Capitulo 1: Fantasías Compartidas
Siempre supe que mi cuerpo era mi mejor arma. Me llamo Ariadna, a mis 32 años, mis tetas seguían firmes y arrogantes, mi cintura de aún se curvaba como un reloj de arena perfecto antes de esculpir esas caderas de que hacían volver cabezas en la calle. Con mi altura, cada paso que daba en tacones era una declaración de principios. Notaba las miradas de los hombres (y de algunas mujeres) pegadas a mi contorno, esos ojos que me desnudaban lentamente, y solo solía sonreír. Qué divertido era jugar con el deseo ajeno sin dar nunca lo que prometían mis curvas.


Todo eso cambió cuando conocí a Dante. Al principio, fue divertido. Él, con sus 50 años bien conservados y su cuenta bancaria mejor conservada aún, era la estabilidad hecha hombre. Yo era el trofeo joven en su brazo, y no me molestaba serlo. La única decepción, aunque en ese momento no le di importancia, fue la cama. Dante era... rápido. Metódico. Como si hacer el amor fuera otro punto en su agenda del día. Pero los viajes, las joyas y la comodidad compensaban con creces esos veinte minutos torpes cada dos o tres días. Ahora, un año después, hasta eso había desaparecido. La rutina se había comido la diversión, y yo me sentía como otro mueble caro en su vida perfecta.
Y luego estaban ellos, sus hijos. Iker, el mayor, de 21 años. Era pura testosterona empaquetada en casi un metro noventa de músculos. Jugaba al rugby y se le notaba en esos hombros anchos y esa mirada que me recorría de arriba abajo con una insolencia que debería haberme ofendido, pero que en secreto...me excitaba. En el otro extremo estaba Mateo, de 18. Más bajo que su hermano, más delgado, con esa melena castaña desordenada que siempre le caía sobre unos ojos verdes demasiado inteligentes para su edad. Él no me miraba el cuerpo; me miraba a los ojos, como si pudiera verme detrás de la fachada de madrastra perfecta. Y eso, aunque no quisiera admitirlo, era aún más emocionante.
Siempre me había vestido con comodidad, era una de las ventajas de trabajar desde casa. Mis tops ajustados, los shorts deportivos y los leggins eran mi uniforme diario. Y, por supuesto, con la piscina que había en la nueva casa, era casi obligatorio pasar horas en bikini tomando el sol en el patio. Para mí, era lo más normal del mundo; nunca lo había considerado algo provocador. Era mi casa, al fin y al cabo.
Un día en particular, la calma era absoluta. Dante había salido temprano a la oficina e Iker tenía entrenamiento de rugby hasta la tarde. El silencio solo se veía interrumpido por el canto de los pájaros y el leve sonido del agua de la piscina. Tendida en la cama, con el calor del sol acariciando mi piel, me dejé vencer por el sueño y me quedé dormida unos minutos.
Cuando desperté, el sol había cambiado de posición y sentí la boca pastosa. Decidí ir a la cocina por un vaso de agua. Al entrar, la casa seguía en un silencio absoluto.
"¡Mateo!", llamé, suponiendo que estaría en su cuarto. No hubo respuesta.
Una leve punzada de curiosidad, mezclada con una intuición femenina que comenzaba a aguzarse, me llevó a dirigirme hacia su habitación, que estaba en la planta alta. Al llegar, noté que la puerta estaba entreabierta, un par de centímetros que permitían colar la vista al interior. Me acerqué sin hacer ruido, con la intención de llamarlo de nuevo, pero las palabras se congelaron en mis labios.
A través de la puerta, lo vi. Mateo estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda ligeramente vuelta hacia la puerta. Su postura era tensa, los hombros rígidos. No llevaba camisa y en sus manos, sosteniendo una revista para adultos cuyas portada mostraba una imagen explícita de una mujer. Obviamente su verga estaba completamente erecta
Lo observaba con una concentración absoluta, su mano moviéndose con un ritmo rápido y urgente sobre sí mismo. Su respiración era entrecortada, un jadeo lento y constante que me llegó como un susurro cargado de una intimidad que no me pertenecía. La escena era tan cruda, tan privada, que sentí una oleada de calor recorriéndome todo el cuerpo. No era repulsión lo que sentía, sino una extraña mezcla de sorpresa, espionaje y una curiosidad punzante que se enquistaba en mi bajo vientre.
