
La familia Chávez está conformadapor 3 integrantes: la bella Claudia, ex de Alfredo Chávez q.e.p.d.; IvánChávez, de 20 años de edad; y la hermosa Ethel Chávez, de 18 añitos reciéncumplidos.
Claudia, incluso a sus 40 años,seguía cautivando. Ex reina de certámenes de belleza en su juventud, el tiempoparecía haberse detenido en ella, refinando su belleza en lugar de apagarla. Sufigura, aún esbelta y armoniosa, llevaba consigo la gracia de quien ha sidoadmirada toda la vida. Su cabello oscuro y lacio enmarcaba un rostro de pómulosaltos y una mirada serena que, sin embargo, comenzaba a nublarse por unainquietud silenciosa.
Iván Chávez era la encarnación deuna fuerza en ebullición. A sus 20 años, era un hombre de complexión poderosa,con un físico claramente trabajado y definido. Su torso, ancho y grueso,mostraba músculos marcados que se tensaban bajo su ropa, con venas visiblessurcando sus brazos y una postura firme que denotaba disciplina y una fuerzacasi violenta. La barba recortada y el cabello oscuro y corto completaban unaapariencia robusta y decididamente masculina. Sus rasgos, duros y angulosos,transmitían una determinación inquebrantable, y su expresión permanentementeseria subrayaba un carácter intenso y obsesivo. Representaba la dedicaciónabsoluta al entrenamiento y a una autosuperación distorsionada. Desde pequeñohabía aprendido a tomar lo que quería, y si deseaba algo, simplemente lotomaba.
Ethel Chávez, con sus 18 añosrecién cumplidos, era el contraste de luz en la familia. Poseía rasgos suaves yexpresivos, enmarcados por una melena larga y ondulada de tonos dorados quecapturaba la luz con un brillo cálido. Sus ojos grandes y oscuros transmitíanuna mezcla de dulzura y una confianza ingenua, enfatizados por un maquillajesutil que realzaba su mirada limpia. Llevaba los labios pintados en un tonorosa vivo que iluminaba su sonrisa tranquila y desprevenida. Su figuraacompañaba esa misma armonía: un cuerpo bonito, estilizado y sensual,equilibrado y elegante, que combinaba curvas suaves y prometedoras con unapostura natural y segura. Su presencia desprendía una feminidad fresca, calidezy un atractivo discreto pero innegable.
La familia disfrutaba de unaposición económica muy cómoda. Alfredo, antes de partir, les había heredado unimperio en bienes raíces, negocios diversificados y dinero en efectivo que losblindaba de cualquier preocupación material. Tanto Iván como Ethel siemprehabían recibido una educación de élite, casi individualizada, en las mejoresinstituciones.
Pero algo había comenzado aagrietar esa fachada de perfección cuando Iván cumplió 18. Claudia, con suinstinto maternal afilado, comenzó a notar un comportamiento extraño yalarmante en su hijo. Ya no dormía casi, siempre andaba ojeroso, con unassombras violáceas bajo sus ojos que contrastaban con la intensidad de sumirada. Su obsesión por el ejercicio se había vuelto francamente enfermiza.
Las madrugadas en la espaciosacasa se poblaban con el sonido sordo de sus flexiones en el suelo de mármol desu suite. Claudia, en sus noches de insomnio, lo había espiado alguna vez: sucuerpo, ya masivo, se cimbraba en un ritmo implacable, subiendo y bajando conuna potencia animal. Los músculos de su espalda, dorsales bien definidos, seabrían y cerraban como alas poderosas. Su torso, desnudo y sudoroso, parecíahaber esculpido cada fibra con un fervor cercano al fanatismo. En la cocina, loveía devorar bananas a montones y beber batidos de proteína con una urgenciaque iba más allá de lo nutricional, era un combustible para su transformación.Su cuerpo, día a día, parecía crecer, volverse más denso, más imponente, comosi estuviera forjando una armadura de carne y músculo.
