
La profesora Delia Ortega era temida por todos en primer año de Derecho. VestĂa siempre con faldas de tubo, blusas abotonadas hasta el cuello y tacones que resonaban con autoridad en los pasillos. TenĂa 43 años, casada con un abogado que solo aparecĂa en fotos polvorientas de su escritorio. Nadie sabĂa mucho de su vida personal, pero se rumoreaba que vivĂa más sola que una monja en retiro.

Bruno, 25 años, repetidor crĂłnico y con fama de dĂscolo, la observaba desde el fondo del aula. Mientras todos la evitaban, Ă©l la miraba con hambre y curiosidad. HabĂa algo detrás de esos lentes de marco fino, de ese peinado recogido que dejaba ver un cuello perfecto… algo contenĂa esa mujer que no era frialdad. Era fuego encerrado.

La encontrĂł una tarde saliendo tarde del aula. La lluvia comenzaba a caer, y ella, fastidiada, buscaba las llaves de su auto bajo la lluvia.
—¿Necesita ayuda, profe? —le dijo él, acercándose con su paraguas.
Ella lo mirĂł de reojo.
—No soy tu compañera de aula —dijo seca, pero no se apartó.
Él la acompañó al coche, la cubrió con el paraguas y antes de que subiera, le soltó:
—¿Sabe una cosa? Usted no es mala. Solo está amargada... Y eso es porque no la hacen sentir mujer hace rato.
Delia se quedĂł congelada, con las llaves en la mano y la boca entreabierta.
—Desubicado —musitó.
—Pero no mentiroso —añadió él.
Ella no dijo más y subió al coche. Pero no encendió el motor. Se quedó un momento sentada, respirando hondo, mordiéndose el labio. Y finalmente bajó la ventana.
—SubĂ.
La cita fue esa misma noche. Él llegó puntual al departamento de ella: amplio, pulcro, decorado con frialdad de catálogo. Ella lo esperaba con una copa de vino, su blusa blanca entreabierta, sin sostén, y una falda que dejaba ver medias negras con liga.
—Te propusiste seducirme, ¿no?
—Lo logré —contestó él.
Ella lo miró fija, apoyada en el respaldo del sofá.
—Hace cinco años que mi marido no me toca. No me mira. No me desea. Y me convertĂ en esta mujer insoportable. Tal vez tenĂas razĂłn, Bruno…
Él se arrodilló frente a ella, deslizó las manos por sus muslos, lentamente, y le besó la rodilla.
—Yo sĂ te deseo. Desde el primer dĂa.
Ella se inclinó, le tomó el rostro y lo besó con una mezcla de furia y necesidad. Lo empujó al sillón, se sentó sobre él, y con una agilidad sorprendente se quitó la blusa. Sus senos maduros, firmes, perfectos, quedaron expuestos, y él los devoró con la boca, las manos, la lengua.
—¡AsĂ, carajo! —gemĂa ella—. ÂżVes lo que necesitaba?
Bruno la alzĂł en brazos, la llevĂł contra la pared y le arrancĂł la falda. No llevaba ropa interior. Ella se aferrĂł a su cuello mientras Ă©l le metĂa la pija de pie, con fuerza, bombeando su concha, profundo, haciendo chocar sus caderas contra sus nalgas redondas, sudadas, calientes.
—¡Dale, más! ¡No pares! ¡No pares! —gritaba Delia, enloquecida, mientras Ă©l la embestĂa con furia y pasiĂłn.
La llevĂł al escritorio donde ella corregĂa exámenes. La doblĂł sobre la mesa, le abriĂł las piernas y la tomĂł por detrás, salvajemente. Ella jadeaba, con la cara contra las hojas de apuntes, mientras Ă©l, le sacaba y metĂa la pija en su concha, la llenaba como ningĂşn hombre en años.
—¿Quién te da lo que necesitás, eh?
—¡Vos! ¡Solo vos, Bruno!
—¿Quién te hace sentir viva?
—¡Mi alumno maldito, mi puto alumno caliente!
Terminó cabalgándolo sobre la cama, ella arriba, gimiendo sin vergüenza, hundiéndose una y otra vez hasta que el orgasmo la hizo convulsionar sobre su cuerpo.
Cuando acabaron, se acostó sobre él, rendida.
—Esto… tiene que repetirse —murmurĂł con una sonrisa—. Pero solo si me decĂs… “mi maestra rica”.
Él la mirĂł, sonriĂł y le susurrĂł al oĂdo:
—Mi maestra rica… mi puta perfecta.

