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Hija de Culo Grande para papá Verga Grande 2 PT1

Marina entró de golpe al baño, el vapor aún flotando en el aire como una niebla espesa y caliente que olía a jabón floral diluido en el almizcle acre del sudor fresco, el jugo vaginal pegajoso y el semen espeso y salado que impregnaba cada rincón del espacio confinado, un hedor primal que se adhería a las paredes como un secreto viscoso y prohibido. El espejo empañado reflejaba borrosamente las siluetas deformes de los cuerpos entrelazados, distorsionadas por el calor residual que hacía que las baldosas blancas brillaran con gotas de condensación resbalando como lágrimas de un pecado recién consumado, mientras el sonido del agua goteando del cabezal de la ducha —un plic-ploc rítmico e insistente, casi hipnótico— se mezclaba con los jadeos entrecortados y húmedos que aún escapaban de los pulmones exhaustos, amplificando el eco de la lujuria en el silencio roto.

Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena, el corazón latiéndole en la garganta con un pulso salvaje que ahogaba cualquier palabra inicial, un torrente de sangre que hacía que sus venas se hincharan en las sienes y un calor traidor se extendiera por su vientre, traicionando su shock con un cosquilleo húmedo entre las piernas que la avergonzaba en lo más profundo. Allí estaba su hija Daniela, de 19 años, la niña que había acunado en brazos temblorosos durante noches de fiebre infantil y vestido con ropita inocente para fiestas de cumpleaños, ahora transformada en una visión obscena de madurez carnal, una sirena de curvas pecaminosas que yacía en el suelo apoyada en manos y rodillas sobre las baldosas frías y resbaladizas, el peso de su cuerpo joven y voluptuoso presionando las tetas firmes copa C contra el piso implacable con una obscenidad que hacía que los pechos se deformaran y se extendieran como masa blanda bajo la gravedad, los pezones rosáceos —duros como piedrecitas endurecidas por el roce constante contra la cerámica áspera y el aire fresco que contrastaba con el calor febril de su piel— rozando el mosaico con cada jadeo residual, dejando leves surcos rojos en la carne blanca como leche y enviando chispas de placer-dolor residual por su espina dorsal. El sudor perlaba su escote profundo, resbalando en riachuelos salados que se perdían entre el valle de sus senos, haciendo que la piel brillara como si estuviera untada en un aceite erótico casero, mientras su cabello largo negro, empapado y desordenado, se pegaba a la nuca y las mejillas sonrojadas, enmarcando un rostro de éxtasis postorgásmico con labios hinchados y entreabiertos, exhalando vapor caliente con cada respiración entrecortada.

Su culo enorme, carnoso y redondo —ese culo blanco como leche que siempre había sido el orgullo provocador de la chica, el que hacía que los pantalones se tensaran hasta el límite en las reuniones familiares y provocara miradas furtivas de tíos y vecinos por igual, un monumento de carne suave y temblorosa que parecía diseñado para ser azotado y adorado— estaba expuesto al aire húmedo y cargado, elevado y tembloroso como un altar sacrificial ofrecido al deseo más tabú y depravado, las nalgas separadas naturalmente por la posición de sumisión animal, revelando la grieta profunda y húmeda donde el ano, antes virgen e intacto como un secreto guardado bajo capas de tela y pudor juvenil, ahora estaba dilatado de forma grotesca y hermosa, abierto como una flor rosada y brillante que se contraía y expandía en pulsos involuntarios, los bordes hinchados y enrojecidos por la fricción brutal de la penetración reciente, palpitando aún con un ritmo hipnótico que expulsaba burbujas diminutas de aire mezclado con lubricante natural y semen residual, un espectáculo visceral que hacía que el esfínter pareciera vivo, hambriento de más invasión. Gruesos chorros de semen espeso y blanco —el semen de su propio marido, caliente y viscoso como crema recién batida en un frenesí, con ese olor terroso y animal que Marina conocía de sus noches de juventud pero que ahora se volvía nauseabundo en su crudeza familiar— chorreaban lentamente por las nalgas perfectas de Daniela, cada gota espesa trazando caminos blancos y pegajosos que serpenteaban por las curvas generosas y sin una sola marca, acumulándose en el hueco lumbar antes de deslizarse por los muslos internos firmes y temblorosos, donde se mezclaban con los jugos de excitación de la chica en un río lechoso que goteaba con un sonido suave y obsceno hasta formar un charco pegajoso entre sus rodillas separadas, un lago improvisado de fluidos familiares que burbujeaba ligeramente con el calor del cuerpo y reflejaba la luz tenue de la bombilla como un espejo pecaminoso, atrayendo moscas invisibles del deseo reprimido.

El coño de Daniela, apenas visible bajo el ángulo elevado y dominante del culo, estaba hinchado y reluciente como una fruta madura a punto de reventar, los labios mayores abultados y rosados palpitando con el eco de orgasmos previos, goteando una mezcla espesa de sus propios fluidos transparentes y viscosos —un néctar dulce y salado que olía a excitación femenina pura— con el pre-semen que había lubricado la felación salvaje anterior, el clítoris asomando erecto e hinchado como una perla roja clamando atención desesperada, y el vello púbico ausente —rasurado al milímetro en un ritual de vanidad sexual que dejaba la piel expuesta y vulnerable como la de una muñeca viva— haciendo que todo pareciera aún más crudo, más expuesto al juicio ajeno, mientras los músculos de sus muslos y pantorrillas se contraían en espasmos post-orgásmicos, haciendo que el culo entero se agitara como gelatina en un terremoto de placer residual.

Jorge estaba de pie frente a ella, completamente desnudo bajo la luz cruda del baño que proyectaba sombras alargadas sobre su silueta imponente, su torso amplio y moreno cubierto de un velo espeso de sudor que delineaba cada músculo tenso y trabajado por años de frustración contenida: los pectorales duros como rocas esculpidas, salpicados de vello oscuro y rizado que bajaba en una línea irregular hasta el ombligo hundido; los abdominales marcados y contraídos en réplicas de placer, brillando con gotas que resbalaban como perlas de esfuerzo; los brazos venosos y gruesos, con transpiración acumulándose en los pliegues de los codos y goteando hasta los antebrazos donde las venas azules latían como cables vivos bajo la piel oscura. Su piel morena contrastaba brutalmente con la blancura lechosa de Daniela, un choque visual interracial que hacía que la escena pareciera sacada de uno de esos videos prohibidos que Marina intuía que su hija devoraba en la privacidad de su habitación, pero nada en la pornografía barata podía capturar la realidad visceral y palpable: el olor almizclado y pesado de su entrepierna, un banquete de testosterona cruda y semen fresco que se elevaba como humo; el calor que irradiaba de su cuerpo como un horno encendido al rojo, haciendo que el aire a su alrededor se ondulara ligeramente; el leve temblor de sus rodillas anchas y peludas por el esfuerzo de mantenerse erguido después de la follada salvaje, con el pecho subiendo y bajando en respiraciones profundas que olían a victoria animal.