Generalmente andaba de mal humor,irascible y distante. Y todo este inquietante cambio había coincidido, de unmodo que a Claudia le resultaba demasiado sospechoso, con la abrupta huida deBlanquita, la sirvienta de la casa. Blanquita, una chica de pueblo de 28 años,morena clara, de estatura chaparrita pero con una figura exuberante, de"muy buena teta y nalga" como solían decir los muchachos del lugar,había decidido renunciar de la noche a la mañana. Argumentó terribles dolorescervicales y la necesidad de volver a su pueblo para recuperarse. Se fue conuna premura que rayaba en el pánico, sin apenas recoger sus cosas y evitando lamirada de todos, especialmente la de Iván.
Bajo el peso de una sospecha quele helaba la sangre, Claudia accionó. Contrató a un investigador discreto, unhombre de modales suaves y ojos que todo lo registraban, para que rastreara elparadero de Blanquita y destapara la verdad detrás de su huida.
El informe llegó una tardelluviosa, en el estudio acolchado de la mansión. El investigador, con vozneutra pero cargada de una crudeza inevitable, soltó la verdad como un puñal:"Iván mantenía relaciones sexuales con Blanquita entre dos y tres veces aldía, señora Chávez. A veces más".
La historia, reconstruida apartir de la confesión de una Blanquita aterrada y con la espalda marcada porun dolor persistente -confesión obtenida a cambio de un fajo de billetes-, eratan explícita como aterradora.
Todo comenzó unos meses atrás,cuando el cuerpo de Iván, ya imponente, empezó a emanar una testosterona casipalpable. Blanquita, una joven de pueblo con curvas generosas y una vidasencilla, se sintió inicialmente halagada. Iván, con su guapez ruda y su físicode gladiador, era un imán para cualquier mujer. Una noche, tras cerrar lacocina, Iván la acorraló con suavidad contra la alacena.
"Eres la mujer más ardientede esta casa, Blanquita," le susurró, su voz un ronroneo grave que leerizó la piel. "No puedo dejar de mirarte. De imaginarme esto."
Ella, embriagada por la atencióny la masculinidad brutal que desprendía, se dejó llevar. El primer encuentrofue en su pequeño cuarto de criada, esa misma noche. Lo que Blanquita encontró,sin embargo, fue más de lo que había soñado. No solo fue la pasión animal y lafuerza de Iván, sino el instrumento de ese deseo: una verga descomunal, gruesa,larga y palpitante, que al principio le provocó un placer tan intenso que borrócualquier noción de prudencia.
Así comenzó el ritual. Ivánvisitaba su cuarto todas las noches, deslizándose como una sombra por lospasillos, sin que Claudia o Ethel sospecharan. Pero su lujuria no se conformócon la noche. La tomaba en la cocina, contra el refrigerador, aprovechandocualquier momento de soledad. En el cuarto de lavado, entre el vapor y el aromaa jabón, la levantaba contra la secadora. Para Iván, ella se había convertidoen su desahogo personal, una muñeca inflable de carne y hueso, siempredisponible, siempre receptiva.
Blanquita, al principio encantadapor la atención y el placer crudo, empezó a sentir el costo. "Esinsaciable," le confesó al investigador, con la voz quebrada. "Cadadía parece tener más fuerza, más vigor. Le rogaba: 'Iván, por piedad, solo unavez al día. Me estás destrozando por dentro'. Pero él solo sonreía, con esasonrisa que no llega a los ojos, y decía: 'Tú puedes conmigo, Blanqui. Eres laúnica que aguanta'."
El placer se mezcló con un doloragudo, constante. La sensación de ser desgarrada. La extenuación. "Si mequedo," le dijo Blanquita al hombre, con lágrimas de genuino terror,"me voy a morir. Moriré sumamente satisfecha, sí, pero me voy a morir. Detanto dolor, de tanto... abuso. Y no solo eso, ¡voy a salir embarazada! A pesarde mis pastillas, con esa bestia dentro de mí todos los días, es cuestión detiempo. Y luego... luego me va a matar. Literalmente."
El investigador concluyó surelato. Claudia se quedó inmóvil, mirando la lluvia golpear los ventanales. Laimagen de su hijo, su niño, convertido en un depredador sexual insaciable quehabía aterrorizado a una mujer hasta obligarla a huir, la llenó de un horrorindescriptible. Y entonces, una pregunta aún más terrible surgió en su mente,una pregunta que dirigió su mirada, llena de pavor, hacia la habitación de suhija, Ethel, cuya risa inocente acababa de escucharse en el pasillo. SiBlanquita, una mujer hecha y derecha, no había podido soportarlo... ¿quépasaría si esa mirada feroz y posesiva se posaba en la frágil y dulce Ethel? Elmiedo se instaló en su corazón, frío y pesado como una losa.
