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94/1📑Club Luna Dorada – Parte 1

94/1📑Club Luna Dorada – Parte 1


Era de noche cuando el yate privado se acercĂł a la isla.
A lo lejos, se veĂ­an las luces doradas brillando entre la selva, reflejadas en la piscina central. Una mujer de piel bronceada y curvas marcadas esperaba en el muelle con una tablet y una sonrisa discreta.

—Bienvenido al Club Luna Dorada —dijo, escaneando su retina—. Salud aprobada. Antecedentes limpios. Membresía confirmada.

Dos asistentes se acercaron y lo ayudaron a quitarse la ropa.
Le colocaron una remera blanca con el logo del club —una luna dorada con una gota en el centro—, larga hasta el muslo. Nada debajo.
Luego, una mujer se arrodillĂł y con manos suaves le colocĂł un anillo fluorescente en la base del pene.
SintiĂł una leve vibraciĂłn.
Y su erecciĂłn comenzĂł a crecer lentamente.

—Esto mantendrá tu virilidad a punto durante toda la noche. El anillo responde a la química del deseo —dijo ella, guiñándole un ojo—. No te preocupes… no hay botón de “off”.

En el vestíbulo principal, todo era mármol cálido y música chill sensual. Hombres caminaban con sus remeras blancas y miembros erguidos, marcados bajo la tela. Las mujeres llevaban únicamente pulseras fluorescentes en las muñecas o tobillos. Todas, hermosas, desnudas, oliendo a perfume caro y deseo.

Alguien tocĂł su brazo.

—¿Nuevo? —preguntó una voz femenina, ronca y segura.

Era Ella. Morena, pelo lacio, pechos grandes, tatuajes discretos en la cadera. TenĂ­a una pulsera dorada doble: nivel alfa.

—Me llamo Isis. Elijo a quién quiero. Y esta noche… te quiero a vos.

Lo condujo hacia la piscina central. Todo estaba iluminado por luces suaves, con vapor flotando en el aire. Otras parejas ya se tocaban, se besaban, se penetraban sin miedo, sin secretos.

Isis lo sentó en un diván húmedo. Se arrodilló.
Le levantĂł la remera.
El anillo fluorescente brillaba con intensidad, rodeando su erecciĂłn palpitante.

—Estás perfecto —susurró—. Ahora... mi boca va a darle la bienvenida al club.

Y se lo metió entero, sin dudar. Lo mamaba con profundidad, mojándolo con su saliva, mientras sus tetas se balanceaban entre sus muslos.
Tomás —porque sí, él seguía siendo el protagonista— la tomó del pelo, y sintió cómo ella le dejaba el control. Pero solo por un momento.

Se subió sobre él, con su concha mojada, caliente.
Lo montĂł despacio, sintiendo cĂłmo la llenaba por completo.

—Acá no hay timidez —dijo ella, mordiéndole el cuello—. Acá solo hay placer y obediencia.

Isis cabalgaba su pija con ritmo perfecto, mirándolo a los ojos, hablándole sucio al oído.
Cuando él estuvo por acabar, ella se bajó, lo acarició, y lo hizo terminar en sus tetas, untándose con su semen mientras se reía.

—Ahora estás marcado. Sos parte del club.

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Más tarde, en la discoteca subterránea, vio orgías suaves, tríos sensuales, sexo en los sillones, en la pista, en las duchas.
Las luces doradas bañaban cada cuerpo. El deseo flotaba como perfume. Y una pantalla marcaba:

> "Los elegidos para la habitaciĂłn 13, por invitaciĂłn especial."

Su nombre apareciĂł.

Y también el de tres mujeres más.

La pantalla brillante flotaba sobre la pista, como un oráculo digital.
“Habitación 13 – Invitación especial”
Los nombres parpadeaban uno a uno… y el suyo era el último.

Un asistente lo encontrĂł enseguida.

—Seguí la línea roja en el piso. No hables. No toques. Esperá a ser elegido.

Tomás caminó descalzo, apenas cubierto por la remera blanca del club, su erección constante gracias al anillo fluorescente que latía como una joya viva entre sus piernas.
La lĂ­nea roja lo llevĂł a una puerta sin manija. Se abriĂł sola.

Adentro, la oscuridad olĂ­a a incienso, sexo y vino dulce.

En el centro, un colchón circular gigante, rodeado de cortinas negras y luces cálidas.
HabĂ­a tres mujeres.
Desnudas, majestuosas, sentadas como diosas, con pulseras dobles de color violeta. Nivel máximo. Nivel sacerdotisa.

