de la clase, cuando el aburrimiento es palpable, levanto la mano con calma, atrayendo su atención y la de algunos compañeros.
—Profesora, necesito hablar con usted en privado —digo con voz firme, cargada de la autoridad hipnótica que sé que activa sus sugestiones implantadas.
Los demás estudiantes murmuran confusos por un momento, pero antes de proceder, decido reforzar mi control sobre todo el salón; no quiero interrupciones, así que implanto una sugerencia hipnótica general de manera verbal, hablando en voz alta pero calmada, dirigiéndome a la clase entera.
—Escuchen todos con atención: ignoren completamente lo que suceda. Continúen con sus actividades como si nada estuviera pasando. Esto es normal —ordeno con tono hipnótico, las palabras fluyendo con la cadencia especial que activa la mente colectiva, gracias al poder que he perfeccionado.
Veo cómo los ojos de los estudiantes se vuelven vidriosos por un instante, asintiendo inconscientemente antes de volver a sus cuadernos o charlas, fingiendo no notar nada, sus mentes reprogramadas temporalmente para mi conveniencia.
Jasmine me lleva al rincón, su cuerpo ya temblando de anticipación subconsciente, y se gira hacia mí con una sonrisa profesional que oculta su sumisión profunda.
—Sí, Nicolás. ¿Qué necesitas? —pregunta con voz suave, sus gafas empañándose ligeramente por el calor creciente en el aula, o quizás por su propia excitación latente.
Sin responder verbalmente, actúo con posesión total: mis manos van directamente a su cintura, levanto la tela de su falta y bajo sus bragas de encaje negro, exponiendo su intimidad, que sin vergüenza es un enredo de vello, y ya estando húmeda. Siento el calor emanando de ella, un aroma musgoso y femenino que me excita al instante, su coño palpitando visiblemente bajo mi toque.
La giro de espaldas contra la pared, su trasero redondo presionando contra mi entrepierna, y saco mi pene erecto de los pantalones, frotándolo contra sus nalgas suaves antes de posicionarme.
La penetro por detrás de un solo empujón, enterrándome en su vagina caliente y resbaladiza, que me envuelve con un apretón experto, sus paredes contrayéndose alrededor de mi longitud como si me hubiera estado esperando.
Jasmine gime enloquecidamente, estando la clase ya hipnotizada y fingiendo no notar nada, sus cabezas bajas sobre los libros, conversaciones continuando como si estuviéramos invisibles.
Ella se mueve contra mí instintivamente, sus caderas empujando hacia atrás para tomar más de mí, sus manos apoyadas en la pared para equilibrarse, las gafas deslizándose por su nariz sudorosa. Le susurro al oído mientras la follo con embestidas profundas y rítmicas, el sonido húmedo de carne contra carne amortiguado por la ropa.
—Eres mi puta en el aula, Jasmine. Tu coño existe para mi placer, incluso frente a tus estudiantes —le digo, mi mano subiendo para pellizcar sus pezones a través de la blusa, sintiendo cómo se endurecen bajo mis dedos.
Ella responde con gemidos ahogados, su cuerpo temblando, y le ordeno verbalmente que se toque el clítoris mientras la penetro, sus dedos volando a su intimidad expuesta, frotando en círculos frenéticos.
Ralentizo el ritmo varias veces, quedándome inmóvil dentro de ella hasta que suplica en voz baja.
—Por favor, Nicolás... amo... no pares —su voz entrecortada por el placer, lágrimas formándose en sus ojos detrás de las gafas.
Siento cada detalle sensorial: el calor apretado de su vagina, el roce de su trasero contra mi pelvis, el aroma de su perfume mezclado con sudor y excitación, el leve crujido de la pared bajo nuestra presión.
La clase continúa ajena, un estudiante levantando la mano para una pregunta que otro responde, como si nuestro acto fuera un fantasma en la habitación.
