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175📑Las 5 Lunas, El Desenlace 🎃

175📑Las 5 Lunas,  El Desenlace 🎃

Santiago había escuchado los rumores del barrio: hombres que desaparecían tras visitar una casa de citas llamada “5 Lunas”, y que jamás regresaban. Entre ellos, su amigo Héctor, cuyo cambio abrupto y desaparición lo habían obsesionado. Nada parecía normal, y la curiosidad lo llevó a seguir la pista, con una mezcla de miedo y excitación.

Caminando por las calles antiguas del centro, Santiago llegó a una pequeña cafetería casi olvidada. Allí lo esperaba un anciano con mirada penetrante, que parecía saber demasiado. Sin mediar muchas palabras, lo invitó a sentarse y comenzó a relatar la verdad que nadie se atrevía a contar:

—No son simples putas de la noche —dijo con voz grave—. Las 5 Lunas tienen dentro de sus conchas fluidos que contagian la maldición. Quien se deja llevar por ellas pierde su humanidad, poco a poco, hasta convertirse en esclavo de su pasión… o peor.

Santiago escuchaba, fascinado y horrorizado a la vez. El anciano continuó:

—Tuve suerte… escape de la segunda Luna gracias a este crucifijo de plata. Pero no todos sobreviven. Muchos hombres se pierden para siempre, convertidos en algo que ya no reconocen como humano.

El joven investigador sintió un escalofrío recorrer su columna. La idea de que los cuerpos de las Lunas portaran esa maldición era aterradora… y a la vez, la evidencia de que podía explotar la verdad y salvar a quienes se cruzaran con ellas lo llenó de determinación.

—Si quiero entender qué pasó con Héctor —dijo Santiago, apretando el crucifijo que había recibido prestado del anciano—, debo entrar allí, enfrentar a las Lunas y descubrir cómo funcionan. Solo así podré detener lo que muchos llaman placer, y que en realidad es un destino oscuro.

El anciano asintió, como si esperara que alguien tuviera el valor de hacer lo que el no pudo:

—Ve con cuidado, muchacho. Cada Luna es diferente, cada encuentro sexual es una prueba de tu fuerza y tu control. Y recuerda: el deseo nunca es inocente, y el placer tiene un precio que pocos están dispuestos a pagar.

Santiago salió de la cafetería con la mente en llamas y el corazón latiendo con fuerza. Sabía que su investigación lo llevaría a un territorio donde placer y peligro se mezclaban, donde cada roce y suspiro podía ser mortal. El primer paso sería acercarse a la primera Luna, entender cómo funcionaba la maldición y preparar el crucifijo de plata que podía ser su única salvación.

Y así, con una mezcla de deseo, miedo y determinación, Santiago comenzó su descenso al mundo oscuro de las 5 Lunas, donde cada encuentro prometía placer, poder y horror en la misma medida.


Santiago llegó a la discreta puerta de la casa, su corazón latiendo con fuerza y el crucifijo de plata colgando sobre su pecho. Sabía que estaba entrando en territorio peligroso: hombres habían desaparecido allí, consumidos por deseo y maldición. Pero él no era cualquier hombre; llevaba consigo un polvo de plata especial, preparado como protección extra.

Al abrir la puerta, lo recibió Selena, la primera Luna. Su cabello rubio caía en cascada sobre su espalda, su cuerpo era la definición misma de provocación y poder. Sus ojos brillaban con hambre, y su sonrisa sugería que conocía todos sus secretos más íntimos.

—Te esperaba—susurró—. Esta noche vas a descubrir lo que significa dejarte llevar.

Antes de que pudiera reaccionar, ella se acercó, tomó su pija con firmeza y se lo metio en boca, chupaba arrancándole gemidos involuntarios mientras su cuerpo reaccionaba sin control. Sus manos recorrían su torso, y él podía sentir cada centímetro de su piel estremecerse bajo los roces de Selena.

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Con un movimiento sensual y provocador, se montó sobre él, deslizo su concha, sobre su pija, ofreciendo sus tetas, para que las besara, cabalgando con un ritmo calculado que lo dominaba completamente.

Luego se puso en cuatro frente a él, invitándolo con un gesto claro a penetrarla por atras.

