
Santi cerró el año como quien apaga una luz sin saber si volverá a encenderse. Había sido un ciclo duro: su novia lo había dejado por otro, las demás pretendientes solo le hacian promesas rotas, otras solo miradas que no terminaban en nada.
Dos días antes de Año Nuevo, sentado en su pequeño living, tomó una decisión simple pero valiente: no iba a recibir el nuevo año en soledad.
Fue entonces cuando pensó en Laura, su vecina del piso de abajo. Madre soltera, mirada seductora, pero sonrisa honesta. Sabía que esa noche estaría sola: su hijo pasaría las fiestas con el padre, y el departamento quedaría en silencio. Santi dudó apenas… y tocó su puerta.
La invitación fue sencilla, sin dobles intenciones dichas en voz alta. Ella lo miró un segundo de más, como midiendo el gesto, y aceptó con una calidez que a él le aflojó el pecho.
La noche llegó sin apuros. Cena casera, risas tímidas, un brindis que no celebraba lo que fue, sino lo que podía ser. El vino ayudó a que las palabras fluyeran, a que las distancias se acortaran sin darse cuenta. Laura se soltó el cabello; Santi notó cómo la luz suave resaltaba sus curvas reales, esas que no buscan aprobación.

Las 12 de la noche llegó como un suspiro largo. Afuera estallaban luces y ruido; adentro, el silencio se volvió íntimo. Santi se acercó sin prisa y la rodeó con los brazos, un abrazo cálido, sincero, de esos que duran un segundo más de lo normal.
—Feliz Año Nuevo —le murmuró cerca del oído.
Ella sonrió, apoyando el cuerpo en el suyo. En ese gesto sencillo, la mano de él descendió con cautela, explorando el contorno de sus nalgas, apenas un roce que preguntaba más de lo que afirmaba. Laura no se apartó. Al contrario, ladeó el rostro y, con la voz suavizada por el vino y la confianza recién nacida, susurró:
—¿Querés recibir el año… con todo?
Santi la besó despacio, sin urgencia, como sellando un pacto silencioso.
—Solo quiero que sea una noche especial —dijo—. Después vemos si la química hace lo suyo.
Ella no respondió con palabras. Se dejó guiar por la intuición, descendiendo lentamente, hasta bajarle el pantalon, liberando su pija, dándole besitos en la punta, lamiéndola desde la base hasta la punta, luego dedicándole unos chupones y mamadas que lo obligó a cerrar los ojos y respirar hondo.
Él la levantó enseguida, la alzó con cuidado y la recostó en el sofá, como si fuera algo valioso que no debía romperse, mientras le sacaba el vestido. Sus manos recorrieron cada curva con paciencia, deteniéndose a apretarle y chuparle las tetas memorizando texturas, hasta descender a su concha húmeda, lamiéndola despertando sensaciones dormidas.
Laura se arqueó levemente, invitándolo a acercarse más, el le separo las piernas y le metio la pija en la concha, de un empujon, cogiendola con fuerza, desquitandose del mal año.

Ella lo acompañaba con gemidos, cambiando luego el ángulo, sentándose sobre él con una seguridad nueva, le agarro la pija se lo acomodo en su concha, cabalgándolo, sus tetas rebotando, marcando el ritmo a su manera. El movimiento era envolvente, profundo, más emocional que físico, hasta que el llenó la concha.
Laura cayó sobre su pecho, escuchando su respiración acompasarse con la de él. Levantó el rostro, lo besó una vez más y sonrió.
—Feliz año —susurró, ahora con otro significado.
Santi la abrazó con fuerza suave, sabiendo que, al menos por esa noche, el año había empezado exactamente como debía.

Ella se deslizó fuera de su abrazo cuando aún la madrugada respiraba despacio. Caminó desnuda hasta el baño, sin prisa, dejando tras de sí el eco tibio de la noche compartida. El agua corrió, breve, y al regresar se apoyó en el marco de la puerta, mirándolo con esa media sonrisa que no pedía permiso.

