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Hija de Culo Grande para papá Verga Grande 2 PT2

Los días siguientes fueron una adicción prohibida, un torbellino de deseo tabú que se enredaba en cada rincón de la casa familiar como hiedra venenosa, creciendo salvaje e incontrolable, impregnando el aire con el hedor persistente de sudor salado, semen espeso y jugos vaginales pegajosos que se adherían a las sábanas, los muebles y la piel de los tres como un secreto viscoso y adictivo. Cada amanecer traía una urgencia renovada, un pulso febril en los genitales que los hacía temblar en la cama compartida —esa cama matrimonial que antes era un desierto frío de rechazos y ronquidos solitarios, ahora un nido revuelto de fluidos secos y crujientes, con manchas blancas y amarillentas marcando el territorio de sus entregas nocturnas—, donde los cuerpos se enredaban en un caos de extremidades sudorosas: la piel blanca y curvilínea de Daniela presionada contra el torso moreno y ancho de Jorge, sus tetas firmes copa C aplastadas contra el pecho peludo mientras Marina, menuda y pálida, lamía el sudor de sus nalgas o succionaba los pezones endurecidos de su hija en un ciclo de placer culpable que los dejaba exhaustos pero insaciables, el pene monstruoso de Jorge endureciéndose una y otra vez en la noche como un resorte venoso que no conocía el reposo, goteando pre-semen en hilos calientes sobre muslos y vientres, mientras los gemidos ahogados —"Más… papi… mamá…”— se filtraban por las paredes delgadas, un riesgo constante de ser oídos por vecinos indiferentes que paseaban perros en la calle soleada.

Al día siguiente, en la cocina por la mañana temprana, el sol filtrándose a través de las cortinas raídas en rayos polvorientos que iluminaban el linóleo desgastado y salpicado de migajas de desayunos pasados, Jorge preparaba café con movimientos automáticos y tensos, solo en boxers grises y holgados que colgaban flojos de sus caderas anchas, el pene marcando una tienda enorme y obscena contra la tela delgada —esa verga descomunal, aún semierecta por los sueños eróticos de la noche, hinchándose en un bulto venoso y protuberante que deformaba la costura, la cabeza bulbosa delineada como una sombra amenazante, un aroma residual de semen seco y sudor masculino emanando de la entrepierna como un recordatorio pegajoso de las folladas compartidas, los testículos pesados balanceándose debajo como pesos oscuros y arrugados que rozaban el muslo interno con cada paso, haciendo que Jorge gruñera bajo por el roce constante que avivaba su frustración matutina. Daniela bajó las escaleras con un sigilo felino y provocador, vestida solo en una tanga diminuta de encaje morado que se hundía como un hilo entre sus nalgas carnosas, apenas cubriendo el coño rasurado y aún hinchado por la penetración nocturna, su culo enorme y redondo rebotando con cada paso descendente en un vaivén hipnótico y obsceno —las nalgas blancas como leche separándose ligeramente para revelar destellos del ano rosado y ligeramente dilatado, la piel suave temblando en ondas gelatina que hacían que la tela de la tanga se tensara hasta el límite, el sudor fresco brotando en la grieta lumbar por el calor de su excitación creciente, sus tetas firmes rebotando libres bajo una camiseta holgada que apenas llegaba a las caderas, los pezones rosáceos endurecidos rozando la tela en chispas de placer anticipado. Sin decir nada, se inclinó sobre la encimera de granito frío y manchado de café viejo, separando las nalgas blancas con manos impacientes que hundían los dedos en la carne suave y temblorosa, exponiendo el coño reluciente de jugos matutinos —los labios mayores abultados y rosados goteando un hilo transparente que resbalaba por el muslo interno, el clítoris asomándose erecto como una perla hinchada clamando invasión, el ano virgen-no tan virgen contrayéndose en anticipación visible.

—Papi… fóllame antes del desayuno —susurró Daniela con voz ronca y jadeante, un ruego lascivo que salía de sus labios hinchados como miel caliente, girando la cabeza para mirarlo con ojos oscuros brillando de desafío y hambre, el cabello negro largo cayendo en cascadas desordenadas sobre la encimera mientras arqueaba la espalda para elevar el culo como un altar ofrecido, el aroma de su excitación dulce y almizclado, mezclado con el jabón de la ducha matutina, flotando en el aire de la cocina como un afrodisíaco familiar.

Jorge miró hacia la escalera con un destello de pánico culpable en los ojos oscuros, el corazón latiéndole en la garganta con un pulso acelerado que hacía que las venas de su cuello se hincharan, escuchando el silencio traicionero roto solo por el borboteo de la cafetera y el tictac del reloj de pared, pero no pudo resistir el llamado magnético de ese culo carnoso expuesto —esa carne blanca y temblorosa que lo había obsesionado en secreto durante años, ahora marcada por sus propias huellas rojas de azotes pasados—, el pene endureciéndose por completo en un latido venoso que rompía la tela de los boxers con un sonido casi audible, sacando su verga monstruosa con un tirón brusco que hacía que el tronco oscuro y grueso saltara libre al aire fresco de la cocina, aún con olor a la noche anterior —un banquete terroso y salado de semen seco, jugos anales residuales y sudor acumulado que impregnaba la piel venosa, la cabeza bulbosa morada reluciendo con una capa pegajosa de pre-semen fresco, las venas protuberantes latiendo como cables vivos bajo la superficie tensa. La embistió vaginalmente con una urgencia animal, la cabeza abriéndose paso entre los labios hinchados de Daniela en un estiramiento ardiente que la hacía jadear audiblemente —el coño rasurado tragando centímetro a centímetro la longitud descomunal hasta que los testículos pesados chocaron contra su clítoris expuesto con un plap húmedo—, el culo de Daniela temblando con cada embestida brutal y profunda que hacía que las nalgas carnosas se ondularan en ondas visibles, las carnes blancas aplaudiéndose contra el vientre moreno y sudoroso de Jorge en un ritmo frenético y resonante —clap-clap-clap obsceno que llenaba la cocina junto con sonidos húmedos y fuertes de succión carnal, jugos vaginales transparentes resbalando por el tronco expuesto en riachuelos viscosos que goteaban al linóleo, salpicando las baldosas en charcos brillantes, el aroma primal de sexo matutino elevándose como humo caliente, mezclándose con el café negro que borboteaba olvidado en la estufa.