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Santiago, consciente del peligro y con picardía, sacó un poco del polvo de plata que llevaba y lo esparció sobre su cuerpo en un instante de protección.

El efecto fue inmediato. Selena gimió, arqueando la espalda y suplicando:

—¡Por favor… no más polvo, me duele! —jadeó, mientras su cuerpo se quedaba inmóvil, sumiso—. Te contaré todo… te ayudaré, pero tu amigo… ya no tiene regreso.

Santiago aprovechó la ventaja. Con cuidado y precisión, la llevó a su casa, asegurándose de que no pudiera moverse, y le colocó un collar de plata que mantenía su cuerpo quieto y sumiso, su mirada ahora llena de obediencia y temor.

—Ahora me dirás todo —ordenó Santiago, con firmeza—. Y me ayudarás a salvar a los demás.

Selena asintió, respirando con dificultad, consciente de que su poder había sido neutralizado por algo que el hombre sabía usar con picardía y fuerza. En ese instante, Santiago comprendió que cada Luna no solo ofrecía placer, sino poder, control y peligro extremo. Y que su investigación apenas comenzaba, con más noches, más Lunas y más secretos oscuros esperándolo.


Santiago se encontraba frente a Selena, la primera Luna, en la seguridad de su casa, mientras el collar de plata la mantenía quieta y sumisa. Aún podía sentir el eco de su encuentro físico, la intensidad de cada roce, cada movimiento, cada suspiro que lo había consumido.

Pero ahora, la adrenalina del deseo se mezclaba con el terror de lo que estaba por descubrir.

—Santiago… —susurró Selena, su voz temblando—. Debes entender lo que ocurre aquí. Nosotras no somos simples mujeres de placer. Estamos malditas.

Él frunció el ceño, preocupado, mientras ella continuaba:

—Hace siglos, el hombre lobo original nos condenó. Cada hombre que logramos transformar nos da un poco de su esencia… su humanidad, su vigor. Con cada transformación, nosotras ganamos juventud eterna, belleza que nunca se marchita, fuerza que no se extingue. Pero hay un precio: los hombres que caen bajo nuestro influjo pierden su libertad… y su alma.

Santiago tragó saliva, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Cada roce de la noche anterior volvía a su mente, y comprendió que el placer que había sentido tenía un lado oscuro y mortal.

—¿Hay forma de detener esto? —preguntó, con la mente fija en su amigo Héctor y los hombres que podrían perderse.

Selena asintió lentamente:

—Sí… pero será peligroso. Si logras enfrentarte a la última Luna, la de cabello blanco y pechos imponentes, podrás liberar a las otras cuatro y romper este ciclo de una vez por todas. Pero debes tener cuidado. Ella no está sola. Los hombres lobo que protegen a la última Luna son fuertes, salvajes, y tu amigo… tu amigo Héctor es uno de ellos.

Santiago sintió que el corazón le daba un vuelco. Todo lo que creía saber sobre la casa, el placer y la maldición, cobraba un sentido aterrador: cada encuentro sexual no era solo deseo, sino una trampa que consumía cuerpos y voluntades. Y ahora él debía ser más astuto, más rápido, y usar cada herramienta a su disposición si quería sobrevivir y salvar a los demás.

—Entonces… debo enfrentarla —dijo con firmeza, sosteniendo el crucifijo de plata—. Y debo prepararme. No será solo un juego de deseo, sino de vida o muerte.

Selena, aún bajo el control del collar, lo miró con una mezcla de obediencia y súplica:

—Yo te guiaré, Santiago. Te diré lo que necesitas saber, pero recuerda… cada Luna tiene su propia forma de probarte. Cada encuentro pondrá a prueba tu mente, tu cuerpo… y tu alma.

El joven investigador comprendió entonces que el peligro y el placer estaban inseparablemente unidos, y que la última Luna no solo sería la más difícil de enfrentar: sería la que definiría su destino y el de todos los hombres que ya habían caído en la maldición de las 5 Lunas.

Con el corazón acelerado y la mente en tensión, Santiago se preparó para la siguiente etapa de su investigación, consciente de que cada paso hacia la última Luna lo acercaba más a un placer que podía costarle la vida… o algo peor.