Desde aquella noche, Delia no era la misma. Sus pasos eran más suaves, pero seguros. Sus labios siempre llevaban brillo, y sus blusas, siempre un botón de más abierto. En los pasillos ya no caminaba apurada, sino flotando, como si llevara un secreto delicioso entre las piernas.
Bruno lo sabĂa. Y lo esperaba.
Esa tarde, ella le enviĂł un mensaje:
> “Hoy tengo el departamento para mà sola. Venà después de las seis… tengo ganas de repetir la clase.”
A las 18:03, Bruno tocĂł el timbre.
Delia le abrió la puerta con una bata de satén roja, el cabello suelto, el perfume dulce que le llenó los sentidos apenas cruzó el umbral.
—¿Llegaste puntual? QuĂ© aplicado —le dijo con picardĂa, mientras lo tomaba de la camiseta y lo hacĂa entrar.
La puerta se cerrĂł tras Ă©l, y en un segundo, los labios de Delia ya estaban sobre su cuello. Su bata se abriĂł, dejando al descubierto el conjunto de lencerĂa negro que habĂa elegido para Ă©l: encaje fino, transparencias en los lugares justos, y una tanga mĂnima que no ocultaba nada.
—¿Te gusta? —le preguntĂł, pegada a su oĂdo—. Lo elegĂ pensando en vos…
Bruno la besó con fuerza, con hambre, apretando su cuerpo contra la pared del pasillo. Ella se rió, pero pronto jadeó al sentir sus manos recorriéndola como si no tuviera tiempo que perder.
—Hoy no quiero ternura, Bruno… —le susurró con la voz ronca—. Quiero que me uses como tuya. Que me tomes fuerte. Que me hagas olvidar que soy profesora, esposa… y que solo quede yo, tu hembra.
Bruno no necesitó más.
La alzĂł en brazos, llevándola hasta el sofá. Ella se montĂł sobre Ă©l con las piernas abiertas, frotándose, hĂşmeda, hambrienta, mientras Ă©l le bajaba la tanga con una sola mano. Ella gemĂa, mordiĂ©ndose los labios, soltando frases que nunca se habrĂa atrevido a decir en el aula:
—Decime cosas sucias… —le pedĂa entre jadeos—. ÂżQuiĂ©n soy, Bruno? ÂżTu profe? ÂżTu puta? ÂżLa que se muere por vos?
—Sos mĂa —le gruñó Ă©l, tomándola de la cintura y clavándole la pija —. Solo mĂa, Delia.
Ella gritó, entregándose por completo.
CabalgĂł sobre Ă©l con fuerza, con ritmo, con desesperaciĂłn. Cada vez que Ă©l la agarraba del cuello o le apretaba las caderas, ella se derretĂa. Cambiaron de posiciones, de ritmo, de espacios. En la cocina, en el pasillo, y finalmente en la cama, donde Ă©l la puso en cuatro le lamiĂł la concha y la cogio fuerte, haciĂ©ndola estremecer.
Al terminar, Delia quedĂł jadeando, con el rostro apoyado en la almohada y una sonrisa de puro placer.
—Sos mi mejor alumno… —le dijo sin aliento—. Creo que voy a ponerte matrĂcula de honor.
Bruno se rió, besándola en la espalda.
—Yo solo sigo estudiando lo que más me gusta, profe.