Y allí, dominando el centro de la composición como un cetro de carne conquistadora, su pene monstruoso —esa arma descomunal, oscura y venosa, larga como el antebrazo delgado de Daniela y gruesa como una lata de conserva industrial, con una circunferencia que desafiaba la anatomía normal y hacía que los dedos de una mano adulta parecieran insuficientes para rodearla— aún estaba semierecta, colgando pesada entre sus muslos musculosos como un pendón de batalla manchado de guerra, la piel del tronco tensa y surcada por venas gruesas y protuberantes que palpitaban con el pulso acelerado del corazón, hinchadas por la sangre que se negaba a retirarse del todo, negándose a la flacidez en un desafío al agotamiento. La cabeza bulbosa, morada y brillante como una ciruela madura a punto de estallar, asomaba reluciente con una capa espesa y pegajosa de jugos anales —transparentes y viscosos, con ese brillo aceitoso y terroso que provenía de las profundidades dilatadas y profanadas de Daniela— mezclados con semen residual que formaba perlas blancas y cremosas en la uretra dilatada, goteando perezosamente en un hilo largo y elástico que se extendía desde la punta hasta el suelo con un sonido casi inaudible de estiramiento húmedo, rompiéndose para salpicar el charco ya formado con un plop suave que reverberaba en el vapor. Los testículos pesados colgaban debajo como frutos maduros y oscuros, hinchados por años de frustración acumulada en una abstinencia que los había convertido en depósitos hinchados y dolorosos —dos bolas grandes y arrugadas, cubiertas de un vello rizado y húmedo que se pegaba por el sudor, balanceándose como péndulos maduros listos para descargar de nuevo, con la piel tensa y brillante por el volumen de semen que aún bullía en su interior como lava contenida, un recordatorio palpable de la bomba de deseo que Jorge había sido, ahora liberada en chorros que manchaban el suelo familiar.

Marina se quedó congelada en la puerta, la mano aún aferrada al pomo oxidado como si fuera la última ancla a una realidad que se desmoronaba bajo sus pies, los nudillos blancos por la presión, las uñas clavándose en la palma sudada en un intento desesperado de contener el torrente de emociones que bullía en su pecho como un volcán a punto de erupción. El vapor del baño la envolvió de inmediato, pegajoso y sofocante, adhiriéndose a su piel como una segunda capa de culpa ajena, haciendo que el pijama delgado —de algodón raído y descolorido por años de lavados— se le pegara al cuerpo menudo, delineando el contorno de sus pechos pequeños y caídos, los pezones traicioneros endureciéndose contra la tela por el contraste térmico y el shock visceral que le erizaba la piel en escalofríos irregulares. Su boca se abrió en un gesto instintivo de incredulidad, los labios resecos y temblorosos separándose con un chasquido audible, pero solo salió un balbuceo tembloroso, un sonido gutural y ahogado que se perdió en el aire cargado, como el gemido de un animal herido que no sabe si atacar o huir, mientras su garganta se contraía en espasmos secos, el paladar pegajoso por la bilis que subía ácida desde el estómago revuelto.

—Da-Daniela… —susurró finalmente, la voz quebrada como un vidrio astillado bajo un martillo, un hilo ronco y entrecortado que se quebraba en la sílaba final, como si pronunciar el nombre de su hija, ese nombre que había elegido con amor en una ecografía borrosa años atrás, le quemara la lengua con el veneno de la traición, un eco tembloroso que reverberaba en las paredes empañadas del baño y se mezclaba con el goteo persistente del agua, haciendo que el mundo entero pareciera derrumbarse encima de ella en una avalancha de imágenes prohibidas: recuerdos de pañales sucios y risas infantiles chocando brutalmente contra la obscenidad cruda que tenía ante sus ojos, un colapso emocional que le hacía que las rodillas flaquearan, amenazando con doblarse bajo el peso invisible de la decepción y el asco que se enredaban en su vientre como serpientes.

Daniela, aún jadeando con respiraciones profundas y erráticas que hacían que su pecho voluptuoso subiera y bajara en oleadas hipnóticas, el aire entrando y saliendo de sus pulmones en ráfagas calientes que olían a sexo consumado y vapor empapado, con el cuerpo entero temblando por el orgasmo anal que acababa de tener —un clímax brutal que había contraído cada músculo de su ser en espasmos eléctricos, dejando sus nervios expuestos y sensibles como cables pelados, el ano aún latiendo en réplicas dolorosas y placenteras que enviaban ondas de calor residual por sus muslos internos—, levantó la cabeza lentamente, el movimiento perezoso y felino como el de una pantera saciada después de la caza. Su cabello largo negro, empapado en mechones desordenados y pegajosos que se adherían a la piel de su rostro como algas marinas en una playa de sudor, estaba pegado a la cara por el vapor espeso y el brillo oleoso de la transpiración que perlaba su frente y mejillas sonrojadas, gotas individuales resbalando por las sienes hasta perderse en el cuello arqueado. Sonrió con una mezcla de satisfacción lasciva y desafío descarado, los labios carnosos curvándose en una mueca depredadora que revelaba dientes blancos y un destello de lengua rosada lamiendo el labio inferior para saborear el salado residual de la felación reciente, sin intentar cubrirse ni un centímetro de su desnudez expuesta: las tetas colgando pesadas y marcadas por el roce contra el suelo, los pezones rosáceos aún erectos y relucientes; el semen seguía chorreando de su ano dilatado en un hilo grueso y viscoso que se extendía como un lazo blanco y pegajoso, resbalando por su muslo interno con una lentitud tortuosa, trazando un camino caliente y resbaladizo que hacía que la piel se erizara en su recorrido, goteando finalmente al charco en el piso con un plop obsceno que rompía el silencio tenso.

Jorge, con el pene aún palpitando en pulsos irregulares y venosos que lo hacían contraerse como un corazón expuesto, la piel oscura tensa y surcada de venas hinchadas latiendo con el flujo sanguíneo traicionero que se negaba a disiparse, dio un paso atrás torpe y vacilante, las plantas de los pies resbalando ligeramente en el suelo húmedo salpicado de fluidos, el rostro pálido de shock bajo la piel morena que se cubría de un sudor frío y pegajoso, los ojos abiertos de par en par en una máscara de pánico culpable donde las arrugas de la frente se profundizaban como surcos de arrepentimiento tardío, la mandíbula desencajada colgando floja mientras su mente luchaba por procesar el abismo que acababa de abrirse bajo sus pies, el torso ancho contrayéndose en un escalofrío que hacía que los músculos pectorales se tensaran visiblemente, gotas de sudor fresco brotando en su pecho peludo y resbalando hacia el ombligo en riachuelos que se perdían en la línea de vello que descendía hasta esa verga monstruosa, ahora semierecta de nuevo por la adrenalina prohibida que bombeaba como fuego líquido por sus venas.

