Franchesca era una subordinada en una campaña de encuestas. Tenía un rostro muy juvenil y era de baja estatura, 1.60 m aproximadamente. Sus senos eran pequeños, pero no diminutos; de cintura estrecha y un trasero mediano de ancho, pero abultado, una "colita" digna a sus 21 años, bien parada y formada.
Ella era mi engreída en el equipo; siempre le designaba zonas bonitas para que realizara su trabajo. Aunque supervisaba a todos en el auto, cuando iba con ella conversábamos y siempre trataba de robarle una sonrisa que, por cierto, era muy bonita. Poco a poco ganamos confianza, pero no llegaba a besarla, hasta que se me ocurrió apostarle un beso: "Si te envío una canción cantada por mí y la escuchas más de dos veces, me das un beso". Le envié una buena canción: Tu cómplice eterno, de Koko Stambuk (para los melómanos).
La canción le encantó y así gané ese beso, que me cobraría luego en mi departamento con la excusa de ir por material de trabajo.
Al llegar, escuchamos un poco de música y hacíamos zapping en la TV. Ella ese día llevaba un enterizo de ballet negro y un pantalón suelto que marcaba sus firmes nalgas. Le recordé que me debía un beso, a lo cual le aposté que, si me daba dos, me permitiría tocarle el trasero, que se notaba muy provocativo bajo su ropa. Fueron más de dos besos, así que mi pasaporte a su cuerpo estaba ganado. Con una mano en su rostro y la otra acariciando su retaguardia, sentí lo delicadas, abultadas y ricas que eran sus nalgas. Poco a poco, ella comenzó a acariciar mi cintura y abdomen mientras nos besábamos y avanzábamos hacia el cuarto.
Al llegar allí, me pidió que no tuviéramos sexo; lo único que me iba a permitir era tocarla y besarla donde fuera. Me sacó la camisa y comenzó a besarme el cuello, mientras sentía cómo mi miembro crecía y se tensaba cada vez más. En un momento le quité el pantalón, aún ambos de pie. Ella hizo lo mismo conmigo, aunque el cinturón hizo que me pidiera ayuda. Ella quedó solo en su enterizo de ballet y yo en bóxer. La volteé y empecé a besar sus hombros, cuello y espalda mientras la pegaba a mí para que sintiera cómo deseaba entrar en ella. Acaricié sus senos por encima de la tela y sus piernas, recostándola contra la pared para besar su espalda, bajar a la cintura y morder sus nalgas, que sonaban de lo más excitante cuando la nalgueaba. Me preguntó cuánto tiempo había pensado en hacerle eso. Besaba y mordía su retaguardia mientras comenzaba a tocar, por encima del enterizo, su vulva y su clítoris con movimientos de adelante hacia atrás.
—¿No puedo poseerte? —le pregunté.
—No, pero sí puedes lamer mi vagina —contestó.
Su enterizo terminó en el suelo en tres segundos, dejando al descubierto todo su cuerpo color canela. Ella estaba de pie y yo de rodillas detrás de ella. Se arqueó hacia adelante, dándome acceso a su intimidad, que ya estaba húmeda. Comenzó a separar sus nalgas con las manos, agachándose cada vez más mientras yo frotaba su clítoris y pasaba mi lengua por sus labios, introduciéndola después en su vagina. Minutos después, me sujetó del cabello y dijo: "Vamos a la cama".
Sin soltarme, se sentó en la cama llevando mi rostro hacia ella. Luego se recostó y abrió las piernas, dejando sus pies sobre mis hombros y exponiendo su clítoris directo a mi boca. Lo lamí, besé y succioné de diferentes formas: de arriba abajo, hacia los lados y de forma circular. Ella gemía diciendo que le encantaba, subiendo de temperatura y moviéndose al ritmo de mi lengua. De pronto llegó al orgasmo, poniéndose totalmente rígida. "No pares", decía mientras me sujetaba el cabello otra vez. Segundos después se puso en cuatro, con el rostro en la cama y las piernas abiertas. "Sigue, por favor...".
Comencé a lamerla así, introduciendo dos dedos en ella para masturbarla. Estaba empapada, moviéndose al ritmo de las nalgadas y los besos que le daba. Cuando empecé a rozar su esfínter, me advirtió que esa parte estaba virgen y que no intentara nada por allí. Seguí lamiéndola y me animé a pasar la lengua por esa zona; al hacerlo, soltó un gemido de placer y temor que la hizo abrirse más con sus manos para darme acceso a esa parte inexplorada. Con ese movimiento llegó a un nuevo orgasmo que la dejó rendida en la cama. Sentía los espasmos en su vientre y la descarga de dopamina y endorfinas que había provocado en ella.
Totalmente mojada, le pregunté:
—¿Y tú qué me vas a hacer?
—Te la voy a mamar hasta que dejes toda tu leche en mi boca —contestó.
Hizo un gran trabajo, lamiendo cada centímetro de mi pene. Con una mano recorría mis testículos para llevarlos a su boca mientras subía y bajaba, recorriendo todo mi miembro con la lengua. Me pidió que terminara, que ya no aguantaba más y quería sentir todo el semen dentro de su boca. Le dije que tenía que esforzarse más; me hizo caso y, luego de unos minutos, terminé dentro de ella. Se lo tragó todo mientras succionaba con fuerza para extraer hasta la última gota.
