¡ACLARACIÓN!
Este es un final alternativo (Creado con "Grok") basado en los post creado por el señor @baldemar194 vayan y miren las otras 4 partes iníciales si no las han leído, ya que son muy buenas.
Culona Infiel Testigo de Jehova 5 (La Religiosa Vianey)
Esa noche no pegué el ojo. La verga me dolía de tan dura que la tenía, pensando una y otra vez en lo que iba a pasar al día siguiente. Me pajeé tres veces recordando la sonrisa pícara de Vianey cuando el Viejo Evodio le susurró al oído, imaginando cómo ese culazo iba a rebotar sobre la verga monstruosa del viejo cabrón. Me escondí temprano en mi rincón secreto detrás del cuarto del Viejo, ese hueco perfecto entre las paredes donde se veía y oía todo cristalino. Ahí estaba yo, agachado, con el corazón a mil, esperando como un perro en celo.
Pasadas las 11:15, escuché sus tacones. Era ella. Tocó suave, casi tímida.
Vianey: Buenos días, Don Evodio... ¿puedo pasar? Como quedamos ayer...
Viejo: ¡Pasa mi Culona hermosa, mi reina preciosa! Cierra con llave, no vaya a ser que nos interrumpa el pinche cornudo de tu marido o alguna hermana de tu congregación.
Ella entró. Vestía su falda larga azul marino de siempre, pero ajustada, marcando cada curva de esas nalgas enormes. Blusa blanca abotonada hasta arriba, cabello recogido en un moño perfecto de testigo de Jehová recatada. Pero los ojos... los ojos la delataban: nerviosos, brillantes, curiosos. Se sentó en el borde de la cama vieja, juntando las rodillas como niña buena.
Viejo: ¿Y esas dudas, mi niña? ¿O ya vienes decidida a que te enseñe lo que es una verga de hombre de verdad?
Vianey: Ay Don Voyo... no sé ni cómo empezar. Anoche no dormí pensando en todo lo que me dijo. Con Fran es... rápido, sin pasión. Él se viene en dos minutos y ya, ni me toca bien. Usted habla de placer, de calibres, de exprimir vergas con el culo... me da mucha pena, pero... quiero saber. ¿Me muestra lo que es una riata grande? Solo para ver, ¿eh? Solo curiosidad...
El Viejo sonrió como lobo viejo. Se paró frente a ella, se desabrochó el pantalón de trabajo sucio y lo bajó junto con los calzones. Ahí salió "El Burro": esa verga negra, gruesa como mi muñeca, venuda, con la cabeza morada brillosa ya hinchada. Medía fácil sus 20.5 cm, colgando pesada, pero endureciéndose al instante por tenerla a ella tan cerca.
Vianey se tapó la boca con las dos manos, los ojos como platos.
Vianey: ¡Ay Virgen Santa, Don Evodio! ¡Eso es... monstruoso! ¡Es el doble de grande que la de Fran! ¿Y dice que eso... entra en una mujer? ¿En... en el coño?
Viejo: Entra, sale y te hace ver las estrellas, mi Culona. Ven, tócala. No te va a morder.
Ella dudó unos segundos eternos. Miró la puerta, luego a él, luego a esa verga que ya estaba tiesa como palo, apuntando al techo. Extendió la mano temblorosa, primero con un dedo, rozando la cabeza. El Viejo soltó un gruñido bajo. Luego ella la agarró completa: no le cabía en la mano.
Vianey: Está... tan caliente... tan dura... ay Don Voyo, siento que me estoy mojando abajo... ¿eso es pecado?
Viejo: Es lo más natural del mundo, mi reina. Eso significa que tu coñito ya sabe lo que necesita. Quítate la ropa, déjame ver ese culazo que me tiene loco desde hace meses.
Vianey se mordió el labio inferior. Se paró despacio, desabotonó la blusa con manos temblorosas. Debajo tenía un sostén blanco sencillo, pero las tetas eran grandes, firmes, pezones oscuros ya duros como piedritas. Luego la falda: cayó al suelo y quedó en una tanga blanca de algodón de esposa fiel. El culo... Dios mío, ese culo era una obra maestra: redondo, blanco, enorme, con esas nalgas que se movían solas al caminar.
El Viejo se acercó, le agarró las nalgas con las dos manos callosas, las abrió, las amasó, las azotó suave.
Viejo: ¡Pinche culazo de puta, mi amor! Esto es lo que un hombre sueña. Date la vuelta, apóyate en la cama, abre las piernas.
Vianey: Pero Don Voyo... solo íbamos a ver... ay, no sé...