Marina explotó en una erupción de furia y dolor contenidos durante años, las lágrimas brotando de inmediato de sus ojos hinchados y enrojecidos, calientes y amargas como veneno derramado, rodando por sus mejillas demacradas en surcos salados que se mezclaban con el sudor del vapor, dejando rastros brillantes en la piel que alguna vez había sido tersa pero ahora se arrugaba en pliegues de madurez prematura, el rostro contorsionado en una mueca de agonía que hacía que sus labios se fruncieran en un rictus tembloroso, la nariz ensanchándose con cada inhalación entrecortada que aspiraba el hedor a sexo familiar como un puñetazo en el estómago.

—¡¿Qué han hecho?! ¡¿Qué mierda han hecho ustedes dos?! —gritó, la voz rompiéndose en sollozos guturales y ahogados que salían como espasmos de su garganta irritada, un alarido que reverberaba en las paredes del baño como un eco de traición amplificado, las palabras escupidas con saliva que salpicaba el aire húmedo—. ¡Mi propia hija! ¡Con mi marido! ¡Jorge, eres un monstruo! ¡Un puto pervertido! ¡Y tú, Daniela, puta desvergonzada! ¡Te crie para esto?! —Cada acusación era un latigazo verbal, las manos agitándose en el aire como garras impotentes, los dedos curvados en puños que temblaban con la urgencia de golpear carne familiar, el cuerpo entero convulsionando en sollozos que hacían que sus hombros se sacudieran, las lágrimas cayendo ahora en goterones pesados que manchaban el cuello del pijama, empapando la tela hasta que se volvía translúcida contra su clavícula huesuda.

Avanzó hacia ellos con pasos inestables y tambaleantes, las pantuflas resbalando en el borde del charco de semen que se extendía como una mancha acusadora, las manos temblando con una violencia contenida que hacía que las venas de sus antebrazos delgados se hincharan azuladas bajo la piel pálida, como si quisiera golpearlos hasta borrar la imagen grabada en su retina —el ano de su hija abierto y suplicante, el pene de su marido como una amenaza venosa—, pero sus ojos no podían apartarse de la escena con una fascinación hipnótica y repulsiva: el ano abierto de Daniela, rojo e hinchado como una herida fresca palpitante, los bordes fruncidos y brillantes expulsando más semen en pulsos lentos y espesos que se derramaban como lava blanca por las nalgas temblorosas; el pene enorme de Jorge, que ahora empezaba a endurecerse de nuevo por la adrenalina prohibida que corría por su torrente sanguíneo, la carne oscura engrosándose visiblemente, las venas latiendo como serpientes bajo la piel, la cabeza bulbosa hinchándose con un brillo traicionero de jugos residuales, un espectáculo que hacía que el estómago de Marina se revolviera en una náusea mezclada con un calor traidor e inconfesable que se extendía por su bajo vientre.

—¡Me voy de esta casa! ¡Los denuncio a los dos! ¡A la policía, a todo el mundo! ¡Esto es incesto, es asqueroso, es… es…! —Las palabras se ahogaron en un sollozo final, la voz quebrándose en un gemido ronco que se convirtió en un llanto descontrolado, el cuerpo derrumbándose contra el marco de la puerta como si las piernas hubieran cedido bajo el peso de la furia agotada, las manos cubriéndose el rostro en un gesto inútil de escudo, los dedos entreabiertos permitiendo que las lágrimas se filtraran entre ellos, mientras el baño entero parecía cerrarse a su alrededor en un claustro de vapor y secretos rotos, el aire espeso cargado ahora con el olor salado de su propio llanto mezclado al hedor primal del sexo.

Se derrumbó contra la pared del baño, el impacto sordo de su espalda chocando contra los azulejos fríos y húmedos reverberando como un eco de su mundo interior fracturado, sollozando con fuerza en espasmos violentos que hacían que su pecho menudo se agitara bajo el pijama holgado, un llanto gutural y descontrolado que salía de su garganta irritada en oleadas roncas, como si cada lágrima fuera un fragmento de su matrimonio y maternidad hecha añicos, las gotas calientes y saladas brotando de sus ojos hinchados y enrojecidos para rodar por las mejillas demacradas, dejando surcos brillantes que se perdían en el cuello expuesto donde el sudor del vapor se mezclaba con el salado de su dolor, empapando el cuello deshilachado de la tela raída. Su cuerpo pequeño y frágil temblaba con una intensidad febril bajo el pijama holgado —de algodón descolorido y flojo que colgaba como un sudario sobre sus curvas modestas, delineando apenas los contornos de sus tetas pequeñas y caídas, los pezones endurecidos traicioneros contra la tela por el frío emocional y el calor traidor que subía por su vientre—, el culo pequeño y firme —un contraste patético con el monumento carnoso y provocador de Daniela, esa redondez compacta y apretada que alguna vez había enloquecido a Jorge en sus noches de juventud pero que ahora se sentía insignificante, casi infantil, tensándose involuntariamente bajo la tela delgada mientras las rodillas flaqueaban, amenazando con doblarse del todo en un colapso total.

Daniela, sin inmutarse ante el caos emocional que había desatado, se incorporó lentamente desde su posición de sumisión animal en el suelo, el movimiento fluido y deliberado como el de una felina que se estira después de un festín, los músculos de sus muslos firmes y curvilíneos contrayéndose en un temblor residual que hacía que su piel blanca como leche se erizara en ondas visibles, el sudor fresco brotando en perlas finas que resbalaban por la curva de su cadera hasta perderse en la grieta de sus nalgas aún separadas. Sus tetas firmes copa C rebotaron con el movimiento ascendente, un vaivén hipnótico y obsceno que hacía que las glándulas voluptuosas se sacudieran con un peso natural y pesado, los pezones rosáceos —hinchados y erectos como capullos endurecidos por el roce previo contra las baldosas y el aire cargado— apuntando al frente con una insolencia desafiante, brillando con un leve rastro de sudor salado que los hacía relucir como joyas prohibidas bajo la luz tenue del baño. El semen seguía goteando de su culo en chorros perezosos y espesos, un hilo blanco y viscoso que se desprendía del ano dilatado y palpitante —los bordes rosados contrayéndose en pulsos lentos que expulsaban más de esa leche paterna caliente y pegajosa—, resbalando por sus piernas blancas y suaves con una lentitud tortuosa, trazando caminos calientes y resbaladizos por los muslos internos hasta gotear al suelo en plops suaves que salpicaban el charco ya formado, dejando un rastro brillante y obsceno que olía a sexo crudo y tabú. Se acercó a su madre tambaleante, aún completamente desnuda, el cuerpo curvilíneo brillando de sudor como si estuviera untado en un aceite erótico natural —la piel lechosa reluciendo en parches húmedos que captaban la luz difusa, el vientre plano contrayéndose con cada paso inestable, el coño rasurado aún hinchado y goteante de jugos residuales que se mezclaban con el aroma almizclado del aire—, un avance depredador y maternal a la vez que hacía que sus caderas se balancearan con un ritmo instintivo, el culo enorme rebotando ligeramente con cada movimiento, las nalgas carnosa separándose para revelar destellos del ano profanado.

—Mamá… calma… —dijo Daniela con voz suave pero ronca, un susurro aterciopelado y cargado de excitación residual que salía de su garganta irritada por los gemidos previos, las palabras entrecortadas por el aliento aún agitado que olía a pene y semen en su boca, aún excitada con el pulso acelerado latiendo en su clítoris hinchado y en el calor que bullía en su vientre—. No llores. Ven, abrázame.