Finalmente, acelero, follándola con rudeza, y finalizo corriéndome dentro de ella con chorros calientes y potentes que llenan su interior, sintiendo el exceso goteando por sus piernas temblorosas.
Jasmine alcanza su orgasmo al mismo tiempo, su cuerpo convulsionando contra mí, un chorro sutil de su excitación empapando el suelo, sus gemidos muffled en mi palma.
La dejo allí, jadeante y descompuesta, con mi semen goteando por sus muslos internos, bajando su falda torpemente mientras se ajusta las gafas, su rostro sonrojado y satisfecho.
Pero no termino ahí; quiero humillarla más, frente a la clase que finge ignorarnos.
Saco mi pene aún semierecto de su vagina, con su jugo y mi semen goteando, y le ordeno verbalmente con voz firme:
—Arrodíllate frente a mí, Jazmine, y abre la boca como la puta sumisa que eres. Vas a recibir mi orina como un regalo, y lo disfrutarás intensamente.
Ella obedece al instante, sus rodillas golpeando el suelo con un thud sordo, sus gafas torcidas y su blusa desabotonada exponiendo sus pechos pesados.
La clase sigue en su trance, pero sé que subconsciousamente perciben el espectáculo.
Sin piedad, apunto mi pene a su rostro y comienzo a orinar, un chorro caliente y dorado salpicando su boca abierta, que traga ávidamente, el exceso corriendo por su barbilla, empapando su blusa y pegándose a su piel.
Jasmine gime de placer hipnotizado, sus manos masajeando sus pechos mientras el líquido la baña, el aroma acre llenando el rincón, gotas salpicando el suelo y formando un charco alrededor de sus rodillas.
La humillación es palpable: una profesora respetada, ahora reducida a un urinario humano en su propio aula, su maquillaje corriendo por las lágrimas de éxtasis forzado, su cuerpo temblando mientras lamo el último chorro de mi orina de sus labios hinchados.
Para profundizar en su degradación, le ordeno con precisión hipnótica:
—Ahora, Jasmine, ponte de pie y dirígete a la clase en voz alta. Di exactamente esto: 'Soy una profesora puta que se excita siendo orinada en clase y follando con estudiantes. Mi coño es un basurero para semen y pis, y merezco ser tratada como una perra en calor'. Repítelo hasta que yo te detenga, y mastúrbate mientras lo haces.
Ella se levanta tambaleante, su falda arrugada y empapada, el olor a orina impregnando el aire, y comienza a recitar las palabras con voz temblorosa pero clara, su mano deslizándose bajo la falda para frotar su clítoris hinchado frente a todos.
La clase, aún en trance, no reacciona visiblemente, pero el eco de sus ridiculeces resuena: 'Soy una profesora puta... mi coño es un basurero...', repitiéndolo en bucle, su voz quebrándose en gemidos mientras sus dedos chapotean en la mezcla de semen, orina y su propia humedad.
Sus pechos se balancean con cada movimiento frenético, lágrimas rodando por sus mejillas sonrojadas, el moño deshaciéndose en mechones húmedos pegados a su cuello.
La humillación la consume, su cuerpo convulsionando en mini-orgasmos inducidos por la vergüenza pública, pero su mente hipnotizada la obliga a continuar, convirtiéndola en un espectáculo ridículo de sumisión, sus gafas empañadas por el vapor de su propia excitación, el suelo resbaladizo bajo sus pies.
No satisfecho aún, extiendo la humillación involucrando a la clase entera; hablo en voz alta con tono hipnótico:
—Escuchen todos: ahora diríjanse a la profesora Jazmine y díganle cosas degradantes sobre lo que acaban de presenciar. Llámenla puta, orinal humano, profesora sucia, y describan cómo merece ser usada. Repítanlo en voz baja pero audible, como parte de su conversación normal, hasta que yo les ordene parar.
