Catalina era de ciudad. Rubia, pelo lacio, uñas impecables, cuerpo tonificado por pilates y cirugĂa. Mandona, altiva, insoportable. DecĂa las cosas como si todos fueran sus empleados. Y ahora estaba allĂ, en el campo, descansando en la estancia familiar que heredĂł de su abuelo.
Todo era pasto, calor y mosquitos… hasta que vio al capataz.
Tomás era un hombre de pocas palabras, piel curtida, brazos fuertes, barba crecida y una mirada que no bajaba la cabeza ante nadie. A Catalina eso la sacaba.
—Te pedĂ que cortaras el pasto del camino antes del mediodĂa —le dijo el segundo dĂa, en short diminuto y top blanco sin sostĂ©n.
—Y yo le dije que lo iba a hacer cuando terminara de darle de comer a los animales. Si no le gusta, puede hacerlo usted misma —le respondió él, mirándola directo a los ojos… y al escote.
Catalina bufĂł y se fue caminando como una reina ofendida. Pero por dentro… estaba mojada. No sabĂa por quĂ©, pero esa forma de hablarle, de plantarse, la habĂa calentado más que cualquier pija de ciudad.
Esa noche, no podĂa dormir. BajĂł a tomar agua… y lo encontrĂł en la cocina. Solo, en bĂłxer, sudado. Tomás la mirĂł, notĂł su bata abierta dejando ver las tetas… y se acercĂł
—¿Está enojada todavĂa, princesita?
—Estás despedido —dijo ella, pero sin fuerza.
—¿S� Entonces echeme después de esto…
Tomás la agarró de la nuca y la besó como un salvaje. Catalina, contra toda lógica, le metió la lengua y se aferró a sus hombros como si se ahogara. Él la alzó con una sola mano por la cintura y la sentó sobre la mesa. Le abrió las piernas, arrancó la bombacha de encaje, y le pasó los dedos por la concha mojada.
—Mirá cómo te calentás cuando te ponen en tu lugar.
—Callate y metémela, bruto… —jadeó ella, empujando su pelvis.
Tomás se bajó el bóxer y sacó una pija gruesa, venosa, colosal. Catalina abrió los ojos como si hubiera visto a Dios. No dijo nada. Se acostó boca arriba sobre la mesa, se abrió de piernas, y lo invitó con una sonrisa soberbia:
—A ver si sabés usarla, macho de campo.
Él se la metiĂł de una, con fuerza, haciĂ©ndola gritar. La cogiĂł de la concha como nadie la habĂa cogido: de frente, apretandole las tetas, de lado, tomándola del cuello, con nalgadas que la hacĂan chillar de placer. Catalina acabĂł dos veces sin poder controlarlo, mojando la mesa entera.
Y cuando pensó que era suficiente, él la puso boca abajo, le escupió el culo y lo fue abriendo con la cabeza del pene, con paciencia… hasta metérselo. Ella chilló, se arqueó, y luego se entregó completamente, mientras él le bombeaba y llenaba el culo de pija y orgullo rural.
—¡SĂ, Tomás, rompeme el culo, cogeme como a una yegua!
Cuando acabĂł, con semen en la concha y el culo ardiendo, Catalina se quedĂł jadeando, temblorosa, rendida.
—Decime que te vas —le dijo él, mientras la acariciaba.
—¿Irme? Ahora sos mĂo, capataz… y esa pija tambiĂ©n.
HabĂan pasado dos semanas desde la noche en que Catalina fue poseĂda sobre la mesa de la cocina. Desde entonces, su cuerpo se despertaba todos los dĂas esperando lo mismo: las manos fuertes de Tomás, su voz grave, y esa pija de campo que le borraba los modales de cheta.
Lo que empezĂł como un polvo rabioso, se volviĂł un fuego que no paraba. Cogian en el establo, en el galpĂłn, Ă©l la culeaba contra los árboles. Tomás no la trataba como una dama… la trataba como una yegua salvaje que Ă©l habĂa domado.

Esa mañana, él la esperó con dos caballos ensillados.
—Vamos a cabalgar un poco, princesa —le dijo, con una media sonrisa y la mirada que le mojaba la bombacha.
Catalina, enfundada, con sombrero y botas, short diminuto, ajustado y sin ropa interior, montĂł con elegancia. Pero el roce del sillĂn con su vagina ya la tenĂa temblando antes de llegar al primer cerro.
Cruzaron el campo hasta un claro rodeado de árboles. Sol, pasto alto, y silencio.