Extendió los brazos con una lentitud deliberada, los músculos de sus bíceps delgados tensándose bajo la piel suave, y abrazó a Marina con una fuerza posesiva y reconfortante a la vez, presionando su cuerpo desnudo y febril contra el pijama de su madre en un contacto piel-contra-tela que era puro sacrilegio táctil: las tetas firmes de Daniela se aplastaron contra el pecho menudo de Marina con un aplastamiento suave y cálido, las tetas voluptuosas deformándose obscenamente contra la tela delgada y empapada en lágrimas, los pezones rosáceos rozando los de su madre a través del algodón en un roce eléctrico que enviaba chispas involuntarias por ambas espinas dorsales; el semen de su culo —aún fresco y espeso, goteando en hilos calientes desde el ano abierto— manchando la tela del pijama al rozarse contra la cadera de Marina, dejando una mancha blanca y pegajosa que se extendía como una marca de posesión, el olor terroso y salado impregnándose en el pijama como un perfume prohibido que hacía que el vapor del baño se volviera aún más denso y opresivo.

Marina intentó empujarla con un arrebato de pánico instintivo, las palmas de sus manos presionando contra los hombros sudorosos de Daniela en un gesto débil y tembloroso, los dedos curvándose en la piel resbaladiza sin fuerza real, como si su cuerpo traicionero se negara a rechazar del todo ese calor pecaminoso que se filtraba a través de su pijama, el corazón latiéndole en la garganta con un pulso errático que ahogaba su resistencia, las uñas arañando levemente la carne blanca en un intento fallido de separación.

—¡Suéltame! ¡Estás… estás sucia! ¡Llena de… de eso! —gritó Marina con voz quebrada y ahogada en sollozos, las palabras escupidas con saliva que salpicaba el hombro de su hija, el “eso” colgando en el aire como una acusación muda al semen de Jorge que ahora se enfriaba en su propia ropa, un hedor que le revolvía el estómago pero que, en lo profundo, despertaba un eco olvidado de deseo reprimido, sus manos temblando con más debilidad que furia mientras el calor del cuerpo desnudo de Daniela se colaba como veneno dulce por su piel.

Pero Daniela no la soltó, sus brazos envolviéndola con una tenacidad suave y dominante, los dedos largos y manicureados acariciando la espalda de su madre en círculos lentos y reconfortantes que descendían por la columna vertebral expuesta bajo el pijama, sintiendo cada vértebra tensarse y aflojarse en el temblor emocional, hasta que las manos llegaron al culo pequeño de Marina —esa redondez compacta y firme bajo la tela holgada, tan diferente al suyo propio, apretada como un puño cerrado que se contraía instintivamente al toque, las nalgas separándose levemente bajo la presión de los dedos de Daniela que amasaban con una curiosidad lasciva y maternal, sintiendo el calor reprimido que irradiaba de allí, un roce que hacía que Marina jadeara involuntariamente, el pijama arrugándose en pliegues húmedos.

Jorge, aún desnudo y expuesto en toda su gloria morena y sudorosa, el pene ahora completamente erecto de nuevo por la adrenalina prohibida y el espectáculo voyerista que se desplegaba ante él —esa verga monstruosa oscura apuntando al techo como un mástil venoso y amenazante, la longitud descomunal latiendo con venas hinchadas y protuberantes que serpenteaban por el tronco grueso como raíces hinchadas, la cabeza bulbosa morada hinchándose con pre-semen que perlaba la punta en gotas cristalinas, los testículos pesados balanceándose debajo como contrapesos maduros y oscuros, aún hinchados por el semen no descargado del todo—, se acercó con cautela, los pasos pesados y resbaladizos en el suelo empapado haciendo que sus muslos musculosos se tensaran, el torso ancho cubierto de un nuevo velo de sudor frío que perlaba su pecho peludo y resbalaba por los abdominales marcados, el rostro una máscara de culpa y deseo entremezclados donde los ojos oscuros brillaban con un hambre renovada al ver a madre e hija entrelazadas en ese abrazo.

—Marina… amor… espera. Déjame explicarte. Hace años que… que tú no quieres. Me rechazas siempre. Dices que te duele, que soy demasiado grande. Llevo meses, años sin tocar a una mujer. Mis huevos están tan llenos que duelen. Y Daniela… ella… ella me vio y… —balbuceó Jorge con voz ronca y entrecortada, un murmullo cargado de culpa y desesperación que salía de su garganta seca como arena, las palabras tropezando unas con otras en un torrente emocional que hacía que su pecho ancho y moreno se agitara con respiraciones profundas y erráticas, el sudor fresco brotando en perlas frías por su frente arrugada y resbalando por las sienes hasta el cuello tenso, donde se perdían en el vello oscuro y rizado que cubría su piel oscura como un manto de frustración acumulada. Sus ojos oscuros, inyectados en sangre por la adrenalina y el pánico, se clavaban en el rostro demacrado de Marina con una súplica muda que hacía que las arrugas de su entrecejo se profundizaran como surcos labrados por años de rechazos nocturnos, el torso musculoso contrayéndose en espasmos involuntarios que tensaban los pectorales duros y salpicados de gotas de transpiración, mientras el pene erecto —esa verga monstruosa que palpitaba como un corazón expuesto, venas hinchadas latiendo con un pulso visible y audible en el silencio tenso del baño— se balanceaba ligeramente con cada palabra, goteando pre-semen en hilos cristalinos y pegajosos que se extendían hacia el suelo como lazos de deseo no resuelto, un recordatorio visceral de la abstinencia que lo había convertido en una bestia de carne y necesidad, los testículos pesados colgando debajo como frutos hinchados y oscuros, arrugados por el volumen de semen bullendo en su interior, un dolor sordo y constante que irradiaba por su bajo vientre como un fuego lento.

Marina levantó la vista lentamente, como si el peso de las lágrimas y el shock la obligara a un movimiento perezoso y doloroso, los ojos rojos de llanto —hinchados e irritados por el roce salado de las lágrimas que aún brotaban en goterones calientes y pegajosos, dejando surcos brillantes en sus mejillas pálidas y demacradas— parpadeando con un esfuerzo visible para enfocar la imagen borrosa ante ella, las pestañas empapadas pegándose en racimos húmedos que temblaban con cada sollozo residual. Se fijó en el pene de Jorge con una fascinación hipnótica e involuntaria, era imposible no mirarlo en ese momento de vulnerabilidad cruda: esa cosa descomunal, oscura contra su piel morena como un tronco de ébano tallado por manos divinas perversas, la longitud desproporcionada curvándose ligeramente hacia arriba en un arco amenazante y orgulloso, la piel tensa surcada por venas gruesas y protuberantes que latían como ríos subterráneos bajo la superficie, hinchadas por la sangre que bombeaba furiosa en respuesta al caos emocional; la cabeza bulbosa, morada e hinchada como una seta venenosa madura, brillando con un velo reluciente de pre-semen y jugos residuales que captaba la luz tenue del baño en destellos aceitosos, goteando en perlas espesas y transparentes que se desprendían de la uretra dilatada con un estiramiento elástico antes de caer al suelo en plops suaves y obscenos, un aroma almizclado y salado elevándose de allí como un perfume primal que invadía las fosas nasales de Marina, mezclándose con el vapor del baño para crear un hedor espeso de testosterona y traición.