—Bienvenido, Tomás —dijo una, de piel canela, cuerpo atlético, pezones perforados—. Tu energía ha sido seleccionada.
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—En esta sala, no existe el no —añadió otra, pelirroja, con una cicatriz en la cadera y mirada de fuego—. Pero sí existe el castigo.

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La tercera, morena, ojos felinos, se arrastró hasta él y le sacó la remera, dejándolo completamente desnudo.

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—Nuestro placer es tu deber.

Sin más, se turnaron para inspeccionarlo.
Una se arrodilló y le lamió los testículos, jugando con el anillo fluorescente. Otra se sentó sobre su cara, abriéndose con los dedos y restregando su concha sin piedad.
La tercera montó su pija con fuerza mientras las otras lo sujetaban.

Era un ritual.

Las tres gemían, se tocaban entre sí, se lo turnaban, se masturbaban con su semen, lo obligaban a lamerlas, las cogía por turnos, en posturas cada vez más salvajes, más sucias.

En un momento, una trajo una pequeña caja negra.

—Hora del tributo —susurró.

SacĂł un lĂ­quido espeso y oscuro, lo untĂł sobre su pene erecto, y se lo metiĂł de golpe en la boca mientras una de ellas le mordĂ­a el cuello.

Su cuerpo vibraba, su mente flotaba.

No sabía cuántas veces había acabado. Ni dónde. Ni dentro de quién.

Pero cuando lo dejaron recostado, temblando, cubierto de sudor y fluidos, la morena le dijo algo al oĂ­do:

—Ahora sos parte del círculo dorado. Pero aún no conociste la zona roja.

Antes de irse, le deslizó un pequeño triángulo negro de cuero en la mano.

—Cuando estés listo… llevá esto al pasillo sur. Solo los marcados entran allí.


Tomás despertó con el cuerpo adolorido, pero pleno.
Su pene, todavĂ­a anillado, seguĂ­a erecto aunque su mente flotaba entre los ecos de la HabitaciĂłn 13.
En su palma, el pequeño triángulo negro le recordaba que su experiencia recién comenzaba.

En el comedor nudista del club, una mujer con remera cubriéndo sus tetas y la concha al aire se le acercó.

—Tu energía necesita equilibrarse —dijo, sin preguntar su nombre—. Te esperan en el Spa Tántrico. Vas a entrar como hombre. Vas a salir como fuego.

El camino serpenteaba entre vegetaciĂłn hĂşmeda. Lianas, vapor, flores exĂłticas. El aire estaba cargado de feromonas y sonidos suaves, como jadeos lejanos.

Una cortina de cuentas se abriĂł.
El spa era un santuario: cuerpos desnudos tendidos en colchonetas de seda, luces bajas, mĂşsica tribal. Ninguna palabra. Solo tacto. RespiraciĂłn. Gemidos contenidos.

Dos mujeres jĂłvenes se le acercaron. Gemelas Orientales.
Piel de porcelana, cuerpos atléticos, cabellos trenzados.
Llevaban solo pequeños taparrabos transparentes y aceites en las manos.
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—Yo soy Lúa, ella es Nira —susurraron —. Nosotras no cogemos… despertamos.

Lo recostaron boca arriba, despojándolo de la remera del club. El anillo fluorescente aún brillaba en su base. Su pija erecta palpitaba, lista.

No lo tocaron al principio.

Primero, lo acariciaron en cĂ­rculos: cuello, pecho, piernas.
Sus manos eran como alas hĂşmedas. Se deslizaban con aceite caliente, rozando apenas la piel.
Lo besaban sin labios. Lo excitaban sin tocarle la pija directamente.

Hasta que Nira se sentĂł sobre su abdomen, mojada, con su pija palpitante a milĂ­metros de su concha.

—Respirá conmigo —ordenó.

Lo miró fijo a los ojos, mientras Lúa se arrastraba por detrás y le lamía los testículos con lentitud cruel.
Tomás cerró los ojos, temblando.

No necesitaba penetrar a nadie.
El placer nacĂ­a del control. De la rendiciĂłn.

De pronto, Nira descendió, no sobre su pene … sino entre sus muslos.
Lo montó apretando sus muslos al costado del pene erecto, frotando su clítoris contra él, mientras lo miraba fijo.

—No acabes todavía. No respires tan rápido.

Cada vez que él estaba por correrse, ella se detenía, presionando un punto en su abdomen, sonriendo con crueldad.