Santiago estaba en su habitación, rodeado de herramientas de protección: collares de plata, polvo especial y su crucifijo. Cada elemento era esencial para resistir la maldición de las Lunas, pero, aun así, su atención se centraba en Selena, la Luna Creciente. La veía dar vueltas desnuda sobre su cama, su cuerpo iluminado por la luz tenue de la lámpara, y no pudo evitar que su pija se endureciera ante la visión.

Ella lo notó al instante, y una sonrisa traviesa curvó sus labios.

—Sabes, Santiago —susurró con voz seductora—, si quieres, puedes tener mi cuerpo. Este collar me mantiene bajo control y evita que te pase la maldición.

Santiago frunció el ceño, evaluando cada riesgo:

—Seguro que intentarás algo para escapar —dijo, consciente de que su mente debía estar alerta—.

Ella rió suavemente, y le contesto:

—No… me gustas, y no voy a escapar. Ya te he dado mi palabra de ayudarte. Y además… te deseo.

Con un movimiento seguro y provocador, se abrió de piernas para él, mostrandole su concha caliente, separando sus labios con 2 dedos.

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Santiago se acercó, y ella le bajo el pantalon, tomó su erección con firmeza, guiándolo a su boca y comenzó a lamerle y mamarlo con devoción. La intensidad de su contacto hizo que él sintiera cómo su deseo y control se entrelazaban, cada roce excitando sus sentidos.

Ella lo acosto en la cama, se montó sobre él y se metio su pija en su concha, rebotando encima, sus tetas saltando, el las agarraba, chupaba sus pezones, arrancándole gemidos, con un ritmo provocador, y luego se puso en cuatro, invitándolo a tomarla con un gesto claro.

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Santiago no dudó. Le metio la pija en el culo de una empujon, que la hizo estremecer, sosteniendola de las caderas y dandole nalgadas. Cada movimiento, cada presión, la hacía reaccionar con gemidos suaves y jadeos, mostrando su entrega y sumisión bajo el collar de plata.

Finalmente, la hizo cabalgarlo, su concha apretando su pija, su cuerpo respondiendo con un vaivén intenso y preciso. Cada impulso de Santiago la atravesaba con fuerza, y ella gimió, respirando con dificultad:

—¡Por favor… libérame! —jadeó, arqueando la espalda—. Quiero estar contigo… quiero sentirte dentro de mí.

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Santiago, entre la excitación y la estrategia, comprendió que el placer y la protección podían coexistir, que podía usar el collar y el polvo de plata para controlar la situación y mantener la maldición a raya. Pero también sabía que cada encuentro lo acercaba más al peligro, y que la última Luna lo esperaba con un poder mucho mayor y hombres lobos dispuestos a protegerla a toda costa.

Mientras sus cuerpos se unían y el ritmo los consumía, Santiago se dio cuenta de que el juego no era solo físico: era un delicado equilibrio entre deseo, control y supervivencia, y que cualquier error podría costarle más que el placer de la noche.


Como prometío la Luna Creciente, lo ayudo a convencer a otras 2 Lunas de terminar con esta maldición, solo quedaban la Madama y la Luna Roja, que queria seguir con ese ciclo.

Santiago entró en la habitación custodiada por antorchas rojas. El aire olía a hierro caliente y perfume oscuro. Allí lo esperaba ella, desnuda sobre un trono de terciopelo: piel blanca, ojos carmesí y un cabello rojo que tocaba la cintura. Sonrió como una bestia satisfecha.

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—Así que tú eres el cazador que anda suelto… —dijo lamiéndose el labio inferior—. Yo soy la Luna Roja. Si quieres pasar, tendrás que aguantarme.

Santiago apretó el puño donde escondía el saquito de polvo de plata. No respondió. Ella se levantó, caminó lenta hacia él, y sin pedir permiso le desabrochó el cinturón.

—Calladito… —susurró—. Déjame ver cuánto vales antes de matarte.

Se arrodilló frente a él, tomó su pija con una mano y empezó a besar la punta, lenta, burlona, disfrutando su control. Luego la recorrió con la lengua, de arriba abajo, haciéndolo respirar más fuerte.

—Mm… firme… caliente… Me encanta cuando todavía creen que pueden resistirme.

Se la llevó a la boca, succionando con fuerza, provocándolo a gemir aunque él intentaba contenerse. Cuando quedó completamente erecto, se levantó y le dio la espalda.