—¿Esto es mi culpa? ¿Por qué no puedo con tu… tu monstruo de verga? —sollozó Marina con voz quebrada y ahogada en un gemido gutural que salía de su pecho como un eructo de dolor reprimido, las palabras escupidas entre hipos irregulares que hacían que su cuerpo menudo se sacudiera violentamente, el “monstruo de verga” colgando en el aire como una confesión sucia y humillante que le quemaba la lengua, las lágrimas renovadas brotando en cascadas calientes que resbalaban por su barbilla temblorosa hasta gotear sobre el pijama empapado, manchando la tela delgada en parches oscuros que se extendían como manchas de vergüenza—. ¡Me lastima, Jorge! ¡Me partia en dos cada que lo intentabamos! —gritó al final, la voz escalando en un alarido ronco que reverberaba en las paredes empañadas, haciendo que sus manos se crisparan en puños impotentes contra los muslos, los dedos clavándose en la carne propia a través del pijama holgado, el vientre contrayéndose en náuseas mezcladas con un calor traidor que subía por su bajo abdomen, recordándole las noches pasadas donde ese mismo pene la había llenado de placer agonizante antes de convertirse en un fantasma de miedo y rechazo, su coño, aún seco por años de abstinencia forzada, palpitando involuntariamente con un eco olvidado de humedad al ver esa arma venosa tan cerca, tan viva, tan culpable de su frustración compartida.

Daniela, aún abrazándola con una tenacidad posesiva que hacía que sus tetas firmes se presionaran más contra el pecho de su madre en un aplastamiento cálido y sudoroso, el sudor salado de su piel lechosa filtrándose a través del pijama para pegar la tela contra la carne de Marina, susurró al oído de su madre con un aliento caliente y ronco que olía a sexo consumado y vapor empapado, la lengua rosada rozando levemente el lóbulo de la oreja en un roce accidentalmente lascivo que enviaba escalofríos por la nuca de Marina: —Mamá… yo sí puedo. Mira lo que me hizo. Me folló el culo virgen y me encantó. Duele, sí, pero duele rico. Ese dolor que te llena, que te hace gritar de placer. Papá necesita esto. Y tú… tú también estás frustrada, ¿no? Llevas años sin mojarte. —Las palabras eran un susurro aterciopelado y provocador, vibrando contra la piel sensible del cuello de Marina como un secreto compartido en la oscuridad, el tono ronco de Daniela aún cargado de la excitación residual que hacía que su voz se quebrara en inflexiones guturales, su mano libre bajando por la espalda de su madre para acariciar el hueco lumbar con dedos suaves pero insistentes, sintiendo el temblor de los músculos tensos bajo la tela, mientras su propio ano dilatado, visible en destellos entre las nalgas abiertas al abrazar de lado, palpitaba con un calor sordo, expulsando un último hilo de semen que resbalaba por su muslo interno y manchaba la pierna de Marina en un contacto viscoso y tabú.

Marina tembló con una intensidad que hacía que todo su cuerpo menudo se agitara como una hoja en una tormenta emocional, las rodillas flaqueando bajo el peso del abrazo y el vapor opresivo, pero no se apartó, sus brazos colgando flojos a los lados como si la fuerza de voluntad se hubiera evaporado en el calor del baño, el pijama pegajoso adhiriéndose a su piel en parches húmedos que delineaban el contorno de sus caderas estrechas y su vientre plano marcado por estrías sutiles de maternidad pasada. Sus ojos, aún rojos e hinchados, volvieron al ano dilatado de Daniela con una mirada hipnotizada y repulsiva, visible entre sus nalgas abiertas al abrazarla de esa forma íntima y profana —ese esfínter rosado e hinchado, abierto como una herida fresca y palpitante que se contraía en pulsos lentos y obscenos, los bordes enrojecidos brillando con una capa de jugos anales y semen residual que formaba un anillo viscoso alrededor, expulsando burbujas diminutas de aire con cada contracción, un espectáculo crudo que olía a lubricante terroso y placer prohibido, haciendo que el estómago de Marina se revolviera en una náusea traicionera mientras un calor inconfesable se extendía por su propio ano virgen, un eco de curiosidad morbosa que la avergonzaba hasta las lágrimas.

Jorge se acercó más con pasos cautelosos y pesados, las plantas de sus pies anchos resbalando ligeramente en el suelo salpicado de fluidos pegajosos que dejaban huellas húmedas detrás, el pene erecto balanceándose como un péndulo amenazante a centímetros de la cara de Marina —tan cerca que el calor irradiado por la carne venosa hacía que el aire entre ellos se ondulara, el aroma almizclado y salado invadiendo las fosas nasales de ella como un afrodisíaco involuntario, la cabeza bulbosa goteando pre-semen en una gota que pendía precariamente, amenazando con caer sobre la mejilla de Marina en un bautismo obsceno.

—Amor… míralo. Está así por ti también. Siempre lo estuvo. Pero me rechazabas. Daniela me dio lo que necesitaba. No quiero perderte. Por favor… —suplicó Jorge con voz grave y temblorosa, un ruego que salía de lo profundo de su pecho como un gruñido herido, las manos extendidas en un gesto de súplica vacía que temblaban en el aire húmedo, los dedos gruesos y callosos curvándose como si quisieran tocarla pero temiendo el rechazo final, su torso moreno cubierto de un nuevo sudor que perlaba los músculos abdominales en riachuelos que se perdían en la base de esa verga monstruosa, los testículos contrayéndose ligeramente con anticipación dolorosa.

Marina extendió una mano temblorosa con una lentitud hipnótica, como si el movimiento no le perteneciera del todo, los dedos delgados y pálidos —uñas cortas y sin pintar, marcados por surcos de tareas domésticas olvidadas— avanzando por el aire cargado hasta rozar el pene por primera vez en meses, un contacto eléctrico que la hizo jadear audiblemente, la piel caliente y dura como acero fundido quemándole la yema de los dedos, venosa y pulsante bajo su tacto inseguro, la circunferencia descomunal haciendo que sus dedos no alcanzaran a rodearlo por completo, apenas abarcando un tercio del grosor con una presión tentativa que hacía que las venas se hincharan más bajo la presión, un calor que se extendía por su palma como fuego líquido, despertando un cosquilleo olvidado en su coño seco que la hacía apretar los muslos involuntariamente.

—Es… es tan grande… siempre me asustó —murmuró Marina con voz apenas audible, un susurro ahogado en sollozos residuales que hacía que su labio inferior temblara, los ojos fijos en esa carne oscura y viva que palpitaba contra su mano como un animal domesticado a medias, el pre-semen untándose en sus dedos en una capa pegajosa y cálida que olía a sal y deseo, un terror mezclado con un anhelo reprimido que le aceleraba el pulso en las sienes, haciendo que su respiración se volviera entrecortada y superficial.

