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La complicidad prt 3

Pasaron unos días más en esa tensión deliciosa y prohibida. Mi hijo y yo intercambiábamos miradas cómplices durante las comidas, mientras su madre hablaba de cosas cotidianas, ajena a todo... o eso creía yo. Él me mandaba mensajes en privado pidiéndome detalles de las noches con ella: "¿Cómo estaba mamá anoche? ¿Gemía fuerte?". Yo le respondía con descripciones que lo ponían loco, y a veces le pasaba alguna foto borrosa de sus tetas o su culo bajo las sábanas, para mantenerlo enganchado. Pero la cosa se complicó una noche que llovía a cántaros otra vez. Los tres en el living, viendo una serie en la tele. Su madre llevaba un vestido suelto, de esos que se le pegan al cuerpo cuando se mueve, y sin nada abajo porque "hacía calor en casa". Mi hijo no podía disimular las miradas, y yo notaba cómo se acomodaba el pantalón para ocultar la erección. En un momento, ella se levantó a preparar unos mates, y él me susurró: "Pa, no aguanto más... mirá cómo se le transparenta todo". Yo asentí, excitado por la situación, y le dije bajito: "Paciencia, hijo. Esta noche te dejo ver de nuevo, pero más cerca". Cuando nos fuimos a la cama, le mandé un mensaje: "Puerta abierta, ven en 10". Su madre estaba cansada, pero yo la empecé a besar en la nuca, bajando las manos por su espalda hasta meterlas bajo el vestido. Ella suspiró y se giró hacia mí, abriéndose de piernas como si supiera lo que venía. Empezamos a coger despacio, yo encima de ella, empujando profundo mientras le mordía el cuello. De reojo vi la silueta de mi hijo entrando al cuarto, sigiloso como un gato, y se paró al pie de la cama, sacándose la verga y masturbándose lento. La excitación me volvió loco. Le dije a ella en voz alta, sabiendo que él escuchaba: "Te amo, amor... estás tan mojada hoy". Ella gimió más fuerte: "Sí, seguí... no pares". Mi hijo se acercó un paso más, y yo, en un arrebato, le hice seña para que se animara. Él dudó, pero se arrodilló al lado de la cama, a centímetros de nosotros. Su madre tenía los ojos cerrados, perdida en el placer, pero de pronto abrió uno y... juro que lo vio. No dijo nada, solo sonrió levemente y cerró los ojos de nuevo, gimiendo más alto, como si lo estuviera disfrutando. Yo me quedé congelado un segundo, pero seguí empujando, acabando adentro de ella con una fuerza brutal. Mi hijo, al ver eso, se corrió en silencio, salpicando el piso. Cuando salí de ella, su madre murmuró somnolienta: "Qué rico estuvo eso...". Mi hijo se escabulló rápido, y yo me quedé ahí, pensando si realmente lo había visto o era mi imaginación. Al día siguiente, todo parecía normal. Desayunamos los tres, charlando de tonterías. Pero cuando mi hijo salió a hacer un mandado, su madre me miró fijo y me dijo con una sonrisa pícara: "Anoche... ¿notaste algo raro? Como si hubiera alguien más en el cuarto". Me quedé pálido, pero intenté disimular: "No, amor, ¿por qué?". Ella se acercó, me besó en la boca y susurró: "No soy tonta, cariño. Sé lo que han estado haciendo ustedes dos. Al principio me molestó, pero... me excita pensarlo. ¿Y si la próxima vez lo invitamos de verdad?".Me dejó boquiabierto. Resulta que había sospechado desde las primeras puertas abiertas, y en vez de enojarse, la idea la calentaba tanto como a nosotros. "Pero con reglas", agregó. "Nada de secretos, y solo si él quiere". Esa noche, le conté todo a mi hijo. Él se puso nervioso al principio, rojo como un tomate, pero cuando le dije que su madre lo sabía... 

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