—Ahora cogeme. —ordenó, poniéndose en cuatro frente a él, arqueando la espalda como una fiera en celo.

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Santiago la tomó de la cadera y la penetró, fuerte, le metio la pija en la concha de un empujon, decidido. La Luna Roja gimió con satisfacción, empujando hacia atrás con movimientos salvajes.

—Más… así… rómpeme el culo si puedes… —exigía, desafiandolo a cojerla por culo, disfrutando de la brutalidad, mientras el la cogia salvaje y la nalgueaba.

Ella era un huracán carnal: cambió de posición, lo montó, lo cabalgó con con violencia, su concha caliente apretando su pija, hundiendo sus uñas en su pecho mientras gemía encima de él, una y otra vez, como si quisiera devorarle el alma a través del cuerpo.

Cuando lo sintió al borde, lo abrazó por el cuello, jadeando:
—Dámelo todo… ríndete… entrégate a mí…

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Pero fue entonces que Santiago actuó. Le vació el polvo de plata en el cuello y las tetas.

Ella gritó. Su piel humeó. Cayó al suelo retorciéndose, con la respiración rota.

—¡¡NOOOO!! —aulló—. ¡Basta! ¡Quita eso!

Mostró su verdadera forma: colmillos largos, garras negras, ojos de fiera. Pero Santiago ya la tenía contra el piso, el crucifijo listo para marcarle la piel.

—Habla Puta diabolica o te quemo el alma entera. —dijo él, firme, con una calma fría que no sabía que tenía.

La Luna Roja jadeó, débil, derrotada.

—Eres más fuerte de lo que creí… maldita Luna Creciente… cogertela te dio poder… —escupió sangre negra—. ¡Pero ya es tarde! ¡Ella viene!
De pronto, dos hombres lobo irrumpieron rompiendo las puertas, rugiendo.

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Santiago retrocedió de inmediato, tomó su bolsa, rodó por el suelo y escapó desnudo por la ventana antes de que lo destrozaran.

Mientras huía por los tejados, escuchó a la Luna Roja gritarle desde dentro:

—¡La Madama te arrancará el corazón! ¡Y tu amigo Héctor será quien te entregue!

Santiago siguió corriendo bajo la noche… sabiendo que la guerra ya había comenzado.

Santiago respiraba con fuerza en la habitación donde tenía a la Luna Creciente. La tensión en el aire era palpable, como si cada pared, cada cortina, esperara el momento de explotar en deseo y peligro. Las otras dos Lunas que habían aceptado ayudarlo se unieron a la escena, desnudas y ardientes, sus cuerpos reluciendo bajo la luz cálida de las velas.

—Si nos tomas a las tres —susurró Selena, la Luna Creciente, con su voz cargada de provocación— tendrás más poder para vencer a los hombres lobo y para luchar contra la Madama.

Santiago no dudó. Su erección pulsaba con fuerza y anticipación mientras las tres lo rodeaban. La Luna Creciente agarrandole su pija dura, acariciándola con habilidad y besando la punta con lengua juguetona. Su cuerpo temblaba de excitación y de adrenalina: no era solo placer, era poder concentrándose en su interior.

Las otras dos Lunas lo abrazaron, besando su cuello, sus hombros, recorriendo cada centímetro de piel con lengua y labios, susurrándole órdenes y promesas ardientes. Santiago las tomó por la cintura y las acercó al centro de la habitación, haciendo que sus cuerpos se entrelazaran, explorando, mordiendo, jadeando, entregándose sin reservas.

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—Más fuerte… cogeme… —gemía una de ellas mientras la otra se arqueaba sobre él, guiándo su pija dentro de su concha húmeda, entregada y ansiosa.

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La Luna Creciente no se quedó atrás: lo montó, moviéndose con fuerza y precisión, sus tetas saltando, mientras las otras dos lo tomaban desde diferentes ángulos, besando su pecho, su espalda, sus brazos, haciendo que cada toque y cada roce lo hicieran sentir poderoso y completo al mismo tiempo. Sus manos exploraban, sus bocas descendían por su cuerpo, y Santiago se dio cuenta de que el placer estaba alimentando algo más: una energía desconocida que recorría sus venas, llenándolo de fuerza y velocidad sobrehumana.