Mi mirada, contra toda voluntad, se clavó en él. En su verga. Era considerablemente grande y gruesa, palpitante con cada latido de su corazón joven. Casi no tenía vello, su piel estaba tersa y lisa, mostrando una juventud que mi esposo había perdido hacía años. Estaba dura, tan dura como no recordaba haber visto la de Dante en... no podía siquiera recordarlo. Un calor húmedo e inmediato empapó mi entrepierna al verlo gemir más alto, un sonido desesperado que escapó de sus labios mientras su mano aumentaba la velocidad de forma frenética.
Con asombro, vi cómo su cuerpo se tensaba en un arco y, de repente, varios chorros espesos y blancos de semen brotaron con fuerza de su punta, salpicando su abdomen, sus muslos e incluso las sábanas. Fue una cantidad sorprendente, un derroche de virilidad que me dejó sin aliento. Pero lo que más me conmocionó, lo que hizo que la humedad entre mis piernas se intensificara hasta convertirse en una mancha palpable en mi bikini, fue ver que, cuando terminó y se dejó caer de espaldas en la cama, jadeando, su miembro seguía allí, erguido e imponente, como si la energía juvenil que lo habitaba no se hubiera agotado del todo. Con un movimiento agotado, arrojó la revista a un lado y de entre sus páginas se deslizaron unas fotos sueltas que no alcancé a distinguir. El corazón me latía desbocado en el pecho. Era momento de irme.
Me retiré de puntillas, sintiendo un fuego en las mejillas y un temblor en las rodillas. Bajé a la cocina, intentando componer mi respiración. Apoyé las manos en la encimera, fría contra mis palmas ardientes, y esperé unos minutos, fingiendo una normalidad que estaba a años luz de sentir. Luego, con una voz que intenté sonar lo más casual posible, grité hacia arriba.
—¡Mateo! La comida está casi lista. ¿Bajas?
Después de unos minutos escuche sus pasos bajando por las escaleras Mateo bajó con un short holgado y una playera igual de holgada, tratando de aparentar una normalidad que, noté de reojo, le temblaba en las manos. Al verme, se detuvo un instante y tragó saliva con fuerza. Un detalle que, en otra circunstancia, quizás no hubiera captado.

– Ven, siéntate. Voy a preparar la comida – le dije con una voz que intentaba sonar casual, pasando de largo frente a él.
Sentí su mirada pegada a mi espalda mientras me movía por la cocina. Saqué un jugo de naranja del refrigerador y me puse a cortar verduras para una ensalada, dándole la espalda deliberadamente. Podía sentir la tensión llenando la habitación, espesa como la miel.
Cuando por fin nos sentamos frente a frente, un silencio incómodo se instaló entre nosotros. En un descuido, mi tenedor se resbaló de la mesa y cayó al suelo.
– Qué torpe – murmuré, y me agaché a recogerlo.
Fue en ese instante, bajo la mesa, donde mi vista se cruzó con la realidad. A través del holgado short de Mateo, la forma inconfundible de una erección marcaba la tela. Me quedé congelada un segundo, el tenedor frío entre mis dedos. Me incorporé rápidamente, el rostro súbitamente caliente. No dije nada, pero una oleada de pensamientos invadió mi mente: todas las veces que me había vestido con ropa ajustada, o que había pasado horas en bikini por la casa, pensando que era simple comodidad. Ahora lo veía claro. Para él, cada una de esas veces había sido una provocación, un lento sufrimiento que yo, sin querer, le estaba infligiendo. La idea me produjo una punzada de tristeza.
Retomamos la comida en silencio, pero la incomodidad en el aire me impulsó a romper el hielo.
– Mateo... ¿te incomoda que ande así vestida por la casa? – pregunté, mirándolo fijamente.
Él se sorprendió tanto que casi suelta el vaso que sostenía. Una mancha carmesí intensa le subió por el cuello hasta sus orejas.
– ¡No, para nada! No hay problema – respondió demasiado rápido, evitando mi mirada.
Yo insistí, una curiosidad traviesa comenzando a brotar dentro de mí.
– ¿Estás seguro?
– Sí, sí, claro – tragó saliva nuevamente, y luego, en un arranque de valentía o de torpeza, añadió sin mirarme a los ojos –La verdad... hasta tengo los mejores días cuando te veo así.
Sus palabras me sonrojaron de inmediato, pero también encendieron una chispa de picardía en mi interior. Una sonrisa leve se dibujó en mis labios.