Ya estaba inclinada, el culo en pompa, la tanga hundida entre las nalgas. El Viejo le bajó la tanga despacio, se arrodilló detrás y le abrió el culo como libro. El coño estaba depilado solo un poco, labios gordos, rosados, ya brillando de mojada. El ano chiquito, virgen total.
Viejo: Mira nada más qué coñito rico tienes, mi niña... huele a hembra en celo.
Le pasó la lengua de abajo arriba, lamiéndole el clítoris. Vianey soltó un gemido largo, se agarró de las sábanas.
Vianey: ¡Ayyy Jehovah! ¡Eso nunca me lo habían hecho! ¡Sigue, Don Voyo!
El Viejo la comió como hambriento: lengua adentro, chupando el clítoris, metiendo un dedo grueso despacio. Ella se retorcía, empujaba el culo hacia atrás.
Vianey: ¡Me voy a venir... ay Dios... ya me vengo!
Y se corrió la primera vez, temblando toda, chorros de jugo en la boca del Viejo.
Viejo: Ahora sí, mi Culona... te voy a meter la verga.
Se paró, escupió en la cabeza de su verga, la acomodó en la entrada del coño empapado y empujó suave. Solo la cabeza entró al principio.
Vianey: ¡Ayyy duele... pero rico... métela más!
Centímetro a centímetro, el Viejo la fue abriendo. Yo veía todo desde mi escondite: cómo esa verga gruesa le estiraba los labios, cómo ella jadeaba, la cara roja, los ojos cerrados en éxtasis. Cuando entró toda, hasta los huevos, el Viejo se quedó quieto un momento.
Viejo: ¿Cómo se siente mi verga dentro, mi reina?
Vianey: Llena... me llena toda... nunca sentí esto... muévete, por favor...
Y empezó el baile. Primero despacio: entradas largas, salidas hasta la cabeza, volviendo a meter. Cada embestida hacía que las nalgas de Vianey temblaran como gelatina. Luego más rápido. El cuarto se llenó de sonidos: plaf plaf plaf de los huevos contra el culo, gemidos de ella, gruñidos del Viejo.
Vianey: ¡Cógeme fuerte, Don Voyo! ¡Rómpeme el coño con tu verga de burro!
El Viejo la agarró de las caderas y la martilló sin piedad. Le azotaba el culo, dejando marcas rojas.
Viejo: ¡Este culo es mío ahora, puta religiosa! ¡Vas a ser mi hembra todos los días!
La volteó como muñeca: ahora de frente, piernas abiertas en la cama. Se la metió de misionero, chupándole las tetas, mordiendo los pezones. Ella le arañaba la espalda, le metía la lengua en la boca como loca.
Vianey: ¡Más profundo! ¡Lléname de leche!
Luego la puso encima. Vianey cabalgó como vaquerita experta: el culazo subiendo y bajando, rebotando, tragándose toda la verga. Las tetas saltando, el sudor corriéndole por el cuerpo. Se corrió dos veces más así, gritando bajito para no alertar a los vecinos.
Viejo: ¡Me vengo, mi Culona... te lleno el coño!
Y se corrió adentro: chorros y chorros de leche caliente, tanto que le salía por los lados. Vianey tembló en un orgasmo brutal, apretando la verga con el coño.
Se quedaron abrazados, jadeando. Ella le besaba el cuello, el pecho.
Vianey: Don Voyo... esto fue el cielo... nunca pensé que se sentía así. Fran nunca me ha hecho venir ni una vez. ¿Podemos repetir? Todos los días que él trabaje...
Viejo: Cuando quieras, mi puta preciosa. Y la próxima te rompo el culo también.
Desde ese día, fue rutina. Casi todas las tardes, cuando el cornudo de Fran salía a trabajar, Vianey llegaba al cuarto del Viejo. Aprendió todo: le chupaba la verga hasta el fondo (al principio se ahogaba, pero luego se la tragaba entera), se dejaba cojer el culo (la primera vez lloró de dolor y placer mezclado, pero luego pedía que la sodomizara fuerte), se ponía en cuatro para que la grabara con el celular, se vestía de puta con ropa que le compraba el Viejo.
Yo seguía espiando cada vez que podía. Me pajeaba viendo cómo la recatada testigo de Jehová se convertía en una hembra insaciable, gimiendo como perra en celo: "¡Dame más verga, papi Evodio! ¡Lléname de leche otra vez!"
Y así siguió por meses. La Culona Infiel Vianey predicaba de día con su Biblia en la mano... y de tarde se dejaba destrozar por "El Burro" del viejo albañil.