La clase de Derecho Penal habĂa comenzado, pero Bruno no podĂa concentrarse. Delia, más hermosa que nunca, usaba un vestido entallado color vino, ajustado en la cintura, que delineaba perfectamente su silueta madura. El escote sutil dejaba ver apenas el comienzo de sus pechos firmes y deseables. Su cabello estaba suelto, ligeramente ondulado, y su lápiz labial era de un rojo oscuro, que combinaba con su humor: peligroso, intenso, caliente.
Bruno no era el Ăşnico que lo notaba.
—¿vos te diste cuenta que la profe te tiene ganas? —le susurrĂł Mariana, una compañera atrevida, de ojos pĂcaros y jeans ajustados.
—¿QuĂ© decĂs? —respondiĂł Ă©l, haciĂ©ndose el distraĂdo.
—No me hagas la del inocente. Pero no importa —le dijo, apoyando su mano en el muslo de Bruno bajo el banco—. Si no te va lo prohibido, podés probar conmigo. Dicen que las morochas somos más fogosas…
Bruno se tensĂł. Delia justo levantĂł la mirada y los vio. El gesto en su rostro cambiĂł de inmediato: ya no estaba explicando un artĂculo del CĂłdigo, estaba controlando el fuego que le brotaba de adentro.
La clase siguió, pero sus ojos no dejaron de clavarse en Mariana… y en Bruno.
Al terminar, Bruno se quedĂł acomodando sus apuntes. Delia cerrĂł la puerta con llave.
—¿Y ahora también te gustan tus compañeras? —le dijo con frialdad. Se acercó y lo empujó contra el escritorio.
—No pasó nada, Delia, fue ella la que…
—¡Silencio! —le ordenó, tomándolo por el cuello de la camisa—. No quiero excusas.
Lo besĂł con fuerza. Con rabia. Con posesiĂłn. Lo besĂł como si se lo estuvieran por arrebatar. Bruno le devolviĂł el beso, y sus manos fueron directo a sus caderas. Ella ya estaba encendida.
Se subió la falda y se bajó la ropa interior frente a él.
—¿Te gusta esto, Bruno? ¿Esto que no va a tener ninguna otra? —le dijo, abriéndose la concha para él, mojada, hambrienta.
Bruno se arrodilló, la sostuvo de los muslos y le devoró la con la lengua como un salvaje, mientras ella jadeaba agarrada al escritorio.
—¡AsĂ, asĂ! —le susurraba, mordiĂ©ndose los labios—. Ninguna pendeja te va a dar esto como yo… Te voy a dejar marcado, mi amor…
Luego se sentĂł sobre Ă©l, le sacĂł la pija y se metio en la concha, lo cabalgĂł con fuerza, con movimientos circulares, mojada, sudada, cada vez más ruidosa. Él la agarraba de las nalgas mientras ella gemĂa en su oĂdo:
—¿Quién te gusta más? ¿Esa putita o yo? ¿Quién te lo hace mejor, Bruno?
Él solo alcanzaba a decir su nombre mientras se venĂa dentro de ella, temblando. Delia se dejĂł caer sobre su pecho y le lamiĂł el cuello.
—Te quiero solo para mĂ. Y si vuelvo a ver que otra te pone un dedo encima… te castigo. Pero fuerte.

Esa noche, Bruno se tirĂł en la cama, todavĂa sintiendo el cuerpo agitado por lo que habĂa vivido con la profesora. CerrĂł los ojos, intentando relajarse, cuando sonĂł su celular. Era ella.
—¿Hola?
—¿Estás solo, Bruno?
La voz de Delia sonaba grave, cargada de deseo, con un susurro tembloroso.
—SĂ, reciĂ©n llego…
—Perfecto —dijo, respirando fuerte al otro lado del teléfono—. No puedo más, Bruno. Me dejaste enferma… Tu bulto... tu pija... lo tengo metido en la cabeza, no dejo de pensar en él. En cómo me llenaste hoy… cómo me chupaste... Quiero que vengas ya.
Bruno tragĂł saliva. Estaba excitado de inmediato.
—Estoy saliendo.
—La puerta estará abierta. Estoy con una bata, sin nada debajo… y me acabo de tocar pensando en vos.
No dijo más. Cortó.
Bruno se vistiĂł con lo primero que encontrĂł y saliĂł corriendo.
Veinte minutos después, tocó la puerta. Ella no contestó, pero estaba abierta. Entró y el perfume de Delia lo envolvió de inmediato. Sensual, dulce y penetrante.
La encontró en el sofá. Con una bata negra de seda, piernas cruzadas, copa de vino en mano, y una mirada que lo desnudaba.
—Tardaste. Me mojé tres veces esperando que llegaras —le dijo mientras se incorporaba lentamente, dejando caer la bata al piso. No llevaba ropa interior. Nada.
Su cuerpo era glorioso. Madura, firme, curvas perfectas, pechos grandes, pezones duros, y ese monte suave, depilado, brillante de humedad.
—Amo cĂłmo me mirás. Me sentĂs tuya, Âżno? Pues venĂ y demostralo.
Bruno no lo dudó. La tomó del cuello, la besó con hambre, y la cargó hasta la mesa del comedor. La apoyó con firmeza y le abrió las piernas. Ella se masturbaba mientras él se desnudaba.
—Dámelo ya… dame esa pija que me enloquece...
Cuando la penetró, ella gritó. No de dolor, sino de éxtasis. Se arqueó, lo recibió entera, con desesperación. Lo montaba con fuerza, lo arañaba, le chupaba el cuello, los pezones.
—Más fuerte, Bruno… metémelo hasta el fondo, rompeme la concha, llename toda… Quiero que me acabes dentro, como la última vez.
Lo hacĂa con todo el cuerpo. GemĂa su nombre, le pedĂa más, se lo chupaba hasta babearlo por completo, mirándolo a los ojos. Lo devorĂł. Luego Ă©l la puso en cuatro sobre la mesa. La tomĂł por la cintura y le entrĂł con fuerza, golpeando con sus caderas mientras ella se tocaba.
—SĂ, sĂ, asĂ mi amor... rompeme, marcame...
Cuando se vino, gritĂł su nombre con una mezcla de lujuria y ternura. CayĂł sobre la mesa, sudada, satisfecha, vencida.
Bruno se acercó, la abrazó por detrás, aún dentro de ella.
—Estás loca —le dijo, sonriendo.
—Sà —respondió ella—. Por tu pija... por vos.