—Por favor… liberame… quiero estar contigo… —jadeó Selena, mientras lo montaba, apretandolo con su concha, arqueando la espalda y entregándose a cada embestida.

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Finalmente, cuando el clímax alcanzó su punto máximo, Santiago sintió que una explosión de energía lo atravesaba, fusionando placer y poder. Su cuerpo tembló y un grito profundo salió de su garganta, resonando en la habitación. Las Lunas lo abrazaron, jadeantes, sonriendo con satisfacción: el ritual había funcionado.

Pero no había tiempo para descansar. El suelo vibró y un aullido lejano se escuchó. Los hombres lobo habían llegado, olfateando la sangre y la energía del ritual.

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Santiago retrocedió con rapidez, mientras las Lunas lo cubrían y lo protegían, cada una mostrando sumisión pero también fuerza contenida gracias a los collares de plata que llevaban.

—Ve… corre… la Madama sabe que estás aquí… y traerá su ejército —susurró Selena, mientras lo empujaba hacia la ventana y le daba un beso profundo—. Ahora tienes el poder… y la oportunidad… pero esto no ha terminado.

Santiago saltó hacia la noche, sintiendo el poder latente que las Lunas le habían otorgado. Su cuerpo estaba temblando, lleno de fuerza, hambre y deseo, y sabía que la batalla final estaba cerca: enfrentarse a la Madama y a sus hombres lobo no sería solo una prueba de fuerza, sino de resistencia sexual, mental y mágica.

Mientras caía entre las sombras de la ciudad, pensó en las Lunas: su pasión, su entrega, su poder… y cómo aquel ritual había cambiado su destino para siempre.

Santiago avanzó silencioso por la entrada de la mansión de las 5 Lunas. La atmósfera estaba cargada: un olor a humedad, a sangre y a deseo flotaba en el aire, y su erección aún pulsaba por la energía que había absorbido durante el ritual con las Lunas. Sabía que cada paso lo acercaba a su destino, y que la Madama lo esperaba, pero antes debía enfrentar a sus guardianes.

Tres sombras se abalanzaron sobre él: hombres lobo enormes, ojos brillando con hambre y ferocidad.

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Uno de ellos le resultó extrañamente familiar: su amigo Héctor, transformado por completo, con garras y colmillos que relucían bajo la luz tenue.

—Les tengo una sorpresa, lobitos… —dijo Santiago con voz firme, mostrando su espalda revestida en plata, mientras sacudía un poco del polvo de plata que había preparado cuidadosamente. El aire se llenó de partículas brillantes, debilitando a los monstruos, y un escalofrío recorrió sus cuerpos bestiales.

Gracias a la fuerza que le otorgaron las Lunas, Santiago se movió como un torbellino: esquivaba embestidas, atacaba con precisión y energía sobrehumana, derribando uno por uno a los hombres lobo que se interponían en su camino. Cada golpe, cada salto y cada maniobra le daban más confianza, mientras la adrenalina mezclaba placer y peligro, recordándole que lo que había sentido con las Lunas no era solo deseo: era poder físico y sexual transformado en fuerza pura.

Finalmente, quedó frente a Héctor. Su amigo y antiguo aliado estaba agotado, las heridas visibles, la respiración agitada, y sus ojos humanos mezclándose con la bestia que había sido.

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Santiago no dudó: aplicó el polvo de plata directamente, y poco a poco, la transformación retrocedió. La carne de Héctor volvió a ser humana, aunque su cuerpo estaba débil y magullado.

Héctor cayó entre los brazos de Santiago, respirando con dificultad. Santiago lo sostuvo con fuerza, incapaz de apartarse, mientras sentía cómo la vida de su amigo se apagaba lentamente.

—Gracias por… liberarme… —susurró Héctor con su último aliento, apenas audible—. Si puedes… derrota a esa puta… y termina la maldición…

Santiago sintió un nudo en la garganta. Su amigo confiaba en él hasta el final, y la mirada de Héctor se perdió en la distancia, fijándose en la última Luna, la Madama, que los observaba desde lejos. Sus cabellos blancos caían como un río de hielo, sus pechos grandes y firmes eran apenas visibles en la penumbra, y su sonrisa helada no dejaba dudas: el enfrentamiento final sería mortal.