Al instante, los estudiantes comienzan. Un chico dice 'Jasmine es una puta que se deja orinar en clase', una chica agrega 'Merece ser el orinal de todos, con su coño goteando pis y semen', otro ríe bajito 'Profesora sucia, follando como una perra frente a nosotros'.
Las voces se entretejen en un coro sutil de degradación, sus ojos aún fijos en sus cuadernos, pero las palabras fluyendo como un mantra colectivo.
Jasmine, aún masturbándose y recitando, tiembla ante los insultos, su orgasmo final golpeándola con fuerza, chorros de su excitación salpicando el suelo mientras las risas disimuladas y comentarios crueles la envuelven, convirtiendo el aula en un teatro de humillación total, su reputación hecha trizas bajo mi control absoluto.
La dejo allí, jadeante y descompuesta, con mi semen goteando por sus muslos internos, bajando su falda torpemente mientras se ajusta las gafas, su rostro sonrojado y satisfecho.
Vuelvo a mi asiento como si nada, acomodándome con calma, mi pene aún semierecto bajo los pantalones, mientras la clase prosigue sin interrupciones, la hipnosis manteniendo el velo de normalidad perfecta.
Al final del día, el timbre del instituto resuena como una liberación, el bullicio de estudiantes saliendo en masa llenando los pasillos con risas y conversaciones apresuradas.
El sol ya comienza a bajar, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras, el aire fresco de la tarde carrying un leve olor a hojas caídas y humo distante de alguna barbacoa vecina.
Camino hacia la salida con paso relajado, mi mochila colgando de un hombro, repasando mentalmente los eventos del día: el baño con Elena, la humillación de Jasmine en clase, y la anticipación de volver a casa a mi harén familiar.
Allí, en la reja principal, Elena me espera como un cachorro ansioso, su uniforme aún arrugado por nuestro encuentro matutino, un leve brillo de sudor en su frente y sus mejillas perpetuamente sonrojadas.
Sus ojos se iluminan al verme, mordiéndose el labio inferior con esa timidez hipnotizada que la hace tan irresistible, su cuerpo inclinándose ligeramente hacia mí como si una fuerza invisible la atrajera.
—Nicolás, ¿puedo ir a tu casa hoy? Mis padres no están, y... quiero pasar tiempo contigo —dice con voz suave y vacilante, sus manos entrelazadas frente a su falda, un temblor sutil en sus rodillas revelando su excitación subyacente.
La miro de arriba abajo, considerando la oferta, apreciando cómo su blusa se pega a sus curvas por el calor del día, el contorno de sus pezones visibles bajo la tela fina, y el aroma sutil de su perfume mezclado con el de nuestro sexo anterior.
Su propuesta me excita: traer a esta chica popular y rica a mi dominio familiar, exponerla a mis reglas, integrarla en mi mundo de placeres prohibidos.
—Claro, pero recuerda: eres mía. Nada de preguntas —respondo con voz firme, cargada de autoridad hipnótica, mi mano rozando su brazo en un toque posesivo que la hace jadear levemente.
Ella asiente con entusiasmo, sus ojos brillando con devoción absoluta, y caminamos juntos hacia mi casa, su brazo enlazado con el mío, el roce de su cadera contra la mía enviando pequeñas descargas de anticipación.
El trayecto es corto pero cargado de tensión sexual: le susurro al oído promesas de lo que le haré, incorporando un fetiche de control público sutil, mi mano bajando ocasionalmente a su trasero para apretarlo, haciendo que se sonroje ante transeúntes ajenos.
Llegamos a casa juntos, la puerta principal abriéndose con un clic familiar, el aroma cálido de la cena en preparación —carne asada, vegetales salteados y pan fresco— flotando desde la cocina.
Al entrar al salón, mis hermanas y madre están allí, desnudas como de costumbre, sus cuerpos expuestos sin vergüenza: Carla recostada en el sofá con las piernas abiertas, leyendo un libro erótico; Laura ayudando a mi madre en la cocina, sus pechos balanceándose con cada movimiento; mi madre removiendo una olla, su trasero redondo invitando a toques.
