Habían pasado apenas diez días desde aquella tarde en la pieza de mi hermano. Diez días en los que no pude sacarme a Nico de la cabeza. Cada vez que me sentaba a jugar Xbox solo, me acordaba de cómo me había puesto en cuatro sobre la misma cama. Cada vez que me masturbaba, era su voz ronca susurrándome “putito” lo que me hacía acabar en menos de dos minutos.
Y lo peor: Nico no me escribía nada. Ni un mensaje. Nada. Como si no hubiera pasado. Eso me ponía más caliente y más ansioso al mismo tiempo.
Hasta que llegó el sábado siguiente.
Mi hermano organizó una juntada en la casa de un amigo de la facultad, una de esas fiestas improvisadas de verano: pileta, birra helada, música a todo volumen, gente del barrio y algunos que ni conocía. Yo fui porque “había que acompañar”, pero en realidad porque sabía que Nico iba a estar. Siempre estaba cuando mi hermano armaba algo.
Llegué tarde, como siempre. La casa ya estaba llena. Adentro hacía calor, afuera en el patio había más gente alrededor de la pileta. Yo traía una remera blanca ajustada y un short negro corto que me marcaba todo (sí, lo elegí a propósito). Entré saludando con cara de nada, pero los ojos me los comía buscando al grandote.
Lo encontré en la cocina, apoyado contra la mesada, hablando con dos pibes mientras se tomaba una birra. Camiseta negra sin mangas, los tatuajes de los brazos brillando con el sudor, jean roto y esa cadena plateada que le colgaba en el pecho. Cuando me vio, levantó la botella a modo de saludo, pero sus ojos bajaron directo a mis piernas y después volvieron a mi cara con esa sonrisa de lado que me mataba.
—Mirá quién llegó, el pendejo —dijo fuerte para que los otros escucharan—. ¿Ya vas a perder contra mí en el beer pong o seguís con la excusa de que “no sabés jugar”?
Los demás se rieron. Yo me hice el ofendido, pero por dentro se me aceleró todo.
La noche fue pasando. Bailé un poco, tomé un par de tragos, hablé con gente. Pero cada vez que pasaba cerca de Nico, sentía su mirada clavada en mí. En un momento me rozó la cintura “sin querer” mientras pasaba por un pasillo angosto. Me quedé duro al instante.
Cerca de las 2 de la mañana la cosa empezó a aflojar. La mayoría se había metido a la pileta o estaba tirada en los sillones. Mi hermano estaba en el patio con unos amigos, muerto de risa y borracho. Yo fui a buscar agua a la cocina y ahí estaba él: Nico, solo, apoyado contra la heladera, mirándome fijo.
—Vení un segundo —me dijo bajito, señalando con la cabeza hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones.
No pregunté. Lo seguí.
Entramos a una de las piezas del fondo, la que usaban de depósito: había una cama vieja con colchón desnudo, cajas, una lámpara rota. Cerró la puerta con llave. El ruido de la música llegaba amortiguado.
Se dio vuelta y me miró de arriba abajo.
—¿Te pusiste ese short tan corto para mí, putito?
Me sonrojé. Intenté disimular.
—No sé de qué hablás…
Me agarró de la nuca con una mano y me empujó contra la pared. Su boca contra mi oído.
—No me jodas. Estás toda la noche moviendo ese culito como si quisieras que te rompan de nuevo.
Me besó fuerte, metiendo lengua sin pedir permiso. Yo le devolví el beso como desesperado. Sus manos ya estaban abajo, metiéndose por el short, apretándome las nalgas.
—Hoy no te la meto todavía —murmuró contra mi boca—. Primero quiero verte de rodillas.
Me bajó de un empujón suave pero firme. Caí de rodillas sobre el piso frío. Él se abrió el jean, sacó la verga ya dura, gruesa, venosa. La misma que me había dejado el culo dolorido por tres días la semana pasada.
—Abrí la boca, puto. Y no uses dientes.
La agarré con las dos manos (ni así la abarcaba toda) y empecé a lamerle la cabeza, despacio, como si fuera un helado. Él gruñó y me agarró del pelo.
—Más adentro. Quiero sentir tu garganta.
Intenté. Era difícil. Me ahogaba rápido. Lágrimas en los ojos, baba chorreando por la barbilla. Pero no paraba. Cada vez que me la metía hasta el fondo, él empujaba un poco más las caderas, follándome la boca con golpes cortos.
—Mirá qué bien tragás… —gemía— Mirá cómo se te infla la carita de putito cachondo.
Me tuvo así un rato largo. Me dejaba respirar apenas, después volvía a meterla hasta que la nariz me tocaba el pubis. Yo ya estaba babeando sin control, la remera blanca se me pegaba al pecho del sudor y la saliva.
De repente me levantó de un tirón.
—Date vuelta. Apoyate en la cama.
