Esta es la historia prohibida de Claudia y Daniel, espero les guste

El sol de la tarde se filtraba entre las cortinas de la casa de los Martínez, proyectando franjas doradas sobre el suelo de madera pulida. La calle estaba tranquila, como siempre a esa hora, cuando la mayoría de los vecinos aún no regresaban del trabajo. Daniel, de veintidós años, caminaba con paso seguro hacia la puerta principal, ajustándose la camiseta ceñida que resaltaba los contornos de su torso musculoso. Llevaba días esperando este momento. Sabía que Javier, su mejor amigo, estaba en el entrenamiento de fútbol y que su madre, la señorita Claudia, estaría sola en casa. Solo de pensarlo, sintió cómo su entrepierna se tensaba, el recuerdo de las veces que la había espiado desde la ventana de su habitación, observando esas curvas que desafiaban el tiempo, quemándose en su mente.
Al tocar el timbre, el corazón le latía con fuerza, pero su expresión era de una calma calculada. La puerta se abrió y allí estaba ella. Claudia, con cuarenta y dos años recién cumplidos, lucía un vestido ajustado de color burdeos que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, resaltando el generoso busto que amenazaba con desbordarse del escote, la cintura estrecha y las caderas redondas que hipnotizaban con cada movimiento. El vestido se detenía justo por encima de las rodillas, dejando al descubierto unas piernas tonificadas que terminaban en unos tacones negros de aguja. Su cabello castaño, con mechas doradas, caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus labios, pintados de un rojo intenso, se curvaron en una sonrisa de sorpresa al verlo.
—¿Daniel? —preguntó, arqueando una ceja perfectamente depilada—. ¿Qué haces aquí? Javier no está, llegó tarde del entrenamiento.
Él no perdió el tiempo. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Claudia con una descaro que no intentó disimular, deteniéndose en el escote, donde el valle entre sus pechos parecía invitarlo a perderse en él.
Lo sé —respondió, su voz más grave de lo habitual—. Vine a verte a ti.
Claudia rio, un sonido melódico que resonó en el vestíbulo, pero cuando levantó la mirada, se encontró con la suya, oscura y llena de una intensidad que no había visto antes en el joven. Algo en su expresión la hizo contener el aliento. No era el mismo chico que había conocido años atrás, el amigo tímido de su hijo. Ahora, frente a ella, había un hombre, con la mandíbula cuadrada tensada y una sonrisa que prometía pecado.
—¿A mí? —repitió, jugando con el delantal que colgaba de su cintura, un gesto nervioso que delató que su confianza no era tan sólida como aparentaba.
Daniel dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos. El aroma de su perfume, algo floral con un toque cítrico, se mezcló con el sudor limpio de su piel, creando una fragancia intoxicante.
—Siempre he pensado que eres la mujer más hermosa que conozco —confesó, sin apartar la vista de sus labios—. Y no es solo por tu cuerpo, aunque joder, ese vestido debería ser ilegal.
Claudia sintió cómo el calor le subía por el cuello. Nadie, ni siquiera su marido, le hablaba así. La audacia de Daniel la tomó por sorpresa, pero en lugar de ofenderla, despertó algo en ella, una chispa de excitación que había estado dormida demasiado tiempo.
—¿Y qué crees que vas a hacer al respecto? —preguntó, desafiante, aunque su voz tembló ligeramente.
Él no necesitó más invitación. Con un movimiento rápido, cerró la distancia entre ellos, su mano rozando la cintura de Claudia antes de posarse en su cadera, sintiendo el calor de su piel a través de la tela delgada del vestido. Ella no se apartó. Al contrario, su respiración se aceleró cuando los dedos de Daniel se deslizaron hacia arriba, acercándose peligrosamente al borde de su escote.
—Sé que lo has notado —susurró, su aliento caliente rozando el lóbulo de su oreja—. La forma en que te miro cuando crees que no me veo. Cómo me muerdo el labio cuando te agachas y ese vestido se tensa sobre tu culo.