Bruno no habĂa podido dormir desde aquella noche.
La forma en que Delia lo usĂł, lo devorĂł, lo montĂł como si fuera suyo… lo habĂa dejado obsesionado.
Y cuando se cruzaban en clase, ella solo lo miraba de reojo, con una sonrisa ladina, como si supiera que Ă©l ya no podĂa pensar en otra cosa que no fuera estar entre sus piernas.
Hasta que una tarde, le llegĂł un mensaje:
> “Hoy no quiero hablar.
Hoy te quiero dentro.
21:00. Venà duchado. —D”
Bruno llegĂł puntual, excitado, nervioso, con el corazĂłn latiendo en la garganta.
La puerta estaba abierta.
EntrĂł.
La luz tenue. Un leve aroma a incienso.
Y entonces la vio.
Delia estaba parada frente a la ventana, de espaldas, usando un conjunto de encaje rojo transparente, con una abertura en la entrepierna. No llevaba nada más.
Se girĂł lentamente, lo mirĂł con una sonrisa de loba y dijo:
—Esta noche no vas a olvidarla nunca, mi amor.
Se acercĂł despacio, caminando como una diosa del sexo. Le desabrochĂł la camisa sin dejar de mirarlo a los ojos. Le bajĂł el pantalĂłn con una mano, y con la otra acariciĂł su erecciĂłn palpitante.
—¿Esto es todo para m� —susurró, y sin esperar respuesta se lo metió en la boca con una pasión feroz, como si lo necesitara para vivir.
Bruno gemĂa, se aferraba a su pelo, loco de placer.
—¡Profe… Delia… me estás volviendo loco!
Ella lo mirĂł con los labios llenos de saliva y deseo.
—No soy tu profe esta noche. Soy tu puta, tu diosa, tu necesidad.
Se lo llevó al dormitorio, lo empujó sobre la cama y se subió a él, de espaldas, con su culazo perfecto meneando encima.
Lo cabalgó lento primero, apretando su concha mojada contra la pija dura, luego rápido, como si lo quisiera exprimir.
Bruno no podĂa más. Ella girĂł, se sentĂł de frente, lo besĂł con hambre, y le dijo al oĂdo:
—Quiero que me lo metas por todos . Quiero que me llenes como nunca antes.
Se puso en cuatro. Bruno le abrió las nalgas y la penetró desde atrás, fuerte, profundo, haciéndola gritar. Luego bajó la mano, humedeció el culo con sus dedos, y ella solo dijo:
—SĂ… hacelo… ¡todo tuyo!
Bruno entrĂł lento, tenso, mientras ella se retorcĂa de placer salvaje, apretando las sábanas, pidiĂ©ndole más, como una mujer adicta a su pija.