El informe sobre Blanquita habíadejado una losa de hielo en el pecho de Claudia, pero la verdadera pesadillaestaba a punto de comenzar dentro de su propia casa. Mientras ella buscabadesesperadamente una solución, ya era demasiado tarde.
En la penumbra de su habitación,Iván llevaba días sumergido en una fascinación enfermiza. Su pantalla iluminabael rostro serio y anguloso, reflejando las fotos de la cuenta de Instagram deEthel. Deslizaba las imágenes con un dedo que casi temblaba de deseo. Ethel enla playa, riendo con el sol en su melena dorada. Ethel en un café, con esevestido que se ceñía a su cintura y acentuaba la suave curva de sus caderas.Ethel en el jardín, inocente y sensual sin proponérselo.
Un gruñido ronco escapó de suslabios. "Hay, hermanita..." murmuró para sí, una sonrisa torcida yposesiva dibujándose en su rostro. "Si la pendeja de Blanquita estababuena... tú eres una diosa. Eres... perfecta." Su mirada se nubló con unmorbo que iba más allá de lo carnal. "Me gustas hasta para esposa. Paramadre de mis hijos..."
Guardaba las fotografías en unacarpeta oculta con avidez, y sus manos, esas mismas manos que levantaban pesasmonstruosas, recorrían su propio cuerpo en una masturbación frenética,imaginando que era la piel suave y dorada de Ethel la que tocaba. Pero pronto,ya no fue suficiente. La fantasía se le quedaba corta. Necesitaba el olor, elsabor, la realidad de ella. Un fuego interno lo consumía, y aunque por algúnresquicio de cordura contenía la bestia, sabía, con una certeza animal, quesolo era cuestión de tiempo. La presión en su interior aumentaba cada día, cadahora.
Mientras tanto, Claudia,aterrada, acudió al doctor Mendoza, un hombre de mediana edad que conocía a lafamilia desde la infancia de Iván. En el consultorio, con voz temblorosa yavergonzada, le soltó la cruda verdad: "Se folló a la criada, doctor. Yella, en lugar de contarme lo que sucedía, huyó... por miedo. Miedo no solo asalir embarazada, sino a morirse del ajetreo que le propinó este condenadochamaco."
El doctor Mendoza la miró porencima de sus gafas. Claudia, incluso angustiada, era un espectáculo de bellezamadura. "De no ser porque es una mujer casada y porque todos le temíamos aAlfredo," pensó el doctor, devorándola con la imaginación en su batablanca, "ya varios hubiéramos hecho lo mismo contigo, Claudita."
En voz alta, con una calma quecontrastaba con el pánico de Claudia, solucionó el asunto con pragmatismovulgar: "Mira, Claudia, lo que necesita ese Iván es que lo desfoguen. Aesa edad, con esa testosterona... es un toro. Consíguele unas putas. De lujo,si quieres, para que estén a la altura, pero que se lo follen bien y de vez encuando. Verás como se le baja la calentura, su humor mejora y hasta duermemejor."
Claudia salió del consultorioaturdida. ¿Putas? ¿Esa era la solución? Su hijo ya había aterrorizado a unaempleada doméstica, y ahora la respuesta era proporcionarle prostitutas. Laidea le repugnaba, le parecía alimentar al monstruo en lugar de domarlo.
Justo cuando cruzaba el umbral desu casa, el destino le mostró la escena que confirmaría sus peores temores.Allí, en el jardín, bañada por la luz dorada de la tarde, estaba Ethel. Tendidajunto a la piscina en un diminuto bikini color turquesa que no dejaba nada a laimaginación. Su piel brillaba, sus curvas suaves y armónicas se ofrecían al solcon una inocencia que partía el alma. Y entonces, Claudia alzó la vista haciala terraza del segundo piso.