Tomás la ayudó a bajar. La apoyó contra el tronco de un árbol y le bajó el short de un tirón. Catalina ya estaba empapada. Se lamió los dedos, se abrió los labios de la concha y le dijo:
—Cogeme encima del caballo. Quiero montarte como si fueras mi semental.
Tomás no dijo una palabra. Se subió a su caballo, se bajó el cierre y sacó esa pija gruesa, dura, palpitante. Catalina se trepó de un salto, se colocó sobre él, y bajó lentamente su concha sobre ese pene. hasta sentirla entera adentro.
—¡Mierda! —gritó—. ¡Está más grande que nunca, hijo de puta!
Cabalgaba como una diosa: tetas rebotando, pelo al viento, gimiendo sin pudor mientras el caballo trotaba lento. Tomás le agarraba las nalgas, las abrĂa, le metĂa un dedo en el culo mientras ella cabalgaba su pija como si fuera la dueña del campo… y de su cuerpo.
—Te amo, carajo —jadeó Catalina, sudando—. Me volviste adicta a vos… a esta pija… a tu olor… a todo.
Tomás la besó salvaje, y la cogió de pie, a un costado del caballo, empujándola con todo su pene, hasta que ella acabó gritando, temblando entre sus brazos.
Cuando terminaron, se acostaron desnudos sobre la hierba, cubiertos por el sol del mediodĂa.
Catalina le acariciĂł el pecho y sonriĂł.
—Si me quedo, Âżme seguĂras cogiendo asĂ todos los dĂas?
—Si te quedás, te hago mĂa cada mañana antes de que salga el sol.
Ella lo mirĂł, seria.
—Entonces andá ensillando ese caballo … porque no pienso volver a la ciudad.
Catalina ya no era la mujer de ciudad que habĂa llegado al campo con soberbia. Ahora, cada amanecer la encontraba desnuda, montada sobre Ă©l pene de Tomás, con el cuerpo rendido y la piel marcada por el sol, la tierra… y el amor salvaje que Ă©l le hacĂa.
Una tarde calurosa, mientras el sol caĂa naranja sobre la llanura, Tomás le propuso dar un paseo a pie hasta el arroyo. Catalina aceptĂł, sabiendo que si Ă©l decĂa “paseo”, significaba terminar desnuda y sin fuerzas.
Llegaron al arroyo, donde el agua corrĂa clara y frĂa entre piedras suaves y pasto hĂşmedo.
Catalina se quitó la ropa despacio, dejando que él la mirara. Se metió al agua hasta los muslos, se agachó, y con una sonrisa sucia dijo:
—Traéme esa pija , gaucho. Tengo la boca seca.
Tomás se acercó, sacándose el pantalón, con la pija gruesa y palpitante. Catalina se arrodilló en el agua y la tomó con ambas manos, le dio un beso lento en la punta y luego se la metió entera en la boca, chupando como una desesperada, jadeando entre lengüetazos mientras él le acariciaba el pelo.
—Eso es, tragátela toda… —murmuró él.
Ella se sacĂł la verga de la boca, se acostĂł en el pasto hĂşmedo y abriĂł las piernas:
—Ahora montame, que quiero sentirla adentro, bien profundo.
Tomás se tirĂł encima, la penetrĂł, haciĂ©ndola gemir alto, embistiendo como si el mundo se acabara. Ella cabalgĂł su pene como una yegua salvaje, con el pelo mojado, las tetas botando, y el chupandoselasÂ
—Me estás volviendo adicta… —susurró, mordiendo su labio.
La cogiĂł de lado, luego de espaldas, la penetrĂł con fuerza mientras ella le pedĂa más, más, más. Entonces le escupiĂł el culo, lo abriĂł con los pulgares, y se lo metiĂł lento, haciĂ©ndola gritar de puro placer.
—¡SĂ, Tomás, llename el culo, rompemelo, haceme tuya!
La cogiĂł con el rĂo como mĂşsica de fondo, con el sol calentando sus cuerpos mojados, con las manos llenas de tierra y pasiĂłn.
Cuando sintió que iba a acabar, se la sacó de adentro, se la pajeó unos segundos y le acabó en las tetas, cubriéndole los pezones con chorros calientes que ella se untó con los dedos y se lamió, mirándolo a los ojos.
—Sos mĂa, y de nadie más —dijo Ă©l.
—Siempre lo fui, pero no lo sabĂa… hasta que me rompiste el alma y el culo.