Claudia jadeó, sus pechos subiendo y bajando con rapidez. No podía negarlo. Había sentido su mirada antes, pesada y llena de deseo, pero nunca había imaginado que llegaría a esto.
—Eres muy atrevido —murmuró, aunque sus palabras carecían de convicción.
—Y tú estás muy sola —replicó él, su otra mano subiendo para enredarse en su cabello, tirando suavemente de él para inclinar su cabeza hacia atrás y exponer el largo de su cuello.
Antes de que pudiera protestar, los labios de Daniel se posaron sobre su piel, calientes y exigentes. Claudia sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando su lengua trazó una línea húmeda desde la base de su garganta hasta justo debajo de su oreja. Un gemido involuntario escapó de sus labios, y en ese momento, supo que estaba perdida.
—No deberíamos… —empezó a decir, pero él la interrumpió.
—No me digas que no lo has imaginado —susurró contra su piel, su mano ahora apretando con más fuerza su cadera, acercándola hasta sentir la dureza de su erección contra su muslo—. Porque yo sí. Cada putas noches.
Claudia cerró los ojos, saboreando la vulgaridad de sus palabras, cómo el sonido sucio de ellas hacía que su entrepierna se humedeciera. No podía negar que, en las noches solitarias, cuando su marido dormía o estaba de viaje, había fantaseado con manos más jóvenes, con un cuerpo ágil y hambriento como el de Daniel.
—Llévame a tu habitación —pidió él, sin preguntar, porque ya sabía la respuesta
Ella lo miró, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de lujuria y culpa, pero asintió. Tomándolo de la mano, lo guió por el pasillo, sus tacones resonando contra el suelo de madera. La habitación principal estaba en penumbra, las cortinas aún corridas, creando un ambiente íntimo. Daniel no perdió tiempo. Tan pronto como cruzaron el umbral, la empujó contra la cama con un movimiento brusco pero controlado. Claudia cayó sobre el colchón con un pequeño grito, pero antes de que pudiera incorporarse, él ya estaba sobre ella, sus manos deslizándose bajo el dobladillo de su vestido.
—Dios, llevas demasiado tiempo —gruñó, levantando la tela hasta su cintura, revelando un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus curvas.
El sostén, un diseño de media copa con detalles de encaje transparente, dejaba poco a la imaginación. Los pechos de Claudia, firmes y llenos a pesar de los años, se alzaban tentadores, los pezones duros presionando contra la tela. Daniel no pudo resistirse. Con un movimiento rápido, desabrochó el cierre frontal del sostén, liberando sus senos con un bounce que lo dejó sin aliento.
—Perfectos —murmuró, antes de inclinarse para capturar un pezón entre sus labios.
Claudia arqueó la espalda, un gemido ahogado escapando de su garganta cuando la lengua de Daniel comenzó a trazar círculos alrededor de la sensible yema. Sus manos se enredaron en su cabello, apretando los puños cuando él mordisqueó con suavidad antes de succionar con más fuerza. El placer era casi insoportable, una corriente eléctrica que recorría su cuerpo desde los pechos hasta el punto palpitante entre sus piernas.
—No pa… paras —jadeó, pero sus palabras se convirtieron en un quejido cuando la mano de Daniel se deslizó hacia abajo, rozando su vientre antes de sumergirse bajo el elástico de su tanga.
—Estás empapada —gruñó él, sus dedos encontrando el calor húmedo de su sexo sin esfuerzo—. ¿Todo esto por mí?
Claudia no respondió con palabras. En lugar de eso, separó las piernas, dando a Daniel mejor acceso. Él no lo desperdició. Con dos dedos, trazó el contorno de sus labios hinchados, recolectando la humedad antes de deslizarse hacia arriba, encontrando su clítoris ya erecto
—¡Ah, mierda! —exclamó ella, sus caderas levantándose del colchón cuando él comenzó a frotar en círculos firmes, aplicando justo la presión que necesitaba.