—¿Otra vez? —preguntó, más con el cuerpo que con la voz.
Santi asintió, todavía envuelto en esa calma encendida.
—Esperame en la habitación —dijo—. Ahora voy.

Cuando volvió del baño, la encontró recostada sobre las sábanas, con las piernas abiertas, la concha brillandole, esperándolo sin esconder nada, como si el pudor hubiera quedado en el año viejo. Él sintió cómo su pija se le endurecia de golpe y se lanzó a besarla con hambre suave, recorriendo sus tetas, luego la penetró profundo y ella lo rodeó con los brazos, atrayéndolo, animandolo a cogerla más fuerte, el golpeando su concha sin piedad.
Ella cambió de postura, poniéndose en cuatro, entregándose con confianza, ofreciéndole las nalgas. Santi se acercó despacio, besándole las nalgas, lamiéndole la concha sensible, sacandole suspiros, para luego meterle la pija en la concha, dándole nalgadas, golpendola con fuerza, murmurándole al oído sin palabras claras, solo respiraciones.
Luego ella volvió a tomar el control, sentándose sobre él con naturalidad, acomodándose su pija en la concha, el agarrandola de las tetas, marcando un ritmo que no buscaba llegar a ningún lado, solo quedarse ahí. El movimiento fue perdiendo intensidad hasta que el volvió a llenarle la concha.

Se abrazaron sin decir nada. El cansancio dulce los envolvió mientras la noche terminaba de apagarse. Dormidos, enlazados, como si ese segundo encuentro hubiera sellado algo más profundo que el deseo.
Afuera, el nuevo año seguía avanzando.
Adentro, ellos descansaban, sin apuro por despertarlo.
La luz temprana lo despertó antes que el ruido de la ciudad. No fue el sol lo que lo sacó del sueño, sino una caricia lenta, profunda, cargada de intención, que le arrancó un suspiro y una sonrisa dormida. Él abrió los ojos y la encontró allí, chupandole la pija, mirándolo como si supiera lo que tenía que hacer
Santi la atrajo hacia sí y la besó, como quien no quiere que el momento se rompa. Ella volvió a acomodarse sobre él, deslizando su concha sobre su pija, marcando un ritmo suave, conocido ya, mientras el le besaba las tetas, gimiendo, hasta que el impulso los llevó a buscar otro ángulo, otra forma más intensa, más cómplice. Élla se colocó en cuatro y el sostuvo sus nalgas desde atrás, contemplandola.

Ella se giró y le dijo:
— Querés metermela por el culo, verdad?
— Haslo, es tu regalo de Año Nuevo.
Entonces él comenzó a meterle la pija en el culo, cuando terminó de entrar, comenzó a embestirla, sacandole gemidos, mientras aceleraba más, dándole pequeñas nalgadas y le acariciaba la concha, cuando ya no aguanto, se la saco y le termino sobre las nalgas.
Después vino el silencio bueno. El abrazo largo. La sensación de haber dicho más con el cuerpo que con palabras.
—Quisiera… que esto fuera algo más —confesó él, con la voz todavía baja—. Una relación.
Ella lo besó con ternura, apoyando la frente en la suya.
—Tengo otras responsabilidades —dijo suave—. Soy madre antes que nada. Pero… si querés una amiga divertida, alguien con quien coger y perder la noción del tiempo, llamame cuando quieras.
Se levantó despacio, se vistió sin prisa y antes de irse, le agradecio por la noche y le dedicó una última mirada cómplice. La puerta se cerró con un clic casi cariñoso.
Santi quedó solo, recostado, mirando el techo. Sonrió para sí.
No tuve relación nueva, pensó.
Pero el Año Nuevo me trajo una puta inesperada.
Y, por primera vez en mucho tiempo, eso le pareció más que suficiente.

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