– Bueno, entonces tal vez debería salir a tomar el sol contigo más seguido... para asegurarme de que tengas muchos días buenos – le dije, manteniendo la mirada en él, disfrutando cómo su rubor se profundizaba y sus ojos se abrían un poco más, una mezcla de shock, vergüenza y algo más que no se atrevía a nombrar.
.Mateo se sonrojó aún más, si eso era posible, y una sonrisa tímida asomó en sus labios.
– Eso… eso me haría muy feliz – logró decir, con una voz un poco quebrada.
No pude evitar reír, un sonido suave y genuino. Él, al escucharme, también rio, un estallido nervioso que pareció aliviar un poco la tensión entre nosotros. Volvimos a concentrarnos en la comida, el ambiente un poco más liviano, hasta que el sonido de la llave en la puerta principal cortó el momento.
Era Iker, llegando de su práctica. Sudoroso, con la camiseta de rugby pegada a su torso musculoso y una bolsa deportiva colgada al hombro. Su personalidad era tan diferente a la de Mateo; siempre directo, seguro de sí mismo.
– Hola, preciosa – dijo al verme, sin un ápice de la timidez de su hermano. Su piropo era descarado, pero lo decía con una sonrisa tan amplia que resultaba difícil ofenderse.
– Hola, Iker. ¿Cómo te fue? – pregunté, apoyando la barbilla en una mano.
– Como siempre. Sigo siendo el mejor – respondió, inflando un poco el pecho con orgullo juvenil mientras dejaba la bolsa en el suelo.
– Te felicito – dije, y él me guiñó un ojo, desvergonzado.
– ¿Te sirvo de comer? – ofrecí.
– No, gracias. Voy a darme una ducha rápida que traigo medio campo encima – respondió, y subió las escaleras de dos en dos con una energía que parecía inagotable.
Mateo, que había permanecido en silencio durante el breve intercambio, terminó su plato rápidamente.
– Gracias por la comida, Ariadna – murmuró, levantándose y llevando su plato al lavadero antes de desaparecer también por la escalera.
Yo recogí el resto de la mesa, lavé los platos y, con un suspiro, decidí que había tenido suficiente sol por un día. – Demasiado sol por hoy – murmuré para mis adentros.
Al subir hacia mi habitación, justo cuando pasaba frente a la puerta de Mateo, esta se abrió y salió Iker. Debía haber estado hablando con su hermano. Sus ojos, vivaces y verdes, se clavaron en mí de inmediato.
– ¿Ya no vas a tomar más sol hoy? – preguntó, con una leve decepción en la voz.
– No, creo que ya fue suficiente por hoy – respondí, ajustando la tanga de mi bikini
– Bueno, es bueno para la piel – dijo él, con un encogimiento de hombros que pretendía ser indiferente, pero no pudo disimular del todo su desilusión. Dio media vuelta y se dirigió al baño, cerrándola tras de sí. Lo seguí con la mirada un instante antes de llegar por fin a la tranquilidad de mi cuarto.
Una vez dentro, cerré la puerta y me liberé de la tensión acumulada. Con el pretexto de un rato de relajación, me desprendí del bikini, que ya estaba seco pero impregnado del calor del día. La sensación de las sábanas frescas contra mi piel desnuda fue un alivio inmediato. Me acosté en la cama, sintiendo el cansancio del sol y la complicada maraña de emociones de la tarde, y sin apenas darme cuenta, me dejé llevar por un sueño profundo y reparador.

Me quedé profundamente dormida, tanto que cuando abrí los ojos, la luz de la mañana ya entraba por las persianas. Dante se estaba vistiendo junto a la cama, ajustándose la corbata.
– ¿Quieres que te prepare algo de desayuno? - pregunté, todavía con la voz ronca del sueño.
– No, ya es tarde - respondió sin mirarme directamente -. Hoy tengo reuniones hasta tarde, llegaré hasta la cena.–
Asentí mientras se despedía con un beso rápido en la frente y salía de la habitación. Me quedé un momento más en la cama, pensando que estaba completamente sola en la casa.
Bajé a la cocina y preparé un desayuno sencillo. Después de comer, decidí ponerme con la lavandería. Recogí mi ropa sucia y me dirigí al cuarto de Mateo. La puerta estaba entreabierta. Tomé su cesto de ropa y justo cuando salía, algo me hizo voltear hacia el cuarto de Iker, quien estaba. Completamente desnudo, de espaldas a mí. Me paralicé en el acto, semi-cerrando la puerta pero sin dejar de observar.