Marina bajó en ese momento, el crujido de los escalones traicionándola en el clímax de la escena, viéndolos desde el umbral con ojos aún somnolientos pero inyectados en una mezcla de sorpresa y deseo reprimido —Jorge embistiendo como un toro en celo, el torso moreno cubierto de un velo fresco de sudor que perlaba los pectorales duros y resbalaba por los abdominales marcados hasta la base de esa verga invasora, Daniela arqueada y gimiendo con el rostro sonrojado presionado contra la encimera fría, el culo elevado temblando en espasmos que hacían que la tanga morada se deslizara a un lado como un trapo inútil. Al principio frunció el ceño con celos punzantes que le quemaban el pecho como ácido, un nudo de envidia verde y amarga al ver cómo su hija —esa joven voluptuosa con curvas que ella nunca tuvo— monopolizaba el placer que le había sido negado por años, sus manos crispándose en el borde de la puerta hasta que las uñas se clavaran en la madera astillada, el pijama holgado adhiriéndose a su piel pálida por el sudor frío de la mañana, delineando sus tetas pequeñas y caídas con pezones oscuros endurecidos por la traición visual.

—¿Ya empezaron sin mí? —preguntó Marina con voz ronca y entrecortada, un reproche que salía como un gemido herido, los labios temblorosos curvándose en una mueca de posesión herida, avanzando con pasos inestables que hacían que sus pantuflas rozaran el linóleo salpicado de jugos, el aroma a sexo crudo invadiendo sus fosas nasales como un puñetazo dulce y nauseabundo.

Pero en vez de enojarse en una explosión destructiva, se acercó con una sumisión adictiva que la hacía temblar entera, el calor traidor subiendo por su vientre hasta humedecer el coño seco bajo el pijama, arrodillándose detrás de Jorge en el suelo frío y pegajoso con un movimiento fluido de rendición —las rodillas huesudas raspando el linóleo en un roce ardiente, el rostro demacrado inclinándose hacia la entrepierna sudorosa de su marido—, lamiéndole las bolas pesadas con una lengua vacilante al principio pero ávida enseguida, la piel arrugada y oscura llenando su boca pequeña en un bocado salado y terroso que raspaba el paladar con vello rizado, succionando los testículos hinchados uno a uno mientras él follaba a su hija —el peso maduro estirando sus labios hasta el límite, el aroma masculino acumulado de la noche invadiendo su nariz como un vicio renovado, saliva espesa resbalando por su barbilla mientras gemía contra la carne, sintiendo las contracciones de los huevos con cada embestida de Jorge que hacía que las bolas se balancearan contra su lengua como péndulos calientes.

—Dame también… quiero sentirlo —suplicó Marina con voz ahogada y jadeante, las palabras vibrando contra los testículos succionados, extendiendo una mano temblorosa para acariciar el perineo moreno y sudoroso de Jorge, los dedos delgados untándose en jugos resbalados que olían a Daniela.

Jorge sacó el pene chorreando jugos de Daniela con un plop húmedo y resonante que dejó el coño de su hija vacío y palpitante, goteando un río blanco y viscoso de pre-semen y excitación por los muslos temblorosos, y lo metió en la boca de Marina con una urgencia culpable —la cabeza bulbosa abriéndose paso entre los labios resecos de su esposa, estirándolos en un óvalo forzado que hacía que las mejillas se hincharan, el tronco venoso deslizándose por la garganta en un glug-glug obsceno de babas y jugos mezclados, el sabor salado y dulce de su hija impregnando la lengua de Marina como un sacrilegio líquido que la hacía toser pero succionar con avidez renovada, lágrimas de esfuerzo brotando de sus ojos rojos mientras tragaba hasta que la nariz rozaba el vello púbico moreno y rizado. Luego la penetró a ella contra la nevera —levantándola con brazos fuertes y callosos que la posicionaban de pie, las piernas menudas envolviéndose alrededor de su cintura en un abrazo desesperado, el acero frío de la nevera presionando contra la espalda de Marina y haciendo que sus tetas pequeñas se aplastaran contra el pecho peludo de Jorge—, el pene monstruoso abriéndose paso en su coño apretado y poco usado con una lentitud agonizante al principio, estirando las paredes internas flácidas en un ardor que la hacía gritar, el cuerpo pequeño de Marina sacudiéndose como una hoja en una tormenta con cada embestida profunda que la empalaba contra el metal resonante —clang-clang metálico mezclado con plap-plap de carne húmeda—, sus tetas más pequeñas rebotando con menos voluptuosidad que las de Daniela, un vaivén modesto y tembloroso que hacía que los pezones oscuros rozaran el sudor salado del pecho de Jorge en chispas de placer secundario, el vientre contraído en nudos de dolor-placer mientras jugos escasos pero crecientes lubricaban la invasión venosa. Gritaba con voz ronca y quebrada, las palabras escupidas entre jadeos que hacían que su rostro se contorsionara en éxtasis agonizante, las mejillas sonrojadas ardiendo y el cabello gris pegándose a la frente perlada de sudor:

—¡Me parte! ¡Pero fóllame más duro, Jorge! —aulló, las uñas clavándose en los hombros morenos en surcos rojos y sangrantes, el coño contrayéndose alrededor de la verga descomunal en pulsos desesperados que ordeñaban más pre-semen caliente, el dolor agudo transformándose en un fuego líquido que se extendía por sus muslos temblorosos hasta el clítoris hinchado rozando el vello púbico de él.

Daniela, masturbándose al lado con dedos frenéticos hundidos en su coño vacío y goteante —los labios mayores abultados frotándose en círculos salvajes que producían sonidos chorreantes de jugos resbalando por su mano, el clítoris erecto palpitando bajo el pulgar en ondas de placer voyerista—, lamía el cuello de su madre con lengua ávida y plana, saboreando el sudor salado y el leve rastro de lágrimas que resbalaban por la clavícula expuesta, los labios rozando la piel sensible en lametones calientes que dejaban rastros brillantes y húmedos.

—Así, mamá… aguanta esa verga negra enorme. Mira cómo te estira el coño —jadeó Daniela con voz ronca y provocadora, el aliento caliente vibrando contra la garganta de Marina, sus ojos oscuros fijos en el punto de unión donde la carne oscura desaparecía en la pálida, el estiramiento visible haciendo que los labios del coño de su madre se abultaran en un anillo rosado y brillante alrededor del tronco venoso, jugos maternales resbalando por los muslos de Marina en riachuelos pegajosos que goteaban al suelo de la cocina.