Fin
Este es un final alternativo (Creado con "Grok") basado en los post creado por el señor @baldemar194 vayan y miren las otras 4 partes iníciales si no las han leído, ya que son muy buenas.
Culona Infiel Testigo de Jehova 5 (La Religiosa Vianey)
Esa noche no pegué el ojo. La verga me dolía de tan dura que la tenía, pensando una y otra vez en lo que iba a pasar al día siguiente. Me pajeé tres veces recordando la sonrisa pícara de Vianey cuando el Viejo Evodio le susurró al oído, imaginando cómo ese culazo iba a rebotar sobre la verga monstruosa del viejo cabrón. Me escondí temprano en mi rincón secreto detrás del cuarto del Viejo, ese hueco perfecto entre las paredes donde se veía y oía todo cristalino. Ahí estaba yo, agachado, con el corazón a mil, esperando como un perro en celo.
Pasadas las 11:15, escuché sus tacones. Era ella. Tocó suave, casi tímida.
Vianey: Buenos días, Don Evodio... ¿puedo pasar? Como quedamos ayer...
Viejo: ¡Pasa mi Culona hermosa, mi reina preciosa! Cierra con llave, no vaya a ser que nos interrumpa el pinche cornudo de tu marido o alguna hermana de tu congregación.
Ella entró. Vestía su falda larga azul marino de siempre, pero ajustada, marcando cada curva de esas nalgas enormes. Blusa blanca abotonada hasta arriba, cabello recogido en un moño perfecto de testigo de Jehová recatada. Pero los ojos... los ojos la delataban: nerviosos, brillantes, curiosos. Se sentó en el borde de la cama vieja, juntando las rodillas como niña buena.
Viejo: ¿Y esas dudas, mi niña? ¿O ya vienes decidida a que te enseñe lo que es una verga de hombre de verdad?
Vianey: Ay Don Voyo... no sé ni cómo empezar. Anoche no dormí pensando en todo lo que me dijo. Con Fran es... rápido, sin pasión. Él se viene en dos minutos y ya, ni me toca bien. Usted habla de placer, de calibres, de exprimir vergas con el culo... me da mucha pena, pero... quiero saber. ¿Me muestra lo que es una riata grande? Solo para ver, ¿eh? Solo curiosidad...
El Viejo sonrió como lobo viejo. Se paró frente a ella, se desabrochó el pantalón de trabajo sucio y lo bajó junto con los calzones. Ahí salió "El Burro": esa verga negra, gruesa como mi muñeca, venuda, con la cabeza morada brillosa ya hinchada. Medía fácil sus 20.5 cm, colgando pesada, pero endureciéndose al instante por tenerla a ella tan cerca.
Vianey se tapó la boca con las dos manos, los ojos como platos.
Vianey: ¡Ay Virgen Santa, Don Evodio! ¡Eso es... monstruoso! ¡Es el doble de grande que la de Fran! ¿Y dice que eso... entra en una mujer? ¿En... en el coño?
Viejo: Entra, sale y te hace ver las estrellas, mi Culona. Ven, tócala. No te va a morder.
Ella dudó unos segundos eternos. Miró la puerta, luego a él, luego a esa verga que ya estaba tiesa como palo, apuntando al techo. Extendió la mano temblorosa, primero con un dedo, rozando la cabeza. El Viejo soltó un gruñido bajo. Luego ella la agarró completa: no le cabía en la mano.
Vianey: Está... tan caliente... tan dura... ay Don Voyo, siento que me estoy mojando abajo... ¿eso es pecado?
Viejo: Es lo más natural del mundo, mi reina. Eso significa que tu coñito ya sabe lo que necesita. Quítate la ropa, déjame ver ese culazo que me tiene loco desde hace meses.
Vianey se mordió el labio inferior. Se paró despacio, desabotonó la blusa con manos temblorosas. Debajo tenía un sostén blanco sencillo, pero las tetas eran grandes, firmes, pezones oscuros ya duros como piedritas. Luego la falda: cayó al suelo y quedó en una tanga blanca de algodón de esposa fiel. El culo... Dios mío, ese culo era una obra maestra: redondo, blanco, enorme, con esas nalgas que se movían solas al caminar.
El Viejo se acercó, le agarró las nalgas con las dos manos callosas, las abrió, las amasó, las azotó suave.
Viejo: ¡Pinche culazo de puta, mi amor! Esto es lo que un hombre sueña. Date la vuelta, apóyate en la cama, abre las piernas.
Vianey: Pero Don Voyo... solo íbamos a ver... ay, no sé...