Sus músculos de la espalda se tensaban con cada movimiento. No podía ver exactamente lo que hacía, pero el ritmo de sus caderas era inconfundible. De pronto, lo vi ponerse rígido y luego relajarse. Había eyaculado en la misma revista que había visto con Mateo el día anterior.
Una curiosidad intensa me recorrió. Salí silenciosamente y me dirigí al cuarto de lavado, donde comencé a separar la ropa con manos que apenas podían mantenerse estables.
– Buenos días - dijo una voz a mi espalda.
– Di un salto. Iker estaba en el marco de la puerta, completamente vestido ahora, mirándome con esa intensidad que me perturbaba.
– ¿No deberías estar en la escuela? - pregunté, tratando de sonar normal.
– No tuve mi primera clase - respondió, acercándose - Pero ya me voy–
Se inclinó y me dio un beso en la mejilla, más prolongado de lo necesario. Su aroma a jabón y algo más, algo esencialmente masculino, me envolvió por un momento. Luego se fue, dejándome con el corazón acelerado.
La curiosidad pudo más que yo. Esperé a oír la puerta principal cerrarse y luego me dirigí al cuarto de Iker. Busqué entre su ropa sucia, pero lo que realmente quería encontrar era esa revista. La encontré escondida en el cajón de su ropa interior, todavía húmeda y pegajosa
Mis dedos se cerraron alrededor de la revista, sintiendo el cartón rígido y la humedad que aún lo impregnaba. Con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, la abrí.
No eran las modelos anónimas y pulidas de una revista comercial. Eran yo.
Página tras página, un collage meticuloso y clandestino de mi propia imagen me devolvía la mirada. Allí estaba, riendo junto a la piscina con el bikini azul que tan bien se ajustaba a mis curvas. En otra, doblada en el jardín, con esos leggins negros que, ahora lo veía, dejaban muy poco a la imaginación. En una tercera, dormitando en el sofá, con un top blanco y una expresión de paz que alguien había capturado sin que yo lo supiera.
Fotografías tomadas a escondidas, con ángulos que enfatizaban el escote, la curva de mis caderas, la forma de mis muslos. La invasión a mi privacidad debería haberme horrorizado, haberme enfurecido. Y una parte de mí, pequeña y racional, reconocía el gravísimo sobrepaso. Pero otra parte, más profunda, primaria y hambrienta, sintió una oleada de halago tan intenso que casi me dejó sin aliento.
Mis propios hijastros. Iker, con su fuerza bruta y su confianza desafiante, y Mateo, con su timidez cargada de intensidad. Los dos me deseaban hasta ese punto. Los dos se tocaban en la soledad de sus camas, con sus manos jóvenes y ávidas, mientras sus ojos recorrían estas imágenes robadas, imaginando… ¿qué?
¿Imaginaban mis manos en lugar de las suyas? ¿Mi boca? ¿Mi cuerpo sobre el de ellos? La crudeza de los pensamientos debería haberme avergonzado. En cambio, una calor húmedo y familiar se encendió en mi bajo vientre, una lujuria pesada y prohibida que se extendió como un fuego lento por mis venas. No era solo el deseo de ser deseada; era el deseo corruptor de ser su objeto de fantasía, la musa secreta de su lujuria más íntima.
La palabra "incesto" resonó en mi mente, no como un grito de alarma, sino como un susurro lascivo que acariciaba mi conciencia. Ellos no eran mi sangre, pero el vínculo que nos unía, el de madrastra e hijastros, pintaba de un color tabú aún más oscuro y excitante cada una de esas fotos. El peligro de lo que estaban haciendo, de lo que yo estaba sintiendo, añadía una capa de emoción delictiva que me resultaba irresistible.
Cerré la revista lentamente, mis yemas de los dedos ardiendo donde habían tocado la evidencia de su deseo. Mi respiración era superficial, y entre mis muslos latía un pulso insistente y vergonzosamente húmedo. El mundo seguro y aburrido de Dante parecía haberse desvanecido por completo, reemplazado por este nuevo territorio peligroso y electrizante. Y en ese momento, mirando fijamente la puerta cerrada de la habitación de Iker, supe que no quería retroceder. Quería adentrarme más.