Eyacularon los tres en un clímax sincronizado y caótico que sacudió la cocina entera como un terremoto de carne y fluidos. Jorge rugiendo guturalmente con el torso arqueado y los abdominales contraídos en nudos duros, los testículos pesados contrayéndose en pulsos dolorosos para expulsar chorros calientes y espesos de semen dentro de Marina por primera vez en años —la verga monstruosa palpitando con venas hinchadas que latían contra las paredes internas estiradas al límite, inundándola en oleadas viscosas y abundantes que desbordaban el coño apretado en un río blanco y cremoso resbalando por sus muslos internos temblorosos, goteando al linóleo en charcos pegajosos que olían a victoria prohibida, manchando las pantuflas olvidadas de Marina; ella gritando en un orgasmo agudo y tardío que la hacía convulsionar entera, el cuerpo menudo arqueándose contra la nevera en un espasmo que tensaba cada músculo flácido, jugos escasos pero intensos brotando alrededor de la invasión para mezclarse con el semen en un lago lechoso que salpicaba los pies de Jorge; Daniela alcanzando su clímax con un gemido ahogado contra el cuello de su madre, los dedos hundidos hasta los nudillos en su coño chorreante expulsando chorros transparentes que salpicaban la encimera cercana, el cuerpo curvilíneo temblando en réplicas que hacían rebotar sus tetas firmes, un trío de placer familiar que dejaba la cocina impregnada en olores crudos y superficies resbaladizas, el café frío olvidado en la estufa como testigo mudo de su adicción renovada.

Esa tarde, en la sala de estar iluminada por la luz dorada y polvorienta del atardecer que se filtraba a través de las cortinas entreabiertas de encaje raído —esas cortinas que habían presenciado cenas familiares inocentes y ahora se convertían en cómplices mudos de un ritual prohibido—, los tres se acomodaron en el sofá desgastado de cuero sintético que crujía bajo su peso colectivo, fingiendo normalidad con una tensión eléctrica que hacía que el aire se cargara de un silencio espeso y cargado de anticipación, el zumbido bajo del televisor reproduciendo una película genérica de comedia romántica —risas enlatadas y diálogos insulsos que nadie escuchaba realmente, el volumen bajo como una cortina de humo para sus jadeos contenidos—. Jorge en el centro, el torso moreno y ancho hundido en los cojines hundidos, vestido con una camiseta holgada que se pegaba a sus pectorales sudorosos por el calor residual de la cocina matutina, los boxers ocultando apenas la erección creciente que palpitaba contra la tela como un animal inquieto; Daniela a su derecha, con una falda corta plisada de algodón rosa que apenas cubría la mitad de sus muslos curvilíneos y blancos, sin bragas debajo —el coño rasurado aún sensible y reluciente de jugos residuales de la mañana, los labios mayores abultados rozando el cuero del sofá en chispas de placer anticipado—; Marina a la izquierda, menuda y acurrucada con las rodillas recogidas bajo un vestido ligero de verano que delineaba sus curvas modestas, el pijama matutino cambiado por algo que pretendía ser casual, pero que se arrugaba contra su piel pálida por el temblor nervioso de sus manos entrelazadas en el regazo. Pero Daniela, con una sonrisa lasciva y depredadora curvando sus labios hinchados, se levantó con un movimiento fluido y felino que hacía rebotar sus tetas firmes copa C bajo la blusa escotada, se sentó en el regazo de su padre con una lentitud deliberada y tortuosa, la falda subiéndose por sus muslos en pliegues arrugados que exponían la piel lechosa y suave, sin bragas para estorbar —el calor de su coño desnudo rozando el bulto erecto en los boxers de Jorge, un roce ardiente que hacía que el pene monstruoso se endureciera por completo, la cabeza bulbosa presionando contra la tela como una amenaza venosa—. Lentamente, con un suspiro ronco que se disfrazaba de bostezo, se empaló en el pene erecto —levantando las caderas lo justo para liberar la verga descomunal de los boxers con dedos impacientes que rodeaban apenas la circunferencia gruesa, guiándola hacia su entrada hinchada y goteante, los labios vaginales abriéndose en un abrazo viscoso alrededor de la cabeza morada y reluciente, tragando centímetro a centímetro la longitud oscura y venosa hasta que los testículos pesados chocaron contra su clítoris erecto con un plap amortiguado—, moviéndose disimuladamente mientras veían la película, un vaivén sutil y circular que hacía que su culo carnoso se frotara contra los muslos morenos de Jorge, el sofá crujiendo levemente con cada rotación interna que ordeñaba la verga en pulsos calientes, jugos transparentes resbalando por el tronco expuesto en hilos pegajosos que manchaban los boxers, su rostro fingiendo concentración en la pantalla pero con ojos entrecerrados brillando de placer contenido, el clítoris rozando la base venosa en chispas eléctricas que la hacían morderse el labio inferior hasta sangrar levemente.

Marina, al lado, notó el movimiento con una agudeza felina nacida de la adicción reciente, el crujido sutil del sofá y el leve temblor de las caderas de Daniela traicionándola como un código secreto, sus ojos —aún rojos por el llanto matutino pero ahora inyectados en un deseo voraz que los oscurecía como nubes de tormenta— se entrecerraron al captar el aroma sutil de jugos vaginales frescos elevándose en el aire cálido de la sala, un aroma dulce y almizclado que se mezclaba con el olor a palomitas rancias del tazón olvidado en la mesita, haciendo que su propio coño seco palpitara con un calor traidor que humedecía los labios flácidos bajo el vestido, las manos crispándose en el borde del cojín hasta que las uñas se clavaran en el cuero sintético, un nudo de celos y envidia quemándole el vientre al imaginar esa verga monstruosa estirando a su hija de formas que ella anhelaba de nuevo.

—Pásamelo a mí ahora —susurró Marina con voz ronca y quebrada, un ruego posesivo que salía de su garganta irritada como un gruñido animal, inclinándose hacia ellos con el cuerpo menudo temblando, los pezones oscuros endureciéndose contra la tela ligera del vestido en protuberancias visibles, extendiendo una mano temblorosa para rozar el muslo de Daniela en un toque que era mitad súplica, mitad orden.