Daniela sonrió con una curva lasciva y triunfante en los labios carnosos, aún hinchados por la felación reciente, besando el cuello de su madre con labios suaves y húmedos que dejaban un rastro salado de sudor y aliento caliente, la lengua rozando la piel sensible en un lametón juguetón que hacía que Marina se erizara entera.

—Inténtalo otra vez, mamá. Con nosotras dos… podemos compartirlo. Nadie tiene que enterarse. Será nuestro secreto familiar —susurró Daniela con tono conspirador y excitado, la voz vibrando contra la garganta de Marina como una promesa pecaminosa, sus manos apretando el culo pequeño de su madre con más firmeza, amasando la carne firme bajo el pijama en un masaje que enviaba ondas de calor prohibido por la espina dorsal de Marina.

Marina sollozó una vez más, un sonido roto y húmedo que se ahogaba en su garganta, pero su mano empezó a mover con una lentitud tentativa y adictiva, acariciando lentamente la verga monstruosa de arriba abajo en un recorrido exploratorio que hacía que la piel venosa se deslizara bajo sus dedos temblorosos, sintiendo cada protuberancia, cada vena latiendo como un pulso compartido, el pre-semen lubricando el movimiento en un brillo aceitoso que hacía que el pene se reluciera aún más, un gemido bajo escapando de los labios de Jorge que reverberaba en el baño como el primer trueno de una tormenta familiar inminente.

Los tres terminaron sentados en el suelo del baño, un trío improbable y desnudo que formaba un círculo irregular sobre las baldosas aún tibias y resbaladizas por el vapor residual, el agua condensada acumulándose en charcos diminutos que reflejaban sus siluetas deformes como un espejo roto de pecados familiares. El aire, que había sido espeso y opresivo como un sudario de niebla cargada de olores a jabón floral diluido, sudor salado y semen espeso con su almizcle terroso y pegajoso, comenzaba a disiparse lentamente, dejando un frescor traicionero que erizaba la piel de sus cuerpos expuestos: la piel blanca como leche de Daniela, perlada aún con gotas de transpiración que resbalaban por el valle de sus tetas firmes copa C y se perdían en el ombligo hundido; la piel morena y ancha de Jorge, cubierta de un velo pegajoso de sudor que delineaba cada músculo tenso de su torso, desde los pectorales duros salpicados de vello rizado hasta los abdominales contraídos en un nudo de culpa y deseo; y la piel pálida y menuda de Marina, ahora completamente desnuda después de quitarse el pijama empapado en lágrimas calientes y amargas —esa tela raída y descolorida que se había adherido a su cuerpo como una segunda piel de vergüenza, manchada con surcos oscuros de sollozos y salpicaduras viscosas de semen residual que olía a traición cruda, desprendiéndola con manos temblorosas que dejaban marcas rojas en sus propios brazos, revelando sus tetas pequeñas y caídas con pezones oscuros endurecidos por el frío emocional, su vientre marcado por estrías sutiles de maternidad y un coño rasurado pero menos carnoso, con labios mayores flácidos por años de abstinencia, temblando visiblemente en el aire fresco que lamía su piel como un aliento acusador. Hablaron durante horas, el vapor disipándose en espirales perezosas que se elevaban hacia el techo empañado como fantasmas de su secreto recién forjado, el tiempo estirándose en un limbo confinado donde el goteo intermitente del grifo —un plic-ploc monótono e hipnótico— marcaba el pulso de sus confesiones, el suelo frío calando en sus nalgas y muslos hasta entumecerlos, obligándolos a cambiar de posición con roces accidentales que enviaban chispas eléctricas prohibidas: la pierna morena de Jorge rozando el muslo blanco de Daniela, el hombro menudo de Marina chocando contra el brazo sudoroso de su hija. Jorge confesó su frustración acumulada con voz grave y entrecortada, un murmullo ronco que salía de su garganta irritada como un gruñido reprimido durante años, los ojos oscuros fijos en un punto indefinido del suelo salpicado de fluidos secos, describiendo erecciones matutinas dolorosas que lo despertaban como puñaladas en el bajo vientre —esa verga monstruosa hinchándose contra las sábanas en un arco venoso y palpitante, la piel tensa surcada de venas hinchadas latiendo con un pulso desesperado, los testículos pesados y arrugados colgando como pesos muertos que dolían con un ardor sordo al no encontrar alivio, obligándolo a masturbarse en la ducha con la mano áspera rodeando apenas la circunferencia descomunal, chorros espesos de semen salpicando las paredes mientras fantaseaba con culos grandes y carnoso como el de su hija, ese monumento blanco y redondo que había admirado en secreto durante años, rebotando en shorts ajustados o jeans que se tensaban hasta el límite, un deseo tabú que lo carcomía como ácido en las noches solitarias. Daniela admitió sus sueños eróticos con una sonrisa lasciva y ronca, el cabello negro largo cayendo en mechones desordenados sobre sus hombros desnudos, la voz vibrando con un eco de excitación residual que hacía que sus pezones rosáceos se endurecieran de nuevo, confesando cómo se despertaba empapada en jugos vaginales calientes y pegajosos, el coño rasurado palpitando con un vacío hambriento que la obligaba a masturbarse con dedos frenéticos hundidos en los labios hinchados, frotando el clítoris erecto hasta que orgasmos violentos la arqueaban en la cama, gimiendo en silencio mientras imaginaba pollas negras descomunales de videos porno que devoraba en su teléfono —vergas oscuras y venosas embistiendo culos blancos hasta dilatarlos, pero nada, nada comparado con el pene de su padre, esa arma blanca real y palpitante que había visto esa mañana, larga como su antebrazo y gruesa como una lata, superando cualquier fantasía pixelada con su calor vivo, su olor almizclado y el modo en que la había estirado hasta el límite del placer agonizante. Marina, con voz baja y temblorosa como un susurro ahogado en vergüenza, confesó que sí estaba frustrada con los ojos bajos fijos en sus propias manos entrelazadas sobre el regazo, los dedos delgados retorciéndose en un nudo nervioso que hacía que sus uñas cortas se clavaran en las palmas, admitiendo que se tocaba a escondidas en las madrugadas cuando Jorge roncaba a su lado, los dedos explorando tímidamente su coño seco y arrugado por el desuso, frotando el clítoris atrofiado con movimientos circulares lentos y desesperados mientras recordaba los viejos tiempos —las noches de juventud donde esa verga monstruosa la llenaba hasta el borde del dolor, embistiéndola contra colchones que crujían bajo su peso, chorros calientes inundándola en un éxtasis que la hacía gritar—, pero el miedo al dolor la paralizaba ahora, un terror visceral al ser partida en dos de nuevo, dejando su cuerpo menudo temblando en un ciclo de deseo insatisfecho que la hacía llorar en silencio bajo las sábanas.