La aventura apenas comienza, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan si quieren.
Siempre supe que mi cuerpo era mi mejor arma. Me llamo Ariadna, a mis 32 años, mis tetas seguían firmes y arrogantes, mi cintura de aún se curvaba como un reloj de arena perfecto antes de esculpir esas caderas de que hacían volver cabezas en la calle. Con mi altura, cada paso que daba en tacones era una declaración de principios. Notaba las miradas de los hombres (y de algunas mujeres) pegadas a mi contorno, esos ojos que me desnudaban lentamente, y solo solía sonreír. Qué divertido era jugar con el deseo ajeno sin dar nunca lo que prometían mis curvas.


Todo eso cambió cuando conocí a Dante. Al principio, fue divertido. Él, con sus 50 años bien conservados y su cuenta bancaria mejor conservada aún, era la estabilidad hecha hombre. Yo era el trofeo joven en su brazo, y no me molestaba serlo. La única decepción, aunque en ese momento no le di importancia, fue la cama. Dante era... rápido. Metódico. Como si hacer el amor fuera otro punto en su agenda del día. Pero los viajes, las joyas y la comodidad compensaban con creces esos veinte minutos torpes cada dos o tres días. Ahora, un año después, hasta eso había desaparecido. La rutina se había comido la diversión, y yo me sentía como otro mueble caro en su vida perfecta.
Y luego estaban ellos, sus hijos. Iker, el mayor, de 21 años. Era pura testosterona empaquetada en casi un metro noventa de músculos. Jugaba al rugby y se le notaba en esos hombros anchos y esa mirada que me recorría de arriba abajo con una insolencia que debería haberme ofendido, pero que en secreto...me excitaba. En el otro extremo estaba Mateo, de 18. Más bajo que su hermano, más delgado, con esa melena castaña desordenada que siempre le caía sobre unos ojos verdes demasiado inteligentes para su edad. Él no me miraba el cuerpo; me miraba a los ojos, como si pudiera verme detrás de la fachada de madrastra perfecta. Y eso, aunque no quisiera admitirlo, era aún más emocionante.
Siempre me había vestido con comodidad, era una de las ventajas de trabajar desde casa. Mis tops ajustados, los shorts deportivos y los leggins eran mi uniforme diario. Y, por supuesto, con la piscina que había en la nueva casa, era casi obligatorio pasar horas en bikini tomando el sol en el patio. Para mí, era lo más normal del mundo; nunca lo había considerado algo provocador. Era mi casa, al fin y al cabo.
Un día en particular, la calma era absoluta. Dante había salido temprano a la oficina e Iker tenía entrenamiento de rugby hasta la tarde. El silencio solo se veía interrumpido por el canto de los pájaros y el leve sonido del agua de la piscina. Tendida en la cama, con el calor del sol acariciando mi piel, me dejé vencer por el sueño y me quedé dormida unos minutos.
Cuando desperté, el sol había cambiado de posición y sentí la boca pastosa. Decidí ir a la cocina por un vaso de agua. Al entrar, la casa seguía en un silencio absoluto.
"¡Mateo!", llamé, suponiendo que estaría en su cuarto. No hubo respuesta.
Una leve punzada de curiosidad, mezclada con una intuición femenina que comenzaba a aguzarse, me llevó a dirigirme hacia su habitación, que estaba en la planta alta. Al llegar, noté que la puerta estaba entreabierta, un par de centímetros que permitían colar la vista al interior. Me acerqué sin hacer ruido, con la intención de llamarlo de nuevo, pero las palabras se congelaron en mis labios.
A través de la puerta, lo vi. Mateo estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda ligeramente vuelta hacia la puerta. Su postura era tensa, los hombros rígidos. No llevaba camisa y en sus manos, sosteniendo una revista para adultos cuyas portada mostraba una imagen explícita de una mujer. Obviamente su verga estaba completamente erecta
Lo observaba con una concentración absoluta, su mano moviéndose con un ritmo rápido y urgente sobre sí mismo. Su respiración era entrecortada, un jadeo lento y constante que me llegó como un susurro cargado de una intimidad que no me pertenecía. La escena era tan cruda, tan privada, que sentí una oleada de calor recorriéndome todo el cuerpo. No era repulsión lo que sentía, sino una extraña mezcla de sorpresa, espionaje y una curiosidad punzante que se enquistaba en mi bajo vientre.