Se turnaron en un baile prohibido y coordinado que hacía que el sofá entero se convirtiera en un altar de carne compartida, Daniela levantándose con un plop húmedo y resonante que dejó el pene de Jorge brillando con jugos vaginales transparentes y pegajosos —el tronco venoso reluciente como untado en aceite erótico, goteando un hilo espeso hasta el cuero del sofá—, rebotando su culo enorme contra el regazo de su padre con embestidas descendentes que producían aplausos carnosos y resonantes —clap-clap-clap obsceno, las nalgas blancas y redondas separándose con cada impacto para revelar el ano rosado contrayéndose en anticipación, el coño tragando la verga entera en pulsos voraces que ordeñaban pre-semen caliente, sus tetas rebotando libres bajo la blusa subida, pezones rosáceos trazando arcos hipnóticos en el aire cargado; luego Marina intentando lo mismo con una urgencia torpe y desesperada, montándose con piernas temblorosas que flaqueaban al sentir la cabeza bulbosa abriéndose paso en su coño apretado y poco usado —el estiramiento ardiente haciendo que sus paredes internas se contrajeran en espasmos dolorosos, el cuerpo pequeño hundiéndose hasta la base con un gemido ahogado, aunque su culo pequeño y firme no aplaudía tanto, un slap modesto y sordo contra el vientre moreno de Jorge que contrastaba con el estruendo voluptuoso de Daniela, sus tetas caídas rebotando con menos vigor pero con una intensidad emocional que hacía que sus pezones rozaran el pecho de su marido en roces salados y sudorosos. Jorge las follaba alternadamente con una maestría culpable y adictiva, las manos callosas hundidas en caderas opuestas —amasando la carne carnosa de Daniela hasta dejar marcas rojas, luego sujetando las estrechas de Marina con ternura posesiva—, el pene saliendo brillante de un coño para entrar en el otro en transiciones fluidas y obscenas: de la calidez voluptuosa y jugosa de Daniela, chorreando néctar dulce que untaba la verga en un brillo aceitoso, a la estrechez dolorosa y seca de Marina, que se lubricaba lentamente con los jugos compartidos, un plop-plop rítmico que hacía que la sala oliera a sexo crudo y tabú, el televisor olvidado parpadeando escenas románticas que se burlaban de su realidad perversa.

—Miren la ventana… los vecinos podrían vernos —susurró Daniela excitada con voz ronca y jadeante, el aliento caliente escapando entre dientes apretados mientras rebotaba con más fuerza, girando la cabeza para lanzar una mirada lasciva hacia las cortinas entreabiertas, el sol poniente proyectando sombras alargadas de jardines vecinos, siluetas indefinidas de transeúntes paseando perros o regando flores, un riesgo palpable que hacía que su clítoris palpitara con adrenalina prohibida, el corazón latiéndole en la garganta con un pulso acelerado que amplificaba cada embestida, jugos resbalando por los muslos de Jorge en riachuelos calientes que goteaban al sofá.

El riesgo los ponía más calientes, un fuego líquido que se extendía por sus venas como veneno adictivo, haciendo que los gemidos se ahogaran en sus gargantas en ronroneos contenidos, los ojos de Jorge fijos en la ventana con un terror excitado que endurecía aún más su verga venosa, el pene latiendo con venas hinchadas contra las paredes internas alternas, mientras Marina, ahora adicta con una ferocidad que la avergonzaba y liberaba a partes iguales —el coño humedecido por primera vez en años, palpitando con un vacío hambriento que la hacía apretar los muslos—, exigía más con voz quebrada y urgente, empujando a Daniela del regazo con manos celosas que arañaban la piel blanca.

—Fóllame el culo a mí también. Quiero sentir lo que sintió Daniela —gruñó Marina, el ruego saliendo como un sollozo lascivo, girándose de rodillas en el sofá con el vestido subido hasta la cintura, exponiendo su culo pequeño y firme, esa redondez compacta y pálida, el ano virgen e intacto contrayéndose en un anillo rosado y apretado que nunca había conocido invasión, los bordes fruncidos temblando de anticipación y terror, el coño debajo goteando jugos escasos por los muslos internos en hilos traidores.

Jorge lo hizo con una lentitud reverente y brutal, untando semen residual y jugos vaginales compartidos —una mezcla espesa y pegajosa de leche paterna y néctar de hija que olía a sexo familiar crudo, untada con dedos gruesos y callosos en el ano apretado de Marina, lubricando los bordes en círculos insistentes que hacían que el esfínter se contrajera en espasmos resistentes, la piel arrugada cediendo lentamente al dedo invasor que se hundía hasta el nudillo en un calor virgen y asfixiante—, penetrándola lentamente con la cabeza bulbosa presionando contra la entrada contraída, el estiramiento agonizante haciendo que los bordes rosados se abultaran en un anillo blanco alrededor de la corona morada, centímetro a centímetro la verga monstruosa abriéndose paso en las profundidades estrechas y calientes, las paredes anales cediendo con un ardor que irradiaba por el bajo vientre de Marina como fuego líquido. Ella gritó de dolor-placer, un alarido ronco y gutural que se ahogaba en el cojín del sofá para no alertar a los vecinos, el rostro demacrado contorsionándose en una mueca de agonía exquisita —lágrimas calientes brotando de ojos entrecerrados, mejillas sonrojadas ardiendo, labios mordidos hasta sangrar—, el ano dilatándose al máximo en un anillo hinchado y rojo que palpitaba alrededor del tronco venoso, el dolor agudo de la profanación transformándose en oleadas de placer prohibido que la hacían convulsionar entera, jugos vaginales brotando del coño expuesto en chorros escasos que salpicaban el cuero.

—¡UUUHHH! ¡Me abre en dos! ¡Pero no pares, cabrón! —aulló Marina con voz quebrada y salvaje, las palabras escupidas entre hipos jadeantes que hacían que su cuerpo menudo se arqueara contra el respaldo del sofá, las uñas clavándose en los cojines hasta desgarrarlos, el ano ordeñando la invasión en contracciones involuntarias que enviaban chispas por su espina dorsal hasta el clítoris hinchado.

Daniela lamía las tetas de su madre mientras con una devoción filial invertida y lasciva, el cuerpo curvilíneo arrodillado a un lado del sofá, la lengua rosada y plana presionando contra los pezones oscuros endurecidos —succionando el capullo arrugado con slurps húmedos que saboreaban el sudor salado y el leve rastro de lágrimas resbalando por el pecho menudo, los labios envolviendo la areola en un beso voraz que hacía que los pechos caídos se hincharan bajo el toque, mientras su mano libre bajaba para frotar el clítoris expuesto de Marina en círculos frenéticos, amplificando el placer anal en ondas eléctricas que la hacían gemir contra la boca de su hija.