—En el tántrico, el clímax es mental. Prolongado. Inmortal.

Finalmente, Lúa lo envolvió con su cuerpo desde atrás, acariciándole el pecho, susurrando en su oído palabras en una lengua desconocida.

Y fue entonces cuando ambas, sincronizadas, lo hicieron acabar sin tocar su pene directamente.
Solo con presiĂłn, respiraciĂłn, y energĂ­a.

Tomás explotó entre espasmos, su semen saliendo en chorros violentos mientras las gemelas lo sostenían como si fuera un ritual.

—Sos uno de los pocos.
—Uno de los que ahora pueden entrar… a la Zona Roja.

Antes de dejarlo, deslizaron otro sĂ­mbolo en su pecho.
Un cĂ­rculo rojo tatuado con tinta tibia, justo sobre el corazĂłn.

—Cuando estés listo, la oscuridad también será placer.



El día amanecía con neblina suave sobre la isla. Tomás caminaba desnudo hacia el bar central, su cuerpo aún tibio del spa, con el tatuaje rojo en el pecho y el anillo fluorescente aún ajustado a su base.

El Club Luna Dorada seguĂ­a vibrando con erotismo: cuerpos bronceados, fluidos compartidos, sexo en cada rincĂłn.

Pero entonces… la sintió.

No fue que la vio. La sintiĂł.

Una presencia nueva. Una mujer recién llegada.

Entró caminando desde el muelle privado, acompañada por dos asistentes.
Alta, pelo corto y negro, gafas oscuras, una remera blanca con el logo del club. Concha al aire.
Nada más.
Su cuerpo era perfecto. Pero no era eso lo que imponía…
Era su aire de control. De peligro. De algo que no debía estar ahí… pero estaba igual.

Tomás no podía dejar de mirarla.

Ella se detuvo frente a él.
Se quitĂł las gafas.
Sus ojos eran color gris tormenta.

—¿Sos Tomás? —preguntó, como si ya lo supiera.
—Sí…
—Entonces vení conmigo. Ahora.

Sin preguntar nada, lo tomó del pene, lo estiró suavemente hacia ella, y lo guió hasta una cabaña apartada del complejo.
Una que no aparecĂ­a en el mapa del club.

Adentro, el espacio era sobrio. Solo un sillón de cuero, un espejo gigante, y una mesa con objetos que parecían… prohibidos incluso para el Luna Dorada.

Ella se quitĂł la remera. No llevaba pulsera fluorescente.
No tenĂ­a nada de identificaciĂłn.
Solo un tatuaje de luna negra en la nuca.

—Acá mando yo.
—¿Y vos sos…? —preguntó Tomás.
—Una visitante especial. Me invitaron por una sola noche. Y quiero una cosa de vos. Toda.

Se sentĂł con las piernas abiertas, sin tocarse.
—Ponete de rodillas. Mirá. No toques.

Tomás obedeció. Ella se abrió la concha con los dedos. Estaba mojada, palpitante.

—Si me hacés acabar dos veces con la lengua, te dejo cogerme. Si no, te vas del club.

El desafío lo excitó aún más.

La comiĂł como si se lo fueran a prohibir para siempre.
Con la lengua adentro, con la nariz en el clítoris, con las manos sujetándola fuerte.
Ella gemía sin mirarlo, con los ojos cerrados, masturbándose los pezones.

Cuando se vino la primera vez, lo golpeĂł suavemente en la mejilla.

—Falta una.

Siguió. Más lento, más sucio. La besó por dentro, la chupó, la mordió.
Y cuando se vino la segunda vez, ella montĂł su pija sin avisar.
Su concha lo tragĂł entero de una, mojada, resbalosa, caliente como lava.

Lo cabalgó sin compasión, rebotando, mirándolo fijo al espejo.
No lo dejaba tocarla. Solo mirar.

—No acabes. No todavía.
—No puedo…
—Sí podés. Yo decido cuándo.

Le arrancó el anillo fluorescente con una sola mano, lo lanzó lejos, y lo montó con fuerza hasta que él gritó como nunca antes.

AcabĂł en ella, profundo, con temblores.

Ella se bajĂł, se lamiĂł los dedos, se puso la remera con calma.
Y antes de irse, le dijo:

—Yo no juego. Yo marco.
Y ahora estás marcado por mí.

DejĂł un sobre negro sobre la mesa.

Dentro, solo una tarjeta con un nĂşmero:
“666. Zona Prohibida. Acceso solo por invitación.”

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