Allí estaba Iván. De pie, inmóvilcomo una estatua de mármol tenso. No miraba el jardín, no miraba el cielo. Sumirada, intensa, feroz, absolutamente posesiva, se clavaba en el cuerpo de suhermana con una devoradora lujuria que no intentaba disimular. Era la mirada deun depredador que ha identificado a su presa y solo aguarda el momento precisopara el ataque.
Un escalofrío visceral recorrióla espalda de Claudia. El consejo del doctor, la huida de Blanquita, laobsesión física de su hijo... todo encajó en un rompecabezas de horror. No setrataba solo de "calentura". Se trataba de una obsesión dirigidahacia un blanco específico, prohibido y vulnerable.
Fue en ese instante, con elcorazón latiéndole en la garganta, que una idea terrible, drástica, monstruosa,pero que en su desesperación se presentó como la única solución posible,comenzó a germinar en su mente. Si no podía detener la bestia, tal vez... talvez podría redirigirla.
El silencio de la mansión eraopresivo. Cada tic-tac del reloj de pared en el estudio sonaba como unmartillazo en la conciencia de Claudia. Las batallas morales libradas en sumente habían dejado un campo de cenizas. ¿Era esto una locura? ¿Una abominación?Sin duda. Pero la imagen de Iván devorando con la mirada a Ethel junto a lapiscina era más poderosa que cualquier principio.
Nerviosa, con las manos húmedas yel corazón a punto de estallarle en el pecho, se arregló con un cuidado que notenía desde hacía años. Se puso un baby doll negro de encajesedoso, tan breve y translúcido que era una confesión en tela. La fina tela seadhería a sus curvas aún esculpidas, insinuando el triángulo oscuro de su pubisy el perfil firme de sus pechos. Un escote profundo enmarcaba su escote, y lasmangas cortas de encaje dejaban ver la suave piel de sus brazos. Se miró en elespejo y una oleada de rubor y temor le ardió en las mejillas. No era la madrerecatada; era una mujer desesperada que se ofrecía en un altar perverso.
Esperó. Oyó los pasos ligeros deEthel subiendo las escaleras y su voz dulce deseándole "buenas noches,mamá". Cada minuto que pasaba era una agonía. A las doce en punto, con ladeterminación de un condenado camino al cadalso, salió de su alcoba.
El pasillo estaba en penumbras.Sus pies descalzos avanzaban sobre la fría madera en un temblor que le recorríatodo el cuerpo. A mitad de camino, se detuvo. "¿Qué estoy haciendo?",pensó, a punto de girar y encerrarse en su habitación. Pero entonces recordó lamirada de su hijo, bestial y hambrienta, y supo que si no era ella, seríaEthel. Respiró hondo y continuó, más decidida.
Al acercarse a la habitación deIván, escuchó desde el otro lado de la puerta el sonido sordo y rítmico de surespiración y el roce de su cuerpo contra el suelo. “Tum. Tum. Tum.” Loimaginó, un semental en la penumbra, haciendo lagartijas con una disciplinaferoz. Con mano temblorosa, giró el picaporte y entreabrió la puerta.
La visión la dejó sin aliento.Iván, de espaldas a ella, estaba en el suelo. Su torso desnudo, ancho y grueso,se tensaba con cada movimiento. Los músculos de su espalda, perfectamentedefinidos, se abrían y cerraban como las alas de un coloso. La piel, cubiertade un brillo sudoroso, resaltaba cada fibra. "Dios mío," pensó,sintiendo una punzada de algo que no era solo temor, "qué bárbaro... quéespalda, qué cuerpazo tiene."
Él no la veía. Tenía unosauriculares grandes que aislaban el mundo. Claudia, con el corazón en lagarganta, cerró la puerta tras de sí y accionó el seguro con un clic quesonó como un disparo en la quietud. Avanzó hacia él, y no fue hasta que susombra cayó sobre él que Iván se percató. Se detuvo en medio de una flexión,giró la cabeza y sus ojos, inicialmente concentrados, se abrieron con asombro.
"¿Mamá?"
La vio de pies a cabeza. Lasilueta sensual bajo el baby doll negro, las piernas desnudas,el escote que invitaba a la vista. Su expresión de sorpresa se tornó en unamezcla de confusión y un interés instantáneo y voraz.
Claudia, sintiendo que laspiernas le flaqueaban, hizo una seña hacia la cama. "Sí, hijo...necesitamos hablar." Su voz era un hilo de seda nervioso.
