
Me llamo Alex mi papá murió cuando yo tenía 18 años. Un infarto fulminante, sin aviso. De un día para otro, la casa se quedó en silencio y Valeria, mi madrastra, se convirtió en viuda a los 38. Ella siempre había sido la mujer perfecta de revista: 94-65-93, alta, piernas interminables, cintura de avispa y un porte que hacía que todos voltearan a mirarla. En el banco donde es directora de área, la llaman “la jefa intocable”. Salía cada mañana con sus tacones de 10 o 12 cm, falda lápiz negra o gris que le llegaba cuatro dedos arriba de la rodilla, blusa de seda ajustada y saco entallado. Impecable, siempre.
Los primeros meses fueron duros. Ella lloraba en su habitación, yo fingía que estaba bien. Nos evitábamos, pero al mismo tiempo nos necesitábamos. Una noche de tormenta, la luz se fue y nos quedamos a oscuras en la sala. Terminamos compartiendo una botella de whisky de mi papá. Hablamos de todo y de nada. En un momento ella apoyó la cabeza en mi hombro y dijo bajito: “Tengo miedo de estar sola para siempre… y tú también estás solo, ¿verdad?”. No supe qué responder. Solo la abracé.
Esa noche no pasó nada más, pero algo cambió.
Semanas después, empezó a suceder de a poco. Ella entraba a mi cuarto a darme las buenas noches vestida con camisones cortos de seda. Se sentaba en la cama, cruzaba las piernas y me preguntaba cómo me sentía. Yo no podía dejar de mirar sus muslos, sus pechos que se marcaban bajo la tela fina. Una noche me tomó la mano y la puso sobre su rodilla. “Tócame… solo si quieres”, dijo. Y yo quise. Mucho.
La primera vez fue torpe, nervioso, rápido. Ella se rio suave, me besó la frente y susurró: “Tranquilo, mi amor… yo te voy a enseñar todo lo que una mujer necesita y todo lo que un hombre debe saber dar”.
Desde entonces, se convirtió en mi maestra y yo en su alumno favorito.
Cada mañana, antes de irse al banco, entra a mi habitación con su traje de ejecutiva puesto. Los tacones resuenan, el perfume caro inunda el aire. Cierra la puerta con llave y se sienta al borde de la cama.
“Lección del día”, dice siempre con esa sonrisa profesional pero cargada de deseo.
Hay días que me despierta chupándome despacio, enseñándome cómo se hace una buena mamada con toda la calma del mundo. “Mira cómo respiro, cómo uso la lengua, cómo controlo el ritmo… ahora tú hazlo igual en mí”. Y me guía la cabeza entre sus piernas, todavía con la falda puesta y subida hasta la cintura, sin panties, solo liguero y medias.
Otros días me monta vestida entera, solo se abre la blusa y se baja un poco la falda. Me obliga a quedarme quieto mientras ella se mueve encima, apretándome con esos músculos que ha entrenado durante años. “Aprende a sentir, no solo a follar”, me dice jadeando. “Una mujer como yo decide cuándo y cómo”.
Una tarde llegó del banco estresada, con una reunión que había salido mal. Entró dando portazos, se sacó el saco con furia y me encontró en la cocina.
“Hoy no hay lecciones suaves”, dijo. Me empujó contra la mesa, me bajó los pantalones y se arrodilló con todo y tacones y falda. Me la metió hasta la garganta sin aviso, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Después se levantó, se apoyó en la encimera, se levantó la falda y me ordenó: “Ahora tú. Fuerte. Como si quisieras borrar todo el día de mierda que tuve”.
La cogí así, de pie, contra la mesada. Ella gemía alto, agarrándose del borde, los tacones clavados en el piso, la falda arrugada en la cintura. Cuando terminamos, los dos temblando, me abrazó fuerte y susurró: “Gracias… necesitaba sentir que alguien me desea de verdad”.
Ahora llevamos casi un año así. Ella sigue siendo la ejecutiva fría y perfecta en el banco, pero cuando cruza la puerta de casa se transforma. A veces me espera en el sofá con una copa de vino y las piernas abiertas, solo con los tacones puestos. A veces me despierta a las 5 de la mañana porque “tiene ganas antes de la junta directiva”. A veces lloramos juntos después de hacer el amor, porque los dos sabemos que empezamos esto por soledad… pero ya no podemos parar.
Ella dice que soy el mejor alumno que jamás tuvo.
Yo solo sé que nunca voy a querer otra maestra.
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