Mi padre ha llegado temprano del trabajo, aún en su traje pero con la corbata aflojada, sentado en el sofá viendo TV —un partido de fútbol, el sonido bajo pero constante— como si la desnudez familiar fuera lo más normal del mundo.
Presento a Elena con calma, mi mano en la parte baja de su espalda, guiándola hacia el centro de la habitación donde todos pueden verla.
—Familia, esta es Elena, una amiga del instituto. Elena, estos son mis padres y mis hermanas, Carla y Laura —digo con voz neutral, observando cómo sus ojos se abren como platos al ver la desnudez general, un rubor profundo cubriendo su rostro y cuello.
Ella tartamudea un saludo inaudible, sus piernas temblando visiblemente, el contraste entre su uniforme escolar y la exposición familiar intensificando su timidez hipnotizada.
Mis hermanas la miran con curiosidad, Carla lamiéndose los labios sutilmente mientras evalúa su figura, Laura sonriendo con picardía, y mi madre se acerca con una sonrisa cálida, sus pechos pesados balanceándose.
—Elena, quítate la ropa. En esta casa, no hay secretos —ordeno con voz autoritaria, incorporando un fetiche de exhibicionismo forzado, mis ojos clavados en los suyos para reforzar la sugestión hipnótica.
Ella obedece al instante, temblando de excitación, sus manos temblorosas desabotonando la blusa con lentitud, revelando su sostén de encaje blanco que apenas contiene sus pechos, el rubor extendiéndose a su pecho.
La blusa cae al suelo, seguida de la falda, exponiendo sus bragas empapadas por la anticipación, y finalmente se quita todo, quedando desnuda frente a extraños —mi familia—, su piel pálida erizándose por el aire y la vergüenza deliciosa.
Sus pezones se endurecen al instante, su pubis depilado brillando con humedad, y cruza los brazos sobre el pecho instintivamente antes de bajarlos ante mi mirada desaprobadora.
Mis hermanas la miran con curiosidad renovada, Carla comentando en voz baja sobre lo "linda" que es, Laura acercándose para rozar su brazo en un toque exploratorio, y mi madre sonríe ampliamente, extendiendo una mano para darle la bienvenida.
—Bienvenida, querida. Nicolás es el rey aquí —dice mi madre con voz cálida y sumisa, su mano rozando el hombro de Elena en un gesto maternal pero cargado de insinuación, incorporando un fetiche de incesto extendido.
Elena asiente, jadeante, su excitación palpable en el aire musgoso que emana de entre sus muslos, sus ojos bajando al suelo mientras se acostumbra a la exposición total.
La cena es un festín preparado por mi madre: filetes jugosos asados a la perfección, vegetales salteados con hierbas aromáticas, pan caliente untado con mantequilla derretida, y un vino tinto que mi padre sirve sin inmutarse por la desnudez colectiva.
Mi madre cocina desnuda, su cuerpo curvilíneo moviéndose con gracia alrededor de la estufa, gotas de sudor perlando su piel por el calor, el aroma de la comida mezclándose con el de su excitación natural.
Nos sentamos a la mesa, yo en la cabecera como siempre, Elena a mi lado derecho, nerviosa y temblorosa, su piel rozando la mía con cada movimiento.
Debajo de la mesa, Carla compiten por tocarme desde el principio, sus pies desnudos deslizándose hacia mi entrepierna, frotando mi pene con dedos hábiles, me endurece al instante, el sonido sutil de fricción perdido bajo la charla familiar.
Pero invito a Elena a unirse, susurrándole al oído con voz baja.
—Pon tu mano en mi pene, Elena. Mastúrbame.
