Aleja posó contra la pared blanca del estudio, consciente de cómo su hijo Marcos ajustaba la cámara frente a ella. A sus cuarenta y dos años, mantenía un cuerpo que desafiaba el tiempo —caderas anchas, cintura estrecha, y aquellos ojos azules intensos que heredó su hijo, ahora fotógrafo de veinticuatro años recién graduado.
—Un poco más hacia acá, mamá —dijo Marcos, y su voz sonó ronca, diferente.
Aleja obedeció, girando. El vestido beige se deslizó más arriba de sus muslos. Notó que Marcos tragaba saliva, el cuello de su camisa subiendo y bajando. Había tensión en la habitación, una electricidad que ninguno había nombrado en los meses previos de sesiones fotográficas casueras en casa.

—Quizás... sin el vestido —susurró Marcos, y el sonido de su propia voz pareció sorprenderlo.
Aleja no dijo nada. Solo alcanzó la cremallera lateral y la bajó lentamente, dejando que el vestido cayera en un montón a sus pies. Quedó en ropa interior negra de encaje, un conjunto que había comprado específicamente para esa tarde sin admitirse por qué.
Marcos dejó la cámara sobre la mesa. Cruzó el espacio entre ellos con paso decidido, ya no el niño que ella recordaba sino un hombre con la mandíbula tensa y las manos ligeramente temblorosas. Cuando llegó frente a ella, sus ojos azules —idénticos a los de ella— la recorrieron con hambre descarada.

—Te he deseado desde que cumplí dieciocho —confesó, y sus manos subieron para tomar su cintura, los pulgares frotando círculos posesivos sobre su piel.
Aleja jadeó. No retrocedió. En cambio, sus propias manos encontraron el cinturón de él, desabrochándolo con dedos expertos.

—Entonces tómate lo que has estado esperando —dijo ella.
Marcos gruñó y la levantó. Aleja envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de él presionando contra su entrepierna a través de la tela. La llevó contra la pared, su boca encontrando la curva de su cuello, mordiendo, chupando, dejando marcas.
—Joder, mamá —gimió contra su piel, y la palabra sonó prohibida, sucia, perfecta.
Ella tiró de su camisa, botones volando por todas partes. Su pecho desnudo se presionó contra el de él, pezones endurecidos frotándose contra su piel cálida. Marcos la sostuvo con una mano mientras la otra bajaba para empujar su ropa interior a un lado, dedos encontrando su humedad, hundiéndose profundamente sin preámbulos.

—Tan mojada para mí —murmuró, y Aleja arqueó la espalda contra la pared, sus caderas moviéndose contra su mano, buscando más fricción.
—Marcos, por favor —suplicó ella, y no sabía si pedía que parara o que siguiera.

Él eligió seguir. La bajó al suelo, al montón de su vestido, y se arrodilló entre sus piernas. Arrancó la ropa interior de un tirón, hundiendo su rostro en su sexo con una voracidad que la hizo gritar. Su lengua era insistente, duradera, explorando cada pliegue, succionando su clítoris con una presión perfecta mientras sus dedos volvían a entrar, curvándose para encontrar ese punto que hizo que sus piernas temblaran.
—Marcos, voy a... —jadeó ella, agarrando su cabello, sujetándolo contra ella.
—Ven en mi boca, mamá —ordenó él, y la palabra final la empujó al borde.

Aleja se corrió con fuerza, su cuerpo convulsionando, sus gemidos resonando en el estudio vacío. Antes de que pudiera recuperarse, Marcos se levantó, desabrochando sus pantalones y liberando su erección. Era gruesa, curvada hacia arriba, la punta húmeda con presemen.
—Necesito estar dentro de ti —dijo con voz entrecortada.

—Sí —respondió ella, abriendo más sus piernas en invitación descarada.
Marcos la penetró de una sola embestida, hundiéndose hasta la base. Ambos gritaron. Él comenzó a moverse inmediatamente, sin ritmo suave, solo golpes profundos y desesperados que empujaban a Aleja contra el suelo. Sus manos sostenían sus muslos abiertos, sus caderas golpeando contra ella con fuerza que dejaría moretones.