Ya estaba inclinada, el culo en pompa, la tanga hundida entre las nalgas. El Viejo le bajó la tanga despacio, se arrodilló detrás y le abrió el culo como libro. El coño estaba depilado solo un poco, labios gordos, rosados, ya brillando de mojada. El ano chiquito, virgen total.
Viejo: Mira nada más qué coñito rico tienes, mi niña... huele a hembra en celo.
Le pasó la lengua de abajo arriba, lamiéndole el clítoris. Vianey soltó un gemido largo, se agarró de las sábanas.
Vianey: ¡Ayyy Jehovah! ¡Eso nunca me lo habían hecho! ¡Sigue, Don Voyo!
El Viejo la comió como hambriento: lengua adentro, chupando el clítoris, metiendo un dedo grueso despacio. Ella se retorcía, empujaba el culo hacia atrás.
Vianey: ¡Me voy a venir... ay Dios... ya me vengo!
Y se corrió la primera vez, temblando toda, chorros de jugo en la boca del Viejo.
Viejo: Ahora sí, mi Culona... te voy a meter la verga.
Se paró, escupió en la cabeza de su verga, la acomodó en la entrada del coño empapado y empujó suave. Solo la cabeza entró al principio.
Vianey: ¡Ayyy duele... pero rico... métela más!
Centímetro a centímetro, el Viejo la fue abriendo. Yo veía todo desde mi escondite: cómo esa verga gruesa le estiraba los labios, cómo ella jadeaba, la cara roja, los ojos cerrados en éxtasis. Cuando entró toda, hasta los huevos, el Viejo se quedó quieto un momento.
Viejo: ¿Cómo se siente mi verga dentro, mi reina?
Vianey: Llena... me llena toda... nunca sentí esto... muévete, por favor...
Y empezó el baile. Primero despacio: entradas largas, salidas hasta la cabeza, volviendo a meter. Cada embestida hacía que las nalgas de Vianey temblaran como gelatina. Luego más rápido. El cuarto se llenó de sonidos: plaf plaf plaf de los huevos contra el culo, gemidos de ella, gruñidos del Viejo.
Vianey: ¡Cógeme fuerte, Don Voyo! ¡Rómpeme el coño con tu verga de burro!
El Viejo la agarró de las caderas y la martilló sin piedad. Le azotaba el culo, dejando marcas rojas.
Viejo: ¡Este culo es mío ahora, puta religiosa! ¡Vas a ser mi hembra todos los días!
La volteó como muñeca: ahora de frente, piernas abiertas en la cama. Se la metió de misionero, chupándole las tetas, mordiendo los pezones. Ella le arañaba la espalda, le metía la lengua en la boca como loca.
Vianey: ¡Más profundo! ¡Lléname de leche!
Luego la puso encima. Vianey cabalgó como vaquerita experta: el culazo subiendo y bajando, rebotando, tragándose toda la verga. Las tetas saltando, el sudor corriéndole por el cuerpo. Se corrió dos veces más así, gritando bajito para no alertar a los vecinos.
Viejo: ¡Me vengo, mi Culona... te lleno el coño!
Y se corrió adentro: chorros y chorros de leche caliente, tanto que le salía por los lados. Vianey tembló en un orgasmo brutal, apretando la verga con el coño.
Se quedaron abrazados, jadeando. Ella le besaba el cuello, el pecho.
Vianey: Don Voyo... esto fue el cielo... nunca pensé que se sentía así. Fran nunca me ha hecho venir ni una vez. ¿Podemos repetir? Todos los días que él trabaje...
Viejo: Cuando quieras, mi puta preciosa. Y la próxima te rompo el culo también.
Desde ese día, fue rutina. Casi todas las tardes, cuando el cornudo de Fran salía a trabajar, Vianey llegaba al cuarto del Viejo. Aprendió todo: le chupaba la verga hasta el fondo (al principio se ahogaba, pero luego se la tragaba entera), se dejaba cojer el culo (la primera vez lloró de dolor y placer mezclado, pero luego pedía que la sodomizara fuerte), se ponía en cuatro para que la grabara con el celular, se vestía de puta con ropa que le compraba el Viejo.
Yo seguía espiando cada vez que podía. Me pajeaba viendo cómo la recatada testigo de Jehová se convertía en una hembra insaciable, gimiendo como perra en celo: "¡Dame más verga, papi Evodio! ¡Lléname de leche otra vez!"
Y así siguió por meses. La Culona Infiel Vianey predicaba de día con su Biblia en la mano... y de tarde se dejaba destrozar por "El Burro" del viejo albañil.
Fin
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