—No te contengas —ordenó Daniel, su voz ronca de excitación—. Quiero escucharte.
Y ella obedeció. Los gemidos de Claudia llenaron la habitación, cada vez más altos, más desesperados, mientras los dedos de Daniel trabajaban sin piedad. Agregó un tercer dedo, hundiéndolo dentro de ella con un movimiento lento pero firme, sintiendo cómo sus paredes internas se cerraban alrededor de ellos, calientes y apretadas.
—¡Más! —suplicó ella, sus uñas arañando la espalda de Daniel a través de su camiseta—. Por favor, necesito más.
Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, se puso de pie junto a la cama y se deshizo de sus pantalones y bóxers en un solo tirón. Su polla, gruesa y palpitante, se liberó, la punta ya brillando con una gota de pre-semen. Claudia se lamió los labios al verla, su propia excitación aumentando al darse cuenta de lo grande que era, de lo joven y duro que estaba por ella.
Daniel no perdió tiempo en admiraciones. Se colocó entre sus piernas, empujando el tanga de Claudia a un lado con impaciencia. Con una mano, guió su miembro hacia su entrada, frotando la cabeza contra sus labios húmedos, lubricándose con su excitación.
—Dime que lo quieres —exigió, su voz un gruñido animal.
—¡Sí! —gritó ella, levantando las caderas para encontrarlo—. ¡Por favor, fóllame!
Y él lo hizo. Con un empujón firme, se hundió dentro de ella, llenándola de una sola vez. Claudia gritó, sus paredes estirándose para acomodarlo, la sensación de plenitud casi abrumadora. Daniel maldijo entre dientes, deteniéndose por un segundo para saborear la sensación de su coño apretado envolviéndolo.
—Joder, estás tan ajustada —jadeó, antes de comenzar a moverse.
Sus embestidas fueron fuertes desde el principio, cada empujón haciendo que la cama crujiera bajo ellos. Claudia lo abrazó con las piernas, sus talones clavándose en su trasero, urgándolo a ir más rápido, más profundo. Cada vez que él se retiraba, ella sentía el vacío, solo para ser llenada de nuevo con una fuerza que la dejaba sin aliento.
—¡Así! ¡Así, Daniel! —gritó, sus uñas dibujando líneas rojas en su espalda mientras él la penetraba sin piedad—. ¡No pares!
Él no tenía intención de hacerlo. El sonido de sus cuerpos chocando, el olor a sexo y sudor, el sabor de su piel bajo sus labios, todo lo llevaba al borde. Aumentó el ritmo, sus caderas golpeando contra las de ella con un ritmo frenético, sus bolas apretándose con la inminencia de su orgasmo.
—Siento que vas a correrte —jadeó Claudia, sus músculos internos comenzando a contraerse alrededor de él—. Hazlo, cariño. Lléname.
Esas palabras fueron su perdición. Con un gruñido gutural, Daniel se clavó en ella una última vez, su cuerpo tenso mientras el orgasmo lo arrasaba. Claudia sintió el chorro caliente de su semen llenándola, desencadenando su propio clímax. Ondas de placer la recorrieron, su coño palpitando alrededor de él mientras gritaba su nombre, sus muslos temblando con la intensidad del orgasmo.
Durante varios segundos, solo hubo jadeos y temblores, sus cuerpos unidos en el éxtasis post-coital. Finalmente, Daniel se desplomó sobre ella, su peso una delicia después de la intensidad del sexo. Claudia lo abrazó, sus dedos trazando círculos lentos en su espalda sudorosa, una sonrisa satisfecha en sus labios.
—Esto… esto no puede volver a pasar —murmuró, aunque no sonaba convencida en absoluto.
Daniel levantó la cabeza, sus ojos brillando con diversión y promesa.
—Claro que sí —respondió, antes de capturar sus labios en un beso lento y profundo—. Y la próxima vez, te voy a follar contra la pared de la ducha.