Mi mirada, contra toda voluntad, se clavó en él. En su verga. Era considerablemente grande y gruesa, palpitante con cada latido de su corazón joven. Casi no tenía vello, su piel estaba tersa y lisa, mostrando una juventud que mi esposo había perdido hacía años. Estaba dura, tan dura como no recordaba haber visto la de Dante en... no podía siquiera recordarlo. Un calor húmedo e inmediato empapó mi entrepierna al verlo gemir más alto, un sonido desesperado que escapó de sus labios mientras su mano aumentaba la velocidad de forma frenética.
Con asombro, vi cómo su cuerpo se tensaba en un arco y, de repente, varios chorros espesos y blancos de semen brotaron con fuerza de su punta, salpicando su abdomen, sus muslos e incluso las sábanas. Fue una cantidad sorprendente, un derroche de virilidad que me dejó sin aliento. Pero lo que más me conmocionó, lo que hizo que la humedad entre mis piernas se intensificara hasta convertirse en una mancha palpable en mi bikini, fue ver que, cuando terminó y se dejó caer de espaldas en la cama, jadeando, su miembro seguía allí, erguido e imponente, como si la energía juvenil que lo habitaba no se hubiera agotado del todo. Con un movimiento agotado, arrojó la revista a un lado y de entre sus páginas se deslizaron unas fotos sueltas que no alcancé a distinguir. El corazón me latía desbocado en el pecho. Era momento de irme.
Me retiré de puntillas, sintiendo un fuego en las mejillas y un temblor en las rodillas. Bajé a la cocina, intentando componer mi respiración. Apoyé las manos en la encimera, fría contra mis palmas ardientes, y esperé unos minutos, fingiendo una normalidad que estaba a años luz de sentir. Luego, con una voz que intenté sonar lo más casual posible, grité hacia arriba.
—¡Mateo! La comida está casi lista. ¿Bajas?
Después de unos minutos escuche sus pasos bajando por las escaleras Mateo bajó con un short holgado y una playera igual de holgada, tratando de aparentar una normalidad que, noté de reojo, le temblaba en las manos. Al verme, se detuvo un instante y tragó saliva con fuerza. Un detalle que, en otra circunstancia, quizás no hubiera captado.

– Ven, siéntate. Voy a preparar la comida – le dije con una voz que intentaba sonar casual, pasando de largo frente a él.
Sentí su mirada pegada a mi espalda mientras me movía por la cocina. Saqué un jugo de naranja del refrigerador y me puse a cortar verduras para una ensalada, dándole la espalda deliberadamente. Podía sentir la tensión llenando la habitación, espesa como la miel.
Cuando por fin nos sentamos frente a frente, un silencio incómodo se instaló entre nosotros. En un descuido, mi tenedor se resbaló de la mesa y cayó al suelo.
– Qué torpe – murmuré, y me agaché a recogerlo.
Fue en ese instante, bajo la mesa, donde mi vista se cruzó con la realidad. A través del holgado short de Mateo, la forma inconfundible de una erección marcaba la tela. Me quedé congelada un segundo, el tenedor frío entre mis dedos. Me incorporé rápidamente, el rostro súbitamente caliente. No dije nada, pero una oleada de pensamientos invadió mi mente: todas las veces que me había vestido con ropa ajustada, o que había pasado horas en bikini por la casa, pensando que era simple comodidad. Ahora lo veía claro. Para él, cada una de esas veces había sido una provocación, un lento sufrimiento que yo, sin querer, le estaba infligiendo. La idea me produjo una punzada de tristeza.
Retomamos la comida en silencio, pero la incomodidad en el aire me impulsó a romper el hielo.
– Mateo... ¿te incomoda que ande así vestida por la casa? – pregunté, mirándolo fijamente.
Él se sorprendió tanto que casi suelta el vaso que sostenía. Una mancha carmesí intensa le subió por el cuello hasta sus orejas.
– ¡No, para nada! No hay problema – respondió demasiado rápido, evitando mi mirada.
Yo insistí, una curiosidad traviesa comenzando a brotar dentro de mí.
– ¿Estás seguro?
– Sí, sí, claro – tragó saliva nuevamente, y luego, en un arranque de valentía o de torpeza, añadió sin mirarme a los ojos –La verdad... hasta tengo los mejores días cuando te veo así.
Sus palabras me sonrojaron de inmediato, pero también encendieron una chispa de picardía en mi interior. Una sonrisa leve se dibujó en mis labios.