Cuando él acabó, temblando, jadeando, ella se giró, lo besó lento, y le dijo:
—¿Ahora entendés por qué ya no te comparto con nadie?
Bruno la mirĂł a los ojos.
Ya no tenĂa dudas.
Estaba perdido por ella.
Bruno estaba en la biblioteca de la facultad, intentando estudiar. Pero no podĂa concentrarse.
La forma en que Delia lo habĂa cabalgado la Ăşltima vez, su voz jadeando su nombre, el sabor de su piel… todo eso le ardĂa en la memoria.
SentĂa su pija dura solo de pensar en ella.
A las 7:23 p. m., sonĂł su celular.
Un mensaje de WhatsApp:
> DELIA: “Estoy sola en casa. VenĂ. No toques el timbre, abrĂ con la llave que te di.”
Y luego, una foto.
Una selfie en el espejo, con un conjunto negro de encaje, el pezĂłn derecho asomando entre el encaje, y la mano de ella bajando la bombacha, mostrando su conchita depilada y hĂşmeda.
El mensaje debajo:
> “Me tenés enferma. Adicta a tu pija. Venà ya.”
Bruno saliĂł corriendo.
Delia lo esperaba recostada en el sofá, con las piernas abiertas, sin bombacha.
Se relamiĂł al verlo.
—Por fin llegás —dijo con una sonrisa pecaminosa—. Casi me masturbo pensando en vos… pero preferà guardarme para tu boca.
Bruno no dijo nada. Se arrodilló entre sus piernas y le devoró la concha como un hambriento.
Ella gemĂa con fuerza, tomándole la cabeza, refregándole la vagina en la boca.
—SĂ… asĂ, mi amor… ¡Hacelo como solo vos sabĂ©s hacerlo!
Se retorcĂa, le apretaba los muslos, le hablaba sucio al oĂdo, mojándolo todo.
—Metémela, Bruno… ¡ya!
Él se puso de pie, sacó su pija dura como un tronco, y se la metió de un solo empujón.
Ella gritĂł de placer, lo abrazĂł con las piernas, y empezĂł a moverse con una ferocidad deliciosa.
—No sabés lo que me hacés sentir… No sabés lo que me calienta tenerte encima —susurró mientras él la empalaba con fuerza.
Bruno la levantĂł, la puso contra la pared y siguiĂł bombeando su concha, duro, le chupaba las tetas, mientras ella le mordĂa el cuello y se le aferraba como si fuera a desmayarse.
—Quiero tu leche dentro… Quiero que me llenes… ¡hacelo ya!
Él terminó rugiendo, descargándose en su interior.
Se dejaron caer al suelo, sudados, jadeando.
Después de unos minutos de silencio, ella lo miró seria.
—Bruno… si alguna vez te veo con otra… te juro que no respondo.
—¿Celosa, profe?
—Loca por vos —dijo mordiéndose el labio—. Y cuando me pongo loca, soy capaz de cualquier cosa…

Delia lo miraba desde la cama, desnuda, con el cuerpo todavĂa brillando de sudor. Bruno, acostado junto a ella, acariciaba su muslo lentamente, sin hablar.
HabĂan pasado la noche entera juntos. Cinco veces lo habĂa montado, y Ă©l no se habĂa negado a ninguna. Se buscaban con un deseo imposible de apagar.
Pero ahora, algo más serio latĂa en el aire.
—Bruno… —dijo ella, con voz ronca, mientras le pasaba los dedos por el pecho—. Hoy firmé los papeles del divorcio.
Él se incorporó un poco, sorprendido.
—¿En serio?
Delia asintiĂł lentamente.
—SĂ. Ya no tiene sentido seguir con un hombre que hace años no me toca. Ni me mira. Ni me habla.
En cambio vos… vos me devolviste la vida.
Bruno la miraba en silencio. Su cuerpo le encantaba, sĂ… pero tambiĂ©n su fuego, su entrega, su carácter.
—¿Y ahora quĂ©? —preguntĂł Ă©l, sabiendo que lo que venĂa no era una simple aventura.
Ella se sentó sobre él, despacio, con sus muslos acariciando los costados de su cuerpo. Apoyó la mano en su pecho y lo miró a los ojos.
—Te pregunto a vos, Bruno… ¿Estás listo para algo más?
ÂżEstás listo para vivir conmigo? Para dejar de esconderte. Para ser mĂo, de verdad.
Porque si me das tu fidelidad y tu pija … yo te doy TODO.
Él tragó saliva. El tono dominante, el fuego en sus ojos, el deseo brutal pero acompañado de ternura, lo dejaban sin palabras.
—Te juro que te voy a hacer acabar cada noche. Que voy a esperarte con lencerĂa. Que vas a dormir con la boca llena de mĂ.
—¿Y solo me pedĂs fidelidad y virilidad? —dijo Ă©l, sonriendo.
Delia bajĂł la mano y le acariciĂł la pija , que ya comenzaba a endurecerse de nuevo.
—SĂ. Con eso me alcanza para ser feliz.
Pero más te vale que no me falles… porque soy toda tuya, pero te quiero solo para mĂ.
Bruno la tomĂł de la cintura y la atrajo hacia sĂ.
Ella bajó, montándolo despacio, mientras se besaban profundamente.
—Entonces, profe…
—¿Mmm?
—Me quedo con vos.
Ella sonriĂł con los ojos cerrados y empezĂł a cabalgarlo lento, como una reina satisfecha que por fin tenĂa a su amante perfecto entre las piernas.
Y mientras se movĂa sobre Ă©l, le susurrĂł:
—Bienvenido a tu nueva vida, mi amor… y andá acostumbrándote: vas a acabar todos los dĂas… y no solo con la pija.

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