Parte 2 próximamente
Si quieres que cuente tú historia o fantasía escríbeme

El sol de la tarde se filtraba entre las cortinas de la casa de los Martínez, proyectando franjas doradas sobre el suelo de madera pulida. La calle estaba tranquila, como siempre a esa hora, cuando la mayoría de los vecinos aún no regresaban del trabajo. Daniel, de veintidós años, caminaba con paso seguro hacia la puerta principal, ajustándose la camiseta ceñida que resaltaba los contornos de su torso musculoso. Llevaba días esperando este momento. Sabía que Javier, su mejor amigo, estaba en el entrenamiento de fútbol y que su madre, la señorita Claudia, estaría sola en casa. Solo de pensarlo, sintió cómo su entrepierna se tensaba, el recuerdo de las veces que la había espiado desde la ventana de su habitación, observando esas curvas que desafiaban el tiempo, quemándose en su mente.
Al tocar el timbre, el corazón le latía con fuerza, pero su expresión era de una calma calculada. La puerta se abrió y allí estaba ella. Claudia, con cuarenta y dos años recién cumplidos, lucía un vestido ajustado de color burdeos que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, resaltando el generoso busto que amenazaba con desbordarse del escote, la cintura estrecha y las caderas redondas que hipnotizaban con cada movimiento. El vestido se detenía justo por encima de las rodillas, dejando al descubierto unas piernas tonificadas que terminaban en unos tacones negros de aguja. Su cabello castaño, con mechas doradas, caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus labios, pintados de un rojo intenso, se curvaron en una sonrisa de sorpresa al verlo.
—¿Daniel? —preguntó, arqueando una ceja perfectamente depilada—. ¿Qué haces aquí? Javier no está, llegó tarde del entrenamiento.
Él no perdió el tiempo. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Claudia con una descaro que no intentó disimular, deteniéndose en el escote, donde el valle entre sus pechos parecía invitarlo a perderse en él.
Lo sé —respondió, su voz más grave de lo habitual—. Vine a verte a ti.
Claudia rio, un sonido melódico que resonó en el vestíbulo, pero cuando levantó la mirada, se encontró con la suya, oscura y llena de una intensidad que no había visto antes en el joven. Algo en su expresión la hizo contener el aliento. No era el mismo chico que había conocido años atrás, el amigo tímido de su hijo. Ahora, frente a ella, había un hombre, con la mandíbula cuadrada tensada y una sonrisa que prometía pecado.
—¿A mí? —repitió, jugando con el delantal que colgaba de su cintura, un gesto nervioso que delató que su confianza no era tan sólida como aparentaba.
Daniel dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos. El aroma de su perfume, algo floral con un toque cítrico, se mezcló con el sudor limpio de su piel, creando una fragancia intoxicante.
—Siempre he pensado que eres la mujer más hermosa que conozco —confesó, sin apartar la vista de sus labios—. Y no es solo por tu cuerpo, aunque joder, ese vestido debería ser ilegal.
Claudia sintió cómo el calor le subía por el cuello. Nadie, ni siquiera su marido, le hablaba así. La audacia de Daniel la tomó por sorpresa, pero en lugar de ofenderla, despertó algo en ella, una chispa de excitación que había estado dormida demasiado tiempo.
—¿Y qué crees que vas a hacer al respecto? —preguntó, desafiante, aunque su voz tembló ligeramente.
Él no necesitó más invitación. Con un movimiento rápido, cerró la distancia entre ellos, su mano rozando la cintura de Claudia antes de posarse en su cadera, sintiendo el calor de su piel a través de la tela delgada del vestido. Ella no se apartó. Al contrario, su respiración se aceleró cuando los dedos de Daniel se deslizaron hacia arriba, acercándose peligrosamente al borde de su escote.
—Sé que lo has notado —susurró, su aliento caliente rozando el lóbulo de su oreja—. La forma en que te miro cuando crees que no me veo. Cómo me muerdo el labio cuando te agachas y ese vestido se tensa sobre tu culo.