Se abrazaron desnudos, respirando agitados, sabiendo que eso no era solo sexo. Era algo más. Era sucio, sĂ. Intenso. Pero tambiĂ©n… inevitable.
Todo era pasto, calor y mosquitos… hasta que vio al capataz.
Tomás era un hombre de pocas palabras, piel curtida, brazos fuertes, barba crecida y una mirada que no bajaba la cabeza ante nadie. A Catalina eso la sacaba.
—Te pedĂ que cortaras el pasto del camino antes del mediodĂa —le dijo el segundo dĂa, en short diminuto y top blanco sin sostĂ©n.
—Y yo le dije que lo iba a hacer cuando terminara de darle de comer a los animales. Si no le gusta, puede hacerlo usted misma —le respondió él, mirándola directo a los ojos… y al escote.
Catalina bufĂł y se fue caminando como una reina ofendida. Pero por dentro… estaba mojada. No sabĂa por quĂ©, pero esa forma de hablarle, de plantarse, la habĂa calentado más que cualquier pija de ciudad.
Esa noche, no podĂa dormir. BajĂł a tomar agua… y lo encontrĂł en la cocina. Solo, en bĂłxer, sudado. Tomás la mirĂł, notĂł su bata abierta dejando ver las tetas… y se acercĂł
—¿Está enojada todavĂa, princesita?
—Estás despedido —dijo ella, pero sin fuerza.
—¿S� Entonces echeme después de esto…
Tomás la agarró de la nuca y la besó como un salvaje. Catalina, contra toda lógica, le metió la lengua y se aferró a sus hombros como si se ahogara. Él la alzó con una sola mano por la cintura y la sentó sobre la mesa. Le abrió las piernas, arrancó la bombacha de encaje, y le pasó los dedos por la concha mojada.
—Mirá cómo te calentás cuando te ponen en tu lugar.
—Callate y metémela, bruto… —jadeó ella, empujando su pelvis.
Tomás se bajó el bóxer y sacó una pija gruesa, venosa, colosal. Catalina abrió los ojos como si hubiera visto a Dios. No dijo nada. Se acostó boca arriba sobre la mesa, se abrió de piernas, y lo invitó con una sonrisa soberbia:
—A ver si sabés usarla, macho de campo.
Él se la metiĂł de una, con fuerza, haciĂ©ndola gritar. La cogiĂł de la concha como nadie la habĂa cogido: de frente, apretandole las tetas, de lado, tomándola del cuello, con nalgadas que la hacĂan chillar de placer. Catalina acabĂł dos veces sin poder controlarlo, mojando la mesa entera.
Y cuando pensó que era suficiente, él la puso boca abajo, le escupió el culo y lo fue abriendo con la cabeza del pene, con paciencia… hasta metérselo. Ella chilló, se arqueó, y luego se entregó completamente, mientras él le bombeaba y llenaba el culo de pija y orgullo rural.
—¡SĂ, Tomás, rompeme el culo, cogeme como a una yegua!
Cuando acabĂł, con semen en la concha y el culo ardiendo, Catalina se quedĂł jadeando, temblorosa, rendida.
—Decime que te vas —le dijo él, mientras la acariciaba.
—¿Irme? Ahora sos mĂo, capataz… y esa pija tambiĂ©n.
HabĂan pasado dos semanas desde la noche en que Catalina fue poseĂda sobre la mesa de la cocina. Desde entonces, su cuerpo se despertaba todos los dĂas esperando lo mismo: las manos fuertes de Tomás, su voz grave, y esa pija de campo que le borraba los modales de cheta.
Lo que empezĂł como un polvo rabioso, se volviĂł un fuego que no paraba. Cogian en el establo, en el galpĂłn, Ă©l la culeaba contra los árboles. Tomás no la trataba como una dama… la trataba como una yegua salvaje que Ă©l habĂa domado.

Esa mañana, él la esperó con dos caballos ensillados.
—Vamos a cabalgar un poco, princesa —le dijo, con una media sonrisa y la mirada que le mojaba la bombacha.
Catalina, enfundada, con sombrero y botas, short diminuto, ajustado y sin ropa interior, montĂł con elegancia. Pero el roce del sillĂn con su vagina ya la tenĂa temblando antes de llegar al primer cerro.
Cruzaron el campo hasta un claro rodeado de árboles. Sol, pasto alto, y silencio.
Tomás la ayudó a bajar. La apoyó contra el tronco de un árbol y le bajó el short de un tirón. Catalina ya estaba empapada. Se lamió los dedos, se abrió los labios de la concha y le dijo:
—Cogeme encima del caballo. Quiero montarte como si fueras mi semental.