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Mientras Héctor se quedaba dormido para siempre en sus brazos, Santiago sabía que el ritual con las Lunas le había dado poder, resistencia y control, pero que ahora todo se concentraba en un solo objetivo: derrotar a la Madama, romper la maldición y sobrevivir al deseo oscuro que había dominado cada noche.

El silencio reinó unos segundos, roto solo por la respiración de Santiago, su corazón latiendo con fuerza, y la sombra de la Madama al acecho, observando cada movimiento, cada impulso, cada deseo que lo haría caer… o triunfar.

El jardín elevado estaba iluminado por la luz de la luna llena. Santiago avanzó con paso firme, sintiendo cada músculo tenso, el corazón latiendo como tambor de guerra y la adrenalina mezclada con el recuerdo de cada Luna que lo había ayudado.

Allí estaba ella: la Madama, la Luna final, completamente desnuda, su piel perfecta resplandeciendo bajo la luz lunar, sus tetas enormes y firmes balanceándose con cada movimiento, su cabello blanco cayendo como un río helado sobre sus hombros.

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—Te felicito —dijo con voz suave y mortal—. Has llegado hasta aquí, conquistando a mis Lunas, cogiendolas y poniéndolas en mi contra.

Has vencido a mis... mascotas… eres un gran guerrero. Créeme que honraré tu memoria… pero hasta aquí llegaste.

Antes de que pudiera reaccionar, la Madama levantó una mano y una brisa cortante arrancó la ropa de Santiago, dejándolo desnudo ante ella. Su pija se alzó dura y firme, apuntando a ella, pulsando con deseo y desafío. Santiago respiró hondo, decidido, y la atacó con fuerza, intentando derribarla.

Ella lo detuvo con un gesto elegante, una mano firme sobre su pecho.

—Si quieres vencer, usa tu otra espada… no estos juguetes —dijo con tono provocador, sacandole la espada de plata y tirandola al suelo —.

Lo acostó suavemente sobre el césped, subiéndose sobre él con movimientos seguros, frotándo su concha caliente, sobre su pija, sus tetas, contra su cuerpo, se metio su pija en la concha cabalgándolo con fuerza mientras Santiago tomaba sus tetas con manos firmes, sintiendo el poder y la atracción que emanaba de ella.

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—Eres un gran guerrero… con una pija insaciable, únete a mí —susurraba entre jadeos, clavando sus garras, arañando su pecho, dominándolo con cada roce y cada movimiento.

Santiago cayó parcialmente en su dominio, dejándose llevar por el placer y la adrenalina, cogiendola en cuatro por el culo, rendido, pero de repente recordó a la Luna Creciente, sus palabras, su ayuda y su cuerpo, la lealtad que le había mostrado. Un destello de conciencia lo atravesó: esto debía terminar.

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Sacó el crucifijo que colgaba de su cuello, levantó la mano y lo aplicó contra ella. La Madama gritó, la energía se disipó, y por primera vez perdió el control.

—Lo siento… eres una puta hermosa, pero esto debe terminar —dijo Santiago con voz firme, respirando agitado—.

El poder de la plata y el crucifijo, combinado con su fuerza recién adquirida, fue suficiente. La Madama cayó al césped, derrotada pero todavía imponente, y Santiago supo que la maldición de las Lunas y los hombres lobo había terminado.

Mientras salía de la mansión, exhausto pero victorioso, la Luna Creciente lo esperaba. Su cabello ya no brillaba con la magia, su piel volvía a ser humana y sus ojos mostraban gratitud y deseo a la vez.

—Eres libre… ya puedes irte —dijo Santiago, ofreciéndole la mano.

—Ahora que soy humana, me gustaría estar contigo —respondió ella, sonriendo suavemente.

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Tomados de la mano, caminaron juntos hacia la noche, dejando atrás la mansión de las 5 Lunas, la maldición rota y la oscuridad contenida, mientras el aire se llenaba del recuerdo de pasiones extremas, magia, y un vínculo que ninguna noche podría borrar.


Pero Atrás, Alguien salía de la oscuridad, era el anciano que le dio el crucifijo, mirando el cuerpo de la Madama, con ojos amarillos, diciendo:

Es hora que regreses a mí "mi reina puta", y cargando el cuerpo desnudo de de ella, desapareciendo entre las sombras.....



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