Iván, intrigado y con la sangreempezando a hervir de una manera nueva, se sentó en el borde del colchón. Sumirada no se despegaba de ella.
"Sé lo que pasó conBlanquita," comenzó Claudia, parándose frente a él. "Lo sétodo."
Iván tensó la mandíbula, unachispa de desafío en sus ojos.
"No temas," ellacontinuó, acercándose más. "No he venido a culparte." Hizo una pausa,tragando saliva. "He venido porque sé que necesitas... cuidados. Yatención. Como hombre. Y yo... yo seré quien te los dé de hoy en adelante."
Antes de que Iván pudierareaccionar, Claudia se arrodilló frente a él. Con una mano, posó sus dedostemblorosos sobre su muslo, ancho y duro como el roble. Con la otra, sin mediarpalabra, le bajó el bóxer deportivo.
Y entonces, surgió.
Era una monstruosidad. Una varagruesa, larga y palpitante que saltó como un resorte liberado, imponente yamenazante. Claudia contuvo un grito. Un "Oh, por Dios..." le escapóen un susurro ahogado. La sorprendió su tamaño descomunal, la aterró laevidencia física del apetito que había aterrorizado a Blanquita, pero, en unrincón oscuro y prohibido de su ser, también la maravilló su poder primitivo.Era la encarnación de la fuerza bestial de su hijo.
Iván la miró. No con vergüenza,sino con un orgullo feroz. Un orgullo que se transformó en un brillo de triunfoy lujuria en sus ojos cuando comprendió, completamente, lo que su madre estabaofreciendo. No le gustaba la idea.
Le encantaba.
La mirada que se cruzó entoncesera un abismo de complicidad y transgresión. Claudia, de rodillas, tenía losojos vidriosos por una mezcla de excitación, sumisión y un miedo que setransformaba en deseo. Iván la miraba desde arriba, con una expresión de orgulloabsoluto, de dominio. Era el amo y ella, su madre, la sierva que se ofrecíavoluntariamente.
Sin mediar más palabras, Claudia,con un temblor que ahora no era solo de nerviosismo sino de anticipación, abrióla boca lo más que pudo. El grosor del miembro de Iván era un desafío, pero ladesesperación y la lujuria la impulsaron. Engulló el capullo, sintiendo la pieltersa y caliente contra su paladar, el latido frenético contra su lengua. Unsonido gutural, de esfuerzo y entrega, escapó de su garganta.
Iván no fue gentil. Sus manos,grandes y fuertes, se cerraron en su melena, guiándola con una firmeza que noadmitía réplica. "Eso... así..." gruñó, su voz un eco grave y roncoen la habitación. "Mámala, hermosa... Tú solita viniste a buscarlo, yahora lo tendrás para ti cada noche... HMMMM..."
Claudia obedeció, perdida en elsabor salado de su sudor y la sensación abrumadora de llenarlo todo. Mamaba conuna avidez que no conocía en sí misma, mientras sus propias manos recorrían losmuslos de mármol de su hijo. Iván comenzó a empujar, follándole la boca con unasalvajidad tremenda, un ritmo primal que la despersonalizaba y la convertía enun simple objeto de su placer. Claudia sentía la garganta abrirse, las lágrimasasomando en sus ojos, pero no se resistía. Al contrario, un fuego húmedo y vergonzosoardía en su entrepierna.
Sintió que la embestida se volvíamás frenética, los gruñidos de Iván más guturales. Él apretó su cabeza y, conun rugido ahogado, explotó. Oleadas gruesas y calientes de semen inundaron suboca, su garganta. Claudia, lejos de rechazarlo, lamió y tragó con una avidezque la sorprendió a ella misma, limpiando cada gota con su lengua hasta dejarloreluciente. Luego, casi en trance, se dedicó a sus testículos, sorprendida alcomprobar que, incluso después de semejante descarga, su miembro no habíadisminuido ni en tamaño, ni en grosor, ni en la inquietante dureza que prometíamás.
Iván le sonrió, una sonrisa delobo satisfecho. "Llegó el momento..." dijo, y su voz era una promesade conquista.