Daniela propuso la solución con un brillo depredador en los ojos oscuros, el cuerpo curvilíneo inclinándose hacia adelante en el círculo improvisado, haciendo que sus tetas rebotaran ligeramente y que el sudor residual en su piel lechosa captara la luz menguante del baño en destellos aceitosos, la voz ronca y confiada saliendo como un ronroneo conspirador que cortaba el aire fresco como un cuchillo caliente:

—¿Y si… compartimos? Los tres. Papá nos folla a las dos. Nadie sale lastimado. Tú aprendes a tomarlo poco a poco, mamá. Yo te ayudo. Y así… todos contentos. —Las palabras colgaban en el vapor disipado como una promesa pecaminosa, cada sílaba cargada de imágenes explícitas que hacía que el pene de Jorge se contrajera involuntariamente, un pulso visible en las venas hinchadas, mientras Daniela extendía una mano para rozar el muslo de su madre, los dedos trazando un camino lento y ardiente por la piel pálida hasta el borde del coño rasurado, sintiendo el calor traidor que empezaba a humedecer allí, un gesto que hacía que Marina jadeara suavemente, el aliento entrecortado escapando de sus labios resecos.

Marina miró el pene de Jorge con una lentitud hipnótica, los ojos rojos e hinchados parpadeando para enfocar esa carne oscura y viva que dominaba el centro de su visión —ahora erecto de nuevo por la tensión emocional y el aroma compartido de confesiones desnudas, la longitud descomunal apuntando al techo como un mástil venoso y amenazante, la cabeza bulbosa morada hinchándose con pre-semen que perlaba la punta en gotas cristalinas y pegajosas, las venas gruesas latiendo con un pulso audible en el silencio del baño, los testículos pesados balanceándose debajo como contrapesos maduros y oscuros, arrugados por el volumen de semen bullendo en su interior—, y asintió lentamente, el movimiento de su cabeza menuda haciendo que mechones grises escaparan de su moño deshecho, un gesto de rendición temblorosa que hacía que su garganta se contrajera en un nudo seco, las lágrimas residuales brotando de nuevo en goterones calientes que resbalaban por sus mejillas hasta gotear sobre sus tetas pequeñas, un calor traidor extendiéndose por su vientre como lava lenta.

—Solo… si es secreto. Nadie puede saberlo —murmuró Marina con voz apenas audible, un susurro quebrado que se ahogaba en su pecho agitado, las palabras saliendo como una confesión final que sellaba su pacto tabú, el cuerpo entero temblando con una mezcla de terror y anticipación que hacía que sus pezones oscuros se endurecieran visiblemente, el coño seco palpitando con un eco olvidado de humedad al imaginar lo que vendría, sus manos crispándose en el suelo frío como anclas a la cordura que se desvanecía.

Esa misma mañana, después de la charla que había estirado el tiempo en un limbo de confesiones crudas y cuerpos expuestos, empezaron con una urgencia contenida que hacía que el aire del baño aún húmedo —con paredes empañadas que goteaban agua condensada en riachuelos lentos y fríos, el suelo salpicado de charcos viscosos que reflejaban sus siluetas entrelazadas como un cuadro profano— se cargara de nuevo con el hedor primal de deseo renovado, un aroma espeso de sudor fresco, pre-semen salado y el leve rastro terroso de fluidos anales residuales que impregnaba cada inhalación. Daniela guió a su madre con una autoridad suave pero dominante, sus manos curvilíneas y manicureadas envolviendo el brazo menudo de Marina en un agarre posesivo que sentía cada vena temblorosa bajo la piel pálida, levantándola del suelo con un tirón gentil que hacía que las rodillas de Marina flaquearan en un temblor de anticipación nerviosa, posicionándola arrodillada junto a ella en las baldosas frías y resbaladizas que calaban en sus rótulas desnudas como agujas de hielo, el contraste térmico enviando escalofríos por sus espinas dorsales hasta erizar la piel en ondas visibles. Las dos cabezas —la de Daniela, morena joven y curvilínea con cabello negro largo cayendo en cascadas desordenadas sobre hombros sudorosos, el rostro sonrojado y los labios hinchados curvándose en una sonrisa lasciva; la de Marina, más madura pero pequeña con facciones demacradas por el llanto reciente, mechones grises pegados a la frente perlada de sudor frío y ojos rojos entrecerrados en una mezcla de vergüenza y curiosidad morbosa— se inclinaban juntas hacia el pene monstruoso de Jorge como adoradoras en un ritual pagano, el calor irradiado por esa verga descomunal haciendo que el aire entre ellas se ondulara como un horno encendido, el olor almizclado y pesado elevándose en oleadas que llenaban sus fosas nasales con testosterona cruda y semen acumulado. Daniela lamía la cabeza bulbosa con una devoción experta y salvaje, la lengua rosada y plana presionando contra la corona morada e hinchada para saborear el pre-semen salado que brotaba en perlas espesas, tragando hasta la garganta en un movimiento gutural que hacía que su esófago se contrajera visiblemente, babas espesas y transparentes resbalando por el tronco venoso en riachuelos viscosos que se extendían como hilos elásticos hasta gotear sobre los testículos de Jorge, el sonido obsceno de succión —un slurp húmedo y rítmico— reverberando en el baño confinado como un eco de sumisión voluntaria. Marina, al principio tímida con mejillas ardiendo en un rubor que se extendía hasta su pecho menudo, lamió las bolas pesadas con una hesitación que hacía que su lengua temblara contra la piel arrugada y oscura, succionando los testículos llenos uno a uno en su boca pequeña —el volumen hinchado estirando sus labios hasta el límite, el vello rizado raspando el paladar en un roce áspero y masculino, oliendo el aroma acumulado de la frustración de años: un ramo terroso y salado de sudor seco, semen viejo y piel morena que la hacía jadear entre lamidas, las lágrimas residuales mezclándose con la saliva para lubricar el acto, su coño seco contrayéndose involuntariamente con un pulso de calor traidor al sentir el peso pesado de esas bolas contra su lengua, un sabor que despertaba ecos olvidados de sus noches de juventud.

—Así, mamá… chúpalo fuerte. Papá le gusta salvaje —susurró Daniela con voz ronca y entrecortada, el aliento caliente escapando de su boca ocupada para rozar la oreja de Marina, un aliento que olía a pene y babas, las palabras vibrando contra la piel sensible como una orden maternal invertida, mientras su mano libre bajaba para guiar la cabeza de su madre, presionando suavemente para que los labios de Marina se cerraran más alrededor de un testículo, el movimiento haciendo que un gemido bajo escapara de la garganta de Jorge, un sonido gutural y animal que resonaba en su pecho ancho como un trueno contenido.

Jorge gemía con una intensidad creciente, las manos grandes y callosas hundidas en las cabezas de madre e hija —dedos gruesos enredándose en el cabello negro y largo de Daniela, tirando con una urgencia posesiva que hacía que su cuero cabelludo se erizara en placer-dolor, mientras la otra mano acunaba la nuca menuda de Marina con una ternura culpable que contrastaba con la fuerza de su agarre, sintiendo el temblor de sus hombros frágiles bajo las palmas sudorosas, los gemidos saliendo de su boca entreabierta en ráfagas roncas y entrecortadas —"Ahh… sí… mis mujeres…”— que hacían que su torso moreno se arqueara ligeramente, los abdominales contrayéndose en nudos duros, el pene palpitando con venas hinchadas que latían contra las lenguas entrelazadas, pre-semen brotando en chorros calientes que salpicaban mejillas y barbillas en un bautismo salado y pegajoso.