Luego de tragar, me miró, sonrió y preguntó:
—¿Te gustó tanto como a mí? Porque espero que se repita pronto... Pero la próxima vez, sí te dejaré follarme toda.
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Ella era mi engreída en el equipo; siempre le designaba zonas bonitas para que realizara su trabajo. Aunque supervisaba a todos en el auto, cuando iba con ella conversábamos y siempre trataba de robarle una sonrisa que, por cierto, era muy bonita. Poco a poco ganamos confianza, pero no llegaba a besarla, hasta que se me ocurrió apostarle un beso: "Si te envío una canción cantada por mí y la escuchas más de dos veces, me das un beso". Le envié una buena canción: Tu cómplice eterno, de Koko Stambuk (para los melómanos).
La canción le encantó y así gané ese beso, que me cobraría luego en mi departamento con la excusa de ir por material de trabajo.
Al llegar, escuchamos un poco de música y hacíamos zapping en la TV. Ella ese día llevaba un enterizo de ballet negro y un pantalón suelto que marcaba sus firmes nalgas. Le recordé que me debía un beso, a lo cual le aposté que, si me daba dos, me permitiría tocarle el trasero, que se notaba muy provocativo bajo su ropa. Fueron más de dos besos, así que mi pasaporte a su cuerpo estaba ganado. Con una mano en su rostro y la otra acariciando su retaguardia, sentí lo delicadas, abultadas y ricas que eran sus nalgas. Poco a poco, ella comenzó a acariciar mi cintura y abdomen mientras nos besábamos y avanzábamos hacia el cuarto.
Al llegar allí, me pidió que no tuviéramos sexo; lo único que me iba a permitir era tocarla y besarla donde fuera. Me sacó la camisa y comenzó a besarme el cuello, mientras sentía cómo mi miembro crecía y se tensaba cada vez más. En un momento le quité el pantalón, aún ambos de pie. Ella hizo lo mismo conmigo, aunque el cinturón hizo que me pidiera ayuda. Ella quedó solo en su enterizo de ballet y yo en bóxer. La volteé y empecé a besar sus hombros, cuello y espalda mientras la pegaba a mí para que sintiera cómo deseaba entrar en ella. Acaricié sus senos por encima de la tela y sus piernas, recostándola contra la pared para besar su espalda, bajar a la cintura y morder sus nalgas, que sonaban de lo más excitante cuando la nalgueaba. Me preguntó cuánto tiempo había pensado en hacerle eso. Besaba y mordía su retaguardia mientras comenzaba a tocar, por encima del enterizo, su vulva y su clítoris con movimientos de adelante hacia atrás.
—¿No puedo poseerte? —le pregunté.
—No, pero sí puedes lamer mi vagina —contestó.
Su enterizo terminó en el suelo en tres segundos, dejando al descubierto todo su cuerpo color canela. Ella estaba de pie y yo de rodillas detrás de ella. Se arqueó hacia adelante, dándome acceso a su intimidad, que ya estaba húmeda. Comenzó a separar sus nalgas con las manos, agachándose cada vez más mientras yo frotaba su clítoris y pasaba mi lengua por sus labios, introduciéndola después en su vagina. Minutos después, me sujetó del cabello y dijo: "Vamos a la cama".
Sin soltarme, se sentó en la cama llevando mi rostro hacia ella. Luego se recostó y abrió las piernas, dejando sus pies sobre mis hombros y exponiendo su clítoris directo a mi boca. Lo lamí, besé y succioné de diferentes formas: de arriba abajo, hacia los lados y de forma circular. Ella gemía diciendo que le encantaba, subiendo de temperatura y moviéndose al ritmo de mi lengua. De pronto llegó al orgasmo, poniéndose totalmente rígida. "No pares", decía mientras me sujetaba el cabello otra vez. Segundos después se puso en cuatro, con el rostro en la cama y las piernas abiertas. "Sigue, por favor...".
Comencé a lamerla así, introduciendo dos dedos en ella para masturbarla. Estaba empapada, moviéndose al ritmo de las nalgadas y los besos que le daba. Cuando empecé a rozar su esfínter, me advirtió que esa parte estaba virgen y que no intentara nada por allí. Seguí lamiéndola y me animé a pasar la lengua por esa zona; al hacerlo, soltó un gemido de placer y temor que la hizo abrirse más con sus manos para darme acceso a esa parte inexplorada. Con ese movimiento llegó a un nuevo orgasmo que la dejó rendida en la cama. Sentía los espasmos en su vientre y la descarga de dopamina y endorfinas que había provocado en ella.
Totalmente mojada, le pregunté:
—¿Y tú qué me vas a hacer?
—Te la voy a mamar hasta que dejes toda tu leche en mi boca —contestó.
Hizo un gran trabajo, lamiendo cada centímetro de mi pene. Con una mano recorría mis testículos para llevarlos a su boca mientras subía y bajaba, recorriendo todo mi miembro con la lengua. Me pidió que terminara, que ya no aguantaba más y quería sentir todo el semen dentro de su boca. Le dije que tenía que esforzarse más; me hizo caso y, luego de unos minutos, terminé dentro de ella. Se lo tragó todo mientras succionaba con fuerza para extraer hasta la última gota.
Luego de tragar, me miró, sonrió y preguntó:
—¿Te gustó tanto como a mí? Porque espero que se repita pronto... Pero la próxima vez, sí te dejaré follarme toda.
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