Más tarde, esa misma noche, en la cama matrimonial —esa cama queen-size de sábanas de algodón descoloridas y revueltas que antes era un desierto frío de espaldas dadas y ronquidos solitarios, ahora un campo de batalla empapado en fluidos secos y crujientes, con manchas amarillentas de semen endurecido y jugos vaginales pegajosos marcando el territorio de su adicción compartida, el colchón hundido en el centro por el peso de cuerpos entrelazados y el aire de la habitación cargado de un hedor espeso a sexo nocturno: sudor salado, semen terroso y coños húmedos que impregnaba las paredes como un perfume primal—, los tres desnudos y exhaustos pero insaciables, Jorge en el centro como un rey moreno y venoso reclinado contra almohadas arrugadas, el pene monstruoso erecto toda la noche en un desafío anatómico imposible —esa arma descomunal, oscura y surcada de venas hinchadas que latían con un pulso constante y audible, la cabeza bulbosa morada goteando pre-semen en perlas espesas que resbalaban por el tronco hasta los testículos pesados colgando como frutos maduros y oscuros, la piel tensa brillando con una capa residual de lubricantes compartidos, endureciéndose una y otra vez con cada roce o mirada lasciva. Daniela y Marina compitiendo en un duelo erótico y celoso que hacía que la habitación se llenara de gemidos roncos y diálogos crudos: ¿Quién chupaba más profundo? Con felaciones alternas que estiraban gargantas hasta el límite (Daniela tragando hasta la base con glug-glug obscenos, babas espesas resbalando por el tronco venoso hasta empapar las sábanas, la nariz rozando el vello púbico moreno mientras sus ojos lagrimeaban de esfuerzo; Marina intentando lo mismo con labios temblorosos que apenas abarcaban la circunferencia, tosiendo saliva y pre-semen en chorros que salpicaban el pecho de Jorge) ¿Quién aguantaba más embestidas anales en pruebas de resistencia? Las cuales dejaban anos dilatados y palpitantes, el aire cargado de sonidos húmedos y jadeos ahogados.

Daniela, con su culo enorme y carnoso elevado como un trofeo blanco y tembloroso, se montaba de espaldas sobre la verga de su padre, el ano tragando la verga entera con una lentitud tortuosa que hacía que los bordes rosados se abultaran en un anillo hinchado y brillante alrededor del tronco oscuro, dilatándose al máximo en un espectáculo grotesco y hermoso —las paredes internas cediendo centímetro a centímetro al grosor venoso, el estiramiento ardiente irradiando por sus nalgas separadas hasta el coño expuesto que goteaba jugos transparentes por los muslos, sonidos obscenos llenando la habitación: plop plop plop húmedo y resonante con cada descenso que engullía la longitud descomunal, nalgas aplaudiéndose contra los muslos morenos de Jorge en clap-clap salvaje que hacía temblar la cama entera, la piel lechosa ondulando en ondas gelatina que dejaban marcas rojas en el vientre de él, el ano contrayéndose en pulsos voraces que ordeñaban pre-semen caliente hacia las profundidades.

—Papá… lléname el culo otra vez. Quiero sentir tus huevos pesados contra mi coño —jadeó Daniela con voz ronca y entrecortada, el aliento escapando en ráfagas calientes mientras rebotaba con más fuerza, las tetas firmes rebotando en vaivenes hipnóticos, una mano bajando para frotar su clítoris erecto en círculos frenéticos que amplificaban el placer anal en oleadas eléctricas, el ano expulsando burbujas de aire lubricado con cada subida.

Marina, celosa con un fuego verde que le quemaba el pecho menudo, empujaba a su hija con manos posesivas que arañaban la piel blanca de los muslos, derribándola del regazo con un gruñido animal que revelaba dientes apretados.

—Mi turno. Quiero que me folles a mí ahora —exigió Marina con voz quebrada y urgente, posicionándose de rodillas con el culo pequeño elevado como una ofrenda virgen renovada, el ano apretado contrayéndose en anticipación dolorosa, los labios vaginales hinchados goteando jugos por los muslos temblorosos.

Jorge las alternaba en un ritmo maestro y exhaustivo, el pene saliendo brillante de un ano o coño para hundirse en el otro con transiciones fluidas y obscenas: anal en Marina primero —más apretado, un túnel virgen y asfixiante que ordeñaba la verga con contracciones espasmódicas que lo hacían gemir de placer agonizante, el estiramiento brutal dilatando su esfínter en un anillo rojo e hinchado que palpitaba alrededor del tronco venoso, más doloroso para ella con gritos ahogados que mordía en la almohada, lágrimas calientes resbalando por sus mejillas mientras el ardor se transformaba en fuego líquido que la hacía convulsionar; vaginal en Daniela después, la calidez voluptuosa y jugosa envolviendo la longitud en un abrazo húmedo y voraz que chorreaba néctar dulce por los testículos, el coño rasurado tragando hasta la base en pulsos rítmicos que hacían que sus nalgas carnosas aplaudieran contra él. Diálogos crudos llenaban la habitación como un coro profano, palabras escupidas entre jadeos y gemidos que reverberaban en las paredes desnudas.

Jorge gemía con una profundidad gutural que hacía vibrar su pecho ancho, las manos callosas hundidas en caderas opuestas, amasando carne blanca y pálida con moretones frescos de sus dedos:

—Mis dos mujeres… mis culos… uno enorme y carnoso, otro pequeño y apretado. Las voy a llenar a las dos de leche —gruñó, el pene palpitando con venas hinchadas que latían contra paredes internas alternas, los testículos contrayéndose en anticipación dolorosa.

Eyaculaba alternadamente en un clímax caótico y abundante que sacudía la cama como un terremoto de fluidos: dentro del ano de Daniela primero, chorros espesos y calientes desbordándose por nalgas blancas en un río lechoso y viscoso que resbalaba por la grieta carnosa hasta gotear en las sábanas, el esfínter dilatado expulsando burbujas de semen burbujeante mientras ella gritaba en un orgasmo que contraía cada músculo; dentro del coño de Marina después, impregnándola por primera vez en años con oleadas cremosas que inundaban sus paredes flácidas en un éxtasis tardío, el exceso desbordando por los labios mayores en hilos pegajosos que manchaban los muslos temblorosos, su cuerpo menudo convulsionando en réplicas que la dejaban jadeando contra el pecho de Jorge, el semen goteando al colchón en charcos calientes que olían a pacto eterno y prohibido.