– Bueno, entonces tal vez debería salir a tomar el sol contigo más seguido... para asegurarme de que tengas muchos días buenos – le dije, manteniendo la mirada en él, disfrutando cómo su rubor se profundizaba y sus ojos se abrían un poco más, una mezcla de shock, vergüenza y algo más que no se atrevía a nombrar.
.Mateo se sonrojó aún más, si eso era posible, y una sonrisa tímida asomó en sus labios.
– Eso… eso me haría muy feliz – logró decir, con una voz un poco quebrada.
No pude evitar reír, un sonido suave y genuino. Él, al escucharme, también rio, un estallido nervioso que pareció aliviar un poco la tensión entre nosotros. Volvimos a concentrarnos en la comida, el ambiente un poco más liviano, hasta que el sonido de la llave en la puerta principal cortó el momento.
Era Iker, llegando de su práctica. Sudoroso, con la camiseta de rugby pegada a su torso musculoso y una bolsa deportiva colgada al hombro. Su personalidad era tan diferente a la de Mateo; siempre directo, seguro de sí mismo.
– Hola, preciosa – dijo al verme, sin un ápice de la timidez de su hermano. Su piropo era descarado, pero lo decía con una sonrisa tan amplia que resultaba difícil ofenderse.
– Hola, Iker. ¿Cómo te fue? – pregunté, apoyando la barbilla en una mano.
– Como siempre. Sigo siendo el mejor – respondió, inflando un poco el pecho con orgullo juvenil mientras dejaba la bolsa en el suelo.
– Te felicito – dije, y él me guiñó un ojo, desvergonzado.
– ¿Te sirvo de comer? – ofrecí.
– No, gracias. Voy a darme una ducha rápida que traigo medio campo encima – respondió, y subió las escaleras de dos en dos con una energía que parecía inagotable.
Mateo, que había permanecido en silencio durante el breve intercambio, terminó su plato rápidamente.
– Gracias por la comida, Ariadna – murmuró, levantándose y llevando su plato al lavadero antes de desaparecer también por la escalera.
Yo recogí el resto de la mesa, lavé los platos y, con un suspiro, decidí que había tenido suficiente sol por un día. – Demasiado sol por hoy – murmuré para mis adentros.
Al subir hacia mi habitación, justo cuando pasaba frente a la puerta de Mateo, esta se abrió y salió Iker. Debía haber estado hablando con su hermano. Sus ojos, vivaces y verdes, se clavaron en mí de inmediato.
– ¿Ya no vas a tomar más sol hoy? – preguntó, con una leve decepción en la voz.
– No, creo que ya fue suficiente por hoy – respondí, ajustando la tanga de mi bikini
– Bueno, es bueno para la piel – dijo él, con un encogimiento de hombros que pretendía ser indiferente, pero no pudo disimular del todo su desilusión. Dio media vuelta y se dirigió al baño, cerrándola tras de sí. Lo seguí con la mirada un instante antes de llegar por fin a la tranquilidad de mi cuarto.
Una vez dentro, cerré la puerta y me liberé de la tensión acumulada. Con el pretexto de un rato de relajación, me desprendí del bikini, que ya estaba seco pero impregnado del calor del día. La sensación de las sábanas frescas contra mi piel desnuda fue un alivio inmediato. Me acosté en la cama, sintiendo el cansancio del sol y la complicada maraña de emociones de la tarde, y sin apenas darme cuenta, me dejé llevar por un sueño profundo y reparador.

Me quedé profundamente dormida, tanto que cuando abrí los ojos, la luz de la mañana ya entraba por las persianas. Dante se estaba vistiendo junto a la cama, ajustándose la corbata.
– ¿Quieres que te prepare algo de desayuno? - pregunté, todavía con la voz ronca del sueño.
– No, ya es tarde - respondió sin mirarme directamente -. Hoy tengo reuniones hasta tarde, llegaré hasta la cena.–
Asentí mientras se despedía con un beso rápido en la frente y salía de la habitación. Me quedé un momento más en la cama, pensando que estaba completamente sola en la casa.
Bajé a la cocina y preparé un desayuno sencillo. Después de comer, decidí ponerme con la lavandería. Recogí mi ropa sucia y me dirigí al cuarto de Mateo. La puerta estaba entreabierta. Tomé su cesto de ropa y justo cuando salía, algo me hizo voltear hacia el cuarto de Iker, quien estaba. Completamente desnudo, de espaldas a mí. Me paralicé en el acto, semi-cerrando la puerta pero sin dejar de observar.