Claudia jadeó, sus pechos subiendo y bajando con rapidez. No podía negarlo. Había sentido su mirada antes, pesada y llena de deseo, pero nunca había imaginado que llegaría a esto.
—Eres muy atrevido —murmuró, aunque sus palabras carecían de convicción.
—Y tú estás muy sola —replicó él, su otra mano subiendo para enredarse en su cabello, tirando suavemente de él para inclinar su cabeza hacia atrás y exponer el largo de su cuello.
Antes de que pudiera protestar, los labios de Daniel se posaron sobre su piel, calientes y exigentes. Claudia sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando su lengua trazó una línea húmeda desde la base de su garganta hasta justo debajo de su oreja. Un gemido involuntario escapó de sus labios, y en ese momento, supo que estaba perdida.
—No deberíamos… —empezó a decir, pero él la interrumpió.
—No me digas que no lo has imaginado —susurró contra su piel, su mano ahora apretando con más fuerza su cadera, acercándola hasta sentir la dureza de su erección contra su muslo—. Porque yo sí. Cada putas noches.
Claudia cerró los ojos, saboreando la vulgaridad de sus palabras, cómo el sonido sucio de ellas hacía que su entrepierna se humedeciera. No podía negar que, en las noches solitarias, cuando su marido dormía o estaba de viaje, había fantaseado con manos más jóvenes, con un cuerpo ágil y hambriento como el de Daniel.
—Llévame a tu habitación —pidió él, sin preguntar, porque ya sabía la respuesta
Ella lo miró, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de lujuria y culpa, pero asintió. Tomándolo de la mano, lo guió por el pasillo, sus tacones resonando contra el suelo de madera. La habitación principal estaba en penumbra, las cortinas aún corridas, creando un ambiente íntimo. Daniel no perdió tiempo. Tan pronto como cruzaron el umbral, la empujó contra la cama con un movimiento brusco pero controlado. Claudia cayó sobre el colchón con un pequeño grito, pero antes de que pudiera incorporarse, él ya estaba sobre ella, sus manos deslizándose bajo el dobladillo de su vestido.
—Dios, llevas demasiado tiempo —gruñó, levantando la tela hasta su cintura, revelando un conjunto de encaje negro que apenas contenía sus curvas.
El sostén, un diseño de media copa con detalles de encaje transparente, dejaba poco a la imaginación. Los pechos de Claudia, firmes y llenos a pesar de los años, se alzaban tentadores, los pezones duros presionando contra la tela. Daniel no pudo resistirse. Con un movimiento rápido, desabrochó el cierre frontal del sostén, liberando sus senos con un bounce que lo dejó sin aliento.
—Perfectos —murmuró, antes de inclinarse para capturar un pezón entre sus labios.
Claudia arqueó la espalda, un gemido ahogado escapando de su garganta cuando la lengua de Daniel comenzó a trazar círculos alrededor de la sensible yema. Sus manos se enredaron en su cabello, apretando los puños cuando él mordisqueó con suavidad antes de succionar con más fuerza. El placer era casi insoportable, una corriente eléctrica que recorría su cuerpo desde los pechos hasta el punto palpitante entre sus piernas.
—No pa… paras —jadeó, pero sus palabras se convirtieron en un quejido cuando la mano de Daniel se deslizó hacia abajo, rozando su vientre antes de sumergirse bajo el elástico de su tanga.
—Estás empapada —gruñó él, sus dedos encontrando el calor húmedo de su sexo sin esfuerzo—. ¿Todo esto por mí?
Claudia no respondió con palabras. En lugar de eso, separó las piernas, dando a Daniel mejor acceso. Él no lo desperdició. Con dos dedos, trazó el contorno de sus labios hinchados, recolectando la humedad antes de deslizarse hacia arriba, encontrando su clítoris ya erecto
—¡Ah, mierda! —exclamó ella, sus caderas levantándose del colchón cuando él comenzó a frotar en círculos firmes, aplicando justo la presión que necesitaba.