Los días se convirtieron en una rutina prohibida, un ciclo vicioso y adictivo que tejía sus vidas en un tapiz de deseo crudo y tabú, donde cada amanecer traía no alivio sino una urgencia renovada que hacía que sus cuerpos se anhelaran como drogas en las venas, el aire de la casa familiar impregnado de un hedor persistente y espeso a sudor salado mezclado con semen terroso y jugos vaginales dulces y pegajosos, un perfume primal que se adhería a las cortinas, los muebles y la piel como un secreto viscoso que nadie más podía oler pero que los unía en una complicidad culpable. La normalidad superficial —desayunos apresurados, conversaciones triviales sobre el trabajo o la escuela— se rompía en instantes robados, transformando la casa de dos plantas en un laberinto de alcobas improvisadas donde el incesto se consumaba con una ferocidad que borraba las líneas entre amor familiar y lujuria animal, los cuerpos marcados por moretones rojos de dedos posesivos, anos y coños hinchados y relucientes por penetraciones diarias, y una fatiga deliciosa que los dejaba temblando de anticipación incluso en el sueño. Por las mañanas, en la ducha familiar del baño superior —ese espacio confinado de azulejos blancos empañados y vapor espeso que olía a jabón floral diluido en almizcle sexual, el agua caliente cayendo como una cascada torrencial desde el cabezal oxidado que golpeaba sus pieles en ráfagas calientes y punzantes—, los tres se apiñaban bajo el chorro abrasador que resbalaba por sus cuerpos entrelazados como lágrimas colectivas de placer prohibido, el suelo resbaladizo salpicado de charcos lechosos de semen residual y jugos anales. Jorge follaba a Daniela contra la pared fría y húmeda, su cuerpo moreno y ancho presionando el de su hija con una fuerza animal que hacía que las baldosas temblaran levemente, el pene monstruoso —esa verga descomunal, oscura y venosa, larga como el antebrazo de Daniela y gruesa como una lata, hinchada por la erección matutina con venas protuberantes latiendo como cables vivos— embistiendo vaginalmente al principio, estirando los labios rasurados y rosados del coño de ella hasta el límite en un ardor que la hacía jadear contra el agua, pero pasando pronto al ano dilatado para una penetración brutal que la empalaba contra el azulejo, su culo enorme y carnoso aplastado contra la pared en una deformación obscena de carne blanca temblorosa, las nalgas redondas separándose para revelar el esfínter rosado y hinchado tragando la longitud entera con plop-plop húmedos ahogados por el rugido del agua, gotas calientes resbalando por el contraste hipnótico de piel blanca-morena —riachuelos serpenteando por la curva de las nalgas de Daniela hasta mezclarse con los jugos anales transparentes y viscosos que chorreaban por los muslos de Jorge, el vapor envolviéndolos como un velo cómplice que empañaba el espejo y difuminaba sus rostros en máscaras de éxtasis culpable. Marina, arrodillada en el suelo empapado con el agua azotando su espalda menuda y pálida como latigazos de lluvia caliente, chupaba las bolas pesadas de su marido con una devoción adictiva y humillante —la lengua rosada y temblorosa lamiendo la piel arrugada y oscura de los testículos hinchados, succionando uno a uno en su boca pequeña que se estiraba hasta el límite, el vello rizado raspando el paladar en un roce áspero y masculino mientras olía el aroma acumulado de frustración nocturna: salado, terroso, con un matiz de semen viejo y sudor fresco; o lamiendo el punto obsceno donde el pene entraba en el ano de su hija, la lengua presionando contra el anillo dilatado y palpitante para saborear la unión carnal —jugos anales aceitosos y pre-semen salado mezclados en un néctar prohibido que la hacía toser pero tragar con avidez, el agua caliente diluyendo el fluido en riachuelos que resbalaban por su barbilla hasta gotear entre sus tetas pequeñas y caídas, sus pezones oscuros endurecidos rozando los muslos morenos de Jorge en chispas de placer secundario.

En la cocina, mientras cocinaban con una fingida domesticidad que ocultaba el frenesí subyacente —el aroma a cebolla salteada y café quemado cubriendo apenas el hedor subyacente a sexo matutino, el linóleo manchado de migajas y fluidos secos crujiendo bajo pies descalzos—, Daniela se inclinaba sobre el fregadero de acero inoxidable frío y salpicado de espuma jabonosa, lavando platos con movimientos deliberadamente lentos y provocadores que hacían que su falda corta se subiera por las caderas curvilíneas, exponiendo el culo carnoso y redondo sin bragas debajo —las nalgas blancas separándose naturalmente para revelar el coño rasurado aún hinchado por la ducha, los labios mayores abultados goteando un hilo de jugos anticipados que resbalaba por los muslos internos hasta el suelo, el ano rosado contrayéndose en invitación visible bajo la luz fluorescente parpadeante. Jorge embestía por detrás con una urgencia contenida que hacía temblar la encimera entera —el fregadero resonando con clang-clang metálico mientras platos chocaban, su pene monstruoso liberado de los pantalones de trabajo con un zipper rasposo, untado aún en lubricante de la ducha, abriéndose paso en el coño de Daniela con una embestida profunda que la hacía arquear la espalda y morderse el labio para no gritar, el tronco venoso estirando las paredes internas en un ardor que la hacía contraer alrededor de la invasión, sonidos húmedos de succión carnal —schlop-schlop resonante— mezclándose con el chorro del grifo y el chisporroteo de la sartén, el culo de ella temblando con cada impacto que hacía aplaudir las nalgas contra su vientre moreno sudoroso, gotas de transpiración resbalando por su espina dorsal hasta perderse en la grieta lumbar. Marina, debajo de la encimera en un espacio confinado y oscuro que olía a polvo y detergente rancio, se arrastraba como una sumisa en su propio hogar —el cuerpo menudo contorsionándose entre las patas de la mesa, el suelo duro raspando sus rodillas huesudas en moretones frescos—, lamiendo el clítoris de su hija con una lengua ávida y plana que presionaba contra el capullo erecto e hinchado asomando entre los labios vaginales, succionando el néctar dulce y salado que brotaba con cada embestida de Jorge, el sabor de la excitación juvenil inundando su boca en chorros calientes que la hacían gemir contra la carne, sus manos libres amasando los muslos temblorosos de Daniela mientras el agua jabonosa goteaba sobre su cabello gris, empapándola como una penitente en su adoración tabú, el clítoris palpitando bajo su lengua en pulsos que sincronizaban con las contracciones del coño alrededor de la verga invasora.

En la sala, fingiendo ver TV con una normalidad frágil que se rompía como cristal bajo presión —el televisor zumbando con noticias vespertinas o realities insulsos, el volumen alto para ahogar gemidos ahogados, el sofá de cuero crujiendo bajo pesos compartidos y manchado de fluidos secos que dejaban rastros pegajosos en muslos desnudos—, la doble penetración improvisada se desplegaba como un ballet obsceno e improvisado: Jorge en el centro, el pene monstruoso hundido en el culo de una mientras sus dedos gruesos y callosos —untados en lubricante improvisado de saliva y jugos— se clavaban en el coño de la otra, un vaivén alterno que hacía que el sofá entero se sacudiera en ritmos irregulares, el aire cargado de olores a palomitas rancias mezclados con el almizcle crudo de anos dilatados y coños chorreantes. Daniela primero, montada de espaldas con el ano tragando la verga entera en un estiramiento que dilataba el esfínter rosado hasta el máximo, los bordes hinchados brillando con lubricante mientras Marina, arrodillada al lado con el vestido subido hasta la cintura, guiaba los dedos de Jorge hacia su propia entrada —los dígitos gruesos abriéndose paso en sus paredes flácidas con un chasquido húmedo, frotando el punto G en círculos insistentes que la hacían jadear contra el brazo del sofá, jugos escasos brotando para untar la mano de su marido en un brillo traidor; luego invertido, con Marina empalada analmente en un dolor que la hacía llorar lágrimas calientes pero suplicar más, el ano apretado ordeñando la verga con contracciones asfixiantes mientras Daniela, masturbándose furiosamente con dedos hundidos hasta los nudillos, lamía los pezones de su madre en succiones voraces que saboreaban el sudor salado y el leve rastro de leche materna olvidada, el riesgo del vidrio de la ventana amplificando cada contracción en oleadas de adrenalina prohibida.

