Me llamo Ro.
Ingeniera, morocha, casada… y esa noche decidí que iba a hacer algo que nunca había hecho.
Era Halloween.
En el laburo habían organizado una fiesta en un local de Mataderos. Disfraces obligatorios. Yo me animé a algo que jamás me hubiera puesto en otro contexto: un traje de Superwoman rojo y azul, ajustado, con pantis rojas y sin capa. La tela se pegaba al cuerpo de una forma que dejaba poco a la imaginación.







Él, mi amante de planta, estaba ahí. Me miró de lejos y me mandó un mensaje:
“Con ese traje estás pidiendo que te rompan el orto esta noche.”
Sonreí y seguí bailando.
A la medianoche conocí a otro...
Más alto, más joven, de piel clara y sonrisa fácil. Se acercó sin pedir permiso, me agarró de la cintura y me habló al oído:
—La ingeniera seria disfrazada de Superwoman… interesante.
No sé si fue el alcohol, el traje o las ganas acumuladas, pero no me aparté. Bailamos pegados. Sentí el bulto duro contra mi culo. Cuando me susurró “salgamos un rato”, asentí.
Fuimos directo a un telo a unas cuadras. Él pagó la habitación sin preguntarme nada. Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared y me bajó las pantis rojas de un tirón.




Me dio la vuelta, me puso de cuatro sobre la cama y me abrió el culo con las dos manos. Escupió, me pasó saliva con el dedo y después sentí la cabeza de su pija empujando. Entró despacio, pero sin parar. Me ardió. Me mordí el labio para no gritar.

—Relajate —me ordenó, agarrándome fuerte de las caderas—. Querías que te la metiera, ¿no?
Asentí con la cara contra la almohada. Él empezó a embestirme más fuerte. Cada embestida me hacía gemir más alto.

En un momento sacó el celular, me miró y dijo:
—Llamemos a tu amante del laburo. Quiero que vea cómo te estoy rompiendo el orto. Pero ponte tu putidisfraz de Superwoman nuevamente putita...
No me negué. Él desbloqueó mi teléfono, buscó el contacto y activó la videollamada. Al segundo pitido contestó.
La cámara apuntaba directo a mi culo, con la pija del desconocido entrando y saliendo de mí. Yo estaba de cuatro, el traje de Superwoman subido hasta la cintura, las pantis rojas colgando de un tobillo.
—Mirá lo que está haciendo tu putita —le dijo el tipo al teléfono, sin dejar de embestirme.







Del otro lado se escuchó la respiración agitada de mi amante. No dijo nada al principio. Solo miró. Después su voz salió grave:
—Más fuerte.
Hacela gritar.














El desconocido obedeció. Me agarró más fuerte de las caderas y me la metió hasta el fondo. Yo gemía mirando la pantalla, sabiendo que él me estaba viendo. Que estaba viendo cómo otro me llenaba el orto.
—Decile que te gusta —me ordenó el de la fiesta.
—Me gusta… —gemí, mirando a la cámara—. Me gusta que me rompan el orto… y que vos lo veas.
Mi amante se rió bajo del otro lado.
—Sos una puta, Ro.
Terminále adentro. Quiero que vuelvas llena.
El desconocido se sacó el forro, aceleró. Me embistió más duro, más profundo, hasta que se corrió adentro mío con un gemido grave. Se quedó quieto un segundo, todavía metido hasta el fondo, mientras la cámara seguía mostrando todo.
Después se retiró despacio. Sentí el líquido caliente bajándome por el muslo. La videollamada seguía abierta. Mi amante me miró un segundo más y dijo:
—Feliz Halloween, Superwoman.





Mañana en el laburo te voy a hacer contar cada detalle.
Cortó.
Me subí las pantis rojas como pude, me acomodé el traje y salimos del telo. Volví a la fiesta con las piernas temblando y la leche todavía resbalándome entre las nalgas.
Me crucé con mi amante de planta cerca de la barra. Me miró fijo, sonrió de costado y me susurró al pasar:
—Ya sé cómo te suena cuando te la meten por atrás.
Mañana hablamos.
Yo solo seguí caminando hacia el baño, sintiendo todavía el ardor y la mirada de los dos hombres encima mío.
Esa noche volví a casa despeinada, con el disfraz guardado en una bolsa y una sonrisa que mi marido no entendió.
Pero yo sí.
Ingeniera, morocha, casada… y esa noche decidí que iba a hacer algo que nunca había hecho.
Era Halloween.
En el laburo habían organizado una fiesta en un local de Mataderos. Disfraces obligatorios. Yo me animé a algo que jamás me hubiera puesto en otro contexto: un traje de Superwoman rojo y azul, ajustado, con pantis rojas y sin capa. La tela se pegaba al cuerpo de una forma que dejaba poco a la imaginación.