—Tan apretada —gruñó Marcos, inclinándose para capturar sus pechos en su boca, succionando fuerte mientras continuaba embistiendo.
—Más rápido —exigió Aleja, sus uñas arañando su espalda, marcándolo. —Fóllame como has fantaseado, hijo. Haz que tu madre sea tu puta.
La palabra lo desató. Marcos la giró, poniéndola a cuatro patas sobre su vestido. La tomó por detrás con una fuerza brutal, una mano agarrando su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la otra se estrellaba contra su glúteo, dejando una marca roja.
—¿Te gusta que tu hijo te folle así? —gritó él, cada palabra acompañada de un embiste profundo que hacía que Aleja vea estrellas.
—Sí, sí, por favor, no pares —lloró ella, su propia mano bajando para frotar su clítoris, intensificando la sensación.
El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, húmedo y obsceno. Marcos cambió el ángulo, golpeando ese punto interno que hizo que Aleja gritara sin control, su orgasmio construyéndose de nuevo, más intenso esta vez.
—Voy a venirme dentro de ti —advertió Marcos, sus embistes volviéndose erráticos, profundos. —Quiero llenarte, mamá. Quiero que mi semen goteé de ti todo el día.

—Hazlo —jadeó ella. —Correte dentro de tu madre, Marcos. Marca lo que es tuyo.
Él rugió y se hundió profundamente una última vez, pulsando mientras su orgasmio lo atravesaba. Aleja sintió cada chorro caliente, y la sensación la empujó a su propio clímax. Se corrieron juntos, sus gritos entrelazándose, cuerpos temblando y sudorosos colapsando sobre el suelo.
Permanecieron así durante largos minutos, él aún dentro de ella, besando su espalda mientras ambos recuperaban el aliento. Cuando finalmente se separaron, Marcos ayudó a su madre a levantarse, sus ojos azules encontrándose con una intimidad nueva, prohibida, irrevocable.
—Otra sesión la próxima semana —dijo Aleja, sonriendo con satisfacción.
Marcos sonrió, recuperando la cámara.
—Con más poses —acordó.
—Un poco más hacia acá, mamá —dijo Marcos, y su voz sonó ronca, diferente.
Aleja obedeció, girando. El vestido beige se deslizó más arriba de sus muslos. Notó que Marcos tragaba saliva, el cuello de su camisa subiendo y bajando. Había tensión en la habitación, una electricidad que ninguno había nombrado en los meses previos de sesiones fotográficas casueras en casa.

—Quizás... sin el vestido —susurró Marcos, y el sonido de su propia voz pareció sorprenderlo.
Aleja no dijo nada. Solo alcanzó la cremallera lateral y la bajó lentamente, dejando que el vestido cayera en un montón a sus pies. Quedó en ropa interior negra de encaje, un conjunto que había comprado específicamente para esa tarde sin admitirse por qué.
Marcos dejó la cámara sobre la mesa. Cruzó el espacio entre ellos con paso decidido, ya no el niño que ella recordaba sino un hombre con la mandíbula tensa y las manos ligeramente temblorosas. Cuando llegó frente a ella, sus ojos azules —idénticos a los de ella— la recorrieron con hambre descarada.

—Te he deseado desde que cumplí dieciocho —confesó, y sus manos subieron para tomar su cintura, los pulgares frotando círculos posesivos sobre su piel.
Aleja jadeó. No retrocedió. En cambio, sus propias manos encontraron el cinturón de él, desabrochándolo con dedos expertos.

—Entonces tómate lo que has estado esperando —dijo ella.
Marcos gruñó y la levantó. Aleja envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de él presionando contra su entrepierna a través de la tela. La llevó contra la pared, su boca encontrando la curva de su cuello, mordiendo, chupando, dejando marcas.
—Joder, mamá —gimió contra su piel, y la palabra sonó prohibida, sucia, perfecta.
Ella tiró de su camisa, botones volando por todas partes. Su pecho desnudo se presionó contra el de él, pezones endurecidos frotándose contra su piel cálida. Marcos la sostuvo con una mano mientras la otra bajaba para empujar su ropa interior a un lado, dedos encontrando su humedad, hundiéndose profundamente sin preámbulos.