La tomó con la misma fuerza conla que doblegaba las pesas. La puso a cuatro patas sobre la alfombra, y sinpreámbulos, la penetró por detrás. Claudia ahogó un grito en la tela de lacama. Era demasiado. Demasiado grande, demasiado intenso. El sonido de suscaderas golpeando contra sus nalgas, el choque húmedo de carne contra carne,los huevos de Iván azotándole el clítoris, era ensordecedor. Ella se mordió ellabio con fuerza, sabiendo que un solo gemido podía delatarlos, convirtiendo elplacer en una agonía silenciosa.
Iván, percibiendo su lucha, lavolteó y se colocó sobre ella, capturando sus labios en un beso profundo,voraz, que ahogó sus quejidos. Mientras su lengua invadía su boca, su cadera nocesaba en su embestida, poseyéndola en una danza animal. Cambiaron deposiciones, él la sentó sobre él, la puso de lado, siempre buscando un ángulomás profundo, una rendición más completa. Cada orgasmo que le arrancaba era unavictoria, una ola de placer que la hacía olvidar por segundos el pecado quecometían.
Esa noche, exhausta, dolorida ytransformada, Claudia durmió en los brazos de su hijo, con el olor a sexo y aél impregnado en su piel.
Con los primeros rayos del sol,antes de que la casa despertara, Iván se movió. Sin una palabra, la volteó yvolvió a entrar en ella, poseyéndola con la misma urgencia bestial de la nocheanterior, como si necesitara reafirmar su propiedad sobre el cuerpo de sumadre. Cuando terminó, se vistió con calma y, desde la puerta, la miró.
"Te veo en la noche,Claudia..."
El uso de su nombre de pila,frío, directo, sin el "mamá" que había sido una barrera toda su vida,la golpeó como un balde de agua helada. Pero en sus entrañas, aún sensibles yvibrantes por los orgasmos que él le había arrancado, esa palabra resonó comouna promesa perversa. Lo miró, con una mezcla de terror y una adicción que yaempezaba a echar raíces.
"En la noche,Ivancito..." le respondió, su voz un susurro ronco. "En la noche teveo."
La puerta se cerró. Claudia sequedó allí, marcada, poseída, y sabiendo que había abierto una puerta de la queno habría retorno.
Y vaya que no había retorno. Larutina idílica de la familia Chávez se quebró para siempre, reemplazada por unsecreto sórdido que latía en el corazón de la mansión. Claudia se convirtió enla posesión de Iván, disponible para su desahogo las veces que él lo exigiera,que eran muchas. En el estudio, en la sala de cine privada, incluso una vez,con un riesgo temerario, en el jardín bajo la luz de la luna.
El ánimo de Iván cambióradicalmente. La irritabilidad y las ojeras desaparecieron, reemplazadas poruna calma de depredador satisfecho. Su humor era notablemente mejor, inclusocon Ethel, a quien ahora trataba con una mezcla de condescendencia y una pacienciaque antes no existía. Ethel, inocente y aliviada, se lo agradeció a su madre enmás de una ocasión.
"¡No sé qué le dijiste,mamá, pero está mucho más tranquilo! Ya no anda gruñendo por todo."
Claudia, con el cuerpo adoloridoy marcado por los embates de su hijo, sonreía con una mueca de dolor que suhija interpretaba como alivio. "Solo fue hablar las cosas, cariño. Loshombres a su edad necesitan... comprensión."
Pero el momento en que Claudiasintió que el suelo cedía bajo sus pies fue una mañana cualquiera en la cocina.Ethel, con su short corto de dormir, se agachó frente a la nevera para recogeruna fruta que se le había caído. La tela se tensó, delineando la redondezperfecta y juvenil de sus nalgas con una claridad obscena.
E Iván, que entraba en esemomento, se detuvo en seco. No fue una mirada furtiva. Fue una mirada larga,descarada, cargada de un deseo tan palpable que Claudia sintió un golpe de fríoen el estómago. Sus ojos recorrieron cada curva con la familiaridad de quien yaha planeado la conquista, y una sonrisa casi imperceptible jugó en sus labios.Él sabía que Claudia lo estaba viendo, y no le importó. Era un recordatorio decuál era el verdadero premio, y de que su madre era solo un sustituto, unaperitivo.