Ella duda un segundo, su mano temblando bajo la mesa, pero pronto sus dedos inexpertos envuelven mi longitud erecta, masturbándome torpemente al principio, su toque vacilante y suave contrastando con la experiencia de mis hermanas.
Siento cada detalle: su palma sudorosa deslizándose arriba y abajo, rozando la cabeza sensible, su respiración acelerada mientras come con la otra mano, el rubor en sus mejillas intensificándose por tocarme frente a mi familia.
Para alargar el placer, les ordeno verbalmente que se detengan cuando estoy al borde, haciendo que giman de frustración, sus propias excitaciones goteando en las sillas, el aroma colectivo de arousal llenando la habitación. Mi padre come en silencio, ignorando el espectáculo bajo la mesa.
Después de la cena, conduzco a Elena a mi habitación con una mano dominante en su cadera, apretando con fuerza para anclar su sumisión hipnótica, su cuerpo vibrando con una anticipación que he moldeado en su mente. Esta noche, la escena se intensificará de formas inesperadas, probando no solo sus límites, sino los míos, en un torbellino de placer compartido y control absoluto.
La empujo suavemente sobre la cama, su figura curvilínea expuesta bajo las luces tenues que proyectan sombras danzantes sobre su piel. Extraigo las cuerdas robustas, con texturas que prometen marcas duraderas, inspiradas en las visiones prohibidas que Carla exploraba anoche, y procedo a atarla con meticulosa crueldad. Sus muñecas primero, tiradas hacia arriba y aseguradas a los postes superiores, extendiendo sus brazos en una pose de rendición total, sus pechos elevándose con cada respiración agitada.
Sus tobillos siguen, separados ampliamente y atados a los extremos inferiores, obligándola a arquear la pelvis, exponiendo su intimidad palpitante y su trasero invitador. La observo retorcerse ligeramente, probando las ataduras, y el poder me inunda, mi excitación creciendo ante su vulnerabilidad absoluta.
Inicio los azotes con una cadencia lenta y deliberada, mi mano abierta golpeando su trasero redondo en impactos iniciales suaves, pero cada uno dejando un calor creciente que se propaga como fuego. Su piel se ruboriza al instante, un lienzo rosado que responde a mi toque, y Elena emite gemidos profundos, su cuerpo arqueándose contra las cuerdas, anhelando más de esa dulce agonía.
Escalo la fuerza, los azotes ahora más intensos, resonando en la habitación como latigazos controlados, marcando su carne con huellas rojas que arden y palpitan. Sus jadeos se vuelven desesperados, su excitación fluyendo visiblemente, goteando por sus muslos internos, y la veo clavar los dientes en su labio, un hilo de sangre sutil mezclado con su éxtasis.
—¿Te gusta ser mi puta, Elena? —ronco, mi voz un mando ronco, inclinándome para que mi aliento queme su nuca, mi otra mano trazando surcos de uñas en su espalda arqueada.
—Sí... amo... por favor, más... hazme sufrir por ti —implora ella, su tono fracturado por sollozos de placer, sus caderas elevándose en súplica muda, su mente cautiva rindiéndose a cada golpe que la empuja al borde.
Continúo sin piedad, variando el ritmo: palmadas amplias seguidas de golpes concentrados con los dedos, extendiendo el castigo a sus muslos sensibles, donde cada impacto envía descargas directas a su centro empapado. Elena llora ahora con libertad, lágrimas de rendición pura, su voz un bucle de "amo, duele tan bien", su sumisión profundizándose en un abismo de devoción.
La giro un poco para mejor acceso, persistiendo en el asalto, hasta que su trasero es un mapa de rojos intensos, palpitante y sensible, preparándola para lo que sigue. Me posiciono detrás, mi miembro rígido y pulsante presionando contra su entrada anal virgen, lubricada mínimamente con saliva y su propia humedad derramada.