Tomás no dijo una palabra. Se subió a su caballo, se bajó el cierre y sacó esa pija gruesa, dura, palpitante. Catalina se trepó de un salto, se colocó sobre él, y bajó lentamente su concha sobre ese pene. hasta sentirla entera adentro.
—¡Mierda! —gritó—. ¡Está más grande que nunca, hijo de puta!
Cabalgaba como una diosa: tetas rebotando, pelo al viento, gimiendo sin pudor mientras el caballo trotaba lento. Tomás le agarraba las nalgas, las abrĂa, le metĂa un dedo en el culo mientras ella cabalgaba su pija como si fuera la dueña del campo… y de su cuerpo.
—Te amo, carajo —jadeó Catalina, sudando—. Me volviste adicta a vos… a esta pija… a tu olor… a todo.
Tomás la besó salvaje, y la cogió de pie, a un costado del caballo, empujándola con todo su pene, hasta que ella acabó gritando, temblando entre sus brazos.
Cuando terminaron, se acostaron desnudos sobre la hierba, cubiertos por el sol del mediodĂa.
Catalina le acariciĂł el pecho y sonriĂł.
—Si me quedo, Âżme seguĂras cogiendo asĂ todos los dĂas?
—Si te quedás, te hago mĂa cada mañana antes de que salga el sol.
Ella lo mirĂł, seria.
—Entonces andá ensillando ese caballo … porque no pienso volver a la ciudad.
Catalina ya no era la mujer de ciudad que habĂa llegado al campo con soberbia. Ahora, cada amanecer la encontraba desnuda, montada sobre Ă©l pene de Tomás, con el cuerpo rendido y la piel marcada por el sol, la tierra… y el amor salvaje que Ă©l le hacĂa.
Una tarde calurosa, mientras el sol caĂa naranja sobre la llanura, Tomás le propuso dar un paseo a pie hasta el arroyo. Catalina aceptĂł, sabiendo que si Ă©l decĂa “paseo”, significaba terminar desnuda y sin fuerzas.
Llegaron al arroyo, donde el agua corrĂa clara y frĂa entre piedras suaves y pasto hĂşmedo.
Catalina se quitó la ropa despacio, dejando que él la mirara. Se metió al agua hasta los muslos, se agachó, y con una sonrisa sucia dijo:
—Traéme esa pija , gaucho. Tengo la boca seca.
Tomás se acercó, sacándose el pantalón, con la pija gruesa y palpitante. Catalina se arrodilló en el agua y la tomó con ambas manos, le dio un beso lento en la punta y luego se la metió entera en la boca, chupando como una desesperada, jadeando entre lengüetazos mientras él le acariciaba el pelo.
—Eso es, tragátela toda… —murmuró él.
Ella se sacĂł la verga de la boca, se acostĂł en el pasto hĂşmedo y abriĂł las piernas:
—Ahora montame, que quiero sentirla adentro, bien profundo.
Tomás se tirĂł encima, la penetrĂł, haciĂ©ndola gemir alto, embistiendo como si el mundo se acabara. Ella cabalgĂł su pene como una yegua salvaje, con el pelo mojado, las tetas botando, y el chupandoselasÂ
—Me estás volviendo adicta… —susurró, mordiendo su labio.
La cogiĂł de lado, luego de espaldas, la penetrĂł con fuerza mientras ella le pedĂa más, más, más. Entonces le escupiĂł el culo, lo abriĂł con los pulgares, y se lo metiĂł lento, haciĂ©ndola gritar de puro placer.
—¡SĂ, Tomás, llename el culo, rompemelo, haceme tuya!
La cogiĂł con el rĂo como mĂşsica de fondo, con el sol calentando sus cuerpos mojados, con las manos llenas de tierra y pasiĂłn.
Cuando sintió que iba a acabar, se la sacó de adentro, se la pajeó unos segundos y le acabó en las tetas, cubriéndole los pezones con chorros calientes que ella se untó con los dedos y se lamió, mirándolo a los ojos.
—Sos mĂa, y de nadie más —dijo Ă©l.
—Siempre lo fui, pero no lo sabĂa… hasta que me rompiste el alma y el culo.
Se abrazaron desnudos, respirando agitados, sabiendo que eso no era solo sexo. Era algo más. Era sucio, sĂ. Intenso. Pero tambiĂ©n… inevitable.
1 comentarios - 7đź“‘La Soberbia y su Capataz