Sus músculos de la espalda se tensaban con cada movimiento. No podía ver exactamente lo que hacía, pero el ritmo de sus caderas era inconfundible. De pronto, lo vi ponerse rígido y luego relajarse. Había eyaculado en la misma revista que había visto con Mateo el día anterior.
Una curiosidad intensa me recorrió. Salí silenciosamente y me dirigí al cuarto de lavado, donde comencé a separar la ropa con manos que apenas podían mantenerse estables.
– Buenos días - dijo una voz a mi espalda.
– Di un salto. Iker estaba en el marco de la puerta, completamente vestido ahora, mirándome con esa intensidad que me perturbaba.
– ¿No deberías estar en la escuela? - pregunté, tratando de sonar normal.
– No tuve mi primera clase - respondió, acercándose - Pero ya me voy–
Se inclinó y me dio un beso en la mejilla, más prolongado de lo necesario. Su aroma a jabón y algo más, algo esencialmente masculino, me envolvió por un momento. Luego se fue, dejándome con el corazón acelerado.
La curiosidad pudo más que yo. Esperé a oír la puerta principal cerrarse y luego me dirigí al cuarto de Iker. Busqué entre su ropa sucia, pero lo que realmente quería encontrar era esa revista. La encontré escondida en el cajón de su ropa interior, todavía húmeda y pegajosa
Mis dedos se cerraron alrededor de la revista, sintiendo el cartón rígido y la humedad que aún lo impregnaba. Con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, la abrí.
No eran las modelos anónimas y pulidas de una revista comercial. Eran yo.
Página tras página, un collage meticuloso y clandestino de mi propia imagen me devolvía la mirada. Allí estaba, riendo junto a la piscina con el bikini azul que tan bien se ajustaba a mis curvas. En otra, doblada en el jardín, con esos leggins negros que, ahora lo veía, dejaban muy poco a la imaginación. En una tercera, dormitando en el sofá, con un top blanco y una expresión de paz que alguien había capturado sin que yo lo supiera.
Fotografías tomadas a escondidas, con ángulos que enfatizaban el escote, la curva de mis caderas, la forma de mis muslos. La invasión a mi privacidad debería haberme horrorizado, haberme enfurecido. Y una parte de mí, pequeña y racional, reconocía el gravísimo sobrepaso. Pero otra parte, más profunda, primaria y hambrienta, sintió una oleada de halago tan intenso que casi me dejó sin aliento.
Mis propios hijastros. Iker, con su fuerza bruta y su confianza desafiante, y Mateo, con su timidez cargada de intensidad. Los dos me deseaban hasta ese punto. Los dos se tocaban en la soledad de sus camas, con sus manos jóvenes y ávidas, mientras sus ojos recorrían estas imágenes robadas, imaginando… ¿qué?
¿Imaginaban mis manos en lugar de las suyas? ¿Mi boca? ¿Mi cuerpo sobre el de ellos? La crudeza de los pensamientos debería haberme avergonzado. En cambio, una calor húmedo y familiar se encendió en mi bajo vientre, una lujuria pesada y prohibida que se extendió como un fuego lento por mis venas. No era solo el deseo de ser deseada; era el deseo corruptor de ser su objeto de fantasía, la musa secreta de su lujuria más íntima.
La palabra "incesto" resonó en mi mente, no como un grito de alarma, sino como un susurro lascivo que acariciaba mi conciencia. Ellos no eran mi sangre, pero el vínculo que nos unía, el de madrastra e hijastros, pintaba de un color tabú aún más oscuro y excitante cada una de esas fotos. El peligro de lo que estaban haciendo, de lo que yo estaba sintiendo, añadía una capa de emoción delictiva que me resultaba irresistible.
Cerré la revista lentamente, mis yemas de los dedos ardiendo donde habían tocado la evidencia de su deseo. Mi respiración era superficial, y entre mis muslos latía un pulso insistente y vergonzosamente húmedo. El mundo seguro y aburrido de Dante parecía haberse desvanecido por completo, reemplazado por este nuevo territorio peligroso y electrizante. Y en ese momento, mirando fijamente la puerta cerrada de la habitación de Iker, supe que no quería retroceder. Quería adentrarme más.
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