Él, mi amante de planta, estaba ahí. Me miró de lejos y me mandó un mensaje:
“Con ese traje estás pidiendo que te rompan el orto esta noche.”
Sonreí y seguí bailando.
A la medianoche conocí a otro...
Más alto, más joven, de piel clara y sonrisa fácil. Se acercó sin pedir permiso, me agarró de la cintura y me habló al oído:
—La ingeniera seria disfrazada de Superwoman… interesante.
No sé si fue el alcohol, el traje o las ganas acumuladas, pero no me aparté. Bailamos pegados. Sentí el bulto duro contra mi culo. Cuando me susurró “salgamos un rato”, asentí.
Fuimos directo a un telo a unas cuadras. Él pagó la habitación sin preguntarme nada. Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared y me bajó las pantis rojas de un tirón.




Me dio la vuelta, me puso de cuatro sobre la cama y me abrió el culo con las dos manos. Escupió, me pasó saliva con el dedo y después sentí la cabeza de su pija empujando. Entró despacio, pero sin parar. Me ardió. Me mordí el labio para no gritar.

—Relajate —me ordenó, agarrándome fuerte de las caderas—. Querías que te la metiera, ¿no?
Asentí con la cara contra la almohada. Él empezó a embestirme más fuerte. Cada embestida me hacía gemir más alto.

En un momento sacó el celular, me miró y dijo:
—Llamemos a tu amante del laburo. Quiero que vea cómo te estoy rompiendo el orto. Pero ponte tu putidisfraz de Superwoman nuevamente putita...
No me negué. Él desbloqueó mi teléfono, buscó el contacto y activó la videollamada. Al segundo pitido contestó.
La cámara apuntaba directo a mi culo, con la pija del desconocido entrando y saliendo de mí. Yo estaba de cuatro, el traje de Superwoman subido hasta la cintura, las pantis rojas colgando de un tobillo.
—Mirá lo que está haciendo tu putita —le dijo el tipo al teléfono, sin dejar de embestirme.







Del otro lado se escuchó la respiración agitada de mi amante. No dijo nada al principio. Solo miró. Después su voz salió grave:
—Más fuerte.
Hacela gritar.














El desconocido obedeció. Me agarró más fuerte de las caderas y me la metió hasta el fondo. Yo gemía mirando la pantalla, sabiendo que él me estaba viendo. Que estaba viendo cómo otro me llenaba el orto.
—Decile que te gusta —me ordenó el de la fiesta.
—Me gusta… —gemí, mirando a la cámara—. Me gusta que me rompan el orto… y que vos lo veas.
Mi amante se rió bajo del otro lado.
—Sos una puta, Ro.
Terminále adentro. Quiero que vuelvas llena.
El desconocido se sacó el forro, aceleró. Me embistió más duro, más profundo, hasta que se corrió adentro mío con un gemido grave. Se quedó quieto un segundo, todavía metido hasta el fondo, mientras la cámara seguía mostrando todo.
Después se retiró despacio. Sentí el líquido caliente bajándome por el muslo. La videollamada seguía abierta. Mi amante me miró un segundo más y dijo:
—Feliz Halloween, Superwoman.





Mañana en el laburo te voy a hacer contar cada detalle.
Cortó.
Me subí las pantis rojas como pude, me acomodé el traje y salimos del telo. Volví a la fiesta con las piernas temblando y la leche todavía resbalándome entre las nalgas.
Me crucé con mi amante de planta cerca de la barra. Me miró fijo, sonrió de costado y me susurró al pasar:
—Ya sé cómo te suena cuando te la meten por atrás.
Mañana hablamos.
Yo solo seguí caminando hacia el baño, sintiendo todavía el ardor y la mirada de los dos hombres encima mío.
Esa noche volví a casa despeinada, con el disfraz guardado en una bolsa y una sonrisa que mi marido no entendió.
Pero yo sí.
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