—Tan mojada para mí —murmuró, y Aleja arqueó la espalda contra la pared, sus caderas moviéndose contra su mano, buscando más fricción.
—Marcos, por favor —suplicó ella, y no sabía si pedía que parara o que siguiera.

Él eligió seguir. La bajó al suelo, al montón de su vestido, y se arrodilló entre sus piernas. Arrancó la ropa interior de un tirón, hundiendo su rostro en su sexo con una voracidad que la hizo gritar. Su lengua era insistente, duradera, explorando cada pliegue, succionando su clítoris con una presión perfecta mientras sus dedos volvían a entrar, curvándose para encontrar ese punto que hizo que sus piernas temblaran.
—Marcos, voy a... —jadeó ella, agarrando su cabello, sujetándolo contra ella.
—Ven en mi boca, mamá —ordenó él, y la palabra final la empujó al borde.

Aleja se corrió con fuerza, su cuerpo convulsionando, sus gemidos resonando en el estudio vacío. Antes de que pudiera recuperarse, Marcos se levantó, desabrochando sus pantalones y liberando su erección. Era gruesa, curvada hacia arriba, la punta húmeda con presemen.
—Necesito estar dentro de ti —dijo con voz entrecortada.

—Sí —respondió ella, abriendo más sus piernas en invitación descarada.
Marcos la penetró de una sola embestida, hundiéndose hasta la base. Ambos gritaron. Él comenzó a moverse inmediatamente, sin ritmo suave, solo golpes profundos y desesperados que empujaban a Aleja contra el suelo. Sus manos sostenían sus muslos abiertos, sus caderas golpeando contra ella con fuerza que dejaría moretones.

—Tan apretada —gruñó Marcos, inclinándose para capturar sus pechos en su boca, succionando fuerte mientras continuaba embistiendo.
—Más rápido —exigió Aleja, sus uñas arañando su espalda, marcándolo. —Fóllame como has fantaseado, hijo. Haz que tu madre sea tu puta.
La palabra lo desató. Marcos la giró, poniéndola a cuatro patas sobre su vestido. La tomó por detrás con una fuerza brutal, una mano agarrando su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la otra se estrellaba contra su glúteo, dejando una marca roja.
—¿Te gusta que tu hijo te folle así? —gritó él, cada palabra acompañada de un embiste profundo que hacía que Aleja vea estrellas.
—Sí, sí, por favor, no pares —lloró ella, su propia mano bajando para frotar su clítoris, intensificando la sensación.
El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, húmedo y obsceno. Marcos cambió el ángulo, golpeando ese punto interno que hizo que Aleja gritara sin control, su orgasmio construyéndose de nuevo, más intenso esta vez.
—Voy a venirme dentro de ti —advertió Marcos, sus embistes volviéndose erráticos, profundos. —Quiero llenarte, mamá. Quiero que mi semen goteé de ti todo el día.

—Hazlo —jadeó ella. —Correte dentro de tu madre, Marcos. Marca lo que es tuyo.
Él rugió y se hundió profundamente una última vez, pulsando mientras su orgasmio lo atravesaba. Aleja sintió cada chorro caliente, y la sensación la empujó a su propio clímax. Se corrieron juntos, sus gritos entrelazándose, cuerpos temblando y sudorosos colapsando sobre el suelo.
Permanecieron así durante largos minutos, él aún dentro de ella, besando su espalda mientras ambos recuperaban el aliento. Cuando finalmente se separaron, Marcos ayudó a su madre a levantarse, sus ojos azules encontrándose con una intimidad nueva, prohibida, irrevocable.
—Otra sesión la próxima semana —dijo Aleja, sonriendo con satisfacción.
Marcos sonrió, recuperando la cámara.
—Con más poses —acordó.
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