Luego, Daniela se montó en el pene de su padre de nuevo con una gracia felina y dominante, el movimiento fluido que hacía que su cuerpo curvilíneo se elevara sobre las rodillas de Jorge —las baldosas frías raspando sus pantorrillas blancas en un roce ardiente—, vaginal esta vez en una penetración deliberada y profunda que la hacía jadear audiblemente al sentir la cabeza bulbosa abriéndose paso entre sus labios mayores hinchados y relucientes de jugos frescos, el tronco venoso estirando sus paredes internas hasta el límite en un ardor exquisito que la hacía contraer el coño rasurado alrededor de la invasión, rebotando su culo enorme y carnoso contra el torso moreno de Jorge con embestidas rítmicas y salvajes que producían sonidos obscenos de carne aplaudiendo carne —plap-plap-plap húmedo y resonante—, las nalgas redondas separándose con cada descenso para revelar destellos del ano aún dilatado y rosado, goteando lubricante residual, el sudor resbalando por su espalda arqueada en riachuelos que se perdían en la grieta lumbar, sus tetas firmes rebotando en vaivenes hipnóticos que hacían que los pezones rosáceos trazaran arcos en el aire cargado. Marina miraba hipnotizada desde su posición arrodillada, los ojos rojos fijos en el punto de unión donde la verga oscura desaparecía en el coño blanco de su hija —esa carne lechosa engullendo la longitud descomunal en pulsos visibles de contracción, jugos vaginales transparentes resbalando por el tronco expuesto en hilos viscosos que goteaban sobre los testículos de Jorge—, masturbándose por primera vez en años con una urgencia torpe y desesperada, los dedos delgados hundidos en su coño rasurado pero menos carnoso —los labios flácidos abriéndose con un chasquido húmedo al primer roce, el clítoris atrofiado hinchándose bajo el frotamiento circular que enviaba chispas de placer olvidado por su espina dorsal, jugos escasos pero crecientes lubricando sus yemas en un brillo traidor, el aroma sutil de su excitación mezclándose con el hedor dominante del sexo en el baño, su cuerpo menudo convulsionando en sollozos ahogados que eran mitad placer, mitad culpa.

—Ven, mamá… lame mis tetas mientras papá me folla —jadeó Daniela con voz ronca y entrecortada, el aliento escapando en ráfagas calientes por el esfuerzo de las embestidas, extendiendo una mano para atraer la cabeza de Marina hacia su pecho, los dedos enredándose en mechones grises para guiarla con una ternura lasciva.

Marina obedeció con una sumisión temblorosa, el rostro demacrado inclinándose hacia adelante en un movimiento instintivo que hacía que sus rodillas resbalaran en el suelo húmedo, chupando los pezones rosáceos de su hija con labios vacilantes al principio —la lengua rosada y seca lamiendo el capullo endurecido para saborear el sudor salado y el leve rastro de jabón residual, succionando con creciente avidez que hacía que el pezón se hinchara en su boca como una fruta madura, el sabor salado y cálido despertando un hambre reprimida que la hacía gemir contra la piel lechosa, sus manos libres subiendo para amasar las tetas firmes en puñados desesperados, sintiendo el peso voluptuoso y el latido acelerado del corazón de Daniela bajo la palma, mientras su propia masturbación se aceleraba en frotamientos frenéticos que hacían que sus muslos se tensaran, jugos goteando al suelo en plops suaves.

Jorge eyaculó dentro de Daniela con un rugido gutural que reverberaba en las paredes del baño como un trueno primal, el cuerpo moreno arqueándose en un espasmo violento que tensaba cada músculo desde los pectorales hasta los muslos, los testículos contrayéndose en pulsos dolorosos para expulsar chorros calientes y espesos de semen que inundaban el coño de su hija en oleadas viscosas y abundantes —la verga monstruosa palpitando con venas hinchadas que latían contra las paredes internas estiradas, el exceso desbordándose en un río blanco y pegajoso que resbalaba por los labios mayores hinchados de Daniela, goteando por el tronco expuesto hasta salpicar el suelo y las bolas de Jorge en un charco renovado que olía a victoria, Daniela gritando en un orgasmo que la hacía contraer el coño alrededor de la invasión, sus nalgas carnosas temblando contra el vientre moreno en réplicas espasmódicas. Luego, por primera vez en años, penetró a Marina con una lentitud agonizante y reverente, posicionándola de espaldas contra su torso ancho en el suelo resbaladizo —el pene aún semierecto endureciéndose de nuevo al rozar los labios flácidos del coño de su esposa, untado en semen y jugos de Daniela como lubricante profano—, solo la cabeza bulbosa al principio, presionando con una presión gentil pero inexorable contra la entrada seca y contraída, estirando los bordes rosados y arrugados en un ardor que hacía que Marina jadeara audiblemente, las paredes internas cediendo centímetro a centímetro alrededor de la corona morada en un abrazo viscoso y doloroso, mientras Daniela se arrodillaba entre las piernas abiertas de su madre, lamiendo el clítoris expuesto con una lengua ávida y plana —el capullo hinchado palpitando bajo los lametones circulares que enviaban ondas de placer eléctrico por el vientre de Marina, el sabor salado de jugos maternales mezclándose con el semen residual en su boca, succionando con slurps húmedos que hacían que el cuerpo menudo de Marina se arqueara en un arco de agonía exquisita.

Marina gritó de placer mezclado con dolor, un alarido ronco y entrecortado que salía de su garganta irritada como un lamento animal, las palabras escupidas entre hipos y jadeos que hacían que su rostro se contorsionara en una mueca de éxtasis agonizante —las mejillas sonrojadas ardiendo, los ojos cerrados con fuerza expulsando lágrimas calientes que resbalaban por las sienes—, el sonido reverberando en el baño húmedo como un eco de rendición total:

—¡Ay! ¡Es demasiado… pero… no pares! —gritó, las manos crispándose en los hombros morenos de Jorge, las uñas clavándose en la carne sudorosa en surcos rojos que marcaban su posesión desesperada, el coño estirado palpitando alrededor de la cabeza invasora en contracciones involuntarias que ordeñaban más pre-semen caliente, el dolor agudo de la penetración inicial transformándose en un fuego líquido que se extendía por su espina dorsal, mezclado con el placer punzante de la lengua de Daniela lamiendo su clítoris hinchado, haciendo que sus muslos temblaran y se cerraran instintivamente alrededor de la cabeza de su hija, jugos frescos brotando en un torrente escaso pero real que lubricaba la invasión, su cuerpo entero convulsionando en el umbral de un orgasmo largamente negado, el baño entero llenándose con el hedor crudo de su entrega familiar.

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