El riesgo constante acechaba como una sombra excitante y aterradora, un pulso subterráneo que aceleraba sus corazones y endurecía erecciones: vecinos pasando por la acera soleada con conversaciones mundanas que se filtraban a través de las cortinas entreabiertas —risas de niños jugando o ladridos de perros que hacían que los tres se congelaran en medio de una embestida, el pene de Jorge palpitando dentro de un ano o coño sin atreverse a moverse, jugos resbalando silenciosamente por muslos temblorosos; el teléfono sonando con tonos estridentes desde la mesita de noche o la encimera de la cocina, vibrando como un intruso que amenazaba con romper el velo, obligándolos a separarse con plops húmedos y apresurados, el semen goteando en charcos traidores en el suelo mientras fingían respuestas casuales con voces roncas y entrecortadas; alguien tocando la puerta con nudillos insistentes —reposteros vendiendo galletas o testigos de Jehová con folletos que los pillaban en pijamas arrugados y mejillas sonrojadas, el aroma a sexo reciente colgando en el aire como humo incriminatorio. Una vez, casi los pillan en un clímax de pánico erótico: una tía llamó por teléfono desde otra ciudad, su voz chillona y familiar resonando en el altavoz de la sala mientras Marina, sentada en el sofá con las piernas cruzadas para ocultar el semen fresco chorreando por sus muslos internos, respondía con balbuceos temblorosos sobre recetas y chismes familiares, el sudor frío perlándole la frente mientras Jorge, en la cocina adyacente, follaba a Daniela contra la encimera con embestidas brutales y silenciosas —el pene monstruoso hundido en el coño de su hija hasta la base, el culo carnoso temblando con cada impacto amortiguado, Daniela mordiendo su propio puño para no gritar, lágrimas de placer-dolor brotando de ojos entrecerrados mientras los jugos resbalaban por sus piernas hasta formar un charco en el linóleo, Jorge tapándole la boca con una mano callosa que ahogaba sus gemidos, el riesgo de la voz de la tía al teléfono amplificando el orgasmo inminente hasta que Marina, fingiendo una risa nerviosa, colgó justo cuando Jorge eyaculaba en chorros calientes dentro de Daniela, el semen desbordando en un río lechoso que goteaba audiblemente, los tres jadeando en un silencio cómplice roto solo por el tictac del reloj de pared.

Marina, de rechazar fríamente a su marido en noches de juventud con excusas de dolor y fatiga que lo dejaban con testículos hinchados y solitarios, pasó a exigir con una ferocidad adictiva que la transformaba en una depredadora menuda y desesperada, su voz ronca y quebrada rompiendo el silencio de la casa en súplicas crudas que olían a años de frustración liberada, el cuerpo pálido temblando con un hambre que la hacía despertar empapada en jugos propios, el coño palpitando con un vacío que solo esa verga monstruosa podía llenar.

—Jorge… necesito tu verga ahora… no, tu leche en mi coño —gruñía Marina en momentos robados, como en la lavandería donde se inclinaba sobre la secadora vibrante, el vestido subido hasta la cintura exponiendo su culo pequeño y firme, el ano aún sensible por penetraciones previas contrayéndose en invitación mientras guiaba la mano de su marido hacia su entrada hinchada, los dedos venosos frotando los labios flácidos hasta que jugos escasos brotaban en un brillo traidor, su rostro demacrado contorsionándose en una mueca de urgencia que hacía que sus ojos rojos brillaran de posesión, el pene liberado embistiéndola contra la máquina ronroneante en un ritmo que sincronizaba con las vibraciones, semen caliente inundándola en chorros espesos que desbordaban por sus muslos hasta manchar el suelo de cemento.

Competía con Daniela en un duelo erótico y celoso que llenaba la casa de diálogos provocadores y risas jadeantes, sus cuerpos alternando en turnos posesivos que dejaban moretones y fluidos como trofeos de guerra:

—Mi culo es más apretado. Fóllame a mí —exigía Marina con voz ronca y desafiante, empujando a su hija del regazo de Jorge en la sala al atardecer, posicionándose de rodillas con el ano virgen-renovado contrayéndose en un anillo rosado y tenso, los bordes fruncidos temblando mientras Jorge untaba lubricante en la entrada, el estiramiento agonizante ordeñando la verga con una estrechez asfixiante que lo hacía gemir de placer puro, sus nalgas pequeñas aplaudiendo con slaps sordos pero intensos contra el vientre moreno, el dolor transformándose en fuego líquido que la hacía arañar los cojines hasta desgarrarlos.

—No, el mío es más grande, me puedes azotar más fuerte —replicaba Daniela con una risa lasciva y ronca, el cuerpo curvilíneo girando para exhibir su monumento carnoso de nalgas blancas y temblorosas, separándolas con manos manicureadas para revelar el ano dilatado y rosado aún reluciente de semen previo, montándose de espaldas con embestidas que producían clap-clap resonantes y obscenos, el culo rebotando en ondas gelatina que absorbían los azotes de la palma callosa de Jorge —moretones rojos floreciendo en la piel lechosa como marcas de propiedad, el ano tragando la verga entera en pulsos voraces que expulsaban burbujas de aire lubricado, su coño expuesto goteando jugos por los muslos hasta salpicar las rodillas de Marina, que observaba con ojos oscurecidos de envidia y deseo.

Daniela provocaba con una malicia juguetona y dominante que hacía que el aire se cargara de tensión erótica, sus palabras susurradas como veneno dulce en oídos ajenos, el cuerpo voluptuoso inclinado en poses que exhibían su profanación reciente:

—Mamá, lame el semen de mi ano… sabe a papá —decía Daniela con voz aterciopelada y ronca, arrodillándose en la alfombra de la sala con el culo elevado como un altar ofrecido, las nalgas carnosas separadas por sus propias manos para exponer el ano dilatado y palpitante, los bordes hinchados y rosados brillando con una capa espesa de semen espeso y blanco que chorreaba lentamente en hilos viscosos por la grieta lumbar, el esfínter contrayéndose en pulsos que expulsaban burbujas cremosas de leche paterna, el aroma terroso y salado elevándose como un afrodisíaco familiar.