Me puse en cuatro sobre el colchón viejo. Me bajó el short hasta los tobillos. Sentí sus manos separándome las nalgas otra vez.
—No traje lubri —dijo con voz ronca—. Pero estás tan mojado de baba que no va a hacer falta.
Escupió directo en mi agujero. Dos, tres veces. Después sentí la cabeza gruesa apoyada, empujando.
Entró de una sola embestida lenta pero sin parar. Grité bajito y él me tapó la boca con la mano.
—Shhh… que tu hermano está a veinte metros, boludo.
Empezó a bombear. Despacio al principio, después más fuerte. Cada embestida me hacía rebotar contra el colchón. El sonido de piel contra piel se mezclaba con la música lejana.
—Te gusta, ¿no? Te encanta que te cojan como a una zorra en una fiesta.
—Sí… sí… —gemía contra su palma— Me encanta tu pija, Nico… rompeme…
Me dio más fuerte. Me agarró de las caderas con las dos manos y me clavaba hasta el fondo. Sentía cómo me abría, cómo me llenaba por completo.
En un momento se inclinó sobre mi espalda, su pecho contra mí, y me susurró al oído:
—Voy a dejarte la boca llena esta vez. Y te vas a tragar todo sin que se te caiga una gota.
Sacó la verga del culo de golpe. Me dio vuelta, me puso de rodillas otra vez. Estaba rojo, hinchado, brillante de mis jugos y su saliva.
—Abrí.
Abrí la boca como un cachorro. Me la metió hasta el fondo y empezó a pajearse rápido, solo la punta entre mis labios.
—Tomá… tomá todo, putito…
El primer chorro me pegó en la lengua, caliente y espeso. Después otro, y otro. Gemía bajito mientras me llenaba la boca. Yo tragaba como podía, pero se me escapaba un poco por las comisuras. Él me limpió con el pulgar y me lo metió en la boca para que terminara de chupar.
Cuando terminó, se la guardó, se subió el jean y me miró con esa sonrisa satisfecha.
—Limpate bien antes de salir, que tenés cara de recién cogido.
Me dejó ahí, sentado en el piso, con la boca todavía con sabor a él, el culo palpitando y el short a los tobillos.
Salí como pude cinco minutos después. Me lavé la cara, me acomodé el pelo. Cuando volví al patio, mi hermano me vio y me gritó:
—¡Al fin apareciste! ¿Dónde estabas, boludo?
—Buscando hielo —mentí, con la voz todavía ronca.
Nico estaba sentado en una reposera, birra en la mano, mirándome fijo mientras se mordía el labio. Me guiñó un ojo disimulado.
Y lo peor: Nico no me escribía nada. Ni un mensaje. Nada. Como si no hubiera pasado. Eso me ponía más caliente y más ansioso al mismo tiempo.
Hasta que llegó el sábado siguiente.
Mi hermano organizó una juntada en la casa de un amigo de la facultad, una de esas fiestas improvisadas de verano: pileta, birra helada, música a todo volumen, gente del barrio y algunos que ni conocía. Yo fui porque “había que acompañar”, pero en realidad porque sabía que Nico iba a estar. Siempre estaba cuando mi hermano armaba algo.
Llegué tarde, como siempre. La casa ya estaba llena. Adentro hacía calor, afuera en el patio había más gente alrededor de la pileta. Yo traía una remera blanca ajustada y un short negro corto que me marcaba todo (sí, lo elegí a propósito). Entré saludando con cara de nada, pero los ojos me los comía buscando al grandote.
Lo encontré en la cocina, apoyado contra la mesada, hablando con dos pibes mientras se tomaba una birra. Camiseta negra sin mangas, los tatuajes de los brazos brillando con el sudor, jean roto y esa cadena plateada que le colgaba en el pecho. Cuando me vio, levantó la botella a modo de saludo, pero sus ojos bajaron directo a mis piernas y después volvieron a mi cara con esa sonrisa de lado que me mataba.
—Mirá quién llegó, el pendejo —dijo fuerte para que los otros escucharan—. ¿Ya vas a perder contra mí en el beer pong o seguís con la excusa de que “no sabés jugar”?
Los demás se rieron. Yo me hice el ofendido, pero por dentro se me aceleró todo.
La noche fue pasando. Bailé un poco, tomé un par de tragos, hablé con gente. Pero cada vez que pasaba cerca de Nico, sentía su mirada clavada en mí. En un momento me rozó la cintura “sin querer” mientras pasaba por un pasillo angosto. Me quedé duro al instante.
Cerca de las 2 de la mañana la cosa empezó a aflojar. La mayoría se había metido a la pileta o estaba tirada en los sillones. Mi hermano estaba en el patio con unos amigos, muerto de risa y borracho. Yo fui a buscar agua a la cocina y ahí estaba él: Nico, solo, apoyado contra la heladera, mirándome fijo.