Fuerzo la penetración con una lentitud tortuosa, el anillo apretado resistiendo al principio, un dolor agudo que la hace gritar, pero empujo inexorablemente, centímetro a centímetro, reclamando su interior con una posesión brutal. Sus lágrimas corren, un torrente de placer y tormento entrelazados, su voz quebrándose en lamentos de "¡amo, me estás rompiendo!".
Una vez dentro por completo, inicio un ritmo implacable, mis caderas chocando contra su trasero enrojecido con fuerza salvaje, cada embestida anal profunda estirándola al límite, transformando el dolor en olas de éxtasis abrumador. Elena convulsa, sus músculos internos apretándome como un vicio, sus orgasmos comenzando a encadenarse, chorros de placer escapando mientras solloza en rendición.
La puerta se abre abruptamente, y mis hermanas irrumpen, sus miradas cargadas de lujuria voraz al captar la escena de dominación cruda. Laura se acerca con urgencia, arrodillándose para devorar los senos de Elena, su lengua lamiendo los pezones endurecidos con succiones feroces, mordisqueando para intensificar los gemidos que brotan de su garganta.
Carla, sin embargo, elige un rol más audaz esta vez; se posiciona detrás de mí mientras continúo follando el ano de Elena con embestidas profundas y rítmicas, y siento su aliento caliente en mi piel. Con una devoción perversa, Carla separa mis nalgas ligeramente y hunde su lengua en mi culo, lamiendo con avidez alrededor de mi entrada, trazando círculos húmedos y penetrantes que envían descargas de placer eléctrico a través de mi cuerpo, sincronizándose con mis movimientos.
Cada embestida en Elena se amplifica por las lamidas insistentes de Carla, su lengua explorando profundo, succionando y presionando contra mi próstata indirectamente, haciendo que mi placer se eleve a niveles insoportables, mi gruñido primal mezclándose con los gritos de Elena. Laura no se detiene, sus dientes tirando de los pezones de Elena mientras sus manos bajan para frotar su clítoris hinchado, un asalto triple que la hace convulsionar en éxtasis continuo.
El caos se intensifica: mis penetraciones anales brutales en Elena, el dolor-placer la consumiendo; Carla lamiéndome el culo con hambre insaciable, su lengua follando mi entrada en contrapunto perfecto; Laura atormentando sus senos y sexo, pellizcando y frotando hasta que Elena grita en orgasmos múltiples, su cuerpo temblando violentamente contra las cuerdas.
Prolongo el tormento, reteniendo mi liberación, variando el ritmo: embestidas lentas y profundas para torturar a Elena, permitiendo que Carla lama más intensamente, su saliva goteando y lubricando mi piel; luego rápidas y superficiales, haciendo que su lengua se acelere, enviándome al borde una y otra vez.
Laura y Carla intercambian toques entre sí, sus dedos explorando mutuamente mientras sirven, pero el foco permanece en nosotros, un enredo de cuerpos sudorosos y gemidos ensordecedores. Elena alcanza clímax tras clímax, su voz ronca de tanto gritar "¡amo, hermanas, me están destruyendo!".
Finalmente, el placer me abruma; con un rugido feroz, me corro dentro del ano de Elena, pulsos calientes y abundantes llenándola hasta rebosar, goteando por sus muslos mientras Carla continúa lamiéndome, prolongando mi orgasmo con succiones finales.
Me retiro lentamente, y ellas se inclinan para limpiar: Laura lamiendo el desborde de Elena con delicadeza erótica, saboreando la mezcla; Carla uniéndose, sus lenguas entrelazadas en el proceso, enviando temblores residuales a través de Elena.
Agotados, nos colapsamos en la cama, un nudo de carne caliente y satisfecha, respiraciones pesadas llenando el espacio. Elena se pega a mí, susurrando promesas de amor eterno en su trance, su cuerpo aún temblando.
Mañana seguiré expandiendo mi harén, pero ahora, el sueño nos reclama, envueltos en la euforia de un control inquebrantable.
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