Marina obedecía con una sumisión adictiva que la humillaba y excitaba a partes iguales, el rostro demacrado inclinándose hacia adelante con mejillas ardiendo en rubor culpable, la lengua rosada y temblorosa presionando contra el ano dilatado de su hija en un lametón inicial vacilante que saboreaba el borde hinchado —salado, viscoso, con un matiz amargo de jugos anales—, hundiendo la punta en el túnel abierto para tragar semen espeso y caliente que brotaba en chorros lentos y cremosos, el fluido pegajoso cubriendo su lengua y resbalando por su barbilla hasta gotear entre sus tetas pequeñas, gimiendo contra la carne mientras su coño palpitaba con un vacío hambriento, los dedos propios frotando el clítoris atrofiado en círculos desesperados que sincronizaban con las contracciones del ano de Daniela, el acto profano uniendo sus bocas en un beso indirecto de leche compartida, lágrimas de vergüenza mezclándose con el semen en surcos salados por sus mejillas.

Jorge, por fin satisfecho en un nivel visceral que aliviaba el ardor constante de sus testículos —esos depósitos oscuros y arrugados que ya no dolían por abstinencia sino que se vaciaban diariamente en chorros abundantes y calientes, solo para llenarse rápido con una producción inagotable de semen espeso y blanco, hinchándose de nuevo en horas con un peso pesado que lo hacía gruñir en sueños—, pero adicto también a la dinámica familiar que lo convertía en el centro de un harém tabú, erecciones constantes endureciendo su pene monstruoso en momentos inoportunos —durante cenas fingidas donde la verga palpitaba bajo la mesa contra el muslo de Daniela, o en el jardín trasero donde se hinchaba al ver a Marina inclinada recogiendo ropa, las venas protuberantes latiendo con un pulso traicionero que lo obligaba a masturbarse en baños cerrados con chorros que salpicaban el espejo, fantaseando con culos alternos y bocas succionantes.

Semanas pasaron así en un borrón de placer crudo y explícito, el calendario marcado no por fechas sino por moretones frescos y fluidos secos, el secreto los unía más que nunca en una intimidad perversa que borraba rencores pasados —abrazos post-coito que se prolongaban en caricias tiernas, confesiones susurradas sobre miedos y deseos que fluían entre penetraciones, la casa transformada en un santuario donde cada rincón guardaba ecos de gemidos: la mesa del comedor rayada por uñas, el pasillo estrecho manchado de semen goteante, el sótano olvidado convertido en alcoba para folladas salvajes contra paredes de concreto que absorbían gritos. Sexo crudo, explícito, en cada rincón de la casa —contra el frigorífico vibrante en medianoche, sobre la alfombra rasposa en tardes perezosas, en el garaje entre herramientas oxidadas donde el olor a aceite se mezclaba con el almizcle de anos dilatados—, un tapiz de sensaciones que los ataba en una red invisible de adicción, donde el tabú no era una barrera, sino el combustible que avivaba el fuego eterno.

Una noche, en la cama exhaustos y cubiertos de fluidos —las sábanas empapadas en un caos pegajoso de semen endurecido, jugos vaginales amarillentos y sudor salado que crujía bajo sus cuerpos entrelazados, el aire de la habitación espeso y opresivo como un sauna de lujuria consumada, gotas de transpiración resbalando por pieles marcadas por mordidas y arañazos, el colchón hundido en un cráter de fatiga deliciosa—, Marina susurró con voz ronca y quebrada, su mano menuda extendida para acariciar el pene semierecto de Jorge —la carne oscura aún tibia y venosa, palpitando débilmente bajo sus dedos temblorosos que trazaban las venas hinchadas como ríos agotados, untándose en residuos pegajosos de eyaculaciones previas que olían a sal y deseo compartido:

—Esto… no puede parar —murmuró, los ojos rojos brillando en la penumbra con una mezcla de ternura culpable y hambre insaciable, el coño aún palpitante expulsando un último hilo de semen que resbalaba por sus muslos pálidos hasta manchar la sábana.

—Nunca —dijo Daniela con una afirmación ronca y posesiva, inclinándose para besar los labios de su madre en un contacto lento y profundo, lengua incluida, rosada y ávida invadiendo la boca de Marina con un sabor a semen residual y sudor salado, los labios hinchados presionándose en un beso maternal invertido que hacía que sus tetas firmes rozaran las pequeñas de su madre en un aplastamiento cálido y sudoroso, saliva compartida resbalando por barbillas en un hilo elástico que conectaba sus rostros en la oscuridad, el aliento caliente vibrando con promesas de más profanaciones.

Jorge sonrió con una curva depredadora en los labios, la verga endureciéndose de nuevo bajo la caricia de Marina en un latido venoso que hacía que las venas se hincharan visiblemente, el tronco oscureciendo con sangre fresca hasta apuntar al techo como un resorte renovado, pre-semen perlándose en la cabeza bulbosa con un brillo traicionero.

—Y ahora… las dos de rodillas. Voy a pintarles la cara con leche —gruñó Jorge con voz grave y gutural, el pecho ancho contrayéndose en anticipación mientras se incorporaba, el pene palpitando con testículos que se tensaban de nuevo, hinchados por la producción inagotable.

Obedecieron con una sincronía sumisa y excitada, deslizándose de la cama al suelo alfombrado en un movimiento fluido que hacía crujir las articulaciones cansadas, arrodillándose frente a él con bocas abiertas y expectantes —Daniela con labios carnosos curvados en una sonrisa lasciva, la lengua rosada asomando para lamer el aire cargado, los ojos oscuros fijos en la verga como hipnotizados; Marina con expresión demacrada pero voraz, los labios resecos separándose en un óvalo tembloroso, saliva brotando en anticipación mientras sus tetas caídas colgaban pesadas, pezones oscuros endurecidos rozando el aire fresco—, esperando la eyaculación monstruosa que brotó en chorros calientes y espesos como crema batida, salpicando rostros, mejillas y lenguas en un bautismo blanco y pegajoso que resbalaba por narices y barbillas hasta gotear entre pechos, el semen terroso llenando bocas en tragos gulps roncos, el acto final sellando su pacto en un charco lechoso en el suelo.

El secreto familiar continuaba, prohibido, adictivo, eterno, un lazo de carne y fluidos que los ataba más allá de la sangre, en un ciclo de placer que devoraba días y noches sin fin, la casa un templo donde el incesto florecía en sombras, eterno como el pulso de sus deseos insaciables.

1 comentarios - Hija de Culo Grande para papá Verga Grande 2 PT2

jhon_hatcher
Muy buena historia estaria bueno que le agregara a todos los capitulos algunos Gif o fotos para darle mas condimento
EDOWA_
Si, me lo han recomendado. Si me gustaría, pero soy más escritor que creador de gifs. Además que la página no permite poner gifs al post, por lo menos no tan grandes.