—Vení un segundo —me dijo bajito, señalando con la cabeza hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones.
No pregunté. Lo seguí.
Entramos a una de las piezas del fondo, la que usaban de depósito: había una cama vieja con colchón desnudo, cajas, una lámpara rota. Cerró la puerta con llave. El ruido de la música llegaba amortiguado.
Se dio vuelta y me miró de arriba abajo.
—¿Te pusiste ese short tan corto para mí, putito?
Me sonrojé. Intenté disimular.
—No sé de qué hablás…
Me agarró de la nuca con una mano y me empujó contra la pared. Su boca contra mi oído.
—No me jodas. Estás toda la noche moviendo ese culito como si quisieras que te rompan de nuevo.
Me besó fuerte, metiendo lengua sin pedir permiso. Yo le devolví el beso como desesperado. Sus manos ya estaban abajo, metiéndose por el short, apretándome las nalgas.
—Hoy no te la meto todavía —murmuró contra mi boca—. Primero quiero verte de rodillas.
Me bajó de un empujón suave pero firme. Caí de rodillas sobre el piso frío. Él se abrió el jean, sacó la verga ya dura, gruesa, venosa. La misma que me había dejado el culo dolorido por tres días la semana pasada.
—Abrí la boca, puto. Y no uses dientes.
La agarré con las dos manos (ni así la abarcaba toda) y empecé a lamerle la cabeza, despacio, como si fuera un helado. Él gruñó y me agarró del pelo.
—Más adentro. Quiero sentir tu garganta.
Intenté. Era difícil. Me ahogaba rápido. Lágrimas en los ojos, baba chorreando por la barbilla. Pero no paraba. Cada vez que me la metía hasta el fondo, él empujaba un poco más las caderas, follándome la boca con golpes cortos.
—Mirá qué bien tragás… —gemía— Mirá cómo se te infla la carita de putito cachondo.
Me tuvo así un rato largo. Me dejaba respirar apenas, después volvía a meterla hasta que la nariz me tocaba el pubis. Yo ya estaba babeando sin control, la remera blanca se me pegaba al pecho del sudor y la saliva.
De repente me levantó de un tirón.
—Date vuelta. Apoyate en la cama.
Me puse en cuatro sobre el colchón viejo. Me bajó el short hasta los tobillos. Sentí sus manos separándome las nalgas otra vez.
—No traje lubri —dijo con voz ronca—. Pero estás tan mojado de baba que no va a hacer falta.
Escupió directo en mi agujero. Dos, tres veces. Después sentí la cabeza gruesa apoyada, empujando.
Entró de una sola embestida lenta pero sin parar. Grité bajito y él me tapó la boca con la mano.
—Shhh… que tu hermano está a veinte metros, boludo.
Empezó a bombear. Despacio al principio, después más fuerte. Cada embestida me hacía rebotar contra el colchón. El sonido de piel contra piel se mezclaba con la música lejana.
—Te gusta, ¿no? Te encanta que te cojan como a una zorra en una fiesta.
—Sí… sí… —gemía contra su palma— Me encanta tu pija, Nico… rompeme…
Me dio más fuerte. Me agarró de las caderas con las dos manos y me clavaba hasta el fondo. Sentía cómo me abría, cómo me llenaba por completo.
En un momento se inclinó sobre mi espalda, su pecho contra mí, y me susurró al oído:
—Voy a dejarte la boca llena esta vez. Y te vas a tragar todo sin que se te caiga una gota.
Sacó la verga del culo de golpe. Me dio vuelta, me puso de rodillas otra vez. Estaba rojo, hinchado, brillante de mis jugos y su saliva.
—Abrí.
Abrí la boca como un cachorro. Me la metió hasta el fondo y empezó a pajearse rápido, solo la punta entre mis labios.
—Tomá… tomá todo, putito…
El primer chorro me pegó en la lengua, caliente y espeso. Después otro, y otro. Gemía bajito mientras me llenaba la boca. Yo tragaba como podía, pero se me escapaba un poco por las comisuras. Él me limpió con el pulgar y me lo metió en la boca para que terminara de chupar.
Cuando terminó, se la guardó, se subió el jean y me miró con esa sonrisa satisfecha.
—Limpate bien antes de salir, que tenés cara de recién cogido.
Me dejó ahí, sentado en el piso, con la boca todavía con sabor a él, el culo palpitando y el short a los tobillos.
Salí como pude cinco minutos después. Me lavé la cara, me acomodé el pelo. Cuando volví al patio, mi hermano me vio y me gritó:
—¡Al fin apareciste! ¿Dónde estabas, boludo?
—Buscando hielo —mentí, con la voz todavía ronca.
Nico estaba sentado en una reposera, birra en la mano, mirándome fijo mientras se mordía el labio. Me guiñó un ojo disimulado.
1 comentarios - El regreso de nico