Esa noche, después de que Iván lahubiera poseído con su vigor acostumbrado durante más de una hora, dejándolajadeante y sensible en la cama de él, Claudia reunió el valor para hablar. Elsudor aún les cubría los cuerpos.
"Hijo," comenzó, su vozronca por los gemelos ahogados, "quiero que sepas algo... Mi cuerpo estuyo. Puedes disfrutarme a placer, cuantas veces quieras. Pero hay algo con loque no estoy de acuerdo."
Iván, que se estiraba con lasatisfacción de un león, giró la cabeza hacia ella. Su mirada se nubló deinmediato, desafiante, advirtiéndole que no cruzara una línea.
Claudia, nerviosa, tragó saliva."Ethel... ella es ajena a todo esto. Es inocente. Y yo... yo no puedo serparte de que... ella es intocable, Iván. Eso no puede pasar."
La mirada de Iván se volviógélida. El desafío se transformó en una amenaza silenciosa que erizó la piel deClaudia. El aire se espesó. Sin decir una palabra, su expresión le dejó claroque sus súplicas no solo eran inútiles, sino que podían acelerar el desastre.
Desesperada, Claudia buscó unsacrificio mayor, un cebo para distraer a la bestia. Con la voz temblorosa,hizo su oferta. "Mi... mi culo," susurró, avergonzada y a la vezdeterminada. "Alfredo... ni él lo tocó jamás. Es tuyo. Es... virgen."
Iván no respondió con palabras.Su reacción fue física e inmediata. Un brillo de puro interés lascivo iluminósus ojos. La tomó del brazo con una fuerza que no admitía negativa y la volteósobre la cama, colocándola a cuatro patas. Claudia, con el corazón encogido demiedo, enterró el rostro en las sábanas. Sentía el extremo grueso y duro de sumiembro presionando contra esa entrada nunca violada.
"Por favor, Iván,despacio..." suplicó, pero su voz se quebró en un grito ahogado cuando él,sin ninguna preparación más que la lubricación sobrante de su posesiónanterior, embistió con toda su fuerza.
Un dolor cegador, blanco ydesgarrador, atravesó a Claudia. Sintió como si la partieran en dos. Un gemidoagónico se escapó de sus labios, y por un momento, las luces parpadearon antesus ojos; creyó desvanecerse. Se mordió el labio con fuerza, saboreando elhierro de su propia sangre, agarrándose de las sábanas como si se aferrara a lavida.
"¡Iván!" gritó, unamezcla de súplica y de dolor insoportable.
Pero él, lejos de detenerse,gruñó con un placer animal. "Dios... Claudia... qué rico... qué apretado lotienes..." Sus caderas comenzaron a moverse, al principio con dificultad,luego con un ritmo cada vez más salvaje, abriéndose paso a través del dolor yla resistencia.
Claudia, al borde del colapso,aguantó. El dolor inicial, brutal, comenzó a ceder lentamente, transformándoseen una sensación de plenitud extrema, de una invasión total que, de maneraretorcida, la hacía sentir más poseída que nunca. Sus gemidos de agonía semezclaron, gradualmente, con jadeos de un placer perverso y culpable. Gritó sunombre una y otra vez, "¡Iván!", ya no en súplica, sino en unaextraña rendición.
Cuando Iván finalmente rugió y lallenó con su semen ardiente, Claudia se derrumbó sobre la cama, temblorosa,sintiendo el escozor y la marca de su conquista en lo más profundo de su ser.
Desde esa noche, y durante losquince días siguientes, Iván repitió el ritual. Cada noche, después de usar sucuerpo de las formas convencionales, reclamaba su derecho sobre su trasero. YClaudia, para su propia vergüenza y asombro, descubrió que su cuerpo seadaptaba. El dolor agudo se transformó en un dolor sordo y familiar, y luego enuna sensación de estiramiento y plenitud que, aunque nunca dejaba de serintensa, empezó a generar sus propios ecos de placer. Se acostumbró al tamañomonstruoso, aprendió a arquearse para recibirlo mejor, y sus gemidos sevolvieron menos de dolor y más de una entrega compleja y llena de sombras. Erasu sacrificio, su forma torcida de proteger a Ethel, sellada con el fuego deuna transgresión cada vez más profunda.
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