—No te contengas —ordenó Daniel, su voz ronca de excitación—. Quiero escucharte.
Y ella obedeció. Los gemidos de Claudia llenaron la habitación, cada vez más altos, más desesperados, mientras los dedos de Daniel trabajaban sin piedad. Agregó un tercer dedo, hundiéndolo dentro de ella con un movimiento lento pero firme, sintiendo cómo sus paredes internas se cerraban alrededor de ellos, calientes y apretadas.
—¡Más! —suplicó ella, sus uñas arañando la espalda de Daniel a través de su camiseta—. Por favor, necesito más.
Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, se puso de pie junto a la cama y se deshizo de sus pantalones y bóxers en un solo tirón. Su polla, gruesa y palpitante, se liberó, la punta ya brillando con una gota de pre-semen. Claudia se lamió los labios al verla, su propia excitación aumentando al darse cuenta de lo grande que era, de lo joven y duro que estaba por ella.
Daniel no perdió tiempo en admiraciones. Se colocó entre sus piernas, empujando el tanga de Claudia a un lado con impaciencia. Con una mano, guió su miembro hacia su entrada, frotando la cabeza contra sus labios húmedos, lubricándose con su excitación.
—Dime que lo quieres —exigió, su voz un gruñido animal.
—¡Sí! —gritó ella, levantando las caderas para encontrarlo—. ¡Por favor, fóllame!
Y él lo hizo. Con un empujón firme, se hundió dentro de ella, llenándola de una sola vez. Claudia gritó, sus paredes estirándose para acomodarlo, la sensación de plenitud casi abrumadora. Daniel maldijo entre dientes, deteniéndose por un segundo para saborear la sensación de su coño apretado envolviéndolo.
—Joder, estás tan ajustada —jadeó, antes de comenzar a moverse.
Sus embestidas fueron fuertes desde el principio, cada empujón haciendo que la cama crujiera bajo ellos. Claudia lo abrazó con las piernas, sus talones clavándose en su trasero, urgándolo a ir más rápido, más profundo. Cada vez que él se retiraba, ella sentía el vacío, solo para ser llenada de nuevo con una fuerza que la dejaba sin aliento.
—¡Así! ¡Así, Daniel! —gritó, sus uñas dibujando líneas rojas en su espalda mientras él la penetraba sin piedad—. ¡No pares!
Él no tenía intención de hacerlo. El sonido de sus cuerpos chocando, el olor a sexo y sudor, el sabor de su piel bajo sus labios, todo lo llevaba al borde. Aumentó el ritmo, sus caderas golpeando contra las de ella con un ritmo frenético, sus bolas apretándose con la inminencia de su orgasmo.
—Siento que vas a correrte —jadeó Claudia, sus músculos internos comenzando a contraerse alrededor de él—. Hazlo, cariño. Lléname.
Esas palabras fueron su perdición. Con un gruñido gutural, Daniel se clavó en ella una última vez, su cuerpo tenso mientras el orgasmo lo arrasaba. Claudia sintió el chorro caliente de su semen llenándola, desencadenando su propio clímax. Ondas de placer la recorrieron, su coño palpitando alrededor de él mientras gritaba su nombre, sus muslos temblando con la intensidad del orgasmo.
Durante varios segundos, solo hubo jadeos y temblores, sus cuerpos unidos en el éxtasis post-coital. Finalmente, Daniel se desplomó sobre ella, su peso una delicia después de la intensidad del sexo. Claudia lo abrazó, sus dedos trazando círculos lentos en su espalda sudorosa, una sonrisa satisfecha en sus labios.
—Esto… esto no puede volver a pasar —murmuró, aunque no sonaba convencida en absoluto.
Daniel levantó la cabeza, sus ojos brillando con diversión y promesa.
—Claro que sí —respondió, antes de capturar sus labios en un beso lento y profundo—. Y la próxima vez, te voy a follar contra la pared de la ducha.
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1 comentarios - La mamá Milf de mi amigo Parte 1